POMPEYO RAMIS M.

 

PAPELES DE DON VICTORIANO

 

SUMARIO

 

 

         PRIMERA PARTE                                       SEGUNDA PARTE

 

CONVERSACIONES CON DON VICTORIANO        PAPELES DE DON VICTORIANO

 

1.- Don Victoriano                                                       31.- El maletín de Don Victoriano

2.- Profesores y comentaristas                                   32.- Muerte de mi padre

3.- Filosofía y ciencia                                                  33.- Pujolàs y Can Sala

4.- Cabos sueltos                                                        34.- Decepciones

5.- Síndrome de lectura difícil                                     35.- El ingreso

6.- Filosofía barata                                                      36.- Clases y profesores

7.- Intelectualismo y voluntarismo                               37.- La libreta negra

8.- Libertad y libre albedrío                                          38.- Monotonía

9.- Individuo y persona                                                39.- Tres años de filosofía

10.- Verdades absolutas y relativas                            40.- Cuatro años de teología

11.- Indiferencia moral del acontecer                          41.- Casuística moral

12.- Providencialismo histórico                                   42.- En Roma

13.- Determinismo histórico                                        43.- En la Gregoriana

14.- Positivismo histórico                                            44.- Libertad ilusoria

15.- Incógnita de la razón histórica                             45.- Arrivederci, Roma

16.- Responsabilidad histórica                                    46.- Experiencia del conocimiento

17.- Justicia y derecho.                                               47.- Experiencia de la duda

18.- Cabos sueltos sobre la democracia                     48.- Experiencia del error

19.- Conciencia jurídica                                               49.- Lo inalcanzable

20.- La vejez                                                                50.- Amor y contrato

21.- Meditación                                                            51.- Refugio en la memoria

22.- Objeto y fin de la meditación                                52.- Bartolomé Xiberta

23.- Sentido crítico natural                                          53.- Juan David García Bacca

24.- ¿Felices o contentos?                                          54.- César Ribas Illueca

25.- Sentido de la vida                                                 55.- Recuerdos de un colegio

26.- Eutanasia                                                             56.- El hombre de las cabras.

27.- Uxoricidio                                                             57.- Seductores y seducidos

28.- Pasados y futuribles                                            58.- Diálogo apresurado

29.- La belleza                                                            59.- Luz amarilla

30.- Fin del mundo                                                     60.- Santa María de Finestres

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA A PARTE

 

CONVERSACIONES CON DON VICTORIANO

 

 

1

 

DON VICTORIANO

 

En la recta final de mi vida remonto mi memoria más allá de medio siglo, espigando recuerdos del pasado.

Cada día entiendo más y cada día entiendo menos. Entiendo más, porque mucho de lo que antes no comprendía lo comprendo ahora; y entiendo menos porque lo que antes me parecía claro hora lo veo problemático. A mis veinticinco años era un estúpido Torquemada que condenaba sumariamente todo cuanto se salía de regla; ahora en cambio lo disculpo todo. Atribuyo este fenómeno al hecho de que ahora veo en carne propia cómo yo y todo lo que me concierne, es “un río que va a parar a la mar”.

Uno de los principales recuerdos que me sale al paso es un ciclo de conferencias al que asistí en un Centro Cultural de Terrassa. Era costumbre de aquella institución convocar todos los años a unas charlas sobre diversos temas para los interesados en revestir un barniz de cultura universal. Las de aquel año versaron sobre temas filosóficos; y como yo aspiraba a graduarme en filosofía, solicité licencia para asistir en calidad de oyente.

El conferenciante habitual de todos los años era don Victoriano Martínez Grande, extremeño natural de Villanueva de la Serena. Aquellas conferencias eran de un sopor invencible. Hablaba mirando al vacío por encima de las gafas, fingiendo no darse cuenta de que casi la mitad del anfiteatro dormitaba. Creo que era muy consciente de su deficiencia dialéctica y que por eso no se esforzaba en buscar trucos efectistas, que le habrían sentado muy mal. Esta condición deslucía la claridad y precisión de sus exposiciones, que sólo se apreciaban combatiendo la somnolencia. Su discurso combinaba perfectamente con su indumentaria; vestía siempre el mismo traje gris-oscuro. Quizá dos veces al año cambiaba de corbata.

Era un personaje de estatura media tirando a alta, retraído, impreciso, difícil de definir, en contraste con su discurso cartesianamente claro y preciso. Sin embargo, tenía para algunos oyentes algo de interesante que no sé cómo definir.

Era autor de algunos libros y ensayos, la mayoría de ellos compendios de sus clases, que nadie leía excepto sus alumnos en vigilias de examen. Tenía fama de saber varios idiomas, y era cierto, aunque muchos lo comentaban con insinuación burlona. Un estudiante guasón le preguntó:

–Profesor, ¿cuántas lenguas habla usted?

–Hombre… -respondió ignorando la impertinencia-, eso es como preguntarle la edad a una señora.

 

Pasados muchos años, ya en tardía madurez, encontré a don Victoriano en un centro comercial. Aunque muy anciano y reducido de tamaño, todavía mostraba un aspecto saludable y cierta agilidad de movimientos. Con entusiasmo me acerqué a él, aunque con poca esperanza de ser correspondido. Pero me equivoqué de polo a polo, porque al evocarle aquellos tiempos con el consabido toque erudito de o tempora, o mores!, pareció revivir. El viejo profesor era un hombre nuevo; antes, misántropo y retraído, ahora deseaba comunicarse. Dentro de la normalidad y prescindiendo de estados de ánimo, hay taciturnos que lo son porque no tienen nada que decir y otros porque no tienen a quien decírselo. De estos últimos era probablemente don Victoriano. Por esos misterios de la psicología y la biología, aquel buen hombre pasó toda su vida dando una falsa imagen de sí mismo.

Nos sentamos en un bar y proseguimos la conversación, que se prologó mucho más de lo que yo esperaba. Me sentía incómodo porque no le adivinaba intenciones de interrumpirla. Al fin convinimos en que nos reuniríamos algunos sábados y nos dimos mutuamente las direcciones y números telefónicos. Don Victoriano no usaba teléfono móvil y solo muy tarde se atrevió con el ordenador, donde solo quiso aprender lo indispensable para escribir sus artículos y apuntes de clase.

En pocas palabras me resumió toda su vida. Hacía cinco años que había enviudado y su única hija ya tenía la vida organizada.

- Los hijos son siempre nuestros, pero no nos pertenecen.

Tenía su casa en una alegre explanada entre Terrassa y Matadepera. Vivía holgadamente de su pensión más una modesta renta de sus ahorros. Una voluminosa haitiana le asistía y cuidaba de la limpieza y gastronomía de la casa.

–Es un poco gruñona, pero muy eficiente; hace más de veinte años que la tengo y todo funciona bien gracias a ella.

La jubilación no le ocasionó al maestro ninguno de esos desajustes que, según dicen, suelen padecer quienes por edad o enfermedad tienen que retirarse del trabajo.

–En nada me afectó el síndrome del jubilado aburrido. Lo aburrido era tener que dar clase cada día.

De hecho tenía todo el tiempo para sus principales aficiones: leer y pasear. Para esto último disponía de bellos parajes tanto bucólicos como agrestes. Lo único que le incomodaba en tiempos fríos eran las cortantes ráfagas que se cruzan entre las cercanas montañas de San Lorenzo y Montserrat. No me castigó con la acostumbrada tabarra de achaques, médicos y medicinas. Cuando le pregunté por su salud se limitó a responderme que se sentía muy bien a pesar de estar apuntalado por todos costados.

En las siguientes páginas trataré coordinar los apuntes de aquellas conversaciones que fui tomando en papeles sueltos, sin pretensiones literarias ni mucho menos académicas.

 

 

 

         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 

PROFESORES Y COMENTARISTAS.

 

Pasada una semana del encuentro recibí una llamada suya invitándome a conversar en su casa. Él mismo me abrió la puerta al sentir que el perro anunciaba mi llegada. Nos acomodamos en una luminosa estancia, la que en adelante sería el lugar de nuestras tertulias. Al poco rato apareció la haitiana con una bandeja repleta de exquisiteces. El maestro no era tacaño, y durante los diálogos menudeaban caprichos gastronómicos acompañados de un brillante Blanc de Blancs, su vino preferido.

Aunque nos distanciaba una edad de más de veinticinco años, exigió que nos tuteáramos.

–Déjate de ceremonias -dijo-; a medida que envejecemos se van acortando las diferencias generacionales.

Desde aquel día fuimos como colegas dispuestos a discutir de lo humano y de lo divino, e incluso de lo demasiado humano. Libres de máscaras pontificábamos sobre todos los temas desde los más serios hasta los más frívolos. Pero dado mi interés por la filosofía, esta era la que ocupaba la mayor parte del tiempo.

–Ayer mismo -le dije apenas nos habíamos sentado- estuve conversando con un grupo de filósofos en el Ateneo Barcelonés. Salí muy defraudado porque allí se habló de todo menos de filosofía.

–¿Y eso te extraña? -preguntó.

–Sí, un poco, porque se espera que entre colegas haya algún intercambio sobre cuestiones del oficio. Cuando en mis tiempos de estudiante me juntaba con la gente de filosofía, nuestras conversaciones eran mucho más selectivas. Sentados en cualquier bar de las Ramblas frente a una botella de vino peleón, discutíamos sobre impertinencias filosóficas e intercambiábamos admiraciones o críticas a los grandes personajes de la intelectualidad. Qué delicia de tertulias. Aquellos tiempos ya no volverán.

–No te pongas nostálgico, porque si a recordar nos ponemos, yo no termino el recuento hasta la madrugada. Amamos los tiempos pasados no porque fueran mejores sino porque eran los nuestros. No hay que adular tanto a las figuras de la intelectualidad porque ellas también producen materia desechable. A los personajes eminentes hay que verlos un poco de lejos, como el cine y el teatro, porque en la mayoría de ellos también hay cierta pose teatral. Se les da un trato especial como profesores invitados, pero a condición de que no prolonguen demasiado su visita.

Pensando en el poco aprecio en que se tenían los libros de don Victoriano, quise poner mi punto de moral justiciera.

–Yo no entiendo cómo puede haber tanta mezquindad en ambientes universitarios, y que tenga que ser precisamente entre filósofos.

–Amigo mío, somos hombres y no ángeles. Hace algunos años escuché en el Ateneo de Madrid una conferencia de Dámaso Alonso. Durante la tertulia que siguió después le oí lamentarse de que donde más abundaba esa ruindad era precisamente en los recintos más nobles, como los conventos y universidades.

¿No será la envidia el pecado capital de los círculos intelectuales?

Don Victoriano me cortó en seco.

–¡Cuidado con la envidia! Porque depende de cuál sea el objeto envidiado. La sana envidia de las obras buenas es un sentimiento noble y hasta puede ser un estimulante para espíritus perezosos. Pero envidiar a un colega por haber publicado unas páginas de obviedades y comentarios de segunda mano, es tener muy magra la capacidad de envidiar.

Diciendo esto, no creo que el maestro pensara en la poca estima en que se tenían sus libros; pero no pude menos de recordar el desplante con que me respondió treinta años atrás cuando le pregunté por sus escritos. “Yo no hablo de mis arrepentimientos” -me respondió. “Si no le parecen buenos, ¿por qué los publica”? –repliqué-. “No soy yo quien los publica; otros lo hacen para que los que dormitan durante mis clases tengan un lugar fijo donde preparar sus exámenes”.

Aquel incidente después de treinta años me vino a cuento para hablarle de la abundancia de comentaristas universitarios que tratan de publicar algo. Cabeceó por unos segundos antes de responderme:

–Una de las peores tentaciones de los profesores es la de escribir un libro; al que le acomete este empeño no hay que lo detenga.

–Pero ¿no piensas que estos intentos también tienen su mérito, aunque sea por el esfuerzo…?

Don Victoriano volvió a cortarme:

–No confundas el culo con las témporas. Un escritor es meritorio por la obra buena que produce, no por el sudor que le haya costado. Aunque Cervantes hable de las “vigilias” que le costó Don Quijote, no es por esto por lo que su libro vale. Pero si una obra es mala, nada merece su autor, por mucho que le haya costado.

Evidentemente, el maestro tenía razón, pero insistí en saber qué pensaba de la profusión de publicaciones de profesores universitarios comentaristas de textos.

–En pocas palabras te lo diré. Hay tres clases de comentaristas: en la ínfima están los que con reverente fidelidad repiten a sus autores; en la siguiente, los que clarifican su pensamiento y descubren en él aspectos nuevos objetivamente deducibles de su texto; estos son los que saben leer entre líneas el pensamiento de los autores. En el tercer grupo pongo a los grandes sintetizadores que ensanchan los horizontes del pensamiento. Quizá te agregaría un cuarto rango que yo no recomiendo: el de ciertos historiadores de la filosofía que han hecho una asimilación tan personal de sus autores, que el lector no sabe de quién es la teoría que está leyendo: si del autor o del historiador.

Más por curiosidad que por interés, pregunté a don Victoriano cuáles eran para él las mejores historias de la filosofía.

–No estoy seguro -respondió evasivo-; yo me he servido de muchas y no encontré ninguna que me pareciera la mejor, aunque sí podría hablarte de algunas peores.

-Pero si te has servido de algunas, tal vez puedes decirme cómo son las que más se acercan a tu desiderátum.

-Serían las que con mayor claridad explicaran el pensamiento de cada autor y supieran hacer buenas síntesis de las tendencias de cada época. Pero no es posible encontrar una obra de esta calidad porque los historiadores del pensamiento suelen tener sus preferencias. ¿Cómo podrías fiarte de la historia de la filosofía escrita por un marxista obcecado o por cualquier otro fanático?

–A propósito de tu observación tan comedida, ¿en qué rango colocarías a los buenos profesores de filosofía?

–En uno de los más altos -respondió de inmediato-. Su labor es tan importante como la de los mejores comentaristas. El profesor es responsable de que el estudiante sienta interés por la materia, y la entienda. Quien sabe exponer el pensamiento de un autor con claridad y además con brillantez, significa que ha hecho una buena digestión de sus lecturas. Un maestro de esta categoría vale tanto como el mejor de los comentaristas, porque lo primero que interesa respecto a un gran filósofo es saber y entender lo que realmente dijo, tener una noción clara de su doctrina. Los grandes pensadores que se distinguieron a pesar de la complicación de su lenguaje no gozarían de tanto aprecio sin el favor de los buenos expositores que los entendieron y los hicieron entender.

–Estás tocando lo más sensible del tema: el mal recuerdo que la mayoría de los profesionales guarda de las clases de filosofía, tanto del bachillerato como de la universidad.

Yo sabía que estaba mentando la soga en casa del ahorcado y esperé la respuesta estoicamente.

–Te entiendo -dijo con sonrisa maliciosa-. El aburrimiento del alumno es el referente a contrario de lo que debería ser un buen profesor. Precisamente mi poca capacidad dialéctica para despertar interés es lo que me hace admirar a los que la tienen. Siempre he creído que las dificultades de los estudiantes vienen más del profesor que de las asignaturas…

–¿Sabes qué haría yo -interrumpí- si el problema estuviese en mis manos? Impondría que los aspirantes a la docencia cursaran durante seis meses o un año una materia que yo llamaría “Teoría y técnica de la exposición profesoral”. Porque está visto que la pura acumulación de conocimientos no garantiza la capacidad de enseñarlos. Se trataría, en fin, de convertir a los profesores en técnicos de la exposición. El engaño a que nos someten hoy día está en que las oposiciones suelen ganarlas quienes saben más, y sólo porque saben más. El estudio de técnicas expositivas sería especialmente útil en aquellas disciplinas que son objetivamente más dificultosas. El repudio de tantos estudiantes hacia la filosofía o la matemática sería mucho menor con buenas técnicas expositivas.

Don Victoriano se puso dubitativo, reposó por unos segundos la cabeza sobre el respaldo y dijo:

–Lo dudo bastante. Lo que sí me parece admisible es que un buen profesor es siempre un buen expositor, y creo que también vale al revés. Pero con un curso de técnica expositiva no sería mucho lo que se ganaría; tal vez mejorarían los buenos, pero nunca los malos, porque la habilidad expositiva no la enseña Salamanca sino la Naturaleza.

Para quien carece de lenguaje fácil y buena dialéctica, de nada le valdrán los cursos preparativos. Es como pretender que un tartamudo aprenda oratoria. Si un maestro carece de lenguaje expedito, serán difíciles cualesquiera materias que explique.

Don Victoriano, queriendo o sin querer, acababa de hacer una crítica objetiva de su estilo profesoral.

-Me gusta tu observación-le dije-; sin embargo quiero ser positivamente sincero contigo. El recuerdo que tus buenos alumnos guardamos no está desfigurado por tu estilo de exponer. Sin ser tú un buen dialéctico, nos dabas una noticia clara del pensamiento de los autores que, como tú mismo dices, es la meta principal del profesor. Además, no sólo nos enseñabas filosofía sino también a filosofar. Solías terminar tus clases con una crítica en torno al pensamiento de cada autor. Si esto no lo captaba la mayor parte del auditorio, no era sólo por tu cortedad dialéctica, sino principalmente por la frivolidad típica del estudiante que asiste a una materia que no le interesa. Sin embargo, estoy seguro de que a la distancia del tiempo habrá mejorado en ellos el recuerdo que les dejaste. Lo que ocurre es que los estudiantes en general son partidarios del minimalismo aun en las asignaturas propias de su carrera. Lo que les preocupa no es tanto aprender

cuanto recibir el título y entrar lo antes posible en el mercado de trabajo.

Confieso que quedé satisfecho de mi pequeño discurso, y ya estaba dispuesto a introducir otro tema cuando me di cuenta de que la haitiana, con su ir y venir, estaba dando muestras de impaciencia. Nos despedimos casi a medianoche.

Regresando a mi casa por la recta arbolada que llega hasta Terrassa, tenía la impresión de que mi coche corría más de la cuenta, pero también era consciente de llevar unos tragos de más. El sabor que me dejó aquella tertulia era como el que se siente al levantarse del diván de un buen psiquiatra. Lástima que aquellas charlas duraran menos de lo que yo esperaba. Todos tenemos un lado flaco por donde desfallecemos, pero los ochenta y seis años de don Victoriano no eran para adivinar un futuro optimista, aun habida cuenta de la buena salud de que gozaba.

Quince días después llegué a la siguiente cita dispuesto a introducirle una cuestión punzante:

–A veces el vulgo hace preguntas comprometedoras. Por ejemplo: ¿qué le responderías a cualquiera que te preguntara qué es la filosofía, y para qué sirve?

–El maestro alzó las cejas y quedó dubitativo.

-Esta pregunta me la han hecho muchas veces, pero nunca pude dar una respuesta convincente, ni siquiera para mí mismo. Una vez me la hizo mi mecánico; y yo, creyéndolo incapaz de entender ninguna explicación, le respondí que la filosofía no servía para nada. En seguida el muy pícaro me dijo: “Pero usted vive de la filosofía, ¿no?”. Como me vio caído en la trampa, enseguida me asestó el golpe:

– ¿Entonces por qué dice que no sirve para nada?

–Un buen argumento ad hominem.

–Y una buena lección de humildad. Nunca hay que despreciar una pregunta por venir de quien viene. Si alguien me la volviese a hacer ahora, me saldrían las mismas respuestas insulsas a que estamos acostumbrados: enseñar a pensar, ver más allá de las apariencias, preguntarse el porqué de las cosas, etc. Otros repetirán las consabidas respuestas de los Estoicos: acomodarse a la naturaleza, aceptar el curso de los sucesos… Yo digo que es la ciencia de los primeros principios y últimas causas. Como supuse que mi mecánico no podía entender ninguna de estas razones, creí salir del compromiso con aquel desplante. Nos cuesta ser humildes, aun a sabiendas de las razones que tenemos para serlo.

–El desplante que le hiciste a tu mecánico se volvió contra ti porque él tenía una visión del mundo mucho más realista que la tuya. Mientras miraba tu automóvil y pensaba en lo poco tacaño que eras en pedirle revisiones y reparaciones, se dio cuenta de que tu respuesta no cuadraba con la realidad. Es decir, que cuando te hizo la pregunta él ya entendía que la filosofía debía servir para algo. Las definiciones que hemos mencionado serían válidas para cualquier ciudadano de a pie si se pudieran explicar bien; pero para ello se requeriría un largo sermón que muy pocos resistirían.

Después de una pausa, el maestro me preguntó con cierto tono retador:

–Y tú, ¿tienes alguna idea de lo que es filosofía?

–A veces creo que la tengo y a veces no.

—Y cuando la tienes, ¿has tratado de escribirla?

–Sí, pero inútilmente; escribo y reescribo, corrijo y vuelvo a corregir para terminar repitiendo las mismas definiciones que ya sabemos.

–Es que no hay otras. Lo difícil es decidirse por una sola. Todo depende de la epistemología en que te sitúes. Hay tantas sentencias como cabezas. Personalmente, las doy todas por aceptables, pero no pongo la mano en el fuego por ninguna.

–¿Y qué dices de los opúsculos aparecidos bajo el título de ¿Qué es filosofía? Si quieres te cito nombres…

–No es necesario -interrumpió-. Cada uno tendrá su valor; lo imposible es hallar una idea de filosofía que complazca a todos.

–Pero ¿cómo se concibe que después de casi tres milenios de literatura filosófica aún no se sepa en qué consiste el oficio del filósofo?

–Si vamos a preguntas radicales y nos remontamos a orígenes inasequibles, encontraremos el mismo problema en todas las ciencias; pero en la filosofía hay uno que es el más radical: la falta de un objeto fijo de conocimiento.

– ¿Es decir?

— Me explico. Todas las ciencias tienen aspectos concretos en que fijar la observación, mientras que la filosofía tiene que trabajar con entelequias. Este es el punto difícil. Cuanto más inmaterial es el objeto de un saber, más difícil resulta despertar interés por él. Por eso la primera condición de un profesor de filosofía es lograr que sus oyentes le escuchen.

–Entonces habrá que volver al tema de la calidad de los profesores.

–Ni más ni menos. Ser buen profesor de materias teóricas implica saber indicar con precisión dónde está la cuestión a resolver. Si el docente logra que el alumno la vea, ya tiene hecha la mitad de su labor. Pero si el que escucha continúa sin saber de dónde vienen las cosas, su desinterés seguirá en aumento. En filosofía, lo mismo que en matemática, el punto pedagógico está en hacer ver dónde está la cuestión a resolver.

Pero en filosofía se añade la dificultad del lenguaje; solemos abundar en términos cuyo sentido y significado no han sido fijados de antemano. Ser, ente, sustancia, categoría y muchos otros conceptos no deberían emplearse sin antes advertir a qué sistema de pensamiento los referimos.

–Siempre tropezamos con lo mismo: empezar por el principio.

–Exacto. ¿Cómo lograr que se entienda el problema que plantea Kant sin empezar por Descartes y quienes le sucedieron, sobre todo Locke y Hume? Hoy vemos que

introducen al estudiante en el pensamiento de Hegel, o de Heidegger, sin hacer cuenta de los antecedentes. Detrás de la doctrina de Heidegger hay dos mil quinientos años de pensamiento; ningún pensador forja su doctrina sin que dependa de las anteriores, ya sea para continuarlas, corregirlas, contradecirlas y hasta si quieres, negarlas. La filosofía es la más conectiva de todas las ciencias.

Reconozco que en sus clases el maestro predicaba con el ejemplo: nunca iniciaba la explicación de un pensamiento sin colocarnos en el horizonte del anterior. No faltaba el impertinente que comentara a los de su entorno: “Otra vez con la misma canción de ayer”. Pero ahora me interesaba otro aspecto: desde la tercera década del siglo XIX, las ciencias positivas han ido desplazando a la filosofía hasta el punto de que algunos le niegan la calidad de ciencia. ¿Qué ha pasado?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3

 

FILOSOFÍA Y CIENCIA

 

El profesor de metodología que tuve durante la carrera afirmaba con frecuencia que ningún trabajo académico tiene categoría científica si no versa sobre objetos de experiencia y experimentación.

–Si las cosas son así -dije- veo un porvenir cada vez más declinante para la filosofía, pues las ciencias avanzan a una velocidad tal que la filosofía irá siempre a rezago.

–Tal vez exageras –repuso don Victoriano-; sin embargo renuevas un punto que ya hemos tocado: la determinación del objeto. Los filósofos anteriores a Kant no fueron muy conscientes de esta cuestión. Sólo desde que Kant hizo la pregunta sobre qué es lo que realmente podemos conocer, nos dimos cuenta de la diferencia que existe entre investigar sobre un objeto real y especular con entelequias.

–¿Será, entonces, que la debilidad de la filosofía empieza en siglo XVIII, a pesar de ser el siglo de Kant?

–Paradójicamente parece que sí, tal vez debido a que los adelantos científicos ya estaban en marcha, sobre todo en el campo de la Física. Pero también hay que contar con el proceso de secularización. Si anteriormente se notaba menos en la filosofía el problema de la determinación del objeto, fue debido a que la Teología todavía figuraba como reina de las ciencias, con el “ancilaje” de la filosofía. Acuérdate del lugar que esta tenía en la Edad Media: philosophia, ancilla theologiae. Como la filosofía era la “criada” de la teología, los teólogos tenían que hacerse primero filósofos.

–Pero si no entiendo mal, la filosofía y la teología nunca convivieron en perfecta paz.

–Precisamente en esto radicaba la paradoja: en que la teología necesitaba de la filosofía como soporte racional. No se podía entrar a estudiar teología sin unas buenas credenciales filosóficas. De hecho, la mitad de la teología no es más que una continuación de varias filosofías, no solo de la Escolástica. Por otra parte, y habida cuenta del proceso de secularización, las facultades de filosofía y de teología han ido declinando inversamente al crecimiento de las ciencias positivas y en paralelo al decaimiento del poder temporal de la Iglesia. A la vez que los Estados Pontificios se han ido reduciendo, el ”reinado” de la Teología ha perdido majestad; como ya no es la reina de las ciencias, la filosofía ha dejado de ser ancilla theologiae para convertirse en ancilla scientiarum. Pero las ciencias no necesitan tanto de sus servicios como los requiere la teología. Por eso los filósofos han tenido que refugiarse en la filosofía analítica, en la epistemología y en las diversas tendencias filosóficas neopositivistas. Si la filosofía de hoy quiere ocupar un puesto digno en la escala del saber, debe atender a estas señales que los tiempos le envían.

Los dos quedamos en silencio. Me pareció ver una sombra de pesimismo en don Victoriano. Hizo un gesto como queriendo reanudar el tema, pero en su lugar tomó la botella, rellenó las copas y dijo:

–Aquí se habla mucho, pero no se come ni se bebe.

La haitiana nos tenía preparada una merienda que valía por toda una cena de juegos florales. Recordando, al parecer, viejas bagatelas, dijo de pronto el maestro con sorna:

-¿Qué, todavía te preocupa aquello de que filosofando no se gana un duro?

–Hombre… un buen catalán tiene que pensar en “la pela”. Pero, bromas aparte, nunca conté con la posibilidad de vivir de la filosofía. En este mundo de feroces competencias soy un rentista privilegiado. Pero insistiendo en lo pragmático, pienso que el estudiante de hoy debe hacer sus cálculos antes de inscribirse en una facultad. Ya sé que con carrera o sin ella, cada uno se busca la vida según las ocasiones; pero el hecho es que todo el mundo cree mejorar su calidad de vida con un título universitario económicamente prometedor. Y la filosofía… ya sabes.

–Lo sé, pero a pesar de todo, el que tiene vocación de filósofo ya da por descontado que no va para magnate. Por eso los aspirantes son pocos.

–Lo cual me parece una ventaja porque con grupos pequeños se trabaja mejor. Esos grandes anfiteatros con cabida de dos o trescientos alumnos siempre me han dado mala espina.

–Eso es según se mire. Tal vez es verdad que en materias prácticas se trabaja mejor con poca gente, pero en un aula donde no hay que hacer más que oír al profesor, no importa que los alumnos sean doscientos o quinientos. Incluso creo que es mejor que haya multitud, pues todo profesor procura dar lo mejor de sí cuando tiene mucho público pendiente de su palabra. Si fueran posibles unas escuelas de filosofía numerosas, mejoraría su calidad académica. En cambio, con grupos pequeños la organización se vuelve doméstica.

–¿Quieres decir que en lo académico la cantidad hace la calidad?

En buena medida, sí. Cuanto mayor es el grupo ante el cual hay de responder, la institución responderá también. Nos guiamos por ley de probabilidad: si buscas a un individuo de calidad, es más probable que lo encuentres en un grupo de cien que en uno de diez. Cantidad y calidad son dos accidentes inseparables del sujeto, pero la cantidad es la que manda: es la materia prima de la calidad. Actualmente, los filósofos notables son pocos porque los aspirantes también son pocos. Ya no tienen sentido las grandes controversias de otros tiempos, como las había entre nominalistas y realistas, tomistas y escotistas, etc. Ahora no hay controversias filosóficas porque no hay suficiente personal para conformar dos bandos. Si la filosofía fuera una carrera de mucha

demanda, seguramente habría muchos más filósofos de notoriedad, como ocurría cuando la filosofía se estudiaba con miras a la teología. En tiempos de Abelardo, por ejemplo.

–Viéndolo así, sucede lo mismo en las instituciones: una de pocos miembros será siempre mediocre. ¿Por qué los jesuitas son tan poderosos y cuentan con grandes celebridades?

–Exactamente por eso: porque son muchos.

–Si las cosas son realmente así, veo muy negro el porvenir de la filosofía.

–Pero sobrevivirá; los aspirantes a filósofos seguirán aproximadamente en el mismo número que han sido a partir del siglo XX. La filosofía no se extinguirá nunca porque filosofar es el acto primero de la humanidad pensante. Aunque haya científicos que subestimen la filosofía, ellos también filosofan sin querer. Podrán tener éxitos deslumbrantes, pero siempre tropezarán con preguntas ulteriores que no pueden

 

responder sin salirse de su campo de investigación. Esas son las preguntas que cual residuo de las ciencias, quedan en manos de los filósofos.

Me persistió en la mente esta última observación, sobre todo recordando que don Victoriano siempre ha reclamado que las escuelas de filosofía deberían estar en las facultades de ciencias.

–Reflexionando sobre este punto –dije- es muy comprensible que el vulgo piense que las Facultades de Filosofía y Letras son buenas para que allí estudien los pobres listos y los ricos torpes.

–Frases como esta hay que valorarlas según quién las dice y el estado de ánimo con que las dice. Todas las ciencias tienen unas dificultades añadidas por la indolencia e impericia de estudiantes y profesores. Es cierto que hay más complejidad en el estudio de los objetos físicos que en el de las ideas puras, pero todas las ciencias, las puras y las aplicadas, tienen la misma calidad académica cuando se cultivan a nivel superior.

-Sin embargo sigue siendo un hecho la subestimación de la filosofía por parte de muchos científicos.

-Peor es aún la forma como algunos filósofos se defienden de la supuesta subestima, apelando a la consabida deshumanización de ciencia. ¡Vaya!, como si la ciencia pudiera desligarse del hombre que la hace. Otros, más necios todavía, añaden que la búsqueda de la verdad es más importante que el progreso científico-técnico. Si fuera posible que mi consejo llegara a todos los filósofos, les daría solo este: déjense de complejos y hagan su trabajo. Las universidades no tienen ninguna verdad que buscar; ya es mucho si llegan a formular hipótesis bien fundamentadas. Cada facultad hace las investigaciones que le competen, pero ninguna trabaja bajo la inquietud de la pregunta por la verdad. La investigación científica y filosófica no es ninguna religión. Nuestros tiempos no son buenos para apoltronar las mentes en los dogmas

–Pero con todo, el filósofo no se escapa del menosprecio mientras haya tantos científicos que miran la filosofía como un mero pasatiempo en el que no vale la pena consumir neuronas. Varios científicos a quienes he planteado problemas filosóficos me han respondido sarcásticamente: “Oye, ¿y estas cosas también se estudian?” En una ocasión vino al Ateneo Barcelonés un biólogo para darnos una conferencia sobre el origen de la vida. Como era inevitable, alguien le preguntó si había un principio vital al que se le pudiese llamar alma; a lo que respondió despectivamente: “Esta cuestión se la dejo a los poetas”.

–Hay científicos que piensan así, pero no creo que sean muchos. Sospecho que esa confusión se debe a la reforma napoleónica de las universidades. Desde que se crearon las Facultades de Filosofía y Letras, ambas se han barajado en una urna común con el nombre de Humanidades, como si existiera alguna ciencia que no fuese del hombre y para el hombre. Por desgracia, los técnicos en organigramas académicos no se percataron de la barbaridad que supone poner la filosofía en el género de las letras. Por eso yo siempre he dicho que, para resolver este malentendido, habría que colocar las Escuelas de Filosofía en las Facultades de Ciencias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

 

 

CABOS SUELTOS DE FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN.

 

Don Victoriano me dice que el principal objeto de educación no es el entendimiento sino la voluntad.

-Dado que así sea -repliqué- ¿qué aspecto de la voluntad habría que educar?

-La voluntad como libre albedrío. Lo que comúnmente llamamos “formación” implica los dos aspectos: extensión del conocimiento y orientación de la voluntad. Ambas potencias conscientes son nuestro distintivo dentro del reino animal. Según las formemos y eduquemos, tendremos ciudadanos probos, inútiles o malvados.

–Suena muy bien lo que dices, pero todo el problema recae sobre la voluntad; lo que es solo enseñar, cualquier maestro lo hace.

- Una buena parte de la educación volitiva, por no decir la mayor, debe venir de la familia; es aquí donde radica el gran problema. Es poco lo que pueden hacer los maestros, pues su responsabilidad termina cuando se cierran las puertas del colegio hasta el día siguiente, o hasta la reapertura tras unas vacaciones. Así que el control de los hijos recae casi todo sobre los padres. Pero como las familias no tienen tiempo ni capacidad para educar a los hijos, no hay más opción que confiar este quehacer a los colegios mercenarios. Ahora bien, dado que el conflicto entre de generaciones es inevitable, los chicos, “educarán” su libertad ellos solos y a su manera. Pero mucho antes de lo creen llegarán a ser padres de familia, con la posibilidad de soportar de sus hijos las mismas insolencias con que ellos mortificaron a sus padres.

-Eso está claro por secular experiencia, pero ahora me gustaría saber de qué se lamentan los llamados “pedagogos de la liberación” ¿Qué es lo que ven en la escuela y en la sociedad que restrinja la libertad de los niños, que nunca la habían tenido tan amplia como hoy? Hay pedagogos que hablan de la educación sin escuelas, de que al niño debe permitírsele cualquier espontaneidad, incluso destruir objetos, porque así -dicen ellos- desarrollan su espíritu de iniciativa y creatividad.

–Vuelvo a lo que tantas veces repito: se trata de modas transitorias, que no deben alarmarnos, porque al cabo de todo siempre se impone el sentido común. Para mí, la educación de la libertad es algo más que las pequeñas libertades de cada día. Si yo tuviera poder decisión en este sentido, impondría mi teoría de la “educación para la libertad de pensamiento”.

Tuve la impresión de que don Victoriano se me iba por las ramas.

-Algo barrunto de lo que eso significa, pero explícate más.

-La libertad en cuanto que objeto de educación no tiene que ver con lo que se pregona desde las tribunas y menos en las manifestaciones populares. Lo que yo llamo “libertad de pensamiento” va mucho más allá: es la superación de los patriotismos y regionalismos, que en el fondo son formas sibilinas de coacción mental.

-No simpatizas mucho con los pedagogos, según parece…

-Tengo por ellos el respeto que se merecen, pero las últimas “modas pedagógicas” han abolido los métodos tradicionales sin reemplazarlos por otros mejores. No sobrestimo los tiempos pasados, pero a veces es inevitable hacer comparaciones odiosas, aunque objetivamente justas.

Quise tirar de la lengua al maestro, pero no lo conseguí.

-¿Puedes darme algunos nombres de lo que llamas “modas pedagógicas”?

-Preferiría referirme a la más grave de sus omisiones: haber desestimado la mejor potencia de la mente infantil, que es la memoria. Pero esto es otro asunto…

No pudiendo sacarlo de su reticencia, le propuse:

-Ahora, ¿qué te parece si proyectamos un enfoque filosófico hacia la pedagogía?

-Depende de cómo lo enfoques.

-Te lo planteo en forma de anécdota. Cuenta un sobrino mío que su profesor de filosofía en el bachillerato tenía un método de enseñarla, que él llamaba “dinámica de grupo”.

Consistía en ordenar los pupitres en semicírculo invitando a los muchachos a introducir un tema de discusión. Allí cada uno echaba su cuarto a espadas y pasaban la hora divagando a la buena de Dios. El profesor parecía un poco cantamañanas, y creo que lo era de verdad.

–Lo que él hacía es una de tantas formas no solo de difamar la filosofía sino de deseducar la capacidad pensante de los alumnos.

- Tengo la impresión de que te refieres, no sé si queriendo o sin querer, a la causa por la que muchos profesionales hacen comentarios jocosos sobre la filosofía. De ahí debe venir la imagen común que se tiene del filósofo: un individuo fuera de onda que no tiene un destino fijo en el organigrama social.

–No doy ninguna importancia al rol social de los filósofos. Lo que sí veo es que la presión tecnocrática y la hipertrofia burocrática de las universidades, además de sus necesidades de expansión, están dejando en segundo plano aquellas escuelas de menor clientela, como son las de filosofía, que parecen más toleradas que estimuladas.

-Hagamos a este respecto una pequeña digresión: como es inevitable que la política entre en las universidades, los gobiernos tecnocráticos y los dictatoriales fomentan por igual en la penuria de las escuelas de filosofía; los primeros porque no les ven utilidad práctica y los segundos porque las miran como enemigas de la hegemonía.

-Pero fuera de razones de Estado, también en lo interno de las universidades hay subgrupos que, sin ser políticos, tienen sus formas torticeras de seleccionar el profesorado. Imposible enumerar las injusticias que he presenciado en oposiciones a cátedra. Hay un caso histórico que es paradigmático. Durante una buena parte del siglo XIX, mientras la tendencia hegeliana dominaba en las universidades, raramente se toleraba que un profesor no hegeliano ocupara una cátedra. Pero cuando el positivismo se adueñó de la escena, las hostilidades se volvieron contra los hegelianos. Más recientemente, muy pocos profesores que no fuesen marxistas podían obtener cátedras en las universidades oficiales de algunos países. Los sospechosos de conservadurismo no se habrían atrevido a participar en un concurso de oposición; mucho menos aquellos que poseían títulos de universidades pontificias. En la España de Franco el rechazo de títulos de las pontificias era todavía más radical; los aspirantes a revalidar debían someterse a un tiempo de estudio equivalente a más de la mitad de la carrera.

–Es bien paradójico; cualquiera supondría que el anticlericalismo universitario fuese más bien cosa de la República.

-Fue precisamente al revés. Nos es que durante la República, los clérigos fuesen bienvenidos a las universidades, pero se les respetaba en lo que académicamente valían. Durante el franquismo, en cambio eran rechazados por principio. Era una forma natural de reacción contra el régimen, pues es casi una ley que los intelectuales se opongan a los regímenes que además de totalitarios, son confesionales. En la Universidad Central de Madrid –hoy Complutense- fui testigo presencial del calvario que tuvo que remontar un fraile franciscano, doctor en Químicas por la misma Central. Era persona de rarísima capacidad intelectual; matrícula de honor en todas las materias. Se convocó a unas oposiciones de Química Orgánica en que participaron, con el fraile, otros tres candidatos. Como era “lógico”, el jurado hizo lo imposible para tumbar al franciscano, pero la superioridad que mostró era tan abrumadora, que habría sido una obscenidad negarle el número uno. En fin, bastan esos casos para que te des cuenta de las mil maneras con que se puede coartar la libertad de pensamiento incluso en los recintos donde debe darse por supuesta.

Cansado ya del mismo tema, hice la pregunta en busca del punto final:

–Después de todo, ¿en cuánto piensas que puede contribuir la escuela en el ideal de la educación del hombre para la libertad? Porque la sociedad puede destruir en poco tiempo todo lo que la escuela ha construido.

–Ya sabes que no soy optimista. La escuela llegará hasta donde pueda, pero lo importante es que haga su labor durante el tiempo de que dispone. Luego hay que considerar al individuo en particular; no todos los escolares tienen los mismos atributos en cuanto a la capacidad de retención y asimilación.

–Sin embargo muchas veces tienen más éxito profesional, los graduados mediocres que los muy cualificados.

— Eso es cierto. El éxito profesional depende mucho del impulso volitivo de la persona, cualidad que no otorga Salamanca sino la Naturaleza. Cuanto más potente sea la volición de cada individuo, mayor probabilidad de éxito tendrá en sus proyectos. Los talentos teóricos, en cambio, suelen ser dubitativos y vacilantes, y por eso corren peligro de quedarse estancados en la mediocridad de un despacho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

 

SINDROME DE ESCRITURA DIFICIL

 

Probablemente el maestro reflejaba la situación en que se sentía cuando enseñaba en aquel Centro Cultural de Terrassa y otros  de enseñanza superior. Como solía decir, él era profesor de una materia de lujo, es decir, superflua. La cortesía me impedía decírselo directamente, pero él, que siempre facilitaba las cosas, me quitó el impedimento.

–Seguramente que muchos pensaban que se podía prescindir de mí sin ninguna mengua; y si lo miramos fríamente, era cierto. Yo nunca supe dar vida a mis lecciones, no por incuria de mi parte, sino porque nadie da lo que no tiene. No tuve talento creador ni innovador; de lo único que me creía capaz era de explicar las doctrinas con claridad, y creo que lo hice. Todos tenemos nuestras limitaciones personales, además de las que nos impone la institución con sus programaciones que a veces dejan muy poco espacio para iniciativas individuales.

–En definitiva -pregunté con cierta impaciencia- ¿qué puede hacer un profesor de filosofía ante tales limitaciones? ¿Cómo lograr que sus alumnos no se le vayan con mal sabor de boca?

–No tengo respuesta. El que carece de habilidad expositiva, haga al menos como dices que hacía yo: tenga la cortesía de exponer las ideas con claridad. No se limite a repetir lo que está en los libros. Tampoco organice mesas redondas ¡por favor! Si no puede clarificar el pensamiento de un autor debido a su complicación y oscuridad, páselo de largo y tenga la humildad de confesar que no lo entiende. Si no entiendes a Hegel, por ejemplo, no tengas la cara dura de explicarlo con un lenguaje aún más enrevesado que el suyo. Si en cambio lo expones con claridad, le haces al autor la cortesía –la que él no tuvo- de volverlo inteligible. Pero yo tengo la impresión de que algunos se inclinan a la filosofía porque se sienten cautivados por el lenguaje críptico.

–Pero otros responden que la oscuridad de algunos autores no es tal, sino una característica distintiva de su estilo, que no debe confundirse con la oscuridad.

–He discutido mucho con mis colegas sobre la majadería del lenguaje complicado. La oscuridad es la peor descortesía que puede cometer un autor. Escribir enrevesado no es ningún estilo sino ineptitud literaria, o peor aún, indicio de no tener claras las ideas. Sé que en este sentido tengo fama de viejo cerril, pero no importa; más prefiero pasar por cerril que por papanatas.

Estas afirmaciones del viejo profesor me parecieron, de entrada, excesivamente expeditivas y de una intransigencia propia de su edad; pero posteriormente pensé que tal vez tenía razón.

-¿No crees –le pregunté- que puede haber pensamientos tan sutiles de sí mismos, que resulte difícil explicarlos?  Una vez traté de expresar por mi cuenta y en forma inteligible un fragmento de la Fenomenología del Espíritu, y tuve que tirar la toalla. Primero fui directamente al texto alemán para no prejuiciarme con ninguna traducción. Pero viéndome perdido cotejé la mía con las de Wenceslao Roces y la italiana de Erico Negri, encontrando las mismas dificultades. ¿Será que el bueno de Hegel es dueño de un arcano que somos incapaces de alcanzar?

–Las ideas -respondió el maestro- pueden ser muy sutiles, pero ninguna es inefable. Lo único inexpresable son los sentimientos y emociones, debido a su inmanencia en el sujeto. Lo más que puedes hacer con los fenómenos subjetivos es interpretarlos, que es lo que procuran los psicólogos y psiquiatras, no sabemos con qué éxito. Pero lo que es objetivo es siempre expresable. Y aquí entiendo por objetivo todo lo que es objeto de conocimiento. Más sencillamente: la escritura de difícil comprensión indica que algo anda mal en la mente del autor.

–Pero tú alguna vez habrás tenido que explicar a Hegel…

–Muchas.

–¿Cómo te has salido de los pasos difíciles?

–No siempre he tenido éxito. La dificultad de Hegel no está tanto en la profundidad de su pensamiento cuanto en la estructura de su lenguaje. No es él el único “oscuro”; también lo fueron los inmediatos sucesores de Kant. Debió ser una especie de moda literaria de la época. De los malos trances de esta clase de filósofos, he podido salirme a mi manera, pero a veces he tenido que decir públicamente: no entiendo. En esto reconozco que he sido un profesor de honestidad intachable –matizó con ironía-. Con todo, no incluyo entre los méritos de Hegel su enrevesado lenguaje, en el que profesores como Ernst Topitch encuentran ¡una extraordinaria belleza literaria!

–Es evidente que estás nadando contracorriente; si te escuchara la “élite” filosófica de hoy día, te dejaría muy mal parado.

–Ya me ha escuchado, y tienes razón: me ha dejado cual no digan dueñas.

–Ahora me das ocasión de preguntarte algo muy interesante -intervine con vehemencia- ¿Podría alguien hacer con la Fenomenología del espíritu, toda entera, lo mismo que yo intenté sin éxito en un solo párrafo: reescribir a Hegel con la inteligibilidad de un Descartes o un Pascal… qué te parece?

— Es perfectamente posible, a condición de que conozcas muy bien el alemán y el tema de que se trata. Hay que añadir también una buena dosis de paciencia. Este trabajo supondría numerosas reducciones y amputaciones del texto, porque hay muchos párrafos innecesariamente largos. De cualquier manera, la labor resultaría inútil. No por eso crecería el interés por Hegel. Deja los textos hegelianos tal como están. Aún quedan muchos lectores que gustan de lenguajes complicados.

-Entonces –repuse- habrá que afrontar como tema el “síndrome de lectura difícil”. ¿Qué haremos con tantos filósofos contemporáneos que nos lo hacen sentir?

–Te diré lo que yo hago cuando me encuentro en el caso. Si no entiendo un párrafo, lo releo tres veces más, poniendo toda mi atención. Si después de pensar y repensar la frase sigo sin entender, concluyo que el autor se esforzó en expresar algo que él tampoco tenía claro. No descarto que algunos autores tengan problemas de lenguaje, pero en cualquier caso el escritor oscuro no tiene excusa. Si no tuvo clara la idea que quiso explicar, o el lenguaje no le daba para más, debió callarse: seguir el consejo de Witgenstein.

En el rostro de Don Victoriano noté cierta intransigencia, como cuando en sus clases algún alumno le soltaba una observación impertinente.

–En mi juventud -le dije- existía un cierto menosprecio por las redacciones de entendimiento inmediato; había una obsesión por la perfección de la forma. Algunos petimetres usaban las palabras “facilón” y “facilonería” para referirse a escritores de lenguaje inteligible. Por ejemplo, haciendo referencia a El criterio de Balmes. Incluso el nombre de Menéndez y Pelayo suscitaba sonrisas despectivas. Mucho me temo que esta tendencia no haya muerto del todo.

–Creo que los prejuicios contra Balmes, Menéndez y Pelayo, eran más ideológicos que literarios; y es probable que todavía persistan, pues aún queda cierto rescoldo de anticlericalismo. Sospecho que algunos desearían que las calles que les dedicaron llevaran los nombres de Rafael Alberti, o Pablo Neruda, o tal vez el “Che” Guevara.

–Pero volvamos al tema del síndrome de lectura difícil, que aún queda algo en el tintero…

–No mucho -interrumpió-. La criptomanía filosófica pasará como pasan las modas de vestir o de peinarse. Frente a un pensamiento filosófico que de pronto se pone de moda, hay que esperar el juicio del tiempo.

–¿Piensas que este síndrome empieza con el idealismo alemán? Porque yo no lo he visto en los anteriores.

–Y sin embargo lo hubo. Acuérdate de Séneca fustigando a ciertos Estoicos que se perdían en quisquillosidades silogísticas; acuérdate de Mario Victorino, cuya oscuridad dialéctica denuncia San Jerónimo. En aquellos casos, como en los actuales, la penuria de pensamiento se suplía hinchando el lenguaje. El pensador que tiene cosas que decir y las ve claras, no está para sutilezas; va directo al grano.

 

6

 

FILOSOFIA BARATA

 

El remedio contra la criptomanía filosófica sería la “filosofía barata”. Me explico: en conversaciones con los filósofos del Ateneo Barcelonés, varias veces he oído opiniones despectivas sobre ciertos filósofos que hacen –o hicieron- “filosofía barata”. Entre los que quedaban peor parados estaban Balmes, Emmanuel Mounier y Jaques Maritain.

–¿Has oído hablar alguna vez de la filosofía barata? –pregunté.

–Sí, respondió-; cuando alguien se altera en exceso por algún problema personal se le suele aconsejar que se lo tome con filosofía barata.

–Por ahí no va mi pregunta -repliqué-. Los filósofos del Ateneo llaman filosofía barata a la que se entiende a primera lectura. Para ser más concreto: según ellos, son filósofos baratos los Epicúreos, los Estoicos, los Escolásticos, Pascal, Jaime Balmes, incluso el mismo Aristóteles ; todos los que escriben con lenguaje claro y preciso.

Don Victoriano se alteró.

–Pero esto es….

–Me explico mejor -interrumpí-. Mi pregunta tiene que ver con las referencias que en otras reuniones te hice sobre la “facilonería” y los “facilones”. Por lo que he entendido de ellos, no es verdaderamente filosófico el lenguaje de fácil comprensión, porque -dicen- la filosofía no es una ciencia para que la entiendan perros y gatos; por tanto no es posible explicarla con lenguaje fácilmente inteligible. Si esto es así, la conclusión salta a la vista: casi todos los filósofos anteriores a Kant fueron “baratos”.

–Bueno, bueno -respondió tranquilizándose-. No hay que tomarse en serio esas bagatelas. Ya te dije en otra ocasión que la criptomanía es una moda pasajera. No quiero creer que esos chicos a los que te refieres lleguen al extremo de menospreciar a los clásicos. Si lo dijeran en serio, me harías dudar de la racionalidad humana. Catalóguenme, si quieren, como “facilón, pero yo siempre escribiré llamando al pan, pan y al vino, vino.

-Pues hoy día hay bastantes filósofos y ensayistas sobre los que se hace exégesis, como si sus libros fuesen piezas milenarias que hubiesen pasado por un sinfín de infortunios y mutilaciones.

–Eso no importa. En cuanto a mí, no me cansaré de repetir que la oscuridad del lenguaje es una deficiencia y no un distintivo de profundidad. El estilo enrevesado es pedantería, no característica natural del escritor. En cuanto al pensamiento que se quiere expresar, repito: el tiempo dirá lo que de él merezca permanecer.

Tal vez don Victoriano tenía razón, pero yo siempre pensé que el éxito editorial no se da por simple casualidad, ni sólo por cuestión de moda literaria. Supongo que el autor exitoso lo es por alguna razón seria, si exceptuamos a los explotadores del escándalo. Los editores suelen tener un buen olfato para pronosticar el éxito de una publicación, por más que algunos se hayan equivocado lanzándose a una empresa en que perdieron hasta la camisa. Pero lo normal es que no arriesguen el dinero frente a cualquier original. A García Márquez no le fue fácil encontrar el primer editor que se atreviera con sus Cien años de soledad. Los escritos de don Victoriano tenían todas las condiciones para que no se le calificara de barato; sin embargo su estilo expositivo no era apto para ganar lectores, ni mucho menos para que un editor tentara la suerte con sus escritos.

–De pronto, como adivinando mis reflexiones, dijo con voz muy reposada:

–Es inevitable que haya corrientes filosóficas según el ritmo de los tiempos, y en tal sentido, cada filósofo es hijo del suyo. Las excentricidades siempre han existido, pero se fueron diluyendo con el tiempo, pues las tendencias y preferencias están en continua renovación, sin mencionar las muchas que se pierden para siempre. El filósofo, o cualquier otro escritor que sólo dice cosas interesantes para su tiempo, está condenado al olvido en menos de dos generaciones.

–¿Has leído algo de los que yo llamo “filósofos de revista dominical?” Son los que están de moda.

–Algo he leído, claro, pero les aplico lo que ya sabes. Traté de que me citase nombres, pero fue en vano.

–Como hasta el presente no me ha interesado ninguno, ni siquiera retengo nombres. La mayoría de esas lecturas las aguanto aproximadamente hasta una tercera parte. Envidio a los viejos que viven al tanto de los vientos que soplan, pero yo sólo me siento cómodo con mis lecturas habituales.

–Pero mientras estés vivo y con la mente activa, los tiempos actuales son también los tuyos.

-Es cierto, pero a condición de que la filosofía no abandone la conciencia de su continuidad cronológica. El progreso de las ciencias no es más que continuación y enmienda de una “herencia” recibida, aunque con la diferencia, en filosofía, de no perder contacto con Heráclito, Platón y Aristóteles.

–Si dices esto en el Ateneo, te apedrean.

–¡Lástima por ellos! Deberían razonar sin prejuicios. Platón y Aristóteles  nos enseñaron lo que todavía no hemos aprendido; y es que hay dos maneras de hacer filosofía: enseñar filosofía y enseñar a filosofar. El pensamiento filosófico universal es una construcción en que trabajan arquitectos, aparejadores y maestros de obra. Unos ejercen la solidaridad orgánica y otros la mecánica, pero todos trabajan sobre la misma herencia que nos viene de dos mil quinientos años. Como muchas cuestiones planteadas continúan sin solución, resulta que no estamos en una repetición sino en un “eterno retorno”. La única diferencia que hay entre la filosofía y otras ciencias en cuanto a la continuidad está en que éstas son lineales y aquélla es circular. Pero la nota común entre unas y otras es que todas están en continuo fíeri.

-¿Qué hay que decir, entonces, de la philosophia perennis, en que tanto nos insistía el cura que tuvimos de profesor en bachillerato? Claro que más tarde me di cuenta de que el buen hombre tenía su preocupación apologética: quería convencernos de que fuera de Santo Tomás cualquier otro pensamiento es errático.

Don Victoriano tomó una actitud solemne y dijo:

–Mucho cuidado, no nos precipitemos. Eso de la philosophia perennis no es nada personal de Santo Tomás. Fue un tal Agostino Steuco, un hombre del siglo XVI, quien escribió un tratado con este título. La obra tuvo su resonancia, pero el título en sí no siempre fue entendido de la misma manera, aunque la referencia a la Escolástica se convirtió en lugar común. Hasta hace muy poco era el estribillo que se repetía en los Seminarios.

–He pasado muchos ratos discutiendo este tema con algunos curas, y creo que aún permanecen en lo mismo.

–Es que todavía resuenan los anatemas del Concilio de Trento. Trescientos años después, León XIII convirtió en mandato canónico la obligación de que en Seminarios y escuelas católicas se estudiara la filosofía “según el método de Santo Tomás”; todo en vistas a conservar la ortodoxia de los futuros estudiantes y profesores de teología.

-Pero, ¿cómo un Papa tan culto como Leon XIII podía ignorar la evolución del pensamiento desde hacía más de un siglo?

–No lo ignoraba; y precisamente por eso apretó los tornillos de la ortodoxia. Había muchos eclesiásticos ilustrados que estaban iniciando el movimiento modernista, que abarcaba tanto la filosofía como la teología. Nadie sabe qué piensan los Papas en sus adentros, pero por fuera tienen que actuar como Papas.

–Sin embargo, un filósofo laico como Leibniz tiene también referencias a la philosohia perennis.

–Pero él emplea la expresión desde un enfoque lógico-matemático. Su plan era construir una especie de enciclopedia universal donde todos los conocimientos pudieran concentrarse en ecuaciones. Este plan incluía un conjunto de principios lógicos de evidencia inmediata o al menos demostrable, además de algunas doctrinas filosóficas anteriores, desde Platón y Aristóteles, sin excluir la Escolástica que él estimaba de valor definitivo. A todo ese acervo de saber él llamaba philosophia perennis. No había por tanto ningún fanatismo escolástico, lo cual por otra parte habría entrado con conflicto su monadología. Además, Leibniz era un contemporáneo de Newton, físico y matemático como él; no podía ignorar los progresos científicos que en su tiempo estaban en marcha.

Por fin don Victoriano me había corregido del error, bastante común, de que la philosophia perennis era un apelativo exclusivo de la Escolástica.

–Entonces –pregunté, ¿podemos llamar perennis cualquier doctrina sobre la que cabe discutir indefinidamente?

–Es probable. De hecho, Heráclito y Perménides son tan actuales como Heidegger. Si eres buen estilista puedes hacer que estos dos personajes luzcan interesantes en las páginas cultas de una revista dominical. Los filósofos tenemos la ventaja de ser siempre actuales sin que importe que seamos aristotélicos o kantianos, porque no hay ningún sistema filosófico que haya dicho la última palabra sobre los problemas del ser y el conocer, así como de otras aporías. En las ciencias físicas y naturales hay autores que, aunque sean de primera importancia, ya no queda de ellos nada que comentar. Es imposible que un astrónomo de la NASA haga profesión de copernicano, pero un filósofo de cualquier Facultad puede presentarse como platónico o cartesiano sin que se le califique de anticuado.

La afirmación me cogió de sorpresa y no disimulé la risa.

–¿De qué te ríes?

–Encuentro gracioso que personajes como Santo Tomás, o San Buenaventura pudieran de pronto convertirse en hombres del día. Estamos tan acostumbrados a poner las cosas del medioevo como antinomia del progreso y la civilización…

–Hay cosas -interrumpió- en que la ignorancia crasa se ha vuelto institución; una de ellas es la idea trivial que se tiene de la Edad Media. Una época de mil años no se puede despachar atolondradamente.

-Lo sé, pero es que no me imagino que alguien pueda hablar con tanta capacidad de seducción como para despertar interés por temas como la diferencia entre esencia y existencia, la controversia entre intelectualismo y voluntarismo, y otras quisquillosidades por el estilo.

–No todo son quisquillosidades. Y en cuanto a la capacidad de despertar interés por estos temas, hay quien la tiene. Hace algunos años escuché en la Universidad de Roma una magnífica charla de Giorgio La Pira, precisamente acerca de la diferencia entre el intelectualismo tomista y el voluntarismo escotista. En su estilo tan peculiar que solo recordamos algunos sobrevivientes, explicó con tal diafanidad de argumentos cada una de las partes, que a muchos les quedó la impresión de que ambas eran igualmente aceptables.

–Bueno… eso me tranquiliza; puedo decir que soy tomista o escotista sin que por eso se me tilde de anticuado –dije ingenuamente.

–Sí, pero con mucha cautela antes de decidirte por una u otra doctrina. Porque

si prefieres ser intelectualista, eres un demócrata, mientras que si te decides por el voluntarismo, serás partidario de dictaduras y tiranías.

–Caramba…, ¿tanta es la diferencia?

–¡Y tanta! -enfatizó el maestro-. Según el intelectualismo tomista, el origen de la ley y del poder civil está en la razón de gobernantes y legisladores, mientras que para el voluntarismo escotista se funda en la sola voluntad del príncipe legislador. Ten paciencia y escucha las razones ontológicas. Entendimiento y voluntad tienen diversas maneras de dirigirse a los objetos. El entendimiento tiende al objeto en cuanto que es determinado por él, en tanto que la voluntad se dirige a él para apropiárselo o rechazarlo. De donde resulta que el entendimiento ve el origen del poder en la soberanía popular (multitudo, la llama Santo Tomas), donde se halla la ratio legis et regiminis. En cambio, para Escoto el origen del poder y de la ley está en el querer o no querer del gobernante. Si no, fíjate en los dos lemas del voluntarismo: “Lo que agrada al príncipe tiene vigor de ley” (quod principi placuit, legis habet vigorem). Y el otro: (“Así lo quiero, así lo mando: valga la voluntad por la razón” (sic volo, sic iubeo: sit pro ratione voluntas). Son los lemas que adoptaron Enrique VIII de Inglaterra y los “Luises” de Francia.

–Así les lució el pelo a estos dos países… decapitaciones y guillotinas por un quítame allá estas pajas.

-Anda y diles a tus sabios del Ateneo Barcelonés quiénes y cómo son los filósofos “facilones” y “baratos”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

 

INTELECTUALISMO Y VOLUNTARISMO

 

La materia de que íbamos a hablar me prometía una velada interesante. Acomodado en su butaca me esperaba don Victoriano.

–Ya estaba a punto de llamarte. ¿Tuviste algún problema?

–Ninguno, simple descuido. Pero el tema de hoy nos compensará de este retraso.

–¿Por dónde quieres empezar?

–Por la controversia entre intelectualismo y voluntarismo, en la que según decías, nos jugamos la democracia o la dictadura. ¿Cómo entran en el juego político el entendimiento y la voluntad?

–Buena pregunta. Como te dije, el entendimiento y la voluntad tienen diversas maneras de dirigirse a los objetos: el primero los acepta tal como los aprehende, mientras que la segunda se dirige a ellos con intereses de apetencia o rechazo. En cuanto a los actos e intenciones, el entendimiento indica cómo deben ser, mientras la voluntad decide cómo quiere que sean. Dicho de otro modo: el entendimiento se inclina hacia el deber y la voluntad hacia el querer. Pero innumerables veces en la Historia ha ocurrido al revés: la voluntad se ha impuesto como determinante, prescindiendo de la recta ratio. En ese caso los motivos de los gobernantes dependerán solo de sus voluntades, con todos los riesgos que ello implica.

–¿Es eso lo que llamas voluntarismo?

–No lo llamo yo, se llama así. La controversia entre intelectualistas y voluntaristas, como ya sabes, es típicamente medieval. Los intelectualistas pertenecían a la Escuela Dominicana y los voluntaristas a la Franciscana. Las dos cabezas de escuela fueron, respectivamente, Tomás de Aquino y Duns Escoto. El primero colocaba el origen de la ley y el poder civil en la razón del legislador, en tanto que el segundo lo fundaba en la voluntad. Para el primero, la ley es la recta ratio, lo que debe ser, para el segundo, lo que el legislador quiere que sea. La Escuela Franciscana –la escotista- aceptaba aquel nefasto aforismo que dice: quod principi placet, legis habet vigorem, “lo que agrada al príncipe tiene vigencia de ley”; aforismo que más tarde se parafraseó así: sic volo, sic iubeo: sit pro ratione voluntas, “así lo quiero, así lo mando: vaya la voluntad en lugar de la razón”.

–Entonces entendimiento y voluntad están divididos.

–De ninguna manera. Obran conjunta e inseparablemente, pero eso no quita el que cada facultad tenga su propio objeto. Es lo que continuamente comprobamos en la práctica: frente a conductas éticas o antiéticas, el entendimiento dicta necesariamente lo que corresponde a la recta ratio, mientras que la voluntad puede, libremente, aceptar o rechazar el dictamen, imponiendo otro diferente o contrario. Ahora, aplica lo dicho a los poderes civiles y las respectivas legislaciones. El sujeto humano, consciente o inconscientemente, obra siempre por alguna finalidad. El orden correcto sería que el entendimiento actuara como determinante y la voluntad como determinada. Pero innumerables veces en la Historia ha ocurrido al revés: la voluntad se ha impuesto como determinante, prescindiendo de la recta ratio. En ese caso los motivos de los gobernantes dependerán solo de sus voluntades, con todos los riesgos que ello implica.

–Supongo que estos aforismos serían muy bien recibidos por reyes y emperadores, sobre todo en las dinastías británicas y borbónicas. Pero lo raro es que el bueno de Escoto no se diera cuenta de hasta dónde podía llegar su voluntarismo.

–Difícilmente podía, porque murió a los cuarenta y dos años. Pero su voluntarismo no era una teoría filosófica ni política sino teológica.

-¿Cómo así?

-Te lo sintetizo brevemente: la intención de Escoto era la de salvar por encima de todo la libre voluntad de Dios. Por eso defendía que la voluntad es superior al entendimiento en todos los órdenes, tanto el divino como el humano. Santo Tomás, en cambio, sostenía lo contrario, aunque no en todos los órdenes. Sin embargo ambas teorías no se contraponen sino que al fin se identifican de esta manera: para Escoto, no es la razón pura la que hace que las cosas sean buenas o malas, sino la voluntad divina porque, siendo ella la regla suprema del bien, el querer de Dios no puede ser más que un recte velle, una “voluntad buena”. (Algo similar al guter Wille de Kant). En consecuencia, según Escoto, nada es moral ni inmoral, de por sí y por sí mismo, sino por la voluntad divina que así lo quiere.

Esta “voluntad racional”, al ser buena por esencia, hace bueno todo lo que ella quiere, y malo lo que no quiere. (Entre paréntesis te cito una frase que solía repetir Bartolomé Xiberta, un teólogo carmelita del siglo XX: “Dios no nos ama porque somos buenos, sino que, amándonos, hace que seamos buenos”).

–¡Bonita frase! -exclamé mientras me la apuntaba en mi agenda-. Este Xiberta, era escotista?

–En modo alguno, sino tomista hasta los huesos, pero era al mismo tiempo buen conocedor de la doctrina escotista, aunque no creo que repitiera la frase citada pensando en Escoto.

–Pongo un ejemplo: si me enamoro de una mujer fea es porque al amarla la hago bonita. ¿Pondría Escoto la firma bajo esta frase?

–Es bastante probable. Pero volviendo al asunto, el aforismo que dice que la voluntad del príncipe (así llamaban entonces a los gobernantes) tiene vigencia de ley, sería válida solo en el supuesto nunca negado de que la voluntad del gobernante fuese intencionalmente recta, en el sentido del recte velle de Escoto, porque en ese caso habría coincidencia entre el entendimiento que percibe “lo recto” y la voluntad que lo acepta como tal. Pero esta doctrina se secularizó, es decir, se transfirió posteriormente a la voluntad humana de los monarcas renacentistas.

–Si mal no entiendo, Escoto era bien ingenuo, porque ni tú ni yo daríamos un duro por la ”voluntad buena” de nuestros gobernantes.

–Dentro del contexto teológico de Escoto, lo que has oído no es nada en comparación con lo que sigue. Para que te asombres más, los aforismos que he mencionado se convirtieron en sentencia favorita de los reyes absolutistas a partir del Renacimiento. Su influencia consciente duró casi tres siglos. Amparado en estas sentencias, Enrique VIII se sentía con derecho a decapitar a un súbdito por cualquier motivo, y Luis XIV podía decir: L´État c´est moi.

-Aún no me has dicho de qué me tengo que asombrar más, pero primero aclárame si esos aforismos fueron formulados por Escoto o partir de él.

-Ya eran del dominio común desde antes que existiera el voluntarismo como doctrina.

-Entonces hay que suponer que los gobernantes se inclinarían más bien hacia el despotismo…

-Algo de eso hubo –interrumpió- aunque no con el descaro posterior, porque, primero, entre Papas y Emperadores se frenaban mutuamente los excesos autoritarios; en segundo lugar, el origen de la ley en la voluntad del príncipe se tomaba bajo el supuesto de que los príncipes lo eran por voluntad de Dios, la cual no puede querer más que lo razonable, el recte velle de Escoto; y tercero, porque en la Edad Media, el acto de dictar leyes, se hacía desde la perspectiva del temor de Dios, a pesar de las juergas dionisíacas que también los medievales se permitían.

–Eso del temor de Dios sugiere, al menos actualmente, un ambiente de miedo y represión, en el sentido de que, si te portas mal, Dios te espera tras la esquina para asestarte el garrotazo justiciero. En las fachadas de algunos seminarios he visto escrito: Initium sapientiae timor Domini.

–Hay que distinguir los tiempos para interpretar los dichos. La idea de “temor de Dios”, que viene de la Biblia, no tiene sentido de terror frente a un dios vengativo, sino de temor reverencial ante un padre bondadoso y justo, al que temes decepcionar con actos indebidos. Este mismo sentido tenía para los medievales.

–Queda claro. Ahora cuéntame lo que más me tiene que asombrar de la doctrina de Escoto.

— Los referidos aforismos de que hablábamos, circularon desde la alta Edad Media y se les daba el sentido que te expliqué. La Escuela Dominicana, que era intelectualista,

los rechazaba como conducentes a la tiranía y contrarios a la soberanía popular. El voluntarismo, en cambio, los admitía porque salvaban por encima de todo la libertad de Dios.

–¿Es que Dios necesita que le salven la libertad?

–No es tan simple. Al defender la libertad por encima del entendimiento, Escoto quería argüir contra el determinismo de Averroes, que afirmaba la existencia de un entendimiento universal común a todos los humanos, cuyo destino determinaba, quedando por eso comprometida no sólo la voluntad del hombre sino también la de Dios. De ahí que el bueno de Escoto, vehemente como era, clamara contra ille maledictus Averroes.

-Pero, negar la libertad de Dios ¿no es lo mismo que negar Dios?

–Totalmente, porque le quitas la potencia rectora del universo. Para Escoto, toda voluntad que no sea parte de la de Dios equivale a una disminución de la esencia divina, lo cual es lógica y teológicamente absurdo. Por eso, para salvar la libertad de Dios y al mismo tiempo la del hombre, Escoto otorga la primacía a la voluntad de Dios, queriendo terminar con todo residuo de determinismo griego y averroísta.

–Pero ¿dónde están -dije impaciente- las otras cosas de Escoto que aún me iban a impresionar más?

–No tengas prisa. Con el fin de extirpar el determinismo averroísta que ya cundía en la Universidad de París -la Sorbona-, formuló las siguientes tesis: Toda la creación es un solo acto libre de la voluntad de Dios; por tanto, nada es fruto del azar. Por otra parte, nada existe en el universo que sea necesario; Dios pudo crearlo todo de otra manera o no haber creado nada, pues él solo se basta. No hay leyes eternas ni necesarias para la moral ni para el derecho. No hay actos buenos ni malos en sí mismos; que una cosa sea buena o mala, depende sólo de la voluntad divina.

–Entonces, ¿en qué queda el Derecho Natural?

–Para Escoto, no hay ningún derecho que sea “natural”, porque si lo hubiera, la voluntad de Dios se vería restringida. No hay ningún derecho que vaya unido a la naturaleza humana. Por tanto, no hay derecho fuera del Derecho Divino. El único derecho humano es el de las leyes positivas que promulgan los príncipes, los cuales, “por la gracia de Dios”, representan en la Tierra el recte velle de Dios.

-¿Dónde queda, entonces, la propiedad privada?

-El verdadero propietario de los bienes de un territorio es el príncipe, quien los puede ceder en concesión regulada con el fin de mantener el orden y la paz. Puede otorgarlos, negarlos o retirarlos según su voluntad.

–Así, el dinero que gano con mi trabajo, con mis negocios, o el que me toca por herencia… ¿todo pertenece a los príncipes?

–Aquí está el peñasco que te puede escandalizar: la propiedad privada, según Escoto, es más bien un desorden que Dios tolera teniendo en cuenta la proclividad humana hacia el abuso. Por eso los príncipes reciben, “por gracia de Dios”, la facultad de dictar

leyes que regulen la propiedad privada en bien de la paz.

–Por tanto, los príncipes son, prácticamente, los dueños de todos los bienes materiales; ellos y sus descendientes…

-Prácticamente.

-Empezaste insinuándome las consecuencias del voluntarismo, pero nunca imaginé que algo tan espantoso pudiera salir de la pluma de un fraile franciscano.

-El fraile no dijo nada de su propia cosecha; solo era un teólogo que trataba de explicar las razones teológicas por las que todo cuanto ocurre en el universo proviene de voluntad divina. Escoto solo cumplía con su oficio. Nunca te olvides del aforismo: “distingue los tiempos y concordarás los derechos”. Escoto fue un fraile hijo de su época, que nos dejó mucha tela que cortar.

-Todo eso es tan monstruoso que no acabo de creérmelo. Supongamos que yo vivo en el siglo de Escoto. Quiero construirme una casa y compro, con el dinero de mi trabajo, la parcela y los materiales de construcción. ¿Qué me diría Escoto y toda su Escuela Franciscana?; ¿qué esa casa no es mía, que es del príncipe?

-Te responderían que solo son tuyos los materiales de construcción, pero no la parcela que ocupan, porque sobre la tierra no se puede crear ningún derecho de propiedad. Pero si alguien quisiera hilar más fino, te diría que ni siquiera los materiales son tuyos, pues todos provienen de la tierra, que no es tuya.

-¿Puedes asegurar que todas estas atrocidades fueron dichas y escritas por Escoto y otros frailes de su escuela?

-Me he leído prácticamente todo el Opus Oxoniense y una parte del Parisiense.

¿Quieres mejor testimonio?

   -No, gracias. Solo pienso que si Escoto afirmó lo que acabo de oír, fue el culpable intelectual de las innumerables arbitrariedades y crímenes cometidos por las monarquías renacentistas.

-Cuidado con tus juicios precipitados. Eso es tanto como afirmar que Einstein fue el culpable de la bomba atómica. Escoto defendió su doctrina del voluntarismo con una finalidad exclusivamente teológica; y por la parte moral, también para frenar la ambición y prepotencia de los particulares en el acaparamiento de bienes. Por lo que respecta a las monarquías, de lo más que puedes acusar a Escoto es de ingenuidad, al ampararse en el presupuesto de la rectitud moral de los monarcas, olvidando que toda la humanidad sin excepción es proclive a la perversidad. En cuanto a la persona de Escoto, todos los testimonios concuerdan en que era un fraile muy humano y piadoso. Hubo incluso quienes lo calificaron de santo.

-A pesar de todo, profesor, yo tengo para él otro calificativo, que me reservo por respeto a las damas honestas. Por lo demás, me olvido de Escoto y de los voluntaristas y me inclino por los intelectualistas que sitúan el fundamento de la ley en la razón del legislador. Sin embargo, te hago una última pregunta para no caer en otro escollo: ¿cómo debemos entender la razón del legislador?

-Te doy una pista infalible; ¿recuerdas el principio kantiano de la razón práctica?

-Sí: obra de tal manera, que tu acción sea universalmente tenida por justa.

-Exacto. Si un legislador lleva a la práctica este principio, sus leyes se fundarán en la razón. Los intelectualistas medievales nos dan una versión similar diciendo que el origen del poder civil -incluido el poder de legislar- reside en la “multitud” (multitudo), es decir, en la soberanía popular. Este concepto, por si no lo sabías, es también típicamente medieval, al menos por la parte de los intelectualistas. En doctrina sobre el derecho y el Estado, la base fundamental está en la definición de ley dada por Tomás de Aquino. Hela aquí literalmente: “Cierta ordenación de la razón hacia el bien común, promulgada por quien tiene a su cuidado una comunidad”.). Quaedam rationis ordinatio ad bonum commune, ab eo, qui curam communitatis habet, promulgata). Es la más completa posible y al mismo tiempo la más concisa de todas las definiciones de ley que conocemos. La Ilustración y la Enciclopedia, que tanto despreciaban el pensamiento medieval, la tenían en buena estima. Es tradición que Montesquieu, en uno de sus discursos, la calificó como ”el mejor monumento que la Edad Media dejó en favor de la Humanidad.”

-Esta tradición, ¿tiene base?

-Solo he leído enteramente L´Esprit des lois y no he visto allí esta frase ni me consta del supuesto discurso en que la dijo, pero su pensamiento concuerda en todas sus partes con la definición citada.

 

 

 

 

 

 

 

 

8

 

LIBERTAD Y LIBRE ALBEDRÍO

 

Puesto de nuevo en camino hacia la casa de don Victoriano, pensé que la mejor conexión con el diálogo anterior era abordar la idea de libertad, y así se lo expuse apenas nos acomodamos.

-Se ha barajado de tantas maneras la idea de libertad, que uno no sabe cómo ni por dónde enfocarla. No hay manifestación pública en que no se escuchen gritos de libertad. No se sabe si esos gritos son reflejos inconscientes o reacciones contra un reciente abuso de autoridad. Hay manifestaciones en que se clama por la libertad aunque el motivo de manifestar no tenga nada que ver con ella.

-Creo que la libertad no es solo una idea que puede tomar forma de doctrina, sino sobre todo un sentimiento. Las protestas públicas van casi siempre ligadas a un sentimiento de libertad ultrajada. Cualquier acción cometida en perjuicio del otro es un ataque a la libertad de todos. Por eso, en cualquier movimiento de descontento suelen sonar gritos de libertad.

–¿Se puede entonces, fuera de academicismos, definir la libertad como capacidad de hacer lo que uno quiera?

–En términos comunes, no hay otra forma.

–Y en filosofía, ¿bajo qué presupuestos se enfoca el problema de la libertad?

–Recuerda que la filosofía es la única ciencia que pone en crisis los mismos presupuestos de que ella parte.

–Pero dado que todo el mundo tiene alguna idea más o menos aproximada de lo que es libertad, ¿no es posible elaborar alguna que sea tan elemental que todos podamos admitirla?

-Sobre este tema no hay conclusiones filosóficamente definitivas. Te lo ilustraré con un ejemplo. Uno de los seminarios que cursé en Roma con el profesor Joseph De Finance versaba precisamente sobre la idea de libertad. En Nueva York, Mortimer Adler acababa de publicar su libro The idea of freedom, que fue muy leído en las universidades europeas. En la obra se hace una especie de investigación de campo. En vez de teorizar sobre la libertad, el autor recoge todas las propuestas que se oyen o se han leído en varios lugares, universitarios o no. Observa que hay dos modos de poseer la libertad: dependiendo de las circunstancias ajenas al sujeto, o ejerciéndola cada uno a su manera. En el primer modo se subdistinguen tres clases de libertad: la circunstancial, que depende de factores externos al sujeto; la natural, que es la que goza el individuo como ser racional; la adquirida, que se gana mediante estudio y trabajo. Respecto al segundo modo, que el autor llama “mode of the self”, también se hace una triple

subdistinción: autorrealización (“self-realization”), que se encuadra dentro de la libertad circunstancial; autoperfección (“self-perfection”), en función de la libertad

adquirida; autodeterminación (“self-determination”), que remite a la libertad natural.

–Habida cuenta de la diversidad psicológica de cada persona -advertí- podríamos ir sacando subdivisiones hasta la madrugada.

–Esto no es nada -continuó-. En otro libro de la misma época, An inquiry into the freedom of decisión, de Harald Obstad, la idea de libertad se somete a un análisis lingüístico, indagando cuántos significados puede haber en una decisión libre. Si decimos, por ejemplo, que “P” ha decidido sobre “S”, hallaremos seis sentidos distintos de esa decisión: no fue una decisión coaccionada; la decisión de “P” no estaba predeterminada por ninguna influencia; “P” se autoexpresaba decidiendo sobre “S”; fue una decisión racional; “P” decidió sobre “S” tal como debía hacerlo; “P” pudo haber decidido sobre “S” de una forma distinta de como lo hizo. Tuvimos que detener la lectura porque nos dimos cuenta de que el autor se adentraba en las subdivisiones de cada uno de estos significados, hasta formar una serie de 166, la cual aún le parecía incompleta.

–¿Y vosotros os tomabais ese galimatías en serio? ¿A nadie se le ocurrió algún comentario jocoso?

–El profesor De Finance era un francés muy poco amable.

–¿Cómo pudieron tener éxito aquellos libros?

-Eran unos años en que dominaba la moda de la estadística, gran inhibidora del sentido crítico. Abundaban autores que, llevados del afán de agotar enumeraciones, dejaban en la penumbra los temas de fondo. Así nos pasó con aquel memorable seminario sobre la libertad.

-¿Crees entonces que en cuestión de libertad no hay que confiar en opiniones de la calle?

-No. Si quieres profundizar sobre un concepto, primero hay que saber si se trata de algo simple o complejo, unívoco o análogo. Obviamente la libertad es compleja y análoga; hay modos y especies de libertad.

–Es decir…

–Ponte en el caso de un preso que ha recobrado la libertad. No pensarás que la ha recuperado toda; de lo único que se ha liberado es de una coacción externa, es decir, de un solo aspecto de la libertad.

–Eso se comprende. Pero suponiendo que tenemos claras todas las clases y modos de libertad que pueden darse, ¿es el hombre un ser libre o no lo es?

–Mientras nos atengamos solo a las ideas populares sobre la libertad, nunca llegaremos a comprender en qué consiste esencialmente. En todas las respuestas habrá matices y salvedades.

–Sin embargo Rousseau, que no es una autoridad cualquiera, parece atenerse al concepto popular.

–Bueno… Rousseau es uno de los grandes pensadores doctrinarios, pero también es un poco cantamañanas. ¿A qué frase te refieres en concreto?

–A la primera de su Contrato social, donde dice que el hombre nace libre, pero se halla rodeado de cadenas por todas partes.

–¿Te parece esta sentencia digna de quien dices que no es una autoridad cualquiera? Aquí, lo que expresa Rousseau no es una definición de la libertad sino una pirueta literaria. Si hubiese procedido como se debe, habría preferido la vía negativa, diciendo que la libertad es la ausencia de impedimentos que nos privan de obrar en cualquier sentido. Pero no, él prefiere épater le bourgeois.  Rousseau es un autor que debe ser leído cum mica salis. La frase que has citado, tal como suena, es de una vaciedad indigna de la calidad literaria de su autor; digo solo literaria porque como filosófica pertenece a una categoría más bien floja. En primer lugar, no es cierto que el hombre nace libre.

Empieza imaginándotelo como recién nacido, absolutamente dependiente de la madre; luego míralo como niño y como joven, retenido, limitado e impedido por un sinfín de circunstancias; después como adulto, esclavo de su trabajo o de sus negocios; el dinero le da libertad por una parte mientras por otra se la recorta mucho más; le hace esclavo de su propia fortuna, que debe mantener siempre en vigilancia; finalmente, míralo como padre de familia, atado a los deseos y caprichos de su esposa y de sus hijos; todo lo cual no es más que una parte de las múltiples coacciones de su libertad. El mismo hecho de convivir en familia es un recorte de la libertad, aunque necesario para el mantenimiento de una sociedad perfecta.

-Ahora bien, contando con lo que haya de verdad en las “cadenas” de Rousseau, más los obstáculos a que te has referido, me pregunto cuáles son los aspectos por los que decimos que el hombre es un ser libre. Conozco la diferencia entre libertad y libre albedrío, pero lo poco que he leído sobre esta distinción me ha parecido una disputa más teológica que filosófica. En historias de la filosofía, en charlas y en diversos ensayos he visto que cada autor abunda en sus propias opiniones, pero en ninguna he encontrado un criterio cómodamente aceptable.

-De lo único que estoy seguro es de que las disputas sobre la libertad y el libre albedrío, son más teológicas que filosóficas. Las opiniones son varias y frente a ellas tenemos plena libertad de elección.

-¿Qué dice la Teología Moral sobre esta libertad?

- La enfoca principalmente hacia la imputabilidad del pecado, en disputa contra los defensores de diversos estados de conciencia.

–Tengo entendido –interrumpí- que el problema preocupó mucho a San Agustín.

–Exactamente. Pero el santo buscó la solución recurriendo a escuelas en las que no encontró más que escepticismo. Al fin vino a dar con la secta maniquea, que resolvía el problema negando la libertad de los actos humanos. Por tanto el hombre es inimputable; al carecer de libre albedrío, no puede delinquir ni merecer. Se suprimía, pues, el problema de la Predestinación.

-Francamente, ando perdido…

– Es sencillo: Manes y sus seguidores afirmaban que el universo se regía por dos principios: el del bien, que era el Espíritu, y el del mal, la Materia. Ambos principios dominaban de tal manera que no cabía lugar para ninguna responsabilidad humana. Los actos humanos no eran imputables ni meritorios, pues quien los ejecutaba no era el hombre sino las fuerzas del Bien y del Mal, es decir, del Espíritu y de la Materia. Por consiguiente, el hombre es “impecable” por deficiencia de libre albedrío. Así San Agustín vivió feliz por un tiempo, porque como él mismo decía, “se sentía libre de pecado”.

–Una teoría bien cómoda para él, asiduo cliente de las zonas non santas de Cartago. En fin, perdidos entre San Agustín y los Maniqueos hemos terminado topando con la Iglesia. Pero tú, que conoces mejor que yo la historia del pensamiento, debes haberte formado una noción acerca de la libertad y el libre albedrío. ¿O no?

-Lo máximo que puedo decirte es lo que ya se sabe por sentido común: que la libertad es una potencia inherente a la racionalidad humana, y que por ende el hombre es capaz de tomar decisiones dentro de lo que le es necesario para organizar su vida individual y social.

–Quieres decir, en resumen, que la parcela de libertad que nos corresponde es más bien reducida…

-Reducida –interrumpió-, pero suficiente para desenvolvernos sin impedimentos en condiciones de normalidad personal y social.

-En cuanto a lo individual, tengo una curiosidad: ¿es el hombre moralmente libre de suicidarse?

-Sobre este punto nunca me preocupé de formarme opinión, pero si me obligaran a expresarla, optaría por la de Séneca, que suena así: la Naturaleza nos negó la libertad de nacer, pero nos dio la de morir. Él recomendaba el suicidio en aquellos casos en que la fortuna se presenta inevitablemente adversa. Pero yo no recomiendo el consejo de Séneca; simplemente lo comprendo.

-Creo que quien toma la decisión de suicidarse, ha llegado al grado máximo posible de autodeterminación.

–Eso sería verdad en el supuesto de que el sujeto estuviese en pleno control de sus emociones, sin episodios depresivos de alta intensidad. Por lo demás, creo acertada la opinión de Albert Camus: que es imposible conocer el último momento decisivo de un suicida. Por eso me resisto a creer que la decisión de suicidarse sea un acto supremo de libertad.

-Entonces quedamos en la incógnita….

–Que para resolverla solo cabe situarnos en la normalidad mental y volitiva. Hay que aceptar, como he dicho hace poco, que nuestra parcela de libertad es mucho más reducida de lo que comúnmente se cree, pero es suficiente para llevar una vida cómoda y sin angustias existenciales. Por eso prefiero sustituir el nombre de libertad por el de libre albedrío, que aunque se usen como sinónimos, no hay que dejar de lado las diferencias de matiz.

-¿Cuáles son esas diferencias?

–Hay muchas que serían objeto de otra conversación, pero por el momento me limito a mencionarte un aspecto que vale por todos: la libertad de tomar las decisiones convenientes en lugar de las agradables. Por ejemplo, la libertad de casarse con la mujer que gusta menos, pero conviene más. Quien sabe decidir así hace el mejor uso del libre albedrío.

-Sin embargo, la opinión pública te dirá que el libre albedrío consiste en elegir, entre varias cosas posibles, la que más apetece.

-Bueno… dentro del libre albedrío también está la de tomar decisiones conociendo los riesgos.

Nadie, de los que cuarenta años atrás escucharon aquellas somnolientas lecciones de don Victoriano se hubiese imaginado que sería posteriormente expulsado de dos colegios por proponer cierto plan de “intervención benigna” como medio de levantar países en estado de extrema postración económica por incompetencia de sus políticos. Así se expresaba el maestro, en plena celebración de los 25 años de paz franquista. Es indudable que si hoy volviese públicamente sobre el mismo tema sería escandalosamente rechiflado. Por eso propuse que diéramos un nuevo giro a nuestra conversación.

–Si hoy día te atreves a justificar la intervención de un país en otro, no te garantizo que seas bien recibido, a menos que se trate de un público culto muy   especial, como sería un auditorio de filósofos, que somos menos propensos a escandalizarnos de las palabras.

No obstante, siento que tienes razón; hay pueblos que, sin una neocolonización liberal y humanitaria, jamás saldrán del atolladero.

–Puesto que hablamos de libertad y libre albedrío, ¿qué te parece si recordamos tu peligrosa teoría de las “intervenciones benignas”? Si en tiempos de Franco tuvieron que echarte de dos colegios, ahora te abuchearían por colonialista.

–Ya lo hicieron en un Centro de Estudios Sociales de Valencia. A los pocos minutos de haber entrado en el argumento recibí una rechifla colosal y una voz masculina muy potente me gritó: ¡viejo chocho! Pero la sesión terminó bien. Le di media vuelta a mi charla introduciendo la palabra “apertura”, que es la que ahora todavía se usa. Mi intención es convencer de que los nacionalismos, y más aún los regionalismos obliteran la intercomunicación, que en los tiempos que corremos me parece casi un crimen.

–Por cierto: hoy se habla de “ayuda humanitaria”, expresión de tufo paternalista que yo no acepto, a menos que se trate de una gran catástrofe ocasional. La intervención verdaderamente humanitaria consistiría en “enseñar a pescar”. Pero desgraciadamente hoy domina la tesis de que cada país debe resolver, él solo, sus problemas, sin ninguna intromisión extranjera.

–Si es así, yo les diría a las naciones postradas y marginadas lo que Dante leyó en el pórtico del infierno: lasciate ogni speranza! O tal vez optaría por la figura del “protectorado”, pero resultaría inútil proponerla porque el mundo político se ha cerrado en la tesis de “no intervención”, lo que en la práctica significa abandonar los países postrados a la buena de Dios.

-Siendo ésta la tónica dominante, ¿crees que esos países aceptarían una intervención humanitaria?

-Individualmente, tal vez sí, pero colectivamente, no. Me explico: al electricista que me asiste, que es hijo de mi haitiana, le dije un día: “no te quiero ofender, pero yo opino que el problema de tu país sólo se resolvería con una intervención protectora de otro más rico y civilizado”. Me respondió que estaba de acuerdo y que muchos connacionales suyos pensaban lo mismo. Pero enseguida añadió: “si voy allá y lo digo públicamente me echan a pedradas”.

-Eso es una especie de masoquismo social.

–También manipulación política. A los políticos les conviene que el pueblo se autocensure. Doy por seguro que una buena parte de ciudadanos cautivos de su propio gobierno optaría por mi tesis de la libertad universal. El siglo en que vivimos ha suprimido varios tabúes, pero los ha sustituido por otros, no sé si mejores o peores. En las tribunas políticas se sigue hablando de libertad y autonomía sin ningún sentido crítico. Si la pedagogía se centrara en la idea de la libertad universal, aprenderíamos a aceptar las buenas influencias de corrientes extranjeras sin miedo de intervencionismos. La libertad universal no excluye ninguna connotación, pero al mismo tiempo exige que ella tampoco sea excluida. Si pudiera, yo trataría de convencer a los educadores de que los países se enriquecen promoviendo la libertad universal de sus ciudadanos; y para que entendieran mejor, les recordaría la etimología del verbo educar, que significa “sacar al hombre hacia fuera”, a la luz del sol, la única verdadera para todos, como se indica en la alegoría platónica de la caverna. Mantener nuestro espíritu nacional o regional no debe suponer rechazar influencias benéficas. No hay que temer influencias extranjeras si de ellas nos ha de venir una mayor riqueza material y espiritual. Todos los países, incluso los más prósperos, fueron alguna vez colonizados.

-“Colonizados” es una palabra malsonante.

-Yo nunca la uso con mentalidad de colonialista; solo me atengo a la tesis que defiendo: que cualquier persona o institución puede convertirse en pedagogo de la libertad universal, sin que ello signifique derribar fronteras. Kant creó una segunda “revolución copernicana” sin haberse movido jamás de su aldea natal, y el mundo entero la aceptó.

Hay en la Historia bastantes casos de territorios pequeños que traspasaron fronteras y fueron universalmente aceptados.

–Grecia, por ejemplo.

–Exactamente. A ella debemos las raíces de nuestra educación en casi todas las ciencias especulativas y prácticas; y eso sin tener en cuenta que su producción literaria y científica es cuantitativamente una de las menos voluminosas que existen. Francisco de Vitoria creó el derecho internacional, pensando en la posibilidad de una comunidad universal, sin salir más allá de su cátedra de Salamanca. Si lees su tratado De Indis, hallarás mucho que aprender sobre la libertad de los pueblos.

–¿Cuántos abogados habrá que sepan que Francisco de Vitoria fue el fundador del Derecho Internacional?

–Que eso se sepa o no, es detalle de poca monta. Casos como el de este fundador y de los demás miembros de la ”Escuela de Salamanca” nos enseñan lo que puede lograr una epistemología globalizante. En fin, ante la educación para la libertad universal, las fronteras son líneas divisorias, no aislantes. Con el intercambio descubrimos verdades y creamos dudas, o tal vez caemos en la cuenta de falsedades que durante siglos se tuvieron por verdades definitivas.

-Tu teoría de la libertad universal me conecta con la sentencia evangélica: “La verdad os hará libres”. En los ámbitos universitarios suele decirse que el objetivo general de las universidades consiste en la búsqueda de la verdad mediante el trabajo conjunto de profesores y estudiantes. Pero nunca se ha sabido de qué verdad se trata. En el gremio de los profesores hay muchos escépticos, pero trabajan en conjunto con los demás que buscan la verdad. También se dice que la verdad es sólo una, pero no sabemos cuál. San Agustín disputó con los maniqueos durante nueve años sobre la verdad. Tampoco quedan claras las palabras de Jesucristo ante Poncio Pilato, declarando que él había venido “para dar testimonio de la verdad”; pero cuando el Pretor le preguntó qué es la verdad, tampoco obtuvo respuesta.

Don Victoriano hizo un gesto de resignación.

–Tampoco yo puedo dártela. La verdad está solo en la mente; no existe como realidad tangible. Solo es real y verdadero lo que podemos probar o demostrar fehacientemente. Cuando decimos que profesores y estudiantes buscan la verdad, no nos referimos a ninguna en concreto sino a las que cada grupo académico pueda obtener según las ciencias que cultiva. Sin embargo, la verdad en abstracto, aunque no sea nada real, es al menos objetiva porque se funda en la experiencia de realidades objetivas.

-Bajo este punto de vista, ¿qué les dirías a los escépticos? O te lo pregunto bajo otro aspecto: ¿se puede ser escéptico ante la verdad en abstracto?

- Objetivamente, no; subjetivamente, sí. Objetivamente no, porque el concepto “verdad” es una abstracción de realidades, que por ser reales son verdaderas. Pero, subjetivamente, podemos ser escépticos, y a veces hay que serlo, ante proposiciones de contenido moral, jurídico, económico, psicológico, etc., y en general frente a todas las que provienen de instituciones o de individuos singulares. Fuera de unos pocos principios morales de evidencia inmediata, lo justo y lo injusto, moral o jurídicamente, depende  de lo que los sociologistas llaman “espíritu de los tiempos”. Ese espíritu, difícilmente definible, es lo que nos hace comprender los actos jurídicos y morales de cada tiempo. En otros siglos era justo y mandatorio condenar a la hoguera a quienes formulaban proposiciones contrarias a la dogmática católica. Debido a la interdependencia Iglesia- Estado, el derecho civil y el eclesiástico constituían prácticamente un sólo código, por lo que los delitos de opinión religiosa eran a la vez delitos civiles.

–Si esto es así, no nos queda otra opción que admitir la relatividad de la verdad y la justicia.

-Sí, pero a condición de no mirar los sucesos pasados con epistemología de presente. Porque lo relativo no es la verdad y la justicia en sí, sino ciertas conductas y opiniones que en su día se tuvieron por justas y verdaderas y dejaron de serlo siglos más tarde. Lo mismo cabe decir de los lugares: lo que en unos se justifica jurídica y moralmente, en otros se reprueba, como la pena capital y las mutilaciones. De todo esto encontrarás ejemplos en la historia del pensamiento. Pero en ella también hay verdades jurídicas y morales que siempre fueron aceptadas, lo siguen siendo ahora y lo serán en el futuro. La circunstancialidad de las normas jurídicas y morales tiene muchos capítulos oscuros por explorar. Mientras tanto es prudente atenerse al antiguo aforismo jurídico: distingue tempora et concordabis iura: distingue los tiempos y concordarás los derechos.

-Por tanto, los inquisidores que sentenciaban a la hoguera -como quienes ahora ahorcan o mutilan- actuaban como funcionarios que cumplen un deber…

-Aproximadamente… y lo digo así porque los inquisidores eran bastante desiguales en rigurosidad. Hay una leyenda según la cual Galileo se salvó de la hoguera por ser amigo de Roberto Belarmino, uno de los más temibles inquisidores. Antes del juicio, le aconsejó que se apeara de su terquedad y abjurara “externamente” de su teoría, pues los tiempos no estaban maduros para asumirla ni siquiera como probable. “Es la única manera” -le dijo- “de salvarte del fuego y proseguir en tus investigaciones”. Como ves, Belarmino comprendía lo que no se podía decir públicamente en su tiempo.

–No conocía esta leyenda y creo que la deben conocer muy pocos; pero a mí me parece extraña porque no es muy verosímil que un inquisidor fuese amigo de un hereje.

–Bueno… es una anécdota de cuya autenticidad no respondo, pero que en el fondo tiene su lógica. Belarmino, además de teólogo y canonista, era también filósofo, y parece cierto que tuvo algunas conversaciones con Galileo, o tal vez simpatizaba secretamente con la hipótesis copernicana. En su época, costaba creer en ella por dos razones: por el convencimiento que se tenía de la infalibilidad de la Biblia y por la aparente contradicción con el sentido común. Son muchas las verdades físicas que nos parecen contrarias al sentido común, sin darnos cuenta de que es el sentido común el que se opone a ellas. Ahora, ponte tú en los zapatos de la gente del siglo XVI y buena parte del XVII, y comprenderás por qué había que condenar a Galileo, a Giordano Bruno, a Savonarola y a tantos otros.

-Bueno, menos mal que el Papa ha pedido perdón en nombre de la Iglesia por el caso Galileo.

El maestro sonrió irónicamente

-Bueno es pedir perdón, pero por Dios, ¡no después de cuatrocientos años!, cuando ya no hay a quien pedírselo. Además, ¿sólo por Galileo hay que pedirlo? ¿Qué hacemos con tantos otros que fueron condenados de verdad, solo por haber expresado opiniones contrarias a los dogmas y a la Biblia? Su Santidad olvida que hay que distinguir los tiempos para concordar los derechos. En fin, otra vez “con la Iglesia hemos topado, Sancho”.

-Sé que es tarde para continuar la charla, pero al hablar de la libertad y libre albedrío, me olvidé de un asunto tan serio como dramático.

-Tú dirás…

-Me refiero a la pobreza. Cervantes ponía en boca de su Caballero Andante una frase que es casi una sentencia: “Has de saber, Sancho, que el que es pobre no tiene nada bueno”. No es una tesis filosófica, pero es una buena pedrada de “realidad objetiva”;

¿quieres mayor esclavitud que la de no tener un duro?

-Quizá no sea la mayor de las esclavitudes, pero es un obstáculo de magnitud. Yo apostillaría la frase de Cervantes de esta manera: lo más triste para un pobre no es que le digan que no tiene nada bueno, sino que le convenzan de que no tiene nada bueno porque es pobre.

-Me gusta la sutileza.

-Más me gusta la verdad que implica. Varias son las ocasiones en que Cervantes alude a la pobreza, como cuando Don Quijote advierte a su escudero que entre los campesinos y en las chozas de los pastores hay grandes ingenios que se perderán para siempre por falta de oportunidades.

-Es cierto; un marginado social podrá tener grandes proyectos, pero difícilmente hallará quien se los financie.

–Sin embargo, hay un hecho evidente sobre cuyo significado muy pocos reflexionan; me refiero a quienes logran salir de la pobreza sin más medios que el esfuerzo y tenacidad en el trabajo –trabajo honrado, doy por supuesto-. Sabemos además que tales casos han sido numerosos, de lo cual deduzco que podrían ser muchos más, si muchos activaran la potencia-madre de la libertad y el libre albedrío, que es la voluntad. Nadie es libre de nacer rico o pobre, pero vivir y morir pobremente es problema de cada uno. No todos los pobres lo son solo por falta de dinero; muchos alcanzan un estatus de bienestar viviendo holgadamente de un trabajo digno; pero este logro no se alcanza sin vencer la indolencia, o bien pasar por encima de prejuicios sociales y ataduras familiares. Dime cuán voluntarioso es un pobre y te diré por cuánto tiempo permanecerá en su pobreza. Lo mismo vale decir de la mediocridad. De ello podemos sacar ejemplos hasta en la filosofía. Ni Spinoza, ni Hume, ni Rousseau, ni Schopenhauer, ni Heidegger -sean suficientes estos pocos- habrían alcanzado sus metas si no se hubiesen desentendido de sus familias, protectores o mentores. Si Kant no hubiese vencido la coacción de su madre y la influencia del teólogo Schulze, no habría sido más que un oscuro pastor pietista. Para terminar, propongo que medites esta sentencia de Séneca: “De nada debemos guardarnos más que de parecernos a las ovejas, no caminando hacia donde hay que ir, sino adonde todos van”. Basados en esta idea, podemos distinguir entre dos grupos humanos: el de los gregarios, que caminan con la grey, y el de los egregios, que avanzan hacia donde quieren ir.

Concluyendo: sin una voluntad imperativa, la libertad y el libre albedrío se convierten en facultades nugatorias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9

 

INDIVIDUO Y PERSONA

 

Don Victoriano me preguntó si de la larga conversación anterior me quedaba alguna observación que plantear.

-Sí, me quedó una -respondí-: cómo conciliar el libre albedrío con las convenciones sociales sin comprometer la paz y la armonía.

—Primero habría que saber si las convenciones sociales son realmente obligantes, o eres tú quien te obligas a ellas. Cualquiera que sea el caso, hay que convencerse de que lo más importante de una sociedad son sus elementos más simples, es decir, cada individuo, cada persona particular. La sociedad no es un rebaño en que todas las ovejas deben que ser blancas.

–Pero la opinión común, tanto de sabios como de ignorantes, es que la sociedad está por encima del individuo; es lo que se impone prácticamente como dogma.

-Dudo mucho que los sabios lo acepten como tal; lo que sí es cierto es que se trata de un error. Porque aunque todos los seres humanos constituyamos una especie, cada individuo es, ante todo, una singularidad que posee ciertos atributos distintos, que son solo suyos e intransferibles. En consecuencia, yo sostengo que la sociedad no está por encima del individuo, sino al revés.

–Temo que muy pocos admitan esta opinión, mucho menos en nuestros días en que tanto se insiste en la solidaridad, el espíritu de unión y equipo y…

–Lo sé perfectamente -interrumpió-; se repiten lugares comunes ligados a la costumbre, frases acuñadas sin atención al significado y sentido de las palabras. Yo sostengo lo contrario, porque decir que la sociedad está antes que el individuo es colocar la carreta delante de los bueyes, o el bosque antes que los árboles. Si no, veámoslo sencillamente:

¿admites que la sociedad está compuesta de individuos?

-Admitido.

–Por consiguiente, si se quiere formar una sociedad lo más perfecta posible, ¿por dónde hay que empezar?

–Por el individuo, sin duda.

–Algo tan elemental y sin embargo tan olvidado por los Ministerios de Educación. Creen que reuniendo el rebaño y haciéndolo obediente al silbo del pastor, ya está hecha la sociedad. Tuvo que caer el muro de Berlín para que cada oveja se diera cuenta que no había hecho más que seguir el rebaño. Debemos tener esto muy en cuenta quienes hemos vivido los tiempos en que si un estudiante no comulgaba con el comunismo se le tenía intelectualmente por minus habens.

–Tu razonamiento parece aceptable, pero si lo expones públicamente te calificarán de individualista.

–Tal vez la mayoría, pero los que acostumbran a hilar más fino me llamarían

personalista. ¿No te parece una buena diferencia?

           –Intuyo la idea pero prefiero que me la expliques.

        Don Victoriano se irguió en actitud de sentar cátedra.

           –Individuo es un ejemplar de cualquier especie, mientras que persona es un individuo de naturaleza racional, dotado de conciencia de su propia racionalidad y libre albedrío. Un individuo humano puede forjarse su propia personalidad, lo que no pueden hacer los caninos ni los antropoides. Eso es precisamente lo que se debería formar en las escuelas: la personalidad de los individuos.

–Eso es evidente, pero en el lenguaje habitual individuo y persona se suelen usan como sinónimos.

–Cierto, y en ello no veo inconveniente. En el lenguaje popular y a veces hasta en el culto, abundan expresiones y vocablos impropios, a pesar de lo cual nos entendemos debidamente, pero lo ideal sería que hablando en propiedad se distinguiera individuo de persona.

–De mis tiempos de bachillerato tengo un vago recuerdo de un profesor de Formación del Espíritu Nacional, que se las daba de filósofo exponiéndonos el personalismo de Emmanuel Mounier. Cuando hablé de eso un día con mis colegas del Ateneo, se rieron despectivamente. “Ah -decían-, el trío de filósofos beatos: Mounier, Marcel y Maritain; son cardenales in pectore”.

–A esos juicios no hay que darles beligerancia. Es propio de botarates menospreciar lo que no se conoce.

–Yo tengo una vaga idea del personalismo de Mounier. Añádeme algo que la aclare.

–La persona es un valor que debe ser colocado en el centro de todo movimiento político y social; más precisamente: en el centro de la economía, la cultura y la democracia, pero no en condición de medio sino de fin en sí mismo. Sus características son la integración comunitaria, la libertad y la capacidad de trascenderse. ¿Lo ves claro?

–Tan claro se ve, que mis amigos ateneístas situarían a Mounier en el rango de los “facilones” y hacedores de filosofía barata.

–A veces también hay barbarie en ateneos y universidades.

-Volviendo a los tres filósofos franceses, parece contradictorio que sea precisamente el país más laico de Europa el que ha producido los mejores filósofos neoescolásticos contemporáneos, y que además sea en su propia casa donde mejor son estimados.

–Francia siempre ha estimado y exportado sus productos, sobre todo porque son productos suyos, franceses. Esta iniciativa abarca todo lo que es francés: desde la cocina hasta la filosofía. En cambio, la España académica contemporánea, detesta los productos, sean suyos o ajenos, que traigan reminiscencias escolásticas o clericales. Esta es la razón por la que tus colegas ateneístas subestiman apriorísticamente al tríptico neoescolástico francés. En las universidades oficiales de la época franquista, era notorio el antiescolasticismo, necesariamente ligado al anticlericalismo. Cuando un clérigo se estrenaba en una cátedra –que raras veces ocurría- inmediatamente caía bajo sospecha. No afirmo que el prejuicio ideológico sea tara típicamente española; se da en todas partes. Te menciono solo un episodio: siendo estudiante en Roma, solía leer semanalmente la Revista “Época”, donde con cierta frecuencia escribía Pier Paolo Passolini. De él recuerdo literalmente la siguiente frase: “No me cataloguéis a Gabriele D´Anunzio como un gran escritor, ¡por favor! Es imposible que un fascista sea capaz de producir buena literatura”. Ya ves hasta dónde llegan los prejuicios. Deshazte de ellos y atrévete con la “facilonería” de esos “cardenales in pectore”.

 

-¿Qué obra me sugieres, para empezar?

-Por El orden de los conceptos, de Jaques Maritain. Disfrutarás de un tratado original y creativo de Lógica Formal, no por los caminos trillados de la gran mayoría de manuales de lógica, sino agotando los temas con profundidad y sencillez. De los tres autores en cuestión tengo que decir a quienes no lo sepan, que se cuentan entre los grandes del pensamiento del siglo XX. Comprendo que en algunos círculos no sean muy estimados por las razones que ya sabemos. Quienes los menosprecian es porque los desconocen. En Francia, país laico por antonomasia, se tienen en gran estima. En resumen: no se puede menospreciar a ningún autor sin haberlo leído. Quizás aquellos niñatos del Ateneo que los despreciaban cambiarían de opinión si los leyesen. Y esto no sólo vale para la filosofía sino también para la literatura y el arte en general. Repito: no hay que amar ni despreciar lo desconocido.

–Y ¿qué hago con ciertas artes que conozco pero no entiendo, como los cuadros de Joan Miró, por ejemplo?

–Suspender el juicio. Lo cual no significa dejarse tomar el pelo por artistas que se valen de su fama consolidada. Deja que el tiempo haga su criba.

–Volviendo a Maritain, recuerdo que en una de tus clases hablaste de unas conferencias que le habías escuchado en la Universidad de Padua.

–Sí; fueron unas charlas que dio sobre el panorama filosófico del Renacimiento, un tema que él dominaba magistralmente. Lástima que no quedara nada escrito ni mucho menos registrado de aquello. Era impresionante la forma cómo, de un golpe de vista, te desvelaba todo el panorama de una época. Presentaba la intervención de Lutero como un suceso epistemológico que a la vista de los antecedentes necesariamente tenía que ocurrir. Maritain era especialmente apreciado en Italia; pero a pesar de tratarse de una personalidad universal, la asistencia no fue tan nutrida como se esperaba, tal vez por tratarse de un tema demasiado especializado. Maritain era un personaje de bajo perfil, pero de una extraordinaria receptividad. Atendía a las preguntas de los jóvenes con gran interés, dando la impresión de que era él quien deseaba aprender de las  preguntas que le dirigían. En fin, me extraña que los franceses, aun estimándolo tanto, lo

hayan promovido poco.

–Y precisamente los franceses, que son tan buenos vendedores de su mercancía intelectual y política. Hace poco más de una semana estaba yo en Perpignan, coincidiendo con la celebración de la Toma de la Bastilla. Presencié por televisión el gigantesco desfile. Giscard D´Estaing dijo en su discurso que aquello que se conmemoraba era el acontecimiento más grande ocurrido en el mundo desde que existe noticia histórica.

–Francia nos ha vendido su Revolución como lo más glorioso, cuando no fue otra cosa que un festín de sangre. Ha logrado enarbolarla como símbolo mundial de liberación, presentándola como madre de las revoluciones americanas en vías de emancipación. Sin embargo la verdad es que la revolución de las independencias americanas no tiene nada que ver ni en la materia ni en la forma, con la Revolución Francesa.

–El márketing es lo que se impone…

- Pero por un tiempo. Aplico a los fenómenos del márketing el dicho de Einstein: “las políticas pasan, una ecuación es para siempre”. Así quedará el personalismo de Maritain

 

y de Mounier. Y no es que esta doctrina la hayan creado estos dos filósofos, sino que ya era común durante la Edad Media, de modo que Mounier y Maritain no han hecho más que ponerla al día.

-Con relativa frecuencia oigo hablar de la dignidad de la persona…

-A propósito –interrumpió-, debimos haber empezado esta conversación definiendo y explicando el concepto de persona, con el dictado que principalmente la caracteriza, que es el de dignidad.

-Si no es demasiado tarde para ti, yo dispongo de todo el tiempo.

-Solo te pido tres minutos de paciencia. El concepto filosófico de persona es de origen teológico, cuando a partir del siglo IV fue preciso ajustar términos en torno a las cuestiones cristológicas y trinitarias. Hizo fortuna durante siglos la definición de persona dada por Boecio: Rationalis naturae individua substantia, “sustancia individua de naturaleza racional”. Para el momento controversial, no se podía ser más claro con menos palabras. Sobre esta definición se montó todo un sistema doctrinal que ahora no viene al caso. Pero las mejores aclaraciones sobre la idea de persona la dará más tarde Tomás de Aquino en el siglo XIII. Fue él quien acuñó la expresión “dignidad de la persona”. La anotación de “dignidad” venía por analogía de las dignitates, sustantivo adjudicado a los altos cargos eclesiásticos, como dignidad de cardenal, de obispo, de canónigo, de arcipreste, etc. Pero como estas dignidades son meramente nominativas, Tomás de Aquino quiso buscarles la raíz ontológica, que encontró profundizando en la noción de “naturaleza”. Recorriendo la taxonomía del reino animal, se llega a al ser más perfecto de la creación, que es la criatura racional. Siendo así, a los seres de “naturaleza racional” les conviene, por naturaleza, el dictado de dignidad porque poseen los atributos más dignos que pueden pensarse y que no se hallan en ninguna otra especie de vivientes. Tal es el origen de la expresión “dignidad de la persona humana”, con perdón de la tautología, ya consagrada por el uso. ¿Qué te parece?

–Te confieso que estaba convencido de que esta expresión era una conquista de las democracias modernas quienes.

-Este hecho, si no entiendo mal, se debe a que a partir de Descartes se sustituyó el concepto de persona por el de conciencia de sí. Es decir, poniendo uno de los atributos en lugar del sujeto. De hecho, Hume lo explica diciendo que la persona es un ente dotado de razón y reflexión y que tiene conciencia de sí mismo en los diversos tiempos y lugares.

-Entiendo que hay otros filósofos modernos que han hablado de la persona.

–Sí; uno de los últimos fue Unamuno, que explica la dignidad de la persona por la capacidad de consumir productos cada vez mejor elaborados, aunque dando la preferencia a las creaciones científicas y literarias. Pero mucho más estimable es la opinión de Kant, que funda la persona en la autonomía moral de la voluntad.

-Hace dos o tres años escuché en el Ateneo Barcelonés una conferencia del profesor Muñoz Alonso sobre la doctrina de Rosmini, que también fundaba la dignidad de la persona en la voluntad, pero no recuerdo mayores precisiones.

-Rosmini no es un pensador de los más fáciles. Pero en el asunto que nos ocupa es bastante asequible. Por encima de todo coloca al sujeto percipiente y volitivo, es decir, el ente; pero el ser del ente no se conoce por su esencia, sino por sus atributos.

Efectivamente, cuando preguntas quién o qué es Pedro, no te contentarás con la

 

respuesta de “sustancia de naturaleza racional”, sino que lo conocerás más bien por sus determinaciones individuales, como músico, filósofo, pintor, etc. Los atributos, en fin, indican lo que una persona es. Lo mismo vale de los demás objetos de conocimiento.

-Estoy con Rosmini. Me parece más realista. Pero ahora quisiera saber tu opinión, que seguramente debes tenerla.

-En buena parte creo que ya le he expresado, aunque no directamente como mía, pues en el fondo convengo con la de Rosmini, que establece como principal finalidad del Derecho la protección y desarrollo del libre albedrío. Considera que los sistemas educativos, integrando la formación intelectual con la moral, deberían encaminarse a la formación de personalidades dignas. Lo cual significa que el primer objetivo que compete a la sociedad es modelar la personalidad de sus individuos. Lo único que añado de mi parte es que la sociedad no debe primar sobre el individuo. Los términos de bien

común y sociedad son apriorismos que deberíamos usar con más moderación. La mejor forma de trabajar para el bien común es procurar el perfeccionamiento del individuo particular. Si no se procede así, terminaremos confundiendo el bien común con el bien del Estado. Es decir, impondremos la tesis de que el ciudadano está en función del Estado en lugar de lo que debe ser: el Estado en función del individuo.

–Pero con esta tesis tuya…

–No lo es totalmente -interrumpió-; se desprende del pensamiento de Rosmini.

–Muy bien, que sea como dices; pero lo que veo imposible es suprimir la opinión común, que va en dirección contraria.

–Pero es una opinión insensata, aunque sea la común. Anteponer la sociedad al individuo es como poner el bosque antes que los árboles.

–Ahora, aceptando este el supuesto, ¿qué es lo que el individuo debe a la sociedad?

–La sociedad se retroalimenta de lo que ella misma da a los individuos; luego que los ha educado para el libre albedrío y la capacidad de decidir, ha puesto a disposición de los individuos el principio de perfectibilidad de la especie humana. Una vez que la sociedad ha completado la educación de sus jóvenes, entonces puede exigir a cada uno

la retribución de aquello que le sobreabunda gracias a la calidad de la educación recibida. De esta manera no es la sociedad la que hace prosperar al individuo, sino al revés. El buen desarrollo de una sociedad está en proporción directa de lo que recibe de cada individuo. Si esta proporción no se da, sobreviene el subdesarrollo, que consiste en que la mayoría de los individuos no tiene nada que retribuir a la sociedad. Los cinturones de miseria que ves alrededor de las grandes capitales se debe al descuido de una educación equitativa.

Tuve la impresión de que Don Victoriano estaba navegando en la utopía, pues es imposible una sociedad tan perfectamente acabada como la que él sueña. Viéndome silencioso y con la mirada perdida, me preguntó:

–¿En qué estás pensando?

–En que me pones en una disyuntiva: si una sociedad civilizada se compone de individuos civilizados, ¿quién se civilizó primero, los individuos o la sociedad?

-Ni lo uno ni lo otro fue primero. El ser humano es sociable por naturaleza, es decir por constitución de su especie. Las sociedades humanas se han ido formando durante milenios sin que nadie se percatara de ello. En un momento dado -no sabemos cuál- nos

 

hallamos viviendo en sociedad, debido a la necesidad de protegernos con el intercambio de habilidades e iniciativas. Así como nunca existieron un Adán y una Eva como primera pareja, tampoco un primer ser de naturaleza social.

–Si Adán y Eva no existieron, cómo hay que entender el relato bíblico.

–Como una fabulación para explicar que el hombre y el mundo son producto de un acto de creación divina. Pero no nos vayamos del tema. Como dije, estamos situados en sociedades ya hechas y que están continuamente haciéndose. Lo que yo trato de concebir es una forma de mejorarlas por un sistema de educación.

–Pero tú dijiste que no crees en ideales, y ahora me planteas uno de los más irrealizables: el de una sociedad tan perfecta como la que concibes.

–En mi posición no hay nada de idealista -dijo con mucha vehemencia- ; yo cuento con una materia prima bien concreta de la que disponemos en abundancia: el individuo, que tiene potencialidades que los educadores no saben explotar.

–Pero para ello haría falta una renovación social prácticamente inasequible.

–Sin embargo, yo la creo asequible con una reforma del Derecho, no demasiado extensa ni complicada.

–¡Casi no dices nada!: reformar el Derecho, aunque fuese en una mínima parte, supondría un trámite interminable. Los abogados suelen ser conservadores y perezosos ante las innovaciones jurídicas porque les sacan de su trayectoria rutinaria.

–No les pediría a los juristas grandes cambios; sólo unos retoques que mejoraran la situación del individuo ante el Derecho. Habría que equilibrar mejor los derechos individuales con los sociales. En este sentido ya hablamos en su día de la parte que toca a los políticos, pero se me olvidó el enfoque jurídico de la educación. ¿Recuerdas que me tildaste de individualista?

–Lo recuerdo perfectamente.

–Reconozco que tal vez lo sea en cierto sentido, pero no a la manera como se suele entender el individualismo. Veo en los Códigos Civiles demasiados residuos de positivismo sociológico.

–¿Te refieres a la preeminencia del derecho social sobre el individual?

— Sí. Alguna alusión hemos hecho a este tema, pero ahora conviene enfocarlo en otro sentido. Ante la pregunta de si debe prevalecer el derecho social sobre el individual, hay dos doctrinas. Unos conciben la sociedad como un organismo absorbente, donde los individuos no son más que piezas engranadas, carentes de autonomía y condenadas a subsistir sólo en función de la sociedad. Otros, al contrario, ven al individuo como protoelemento de la sociedad, por lo cual estiman que la relación individuo-sociedad debería ir de lo uno a lo múltiple, pero sin que se anularan los atributos de cada persona en su singularidad.

–Pero en ese todo unitario, ¿dónde recaería la preferencia, en el todo o en las partes?

–Aquí es donde puede haber alguna ambigüedad. Los sociologistas entienden que la sociedad es un ente moral que se sostiene por agregación de singulares que actúan en función de una unidad por encima de las singularidades. Y éste es el punto en que yo disiento.

–¿En qué consistiría el objetivo de esa unidad de los sociologistas?

 

–Aquí está el problema: quieren la unidad en y por sí misma, sin apuntar a ninguna finalidad. Está claro que no puedo desestimar la unidad social porque iría contra la evidencia. Sin embargo es indispensable que haya una finalidad, como necesariamente debe haberla en toda empresa humana. Pero las sociedades humanas no tienen razón de fin en sí mismas sino de medio. Si nos unimos es para algo, ¿no lo ves así?

–Evidentemente. ¿Y cuál sería ese fin?

–Desarrollar el principio de perfectibilidad de los individuos. Es decir, una unidad en que cada uno de los singulares se sienta dueño y ejecutor del destino que para sí ha elegido según su libre albedrío.

–Entonces, ¿cómo entiendes la clásica definición del hombre como ser social?

–Es perfectamente válida, pero a condición de que se sobreentienda que la racionalidad precede a la sociedad, porque no somos racionales por ser sociales, sino al revés. Eso es lo que debería reflejarse en una supuesta reforma del Derecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10

 

VERDADES ABSOLUTAS Y RELATIVAS

 

 

El libre albedrío nos permite asentir o disentir frente a las diversas proposiciones, aforismos, dogmas y postulados. Podemos, en fin, disentir de cuanto no esté irrefutablemente probado o demostrado. Sin embardo hay preceptos de moral positiva contra los que no es de buen recibo oponerse públicamente. Así se lo expuse a don Victoriano, preguntándole si es posible enfocar esta cuestión sin pasiones ideológicas.

-Es posible. Ante todo, hemos avanzado en apertura de mentes y amplitud de horizontes. Hemos aprendido a discernir mejor entre las proposiciones evidentes y las problemáticas. Sabemos, al menos los filósofos, que las problemáticas ganan por mayoría absoluta. Incluso la teología moderna, y más aún la postmoderna, han ampliado el margen para la duda. En nuestra época, los papas son renuentes a declarar dogmas de fe. Por tanto, también en este ámbito gozamos de más tolerancia.

–Yendo más a fondo en el problema de la verdad, ¿sientes preferencia por algunas de sus definiciones?

El maestro acogió esta pregunta con menos entusiasmo.

–Más que hablar de la verdad en abstracto, prefiero referirme a las cosas que son verdaderas. Por eso la única definición que admito sin réplica es la tradicional: Veritas est id quod res est. Traduzco parafraseando: verdad es aquello que veo y entiendo tal como es según los límites de la mente humana. Imposible definir mejor ni con menos palabras. Sin embargo, tal como suena en latín, tiene el inconveniente de que solo es comprensible para quienes llevan años de lectura filosófica.

-Parece una definición tautológica, puesto que hay que usar el verbo ser para definir lo que es.

-Has dicho bien, lo “parece”, pero solo gramaticalmente, porque para cualquier definición necesitamos el verbo ser. Sin embargo deja de ser tautológico si te fijas en los términos. Al decir que la verdad es, expresamos la parte del sujeto, mientras que en lo que es, afirmamos el predicado de la cosa. Es el único caso en que es preciso usar el mismo verbo para la definición y la cosa definida, para sujeto y para predicado. Definimos ser repitiendo el mismo verbo porque no hay otro que exprese la noción de ser. Incluso en las oraciones transitivas está implícito el verbo ser, porque nada podemos hacer ni padecer sino en cuanto que somos. Resumiéndolo en forma coloquial: cuando tú dices: “las cosas son como son” tomas el primer son con suposición entitativa y el segundo con suposición modal, es decir, como predicado. Es una explicación incompleta, pero suficiente. ¿No te parece?

-Creo que sí –dije sin convicción- pero yo prefiero la otra definición de Santo Tomás: “Verdad es la adecuación del entendimiento a la cosa percibida”·

–También es buena, pero menos precisa porque da lugar a la subjetividad, pues no siempre lo que creemos adecuado a la realidad, lo es verdaderamente. Adecuación entre el entendimiento y la cosa es una verdad cuando esa “adecuación” es indiscutiblemente cierta y evidente. Por ejemplo, si digo: “las plantas sienten”, no afirmo una adecuación indiscutible ni mucho menos evidente. La adecuación del entendimiento a la cosa entendida debe ser no solo gnoseológica sino también ontológica.

–Perdón, no capto la diferencia.

–La adecuación ontológica es siempre apodíctica, mientras que la gnoseológica puede ser simplemente asertórica.

–Menos lo entiendo.

–Me explico. Es asertórica una adecuación sobre materia opinable, y apodíctica la que es de certeza absoluta. Por ejemplo, la proposición “existen seres humanos en otros planetas”, no pasa de ser probable, mientras que A=A, (toda cosa es igual a sí misma), es una adecuación de certeza absoluta. De donde puedes deducir que el campo lo opinable es mucho más extenso que el de lo apodíctico.

-¿Quieres decir que el ámbito de la opinión no tiene límites?

-Cuidado; no he hablado de límites sino de extensión. Se puede ser relativista en todo excepto en los principios, axiomas y proposiciones de evidencia inmediata; es decir, inteligibles hasta para las mentes más obtusas. En tales proposiciones no cabe relativismo ni mucho menos escepticismo.

–¿Cuáles son, entonces, los límites del relativismo?

–La contradicción y la imposibilidad, si no me equivoco. Puedes comprobarlo buscando la fuente de los errores. Todo error proviene de no haber tenido en cuenta la contradicción o la imposibilidad. Cuando yerras en una cuenta o pierdes en un juego, es porque en el curso de las cosas hubo una contradicción que te pasó inadvertida. Es lo que ocurre en locuciones populares como estas: “mala suerte”, “una muerte absurda”, “castigo de Dios”, “fatalidad”, etc. Son expresiones que usamos cuando desconocemos las causas de un mal suceso. Llamar absurdo un acontecimiento cualquiera es como afirmar que ha ocurrido un efecto que no tiene causa. Cuando hemos fracasado en algo es porque ha precedido un error de nuestra parte.

–A veces hablamos de muertes absurdas, accidentes absurdos…

-No hay nada absurdo si proviene de una causa; lo absurdo sería que puesta una causa no se diese el efecto.

-Teóricamente tienes razón, pero en la práctica es evidente que se hacen y dicen cosas absurdas.

-El único ser que puede hacer o decir cosas absurdas es el humano, cuando usa indebidamente su libertad.

-Los locos, por ejemplo.

-A veces, también los cuerdos. Pero aún en esos casos, el absurdo es causa o consecuencia de antecedentes individuales que desconocemos.

-A propósito: ¿puede haber errores que no sean humanos, por ejemplo, fallas mecánicas, errores genéticos, etc.?

–Es otra de tantas inexactitudes de nuestro lenguaje. Llamamos “errores genéticos” a malformaciones orgánicas cuya causa desconocemos. En cuanto a los

accidentes aéreos o viales, sólo pueden provenir de causas humanas. Los constructos mecánicos se hacen según leyes físicas que son infalibles, pero quienes los construyen son hombres, y por tanto pueden cometer errores de construcción. Si un avión, está bien construido, bien mantenido y bien manipulado, no puede fallar mecánicamente. Todos los siniestros del transporte se deben a imprevisiones humanas, en la construcción, en el mantenimiento o en la manipulación. Las fallas sólo pueden ser humanas. Errare humanum est.

¿Y los accidentes aéreos que ocurren por fenómenos atmosféricos imprevisibles? Tú lo has dicho: “por imprevisión”, lo cual es error humano.

–Así que, si me fallan los frenos del coche…

–Es porque te has olvidado del mecánico; debiste prever que la fricción produce un desgaste que hay que prevenir oportunamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11

 

INDIFERENCIA MORAL DEL ACONTECER

 

 

Justamente a propósito del error que cometemos cuando atribuimos al destino nuestros infortunios, olvidando que no hay efecto sin causa, me interesa hablar de la causalidad histórica.

-Si tanto te interesa –dijo el maestro-, entras con buen pie, pues innumerables son las causas y razones suficientes que actúan en el mundo. Personalmente, me interesan más las causas físicas que las metafísicas y morales; por eso, si ahora pudiese cambiar de oficio, me gustaría más ser físico que filósofo.

-¿Por qué no cambiaste a tiempo?

-Porque en cuestión de oficios y profesiones ocurre como en los matrimonios: la gran mayoría no nos casamos con quien queremos sino con quien podemos.

- Eso no lo dirías en presencia de tu mujer…

-Al principio tal vez no, pero ahora sí porque ya tenemos los flaps en posición de descenso.

-¿Es decir…?

-Te lo explico: en el comienzo del matrimonio, la razón funciona con el amor; pero pasado algún tiempo, el amor funciona con la razón.

-Prefiero no menear este asunto; vayamos a la causalidad histórica.

- ¿De dónde te vino esta curiosidad?

-De una conferencia que dio don Pedro Laín Entralgo en el Ateneo Barcelonés.

Aunque no conservo una memoria clara del contenido, recuerdo algo sobre la responsabilidad que contraen los grandes protagonistas de la Historia. Probablemente tendrás tu propia teoría sobre este asunto.

–Temo decepcionarte; la historia no es mi fuerte. Si alguna vez rocé el tema en clases o conferencias fue solo tangencialmente. Sin embargo tú debes recordar si Laín Entralgo se refirió a algún historiador o filósofo de la historia en concreto, pues no ha habido ningún filósofo de cierta nota que no tenga su teoría de la Historia.

–Te puedo mencionar algunos: Herodoto, San Agustín, Hegel, Toynbee…

–Bien, como es natural, los primeros que necesitaron reflexionar sobre la Historia fueron los historiadores, desde Tucídides hasta Toynbee. Los historiadores más ambiciosos no se contentaron con narrar los hechos, sino que reflexionando sobre ellos intentaron hacer cierta historiografía, como es el caso de Tucídides. Pero para ello necesitaron ponerse en la onda de los filósofos, de lo cual resultó que la filosofía convirtió a unos historiadores en historiógrafos y a otros en filósofos de la Historia.

–Pero entre tanta multitud de historiadores y filósofos, ¿cómo nos orientamos para no andar saltando de rama en rama?

-Yo sólo puedo orientarte desde dos perspectivas contrarias: la idealista y la positivista.

–Según mis lecturas, la filosofía siempre ha navegado entre estas dos corrientes, con algunos intermedios de realismo moderado.

–Si no estoy equivocado, el origen más remoto de la Filosofía de la Historia lo encuentro en las controversias neoplatónicas, gnósticas y maniqueas acerca de la Verdad y del problema del Mal en su lucha contra el Bien. Fueron los principales motivos de reflexión, al menos hasta el siglo V. Su planteamiento era: “Si existe Dios, ¿de dónde viene el mal?”. San Agustín, centro y eje de todas aquellas controversias, pasó desde la adolescencia hasta los treinta años haciéndose esta pregunta.

–Hay mucha literatura alrededor del neoplatonismo, pero no he encontrado ninguna que me indique una ruta coherente.

–Para exponer el problema con sencillez hay que hacer muchas omisiones. Por eso me limito a ver la cuestión bajo los dos extremos del idealismo y del positivismo.

–¿Por dónde empezamos?

-Por el neoplatónico más universal, que es San Agustín. Su planteamiento del problema del mal se mantiene en el plano ontológico. Apartándose de las teorías maniqueas y gnósticas, que concebían el mal como una entidad real y existente, Agustín sostiene que el mal no es otra cosa que una privación de la integridad del ser. Es un pensamiento muy general, pero hay que matizarlo. Los acontecimientos físicos, independientemente de si nos favorecen o perjudican, son eventos indiferentes: ni buenos ni malos en sí mismos. La naturaleza –prosigue Agustín- no puede ser origen de mal alguno, puesto que no hace más que seguir las leyes físicas dictadas por Dios. El verdadero mal es la deficiencia del ser moral; un producto de los exabruptos volitivos del ser humano. En suma, lo único realmente malo es la mala voluntad; el uso perverso de la libertad y el libre albedrío. No es una teoría totalmente original de San Agustín, pues ya venía desde el Pseudo Dionisio.

–Aquí empieza la preocupación; el hecho de que un niño nazca oligofrénico, ¿no es un mal?

–Objetivamente y en sí mismo, no es ni bueno ni malo. La oligofrenia es un efecto natural de anomalías genéticas. Las taras físicas o mentales de los humanos podríamos llamarlas “misterios de la biología”, que proceden de factores que la ciencia aún no ha podido determinar. En fin, para entender la teoría, hay que tomar como principio que todo lo que procede de una causa no libre es un fenómeno axiológicamente indiferente.

–Pero este principio va completamente contra el sentir común. Cualquier deficiencia, sea física o moral, es percibida por todo el mundo como un mal, y muy pocos, excepto algunos científicos y filósofos, afirmarían lo contrario. Incluso, como tú sabes, hay filósofos modernos y contemporáneos que conciben el mal como una entidad existente. ¿Cómo razonarías esta teoría?

–Para entenderla, te servirá de ayuda una distinción muy sencilla: no es lo mismo un suceso producto de una mala voluntad humana que una carencia que tiene sus causas naturales, físicas o biológicas; o más bien digamos, todas físicas, puesto que la biología está en el universo de la física. El mal sólo puede venir de una mala voluntad, pero en modo alguno de las leyes naturales, que son inexorables y nada tienen que ver con la moralidad. Hay numerosos eventos naturales que causan desgracias humanas, pero no podemos achacárselas a la mala voluntad de nadie, a menos que las atribuyamos a

un dios maligno, o a un demonio, cosa que sería tan absurda como afirmar que el mal existe como entidad real.

–Todo eso parece muy bien razonado, pero topa con la realidad del sentir humano.

 

–Es comprensible que así sea, porque el hombre, además de racional, es también un ser volitivo, y por tanto emotivo. Hay sucesos que afectan la voluntad, que es la potencia de que dependen los sentimientos y emociones. Si bien lo miramos, la inmensa mayoría de los acontecimientos nos dejan indiferentes; sólo los que nos afectan personalmente nos producen sentimientos y emociones de diversa índole.

Esta observación del maestro me causó risa.

-Aunque te rías, esta es la verdad.

-Pero no me río porque hayas dicho una verdad. Es que hay verdades que me causan risa, y la que has dicho es una.

-Te recuerdo una sentencia de Spinoza, mi filósofo preferido: “Las cosas de este mundo no son para reírlas ni para llorarlas sino para entenderlas”.

 

 

 

 

 

 

12

 

PROVIDENCIALISMO HISTÓRICO

 

 

-Todos los efectos que ocurren debido a causas físicas no libres –continuó don Victoriano- no son ni buenos ni malos en sí mismos. Si consideras fríamente esta afirmación, le hallarás consistencia lógica; pero como todos somos algo sentimentales, es difícil aceptarla impasiblemente. Sin embargo, podría haber excepciones.

–¿Es que sabes de alguien que ante una desgracia personal se haya mostrado impasible?

-Solo conozco el caso de Anaxágoras, quien al serle notificada la muerte de su hijo, comentó: “Nada nuevo me anuncias; yo ya sabía que mi hijo era mortal”.

-El colmo de la frialdad científica!

– Cierto. Y es que la filosofía y la ciencia no tienen nada que ver con las emociones, ni siquiera cuando las emociones se estudian como objeto de ciencia. La ciencia se elabora con ideas y proposiciones universales, y como ya lo dice un aforismo

medieval, universalia non movent, “las ideas universales no emocionan”. Te puedo añadir otra anécdota de Jeremías Bentham. Un día su sirvienta, haciéndole la limpieza del gabinete, encontró un montón de papeles viejos en un rincón y los echó al fuego. Cuando el sabio le preguntó qué papeles eran los que ardían, ella respondió: “Nada, un montón de hojas viejas y sucias”. Jeremías palideció, respiró hondo y se limitó a decir: “Me has quemado el trabajo de veinticinco años.”

–Formar hombres de este temple -dije- es mucho más que educar para la libertad y el libre albedrío.

Hicimos una pausa comentando esta anécdota y algunas rarezas de los sabios, como la de Tales de Mileto cayendo en un pozo de aguas negras mientras observaba las estrellas.

-Pero volvamos también nosotros a nuestras especulaciones, conectando con las de San Agustín acerca del problema del mal. Este doctor de la Iglesia fue movido a filosofar afectado por los desastres de la Invasión de los Bárbaros y los crímenes de lesa humanidad en la caída del Imperio Romano. Como ya sabes, para Agustín el único mal existente era la rebelión contra el orden divino, es decir el pecado. Pero como el pecado ha existido desde el origen de la humanidad, para él era evidente que el discurrir histórico no era otra cosa que la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre el amor y el odio, etc. Ponte a leer De civitate Dei, si tienes paciencia, y adquirirás una idea de lo que es para este polemista la causalidad histórica.

–A propósito del pecado: en la Biblia figura como sinónimo de delito. ¿Son realmente sinónimos?

-En el lenguaje bíblico, sí; pero ante la Iglesia se distingue: todo delito es pecado, mas no todo pecado es delito.

–Y ¿quién fija estos criterios, y cómo los fija?

–Me haces una pregunta muy incómoda, que además supondría una digresión demasiado extensa. Pero te doy una idea general: la moral positiva de la Iglesia distingue entre pecado mortal y venial, como el derecho civil entre delito y falta. Si tú irrespetas la ley civil en materia de delito, tal vez pecas mortalmente ante la Iglesia. En todo lo demás, dependerá de criterios morales más o menos estrictos. Pero si quieres instruirte sobre este tema y al mismo tiempo divertirte un buen rato, lee las Cartas Provinciales  de Pascal. Tú, que dominas bien el francés, allí tienes la diversión asegurada. Lo digo porque aquellas cartas, leídas en traducción, pueden conservar cierto interés, pero pierden más de la mitad de su salsa. Pero dejemos esas fruslerías y volvamos a la teoría agustiniana. Dado que el hombre es constitutivamente pecador, es inevitable la lucha entre el bien y el mal. También me parece evidente que San Agustín, aunque negara el mal físico, creía en la existencia del mal bajo la figura de Lucifer. Algo debió de quedarle de su comercio dialéctico con gnósticos y maniqueos. Ahora bien, de ser cierta esta teoría, todos los males del mundo, incluso los físicos, que según el santo no lo son, procederían de la lucha entre el bien y el mal. Una lucha que, por lo que se ve, aún no ha terminado.

-¿Qué se espera entonces de esta doctrina? ¿Qué hace Dios para que la humanidad no siga yendo a la deriva ni le sobrevengan mayores males?

–Según San Agustín, Dios creó en un solo instante (simul) todas las cosas que son y las que han de ser (potentialiter) como producto de las que son (seminaliter). La creación está en un continuo fíeri, donde Dios no solo es creador sino también conservador y providente, con la figura de Jesucristo (Verbum) en el centro del acontecer histórico. Él es quien interviene en el devenir dirigiendo los sucesos verticalmente hacia un punto final donde el Bien prevalece sobre el Mal. Cristo hace en la Historia una labor -digámoslo así- similar a la del Lógos de Heráclito, con la diferencia de que la lucha no termina en conciliación de contrarios, sino en la derrota del Mal y el triunfo del Bien en la “Ciudad de Dios”. Allí, en un instante judicial de la Divinidad, se sancionarán las acciones humanas según los méritos de cada actor de la Historia.

–Demasiado bonito para que sea cierto.

-Hay que esperar…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

13

 

DETERMINISMO HISTÓRICO

 

 

Nunca me han gustado las películas y novelas en que todos los personajes terminan felices y comiendo perdices. La regla es que en la realidad de la vida sean muchos los que salen perdiendo. Por eso me pareció que en la conclusión de la

doctrina historiológica de San Agustín, faltaba algo para que el final fuera tan feliz como parecía por la explicación de Don Victoriano.

–Hace una semana -le dije- me despedí diciéndote que la conclusión de la lucha entre el Bien y el Mal que describe San  Agustín  tiene un final demasiado feliz para ser verdadero.

–Hombre -respondió-, tampoco es que yo esté en condiciones de garantizarte la palabra de San Agustín.

Don Victoriano estaba de buen humor. Acercó la mesita con la acostumbrada botella de Blanc de Blancs y la bandeja repleta de caprichos; llenó las copas y me ofreció la mía diciendo:

–Comencemos la plática al estilo de Gonzalo de Berceo: “bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino”.

Respiró profundo y bebió despacio el primer sorbo. Observándolo en aquel momento, tuve la impresión de que había perdido peso, pero su aspecto lucía saludable a pesar de sus ochenta y cinco años.

-Te confieso –dijo- que no soy devoto ni rezador, pero si pudiese rezar con fe eficiente, le pediría a Dios una vida saludable lo más larga posible, porque me parece que si existe un paraíso después de la muerte, no puede contener maravillas superiores a las que hay en este mundo; pero la mala voluntad humana hace que en la mayor parte de él se viva mal.

-Hablando del mal como principio, ¿qué opinas de las diatribas de Rousseau contra el dogma del pecado original?

-Ya sabes que Rousseau solo me simpatiza por su prosa, pero detesto su doctrina. Sin embargo, estoy de acuerdo con él en lo tocante al pecado original. Las desgracias de este mundo no nos vienen de ningún pecado de origen, sino de la imperfección propia de las cosas mundanas, incluida principalmente la especie humana. Dios no creó el más perfecto de los mundos, como piensa Leibniz. Tenemos un entendimiento falible y una voluntad proclive, por lo cual a menudo hacemos un uso indebido de nuestro libre albedrío, colaborando así con las demás imperfecciones de este mundo.

–Pero volviendo al bueno de San Agustín, ¿quién nos da la garantía de que en el combate de los dos principios, la victoria final será la del Bien?

–Eso es una incógnita que jamás me preocupó. Pero hay que mencionar ciertos inconvenientes y ventajas de la doctrina agustiniana.

–Empecemos por los inconvenientes.

–El primero, y casi único, es la fe.

–Yo soy creyente, pero mi fe es tan sutil, que casi no la siento.

–Es natural; la fe de los cristianos pensantes está siempre en fricción con la duda.

–¿Y cómo se elimina esta duda?

–No se puede, a menos que tengas fe de carbonero.

–Pero esos son minoría. Conversando una vez con el párroco de mi barrio sobre los misterios de la fe, me cortó la charla diciendo: “Yo creo y no pienso en nada más, porque si me pongo a pensar me vuelvo loco”.

–Supongo que habrá muchos sacerdotes en situación similar. La incredulidad está siempre presente porque tiene el apoyo de los sentidos. Si tú y yo somos creyentes tibios, lo mejor es que sigamos así; de nada sirve crearnos inquietudes. Cuanto más profundices más misterios hallarás. Este es el inconveniente de la teoría agustiniana.

–Pero el más incómodo de los misterios, para mí, es el de la Providencia.

–Yo también tengo con ella mis reparos, a pesar de que conmigo ha sido generosísima. La interrogación sobre la Providencia puede tanto orientar como confundir. Pero este misterio no debería incomodar a nadie, porque es uno más entre los innumerables de que estamos rodeados.

– Bueno, ya me has hablado de los inconvenientes de la teoría agustiniana. Cuéntame ahora de las ventajas.

–Este es el aspecto más fácil de explicar. Por una parte, si aceptas el enfoque metafísico -no el teológico- de San Agustín, tienes resuelto el problema del mal. Si además eres creyente, el buen desenlace de la lucha entre el bien y el mal te infundirá tranquilidad de ánimo. Posteriormente puedes instruirte en la teología positiva, que empieza en San Agustín y prosigue hasta llegar a su cenit con la Summa Theologica de Santo Tomás, donde la fe es razonada con argumentos.

–Naturalmente: si al que tiene fe de carbonero encima le dan argumentos, ¡miel sobre hojuelas!

–Ahora vamos a introducirnos en otra teoría idealista totalmente contraria a la de San Agustín, que también tiene sus ventajas e inconvenientes. Es la de Hegel.

–Difícil veo el asunto.

–Trataré de presentártelo en un esquema muy elemental, pero suficiente para lo que aquí necesitamos. Así como San Agustín construye su teoría bajo la conmoción que le causó la Invasión de los Bárbaros, la de Hegel se inspira en el pensamiento mismo.

-¿En qué sentido?

–En el sentido de la Idea que evoluciona sobre sí misma. Lo bueno de Hegel, es que sigue el mejor método para pensar científicamente, que consiste en partir de la menor cantidad posible de principios. La Idea, con sus pasos evolutivos, es la única y suprema realidad. Todo lo que existe es Idea y todo lo que sucede es evolución de esta Idea.

–¿No tiene la Idea de Hegel un contrario contra el que luchar?

–No; la Idea lucha consigo misma.

– Entonces, se descarta la lucha de contrarios...

–Tampoco. Los contrarios de la Idea residen en ella misma y la hacen evolucionar. No hay tragedias ni calificaciones morales; no hay vencedores ni vencidos. No procede verticalmente, ni mucho menos en sentido providencial como en San Agustín, sino que sigue su curso, si vale decirlo, con un determinismo similar al de las Academias preagustinianas.

–¿Cómo se conecta este pensamiento con la causalidad histórica?

–Sencillamente: la Idea lo informa todo; pero dentro de ese “todo” están: el Espíritu del Mundo y el Espíritu del Pueblo.

–Pero ¿no has dicho que no hay más que un sólo Espíritu?

- Sí, pero se desdobla en Espíritu del Mundo y Espíritu del Pueblo. En este segundo aspecto se encarna en la estructura de cada pueblo.

–Entonces se puede hablar del Espíritu del pueblo francés, inglés, alemán, etc.

–Exactamente, aunque teniendo en cuenta que se trata de un Espíritu único, que asume diversos estadios y manifestaciones.

–¿Y en qué manifestaciones concretas se conoce este Espíritu en cada pueblo?

–La respuesta te va a gustar. El Espíritu se manifiesta en el grado de libertad que impera en cada pueblo, porque el contenido esencial del Espíritu es la libertad.

–Realmente me gusta. Supongo que con la libertad va también la calidad de vida de cada pueblo, su grado de civilización, el refinamiento de sus costumbres, etc.

–Puede ser –dijo el maestro con poco entusiasmo-. El seguimiento de un pensamiento filosófico puede darte sorpresas agradables y desagradables. Y éste sería el momento de explicarte las que te da la historiología de Hegel.

–Como siempre, empezaremos por las desagradables.

–En principio, la supuesta libertad queda inserta en la universalidad del Espíritu, representado concretamente en el Estado.

–Pero ¿no dijiste que el contenido esencial del Espíritu del Mundo es la libertad?

–Sí, pero el Weltgeist es un Espíritu universal que se encarna en las sociedades, cuyos individuos no tienen otra conciencia que la de su individualidad, que les hace parecer que obran libremente; pero en realidad se trata de una libertad nugatoria, pues no son ellos quienes actúan sino el Espíritu el que actúa en ellos. Los individuos tenemos la falsa sensación de libertad, de un modo similar a como tenemos la falsa impresión de que vivimos en un planeta inmóvil.

–Pero de esta mengua no parece que se resientan los protagonistas de la Historia, es decir, los gobernantes.

–Te equivocas; los gobernantes no hacen otra cosa que adecuarse al Espíritu del Pueblo. Así que la libertad de los grandes de este mundo es igualmente ilusoria, pues ellos también se hallan en el engranaje del Espíritu universal. Y es este mismo Espíritu quien les concede la libertad de tejer las redes políticas en las cuales ellos mismos quedan atrapados, a veces más que el resto de los ciudadanos.

-Entonces, ¿cómo explicaría Hegel que haya tiranos que subyugan al pueblo?

-Porque llega un momento en que los pueblos, cansados de gobiernos caóticos, claman por el orden como en la fábula de las ranas pidiendo rey.

–Pero mientras tanto, el pobre ciudadano de a pie es el que vive a merced de las veleidades de los gobiernos, bajo el justificante de que ellos representan el Espíritu del Pueblo; porque serán muy pocos quienes crean de buena fe que reyes, dictadores y tiranos hayan sido puestos para que sigan los dictámenes del Espíritu del Pueblo.

–También Hegel tuvo en cuenta las veleidades de los gobernantes, afirmando que es el mismo Espíritu quien las provoca para que suceda lo que necesariamente debe ocurrir, sin que de ello seamos conscientes ni gobernantes ni gobernados. Julio César,

Napoleón, Hitler y muchos otros han sido instrumentos inconscientes del Espíritu universal, precisamente para que despertara en los pueblos el sentido de la libertad.

–Definitivamente, pierdo la esperanza de entender nada ¿De qué libertad quieres que gocen los ciudadanos con la doble restricción de los gobernantes y del Espíritu del Pueblo?

–Ten calma; no pierdas de vista la trama contradictoria que dirige el curso de los eventos. Ya sabemos que el margen de nuestra libertad es estrecho. Pero precisamente es esta penuria la que despierta el sentido de libertad de los pueblos. Nadie tendría el sentido de la libertad si no se la restringieran o quitaran. Los grandes protagonistas de la Historia, incluidos los más crueles y veleidosos, son los que han hecho avanzar la humanidad hacia una mayor conciencia de libertad.

–O sea, que al fin de cuentas hay que darles las gracias.

–Ironías aparte, ellos actúan siguiendo sus impulsos, pero creyendo falsamente que la voluntad que imponen es la suya, cuando lo que hacen es seguir otra superior que les dirige, y que ellos desconocen. Y necesariamente deben desconocerla, porque de no ser así, podrían contrariarla, desviando la ruta del Espíritu del mundo hacia la libertad consciente.

–De todo lo dicho, no puedo sacar más conclusión que esta: que el Espíritu del Pueblo es la exaltación del Estado y la aniquilación del individuo. ¿O no es así?

–Nuevamente pierdes de vista el juego de contrarios. El Espíritu del Pueblo no aniquila al individuo, sino al contrario, le despierta la conciencia de su libertad. Porque ningún individuo podría realizar su libertad fuera de la acción de los hombres de Estado, los cuales, como te repito, son menos libres de lo que parece.

–Se me ocurre que nuestra situación como ciudadanos es similar a una manada de lobos, obligados a dejar que coma primero el más fuerte, porque de su fortaleza depende la seguridad de los más débiles.

–Podría entenderse así, porque sólo dentro del Estado puede el individuo recorrer la parcela de libertad que le corresponde según sus atributos.

–Al fin hay que cederle al león la mejor parte. El Estado tiene toda la libertad y el individuo, sólo la que le corresponde.

–Sin querer te has aproximado bastante al pensamiento de Hegel, porque efectivamente, del Espíritu dimanan dos clases de libertad, la objetiva, para el Estado y la subjetiva, para el pueblo.

–Ni más ni menos: la parte del león para el Estado.

-Obviamente, pero no porque así lo quiera el Estado, sino porque lo impone la evolución del Espíritu de los pueblos y del mundo, que va avanzando hacia estadios cada vez más perfectos en todos los órdenes, incluido el de la libertad, sin que sepamos cuándo llegará el momento de la Libertad Absoluta.

-Y ¿cuál es la fuerza que mueve al Espíritu hacia esa evolución?

–Ninguna. Él mismo es la fuerza motriz de todas las cosas.

–Y esa fuerza motriz del Espíritu, ¿hasta dónde llega, es decir, cuándo termina?

–No tiene término ni fin. Evoluciona circularmente en la Naturaleza y en la Historia. Construye, destruye y reconstruye.

-¿Es lo que algunos llaman síntesis de contrarios?

–Aproximdamente. Un grano de trigo que se descompone bajo la tierra vuelve a surgir convertido en espiga. Un imperio se derrumba, en tanto que de sus ruinas se va formando otro que “sintetiza” el anterior. Paséate por Roma y verás que está edificada sobre las ruinas de otra Roma que en su tiempo fue la capital de un extenso y floreciente imperio.

-En realidad, salgo de este diálogo como el negro del sermón: con la cabeza caliente y los pies fríos.

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

14

 

POSITIVISMO  HISTÓRICO

 

Don Victoriano me abrió la puerta con un semblante inusitadamente alegre.

–¿Has tenido alguna sorpresa agradable? -pregunté extrañado.

–Cada día que veo amanecer recibo una. La recta final de nuestra vida está hecha de momentos fascinantes, si sabes verlos con ojos serenos. Cada noche me acuesto pensado que puede ser la última, pero cuando veo el nuevo día siento la alegría del mandadero que ha recibido una buena propina. Nuestras habituales conversaciones forman parte de mis últimas esperanzas.

-Temo que la que te traigo hoy sea muy menguada.

–¿Qué te ocurre?

-Que estoy hecho un mar de dudas con las tesis y antítesis de Hegel. Pero hoy nos toca hablar de las ventajas que su doctrina implica.

– No creo que te sorprendan en gran manera. Se desprenden de todo lo que ya llevamos dicho.  La ventaja está en la simplificación de todo en un solo principio: el Espíritu (der Geist), que se manifiesta en el Espíritu del Mundo (der Weltgeist) y el Espíritu del Pueblo (der Wolksgeist). En dos palabras: la Naturaleza y la Historia. No tienes que preocuparte por los problemas del bien y del mal, ni de ninguna providencia, puesto que todo procede por determinación inapelable del Espíritu, que también puedes llamar Absoluto. Por tanto, desaparecen responsabilidades morales, tanto particulares como colectivas, pues lo que sucede es siempre lo que tiene que suceder. Si supiéramos interiorizar esta teoría convirtiéndola en convicción íntima, eliminaríamos todos los problemas psicológicos; se acabarían las depresiones y las neurosis; a los psicólogos y psiquiatras les quedaría muy poco que hacer.

–Si no entiendo mal, la finalidad de las antiguas escuelas postsocráticas, especialmente el epicureísmo y el estoicismo, tenían la finalidad de infundir tranquilidad en los espíritus. Pero ahora te hago una pregunta muy personal: ¿en cuál de las dos doctrinas te sentirías más cómodo, en la de San Agustín o en la de Hegel?

–Intelectualmente, en la de Hegel, porque en la de San Agustín siempre hay que conciliar la ciencia con la fe, lo cual supone, en principio, introducir una inquietud, pero para algunos científicos la fe es un ingrediente tranquilizador. Sin embargo, en ambos sistemas avanzamos hacia lo que inapelablemente tiene que suceder, incluyendo en ello la acción humana. Cuando dirigiéndote a Dios dices “hágase tu voluntad”, admites implícitamente que siempre ocurrirá lo que tiene que ocurrir.

Noté que según avanzaba la conversación se acumulaban más cabos sueltos.

–Bueno -le dije-, ya hemos conversado largamente sobre dos doctrinas idealistas en cierta manera opuestas. Te sugiero que vayamos a la positivista. A ver si allí se encuentra mayor tranquilidad.

–Del positivismo -respondió- han sobrevenido algunas doctrinas historiológicas, pero me voy a referir tan sólo a la original.

–¿Augusto Comte?

–Justamente. Él es, a mi parecer, uno de los filósofos modernos más creativos. Hace una historiología con los pies en la tierra. Desaparecen las entidades intangibles como motores de la Historia. Desaparecen las categorías de esencia, sustancia, causa y otras entidades metafísicas. La noción de causa es sustituida por la de ley. No hay síntesis de contrarios ni resolución de los mismos en la Ciudad de Dios. Tampoco interviene la idea laica del desarrollo de la libertad. En fin, nada de lo que hemos visto hasta ahora. El único motor de la Historia son los hechos.

–Eso es como volver a los historiadores antiguos: Herodoto, Tito Livio, Salustio, etc.

–No lo creas. Comte no es un historiador, sino un filósofo analista de la Historia. Los hechos son la materia prima de su doctrina, pero no le interesan como tales, sino según el significado que tienen en la marcha de la Humanidad hacia la conquista del saber científico.

–¿Se trata de la ciencia como fin en sí misma?

–No. La finalidad del saber es el progreso.

–Pero la idea de progreso tiene muchos sentidos. ¿A cuál de ellos se refiere Comte?

–Me explico: se trata del conocimiento de la Naturaleza a través de las leyes que rigen el curso de los hechos.

–¿Sólo con la finalidad de saber el porqué de los hechos?

–No. La finalidad consiste en lograr un dominio de la Naturaleza mediante la previsión y la prevención. Es como un progreso cada vez menos dependiente de los entes espirituales, que son los que generan inquietud. El recurso metodológico de Comte es semejante al de Hegel, pero sustituyendo la Idea y el Espíritu por los hechos y fenómenos tangibles.

–Me parece muy práctico. Pero esa línea de progreso ¿es vertical o circular?

–Ni vertical, ni rectilínea ni circular; es más bien como un río sinuoso que no busca ninguna desembocadura final, sino que transcurre obedeciendo a la ley de gravedad y tributando a otros ríos más o menos caudalosos.

–Ahora bien, ¿cómo se conocen esas leyes que rigen los hechos?

–A través de la experiencia y la experimentación. Por estos métodos entendemos el curso de la Historia en cada una de sus fases, las que Comte llama ley de los tres estadios. Es la parte fundamental de la historiología de Comte.

– Tengo un vago recuerdo de los estadios de Comte; si puedes echarme una mano…

-Te los resumo. El primero es el estadio teológico, en que el hombre busca el porqué de las cosas en entidades sobrenaturales. Luego viene el metafísico, en que se indaga la razón metafísica de los entes. Finalmente llega el estadio positivo, donde la humanidad se atiene únicamente a los hechos y realidades tangibles. Este es el estadio, según Comte, en el que actualmente estamos. En mi estimación personal esta división de la Historia es una de las más perfectas. Tal vez la que más.

-Según veo, su comprensión requiere un largo trayecto a través de la Historia.

–No es necesario que camines tanto; basta un leve recorrido por los años que has vivido. Cuando eras niño creías en Dios y en la autoridad de tus padres; en tu juventud confiabas en tus cavilaciones y raciocinios, te rebelabas contra la realidad que no querías reconocer; al fin, llegado a la edad madura, solo confías en los hechos y en la experiencia que de ellos puedes aprender.

–Has hecho una perfecta analogía, veo genial la teoría de Comte.

-Sin embargo también hay que tener en cuenta que no es una doctrina rígida, sin puntos de retraso y de retorno. Hallarás jóvenes que se adelantan más rápidamente que otros hacia la madurez, así como maduros que aún persisten en la etapa metafísica; incluso científicos creyentes,  puesto que ni en la ciencia ni  en la experiencia se hallan las últimas respuestas. En suma, la ley de los tres estadios es fundamental y continua, pero no rígida. No la interpretes como una camisa de fuerza. Ya desde la era “teológica” de la humanidad se dieron “subestadios” metafísicos y positivos, pues el hombre, aún dentro de sus creencias o sus especulaciones metafísicas, nunca ha dejado de interesarse por los fenómenos naturales. Las Pirámides de Egipto, por ejemplo,  pertenecen históricamente al estadio teológico, y sin embargo son producto de mentes tan científicas y tecnológicas como las de nuestro tiempo. Lo mismo cabe decir de las grandes catedrales medievales y de otros monumentos construidos durante el estadio metafísico.

–Y ¿qué pensar de los filósofos, científicos y técnicos que en pleno estadio positivo han mantenido y practicado convicciones religiosas “a macha martillo”, como Menéndez y Pelayo? Añade, si quieres, a algunos incrédulos de mente poderosa que se convirtieron al catolicismo, como Paul Claudel, Papini, Chesterton, García Morente y tantos otros.

¿Significa eso una regresión?

–En buena parte ya lo he explicado. No se trata de regresión, que es una patología psíquica que nada tiene que ver con el momento de una conversión. Lo que sucedió, a esos personajes es un misterio incomprensible. Chesterton decía que su conversión al catolicismo fue ”una cuestión de profundidad”. Los estadios de Comte son también tránsitos, pero de progresión paulatina inadvertida para el sujeto. En ninguna parte que yo recuerde afirma Comte que los estadios se excluyen mutuamente en el pensamiento de cada individuo. Tampoco dice que los tres estadios no puedan combinarse en una misma época o persona. En la Edad Media, época metafísica por antonomasia, hubo grandes científicos, como Alberto Magno y Roger Bacon, que cultivaron con éxito la matemática, la física y las ciencias naturales, en la medida de la experiencia científica hasta entonces acumulada. La doctrina de Comte, en fin, es una síntesis de la Historia Universal; y en este contexto los casos individuales no son datos científicamente válidos. La práctica religiosa no implica la abdicación de ninguna tarea científica o humanística, a pesar de la clásica contradicción. El mismo Comte se consagró con tanta pasión a la ciencia, que la quiso convertir en filosofía; y profundizando en ella con el mismo ánimo, terminó transformando su filosofía en “Religión de la Humanidad”, con sacerdotisa incluida.

¿Cómo es eso?

Te explico. Puede acontecer que ciertos individuos extremadamente obsesionados por su trabajo científico sean personalidades de conducta cíclica. Tal parece haber sido el caso de Comte.

–Gente complicada…

–Algo así. A los cuarenta y seis años rompió su matrimonio y se casó con una joven casi adolescente…

–Gran error -interrumpí-. ¡Cornamenta garantizada!

–No hubo tiempo para ese eso, porque la muchacha falleció antes de que se arrepintiera de haberse casado con un mito. Pero como Comte había vivido con ella un

amor extremadamente apasionado, la sublimó declarándola “símbolo de la Humanidad Científica” y sacerdotisa de su nueva religión. Eso sí que es casi una “regresión”. Pero Comte murió diez años después y con él pereció también su religión.

–¡Qué ironía!; después de tanto positivismo, terminar fundando una religión…

–Por eso sus discípulos no quisieron continuarla, por ser contraria al espíritu positivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15

 

INCÓGNITA DE LA RAZÓN HISTÓRICA

 

Convinimos en dejar para hoy la charla sobre las ventajas e inconvenientes de la doctrina historiológica de Augusto Comte. No es que sienta un interés muy especial, pero alguna curiosidad siempre queda.

–La primera ventaja -comenzó Don Victoriano- consiste en que va directamente “a las cosas”, como quería Husserl, pero Comte conecta con mucha más eficacia. Ofrece un pensamiento historiológico soportado con datos muy bien razonados, aunque siempre habida cuenta de las ”sinuosidades” a que me referí en conversaciones anteriores.

Considero la ley de los tres estadios tan genial como la de los cuatro idola de Francis Bacon.

–Sin embargo, fuera del positivismo, Comte ha sido duramente rebatido.

–Siempre hay mentes timoratas que se asustan ante la supuesta reducción de la filosofía a las ciencias naturales. Pero ese temor es insensato, porque si lees atentamente a Comte, sacarás, cuando menos, esta conclusión: que no se puede hacer filosofía de calidad si el filósofo no conecta con la realidad objetiva de las ciencias aplicadas. En eso estriba el sentido comtiano de ”ir a las cosas”.

–En una de tus clases dijiste que ningún filósofo es completo si no está bastante versado en Física y Matemática.

–Y en efecto es así; y aún añadiría una ciencia más: la Biología, puesto que son muchos los fenómenos humanos que tienen su última explicación en constituciones y mutaciones biológicas.

-Veo muy difícil filosofar al estilo de Comte si para ello se requieren tres ciencias más. Tras quinientos años de acumulación de estos saberes, es imposible que renazca un Leonardo da Vinci.

-Exageras. No se trata de que seamos físicos, matemáticos y biólogos antes que filósofos, sino de tener un conocimiento avanzado de estas ciencias; no sería un objetivo inalcanzable; sólo se requeriría un año más de estudio.

-Tal vez fuera bueno el plan que propones, pero yo tengo una objeción con respecto a Comte: que la única forma de crear ciencia consista en el análisis de los hechos. Creo que esta postura puede conducir a la deshumanización de la ciencia.

-Ante todo tienes que revisar dos cosas: primera, que Comte haya dicho textualmente que los hechos sean la única fuente de conocimiento; segunda, ¿qué entiendes tú por deshumanación de la ciencia? Ninguna ciencia puede dejar de ser humana. Por mínimo que sea el objeto al que aplicas el entendimiento, no sólo te humanizas tú, sino también al objeto mismo. Precisamente uno de los principios de la filosofía medieval es este: “el entendimiento en acto es lo entendido en acto, y viceversa, lo entendido en acto es el entendimiento en acto”. Si bien lo miras desde este punto, tan humanista fue Galileo como Erasmo. La idea de la deshumanización de la ciencia es un sentimiento de ánimos timoratos. Tan lejos estuvo Comte de deshumanizar la ciencia, que la convirtió en filosofía, creando la Sociología como parte de la filosofía positiva.

–Confieso que desconocía este dato. ¿Cómo define Comte la Sociología?

–Obviamente tenía que hacerlo a partir de su epistemología positivista. Es decir, sin atenerse a géneros, ni especies, ni a causas materiales, eficientes y finales, como es costumbre en el pensamiento escolástico y en la Sociología iusnaturalista. Comte enfoca la realidad dentro del conjunto de los demás hechos sometidos a experiencia y experimentación. Pero como todos los saberes son producto de la mente humana, el conjunto de las ciencias no puede menos que situar al ser social por naturaleza en el centro del progreso científico-técnico. De aquí nace la definición de la Sociología como ciencia positiva de las leyes que rigen los fenómenos sociales.

–Ahora bien, no veo que sea mucho decir que los fenómenos sociales se rigen según determinadas leyes; es una explicación que vale para definir todos los fenómenos.

–El mayor o menor acierto de una definición es de relativa importancia. Lo que vale es haber llegado a establecer la Sociología como nueva ciencia. Ésta es la gran creación de Comte. Fíjate en esta secuencia: experiencia y experimentación de las cosas produce las ciencias; éstas, aplicadas a los objetos, crean técnicas que se intercambian en las relaciones humanas, dándoles una dinámica social que se va coordinando hasta convertirse en progreso, es decir, en motor de la Historia.

–Si esta doctrina es admisible, la Sociología sería la cumbre de todas las ciencias.

–Eso es exactamente; queriendo o sin querer, lo has dicho tal como lo diría el mismo Comte.

–Bueno, acerté por casualidad. Pero ahora dime algo sobre los inconvenientes de la doctrina de Comte.

–Un historiador acucioso echaría de menos muchos otros motores de la Historia, que no siguen un solo camino en busca de un destino único. Lo que tal vez le ocurrió a Comte fue que, queriendo corregir la indeterminación del Espíritu universal de Hegel, se pasó de rosca y cayó en el extremo opuesto de una particularidad tan contingente como es el progreso.

–Por mi parte, yo no veo el proceso histórico como un progreso. Muchos momentos del progreso han sido regresivos.

–Tal vez tengas razón, según se mire. Como suele ocurrir a ciertos grandes sabios, Comte terminó fanatizándose. Era un hombre psicológicamente cíclico, condición que le causó el rechazo de varias instituciones, teniendo que pasar temporadas viviendo malamente de clases particulares de matemática.

-Me estás contagiando un extraño interés por este personaje, pero como no me hallo con ánimo de leer su extensísima obra, aconséjame al menos un lugar donde se halle suficientemente expuesta su doctrina.

–Lo mejor que puedo recomendarte es que vayas a las fuentes mismas. Hay una obra no muy extensa, de las últimas que escribió Comte, que creo es el mejor resumen de su pensamiento; se llama Discurso sobre el espíritu del positivismo.

–Trataré de buscarlo. Mientras tanto, me gustaría escuchar tu propia opinión.

–No tengo inconveniente en que me sometas a prueba -dijo con mirada de buen entendedor-; pero te advierto que yo no tengo suficiente categoría para sentar cátedra en una materia que no conozco a fondo.

–Para empezar: ¿sabes de algún filósofo que haya dicho algo definitivo sobre causalidad histórica?

–En cuestiones filosóficas no hay nada definitivo fuera de los primeros principios. En todo lo demás, el discurso filosófico no tiene punto final. Seguimos insistiendo en lo mismo que se investigaba hace dos mil quinientos años. Han cambiado los métodos, se han añadido nuevos enfoques pero la sustancia es la misma, es decir, las relaciones entre el ser y el conocer. Por lo que a mí toca –ya sabes que soy algo quisquilloso-, empezaría por la etimología de la palabra “historia” y del verbo de donde este sustantivo deriva, historéo, visitar, preguntar, contar…

Como temí que el maestro se me fuera por las ramas, traté de llevarlo al atajo:

-¿No sería posible ir directamente al grano?

-Sí, pero para ir al grano, primero hay que tenerlo –respondió mirándome fríamente-; no obstante, dado que debes saber dónde está el grano, indícamelo tú mismo.

Me resentí de la ironía y se produjo un silencio incómodo.

-Hagamos mayéutica –dijo de pronto-. Te sugiero que expliques tu acuerdo o desacuerdo con la definición que suele darse de la historia como narración de hechos ocurridos a través del tiempo.

-De momento la acepto porque no conozco otra mejor.

–Demos de barato que así sea, pero si la aceptas toparás con mil complicaciones. Entra tú mismo en el juego: ¿cuál es la primera dificultad que en esta definición encuentras?

–Empezaría preguntando de qué hechos se trata.

–Buena pregunta. ¿Se te ocurre otra?

–Si todos esos hechos hacen realmente historia, o hay que descartar algunos.

–Esta es aún mejor. Otra.

-¿Con qué criterio se seleccionan los hechos que hay que narrar?

-Ya ves que, sin proponértelo, vas hilvanando una cuestión tras otra. También te das cuenta de que ir al grano no es tan sencillo como crees. Te propongo la definición que da uno de los grandes, Buckhard: “Historia es lo que cada época encuentra digno de notar para otra”. ¿La aceptas?

–De ninguna manera.

–¿Por qué?

–Porque antes falta responder a las preguntas anteriores. Además nada sugiere sobre la causalidad histórica. Cada historiador narrará los hechos según el cristal con que los mire.

–Exactamente. Lo único que tenemos a la vista son los puros y nudos hechos; un conjunto de documentos en los que solo percibimos causas eficientes y motivaciones personales, pero ningún significado interesante para más allá de las dos o tres generaciones posteriores a los hechos.

–¿Hay que negar, entonces, que haya leyes que rigen el devenir histórico?

–Convengo con el idealismo en que el Universo es inteligencia y razón, y que por tanto, ambas a la vez han de constituir Algo que sea rector del devenir histórico, pero niego que lo podamos conocer a través de alguna definición.

Como vi que el bueno de don Victoriano no acababa de expresar su opinión, sospeché que no la tenía. Por eso preferí desistir de mi empeño y tratar de sacarle algunas ideas sueltas al paso de la conversación. Como para empezar de nuevo, le pregunté:

–Si en este momento te exigieran explicar algunas causas del transcurrir histórico,

¿cuáles mencionarías?

–¿Continúas poniéndome a prueba? Entonces hagamos mayéutica otra vez. Hay tres clases de causas: físicas, metafísicas y morales. Las dos primeras son necesarias y la tercera, contingente. ¿Cuál de ellas te parece ser la que mueve la Historia?

–La contingente, si no me equivoco.

–No te equivocas. La Historia pertenece al universo de lo moral, como la psicología, la sociología, la economía, la estadística, la política… todo esto es contingencia; nada de eso ocurre por necesidad sino -para decirlo con expresión leibniziana- por un conjunto de razones suficientes. La Revolución Francesa ocurrió a fines del siglo XVIII, pero pudo haber sucedido antes, después o nunca. Pero si ocurrió en su tiempo, fue porque concurrieron razones suficientes. Así son todos los hechos históricos.

–Pero en el lenguaje ordinario solemos llamar causa a todo cuanto produce un efecto, sin hacer la triple distinción que has hecho.

–Eso está bien en lenguaje coloquial, pero filosóficamente hay que afinar términos. Causa sólo se dice con propiedad respecto a efectos que se producen por necesidad física o metafísica. Sin embargo, no creas que con lo dicho agotamos el tema; cada grupo de causalidades y razones suficientes darían para un curso de duración indefinida.

-Veo tu punto de vista razonable, pero me parece excesivamente radical. ¿No es posible hablar de la Razón Histórica partiendo de un solo presupuesto, aunque sea meramente convencional?

-Elige tú mismo alguno.

-Supongamos que partimos de la definición de Burckhard.

-Antes la has rechazado.

-Hagamos la cuenta de que ahora la admito.

-Pues bien; historia es lo que una época encuentra digno de anotar para otra. Empiezas acumulando preguntas: ¿de qué hechos se trata? ¿Cuál es el criterio para seleccionarlos?

¿Cómo garantizas que lo que ahora parece digno de narrar lo sea para el futuro? Si prosigues, acumularás preguntas sin hallar respuesta.

-¿Y si acudimos a los filósofos que han construido una teoría de la historia?

-Un filósofo dotado de buen lenguaje podrá sistematizar una doctrina historiológica, pero no podrá convencernos de cómo se manifiesta en concreto. Lo único que sacarás de los filósofos de la historia será una cadena de preguntas. Mientras tanto, la materia historiada va engrosando su volumen, con el que también aumentamos el bagaje memorístico de escuelas y universidades, pero sin que en el acúmulo de informaciones veamos ninguna batuta que las dirija.

-¿Ni siquiera un principio moral?

-Durante siglos ha persistido la convicción de que los hechos históricos conllevan lecciones morales. De ahí viene el proverbio de que “la Historia es maestra de la vida”. Algunos hechos lo son, sin duda, pero yo prefiero hablar de causas en lugar de aforismos. Si en alguna ley entra la Historia, no puede ser más que la ley de causalidad libre, o para ser más precisos, de razón suficiente. Bajo este punto de vista, la Historia es una ciencia antonomásticamente humana. Solo desde tal punto de mira puede hablarse de causalidad histórica.

-Y las conductas humanas absurdas implicadas en la Historia, ¿cómo las justificas?

-Nada es absurdo si proviene de su causa. Cuestión aparte es conocerla.

-Pero tú has dicho muchas veces que lo único absurdo es el uso indebido del libre albedrío.

-Es cierto, pero ese mal uso se debe también a una causa cuya averiguación tocaría a la Psicología Social, pero esta solo nos da diagnósticos que no significan, ni de lejos, causalidad histórica.

-¿No cabe, entonces, ninguna conclusión?

-Lo único que cabe es una suposición: que así como hay una Razón Universal que todo lo rige, dentro de esta razón cabría una Razón Histórica. No lo entiendas como una tesis sino como simple probabilidad.

-Veo que aquí hay mucha tela que cortar.

Seguro que sí, pero nunca llegaremos al último corte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

16

 

RESPONSABILIDAD HISTÓRICA

 

 

Inicié el diálogo preguntando a don Victoriano:

-Si hay una Razón Universal, ¿habrá igualmente una Voluntad?

-Sin duda debe haberla –respondió-, porque razón y voluntad son dos potencias inseparables.

-En consecuencia, también te pregunto si dentro de esta Voluntad caben responsabilidades y culpas de los grandes personajes que han sido protagonistas de hechos históricos.

-En principio, y descartando casos y anécdotas intrascendentes, no me atrevería a formular ninguna imputación. En perspectiva contemporánea, solemos imputar a personajes concretos, pero yo no los veo necesariamente culpables.

-Con todo, se supone que actuaron voluntariamente.

-Dices bien, se supone, pero no me atrevo a asegurarlo.

-¿Por qué?

-Porque la voluntad libre no es necesariamente correlato de culpabilidad ni responsabilidad. El margen de libertad que hay en las personalidades públicas, a menudo se diluye en una multitud de acontecimientos y encrucijadas, donde los actores se hallan en un marco de maniobra muy reducido.

-Será aquello que Campoamor dice poéticamente: que “la fuerza de las cosas puede más que Hércules mismo”.

–Así es. Las protagonistas y actores de la Historia desatan un conjunto de acontecimientos que van tejiendo una especie de red en la que ellos, inadvertidamente, quedan atrapados. Y así llega un momento en que es imposible determinar el acto primero que originó la cadena de efectos que son objeto de estudio para el historiador.

–Si esto es así, las cosas no dependen de una sola Razón histórica universal, sino de muchas.

–Es cierto. La Razón histórica se diversifica de muchas maneras, lo cual hace difícil asignar a un solo responsable las buenas o malas consecuencias de los acontecimientos.

–Solo por citar un aspecto concreto, y si quieres hasta trivial, ¿admites que una de las diversificaciones a que te refieres sea la acción política?

–Sin ninguna duda. La política es una de las ambiciones más tentadoras de las voluntades fuertes. Y aún te digo más: la política es el mayor factor humano del ser y el devenir histórico.

–¿Incluso entre las tribus más primitivas?

–El hombre ha hecho política desde que habitaba en las cavernas. En la política se originaron todos los episodios que han hecho historia, incluyendo la que nunca fue escrita.

— ¿Qué es para ti la política?

–Sin pretensiones de definir, entiendo por política el arte y ciencia de intervenir como actor e intérprete en los aconteceres públicos.

–¿Aunque se trate de acontecimientos no historiables?

–Todo lo que se hace para la conducción de la sociedad es acción política, aunque no sea percibida como tal.

–En concomitancia con este tema: ¿se esconde alguna finalidad en la causalidad histórica?

–No lo sé. Sólo puedo decir que todo lo que acontece es por alguna razón suficiente, pero no afirmo nada en cuestión de causas finales.

–¿Estás de acuerdo con quienes niegan la causalidad histórica?

–En modo alguno; porque esta negación contradice uno de los principios básicos de la ciencia, que dice: ”no existe nada sin causa o razón suficiente”.

–Bien, quedamos en que el principal móvil de la Historia es la acción política; pero

¿cómo entiendes los constitutivos de una política? Porque así como hay una Razón universal de la historia, también la debe haber de la política.

–Ciertamente que la hay. Se puede apreciar la acción política de muchas maneras, pero todas ellas se resumen en dos: la fuerza de la razón y la razón de la fuerza.

–Entonces ¿debemos entender que la fuerza también es una razón?

–En política hay una razón simple y pura y otra razón apoyada en la fuerza. Rousseau, en su Contrato social, lo ilustra con una frivolidad, como es su costumbre: si un atracador te exige que le entregues la cartera, tendrás que dársela, pero no porque él tenga razón de quitártela, sino porque la pistola con que te apunta también es una razón.

–¡Y tanto más poderosa!

–Pues una razón semejante a ésta es la que rige en la política como factor de la Historia.

–Entones ¿en qué estado queda la fuerza de la razón?

–En la sola razón no hay fuerza; ella se impone por sí misma cuando nos atenemos solo a ella. Pero en política, la razón se confronta con la voluntad, que siempre se impone con fuerza; y como es natural, la razón de la fuerza es la que vence, aunque no convenza.

–Pero en el sentir común se dice que lo que vale es la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.

–Esto es un retruécano que sirve para hacer buena o mala retórica, pero solo una mente ingenua pensará que la única fuerza que vale es la de la razón. La verdad es que en la Historia manda la fuerza, aunque no siempre con las armas; pero aun así no deja de ser fuerza. En cualquier caso, con armas o sin ellas, cuando domina la razón de la fuerza, lo que se impone es una verdadera razón. Para comprenderlo así, sólo es preciso enfriar y sosegar los ánimos, aceptando los acontecimientos como son y no como creemos que deberían ser.

-Si expresaras públicamente esta opinión, te abuchearían. En nuestros tiempos, en que tantos movimientos pacifistas van abriéndose espacio, suena chocante afirmar que la fuerza es la razón dominante.

–Bueno, yo no afirmo que el predominio de la fuerza sea lo que tiene que ser; solo digo que lo es.

–Entonces, ¿en qué sitio de honor queda la fuerza de la razón?

–Pienso que siempre tendrá el suyo en el pedestal de la ética como soporte de las buenas acciones. Pero tú ya sabes que la ética no es precisamente el distintivo de la política, aunque admito excepciones…

-Y ¿qué opinas –interrumpí- cuando se gana una buena causa política o social por medios pacíficos, como a veces sucede?

–Cuando esto ocurre es porque ambas fuerzas se imponen de tal manera que la fuerza de cada parte es temida por la de otra. Entonces ambas entran en convenio para mutua prevención de males peores. Si algún movimiento pacifista eficientemente organizado ha hecho prevalecer la razón, es porque en estos conglomerados subyace un fondo de subversión potencial que puede inhibir a los poderosos por motivos de conveniencia. Pero esos casos han sido muy pocos. Para que renazca un Gandhi tienen que pasar cientos de años y repetirse circunstancias similares. La razón de los pacifistas puede ir ganando fuerza por etapas muy largas, hasta llegar a despertar el león dormido que yace en los pueblos sometidos a situaciones mucho peores que la simple razón de la fuerza.

–En resumen, sostienes que normalmente en el juego político domina la razón de la fuerza…

–Incluidas las pausas de pacifismo disimulado so capa de conversaciones de paz.

–Esa razón de la fuerza, ¿hasta qué punto puede aumentar?

–Crecerá en la medida en que intervengan tres factores contra los cuales no hay razón que prevalezca: el dinero –inseparable de las armas-, la astucia y la mala fe.

–Eso suena calumnioso.

–No tanto; el único de estos factores que puede escandalizar a los débiles es la mala fe. Pero es un hecho altamente activo en las contiendas políticas, y por tanto, en el devenir histórico. Política y buena fe son, moralmente consideradas, dos polos que se repelen.

-Yo sustituiría la mala fe por la astucia, solo para evitar una expresión malsonante.

-Acepto la rectificación de forma, pero sostengo el fondo.

–¿Pondrías la mano en el fuego por algún político?

–No conozco a ninguno suficientemente a fondo, pero admito a priori que debe haber excepciones. Por ejemplo –y con temor a equivocarme-, tal vez apostaría por Giorgio La Pira. Sé que este nombre provoca risa, pero intuyo que la Pira fue hombre de buena fe.

–En cambio, ejemplos de lo contrario debe haber todos los que quieras: Alejandro Magno, Julio César, Los Borgia, Napoleón, Hitler, Stalin, etc. Eso es como afirmar que el motor de la Historia es la guerra.

–En sustancia, acabas de decir lo mismo que Heráclito hace más de dos mil quinientos años. Puedes leer en sus Fragmentos que la guerra engendra todas las cosas y sobre todas reina; que a unos hace dioses y a otros esclavos.

–Mucho de esto podría valer también para nuestro tiempo, porque en cierta manera todavía existen esclavos, aunque ya no se llamen así. Ahora bien; los cambios políticos venidos de unas elecciones populares, ¿son también resultado de una guerra?

–En buena porción sí. Aparte de que muchas votaciones terminan en violencia, los votos que obtiene un candidato vienen de un conjunto de fuerzas que trabajan para su triunfo. Son votos alienados, porque no son para la persona elegida sino para el partido que ella representa. Por tanto los votantes no eligen a un representante sino a un representado, no a un referente sino a un referido.

–En el fondo quieres decir que las masas no saben claramente por quién votan…

— Probablemente, no. Los candidatos de épocas premediáticas ponían mucho más de su parte para mover las masas a su favor, debido a la brillantez dialéctica; pero como la cultura de hoy ya no produce oradores, se suple la pobreza del discurso con la técnica de la imagen y la sofística del montaje.

–Bueno –dije llenando ambas copas y ofreciéndole la suya-, demos un giro a esta conversación y volvamos a un punto que quedó interrumpido en la tertulia anterior. Ya que te has referido a las malas artes de la política y suponiendo que sean consentidas plenamente por sus agentes, vuelvo a preguntar: ¿hay responsables ante la Historia?

–No puedo darte una respuesta precisa. Los hombres que contemplan el mundo desde estratos políticos superiores tienen una percepción de los acontecimientos mucho más compleja que el hombre de la calle. Lo cual hace suponer que los mandatarios que por oficio tienen que coartar nuestras libertades, tengan la suya mucho más restringida de lo que creemos. Al fin de cuentas ellos no son los conductores de la Historia, sino los conducidos. Por eso me atrevería a decir que su responsabilidad es mucho menor de la que se supone. En muchos, casos tal vez nula.

–Creo que eres demasiado complaciente.

–Ten en cuenta que cada agente político tiene su marco trazado de antemano, del que le es difícil salirse, sobre todo cuando en ello le va su vida o muerte política. Es la ley de la subsistencia. Por otra parte, es imposible torcer el rumbo del acontecer político cuando ya está en marcha, a menos que otra fuerza más poderosa lo desvíe.

 

 

 

 

 

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JUSTICIA Y DERECHO

 

Dando por cierto que el derecho está en el género de la moral, con la diferencia de que ésta rige en el fuero interno y aquélla en el externo, nace de aquí la contradicción de que pueda haber ciudadanos que sean legalmente probos y moralmente réprobos, y viceversa. Aun temiendo que el viejo profesor me complicara la cuestión con sus reparos filosóficos, decidí exponérsela.

–La contradicción a que te refieres –respondió- viene de la confusión entre el derecho y la ley.

–Creo conocer la diferencia, pero no está de más tu explicación.

–No hay mucho que explicar. El derecho es igual a la cosa justa, y el medio para expresarla y ponerla en acto son las leyes. La idea de derecho es innata, mientras que la ley es una creación humana. Para que la ecuación sea válida no hay que equiparar el derecho con las leyes, sino con la cosa justa.

–¿Y cómo sabemos que una cosa es justa?

–Toda persona, desde que adquiere uso de razón, posee una facultad llamada sindéresis, que es la capacidad de percibir la recta ratio de las cosas, como la intuición de los primeros principios. Entre las más frecuentes experiencias de nuestro sentido de la justicia y el derecho están las expresiones “no hay derecho” y “tener derecho”.

–Pero hace falta saber si quien alega sus derechos lo hace objetivamente, porque muchas veces pretendemos tener derechos con falsa presunción.

–Para eso son las leyes: para establecer la objetividad de los derechos. Como el derecho natural es susceptible de subjetividad, el legislador establece unas normas con la intención de formular lo que es de derecho natural, es decir, lo que pertenece a la recta ratio.

–Entonces, el mejor medio de prevenir la subjetividad jurídica es atenerse a la letra de la ley.

–Sí, pero a condición de que las leyes procedan solo de la “voluntad buena” del legislador. Es una cuestión de la que hemos hablado mucho en conversaciones anteriores. Una ley dictada caprichosamente por un legislador seria eo ipso una ley injusta porque se saldría del universo de la moral. Santo Tomás lo dice muy claro: “Una ley injusta no es ley” (lex iniusta non est lex).

–Pero siempre se nos ha dicho que el derecho no tiene nada que ver con la moral.

–El derecho es siempre moral. La moral es un postulado de la razón práctica.

–¿Es decir?

–Un postulado en que la ley funda su legitimidad. En este caso puedes sustituir la palabra moral por la de ética. Moral y ética son valores que están representados en los códigos civiles y penales, pero estos no cualifican los actos; solo los sancionan.

–Pero también se dice que la intención cualifica los actos. ¿Vale esto en derecho tanto

como en moral?

-Vale en moral pero no siempre en derecho, pues éste se limita a sancionar desde el fuero externo.

-Justicia y derecho, ¿son equivalentes?

-No, pero son inseparables. El derecho es la cosa justa y la justicia el acto que sanciona. La justicia es el signo natural del derecho, y viceversa, porque el signo natural es inseparable de la cosa significada.

-Apliquemos entonces eso a ciertos hechos del pasado. ¿Bajo qué derecho y qué justicia los herejes eran condenados a la hoguera?

–Lamento mucho tener que repetirte el principio de la distinción de los tiempos y lugares. En aquellos de los que hablas, el derecho civil y el canónico eran aplicados en coejercicio. Aunque había distinción teórica entre ambos, no había separación. En consecuencia, los delitos contra la Iglesia estaban penalmente tipificados ante lo civil. Y la pena del fuego, entre otras, era una sanción comúnmente admitida como legal.

–Eso significaba que quemar a un hombre por expresarse heterodoxamente era tan natural como sacrificar una mascota enferma terminal. Pero ¿tú crees que la gente de entonces consideraba eso como un acto de justicia?

–Aquello no era justo, pero lamentablemente era legal, porque entonces también se tendía a confundir el derecho con la ley. Aunque la distinción entre ambos era doctrina de la Iglesia, incluso anterior a Santo Tomás, los inquisidores sancionaban a los herejes según las tarifas vigentes en su tiempo. Aplicaban una ley injusta, pero ellos ignoraban que lo fuese. Ni ellos ni el pueblo eran conscientes de que la pena del fuego por una tesis heterodoxa era jurídica y moralmente un acto criminal; al contrario, creían de buena fe que el fuego purificador era el elemento más adecuado para extirpación de la herejía.

–Y los Autos de Fe eran incluso públicos…

—Y lo eran por dos razones: una, por la convicción de que se cumplía un acto de justicia divina, y otra para que el pueblo escarmentara en el cuerpo de los ajusticiados. El tribunal, junto todo el pueblo presente, contemplaba el aterrador espectáculo hasta el fin de la combustión. Luego, esparcidas al viento las cenizas del hereje, se retiraban del lugar en procesión cantando el himno Te Deum laudamus. Al menos este fue, según parece, el rito que se siguió en la quema de Giordano Bruno.

–Francamente espantoso. Es difícil entenderlo con la simple consideración de que eran otros tiempos. ¿Qué habría ocurrido si un inquisidor indignado ante aquella iniquidad se hubiese negado a firmar la sentencia? ¿Podía ser remitido a un tribunal superior?

–No se sabe, porque los procesos solían ser muy largos; podían durar incluso hasta la muerte natural del inculpado.

–¿Por qué tanto tiempo?

— Porque los expedientes, aparte de voluminosos, incluían contenidos doctrinales que requerían largas disputas por parte de las comisiones encargadas de catalogar las proposiciones y establecer cuáles eran formalmente heréticas y cuáles sospechosas de herejía.

–Ahora bien, si tan naturales eran todos aquellos procesos, ¿qué sentido tiene el perdón que Juan Pablo II ha pedido por el caso Galileo?

–Ninguno absolutamente. Aun mirándolo como un acto piadoso, carece de toda lógica. Ninguna responsabilidad tiene la Iglesia actual por los entuertos que cometió la de hace quinientos años. Interpreto aquel episodio como un acto bien intencionado, aunque con cierto toque de demagogia. Además, ¿sólo por Galileo hay que pedir perdón?, ¿no por Giordano Bruno, por Savonarola y tantos otros que no tuvieron la astucia de Galileo?

–Pero entre estas consideraciones surge una cuestión de cierta gravedad: si antes era justo y bueno quemar herejes y brujas y hoy día no lo es, ¿será que justicia y moral son conceptos relativos y subjetivos?

–Esta pregunta es muy común y tiene su peso; sin embargo, es precisamente el relativismo y el subjetivismo lo que hay que rechazar al enfocar esta cuestión. Las ideas de justicia –digo justicia, no ley- y moralidad son absolutas y objetivas en sí mismas, en cuanto que ideas puras. Pero los actos justos y morales pueden parecer relativos o subjetivos según los estados de ánimo de cada sujeto observador. Ocho o diez años de prisión para el violador de tu hija, te parecería una sentencia injusta, pero no así para otro observador ajeno a todo vínculo con la víctima. Las pasiones y los fanatismos ofuscan la estimación jurídica y moral de los actos humanos. Esto es lo que explica la absurdidad de muchas conductas humanas que nos relata la Historia.

–Bueno –dije disimulando mi impaciencia ante tanto distingo-, en concreto: la quema de herejes, ¿era objetivamente buena o mala?

–Era objetivamente mala, pero legal; y en cuanto que ley, unos la verían justa y otros injusta. Pero comoquiera que pareciese, había que cumplirla.

–¿Y en qué situación moral quedaba la conciencia de los verdugos y la de los demás ejecutores de aquellas leyes objetivamente injustas?

–Aquí podemos imaginar tres casos: el de quienes actuaban sinceramente convencidos de que hacían un acto de justicia; el de los que, estando convencidos de la injusticia, no podían inhibirse sin caer en delito de encubrimiento, y de otros que, conscientes de la injusticia y pudiendo inhibirse, actuaban salvando la estabilidad de sus cargos. Solo en estos últimos habría cargo de conciencia.

Tenía en mente plantear otra cuestión muy relacionada con el tema, pero las miradas de impaciencia que lanzaba la haitiana mandaban más que el reloj.

 

 

 

 

 

 

         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CABOS SUELTOS SOBRE LA DEMOCRACIA

 

 

Norberto Bobbio, en su libro Il futuro della democrazia (1984), hace varios pronósticos sobre la salud de la democracia, a partir de un diagnóstico más bien pesimista de las democracias actuales, e incluso de las pasadas. Pero al fin se consuela diciendo que, a pesar de su poca salud, no hay razón para temer que la democracia se encuentre ”al borde de la tumba”. Si mal no lo interpreto, lo que quiere decir el jurista es que aunque la democracia no haya llegado “al borde la de la tumba”, está sin embargo en continuo peligro. Comentando sin intención de enmendarle la plana, añado lo siguiente: mucho más deficiente era la salud de la democracia en tiempos pasados, pero sus órganos se han ido refinando a través de los tiempos. La democracia de Pericles fue solo un tímido intento si la comparamos con las pocas o muchas que actualmente están en su plenitud. Me refiero a una plenitud en sentido natural, es decir, habida cuenta de los sucesivos estadios de precariedad por los que tiene que atravesar antes de llegar a democracia plena.

-Creo que Norberto Bobbio tiene razón; la democracia está rodeada de peligros externos.

-Pero no siempre son los peligros externos los que la amenazan, sino la multitud de virus subclínicos que anidan en sus entresijos, sin descontar entre ellos el paradójico optimismo con que suele expresarse la vox populi: “estamos en democracia, que es el mejor de los gobiernos; las tiranías y dictaduras son cosas del pasado”. Hay la implícita convicción de que la democracia, una vez establecida, rueda por su propio impulso.

Pocos piensan que ningún sistema político tiene seguro de vida, y el que menos la tiene es precisamente la democracia, que además de llevar en sus entrañas el cáncer semidormido, lo retroalimenta, pues es el único régimen político que puede volverse contra sí mismo sin perder la apariencia de democrático. De sobra conocemos democracias que lo son formalmente pero no materialmente. Sin perdernos en la revisión de despotismos pasados, todos los que han surgido durante el siglo XX han sido malos partos de democracias en crisis. Los despotismos han vivido al amparo de las democracias, a la espera de atrapar la oportunidad que ellas conceden a todos por igual. En una atmósfera democrática llueve, truena y graniza sobre justos y pecadores. No es extraño que incluso regímenes tiránicos tomen el nombre de “república democrática”.

El primer peligro de las democracias vencedoras de una dictadura es la euforia incontrolada que se expresa en el primer artículo de la nueva Constitución, que suele empezar así: “El Estado N es y será siempre democrático…”. En los textos jurídicos –y mucho más si son constitucionales- hay que evitar lo posible conjugar verbos en

futuro. Demasiadas veces el tiempo ha desmentido esas “profecías”. La salud y vida de las democracias corren los mismos albures que las de los respectivos ciudadanos. El primer artículo de una Constitución democrática sería más circunspecto si pudiese redactarse aproximadamente así: “mantener esta Constitución en continua vigilancia, para que su vigencia sea lo más duradera posible”.

Lo saludable para una democracia es mantenerla más en estado de vigilancia que de preocupación. Siempre sin dramatismos. Vigilancia, pero no vigilancia hipocondríaca. Así como notamos tanto más la salud del cuerpo cuanto menos nos preocupamos del funcionamiento de nuestros órganos, de semejante manera la buena marcha de la democracia debería consistir en no sentir la necesidad de hablar de ella. Vigilar la democracia no consiste tanto en asegurar el derecho a la acción y participación de los ciudadanos, cuanto en desalojar de sus mentes la falsa idea proveniente de la etimología de la palabra. Se ha hecho popular definir la democracia como ”gobierno del pueblo”. La mayoría de las definiciones etimológicas no expresan ninguna esencia; son meramente simbólicas. Decir que la democracia es la fuerza del pueblo, el dominio del pueblo, etc., suena prácticamente como sarcasmo. La verdadera fuerza de una democracia estriba en que sea real. Es decir, no fundada en la noción de pueblo como una entelequia solamente útil para pronunciar discursos de orden. El pueblo no es un ente real sino una entidad abstracta, solo apta para hacer buena o mala literatura.

-Lo que dices es demasiado evidente. Todos sabemos que en los discursos ceremoniales se permiten esas licencias.

-De acuerdo; sé que es evidente, pero precisamente por ser demasiado evidente no se le presta la atención que merece. Por desgracia de este lugar común tan inconscientemente manoseado, los pueblos olvidan que no son ellos quienes gobiernan, sino unas personas físicas, bien o mal elegidas, que dicen haber sido puestas en el gobierno por voluntad del pueblo. Esta expresión tantas veces repetida ha calado en los cerebros como un dogma que no se discute. Bien pueden decir los políticos triunfantes que el pueblo no se equivoca, pero lo cierto es que esa supuesta infalibilidad se desmiente por sí misma casi siempre.

–Pero las elecciones son un hecho concreto que no puedes negar; los números no engañan.

-¿Y quién me garantiza que esos números representan realmente la voluntad de un pueblo? Hay países en que el fraude electoral es tan frecuente que casi siempre la excepción mata la regla. El acto de elegir supone contrapesar datos distintos sobre opciones distintas. Pero en el juego político se trata, además, de discernir aptitudes de personas, lo cual puede convertir la elección en un juego de azar. El pueblo deposita su voto para un personaje del que solo conoce el nombre y alguna que otra actuación teatral de sus discursos. Si los votos lo hacen ganador, el pueblo no eligió; adivinó. Hablando en rigor, ¿puede eso interpretarse como una elección popular? Elegir es activar una decisión voluntaria, y la voluntad con la que se deposita un voto puede ser interesada o compelida

–puesto que hay que votar, hay que votar por alguien. Si se acepta esta suposición, hay un amplio universo de votantes cuyo sentimiento post votum es el de haberse lanzado a una apuesta.

-¿Quieres decir, entonces, que el primer punto débil de la democracia está en la incertidumbre del voto?

-Es una probabilidad que doy por bien fundada.

-¿Fundada en qué?

–En que, siendo el voto un acto personal de cada individuo, los gobiernos elegidos suelen ser muy tardos en atender los derechos individuales, que solo son reconocidos y honrados después de varias acciones grupales de presión. Y eso, sin contar las veces en que el pueblo demócrata, al sentir burlada su voluntad, decide interrumpir su democracia, atribuyendo al sistema las deficiencias de las personas. Para prevenir esta posibilidad, habría que encontrar una fórmula en la que todos los demócratas concordaran en caso de peligro.

-¿Y adónde iremos a buscar una fórmula que haga concordar tan variados criterios?

-No encuentro ninguna que sea menos arriesgada que el voto, a pesar de los reparos a que hago alusión. Así como no hay advino capaz de indicar la pauta correcta del voto, tampoco hay quien goce de tanta clarividencia, que pueda advertir si hay o no trigo limpio en el ánimo de la persona votada. Como no hay código ni juez que penetre en las intenciones de las personas, nunca sabremos qué carta se esconde bajo la manga del nuevo gobernante. Y aun cuando nos constara de la rectitud de sus intenciones, sería imposible predecir los cambios de personalidad que su investidura le produciría, pues según un antiguo adagio, las dignidades cambian las conductas. (Dignitates mutant mores). Por eso, nada podemos conocer de los fenómenos políticos y sociales si no vamos a su raíz, esto es, a las individualidades. Tenemos a la vista dos grupos de individuos que pueden producir sorpresas: uno es el de quienes conducen el proceso democrático, que no siempre son conscientes del destino a que se encaminan; otro, mucho más numeroso, el que se limita, con la misma inconsciencia, a contemplar pasivamente el proceso. Es el grupo masivo que escucha los discursos de los “conductores” que dicen estar allí por mandato del pueblo. Pero la verdad es que la democracia no es el gobierno del pueblo, aunque etimológicamente suene así. Más exacto sería decir que la democracia es para el pueblo. El pueblo, en concreto y sin abstracción, es un conjunto de sujetos de derechos y deberes, regidos por otros ciudadanos investidos de poder político y administrativo. Dicho crudamente: el pueblo no manda ni gobierna en ningún sistema político; el pueblo obedece y paga, y en los Estados de derecho más perfectos obedecen y pagan incluso los gobernantes, a menudo resarciéndose fraudulentamente de sus pagos.

Democracia representativa y democracia participativa son expresiones huecas. En la realidad, los individuos no reciben beneficios tangibles ni por representación ni por participación, aunque en teoría se diga lo contrario. Uno de los tumores de la democracia enferma yace precisamente en este punto: en que la multitud de individuos no ve más allá de la retórica de los discursos. No repara en algo tan simple como que los gobiernos se componen de hombres que, como tales, son maleables. A menudo confunden ordenar con dar órdenes. “Propio de los sabios es ordenar”, dice Aristóteles. Aplicando la sentencia a nuestro caso, es tarea de los sabios de la democracia establecer el orden de lo que conviene a las individualidades que viven bajo su gobierno y dirigir los medios hacia ese cumplimiento. Lo cual supone que en una democracia sana debe haber algo más que la libertad de votar, o de afiliarse a un partido o de expresar libremente un pensamiento. Todo eso no son beneficios de la democracia, sino condiciones sine quibus non para su plena vigencia.

-Supongo que te refieres a unas tareas que principalmente toca realizar a los partidos.

-Sí, pero a condición de no poner los partidos por encima de sus afiliados. Un partido puede actuar como protagonista, pero en rigor ningún protagonismo compete al partido como tal, porque no están los afiliados en función del partido sino al revés, puesto que los afiliados son la materia y fin del partido.

-Me temo que pocos partidos habrá que practiquen este principio.

-Precisamente ahí es donde radican las prevaricaciones que forja el poder tras las bambalinas. Pero no se dan cuenta de que no hay nada oculto en las acciones de los políticos. Por eso ellos mismos, inconscientemente, trabajan para su propio desgaste. De hecho, ha habido gobiernos que, por exceso de amor a su partido, han hecho, sin querer, todo lo posible para perder las próximas elecciones.

-Lo cual, por otra parte, no es nada malo para la democracia, porque así es como se produce la alternancia en el gobierno.

–Cierto. La democracia asegurará su estabilidad en la medida en que los partidos conviertan su atención hacia las personas. Abundante es la literatura en este sentido. Entre las cuestiones más repetidas, que han quedado irresolutas, sobresale esta: ¿cuáles son los derechos que deben prevalecer, los individuales o los sociales? Algunos se aferran a la sumisión del bien particular al común; otros creen que la agregación social tiene su razón primaria en la singularidad, la cual no debería sufrir perjuicios a causa del bien común. Cada parte tiene sus argumentos legítimos, pero no vale refugiarse en

el qualunquismo; necesariamente hay que parcializarse. La buena lógica nos dice que hay que priorizar el bien común, pero a condición de que ese bien sea sentido en cada uno de los singulares. La sociedad no puede tender a dos fines que se repelen entre sí. Tampoco es cosa sana en este caso que nos amparemos en el clásico término medio, porque caeríamos en una ambigüedad en que todos tienen razón sin que se sepa quién la tiene.

-Siendo así las cosas, es evidente que apuestas a favor de las individualidades.

-Creo que es la única opción, y no por simple individualismo sino por cuestión de objetividad. No hay que colocar al individuo en función de la sociedad, sino al revés. No se trata de negar a la sociedad la unidad que le compete, sino de situarla en la condición de medio, y no de fin. Ciertamente, la sociedad es una unidad de medios para uso de los individuos según un determinado código de leyes. La razón principal de la sociabilidad está en que sólo en unidad social pueden los individuos activar su principio de perfectibilidad. Aristóteles define al hombre como animal político, que para él equivale a social, pero lo dice bajo el supuesto de que la “politicidad” es consecuencia de la racionalidad. Por tanto el fin primordial de la sociedad debería consistir en facilitar la puesta en acto del principio de perfectibilidad de cada individuo.

-Para eso ya tenemos un Derecho Privado y un Derecho Público en interconexión.

-Es cierto, pero esta dualidad solo funcionará debidamente si los derechos sociales se conciben como consecuencia de los individuales, pues el bien común sería nugatorio si no se encarnara en el particular de cada individuo. Brevemente: no hay bien común allí donde cada singular no recibe de él una porción tangible.

-Con toda seguridad los sociologistas te calificarían de individualista a ultranza, porque según ellos no hay fenómeno humano en la ciencia, en la técnica ni en otro orden cualquiera del pensamiento que no sea un producto social. Por eso, organizar una política en función  del individuo sería consagrar la prepotencia del fuerte contra el débil por vía  de la competitividad, que tantos excesos produce, sobre todo en el área del libre mercado.

¿Qué responderías a eso?

-Que la competitividad es efecto natural de la diferencia de atributos por los que cada individuo se distingue de otro. No se puede sacrificar el derecho a desarrollar los atributos individuales en nombre de la igualdad.

-¿Qué queda, entonces, de la igualdad?

-Todo lo que es igualdad ante la ley, que no es poco. Pero la ley concede derechos “especiales” a ciertos individuos que los han merecido por el desarrollo de sus atributos. En virtud de la igualdad ante la ley, todos tenemos derecho a ser Ministros, Papas o Premios Nobel, pero solo pueden serlo quienes reúnen los atributos que para ello se requieren. Lo mismo digamos del éxito en nuestras empresas; serás más o menos exitoso según la calidad de tus atributos humanos.

-Supongo que entiendes por atributos las aptitudes, dones o habilidades, ya sean naturales o adquiridas…

-Llámalo así si quieres.

-Y la sociedad te ayuda a adquirir o desarrollar esos atributos…

-Te ayudará si tú te ayudas.

-¿Cómo?

-Cultivando, mediante esfuerzo, tu entendimiento y tu voluntad. De estas dos facultades he hablado tantas veces que ya me cansé. Pero en este caso insisto en que la educación y la formación en general es una larga cadena de actos voluntarios. Necesitas fortalecer tu voluntad, si quieres salir con bien de todos los planes que hagas para organizar tu vida. Las personas brillantes y triunfadoras son y han sido personalidades de voluntad fuerte.

Tienes que hacer un acto de introspección y consultar primero sobre tu fuerza de voluntad para todo: para el trabajo intelectual, para los negocios, para gerenciar una empresa… en fin, incluso para casarte y formar una familia.

-Hasta para eso… creo que exageras.

-¡En absoluto! Porque si te casas sabiéndote débil de voluntad, te convertirás en súbdito de tu mujer, los hijos se te irán de las manos y serás un hombre infeliz por el resto de tu vida. Pero dejemos la digresión y volvamos al tema. Lo que se pretende en una democracia no es fundar un individualismo a ultranza, sino lograr que los individuos no sean simplemente un producto social. Desde el área individual, a nadie se le puede impedir ponerse en desacuerdo con el sentir de la vecindad. Dice Bertrand Russell que si un hombre desea seguir el camino de su vida, debe aprender a ser crítico frente a las costumbres de la tribu. Una de las intenciones más nefastas del comunismo clásico y el socialismo radical consiste en neutralizar la tendencia natural a la competitividad. Los comunistas saben que la competitividad y las iniciativas crean el progreso social e individual, que es precisamente lo que ellos no desean. Creen, falsamente, que la competitividad es causa de las desigualdades sociales, olvidándose de que las desigualdades provienen de la diversidad de atributos. El competidor que vence no se enfrenta a la sociedad sino que la enriquece con su capacidad de iniciativa. Si solo contemplamos al hombre desde su ser social, lo condenamos a seguir el rebaño. Séneca aconseja no marchar, como las ovejas, hacia donde todos van, sino hacia donde hay que ir. Los sistemas sociologistas y socialistas extremos son gobiernos contra natura, porque olvidan que las sociedades no son multitudes amorfas sino conjuntos de hombres y mujeres con sus sentimientos, emociones y pasiones que no se pueden enjaular en una dictadura del proletariado.

Tratándose de democracia, hay que volver sobre un atributo humano del que muchas veces hemos hablado en estas charlas: el de la libertad. Pasemos de largo por todo lo que ya sabemos sobre ella. Incluso podemos concederle a Kant que de ese noúmeno llamado libertad no sabemos nada. Sin embargo, ¡bien que la sentimos cuando nos la quitan!, de la misma manera en que nos resentimos de un órgano cuando hay disfunción en él. De modo semejante percibimos más clara la idea de libertad por vía de negación. Me es indiferente la libertad de lo que podríamos hacer pero no hacemos, como sería circular por las calles a lomo de mula. Lo irritante es que se me impida hacer lo puedo y quiero; el sentir la falta de aquello que me prohíben.

Tampoco basta ser libre por naturaleza, como quiere Aristóteles; también hay que serlo por merecimiento. Los atributos humanos, igual que los miembros corporales, hay que ejercitarlos con movimientos nuevos, de dificultad progresiva; de lo contrario se nos atrofian o los limitamos a funcionar sobre mínimos. Por consiguiente, se impone que los gobiernos democráticos faciliten el estímulo del principio de perfectibilidad que hay en cada individuo. Tanto vale decir que mejores ciudadanos hacen mejor democracia, como que mejor democracia hace mejores ciudadanos.

Un gobierno democrático bien intencionado no solo reconoce la libertad de los singulares, sino que también la protege regulándola y limitándola. Regulación y limitación, para que la libertad de los más débiles no sea absorbida por la de los más fuertes. La estima de la libertad de unos particulares hacia la de los otros es la medida del vigor de la democracia. Esta empieza a corromperse por la base cuando la mayor fuerza volitiva de unos disminuye la libertad de otros.

Los actos libres son actos racionales, pues el entendimiento y la voluntad actúan en un mismo momento indivisible, como la fuerza y el movimiento, como la luz y la visión. Por eso insisto en que las democracias deben ser educadoras de voluntades libres, pues la libertad no está asegurada por el solo hecho de vivir en democracia. La libertad está siempre en peligro, como lo está la democracia misma. Los pactos sociales deben moderar la libertad de gobernantes y ciudadanos, para que las decisiones de cada sujeto sean expresión de racionalidad y no de arbitrariedad.

Ahora bien, la racionalidad es universal por ser nota esencial de toda la especie humana. Por consiguiente, los programas educativos serán democráticos si se orientan hacia la superación de fronteras. Hay que asimilar los vientos que vienen de fuera, cuando son benéficos. Los nacionalismos y regionalismos, el aferramiento a la tradición y la obsesión por el problema de la identidad nacional suponen un regreso a los “ídolos de la tribu”. (Si quieres identidad nacional, crea productos que te identifiquen). El mejor y más democrático programa educativo sería el que se inspirara en las siguientes sentencias del Estoicismo: “Nosotros afirmamos que nuestra patria es el mundo”; “todos

venimos de los mismos orígenes y de los mismos principios”; nosotros veneramos la sociedad del género humano”. Así en un sistema educativo democrático deben convivir todas las tendencias doctrinales que no se opongan a la legalidad. Todas las verdades, las absolutas y las relativas, tienen el mismo derecho a competir en el foro común. El bachiller debería entrar en la universidad desalforjado de rémoras ideológicas y pseudomoralismos.

-Pero como siempre dominan los intereses, te expones a convertir las escuelas y universidades en un mercado ideológico.

-Si esa competencia, que tú comparas a la mercantil, es de niveles académicos, la acepto sin reservas.

-Siendo eso así, te hago una pregunta: ¿tiene derecho el Estado a entrar en esa competencia?

-Sí, pero con algunas cautelas. Los Estados, aunque sean democráticos, difícilmente refrenan su tendencia hegemónica. Opino humildemente que el Estado no es buen educador. Estado-Educación es un binomio forzado. Casi una antinomia. Solo en una región imaginaria cabe un Ministerio de Educación que sea solo de educación.

-¿No te parece que estás negando la libertad al mismo ente que te la protege?

-No le niego la libertad de educar sino la de intervenir en la educación. Con todo, tampoco quiero ser tan extremista que le niegue al Estado el Derecho a tener sus centros educativos, aunque sea en atención a una determinada clientela –siempre la hay- que quiere ser educada según la tendencia ideológica del Estado. Lo que yo niego con especial vehemencia es el derecho del Estado a imponer una epistemología de la educación. Porque los Estados también tienen especialistas adiestrados para fundamentar teóricamente el monopolio de la enseñanza; y su engañosa destreza consistirá en no aparentar que cumplen órdenes de un Ministerio, sino en demostrar que es deber del Estado establecer una “pedagogía oficial”. Dirán que la enseñanza es un servicio público; y que si tiene a su cargo otros servicios menos importantes que el de educar, con mayor razón debe intervenir en el desarrollo de las inteligencias.

-¿No te parece esta una buena razón?

-Me pare más bien una trivialidad, a la que respondo con otras trivialidades que los Ministerios de Educación no tienen en cuenta: que el Estado no es educador, sino garante de que las actividades educativas funcionen sin cortapisas; que para ser educador un Estado, debería ser depositario del saber universal, cosa que no solo no es, sino que sustancialmente no lo puede ser, pues su finalidad no es el cultivo del pensamiento sino la actividad política, la cual suele ser más rémora que estímulo  del desarrollo intelectual; que no es misión del Estado crear directrices de ciencia y opinión, sino disponer espacios para que éstas se desarrollen. En suma, los hombres de la política solo podrían actuar como científicos y humanistas colocando entre paréntesis sus propósitos políticos, según la sentencia de Einstein: “las políticas son pasajeras; una ecuación es para siempre”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

19

 

CONCIENCIA JURÍDICA

 

Don Victoriano estaba interesado en continuar sus argumentos sobre la democracia real. Para evitar que se me fuera por las ramas, me anticipé apenas terminados los primeros intercambios.

–Hay una idea -dije- que me punza la mente desde tiempo atrás.

–A ver…

–Es a propósito del protagonismo que tú das al individuo en una democracia real. Me pregunto qué actitud básica deben tomar los individuos para que una democracia sea lo más perfecta posible. Porque en libros, artículos y discursos no he visto más que nebulosidades.

El maestro, como en todas las preguntas que exigen concreción, se tomó su tiempo.

–Hombre… me pones en un aprieto. Las teorías son muchas y casi todas inútiles. Sin embargo, te daré una respuesta, que es mía y solamente mía; por tanto tampoco puedo garantizarla.

–Dila igualmente.

–El único signo de una democracia real es la conciencia jurídica de los ciudadanos.

La respuesta me pareció igualmente nebulosa, pero disimulé la decepción y proseguí.

–He escuchado tantas disertaciones sobre la conciencia, que no sé en qué sentido la usas.

— Es oportuna la aclaración. No empleo la palabra conciencia con suposición psicológica, es decir, como conocimiento reflejo del propio yo, sino como móvil próximo de la conducta jurídica del ciudadano.

–¿Qué se entiende, pues, por conciencia jurídica?

–Es la facultad que nos hace estimar la ley positiva como valor imperativo al que hay que ajustar nuestra conducta. Las leyes, en el supuesto de que sean justas, siempre encarnan valores morales.

–¿Cómo se manifiesta esa conciencia jurídica?

–Se descubre en dos momentos: el de la creación de la norma y el de su cumplimiento. El primero compete solo a los legisladores y el segundo a todos los ciudadanos, incluidos los mismos legisladores.

–Me interesa en especial la conciencia de los legisladores.

–Consiste en hacer valer su imperativo categórico, que en términos llanos podría sonar así: “redacta una ley positiva de tal manera que, de ser necesario, pueda convertirse en ley universal”.

–Un legislador cualquiera, de conciencia recta, ¿puede crear una ley de valor universal?

–En realidad no la crea. Las normas de valor universal están en la conciencia del legislador; él no hace más que expresarlas en términos jurídicos. Un legislador que apela a los principios universales del ser y del obrar, no se acoge a lo que él percibe como bueno o conveniente, sino a lo que debe ser según la razón práctica.

–¿Y la conciencia moral?

–También.

–Entonces conciencia moral y conciencia jurídica se identifican en la práctica.

–No exactamente; porque la conciencia jurídica pertenece al fuero externo y la moral al interno de la conciencia. En ciertas infracciones, alguien puede ser culpable en el fuero externo e inocente en el interno, y viceversa. Es decir, se puede ser jurídicamente culpable y moralmente inocente, y al revés.

–¿Por ejemplo?

–Quien comete un acto contra una ley que ignora es jurídicamente culpable y moralmente inocente, porque el Derecho no juzga las conciencias ni define la bondad o maldad de los actos, mientras que la moral, sí.

–Entonces, ¿por qué existen presos de conciencia?

–Porque puede haber leyes que comprometan la conciencia.

–¿Por ejemplo?

–La obligación de prestar servicio militar en tiempos de paz.

-Y si peligran la paz y la independencia, ¿es legal entonces obligar a tomar armas a los ciudadanos capaces entre dieciocho y cuarenta años?

-En estado de guerra no hay leyes; la ley es la voluntad militar; pero en situación de normalidad, las leyes deben garantizar que cada individuo pueda desarrollar su principio de perfectibilidad.

-Y si alguna ley se opone a ello, ¿es punible desobedecerla?

-La desobediencia a la ley es siempre punible, pero una ley que implique compromiso de conciencia es lícito eludirla, si se puede. En tal caso sigo la opinión de Kant, según la cual la finalidad del derecho consiste en preservar la libertad individual y social de un Estado, de tal manera que los individuos puedan, dentro del orden social, desarrollar el principio de perfectibilidad que reside en cada uno. Si esto se realizara en un sistema político estaríamos ante una democracia real.

–Esta opinión tuya es muy ambiciosa, y dudo que alguna vez llegue a darse. Pero ahora me viene a la memoria otro punto esencialmente relacionando con el derecho y la moral, que es la justicia. Mi profesor de filosofía en bachillerato insistía mucho en que el derecho y la justicia se identifican, en el sentido de que ambos consisten en dar a cada uno lo suyo. El derecho –decía- no es otra cosa que el suum de cada uno.

Es la clásica doctrina de los iusnaturalistas, que no difiere de lo antes dicho sino en la diferencia de enfoque. Dar a cada uno lo suyo implica que la libertad de unos no impida la de otros.   Si no me equivoco, la opinión que manifiestan las personas no instruidas acerca del Derecho es la misma de la que estamos hablando. Se opina sobre lo que está bien o mal hecho, sobre lo que es bueno o malo, sobre si “hay derecho” o “no hay derecho”, etc. Otras veces se relaciona el Derecho con lo que está permitido o lo que está prohibido

–Mi abuela, que era una mujer muy expeditiva, solía decir: “El Derecho no es más que dos cosas: lo que está mandado y lo que está prohibido”.

–Es una buena frase para que nos entendamos conversando por la calle –aclaró el maestro-, pero añadiendo que es más propio del Derecho mandar que prohibir. El Derecho no prohíbe expresamente nada; solo se limita a sancionar, bajo el supuesto –no expresado- de un deber ser. En la sanción van implícitos la prohibición y el mandato.

-¿Concuerdan con el Derecho las que llamamos vulgarmente buenas o malas

acciones?

–No. Los conceptos de bondad o maldad no son jurídicos sino morales. Pero eso sin perjuicio de lo que antes dije: que lo jurídico está en el género de lo moral. Por eso un juicio jurídico puede implicar, extrajurídicamente, una cualificación moral.

–¿Significa eso que en Derecho la moral no cuenta para nada? Lo pregunto porque hay sanciones por atentar contra la moral y buenas costumbres.

Esta expresión quedó como residuo de los códigos prenapoleónicos, inspirados en el iusnaturalismo. En cuanto a la moral, el Derecho la da por supuesta como contenido de la razón práctica. Es decir, que nada se sanciona porque sea malo en sí mismo sino porque contraviene una ley que ha sido promulgada por una supuesta voluntad buena.

–Por consiguiente en los códigos postnapoleónicos subyace una mentalidad kantiana: la ley no hay que cumplirla porque es buena o conveniente, sino porque es la ley. La ley por la ley.

–Así es. Según la razón pura, las acciones y las cosas no tienen cualidad alguna; las cualidades las asigna la razón práctica. Diciéndolo de otra manera: la razón pura te dice lo que son las cosas, y la razón práctica, cómo deben ser. La ciencias físicas y filosóficas nos hablan del ser, y las morales, del deber ser.

–Y si un legislador dicta una ley injusta, ¿habrá que cumplirla porque es la ley?

–Una ley injusta deja de ser ley porque contradice la razón práctica, según la cual las leyes se suponen fundadas en una voluntad buena. Si un legislador promulga leyes contra esa voluntad, serán rechazadas por la voluntad de los ciudadanos, que verán en ellas una incongruencia con la razón práctica.

-¿Y cómo se procede cuando una norma es dudosa?

–Dudosa, ¿en qué sentido?

–Cuando no se sabe si va o no contra la razón práctica.

–En principio, una ley contra la razón práctica solo es posible en un gobierno tiránico, donde las leyes son dictadas o interpretadas a conveniencia del tirano. Pero en circunstancias normales, es bastante excepcional que haya leyes dudosas. Y si las hay, la duda se resuelve por vía analógica según el uso del lenguaje y la intención del legislador, es decir, por el sentido común. Para casos muy especiales está la jurisprudencia y las técnicas de la hermenéutica jurídica.

–Se supone, en fin, según lo que has dicho, que en una democracia sana los ciudadanos deberíamos estar bien informados y convencidos de lo que esta noche hemos conversado; es decir, que deberíamos poseer una conciencia jurídica perfecta.

–No necesariamente perfecta; solo bastaría que cada ciudadano hiciera buen uso de su sindéresis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

20

 

LA VEJEZ

 

 

La haitiana me abrió la puerta con rostro compungido.

–El señor –dijo amortiguando la voz- está terminando su baño de después del paseo. Creo que es cuestión de pocos minutos.

–¿Qué le ha pasado a don Victoriano?

–Una caída. Yo siempre le advierto que no debe sobrestimar sus fuerzas, pero él es muy terco.

–Pero si puede bañarse él solo, significa que no le ocurrió nada grave.

De pronto apareció el maestro cojeando y enfundado en una holgada bata de toalla azul.

–Creo que no es nada –dijo adelantándose a mi pregunta-; solo he sufrido una torcedura de pie y unos cuantos rasguños. Lo importante es que no haya ningún hueso roto.

Le ayudé a sentarse, que hizo con alguna dificultad debido a la hondura del sofá.

–¿Cómo fue el incidente?

–Bajado una ligera cuesta al lado de un chalet en construcción, resbalé por unos restos de gravilla y rodé unos cuantos tumbos abajo.

–Dale gracias a Dios de que no te hayas roto un par de huesos.

–Sé que esto pudo haber ocurrido, pero debo aclarar que no es cierto que estoy sobrestimando mis fuerzas. Desde hace un año he reducido el recorrido acostumbrado a menos de la mitad.

–¿Y no sientes cansancio en ningún momento?

–Hago mis pasos a la medida de mi aliento. Si alguna vez siento fatiga, aminoro la marcha y recupero la normalidad.

–Tu médico y tus amigos, ¿no te han hecho recomendaciones?

–No soy amigo de consultas médicas si no es in extremis. En cuanto a los amigos, se me han muerto casi todos. Los tres o cuatro que me quedan están inutilizados, o por demencia senil o por accidente cerebral. El único amigo que me queda eres tú.

–Muchas gracias.

–Más te las doy yo a ti, por venir a mi casa y hacerme sentir menos solitario.

–Pero tú lees y escribes artículos; y esto es mejor ejercicio para tu cerebro que vivir rodeado de gente.

–Sabiendo que vivo en un cuerpo viejo, procuro cuidarlo lo mejor que puedo. Mis paseos diarios son parte de este cuidado. También sé que no puedo excederme en nada. Hace cuestión de unos meses tuve que renunciar a conducir de noche porque mi visión nocturna se ha reducido y sobre todo porque me deslumbran los focos de los que vienen en contra.

–¿Cuándo empezaste a sentirte viejo?

El maestro arrugó la frente y al instante temí haberle hecho una pregunta indiscreta. En realidad lo era, pero él respondió inmutable:

–Hacia los cincuenta años, cuando noté que ya no sentía la necesidad de subir las escaleras de dos en dos peldaños; antes de esa edad no tenía paciencia para subirlos de uno en uno. Sin embargo confieso que temo las molestias de la vejez que veo en otros, pensando que no andan muy lejos las que me han de venir a mí.

–A propósito: una de las expresiones que más me molestan es eso de “la tercera edad”.

–Yo también la detesto. Prefiero que me digan viejo a secas y sin eufemismos

-Desde Cicerón se ha escrito mucho acerca de la vejez y los métodos para prevenir sus molestias. ¿Conoces algunos más entre los antiguos?

-Debe haber varios, pero solo tengo noticia de dos de Roger Bacon, un franciscano del siglo XIII injustamente ignorado. Es lástima que no tengamos acceso a ellos. Uno habla del régimen general de los ancianos y los de edad muy avanzada (De universali regimine senum et seniorum); otro, quizá más interesante, sobre la retardación de la vejez (De retardatione senectutis). Sin embargo creo que su lectura no pasaría de satisfacer la curiosidad de cómo se reflexionaba en el siglo XIII acerca de la senectud; es decir, nada de interés actual.

-Y tú, ¿cómo lo reflexionas?

-Como hay que hacerlo ante las cosas que se fueron para no volver: acostumbrarse a vivir cada día como si fuese el último, apurándolo hasta la última gota. Lo bueno del viejo bien pensante es la estima que tiene de la vida, así como lo malo del joven es la inconsciencia con que la deja pasar.

-“Larga la ciencia, corta la vida” –se lamentaba Hipócrates.

–Pero lo peor de la vida es que es mucho más breve de lo que creemos.

-Explícate....

-Ocurre que solemos contarla desde la fecha de nacimiento.

–¿Desde cuándo, si no? ¿Habrá que descontar los años de la primera infancia inconsciente?

–No solo esos sino muchos otros de la etapa más plena de tu vida. Don Victoriano estuvo unos segundos interrogándome con la mirada.

–¿Cuántos años tienes? –preguntó.

–Cincuenta y cinco.

–Vamos, tú que eres buen calculador: a esos cincuenta y cinco, réstales un tercio. Alcé la cabeza y cerré los ojos por unos segundos.

–Dieciocho.

–Bien. Hasta cincuenta y cinco ¿cuántos van?

–Treinta y siete.

–Estos son los años que has vivido, y cuidado si no son menos…

–¿Me restas las horas de sueño?

–Esta es una parte de la resta. Suponiendo que duermes entre siete y ocho horas diarias, durante un tercio de tu vida estuviste en la intemporalidad, como bajo anestesia general, o como cuando estabas en el vientre de tu madre.

–Pero ¿es que dormir no es vivir? Schiller dice que el sueño es el plato más delicioso del banquete de la vida.

–A un poeta se le permite escamotear la realidad; pero dormir no es vivir a plenitud de consciencia. Si hablamos en términos poéticos, te puedo poner un ejemplo contrario: el

soneto “Al sueño”, de Lupercio de Argensola, cuyo primer verso dice: “Imagen espantosa de la muerte”.

-Durmiendo interrumpo mi vida, pero ¡qué deliciosa interrupción!

-Por otra parte, no la interrumpes solo durmiendo, sino también metiéndote en intrigas ajenas y estresándote por cuestiones que no te van ni te vienen. ¡Cuántas veces nos envenenamos discutiendo de política sin ninguna posibilidad de resolver nada! Añade a esto las horas que has pasado angustiándote por problemas de tu presente y las incertidumbres de tu porvenir. O en discusiones odiosas de las que has salido amargado por horas o por días. ¿Cuánto tiempo habrás consumido cultivando una amistad que solo te ha dejado sinsabores? Más los litigios familiares, las amarguras por la conducta de tus hijos que se niegan a aceptar los preceptos de tu generación. Nada de eso forma parte de una vida vivida para ti. En fin, si haces la cuenta de todos los incidentes que te han amargado la existencia, verás que has vivido muchos años menos de los que cuentas desde que naciste. Razón tenía Séneca: “No es poco el tiempo que tenemos sino mucho el que perdemos”.

-Algunos aspectos que has mencionado son propios de toda persona que trabaja para vivir. Supongo que desde que te jubilaste estás gozando más que nunca de la vida en plena consciencia de ti y para ti.

-Tienes razón. Además, en mi vejez he aumentado la capacidad de admiración ante detalles como el majestuoso vuelo de un gavilán; o me inclino para observar una disciplinada hilera de hormigas que van y vienen portando provisiones hacia su refugio subterráneo. La naturaleza te obsequia gratuitamente con admirables espectáculos, de los cuales solo nos damos cuenta cuando somos viejos y tenemos el ánimo en reposo.

-Te entiendo. Yo también he tenido que envejecer para darme cuenta de lo corta que es la vida. Cuando era estudiante los años no pasaban, y ahora vuelan.

-Es un ejemplo no científico de la relatividad del tiempo. Pasa lento mientras caminas hacia el logro de tus sueños, como el estuante hacia su graduación. La vida es larga para los jóvenes porque apenas la están comenzando, mientras los viejos la vemos corta porque estamos en el tramo final. Por eso nos aferramos más a la vida. Te soy sincero: amo la vida y temo la muerte cada día más porque cada día la veo más cerca.

-¿Qué opinas de lo que dijeron algunos filósofos, como Tales de Mileto: que no hay diferencia entre la vida y la muerte?

-Los filósofos tienen momentos en que desean más causar impresiones que expresar ideas. En nuestro caso yo me defiendo de temores pensando que la muerte es algo que ocurre a los demás. Creo que eso es lo que todos pensamos inconscientemente. Dijo cierto poeta en uno de sus epigramas que todos llevamos escrita en la frente esta sentencia: “Reo de muerte”. Pero, naturalmente, solo podemos verla en la frente de los demás. Tal vez por eso la imagen de la muerte nos preocupa menos. Quizá los demás animales viven más felices que nosotros porque no tienen noción de la muerte.

Dejé transcurrir dos semanas antes de reanudar las conversaciones. Se mostró contento de mi reaparición

-¿Qué tal? -le pregunté mirando el tensoplast con que llevaba envuelto el tobillo.

-Nada importante, un leve esguince articular. Tres semanas con este vendaje y luego podré empezar a caminar con paso moderado y solo por superficies planas.

-Saliste muy bien librado. Así que podemos continuar nuestras divagaciones en torno a los problemas de la vejez. No lo digo por ti sino por mí, que ya debo empezar a tomar precauciones.

-No hace falta que te anticipes; las irás tomando inconscientemente con los años.

-A veces me pongo pensativo preguntándome por qué vivimos contentos a pesar de que, como dijo aquel poeta, estamos condenados a muerte.

-Recuerda que el universo está integrado por sistemas inteligentes. Cada especie viviente tiene su modo de defenderse contra las penurias a que está expuesta. A pesar de que las mujeres conocen los riesgos de la gestación y los dolores de parto, siguen deseando tener hijos. El logos de la especie humana toma sus providencias en este caso y en otros semejantes.

-A este propósito, permíteme una digresión. ¿Será por eso por lo que sientes cierta querencia hacia los cementerios? Quienes te conocemos sabemos que en cualquier pueblo donde te encuentres de paso, no te pierdes uno.

-Sí, amo los cementerios porque son la única realidad permanente con que contamos. Que nadie me lo interprete como manía de viejo; el interés por los cementerios lo tengo desde muy joven. Me paseo por ellos y veo que las tumbas y monumentos no se construyen para memoria de los muertos sino para vanidad de los sobrevivientes.

-Otro salto en el tema: se dice que la vejez también tiene sus encantos y placeres, aunque distintos de los de la juventud y la madurez.

-Es un lugar común al que acudimos para resignarnos, pero con los años te montas tu rutina, y paso a paso, vas haciendo limpieza de complejos.

–¿Tienes tu propio método para vivir una vejez tranquila?

–Por supuesto que no. Solo procuro sentirme cómodo con mis años. Para nada me afectan sentencias como aquella de La Rochefoucault: “La vejez es un tirano que prohíbe bajo pena de muerte los placeres de la juventud”. A lo que Maurois añade: “Y nos quita los más vivos, que son los del amor”.

-Querrá decir el sexo…

-Es lo que se desprende de la citada máxima. Pero yo no creo que un autor de tanta nota como Maurois confunda el amor con el sexo. La cultura convencional ha sublimado la función sexual con el eufemismo de “hacer el amor”. Pero esta expresión no resiste el más elemental análisis, pues lo que se hace no es amor sino liberación de una pulsión que puede ir o no, acompañada de amor.

–Me recuerdas algunas imágenes de maduros play-boys, que suelen frecuentar lugares propios de la juventud, llevados de “tristes recuerdos del placer perdido”, como diría Espronceda; se visten a la moda juvenil, adoptan un lenguaje macarra y presumen de pasar de todo.

–Pero aún hay otras maneras más tristes de malvivir la vejez, como el caso que cuenta Balzac: un decrépito dueño de gran fortuna que se encapricha de una pelandusca de veinte años, a la que colma de regalos, hasta que un día logra de ella una triste concesión. Bajo promesa de nuevos encuentros, el viejo aumenta los regalos en cantidad y calidad, hasta caer en la ruina total. Muchos viejos se entregan a locuras

semejantes por no tener en cuenta la acción del “tirano” al que se refiere La Rochefoucault. A veces pienso que la factura que pagan los viejos por haber amado a

 

muchas mujeres, es la de seguir amándolas. O como decía Oscar Wilde: “lo peor de la vejez es sentirse joven”.

-En fin, los que estamos próximos a la vejez deberíamos aprender a ser viejos.

¿Sugieres algo?

–Lo primero sería procurar que la que vejez no te venza a ti sino tú a ella. No descuides tu físico. Pocas cosas hay más repugnantes que un viejo sucio y zarrapastroso.

-Muchos viejos dicen: ¿para qué acicalarme si ya no tengo que gustar a nadie?

–Se equivocan. Si no puedes gustar, trata al menos de no disgustar a los que conviven contigo. Si estás ilusionado con tus nietos, ¿cómo quieres que se te acerquen si les repugnas con tu desaliño? Si no estás impedido, busca una forma posible de permanecer activo. Una de las molestias para cualquier familia es el espectáculo del viejo tumbado en una cama o en un sofá. Tampoco te sientes en un banco de la plaza para hablar de enfermedades, médicos y medicinas con tus compañeros de edad. Si puedes, cultiva amistades de gente más joven que tú; te sentirás menos viejo.

El bueno de don Victoriano se olvidaba de que siempre fue hombre de pocos amigos, o tal vez de ninguno. Me atreví a recordárselo:

–Pero tú has hecho un gran cambio en este sentido. Cuando eras nuestro profesor, parecías más bien misántropo…

–Eran otros tiempos –interrumpió-; entonces llevaba la máscara de profesor, pero desde que me jubilé y me sentí libre de compromisos, ando por el mundo con mi propio rostro y digo lo que hay que decir sin ningún remilgo. He hecho, como es evidente, cambios físicos, pero han sido muchos más los psicológicos. Ahora me avergüenza la mentalidad que tenía a los sesenta y hasta setenta años. Creo que me he puesto al día, excepto en los ordenadores y teléfonos móviles.

–¡Cuántos cambios inimaginables hemos visto, incluso los que tenemos treinta años menos que tú!

–Sin embargo hay dos cosas que escucho casi literalmente desde hace más de ochenta años: una: “¿cuándo saldremos de esta maldita crisis?… ¡todo tan caro!”; otra: “yo no

sé adónde va a parar la juventud desvergonzada de hoy; en nuestro tiempo no éramos así, había más respeto”. Los mismos estribillos que deben venir de siglos atrás. Para terminar, quiero darte una receta válida para jóvenes y viejos, actuales y venideros. Es el Decálogo de Letamendi:

Vida honesta y ordenada,

usar de pocos remedios

y poner todos los medios

de no alterarse por nada.

La comida, moderada,

aire libre y diversión;

no tener nunca aprensión;

salir al campo algún rato,

poco encierro, mucho trato

y continua ocupación.

-Realmente parece escrito ayer, salvo eso de “vida honesta”…

–Para los lectores de hoy esta expresión requiere una pequeña exégesis. Hasta pasada la primera década del siglo XX, la “honestidad” era referida principalmente al uso y abuso del sexo. Eran antonomásticamente “pecados de deshonestidad” los cometidos contra el sexto mandamiento. Los médicos de la época victoriana, como Letamendi, creían que la continencia sexual era una conducta saludable para la juventud. Incluso se resiente de esa tendencia el mismo Gregorio Marañón, asegurando que el sexo es una “función de lujo”; que los jóvenes se infligen violencia física usando de él; que la plena madurez sexual no adviene sino pasados los veinticinco años. No sé si el doctor Marañón ignoraba que la plenitud cualitativa de los espermatozoides ocurre entre los dieciocho y los veinticinco años. De hecho, los bancos de semen no admiten muestras de donantes anteriores o posteriores a dichas edades. A la luz de nuevos experimentos y análisis, digan los especialistas en la materia su última palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

21

 

MEDITACIÓN

 

Habíamos pasado el día en una playa teniendo que saltar espaldas y piernas para conseguir un refresco, i ir al baño, o simplemente buscar un imposible espacio de un metro cuadrado donde tumbarnos sobre la arena. Formaba parte del grupo una chica argentina, que pasaba horas sentada sobre sus pies, erguida la cabeza, las manos apoyas en cada rodilla y los ojos entornados. Como soy curioso, no resistí acercarme y preguntarle qué clase de ejercicio estaba haciendo y qué significaba aquella postura. “No me jodas, estoy haciendo meditación trascendental” –respondió airada. Me pareció que era una buena cuestión para planteársela a Don Victoriano.

–La meditación trascendental –dijo- es una práctica oriental que viene de milenios. Pero como yo nunca he sentido curiosidad por asuntos orientales, no te puedo dar ninguna opinión. Pero en cuanto a la meditación –sin el aditamento de “trascendental”-, alguna experiencia tengo porque la he practicado por temporadas, cuando era joven, e incluso siendo menos viejo.

–Supongo que toda persona culta sabe lo que es meditar, pero dudo que haya muchos que tengan alguna idea de lo que significa “trascendental”.

–Es un adjetivo que tiene varios sentidos, pero para entrar en ellos…

-Preferiría –interrumpí- no adentrarme en ellos y limitarnos al sustantivo “meditación”, que es de uso muy común, e imagino que cada uno lo entenderá a su manera.

–Comprendo tu obsesión por ir al grano, pero tengo que aclararte que toda meditación tiene sus grados de trascendentalidad, aunque no en el sentido de los mandras hinduístas o budistas, que implican una cierta anulación de la mente.

–Quieres decir, en definitiva, que cualquier meditación es de sí misma trascendental...

Pero con diversos grados, según cómo cada individuo haya cultivado su mente.

–Explícame, pues, qué es la meditación y en qué consiste.

–No tengas prisa. Antes quiero que sepas estimar las ventajas de la meditación. La principal es esta: que el hombre no puede hacer nada más selecto y refinado que el acto de meditar.

–Pero, ¿es cosa para todo el mundo o solo para unos pocos de mente cultivada?

-En principio se requiere una innata tendencia a la observación y admiración.

-¿Y el que no la tenga?

-Tal vez podría adquirirla con cierto esfuerzo; el mundo está lleno de innumerables fenómenos naturales y artificiales que llaman la atención de las mentes observadoras. Todo cuanto acontece nos invita a reflexionar en vistas a entenderlo y sentirlo mejor.

¿Es necesaria también alguna predisposición emocional?

-En cualquier acto humano puede haber una intervenir la emotividad, pero las personalidades excesivamente emotivas tendrán que vencer muchos obstáculos para entrar en meditación.

–Entonces, ¿cuál es la mejor condición de ánimo?

–Te lo voy a explicar con una sentencia de Spinoza: “las cosas que hay en este mundo no son ni para reírlas, ni para llorarlas, sino para entenderlas.”

–Eso me suena muy austero.

–Lo es un poco, pero no lo tomes en un sentido muy esencialista. Conviene que entendamos el mundo, pero también es lícito contemplar las incontables escenas cómicas y trágicas que el anecdotario de la vida nos pone a la vista. En la actividad racional hay lugar para Horacio, para Sófocles y para Aristófanes. Meditar te enseñará a reírte de cosas que tal vez antes te preocupaban en exceso.

Dijiste algo sobre “sentir” en referencia a la meditación.

–Cierto. No solo se medita para entender sino también para sentir, a pesar de que cualquier persona está más capacitada para sentir que para entender.

Ahora sí, vayamos a la definición.

Pero no inmediatamente. Primero hay que detenerse en unas consideraciones previas para que te pongas en situación. Ante todo, el hombre que medita habla consigo mismo. Tal vez recuerdes del verso de Antonio Machado: “converso con el hombre que siempre va conmigo”. Es decir, te sumerges en lo profundo de tu intimidad, en todo aquello que no comunicarías ni a tus más íntimos allegados.

–Para eso se requerirá la soledad, supongo.

–No necesariamente. Pero sí es cierto que la meditación es el último refugio de quienes, por causas que desconocemos, están condenados a vivir en soledad. Sin embargo es posible, y hasta relativamente fácil, meditar dentro del bullicio y las multitudes.

–Me imagino que los taciturnos deben tener mejores facilidades para la meditación.

–Tal vez. Hay quienes no gustan de hablar con los demás, pero tienen sobrados argumentos para hablar consigo mismos. Pero lo importante para cualquier meditante son las ventajas que se siguen de este ejercicio. El meditante experimenta un aumento de su autoestima, no le afecta la murmuración ni la maledicencia, es menos propenso a padecer angustias o a caer en depresiones. Hay gran diferencia entre el hombre que medita y el que deja pasar de largo lo que acontece dentro de él y del mundo que le circunda. El primero se distingue por su ponderación e igualdad de ánimo; el otro, al contrario, se verá más expuesto a la precipitación y a conductas cíclicas.

–En resumen, se trata de la imperturbabilidad de los estoicos y epicúreos.

–Incluso hay una sentencia de Jeremías, que en nuestro caso no hay que tomar muy en serio. Dice: “totalmente desolada está la tierra porque no hay quien recapacite en su corazón”.

-Me suena hiperbólico…

–Obviamente lo es, como muchas sentencias bíblicas. Pero lo cierto es que hay personas que se han sensibilizado debido a su costumbre de meditar.

–A propósito: ¿quiénes son los individuos mejor capacitados para hacerlo?; porque no creo que lo pueda cualquier ciudadano de a pie. Se requerirá cierta disposición intelectual.

No precisamente. En principio, pueden meditar los sabios y los ignorantes, aunque el modo de hacerlo será distinto en ambos casos. Ninguna universidad enseña a los hombres a ser reflexivos. La experiencia nos muestra que la acumulación de títulos académicos no vuelve a las personas ni más cultas ni más sabias.

No deja de ser eso un consuelo para quienes no hemos meditado nunca ni sabemos en qué consiste.

–Por eso conviene que nos vayamos acercando más a la definición. Meditar está en el

género del pensar. Todo el que medita piensa, mas no al revés. Pero siguiendo la ley de contradicción, entenderás mejor lo que es meditar a través de aquello que no lo es. Ante todo, no es un pasatiempo sino una disciplina. No es entregarse a los recuerdos del pasado, ni montar redes de juegos imaginativos, aunque la imaginación y la memoria tienen un lugar adecuado en el acto de meditar.

–¿No será la meditación una especie de contemplación?

–A veces se usan como sinónimos, pero erróneamente. Meditar es un acto discursivo, mientras que contemplar supone un estado místico, y por tanto, un mayor grado de elevación espiritual. La contemplación profunda puede llegar al éxtasis, mientras que la meditación solo aspira a reposar la mente en un objeto que despierta curiosidad. Y a este propósito te aclaro que tampoco medita quien se ensimisma estudiando o investigando en vistas a establecer una hipótesis. Meditar no requiere ningún esfuerzo extraordinario de la mente ni de los sentidos.

–¿Qué es, entonces, meditar?

–Como los primeros que la cultivaron en sentido occidental fueron los monjes, todas las definiciones van enfocadas a obtener experiencias religiosas. Entre todas las

conocidas la mejor y más concisa es la de San Agustín: “meditar es elevar la mente a Dios (elevatio mentis in Deum).

–Entonces, meditar es un acto religioso.

–Según dicha definición, sí; pero podemos pasarla de contrabando omitiendo el último término. Lo esencial es elevar la mente, no importa hacia quién o hacia qué. De momento, descrismemos la definición de San Agustín sustituyéndola por esta: meditar es considerar atentamente un objeto determinado, con el fin de serenar la mente y tranquilizar el ánimo. ¿Te parece bien?

–Sí. Solo necesito que añadas alguna explicación.

–Con pocas bastará. Sólo hay que aclarar la especie, el objeto y el fin. La especie es la consideración atenta. Es importante la atención, para que no confundamos meditar con divagar. El segundo aspecto es el objeto, que puede ser una idea, un hecho, o una sentencia, o un pensamiento expresado en una frase corta. Por ultimo está el fin, el principal de los tres componentes, que consiste en serenar la mente y tranquilizar el ánimo.

Si no entiendo mal, meditar es un trabajo intelectual.

–Intelectual y volitivo, pero con especial énfasis en la volición. No hay que olvidar que el hombre no hace nada que no esté regido por su racionalidad, en este caso con especial acento en la voluntad, actuando con el entendimiento en un solo momento indivisible, como la fuerza y el trabajo, como el ojo y la visión.

–Ahora bien, quienes meditan, ¿lo hacen por instinto o por inclinación natural?

–No. Ni siquiera por “instinto intelectual”, como lo llaman algunos. El hombre es naturalmente un ser pensante, pero la inclinación a meditar no te la regala la naturaleza, porque, como hemos dicho antes, meditar es “considerar atentamente”; por tanto se requiere un mínimo de esfuerzo discursivo.

–Pero eso supone un aprendizaje, y para aprender se necesita un método. Por tanto, se nos presenta un problema de método, que es hoy día una de las cuestiones que más preocupan.

–Aquí no hay problema de método, porque meditar no es un trabajo académico. Cada individuo puede escoger el modo –para no llamarlo método- que mejor se acomode a sus capacidades.

–Con todo, el aprendiz de meditante tendrá que tropezar con algunas dificultades.

–Si el meditante tiene verdadero interés en la labor, las dificultades serán de poca monta. Más que dificultades, serán condiciones.

–Empecemos a enumerar.

–Para que la meditación sea posible, se requiere ante todo un actitud de ánimo muy particular, que yo llamaría disposición, en espera de otro término mejor. Entiendo por ello un estado psicológico de tal modo autoelaborado, que siempre se halle dispuesto a reflexionar sobre cualquier cosa, aunque sea irrelevante.Si eres buen onbservador, siempre hallarás algo que despertará tu interés.  

-¿Tendrá eso que ver con la "admiración" a  que se refiere Aristóteles?  

–Puedes tomarlo así si lo prefieres, pero nunca en vistas a perseguir un saber científico ni filosófico, porque los motivos que incitan al científico son de especie distinta a los del meditante.

–Pero yo insisto en las dificultades, que las debe haber, especialmente para los principiantes.

–Si te interesa meditar y aspiras seriamente a los beneficios que reporta, todos los obstáculos iniciales te parecerán leves. Insensiblemente irás contrayendo el hábito de reflexionar. Lo harás, de momento, solo superficialmente. La calidad de tu meditación crecerá sin que tú mismo te percates de ello, porque habrás adquirido lo que he llamado disposición, consistente en el hábito de observar y atender.

Don Victoriano me trajo a la memoria su costumbre, durante los paseos, de pararse a contemplar los pequeños fenómenos de la naturaleza, como el vuelo de un gavilán o la actividad de los hormigueros. Igualmente su querencia hacia los cementerios. Todo ello podría ser signo residual de sus pasadas meditaciones.

–¿Estás cansado? –preguntó ante mi silencio.

–¿Y tú?

–Empieza a ser hora de que lo estemos. Pero terminemos hablando de tres circunstancias relativamente molestas para el meditante. Una es el ruido del mundo y el trasiego de tantas actividades a las que necesariamente hay que atender. Imposible pensar en un recinto de paz adonde retirarnos para mantener la disposición reflexiva. Casi siempre tendrás que meditar teniendo por fondo el bullicio de los transeúntes, o de los motores, o de algún vecino que celebra su cumpleaños hasta las tres de la madrugada.

–Eso me parece una gran dificultad.

–Sin embargo, en nuestro mundo de civilización y progreso no es el silencio el único lujo espiritual que perdemos. Aunque pudieras pagarte un aislamiento total, de poco te serviría si en tu interior estás lleno de íncubos y fantasías. Es lo que le ocurría a Séneca: “A veces mi descanso es inquietante”; o a Virgilio: “Antes era insensible a los dardos, pero ahora, hasta la brisa me aterra”.

–O tendré que hacer como Ulises: taparme los oídos con cera para no sentir el clamor de las Sirenas –dije compitiendo en erudición.

–Otro obstáculo es la constancia. Se equivoca quien cree que basta meditar una vez o dos a la semana. Si no estás dispuesto a sacrificar media hora diaria, vale más que desistas. Si te propones meditar sólo durante los fines de semana, obtendrás el mismo resultad que los deportistas dominicales: un cansancio inútil aunque por parte del meditante sin peligro de colapso cardíaco. Es indispensable la regularidad diaria. Mozart confesaba que después de un día sin práctica, al siguiente sentía los dedos perezosos. Asimismo, el meditante que huelgue por un día notará doble dificultad al siguiente, sobre todo si es novicio en la labor, pues es más difícil sacudir la poltronería del ánimo que la de los miembros.

–¿Y la dificultad del tiempo?

–Te me anticipaste. Ésta es la tercera. En una sociedad frenética como la nuestra, sólo los pensionados disponemos de tiempo para meditar. Entiendo que los negocios, la familia, los compromisos sociales y hasta el tiempo necesario para el juego y la distracción son obstáculos reales, pero no tan agobiantes que no encuentres siquiera media hora para hablar contigo mismo

–Pero ponte en las circunstancias de un gran ejecutivo empresarial en cuya agenda no cabe ni media hora de quietud.

–Pero a buen seguro que la encontrará entera, y aún más, para dedicársela a su entretenida. La verdad es que todas esas excusas son falaces. Es imposible, por muy ocupado que tengas el día, que no puedas exigir media hora para dedicártela a ti mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

22

 

OBJETO Y FIN DE LA MEDITACIÓN

 

Sí, don Victoriano tenía razón. Por muy ocupada que esté una persona, es difícil que no pueda apartar media hora diaria para meditar. Solo veo dos dificultades: la constancia y la búsqueda del objeto de meditación.

-La constancia –dijo el maestro- es la misma que necesita un fisioculturista para mantener su performance o un pianista para no perder agilidad digital. En cuanto al objeto, la dificultad no está en la escasez sino en la abundancia; hay tantos que no te bastarían dos largas vidas para agotarlos.

-¿Cómo y dónde encontrarlos?

-Si no me quedo corto, los objetos solo pueden venir de cuatro fuentes: de la observación de la de las cosas y sucesos cotidianos, de las relaciones con otras personas, de las vivencias internas de cada uno y sobre todo de las lecturas. Por lo demás, cuando te hayas vuelto meditante experto, siempre llevarás las alforjas provistas de lo que necesites para la ración del día; porque el sujeto meditante no lo es exclusivamente en el momento en que medita, sino que su hábito de reflexión le acompaña de continuo, ya sea que trabaje o huelgue.

–¿Qué pasa con los que no leen nunca, o casi nunca?

–Es poco probable que deseen meditar; quizá ni siquiera conocen la palabra.

–Pero los ignorantes también piensan; ¿no habría que darles una oportunidad?

–Concedamos que sí. Ellos podrían valerse de alguna de las fuentes mencionadas; pero como el interés en meditar está conectado con noticias que generalmente vienen de las lecturas, es poco probable que puedan organizar un mínimo de reflexión. Si intentan abordar temas de la observación cotidiana, o de sus propias vivencias, hallarán un impedimento similar al de quien a duras penas sabe leer, pero no entiende lo que lee.

–Entonces, estos quedan descartados…

–No del todo, porque también los iletrados pueden tomar motivos de reflexión ante los acontecimientos noticiables, de los que se supone están enterados.

-Pero vayamos a la fuente principal, que es la lectura.

–Aquí la variedad es más extensa que la de los episodios noticiables; va desde la Biblia hasta el último número de cualquier prensa.

–Ponme algún ejemplo.

–Los intereses transitorios que despiertan las noticias sobre sucesos de gran impacto, como catástrofes, extravagancias de ciertos personajes, acontecimientos políticos, descubrimientos astronómicos, etc. Cada uno asimila esos hechos de una manera peculiar en su universo interior.

–¿No importa que sean reflexiones desligadas?

–La meditación no es un trabajo académico ni mucho menos científico. Al contrario, conviene hacerlo lo menos oneroso posible. Pero debo añadir que para crear el hábito de meditar no es suficiente esperar a que ocurran acontecimientos extraordinarios.

–Vayamos a los temas sacados de lecturas. ¿Cuánto hay que leer para que salte el objeto de meditación?

–Lo encontrarás en cualquiera de tus lecturas habituales; algo hallarás en ellas que llamará tu atención. El punto a meditar ha de salir como una chispa iluminadora; un párrafo corto, o tal vez una simple proposición. Detente allí y empieza tu labor, para que no se te vaya la media hora buscando.

–Ahora bien, como las posibilidades de lectura son tantas, sugiéreme algún título que me sirva de modelo, que abunde en temas concretos, para no andar vagando de libro en libro.

-Para empezar, te sugiero los opúsculos de Séneca, como De la brevedad de la vida, De la clemencia, De la vida feliz, o las Cartas a Lucilo. Si quieres algo más moderno, las Máximas, de La Rochefoucault. Solo con estos títulos tienes materia para lo que te resta de vida.

–Bueno, suponiendo que ya hemos encontrado el objeto, proponlo tú.

–Tomemos primero un modelo fácil, como la siguiente máxima de La Rochefoucault: Somos más perezosos de espíritu que de cuerpo. Aplicaremos la

memoria, la imaginación, el entendimiento y la voluntad. Empecemos por la memoria y la imaginación. Tratándose de una sentencia de autor reconocido, consideremos algo de su personalidad, no porque la sentencia crezca o disminuya según quien la dijo, sino porque esta noticia puede añadir nuevos motivos de reflexión. Aquí se trata de un personaje de los más altos abolengos de Francia. Su vida transcurrió entre empresas militares, lances amorosos, etiquetas cortesanas y una profunda querencia hacia la literatura. Era la figura central de las tertulias literarias que patrocinaba su amante, Mme de La Fayette. Por consiguiente entramos a meditar de la mano de alguien que almacena larga experiencia de primera mano sobre multitud de éxitos y fracasos, riquezas, lujos, placeres, etc. Con él nos enfrentamos al tema de la pereza espiritual. Pereza de pensar, de meditar…

–De pronto me sugieres algo concreto: mi pereza.

–Ahora, ahonda un poco más: te has hecho consciente de tu primer problema como meditante. Puesto que eres perezoso de pensamiento, te adentrarás en una especie de anámnesis acerca del tiempo y las ocasiones que has perdido de fomentar el principio de perfectibilidad que hay en ti. Ahora bien, se dice muy pronto que has sido perezoso de espíritu; si te percatas de que el pensar es el origen del hacer, sentirás que a lo largo de tu vida has perdido mucho más que un montón de meditaciones; has echado por la borda unas cuantas ocasiones de mejorar tu personalidad.

–¡Qué lástima!; tan corta que tenemos la vida y tan buenas ocasiones que desperdiciamos.

–Pero si tienes buena memoria, hallarás que lo corto no es tu vida sino los instantes en que la has vivido a plenitud. Es un tema que ya hemos tocado en una charla anterior.

–Lo recuerdo: decíamos que vivir no se cuenta desde la fecha de nacimiento.

–Justamente: entre un anciano que ha vivido mucho y otro que ha vivido muchos años, hay esta diferencia: el primero tiene memorias y el segundo solo recuerdos dispersos. El primero recuerda con satisfacción las realizaciones de su vida, mientras que el segundo disimula su nostalgia frívola diciendo: “¡Que me quiten lo bailado!”

–Seguro que no se lo quitan, porque ya se lo quitaron.

–La memoria del tiempo perdido es tanto más dolorosa cuanto más claro vemos que la pérdida de ocasiones no se debió a penuria económica, ni a falta de libertad ni a

obligaciones perentorias, sino a simple y lastimosa abulia.

–Ya veo que el curso de la meditación va por este estilo, pero ¿dónde está el sosiego que proporciona la meditación? Porque lo que yo siento ahora mismo, es todo lo contrario.

–Debes recordar que el sosiego es la finalidad de la meditación, y que las finalidades no se obtienen en el curso de la tarea, sino al final. Pero el sosiego no te llega espontáneamente; eres tú mismo quien debes creártelo. En nuestro caso, si continuamos profundizando, llegaremos a la conclusión de que, aunque los bienes perdidos sean irrecuperables, nos cabe la posibilidad de compensarlos corrigiendo nuestra pereza mental con la correspondiente diligencia.

–De la meditación, ¿hay que sacar conclusiones o basta con la tranquilidad de ánimo?

–Lo ideal es que saquemos ambas cosas. Pero te repito que meditar no es un acto académico; por eso no importa que no haya conclusiones. Tampoco es una tragedia que en lugar de sosiego te levantes con más dudas y ansiedades. Aún te queda el consuelo de haber ejercitado tu mente, que no es poca cosa. Si de tu meditación has sacado dudas, felicítate, porque quien duda es porque ha empezado a pensar en serio. Considera solo esto: has aplicado tu entendimiento, tu memoria y tu imaginación. Hecho esto, tu voluntad tiene la última palabra. Deberá decidir si en el futuro te conviene seguir cultivando las facultades donde yace tu principio de perfectibilidad. Aunque las realizaciones del futuro no están todas al alcance de nuestra voluntad, sin embargo de ella depende, y sólo de ella, que nuestros pensamientos sean nuestra mejor compañía cuando nos llegue la hora de la soledad.

Aunque escuchaba las explicaciones de don Victoriano con poco entusiasmo, todavía tuve la curiosidad de pedir que propusiera otro argumento, esta vez algo más complicado.

–¿Qué te gustaría? –preguntó.

–Una proposición corta, pero algo más compleja.

–Eso está hecho: El universo es infinito.

–Me gusta.

–Esta proposición, al igual que la anterior, es asertórica; puedes aceptarla o negarla. Pero tiene la dificultad de ir conectada con una interrogación: ¿puede el universo ser eterno, infinito?

–Aquí no hay mucho de donde pueda agarrarse la imaginación. Por tanto, no es un objeto para cualquier meditante; es necesario sentirse atraído por los misterios de la física, la astronomía o la filosofía.

–Sin embargo, no faltan entendimientos menos cultivados que sienten curiosidad por esos misterios. Además, ya sabes que el meditar no exige especulaciones de alta calidad. Basta que te sientas cómodo con el tema aunque no puedas profundizar en él.

–Vayamos, entonces, a la eternidad del universo ¿Qué dicen los astrofísicos?

–Nada; solo que al universo no se le ha encontrado el fin.

–¿Existirá algo que pueda llamarse eterno exceptuando a Dios?

–Has hecho una buena pregunta. Y si aún la quieres más concisa, vaya esta: ¿existe la eternidad?

–Otra vez con la Iglesia hemos topado, Sancho. Responde tú mismo.

–Por la infinitud del mundo se han preguntado, antes y después de Einstein, varios astrónomos y filósofos. Estamos ante la cara y la cruz de una moneda: la eternidad y la infinitud; dos palabras que a veces usamos como sinónimas. La pregunta, entonces, es esta: ¿qué es la eternidad? Ahora, responde tú.

–Así… improvisadamente, diría que es la misma infinitud; llamamos eterno a lo que no tiene fin.

–Me has dado una respuesta tautológica, y a la vez me has planteado otra pregunta. Empecemos por lo tautológico. Dices que eterno es lo que no tiene fin, lo cual, por economía, expresamos con el sustantivo abstracto de “eternidad”. Así que definir la eternidad como aquello que no tiene fin es tan tautológico como decir que lo finito es lo que tiene fin. Ahora bien, “eternidad” es un derivado del sustantivo latino aetas, que significa “duración”. Por tanto una definición de eternidad, si no buena, al menos pasable, sería esta: “eternidad es una duración sin fin”. He dicho “pasable” porque en su fondo tiene también algo de tautológico.

–Muy bien –respondí-; mi definición de eternidad es inválida porque es tautológica. Pero también dices que te hice al mismo tiempo una pregunta. ¿Cuál es?

–La misma que has hecho tú mismo antes: ¿hay algo que sea infinito, eterno?

–Según he oído desde mi juventud, el único infinito y eterno es Dios.

–Es cierto según la fe cristiana, y según el sentido que damos al sustantivo eternidad; pero no lo es en sentido lógico ni mucho menos ontológico. Porque, cuando hablamos de tiempo, espacio y seres infinitos, inconscientemente imaginamos una continuidad transcurrente que durará por los siglos de los siglos, o por milenios de milenios. Pero este concepto de eternidad es contradictorio, porque inconscientemente la estamos midiendo. Mientras la podamos medir por siglos de siglos o por milenios de milenios y proseguir en esta medición sine fine, igualmente le adjudicamos tiempo. Por tanto, mientras la llamamos infinita la hacemos finita.

–¿ Cómo definir, entonces, la eternidad?

La única definición que ha hecho fortuna es la de Boecio, que dice: “Eternidad es la total, simultánea y perfecta posesión de una vida interminable”. (Interminabilis vitae tota simul et perfecta possessio). Es una definición muy precisa y lógicamente bien acabada, pero Boecio la formuló en un contexto teológico, solo para definir la eternidad de Dios; sin embargo la podemos aplicar a la eternidad considerada en sí misma, fuera de Dios.

–Calificaste la definición de “lógicamente bien acabada”, por lo que deduzco que la das por perfecta.

–Lo es en su formalidad lógica, pero Boecio no se percató de que definía la eternidad de Dios en función del tiempo, es decir de la transucurrencia. Ahora bien, transcurrir es ser en el tiempo. Pero ser en el tiempo significa cambio e inestabilidad, notas que pugnan contra la idea que tenemos de Dios. Además, Boecio antepone al sustantivo “vida” el adjetivo “interminable”; pero la vida no es concebible si no es por etapas, edades; es una realidad que tiene un principio, una plenitud, una decrepitud y un término.  Por tanto la vida no puede asociarse a la eternidad. Resumiendo, todo lo que sea en alguna forma cuantificable no puede ser interminable. Cuando decimos que Dios “vive y reina por los siglos de los siglos”, sometemos a Dios a una medida sine fine, pero “medida” al fin.

Además, afirmamos que durante ese tiempo “interminable”, Dios vive y reina. Ahora bien, la vida y el reino, en un tiempo tan largo como tú quieras, son accidentes propios de los seres mortales.

-¿Cómo evitarías, entonces, estas contradicciones?

-Comprendo que al referirnos a Dios los antropomorfismos son inevitables; pero para no incurrir en contradicciones consagradas ya por el uso, yo propondría, si no fuese impertinencia, sustituir la palabra eternidad por la de intemporalidad.

-Y el concepto de “vida”, ¿con qué lo sustituyes?

-Queda eliminado por el de intemporalidad. Pero si no quieres prescindir de la palabra “vida”, cámbiala por la de “estado”; aunque te advierto que tampoco así eliminarás la idea de tiempo.

-Me confundes. ¿Hay que dar, entonces, por inválida la definición de Boecio?

-No, porque en ella se toma el concepto de eternidad por analogía de una supuesta duración infinita, y en este sentido la definición de Boecio es impecable. La limitación de nuestro lenguaje no nos permite prescindir del tiempo, por lo cual nos vemos obligados a explicar las cosas de la Divinidad analogándolas con lo mejor que hay en la naturaleza humana, como es la vida, el reino, la majestad, la reverencia, etc.

En estas reflexiones de Don Victoriano había algo que no me convencía, pero no encontraba cómo cuestionárselo. Tengo la impresión de que él también se daba cuenta de que no le seguía el discurso. Al fin rompí la pausa preguntándole cómo había que entender la intemporalidad, dado que al hombre le es imposible pensar desligándose del tiempo.

–No es posible definir la intemporalidad porque es un concepto negativo, y lo negativo no está en ningún género ni especie. Sin embargo cabe hacernos de él una remota idea al despertar de un sueño sin sueños, o de una anestesia general luego de una intervención quirúrgica. Durante esos lapsos, nuestra situación es como lo que era antes de nacer. Eso estar fuera del tiempo.

-Ahora me asalta una curiosidad: dado que no es literalmente cierto que Dios creó el mundo en seis días, ¿cómo hay que concebir el tiempo –o la intemporalidad- antes de la Creación?

–En esto debo acudir a la doctrina Escolástica: Dios es Acto Puro y Plenitud de Ser, lo cual implica actualidad y actividad creativa, de donde se sigue que es inconcebible un Dios en estado de reposo. Por tanto la Creación es inseparable de la esencia divina y en consecuencia, no tiene principio ni fin. Luego, Dios y el universo son intemporales.

Puedes añadir –ahora en términos newtonianos-, que Dios es Energía Pura en incesante actividad creadora. El universo, pues, no es una obra acabada sino una “energía” que se halla en continuo fíeri.

-¿Qué es, entonces, el Big-Bag, o el bosón Higgs?

-Son hipótesis de la especulación física, que si fuesen ciertas, se interpretarían como momentos inseparables de la Energía Divina, que es creadora ab aeterno. Si el hagiógrafo bíblico narra la Creación valiéndose de la expresión “en un principio”, es porque solo disponemos de figuras antropomórficas para expresar la idea de una acción creadora que no tuvo principio.

–Esto me suena a panteísmo puro y duro.

–No lo creo; me parece más bien un modo de explicar que la acción creadora es inseparable de la esencia divina. No es lo mismo identificación que inseparabilidad.

–Todas estas consideraciones me parecen un buen ejercicio de la mente, pero lo que no veo es la finalidad que buscamos en la meditación, que es la tranquilidad de ánimo. Al contrario, he sentido más bien fatiga y desconcierto.

–¿Esperabas llegar a conclusiones ciertas?

-No sé si ciertas o probables, pero al menos alguna donde descansar la mente.

Ten en cuenta dos factores: uno, que has meditado por  primera vez en tu vida. Meditar es un acto que requiere aprendizaje, y no hay aprendizaje que no produzca tedio y cansancio. En segundo lugar, lo has hecho llevado de mi mano, cuando la condición esencial del meditante es actuar sin colaboradores. Meditar es un acto íntimo. Por el descanso de la mente no te preocupes ahora; te llegará con la costumbre de meditar. No hemos entrado a fondo en ningún problema filosófico ni teológico; tus preguntas han fluido espontáneamente, sin ningún esquema previo.

–Por ahora, no veo cerca la tranquilidad de ánimo que se espera de la meditación, pero si encuentro cosas que me sorprendan, seguiré intentándolo.

-Mejor que la sorpresa, te conviene la admiración.

-¿Cuál es la diferencia?

–La sorpresa paraliza el entendimiento; la admiración lo impulsa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SENTIDO CRÍTICO NATURAL

 

Acudí a la siguiente charla sabatina dispuesto plantear una nueva perspectiva de pensamiento

–Aristóteles empieza su Metafísica diciendo que “todos los hombres, por naturaleza, desean saber”. No quiero enmendar la plana del filósofo, pero yo creo que esta afirmación no es del todo cierta. Más bien veo lo contrario; la inmensa mayoría de los humanos vive distraída y pasa de largo ante cantidad de fenómenos interesantes. Creo que el hombre desea, más que saber, estar informado. Y muchos, ni siquiera eso.

Don Victoriano se quedó por unos segundos con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados.

–Así lo creo también –dijo-, pero si no yerro, a juzgar por el verbo griego eído que Aristóteles emplea, tal vez no se refería propiamente al saber, sino a la percepción de las formas con el fin de aprehender la idea de las mismas. Claro que este verbo también significa saber, pero en una de sus últimas acepciones. Si el filósofo se refería al saber científico, no sé por qué no utilizó el verbo epístamai, que sería el propio para expresar el deseo de saber. Lo digo a título de comentario, sin pretensión de enmendar al Filósofo.

–Pero estas menudencias no interesan al mundo de hoy, que en su mayor parte prefiere más acumular experiencias que saber. Lo que hoy importa es el saber hacer y el cómo hacer. No interesa el qué ni el porqué de las cosas sino el para qué. Nos hemos vuelto utilitaristas

-Es cierto; el hombre ha sido siempre utilitarista, desde antes del utilitarismo doctrinario. Pero también ha habido filósofos –y muchos- que se han ocupado del saber por el saber sin atender a la utilidad práctica. Así lo verás si prosigues leyendo la Metafísica de Aristóteles.

–Entiendo que de la filosofía no se esperen utilidades prácticas, pero ¿es que ni siquiera experiencias?

–Depende de la idea que tengas de la experiencia. Si crees que solo se encuentra fuera de ti mismo, tu experiencia será siempre superficial. La mayoría de los científicos que solo experimentan se contentan con haber hallado el dato que buscaban.

–¿Te parece eso poco satisfactorio? Algunos han empleado su vida entera hasta encontrarlo.

–Pero también hay otros a quienes interesa más reflejar hacia su interior todos los conocimientos, ya sean teóricos o prácticos.

–No entiendo.

–Se trata de ir más allá de la satisfacción del hallazgo científico o técnico; es hacerse consciente del acto de indagar y saber. Quien reflexiona sobre algo, o investiga sobre cualquier hipótesis, hace continuamente un recorrido de ida y vuelta, de su interior hacia el objeto y del objeto hacia su interior. En el regreso al interior es cuando el sujeto pensante “metaboliza”, si vale decirlo así, las esencias de las realidades que ha aprehendido y las convierte en contenido intelectual. En esto consiste la experiencia del saber, la cual ocurre no solo en el trabajo científico sino en toda aprehensión sensitiva. El turista que entra en una catedral gótica y sale de ella cuando ya la ha visto, no experimenta lo mismo que el que se queda dentro por largo tiempo saboreando la emoción de lo que contempla. La curiosidad que despierta un eclipse de sol no es la misma en un astrofísico que en cualquier hombre de la calle.

–Veamos si te interpreto bien: quieres decir que el saber por sí solo no crea conciencia ni experiencia de saber; es preciso que la ciencia a la que te has entregado te imprima un carácter sui géneris. Es decir, que tu ciencia sea para ti lo que era la medicina para Marañón: no su profesión sino su vida.

–Creo que me has interpretado mejor de lo que yo me he explicado. El científico de vocación aprehende las esencias y las convierte en sustancia de su vida interior. En cambio, el que ignora de raíz una ciencia, pasa indiferente ante los fenómenos que atañen a esa ciencia.

En algunos de nuestros diálogos dijiste que el arte de enseñar consiste en fijar los conocimientos en la conciencia del que aprende.

–Efectivamente, aprender gramática es adquirir la conciencia del lenguaje. Y así ocurre en todos los aprendizajes. Quien aprende algo se hace analista de los objetos relacionados con lo que aprendió.

–¿En qué sentido dices “analista”?

–Es algo así como “hacerse crítico”, pero no solo en cuanto a lo que aprende sino en todo cuanto oye u observa. No hay posibilidad de entrar en la conciencia del saber si no es a través del sentido crítico.

–Entiendo que no se trata de una crítica en sentido vulgar, sino cartesiano, o kantiano.

–Buena observación. Si no me equivoco el inicio de la crítica científico-filosófica es la cartesiana. Me explico mejor. Un investigador no trabaja con la sola intención de averiguar la eficacia de su potencia intelectiva. Eso sería una actividad inane. Nadie emprende una labor si no es con la finalidad de ir más allá de sí mismo. Ninguna causa recicla sus efectos.

–Es decir…

-La duda es una prueba a la que te sometes; pero ningún investigador cartesiano se contentará con comprobar que su duda limita con el Yo consciente, sino que de inmediato percibirá la realidad del espacio y de los objetos en él contenidos. Dicho de otra manera: el límite de la duda cartesiana es el Yo pensante frente a la realidad objetiva. Tal es el inicio de la crítica.

–¿Así de sencillo?

–No es tan sencillo, porque ahí es donde empieza el problema gnoseológico. Ante la multitud y complejidad de los fenómenos observables, ¿hasta dónde llega nuestra capacidad de saber?

–Pero eso, ¿no es replantear los mismos problemas que hallamos en toda la historia de la filosofía?

–Sí, pero como ningún filósofo ha dado una respuesta definitiva, el planteamiento permanece. Por eso, todas las teorías filosóficas, desde Heráclito y Parménides hasta hoy, siguen siendo actuales y sostenibles. Diversos filósofos han construido su teoría del conocimiento, es decir, han querido investigar los límites del saber. Al principio, unos primeros sabios oscilaron en la perplejidad; después, según las tendencias de cada grupo, unos se estancaron en el escepticismo y otros en el dogmatismo, mientras otros grupos dispersos adoptaron el realismo o merodearon por diversos grados de relativismo.

–Sin embargo, hay cierto consenso en que el escepticismo y relativismo de los Sofistas rompieron con el dogmatismo de los filósofos anteriores, orientando el pensamiento hacia un criticismo nunca antes conocido como sistema.

–Esto es cierto, pero muchos historiadores de la filosofía han exagerado la calidad doctrinal de los Sofistas. Estoy más de acuerdo con el tratamiento que les dan sus contemporáneos, Platón y Aristóteles. Es bueno que nos preguntemos sobre los límites de nuestro entendimiento, pero no con un hipercriticismo que sobrepase el de Kant,

que es mucho decir. No podemos aspirar a un entendimiento humano que funcione como un reloj atómico, ni justificar el escepticismo por la historia de los errores, ni por el hecho de que los filósofos del mundo no hayan logrado ponerse de acuerdo. La razón humana es limitada, pero también debe tener un límite la duda. No por haber errado tantas veces hemos de dar el entendimiento por facultad inútil, refugiándonos en el escepticismo.

–Por otra parte, veo que los escépticos y relativistas acusan a la filosofía precartesiana de dogmatista, pero lo curioso es que ellos también tienen sus dogmas. Si establecemos que la mente humana es radicalmente incapaz de llegar a ningún conocimiento, ¿acaso no es eso también un dogma?

–Evidentemente que lo es. Como también es un dogma calumnioso calificar de dogmáticas a las filosofías precartesianas. Pero nosotros tenemos que responder con otro dogma: el escepticismo universal, es absurdo, contradictorio en sí mismo e imposible en la práctica. Absurdo, porque nadie que esté en sus cabales puede desconocer las verdades de evidencia inmediata; contradictorio, porque mientras afirma la imposibilidad de conocer, el escéptico adquiere conocimientos y discute sobre ellos; imposible en la práctica porque tú no puedes vivir de espaldas a las realidades que se imponen y te obligan a aceptarlas aunque teóricamente las niegues.

De las tres razones que has dado, sobran ejemplos. Sin embargo no hay filosofía posible sin una buena dosis de crítica; y digo “buena” porque la distancia que hay entre el escepticismo y el dogmatismo es tanta, que cabe un gran espacio para el criticismo moderado como término medio.

–Bueno, eso del término medio es una actitud muy aristotélica, pero al mismo tiempo bastante difícil de llevar en una discusión en que median fuertes intereses; y no me refiero solo a intereses pragmáticos, sino también al celo que cada pensador pone en la defensa de su teoría.

–A propósito: pienso que los dislates filosóficos vienen de la pasión que se pone en las controversias. Las discusiones apasionadas suelen terminar en posturas extremas, lo que hace que el término medio a menudo se convierta en un problema de cálculo. En las discusiones del Ateneo, casi siempre quedo con la impresión de que todos tienen razón, a pesar de que las posturas siempre terminan en cabos opuestos. ¿Encuentras tú un modo de introducir un término medio entre los extremos del dogmatismo y el escepticismo?

–En primer lugar, del dogmatismo a ultranza no cabe discutir, porque es una enfermedad incurable. Pero al escepticismo, es posible hacerle claudicar por medio de razones y hechos.

–Y ¿dónde hallaremos a un crítico tan agudo que logre abatir el pesimismo mental?

–No se requiere gran altura crítica, sino saber usar lo que yo llamo sentido crítico natural, que no hay que buscar en inteligencias privilegiadas, sino en la lógica natural que está en cualquier mente bienpensante.

–¿En qué consiste esa lógica?

En la estimación del valor de nuestros conocimientos ordinarios. Todas las inteligencias sanas conocen, por simple acto reflejo, el grado de certeza o racionalidad que hay en las cosas que se dicen y se hacen.

–Con esta especie de sentido común a que te refieres, pueden ser críticos todos los humanos que estén en sus cabales, desde el astrónomo hasta el pinche de cocina.

–Además es la única forma válida para que el escéptico reconozca la absurdidad de su postura.

–Ahora bien, ¿en qué proposiciones basas el sentido crítico natural?

–Sencillamente, en los primeros principios de la lógica y de todas las ciencias, como el de contradicción, de causalidad y los demás que ya sabes…

–Que son precisamente los que niegan los escépticos, fundándose en que todo principio debe demostrarse a través de otro, y de otro, en un proceso in infinitum, por lo cual –dicen ellos- no cabe más que renunciar a la posibilidad de obtener certeza alguna.

–Con eso te convencerás de que los hipercríticos son los que mayormente necesitan ser sometidos a crítica, haciéndoles ver que contra las verdades y hechos de evidencia inmediata, no valen argumentos. Además necesitamos de la crítica natural para retorsión argumentativa contra escépticos y relativistas a ultranza.

–¿Cómo es eso?

–Muy simple: ya que no se puede negar la eficacia de la razón si no es aduciendo razones, resulta que el escepticismo y el relativismo extremo están argumentando contra sí mismos. Inútilmente buscan razones para matar la razón.

–En resumen, lo que propones es cultivar un sentido crítico según la capacidad de nuestra experiencia.

–O si lo quieres simplificar más, una crítica que tenga como única referencia los primeros principios del saber, especialmente el de contradicción y los de causalidad y razón suficiente. Eso es –repito- lo que yo llamo sentido crítico natural. Con él podemos aproximarnos a la certeza, pero no a la absoluta –cosa imposible-, sino a la última probabilidad “funcional”, esto es, la que nos permita proseguir nuestro discurso a la medida de nuestras potencias, sin caer en contradicción.

–¿Debemos, entonces, contentarnos con la probabilidad, expuestos a continuos errores?

–Sí, pero generalmente subsanables.

Mientras regresaba a mi casa, pensaba que quizá Don Victoriano tenía razón; los filósofos no deberían estresarse tanto por el problema de la verdad y la certeza. Deberían contentarse con la especie que cada objeto puede dar de sí mismo. No todos los objetos son igualmente inteligibles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

24

 

¿FELICES O CONTENTOS?

 

 

Cuando llegué a su casa estaba sentado y mascando no sé qué con la copa en la mano. Mientras me acomodaba, llenó la mía y me la ofreció acercándome la bandeja.

–Vamos, -dijo- en tono de chanza; celebremos el aniversario.

–¿Qué aniversario? -pregunté extrañado.

–¡Hoy es el día de la Victoria! ¿No lo sabías?

–Ah, -dije cayendo en la cuenta-; ahora entiendo el porqué del poco tráfico que encontré en el camino. Prefiero no tocar el asunto.

-Pues bien, ¿qué me traes hoy?

–En realidad ningún tema concreto, pero puestos a conectar con la última conversación, empiezo remitiéndome a mis tiempos de estudiante, recordando las tertulias que hacíamos en algún bar de las Ramblas o en el Ateneo Barcelonés. Estaba de moda el existencialismo sartriano con cierta mezcla de elementos freudianos: la angustia, los actos fallidos, la frustración de la libertad y otros temas que ya sabes.

-Pienso -dijo el maestro- que aquellos aprendices de existencialismo estaban muy poco convencidos de lo que decían. Sus discusiones eran más bien “pose esnobística”. El existencialismo sartriano se trivializó convirtiéndose en moda intelectual vigente durante unos veinte años. Hoy solo perdura en los estudiosos de Heidegger, creo que solo para contribuir a la historia del pensamiento. No digo que ésta sea su intención, pero sí supongo que en eso terminan sus trabajos. Por lo que a mí toca, pienso que a pesar de nuestra pobre cuota de libertad, no hay razón para dramatismos. Con nuestras falencias y todo, podemos vivir, si no felices, contentos al menos.

–Lo cual significa que, así como se puede hacer filosofía barata en general, también existencialismo barato.

–No solo existencialismo sino cualquier otro sistema de pensamiento. En toda teoría filosófica hay unos desperdicios que sirven de entretenimiento a las mentes pobres que no tienen nada que añadir.

–Permíteme una pequeña digresión. ¿Qué pasa si nos olvidamos de la libertad y recordamos a los antiguos filósofos moralistas cuyo ideal consistía en la búsqueda de la felicidad? Porque si bien razonamos, la felicidad debe incluir el uso del libre albedrío

en su máximo alcance.

-Entrarías en una complicación tan inútil como la anterior, porque así como la libertad plena es imposible también lo es la felicidad.

–Si quieres le doy otro giro a la pregunta: ¿se puede disertar seriamente sobre la felicidad?

Don Victoriano hizo un chasquido de impaciencia y movió las manos como buscando una respuesta.

–Felicidad es una de tantas palabras que se dicen mecánicamente. Procedamos como otras veces hemos hecho con la idea de libertad. Así como se nos ha dado de ella una pequeña parcela en forma de libre albedrío, se nos concede una mínima dosis de felicidad que yo llamaría contentamiento, en espera de un vocablo mejor. En resumen: yo no aspiro a la felicidad porque es imposible, pero me conformo –estoy contento- con lo que la suerte me depare.

–Pero quien está contento es feliz…,¿o no?

–No, porque la felicidad supone plenitud de goce permanente en todos los momentos de actividad corporal y espiritual según lo humanamente alcanzable, mientras que estar contento es complacerse en las pequeñas o grandes y satisfacciones transitorias. La felicidad es para toda la vida -de lo contrario no sería felicidad-, en tanto que el contentamiento es provisional e intermitente, según vengan los acontecimientos. Hoy estamos contentos y mañana tristes. En la Biblia hay un salmo en que se reflexiona sobre la condición humana, y en cierto momento dice el salmista: “por la noche me domina el llanto y por la mañana la alegría; pero en uno de mis arrebatos digo: desde ahora jamás cambiaré”. ¿Queda clara la diferencia?

–Completamente. De lo cual deduzco que hablar de la felicidad es hacer literatura.

–Ni más ni menos.

–Entonces todo lo que escribieron sobre la felicidad los filósofos griegos, sobre todo los estoicos y los que yo llamaría platónicos menores, fue desperdicio.

–Yo no diría tanto. Hay que distinguir entre las diversas escuelas. Los estoicos tienen sentencias sobre la felicidad que son definitivas, aunque algunas impliquen una mínima dosis de renuncia. Pero sin entrar en detalles quisquillosos, te digo, en resumen, que cada época habla de lo que siente y piensa, y en todas ellas ha habido temas y problemas filosóficos que se convirtieron en cuestión palpitante, más o menos prolongada; luego el tiempo hace su criba y solo queda la materia útil para proseguir el discurso.

–Al fin de cuentas hay que dejar que todos hablen de la felicidad sin saber lo que dicen, pero permitiendo que cada uno lo entienda a su manera. De esto tomo pretexto para llevar el asunto al plano de la trascendencia. Conozco tu talante entre relativista y determinista a este respecto, pero igualmente te hago la pregunta: ¿incluyes o excluyes la felicidad post mortem?

Terminó de masticar unos frutos secos, apuró la copa casi entera y se limitó a decir:

—Este es un tema para especular y discutir en otra ocasión. La filosofía, cuando no está al servicio de la teología, no tiene derecho a inmiscuirse en misterios sobrenaturales.

–Ahora bien, dado que según has dicho, podemos vivir contentos con nuestro pobre libre albedrío, si pensamos roussonianamente, estamos restringidos por la sociedad, que tiende a corrompernos, con lo cual se crea una especie de antinomia entre libre albedrío y sociedad.

–Aquí no hay ninguna antinomia, sino una consecuencia que debería darse si viviéramos en una sociedad bien gobernada. La libertad y el libre albedrío son atributos inherentes a la racionalidad, que solo pueden desarrollarse viviendo en sociedad. Vivir en sociedad supone unas condiciones de convivencia, pero no represiones. No es la sociedad quien reprime sino los gobiernos. Estos dos elementos, gobierno y sociedad, sí que pueden convertirse en antinomia, como ocurre en los regímenes tiránicos.

–Pero en cualquier caso se puede presentar un conflicto entre individuo y sociedad, en que a menudo la libertad queda comprometida.

Hubo una pausa incómoda porque Don Victoriano callaba y me miraba con gesto que no supe interpretar. Probablemente no tenía nada que añadir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SENTIDO DE LA VIDA

 

Justamente hoy se cumplen veinticuatro años de la muerte de mi mejor amiga. No volveré a conocer otra alma tan delicada y discreta como la suya. En mis horas bajas, ella era mi diván, y todavía lo es. Solo Dios sabe cuántas cosas dejé de decirle y preguntarle, por desidia. Hay quien opina que es casi imposible una amistad entre hombre y mujer sin que haya sexo. Si eso fuera verdad, en aquel caso fui la excepción. Ante su presencia, el sexo era lo último en que yo podía pensar. Además, si lo hubiese habido, no me sería tan sedante su recuerdo. Así se lo contaba a Don Victoriano cuando de pronto me interrumpió:

–¿Has leído las cartas de Séneca a Lucilo?

–No.

–Te recomiendo la que le escribe a propósito de la condolencia por la muerte de un amigo. En varias de esas cartas hay referencias a la muerte, que son una verdadera tanatoterapia. ¿Murió muy joven tu amiga?

–Relativamente; tenía treinta y siete años. Ocho más que yo.

–Como veo que aún te duele su muerte, te aconsejo este pensamiento: lo que vale de una vida no es la duración sino la plenitud. Por otra parte, no importa cuán pronto nos vayamos de este mundo, de donde seguramente nos tenemos que ir.

–No es gran consuelo el que me das.

–¿Es que prefieres una vida larga antes que plena?

–Yo preferiría ambas cosas, pero comprendo que no somos los rectores de nuestra vida. A ella le tocó una leucemia y tuvo que irse antes.

–Pero vivió treinta y siete años y según veo, aún está contigo. Yo tuve amigas que sobrepasaron los ochenta, pero ya eran difuntas antes de morir. Una de ellas me preguntó pocos días antes de irse: “¿Te acuerdas de lo felices que éramos?”. Y Yo le pregunté: “¿Te has olvidado de lo infelices que somos?”.

Don Victoriano cabeceaba con sonrisa de resignación.

–Reniego de mi estupidez por no haberme aprovechado más de su sabiduría, pudiendo hacerlo.

–También es posible que te haya sido arrebatada a tiempo de que aprendas cuánto hay que estimar una vida más llena de sentido que de años.

–Fue una mujer sabia, pero también fuerte porque tuvo que superar muchos embates.

–Más a mi favor y al tuyo; porque si esa mujer murió a los treinta y siete llena de sabiduría y fuerza, su vida no fue larga, pero fue grande para ti. Así que tienes que dar gracias a Dios por haberte regalado una amistad de breve duración pero gratificante de por vida. Al menos tienes a quién recordar para tranquilizar tu ánimo.

–Y tú, ¿no habrás tenido algún amigo o amiga cuyo tránsito te haya dolido  como a mí?

–Casi todas mis amistades se murieron. El último que murió me dejó un recuerdo más bien inquietante. Los dos teníamos la edad que tienes tú ahora. Su mujer, después de varios meses de sufrimientos, se la llevó un cáncer de páncreas. Era un hombre pobre de espíritu, cuyo sostén era su esposa, un ama de casa dulce y fuerte como la que describe Gabriel y Galán. El hombre cayó en una depresión tan profunda, que pasó todo su primer año de viudez postrado y llorando, lamentando la ausencia de su mujer. “Sin ella, mi vida no tiene sentido” –repetía de continuo. El infeliz terminó haciéndose pesado y sus amigos le fueron espaciando las visitas. Como vivía en un bloque de apartamentos a las afueras de la ciudad, le aconsejé que saliera a pasear y tratara de distraerse, pero fue un mal consejo. Un domingo por la noche no se presentó a cenar. Al día siguiente sus hijos encontraron jirones de ropa y fragmentos de miembros esparcidos a lo largo de cien metros de la ferrovía cercana a su casa.

–Debió ser terrible. ¿No te quedó sentimiento de culpa?

–Ninguna. Con mi consejo o sin él había sucedido lo mismo. Cuando el suicida llega a la madurez de su decisión, es cuestión de momentos que la ejecute.

–Ahora bien, si hemos de creer el sentir común de la calle, ese amigo tuyo se suicidó porque sintió que su vida ya no tenía sentido. A este respecto tengo dos preguntas: una,

¿en qué consiste el sentido de la vida? Otra, ¿es necesario que la vida tenga un sentido? La inmensa mayoría de los ciudadanos vivimos sin preguntarnos qué sentido tiene vivir. En mi opinión es una pregunta inútil. Creo que es un problema que se han inventado los existencialistas. Quien se suicida es porque ha perdido algo más que el sentido de la vida.

–El estado anímico del suicida será siempre una incógnita, pero lo más incógnito es el instante último en que pone en acto su decisión. Ni el mejor de los psiquiatras conocerá nunca el último “porqué” del paciente que se le suicidó. Tampoco me tomo en serio esas fabulaciones sobre la angustia existencial y el sentimiento de frustración por nuestra finitud. Yo me siento contento por el solo hecho de vivir la vida. Lo que me pregunto no es el sentido de la vida sino el de quitársela: cambiar un sinsentido por otro.

–Eres demasiado expeditivo. Se conoce que has llevado una vida tranquila y sin preocupaciones

Algunas he tenido, pero ninguna tan grave que solo la muerte pudiera resolver.

–Ahora, para ser más exactos, ¿qué significa perder el sentido de la vida?

–Te digo mi opinión prescindiendo de otras más complicadas: la vida pierde sentido cuando todos tus caminos conducen a un dilema en el que ambos términos son fatales.

–En tales extremos, ¿justificas el suicidio?

–A justificarlo, no me atrevo; lo único que puedo es comprenderlo.

–¿Qué opinas de los existencialistas que se muestran partidarios del suicidio?

–No conozco a ninguno que proponga esta salida como solución. El que está más cerca de cierto “panegírico suicida” es Camus. Después de todo, sospecho que en el pensamiento existencialista sobre el suicidio hay mucho más de pose literaria que de argumentación filosófica.

–Pero parece que en el caso de Albert Camus el propósito iba más en serio, a pesar de que en su obra también hay mucha sobrecarga literaria.

–Bastante me acuerdo del bum-bum periodístico en ocasión del accidente en que murió. No pocos creyeron que había querido predicar con el ejemplo, pero lo que técnicamente se demostró fue la muerte por accidente. De hecho, siendo un escritor joven, premio Nobel y en la plenitud de su fama, dudo mucho que se suicidara por motivos filosóficos.

–Sin embargo él decía que el único problema filosófico real y verdadero era el suicidio.

–Camus dijo muchas frases buenas, pero también algunas vacías, con la sola finalidad

de épater le bourgeois. La que has mencionado es una de esas.

–En definitiva, ¿cuál es para ti el filósofo que mejor ha hablado sobre el suicidio?

El único que habló claramente y sin ambigüedades fue Séneca.

–Precisamente el que predicó con el ejemplo.

–Exacto. Se suicidó anticipándose a los designios de Nerón, quien había decretado su muerte por suponerlo implicado en una conspiración. Séneca sabía que si esperaba la sentencia, el emperador le haría morir pasando por todos los suplicios. Por eso se le adelantó procurándose él mismo una muerte más benigna. Por lo que se refiere al ejemplo de su vida en general, fue hombre rico y amante de lujos y buenos vinos, mientras en sus escritos morales predicaba la austeridad y el contentamiento con lo estrictamente necesario. Lo cual no disminuye el valor de sus consejos, pues en ellos se habla del deber moral, no de la vida privada de un moralista.

–Eso significa que Séneca recomendaría el suicidio en casos extremos, prescindiendo del estado mental del suicida.

–No solo recomienda el suicidio ante la adversidad presente e invencible, sino también frente a la simple sospecha de fatalidad. Si prevés –dice- que la fortuna te ha de ser adversa, búscate la “salida”. No hace falta que esperes al verdugo pudiéndole ahorrar el trabajo. Tal era uno de los consejos que daba a su discípulo Lucilo, juntamente con otras reflexiones, animándole a no temer la muerte. Por eso, visto el contexto en que se expresa su opinión favorable al suicidio, la entiendo más bien como una terapia ante el miedo a la muerte. Una “tanatoterapia”.

–Pero sus reflexiones resultaron proféticas para él. Yo veo su suicidio como un acto de valentía, aunque debe ser más fácil tomar esta decisión a una edad avanzada como la suya que en la plenitud vital de un hombre de acción.

–Sin embargo, sostiene que una muerte no es más lamentable en plena juventud que en edad bien avanzada; porque, puesto que todos tenemos que hacer la misma travesía, carece de importancia el hecho de llegar a término antes o después.

–No me convence mucho el argumento.

–Naturalmente que no –te respondería el filósofo-, mientras tu salud sea buena y disfrutes de una vida digna. La vida vale la pena en tanto que se pueda vivir dignamente, a menos que te contentes con una vida como la de las plantas.

–Me parece una teoría muy simple, y muy cercana al existencialismo sartriano y camusiano, con la diferencia de que para Sartre y Camus todos vivimos mal por el solo hecho de vivir. Ahora, ¿qué sería para Séneca vivir bien?

–Lo que acabamos de decir: vivir dignamente. Ello implica lo mismo el aspecto físico que el moral. Quien por circunstancias insuperables, se ve reducido a un estado de esclavitud, que se olvide de justificar el miedo y se lance a la “liberación”.

–Pero hay que tener en cuenta que mientras hay vida hay esperanza. Un esclavo optimista puede confiar en un “golpe de fortuna”, que siempre es físicamente posible.

¿Qué respondería a eso Séneca?

–Que aunque eso fuese verdad, hay que calcular el precio que pagarías por un golpe de fortuna, que no sabes cuándo llegará, si es que llega. Por otra parte, habida cuenta de la cortedad de la vida, unos pocos años más no compensarían la larga angustia de una esperanza incierta.

–En resumen, Séneca parece estar de acuerdo en que, cuando la vida carece de sentido, es preferible buscar la “salida”. Sin embargo, a las alturas de nuestro tiempo una conversación como la que hemos tenido conduce a un tema nuevo acerca del dilema de “ser o no ser”. Me refiero a la eutanasia; algo que Séneca tal vez ni llegó a sospechar, al menos en la forma en que hoy la entendemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

26

 

EUTANASIA

 

No sé qué más puede decirse de la eutanasia que ya no se haya dicho, no solo por juristas, teólogos y filósofos, sino por cualquier hombre de la calle. La eutanasia al igual que la anticoncepción y el aborto, está entre esos temas sobre los que cualquiera se siente en condición de opinar, algunos con extremo rigor y otros bajo la consigna de que cada uno es dueño de su propio cuerpo, sin más límite que el que impone la estimativa natural.

–En toda controversia –dijo Don Victoriano- hay que empezar buscando el término medio.

–El cura de mi parroquia dice que la eutanasia y anticoncepción son una contravención de las leyes naturales. ¿Qué piensas de eso?

–Que la analogía no es válida para todos los casos. Si lo fuera, sería inmoral desviar el curso de un río para evitar que inunde viviendas y terrenos de cultivo. La naturaleza no es perfecta; el hombre es libre de corregirla, si puede hacerlo sin causar daños a terceros.

–Considerando la eutanasia como un problema en discusión, encuentro una laguna en la Declaración Universal de los Derechos Humanos: debería figurar un artículo declarando el derecho a tener una muerte digna.

–Es una buena idea. Redacta una proposición en forma y difúndela.

–La eutanasia, ¿es un problema de la modernidad o de siempre?

–Creo que de siempre, aunque entendido diversamente. Platón echaba de menos una base jurídica para dos fines: dejar morir a los deficientes de cuerpo y mente, y ajusticiar a los ”perversos de alma” para beneficio de los ciudadanos física y moralmente bien constituidos. De modo semejante pensaban los romanos: inducían a los ancianos, minusválidos y enfermos incurables a tomar la cicuta, que era la forma más piadosa de morir. No se buscaba lo humanitario sino lo pragmático.

¿Y qué pensaban los sabios del Renacimiento?

–Había dos tendencias: la de los moralistas conservadores, cuya opinión ya puedes suponer, y la de los racionalistas. Quien más se acercaba –casi se identificaba- con la mentalidad moderna era Francis Bacon, quien recomendaba a los médicos atender al derecho de los enfermos irreversibles que solicitaban anticipación de una muerte digna. Tomás Moro, a su vez, instaba a magistrados, médicos y sacerdotes a que convencieran a los pacientes terminales de que “no hay que tratar de sobrevivir a la propia muerte”, Imponiendo una carga inútil, no solo a sí mismos sino también a sus familiares y circunstantes. Más cerca de nuestro tiempo, ya conoces las teorías raciovitalistas de Schopenhauer y Nietzsche.

-Hay jurisconsultos españoles que han sugerido una reforma del Código Penal a favor de la eutanasia indirecta. No entiendo tanta reticencia frente un clamor que se está convirtiendo en vox populi.

–Tal vez la voz del pueblo no es tan clamorosa que como creemos. Por lo general, los legisladores no suelen tener prisa. La necesidad de crear una ley no se determina sino a través de largas deliberaciones. Por eso las leyes suelen ir a la zaga de los hechos. La misma suerte corren los procesos judiciales, que solo terminan en sentencia cuando, evacuadas las pruebas, ya no queda más materia de deliberación. Por eso la justicia es lenta y casi siempre llega tarde.

– Según la jurisprudencia romana, el derecho proviene de los hechos, pero ¿cuántos hechos tienen que pasar para que el legislador decida regularlos?

–Los suficientes –no sabemos cuántos- para que lleguen a formar un conflicto social.

–Pero hay muchos hechos cuya conflictividad los legisladores podrían prever por intuición natural.

–Eso es admisible como teoría, pero las leyes no se pueden formular con suposición de futuro. Además la tardanza en dictar leyes se debe a que los legisladores, al igual que todos los abogados, deben ser analistas de palabras y de hechos; lo que significa que la formulación de unas leyes requiere varias sesiones de consulta y discusión.

–Bueno, admitamos que así debe ser. Entonces ¿cuál es el problema semántico que hay en la eutanasia?

-Que eutanasia –euthanátos– significa buena muerte. Pero “lo bueno”, en cuanto que encarnado en los artículos legales, es un concepto apriorístico que no entra en la competencia del derecho sino de la moral. Pero como el derecho está en el género de la moral, los legisladores tienen que estar seguros de que la eutanasia se ha impuesto como imperativo moral en la mayor parte de la sociedad.

–Ahora bien, todo el mundo sabe por intuición en qué consiste la buena muerte, pero falta saber el concepto riguroso que de ella tienen los juristas. O mejor planteado: ¿en qué consiste, para ellos, la eutanasia?

–En cualquier acción u omisión intencionada que acelere el proceso terminal de un moribundo, con el fin de mitigarle los dolores.

¿Qué diferencia hay entre eso y el asesinato?

-Déjame precisar mejor. Hay dos clases de eutanasia: la directa y la indirecta. Es directa la que va encaminada expresamente a producir la muerte del paciente mientras que la indirecta solo procura aliviar los dolores de la agonía, aunque ello suponga un acortamiento de la vida del paciente.

–¿Puedo definir la eutanasia indirecta diciendo simplemente que consiste en la omisión de medios extraordinarios para prolongar la vida?

–Siempre y cuando tengas en cuenta que hay medios que en un tiempo fueron extraordinarios y hoy día ya no lo son; o bien cuando se trata de medios ordinarios que sean eventualmente inaccesibles.

–Ahora bien, sabemos que hay opositores de la eutanasia; la principal, creo, es la Iglesia Católica. ¿Sabes qué razones aduce para prohibirla?

–Algunas. La primera es que el respeto a la vida es un principio que no admite excepción; solo Dios es dueño de las vidas. Otra, que la voluntad expresa del paciente no justifica la eutanasia. Una tercera es que los dolores terminales del enfermo tienen un sentido sobrenatural que hay que tener en cuenta. Finalmente, que la eutanasia es un doble crimen, porque no solo acorta la vida natural del moribundo sino también la espiritual.

-¿Estás de acuerdo?

–No del todo. En mi opinión, el respeto a la vida de un enfermo terminal y su dependencia de la voluntad de Dios pueden aceptarse como postulados, pero no como principios inquebrantables. En casos de necesidad extrema como son los dolores del moribundo, los principios pasan a segundo término. Los principios morales son para el hombre, no contra el hombre.

–¿Qué dices del sentido sobrenatural de los dolores físicos?

–No lo admito ni por razones de fe ni mucho menos de moral y derecho. A los juristas y legisladores no les compete ir más allá de las razones naturales. Además, obligar al moribundo a soportar sufrimientos en espera del desenlace natural, es una injusticia incluso a la luz de los principios cristianos, pues no es ningún aserto dogmático que los sufrimientos vengan impuestos por voluntad divina.

–Algunos médicos afirman que el paciente que desea la muerte, inconscientemente pide que se le mitiguen los dolores, y que cuando estos desaparecen, desiste del propósito. De este argumento se valen los moralistas conservadores para afirmar la inmoralidad de la eutanasia.

–Esos médicos y moralistas son bien ingenuos. Es explicable que el paciente terminal exprese emociones contradictorias, que también hay que someter a consideración para no decidir precipitadamente. Pero eso no anula la controversia ni mucho menos la resuelve. Los dolores del paciente, en caso de que cedan por algún analgésico, volverán cada vez más frecuentes y más intensos. Por tanto, dudo que los sedantes de que disponemos conviertan los padecimientos agónicos en cosa del pasado. Probablemente en el futuro habrá analgésicos más eficientes, pero en tanto no hay otra salida que aumentar la dosis progresivamente aunque implique un acortamiento de la vida.

–Pero yo he leído lo contrario en escritos sobre moral positiva cristiana.

–Lo sé. En materias opinables como esta, se permiten los excesos. Pero contra los escritores místicos me atrevo incluso a sostener que la dilatación del sufrimiento terminal es injusta no solo para el paciente, sino también para sus deudos y familiares, a quienes no es lícito obligar a ser espectadores de su propia desgracia.

–¿Y el sentido sobrenatural del sufrimiento?

–Ningún sufrimiento puede tener otro sentido que ser efecto de una causa. Afirmar que sufriendo se gana el cielo es una suposición banal. La única forma de ganárselo es hacer el bien, evitar el mal y comportarse como ciudadano probo.

–Pero volviendo a la cuestión del sufrimiento -dije temiendo irritar al maestro-, la Biblia nos manda hacer penitencia, añadiendo que si no la hacemos estamos todos perdidos.

–La Biblia, aunque se diga inspirada, está escrita por hombres de un tiempo y una determinada cultura. Por eso también hay que leer este gran libro con sentido de discernimiento, pues no todo lo que hay en él es teológicamente sostenible.

–Volvamos a la justificación jurídica de la eutanasia. Habría que formular una ley que, dentro de su generalidad, permitiese la eutanasia sin lesionar ni la moral ni los justos intereses personales, tanto del paciente como de sus deudos y allegados. ¿Es esto posible?

–Modestamente, creo que sí, pero a condición de poner transitoriamente entre paréntesis la incondicionalidad de algunos principios morales, lo que implica que en ciertos momentos hay que relativizarlos.

–En alguna de nuestras tertulias dijimos que no está el hombre en función de los principios, sino los principios en función del hombre.

–Es cierto, pero entendiendo que eso no es relativizar la moral, sino reconocer que a veces es imposible salvaguardar un principio sin quebrantar otro, como en casos de extremo dolor o de un aborto dilemático.

–¿Cuál sería, pues, la primera condición para legalizar la eutanasia?

-Primero hay que pensar en dos posibilidades de eutanasia: la individual y la convencional. La primera es la voluntad de morir manifestada por el paciente, y la segunda, el acuerdo unánime, por parte del equipo médico, de omitir cuidados que prologuen la vida del moribundo.

–¿Y las condiciones?

-La primera: que la voluntad del paciente sea clara y determinante. Luego se requiere la certeza física de que el estado terminal es irreversible. En tercer lugar, no tomar la decisión bajo una sola manifestación del paciente y de los familiares, sino después de reiteradas insistencias, para tener la seguridad de que la solicitud de eutanasia no se debe a emociones transitorias.

–En conjunto, todo parece razonable, pero yo me preocuparía por la certeza física de la irreversibilidad. ¿Cómo puedes asegurarla?

–Bueno, la seguridad absoluta cien por ciento es imposible; pero el enfermo siente síntomas y los médicos perciben signos inequívocos, que dan una seguridad cuasi física del estado terminal, de tal modo que solo por un milagro podría darse la reversibilidad. Si tales signos fueran dudosos, se descartaría, naturalmente, la licitud de la eutanasia. Ahora, visto que pareces mostrar algún escrúpulo, te añado una aclaración; aquí hablamos solo de enfermos en fase terminal dolorosa, no de aquellos cuya posible recuperación conllevaría disminución física o psíquica del paciente. No se trata, por ejemplo, de lograr la buena muerte de un padre para evitar molestias a la esposa y a los hijos.

–¿Hay más condiciones?

–Una más que se desprende de la responsabilidad que implica una decisión de tal gravedad: que la voluntad del paciente y de los deudos, más el acuerdo del equipo médico, consten por escrito con las debidas firmas, sin que falte ninguna, excepto la del paciente, si está incapacitado.

Este esbozo de legalización le parecía muy fácil a don Victoriano, hombre siempre dispuesto a teorizar y a construir montajes de laboratorio. Pero yo pensaba entre mí, mientras nos refocilábamos con el Blanc de Blancs y las delicias gastronómicas de la haitiana, que la reticencia de los legisladores seguiría siendo una rémora para llegar a un consenso de aprobación.

–Pareciendo tan simples estas condiciones -le dije al maestro-, ¿a qué se debe la indecisión de los legisladores? ¿No se dan cuenta de la vox populi y de la cantidad de hechos que claman por esa legislación?

–Yo también te pregunto –respondió- qué haríais los que clamáis por una decisión tan

arriesgada, si estuvieseis en el puesto de los legisladores. ¿Atenderíais al clamor y a la urgencia con toda presteza y sin escrúpulos?

–Sinceramente, no lo sé.

–Ten en cuenta que cuando están de por medio contenidos morales, las decisiones son lentas, lentísimas. Esto se debe a que las leyes se basan en convenciones y la moral en convicciones. Y como la moral es anterior al derecho, las convicciones serán siempre una rémora para llegar a un consenso en cuestiones como la que nos ocupa.

–Sin embargo, veo por otra parte que los escrúpulos morales tienden a disolverse.

–Sí, pero con el tiempo, no sabemos cuánto.

–Entonces, si tanto es el reparo moral, hagamos otra pregunta ¿por qué tanto escrúpulo en legalizar la eutanasia y tanta ligereza en despenalizar el aborto? ¿Qué es más grave, facilitar la muerte de un moribundo o matar a una criatura antes de nacer?

–Tal vez las actitudes morales son menos imperativas en ausencia del sujeto en que recae una decisión. Cada individuo puede ser moralmente rigorista, probabilista o laxo. El interés, los miedos y otras pasiones modifican nuestros estados de conciencia sin que nos percatemos de ello. El moribundo y el nonato son dos seres muy distintos ante el derecho, el primero es una persona, el segundo, un objeto.

–Pero ante la moral es un ser humano.

–Cierto, pero el derecho, aunque esté en el género de la moral, no puede proceder según normas morales positivas. Por esta razón hay casos en que el derecho y moral se contraponen, sin que los legisladores puedan anular la contradicción.

–Ahora, otra duda muy debatida: ¿qué debe hacer un médico moralmente sensible, cuando es solicitado para actuar en un caso de eutanasia o aborto?

–Las leyes que implican objeción de conciencia son permisivas, no imperativas. En este supuesto, la situación del médico no es dilemática sino disyuntiva. Si el servicio que le piden repugna a su conciencia, puede negarse a intervenir, o remitir el caso a otro colega más complaciente, lo cual, por otra parte, sería una cooperación indirecta. De esta manera estamos ante un derecho subjetivo del que no se desprende ningún deber objetivo.

–Después de todo, si los legisladores se tomaran en serio estas condiciones y empezaran a deliberar, ya sería mucho el avance hacia la libertad de procurase una buena muerte. En lo sucesivo, las conciencias timoratas se irían imponiendo de la realidad y entenderían que, dentro de los términos aquí expuestos, la eutanasia no es un homicidio.

–A pesar de todo, el escrúpulo y la reticencia continuarán. De todo cuanto hemos dicho no se saca ninguna ecuación de las que decía Einstein que “son para siempre”.

 

 

 

 

 

 

27

 

UXORICIDIO

 

Pasé una semana en la encantadora ciudad de Sigüenza, un lugar delicioso para los que amamos contemplar las huellas del pasado. Al segundo día, saliendo del hotel en busca de un restaurante, observé diversos grupos hablando misteriosamente, mientras un piquete de la guardia civil interrogaba a unos y otros, registrando locales públicos y casas privadas. El motivo no era para menos. En una hacienda a pocos kilómetros de la villa, una señora, esposa de un acaudalado, ganadero yacía sobre su propia sangre con dos tiros en la sien. Tres días antes su marido se había marchado a tierras de Soria con intención de negociar unas reses. Al ser notificado del hecho, devoró a toda máquina los noventa kilómetros que lo separaban del lugar. Pasó por un calvario de interrogatorios y quedó retenido en una habitación del cuartel. A estas horas el trágico suceso permanece todavía en el misterio. Afectado todavía por el hecho, no encontré ante don Victoriano otro motivo de conversación que el caso de Sigüenza.

–¿Cómo era la señora? –preguntó.

–Según los comentarios de la calle, se trataba de una dama muy guapa y dotada de espléndidas formas.

–¿Solo eso?

–Bueno, puedes imaginar…; esta clase de crímenes solo se dan por dos motivos: por la peseta o por la bragueta. Según vox populi, parece que la señora mantenía encuentros secretos con un joven del lugar.

¿Qué tal el marido?

–Uno de los ganaderos más ricos de Sigüenza, si no el que más. Alguien le hizo el trabajo mientras él estaba de negocios.

-La mayoría de los códigos penales más antiguos sancionaban el adulterio de la mujer con la pena capital. ¿Tú qué opinas?

–Lo de siempre: que hay que distinguir tiempos y lugares para concordar derechos. En familias y relaciones de pareja pueden suceder cosas inimaginables que jamás sabremos, por mucha que sea la información. Por eso, ante esta clase de noticias, yo suelo suspender el juicio. Por otra parte, no es que hayan aumentado los casos; siempre los ha habido, pero en otros tiempos se publicaban menos.

–Con todo, a pesar de los motivos que haya, no es nada normal que un hombre mate a una mujer así como así.

–Nunca es así como así. Acabas de decir “a pesar de los motivos que haya”. Para que un hombre asesine a su mujer, debe haber razones ocultas de mucha fuerza que jamás conoceremos.

–Puesto que en la mayoría de los casos se trata de infidelidades, te propongo un caso hipotético: si descubrieras que tu mujer te engaña y te hallaras en estado de intensa conmoción y envilecimiento, ¿a quién matarías, a ella o al adúltero?

–Por sistema yo nunca me supongo en situación de tener que matar a nadie; sin embargo es posible comparar culpabilidades. Una esposa adúltera suele cometer el delito con cautelosa premeditación.

   –Ahora bien, ¿cómo hay que enfocar este problema jurídicamente?

   –Solo conozco algunas opiniones de juristas, no todas concordantes. Hay quienes sostienen que no es el honor lo que más motiva al uxoricida sino el hecho de sentirse “robado”, como si la esposa fuese una parte de su patrimonio. Y de hecho, desde tiempos antiquísimos, la esposa se contaba, jurídicamente, entre las propiedades del marido. En tal caso el impulso del uxoricida se debería al hecho de sentirse robado de su propiedad más íntima. Otro motivo es el de los celos, que son un sentimiento sumamente compulsivo.Escucha  Gustavo Adolfo Bécquer:        

Cuando me lo contaron sentí el frío

De una hoja de acero en las entrañas;[…]

Cayó sobre mi espíritu la noche,

en ira y en piedad se anegó el  alma...

Y entonces comprendí por qué se llora,

y entonces comprendí por qué se mata.

     –Siendo así, los antiguos maridos engañados lo tenían muy fácil; les estaba                 jurídicamente permitido matar de un solo golpe a los dos adúlteros.

–No siempre les era tan fácil; se requerían pruebas claras e irrefutables, cosa de difícil averiguación en esta materia. Una esposa adúltera suele premeditar su plan con mucha cautela y garantía de secreto.

–Otro aspecto de este asunto: oí decir a un abogado que el uxoricidio está entre los crímenes que tienen más atenuantes.

–El sentido común me dice que el atenuante solo es aplicable cuando el engañado sorprende a los adúlteros infraganti; o si no es así, a partir del momento en que es enterado del engaño. Si deja pasar el tiempo sin tomar ninguna acción, lo natural es que el estado de conmoción se le vaya diluyendo. Si en tal caso decidiera tomar venganza mortal, su acción pasaría a ser un homicidio común, pero con agravante de premeditación si decide matar al hombre, y con doble agravante de premeditación y parentesco si opta por la mujer.

–Comoquiera que eso sea, actualmente los problemas del adulterio tienden a simplificarse, pues cada día crece el número de países que lo despenalizan.

Prácticamente ha quedado como mera causal de divorcio.

–Tal vez ni siquiera eso, debido a la dificultad de las pruebas.

–Entonces los pobres maridos tienen todas la de perder.

–Sin embargo, pueden darse indicios de infidelidad en tanta cantidad y tan directamente conducentes a una sospecha fundada de adulterio, que podrían valer como prueba.

–¿Por ejemplo?

–Tener pruebas de que la mujer ha pernoctado en la casa del supuesto adúltero solitario, o de que han ocupado juntos la habitación de un hotel, o por captación de conversaciones telefónicas o electromensajes manifiestamente indicadores de una relación íntima continuada. En fin, un buen letrado acusador dotado de perspicacia podría colorear con gran relevancia esos indicios, y tal vez encontrar algunos más.

–Me parece poco viable este sistema, por el largo proceso que supondría. Se supone, además, que una mujer adúltera, bien consciente de lo que se juega, debe ser sagazmente cuidadosa para no dejar filtrar el más mínimo indicio de su fraude. Habilidad que por cierto el hombre no tiene. Ahora te pregunto: ¿qué infidelidad te parece más grave, la del hombre o la de la mujer?

–Las dos son igualmente graves, pero la cuestión no está en la gravedad sino en el peligro. ¿Cuál de las dos infidelidades te parece la más peligrosa?

-La de la mujer, porque ella es quien pone los hijos en la casa.

-Buena respuesta. La adúltera puede concebir una criatura fuera de su casa amparándose en la coartada del débito conyugal, lo que agravaría la traición con connotación de alevosía. Sitúate como padre de familia manteniendo a un hijo de contrabando. Aunque en acto de suprema comprensión perdonaras a tu mujer, aquel hijo nunca dejaría de ser el resultado de un fraude.

–Después de todo y vista la situación actual, lo extraño es que las tragedias conyugales no sean muchas más de las que se reportan. Un investigador del CIFAC de México ha descubierto, en una encuesta entre México y el Estado de California, que un 43% de mujeres confiesa haber sido infiel a su marido, al menos una vez. Si la encuesta es confiable, imagínate el universo de hombres engañados que circulan por calles y carreteras.

–Bueno, debes tener en cuenta que las estadísticas sobre contenidos de conciencia son precisamente las menos confiables. Así y todo, creo que el investigador a que te refieres se ha quedado corto.

–¿Por qué?

–Porque las mujeres son muy discretas en lo tocante a sus intimidades. Los hombres suelen contar entre amigos las aventuras que tuvieron y las que no tuvieron, en tanto que las mujeres se callan las que de verdad han tenido. A esa encuesta habría que sumar muchas reticencias. En primer lugar, no me atrevo a dudar de las que niegan rotundamente, pero por ninguna de ellas pondría la mano en el fuego. En cuanto a las que confiesan haber sido infieles una sola vez, probablemente muchas mienten.

Finalmente, las que se niegan a responder….

–Esas son las más sospechosas –interrumpí.

-Quizá. En cualquier caso, haciendo esta cuenta supuesta, pero altamente probable, ten la seguridad de que ese 43% del investigador mexicano es una cifra bastante tímida.

–Entones, si esta suposición es acertada, estoy por decir que casi la mitad de los casados tienen su honor puesto en cuarentena.

–Tampoco hay que dramatizar. El hombre inteligente y conspicuo puede hacer mucho para asegurar la fidelidad de su pareja; lo que ocurre es que somos muy perezosos y rutinarios.

–También ellas son rutinarias y perezosas. Podrían contribuir mucho a evitar, o al menos disminuir las escapadas del hombre.

Lo ideal sería que cada parte de la pareja fuera estímulo y acicate para la otra; que tanto él como ella trataran de no caer en “la soledad de dos en compañía”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

28

 

 

PASADOS Y FUTURIBLES

 

Don Victoriano me recibió enfundado en una espesa bata de toalla. Acababa de salir de su baño diario después del rutinario paseo.

–¿Has cambiado el horario de tus salidas?

–Sí, pero no porque me lo haya propuesto expresamente sino porque cada día siento más pereza de salir de mi casa. Hasta hace pocas semanas me vestía con el ánimo muy entonado para cumplir mi rutina, contento de que a mi edad avanzada estuviera aún en capacidad de largos paseos. Pero ahora tengo que hacer un esfuerzo de voluntad no solo para hacerlos más cortos sino también para decidirme a salir. En los días de lluvia siento el alivio de quien se ve dispensado de una obligación.

–Podrías suplir la falta caminando alrededor del patio techado que tienes detrás de tu casa. Físicamente es casi lo mismo que si lo hicieras fuera.

–Pero no psicológicamente. No es igual un recinto cerrado que el espacio abierto sin más tope que el horizonte.

–Hay quienes dicen que caminar a buen paso durante una hora, tres veces por semana o media hora todos los días, ayuda a prologar la vida útil. ¿Crees en eso?

–No mucho; sin embargo lo hago porque parece de sentido común que el movimiento de los miembros según el ritmo que permita la edad, facilita mantener la movilidad por unos años más. Bajo esta dudosa convicción me decidí hace mucho tiempo a no dejar un solo día sin mi paseo. Sin embargo he conocido a varios ancianos que han sobrepasado los noventa años casi sin moverse del sofá.

–¿Habrían vivido muchos más años si hubiesen caminado como tú?

–Es un futurible tan incógnito como cualquier otro. En mi caso, me atengo a lo que me parece más seguro.

–¿Crees en la teoría de que, salvo accidente imprevisto, nacemos diseñados para vivir solo hasta cierta edad y morir de una enfermedad predeterminada?

–No lo creo. Si exceptuamos las malformaciones genéticas y quizás alguna que otra enfermedad, no pienso que estemos predestinados ab utero a contraer cualesquiera otras.

–Estás seguro, entonces, de que el ejercicio te ayuda a llevar una vejez más sana…

–Seguro no estoy, pero me atengo a la probabilidad.

—Bueno, viéndolo desde ese cristal, la verdad es que no te puedes quejar de lo lejos a que has llegado con lucidez mental y libertad de movimientos.

Don Victoriano recostó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos sonriendo plácidamente.

–Cuando tenía treinta años jamás me hubiese imaginado llegar a la edad que tengo, y mucho menos en plenitud de capacidades básicas. A menudo veo por las calles a viejos amigos, cinco o seis años menores que yo, caminando fatigosamente con una mano apoyada en un bastón y la otra en el brazo de su mujer. Y eso, sin contar la lista de amigos que ya están en la otra orilla. Josep Mª de Sagarra, que murió a los sesenta y siete, decía: “Ya tengo más en la otra orilla que en esta”.

–Cuál fue la primera persona de tu familia cuya muerte recuerdas.

–La primera muerte de la que tuve noticia, fue la de mi padre, asesinado durante la guerra civil española. Tenía cuarenta años.

–¿Cuál fue, digamos, su delito?

–Haber sido un maestro de escuela enamorado de la doctrina política de Salvo Sotelo. Hubo un breve silencio muy incómodo, pues no se me ocurría ningún comentario.

–Pero olvidemos esos recuerdos –dijo mientras rellenaba ambas copas y me acercaba la bandeja de las exquisiteces-. Comamos y bebamos, que son cuatro días.

–Disculpa mi curiosidad: ¿sientes, o has sentido algún rencor por lo de tu padre?

—No, porque  me enteré  de la verdad  cuando ya tenía más de veinticinco años.

–¿Ni siquiera te quedó algún resentimiento contra los culpables?

-No… son cosas de la guerra.

Viendo el plácido humor con que el maestro hablaba, me atreví a bromear:

–Si vieras a un comunista importante ahogándose en un río y te pidiera que le echaras una cuerda, ¿lo harías si la tuvieras?

–Naturalmente. No vale la pena cargarse la conciencia por un comunista de menos.

–Pero, frivolidades aparte, de lo que estoy convencido es de que eres un anciano afortunado. Ni siquiera has perdido una sola pieza dental.

–No creo en la fortuna sino en las causas. En cuanto a mi dentadura, si todo el mundo la cuidase con el mismo rigor con que yo lo he hecho desde los quince años, muchos odontólogos tendrían que hacer horas extra.

–Pero no puedes negar que existen causas fortuitas que son fortuna para unos e infortunio para otros.

–La buena o mala fortuna, el acaso, lo fortuito y otras expresiones semejantes, las usamos cuando desconocemos las causas de los hechos, o si aun conociéndolas, ignoramos su finalidad.

–No todos somos capaces de razonar con tanta frialdad.

–Sin embargo no creas que pretendo cambiar el lenguaje ordinario de estar por casa. Lo que he dicho representa la realidad pura y nuda, pero solo vale como consideración entre paréntesis. Convencionalmente podemos seguir hablando con toda naturalidad de la buena o mala suerte, de la fortuna y el infortunio. Digamos que tenemos un ”seguro de vida”, o un “seguro de enfermedad”, aunque sean expresiones absurdas. Hay muchos absurdos en el lenguaje ordinario, sin que por ello nos malentendamos.

Don Victoriano se levantó del asiento con mucho esfuerzo y con un largo suspiro.

–¿Qué te ocurre? –pregunté-.

No hubo respuesta. Al abrir la puerta, me retuvo del brazo y me dijo en voz baja:

–Estoy preocupadillo; veo que pierdo la memoria a un ritmo alarmante. Sé que es propio de la edad, pero, ¿así, tan rápidamente?

—También a mí se me olvidan muchas cosas –traté de tranquilizarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

29

 

 

LA BELLEZA

 

Una vez me dijo don Victoriano que se sentiría muerto el día que no pudiera hacer ninguna de estas cuatro cosas: hablar, leer, pasear y conducir su automóvil. Mientras nos acomodábamos en sendas poltronas me dijo:

–Si tantas bellezas vemos en lo poco que podemos observar de este planeta, cuántas no debe haber mejores en el universo entero.

–Siendo tú tan poco romántico, no te imagino haciendo un discurso sobre la belleza, pero como nunca te oí hablar de ella, esta sería la ocasión.

–Gustosamente –respondió-. ¿Por dónde quieres empezar?

–Por el principio: qué es belleza.

–La belleza es una las cualidades trascendentales del ser, junto con la unidad, la verdad y el bien. Desde Platón los filósofos han hablado sobre la belleza con tanta variedad de sentencias, que Baumgarten (s.XVIII) añadió a la Ontología una parte bajo el nombre de Estética, especie de tratado sobre la belleza.

-Pero estético, en su etimología, es todo lo que se percibe por los sentidos.

–Es cierto, pero como solo la vista y el oído son capaces de aprehender la belleza, Baumgarten clasificó estos dos sentidos como antonomáticamente “estéticos”, y así nació la Estética como nuevo tratado filosófico.

-Ahora bien, partiendo de aquí, ¿se puede definir la belleza?

-No, porque siendo una cualidad trascendental del ser, carece de género y especie, pero se puede explicar a través de sus efectos, que es lo que hace Tomás de Aquino cuando dice: “Bello es lo que agrada a la vista” (Pulchra sunt quae visa pacent).

-Pero la explicación es incompleta porque deja por fuera la música.

–No es incompleta sino mutilada.

-Es decir…

-Fuera de contexto. Porque el Aquinate, cuatro siglos antes que Baumgarten, catalogaba la vista y el oído como sentidos “máximamente intelectivos” por ser los únicos que captan la belleza, que es de naturaleza intelectual aunque dependiente de los sentidos. De hecho, no hablamos de sabores y olores bonitos, que sería chocante impropiedad. La vista se goza en las formas y el oído en la armonía y ritmo de los sonidos. Así, partiendo de “lo que agrada a la vista”, Tomás enumera las condiciones de la belleza, que son: integridad, orden, proporción y claridad.

-Claridad…, no entiendo.

-Es el término usaba Santo Tomás, pero sus comentaristas lo clarificaron mejor sustituyéndolo por el de “esplendor”, y resumieron su doctrina diciendo que la belleza es splendor ordinis, “esplendor del orden”.

-Me gusta. Suena poético y lapidario al mismo tiempo.

-Es casi una definición, pues el “esplendor” es precisamente la esencia de la belleza. Te pongo un ejemplo: compara un edificio residencial de líneas meramente rectangulares con una construcción de Gaudí. En la obra rectangular hay integridad, orden y proporción, pero falta el “esplendor”, la esencia de la belleza que es lo que luce en las construcciones de Gaudí.

-Esto está claro; pero bajo otro aspecto veo algunos cabos sueltos. Mi profesor de matemática me decía que ésta es una ciencia muy bonita. ¿Pueden ser bonitos los entes abstractos?

-Claro que no, pero se pueden “analogar arbitrariamente” con las sensaciones visuales y auditivas. En este sentido de “analogación arbitraria” debe entenderse la frase de Paul Dirac cuando alguien le preguntó si estaba de acuerdo con la ecuación de Einstein, E=mc2: ”no sé si es verdadera o falsa”, respondió, “pero ¡es muy bonita!” La razón de esta respuesta está en la naturaleza racional de la belleza.

–Bien, entiendo que la estética es “algo especial” –esencial, dice usted- que se añade a los entes dotados de orden, integridad y proporción, ya sean naturales o creados por el hombre. Pero ahora debo hacerte la pregunta que es de rigor para un filósofo: la belleza,

¿está en las cosas o solo en la mente humana, es objetiva o subjetiva, es real o ideal?

–Aquí también hay respuestas para todos los gustos, pero yo te doy la que me parece más sensata. La belleza, la estética en general solo están en la mente y en los sentidos como efectos placenteros de cosas percibidas. La exquisitez de un manjar no está en la materia que ingerimos, sino en las papilas y botones gustativos de la lengua, así como las quemaduras que sufrimos no están en el fuego sino en las capas externas y subyacentes de la piel. De semejante manera, la belleza y la estética están en la mente como efecto de las cosas; son entes de razón con fundamento en la realidad.

-No le garantizo que le acepten esta opinión. Entre los filósofos de hoy, manda el subjetivismo.

-Sé que en el sentido estético de cada individuo hay diversos grados y modalidades, debidos precisamente a la gran dosis de subjetivismo que actúa en la percepción de la belleza. Además, la duda con unas gotas de escepticismo, es saludable para el filósofo. Sin embargo te invito a que hagas a tu propia conciencia la siguiente pregunta:

¿Aceptas que hay cosas real y objetivamente bellas y universalmente reconocidas como tales?

-Sin duda alguna.

-Ahora, seguro de tu repuesta, trata de encontrar otra: ¿admites que hay reglas y métodos para embellecer cosas, aumentar su “esplendor” y conservarlo?

-Con algún escrúpulo…, pero también lo admito.

-Has razonado bien; has entendido que la duda tiene su límite en la evidencia objetiva, contra la cual no valen argumentos. Por tanto, también has visto que aunque la belleza se origina en los sentidos, tiene su asiento en el entendimiento, y que no todos somos igualmente conspicuos de entendimiento y sensibilidad para estimar la belleza dondequiera que esté, como en los cuadros de Antoni Tàpies o de Joan Miró, por ejemplo.

-¡Ciertamente! Yo no les veo ninguna.

-Lo cual significa que no tienes suficiente capacidad de captar ciertas especies de belleza –no te ofendas, somos muchos los que adolecemos de esta mengua: nos falta educación estética. Para este menester están las Escuelas de Arte de las universidades. Ahora bien, si la capacidad estética puede educarse y refinarse, ello significa que es una facultad humana, real y objetiva.

-Estoy de acuerdo, pero hay otro cabo suelto. Muchos se preguntan si pueden darse por bellas las representaciones de lo feo, repugnante, pecaminoso, etc.

-A esta pregunta Tomás de Aquino dio una respuesta muy simple, pero aceptable: no vemos la belleza en la cosa fea en sí misma, sino en la habilidad con que pintores y escultores la representan. Entre las muchas pinturas del horror de que hay noticia, la mejor es la que nunca se pudo ver. Me refiero al atentado del que milagrosamente escapó Lorenzo de Medici durante una ceremonia en la catedral de Florencia. Este cruel mecenas ordenó una lista de los sospechosos, a los que hizo masacrar a cuchilladas.

-¿Sin ningún proceso?

-En la Florencia de los Medici las cuestiones de justicia se calculaban a ojo de buen cubero. No contento Lorenzo con la venganza, mandó colgar los cadáveres cabeza abajo en las ventanas y balcones del Pallazzo Bargello. Sandro Botticelli, dibujó desde una esquina la sanguinolenta hilera y ofreció el cuadro al “Magnífico”, en obsequio de gratitud a su mecenazgo, pero Lorenzo lo rechazó. Aquella obra, que debió ser de horripilante belleza, fue a morir en los sótanos del Palacio. Seguramente nos perdimos lo mejor de Boticelli. ¿Algún otro cabo suelto?

-Sí, uno más, el último por hoy. ¿Por qué hay mujeres que se enamoran de hombres feos, y viceversa?

-En este punto me rindo a la subjetividad cien por ciento. El amor tiene la habilidad de embellecer personas y cosas. Acuérdate de la sentencia de Quintiliano: “Sensum oculorum premit amor”. “El amor presiona el sentido de la vista”. Si te enamoras de una mujer fea, es porque con tu amor la has hecho bonita. ¡Cuántas mujeres debe haber que son feas porque nadie las ama!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

30

 

FIN DEL MUNDO

 

Por estos tiempos abundan profetas que pronostican grandes catástrofes. Sólo leo los títulos, nunca los contendidos. Coloco esta clase de previsiones casi en el mismo rango de las de algunos economistas, que gastan seis meses pronosticando lo que sucederá y otros seis explicando por qué no sucedió. Pero lo peor que me ha ocurrido hoy en este orden de cosas es la impertinencia de una testigo de Jehová, que ha llamado a mi puerta pidiéndome que la atendiera solo por unos minutos. Le respondí que no disponía de tiempo para conversar con nadie. Pero ella insistía machaconamente repitiéndome que no podía permanecer indiferente ante la proximidad de la ”gran tribulación”. Al fin tuve que ponerme grosero y despedirla de mala forma.

–Yo creo que nunca he sido descortés con nadie –dije mientras nos acomodábamos-, pero hoy he tenido que serlo con una testigo de Jehová, que no cesaba de hacerme la puñeta con el cuento de la gran tribulación. ¿Sabes de qué se trata?

–Esa gente visita las casas recitando en todas ellas el mismo disco. Lo peor es que aún haya imbéciles dispuestos a escucharlo.

–¿En qué consiste, pues, esa gran tribulación?

–Si no lo entiendo mal, creo que se trata de un conjunto de catástrofes relacionadas con el fin del mundo.

–Debe ser algo semejante a lo que predijo Jesucristo para la generación de su tiempo. Pero han transcurrido dos mil años y nada sucedió. Generaciones enteras vivieron bajo ese miedo en los primeros siglos. Me encantaría escuchar tu opinión.

Don Victoriano apretó los labios y cabeceó por unos segundos.

–Hombre, me pones en trance de topar con la Iglesia. Primero habría que saber a qué idea de mundo se refería Jesús, en cuanto que hombre de su tiempo, y qué extensión le atribuía al concepto de “generación”. La Biblia es un libro que ha pasado por muchos avatares, mutilaciones e interpolaciones. No tenemos garantía de que las palabras de Jesús hayan sido fielmente transcritas. Por lo demás, la Biblia no siempre debe interpretarse literalmente; en muchas partes, hay que captar la alegoría porque el significado literal suena absurdo. En este orden de cosas hay que colocar las palabras de Jesús sobre la “gran tribulación”.

-Pero si Jesucristo era Dios, tenía que ser omnisciente. ¿Crees que lo era?

-No. Jesucristo-Hombre no podía tener más ciencia –si es que la tenía- que la que era posible en su tiempo.

-En cuanto a la pregunta anterior, que no me has respondido: ¿crees, sí o no, que habrá un fin del mundo, en que el sol se apagará y las estrellas caerán del firmamento?

–Absolutamente no. Si los astrónomos no mienten, en cinco mil millones de años el sol ha consumido apenas una parte inapreciable de su combustible nuclear. Algo semejante puede decirse de las restantes estrellas. Probablemente de vez en cuando ocurren catástrofes siderales, pero la materia por ellas dispersada se transforma en nuevos cuerpos que prosiguen sus circunvalaciones por el espacio. Por otra parte, no es creíble, aun en términos confesionales, que Dios haya creado un universo infinito, inefablemente bello e inmenso, para destruirlo arbitrariamente.

–Recuerda que Giordano Bruno fue quemado por haber afirmado que el universo es infinito.

–Distingue tiempos y concordarás derechos. Pero volviendo al lugar evangélico del que aquí se trata, hay que relativizar la expresión “fin del mundo”. Periódicamente se producen pequeños “fines del mundo” en forma de accidentes telúricos: terremotos, volcanes, deslaves, tornados, huracanes, tsumanis, etc. Quien haya salido indemne de alguno de esos eventos, tendrá una vaga idea de lo que sería el fin del mundo.

–En el bachillerato, nuestro profesor de religión nos decía que todo lo que ha tenido un principio debe tener un fin; es así que Dios creó el mundo “en un principio”, como dice el Génesis, luego debe tener un fin. ¿Qué le responderías?

–Que siendo Dios infinito y omnipotente, puede crear un mundo infinito.

–Pero él te replicaría que dos infinitos y eternos no pueden coexistir; que el único infinito y eterno es Dios.

–Yo le respondería, humildemente, que el acto de crear es inseparable de la esencia divina, y que por tanto Dios es creador ab aeterno e in aeternum; continuamente crea y re-crea. Un Dios inactivo sería la Nada. De la esencia divina dimanan la masa y energía de las partículas atómicas y subatómicas que originaron el cosmos. Si yo fuera físico, llamaría a Dios Protoenérgeia y trataría de explicar la razón de este nombre.

–¿Tiene sentido llamar “partícula de Dios” al bosón de Higgs?

-¿Me lo preguntas en serio o en broma?

-No sé… digamos que medio en serio y medio en broma.

-Por lo que pueda ser en serio, no tiene ningún sentido. En cuanto que broma, la expresión proviene de un físico –no recuerdo el nombre-, que ante la imposibilidad de encontrar el bosón de Higgs, llamó a esa partícula Goddamn particle, “maldita partícula”; lo que en castellano popular diríamos: “partícula que no hay dios que la encuentre”.

-Entonces, ¡no hay que temer que se nos vengan encima la luna y las estrellas!

–No es necesario tanto para causar una destrucción telúrica total o parcial. Si un asteroide de considerable tamaño rozara por un instante nuestro planeta, una gran parte de él saldría pulverizada por la tangente.

–Ahora, dada la velocidad de miles de kilómetros por hora con que viajan los asteroides, si chocara uno en la mitad del Mediterráneo, ¿qué crees que pasaría?

–Dependería del tamaño del objeto. Suponiendo que fuese de gran tamaño y de masa tan consistente que no se desintegrara al choque con la atmósfera, liberaría cientos de miles de megatones de energía, equivalentes a centenares de bombas atómicas. Todas las ciudades costeras se convertirían en montañas de piedra y lodo. Habría terremotos, temperatura superior a setenta grados y muchos fenómenos más…; en fin, ¿para qué seguir contándote?

–¡Terrible de verdad! Pero, ¿es creíble esta hipótesis, tal como la cuentas?

–Eso depende de cuánto confíes en los sabios de la NASA. No todos ellos son de la misma opinión. Hay al menos tres posturas: unos sostienen que este fenómeno no ocurrirá nunca; que es prácticamente imposible que un asteroide choque contra la tierra debido a las distancias inimaginables en que se mueven; otros piensan que el fenómeno puede ocurrir mañana o dentro de cinco millones de años, pero que con toda certeza acontecerá; los demás se sitúan en un término medio: piensan que, con una frecuencia indeterminada, habrá choques entre objetos siderales más pequeños y circunscritos a ciertas partes del planeta, asolando únicamente algunas zonas más o menos extensas, dependiendo de la fuerza del impacto, como se supone ocurrió con el meteoro que acabó con los dinosaurios.

–Tú, particularmente, ¿qué piensas?

–No quiero enmendarles la página a los peritos en la materia. Pero creo que la Tierra irá recalentándose paulatinamente, con intervalos de enfriamiento más o menos largos. Podrá haber destrucciones de variada extensión, pero no creo en un cataclismo telúrico ni mucho menos cósmico. Si los astrofísicos no se equivocan, la Tierra se irá desertizando paulatinamente a causa de los rayos solares que –dicen ellos- han ido aumentando des hace cuatro mil millones de años.

-Estos números son inimaginables. ¿Cómo pueden calcularlos con tata precisión?

-No es tanta. En la ciencia también se trabaja con la imaginación, que según Einstein es tan importante como el entendimiento. Tratándose de magnitudes ingentes como la mencionada, a los científicos les queda un margen de error muy extenso; una diferencia de unos cuantos millones es totalmente despreciable. Intenta imaginar distancias y tiempos siderales que se cuentan por miles de millones de kilómetros y de años-luz.

–Entonces ¿no crees que estamos apresurando el calentamiento de la tierra a causa de las emisiones tóxicas?

–Podría ser, pero no me parece motivo de alarma ni siquiera a muy largo plazo. La Tierra tiene gran poder de autorregeneración frente a las injurias humanas y animales que de continuo soporta. Además, en un futuro no muy lejano las fuentes de energía serán mínimamente contaminantes. La quema de combustibles fósiles pasará a la historia en cuestión de un siglo, tal vez antes. La automoción eléctrica ya ha dado sus primeros pasos y la energía solar está llamando a la puerta.

–Y los incendios forestales, ¿no son una amenaza?

–Lo serían si se produjeran con tanta frecuencia y extensión como para desertizar una gran parte del planeta, cosa que considero poco probable.

–Por tanto, estás convencido de que no habrá ningún fin del mundo.

–Completamente.

–Y que tenemos planeta por unos cuantos millones de años…

Por muchos de millones.

–¿Y si al final resultara que estabas equivocado?

–Nadie se enteraría.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE

 

 

31

 

EL MALETÍN DE DON VICTORIANO

 

 

Interrumpí mis tertulias con el viejo profesor para tomarme unas largas vacaciones. Descansé tanto y tan intensamente, que al regresar a mi casa tuve que tomarme una semana para descansar del descanso.

Al fin decidí llamar a don Victoriano. La haitiana respondió con una vocecita lejana y compungida.

-A Don Victoriano se lo llevó su hijo a Alemania.

-¿Cómo es eso? –respondí alarmado.

No la dejé siquiera empezar el relato, sino que emprendí la marcha hacia el lugar. La señora salió a recibirme y me relató suscintamente los hechos. Don Victoriano empezó a sentirse mal. Perdió el apetito, pasaba las noches sin dormir y con frecuentes vómitos. El médico le obligaba a comer, pero todo lo que comía lo devolvía. Le hicieron varias analíticas y todas salieron positivas. Mi pobre maestro tenía un cáncer de hígado. Recibió la noticia con estoicismo y se limitó a comentar:

-Es lo que me esperaba de un momento a otro. ¿Cuántos meses me calcula? –peguntó a su médico.

-Yo no acostumbro a hacer esos pronósticos. Solo puedo decirte que se trata de una neoplasia medianamente avanzada, y que aún admite tratamiento prometedor.

A pesar de que Don Victoriano no mostró ninguna señal de turbación, el médico le puso ambas manos en los hombros para darle ánimos, diciéndole:

-No pierdas la tranquilidad; con los medios de que disponemos hoy, lo tuyo es menos dramático de lo que parece. Dentro de un rato llamaré a un amigo oncólogo de Barcelona, que es de los mejores en la especialidad. Estamos en condiciones de garantizarte una vida relativamente confortable durante un tiempo indefinido. Te haremos los tratamientos sin que tengas que moverte mucho de tu casa.

El maestro le escuchaba con media sonrisa escéptica, y cuando lo hubo despedido, dijo resueltamente:

-No pienso someterme a ningún tratamiento.

Don Victoriano hizo una apresurada depuración de sus papeles. Al despedirme, la haitiana me entregó un grueso maletín.

-El señor me encargó que le entregara estos papeles, pensando que le podrían interesar. Él no se acostaba un solo día sin escribir alguna cosa.

Al llegar a mi casa abrí la maleta y encontré a primera vista una nota que decía así: “Querido amigo: cuando regreses de tu viaje sabrás toda la historia. Entre mis papeluchos hice una selección de escritos, algunos completos y otros en esbozo. Quizá te sirvan para recordar y llenar los vacíos de nuestras tertulias. Como no creo que volvamos a vernos, recibe, con este paquete de apuntes, mi último abrazo”.

El paquete era relativamente voluminoso. Contenía escritos sueltos de variada índole. Lo que más abundaba eran resúmenes de clases y conferencias. Los papeles venían ligados en fajos rotulados según temas y fechas. Así que no tuve mucho trabajo para ir directamente a lo que más podía interesarme.

En el primer pliego estaba lo último que había escrito y que probablemente no alcanzó a completarlo. Constaba de apuntes autobiográficos evidentemente incompletos a juzgar por los numerosos párrafos terminados en puntos suspensivos. Traté de completarlos desarrollando lo que lógicamente podía deducirse de la línea temática. Empiezo a transcribir:

 

 

 

 

32

 

MUERTE DE MI PADRE

 

 

Uno de los pocos exalumnos que aún suelen visitarme me insiste en que debería escribir mis memorias.

-Don Victoriano, usted que ha vivido tanto y conocido a tantos personajes, sería interesante que nos dejara sus recuerdos.

-Yo no tengo suficiente categoría para que valga la pena escribir mis memorias. Como ya sabes, mi trayectoria ha sido más bien de tono menor. Lo más que tengo es lo que dices: unos recuerdos sueltos, aunque -eso sí- los conservo sumamente vivos, pues gozo de una excelente memoria emocional para acordarme de hechos y personas que me han signado la vida. Pero en todo ello no hay un solo dato que tenga algún interés para nadie.

Sin embargo aquella pregunta del visitante comenzó a rondarme primero por momentos y después con insistencia. Dado que vivo casi exclusivamente de mis recuerdos, sin obligaciones ni ocupaciones perentorias, pensé que tal vez sería refrescante y hasta saludable entretenerme reviviendo momentos de mi pasado, “conversando con el hombre que siempre va conmigo”. Trataré, pues, de espigar unos cuantos episodios que no merecen, ni de muy lejos, el título de Memorias.

Creo que puedo incluirme entre los llamados “niños de la guerra”, y posteriormente, de la post-guerra. De mi padre, casi no tengo más noticia que la de su nombre y unos sucesos de los que solo me enteré a mis veinticinco años. Se llamaba Bernardo Martínez Chueca, y era oriundo de Villanueva de la Serena. Allí obtuvo el título de Maestro Nacional. Pero como las plazas vacantes eran escasas y muy competitivas, el único puesto que consiguió fue en un pueblito muy cercano a Girona, dentro de una comarca llamada La Selva. Allí nací el día 17 de septiembre de 1931. Como los tiempos eran difíciles y conmigo los gastos habían aumentado, mi padre tenía que redondear su misérrimo sueldo desplazándose todas las tardes a Girona para dar clases nocturnas de Matemática y Física en las mansiones de los pudientes. Cuando llegaba a casa pasadas las nueve de la noche, yo ya estaba dormido. Muy pocas veces venía a comer, y siempre a horas imprevistas.

Debía ser como yo, un personaje gris, pero tenía una pasión dominante que era la política, a la que dedicaba todo su tiempo libre, incluidos los fines de semana en Girona, donde estaba su “centro de operaciones”.

Pocos meses antes de cumplir mis cinco años estalló la guerra civil. Empezaron a depurar todas las escuelas donde hubiera maestros sospechosos de derechismo político, entre los cuales, naturalmente, figuraba mi padre. Como eran tan pocas las veces que lo veía, cuando dejó de venir no noté la diferencia, pero sí me daba cuenta de que mi madre lloraba a escondidas, haciendo esfuerzos por contener las lágrimas en mi presencia. No respondía a mis preguntas, en las que yo, inocentemente, no cesaba de insistir. Más tarde, acosada por mi impertinencia, tomó mis manos y las retuvo entre las suyas durante unos segundos, mirándome fijamente con los ojos inundados y los labios temblorosos.

-Tu padre –dijo- no volverá más porque se ha ido al cielo.

-¿Qué es el cielo? –pregunté.

-Un lugar a donde van los hombres buenos que se mueren.

Soltó mis manos y cubriéndose el rostro con las suyas, se puso a caminar por la estancia llorando convulsivamente. Cuando recuperó la calma volvió hacia mí y me ordenó con mucha severidad:

-Desde ahora dirás a todos los niños y mayores que te pregunten, que tu padre murió de pulmonía. Siempre responderás lo mismo por más que te pregunten.

Aunque tampoco sabía lo que es una pulmonía, entendí que no debía seguir preguntando, pero también sospeché, a mi manera, que en la muerte de mi padre había gato encerrado. Mientras tanto, mi madre me enseñaba a leer y a escribir con una paciencia infinita, ayudada de un viejo cuadernillo de lectura con un apéndice que contenía las tablas aritméticas. También me enseñaba a rezar, empezando, naturalmente, por el Padrenuestro y el Avemaría, más otras oraciones que aún recuerdo íntegramente.

De sucesos posteriores, no retengo nada preciso. Solo sé que mi madre hacía trabajos domésticos en varias casas, a las cuales me llevaba consigo. Por las noches, antes de cenar, me hacía leer y copiar unas líneas y me ponía a resolver una suma, porque llevarme a una escuela era impensable en aquellos tiempos.

El misterio de la muerte de mi padre nunca dejó de intrigarme, pero a medida que crecía veía cada vez más clara la inoportunidad de seguir preguntando. Callé sobre este asunto durante muchos años, hasta que tuve libertad de movimientos para averiguar por mí mismo la verdad de las cosas. Me dominaba una doble curiosidad: las circunstancias de la muerte de mi padre y el motivo de las reticencias de mi madre. Logré lo primero pasados veinte años de la guerra civil, pero nunca lo segundo, pues mi madre murió precisamente mientras yo hacía las diligencias. Ningún amor filial –mi padre no tuvo tiempo de inculcármelo- motivaba mi interés, sino la simple curiosidad de obtener información. Gasté mucha suela de zapato recorriendo casas, preguntando a unos y a otros, sin obtener más que vaguedades y reticencias. Los campesinos suelen ser cazurros y precavidos.

Contaba por mi suerte entre mis amistades con la de una señora de Olot, administradora de una gran fábrica de embutidos, que por su oficio tenía frecuentes relaciones con el campesinado de la comarca, donde había varias personas que estaban en el secreto de muchas atrocidades cometidas durante la guerra. Con su habilidad comunicativa logró sonsacar una pista por donde era posible ubicar una de las casas en que más a menudo mi padre solía dar lecciones.

Tras otras laboriosas caminatas por calles de Girona logré dar con la residencia de la señora viuda de Bruguera, en una urbanización de la periferia. Me abrió la puerta ella misma, una matrona de distinguido porte. Hecha una breve explicación de quién era yo y del motivo de mi visita, me invitó a entrar con evidente gesto de satisfacción. Se comportó con exquisita amabilidad y muy complacida de poder narrar los hechos a la persona más interesada. Me los contó con una minuciosidad tan agotadora que me fue imposible recogerlos todos; pero de los que logré tomar resumo aquí lo sustancial.

A mi padre lo mató su pasión por la política, pero una pasión servil, sumisa, sin ningún radio de acción que dependiera de él. Colaboraba con el Partido de Renovación Española, que fundó Don José Calvo Sotelo, al que admiraba no tanto por el liderazgo político cuanto por su brillante ejecutoria de jurista. En la línea fielmente sotelista, mi padre era monárquico, pero no partidario de una monarquía gobernante, sino “institucional”, que no implicara un retorno de Alfonso XIII, o una abdicación en su hijo Don Juan. Como lo decía el mismo Calvo Sotelo”: “Si algún día cambia España su régimen, nunca será para una restauración sino para una institución”. (Es la idea que probablemente copió Franco nombrando como sucesor a Don Juan Carlos I, con el fin de convertirlo en “figura institucional” del Movimiento).

Dentro del pequeño círculo en que podía moverse, don Bernardo propagaba su ideal monárquico a los cuatro vientos, no solo en su escuela sino en las circunvecinas, cuando era invitado en ocasión de algún evento. Por eso sucedió lo que le habían advertido varias veces: que acabaría denunciado ante el Comité Central de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) como “antirrevolucionario peligroso”. Sin que él lo supiera, alguien iba vigilando sus pasos. En efecto, un frío anochecer del 22 de noviembre de 1936, llamaron a la puerta de la casa donde daba sus lecciones. Cundió el susto. La señora Bruguera se acercó sigilosamente a la puerta.

-¿Quién es?

-Agentes del Comité Central. Abrid inmediatamente.

Irrumpieron cuatro milicianos armados de sendos fusiles y pistolas al cinto. Uno se apostó en la puerta para impedir el paso, otro buscó el hilo telefónico y lo arrancó de un tirón asegurándose de haber cortado la línea.

-¡Pepe! –gritó aterrada la señora.

Apareció el señor Bruguera simulando tranquilidad:

-¿En qué puedo ayudarles?

-Ante todo, cómo te llamas –repuso el individuo que al parecer comandaba la misión.

-José Bruguera Triadú.

-¡Se dice para servir a usted! -bramó el miliciano-. ¿No te enseñaron educación en tu casa?

-Vamos a ver, ¿cómo has dicho que te llamas?

-José Bruguera Triadú, para servir a usted.

-Así está mejor. Venimos a buscar a Bernardo Martínez Chueca; sabemos que está en esta casa.

De pronto salió mi padre.

-Aquí estoy –dijo con talante retador-. ¿Qué queréis de mí?

– Llevarte a ti, y también a este, para que respondáis a unas preguntas ante el Comité.

-Nosotros no tenemos ninguna cuenta con el Comité –replicó mi padre.

-Eso lo aclararemos allí. ¡Al suelo los dos!

De inmediato los maniataron y amarraron juntos, codo con codo.

Mientras tanto, un tercer miliciano recorría la casa recogiendo piezas de porcelana, cristal de Bohemia y otros objetos curiosos, que iba metiendo cuidadosamente en un viejo zurrón de cuero.

-¿Con qué derecho estáis haciendo esto? –grito la señora con gran escándalo.

El miliciano del zurrón le rodeó el cuello y le tapó la boca, hundiéndole la pistola en las costillas.

-Sin histerismos, ¿entendido? Un grito más y no la cuentas.

-¿Qué es lo que pretendéis con estas atrocidades? -protestó mi padre.

-Limpiar a España de monárquicos, empresarios ladrones, curas, frailes y toda mierda burguesa. En el Comité os refrescarán la memoria para que deis nombres y direcciones.

El miliciano que tenía retenida a la señora le retiró la mano de la boca.

-¿Ya te calmaste?

-Sí -respondió con un hilo de voz.

Entonces la agarró por el brazo izquierdo mientras la empujaba hacia delante con el revólver clavado en la espalda.

–Vamos, ahora me llevas a los cajones de las joyas y el dinero. ¡Rápido, que no tenemos tanto tiempo!

Le hizo recorrer todos los rincones de la mansión, obligándola a desbaratar cajones y armarios, haciéndole sacar todas las prendas y dineros, que el miliciano iba repartiendo entre sus bolsillos. Luego la hizo sentarse en un sofá, sin dejar de apuntarla con el arma.

-Operación cumplida –dijo palpándose los bolsillos para acomodar la “colecta”. Después alzó del suelo el zurrón cargado de botín y dijo:

-Jefe, estamos listos. Cuando quieras…

Salió la cuadrilla llevando a mi padre y al señor Bruguera hacia un lugar desconocido.

-No volvimos a saber de ellos, -concluyó la señora-; por más gestiones que hice ante el Comité, allí nadie sabía de lo ocurrido. Recorrí todos los Comités que pude: Salt, Bonmatí, la Cellera, Anglés… No se sabía de ninguna comisión enviada a Girona. Lo más seguro es que su padre y mi marido fuesen ejecutados aquella misma noche y lanzados a una de tantas fosas comunes que nunca se descubrirán.

Así fueron las cosas, al menos tal como me las contó la testigo única y directa. No tardé en agradecer a mi amiga administradora el éxito de su gestión.

-¿Cómo te sientes – me preguntó-, ahora que sabes toda la verdad?

-Satisfecho. No necesito indagar más.

-Pero hombre, Victo… se trata de tu padre; deberías sentirte afectado.

-Son cosas de la guerra. Él sabía el peligro en que andaba y estaba advertido. El acto más estúpido que puede cometer un hombre es arriesgar su vida por un ideal político que no le va ni le viene. Si tuviera que escribir la biografía de mi padre, le podría este título: “Vida y muerte de un padre irresponsable”.

Mi amiga, que me conocía muy bien, comprendió la reacción.

 

 

Desaparecido el paterfamilias, la triste economía doméstica tenía que colapsar. Al cabo de dos años, ya no se pudo pagar más el arriendo de la vivienda. El dueño se mostró muy comprensivo de la situación y nos aplazó la entrega de la casa hasta mayo de 1939. Mi madre se acogió a la benevolencia de uno de sus hermanos. Las últimas sensaciones que guardo de mis años en La Selva, son las de un viaje interminable en la cabina de un camión destartalado que cargaba nuestras franciscanas pertenecías, rodando a saltos por una carretera infame, más bien apta para motocrós, hasta que llegamos a Santa Pau. Y aquí empieza otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

33

 

PUJOLÀS Y CAN SALA

 

El destino del infame viaje al que me he referido, era Santa Pau, una interesante villa medieval situada entre estribaciones volcánicas cubiertas de lujosa vegetación y esmerados campos de cultivo; un verdadero paraíso terrenal para un anciano de holgado presupuesto que busque el mejor paraje donde esperar la hora del viaje sin retorno. Eran los inicios de junio de 1939. El hermano de mi madre, l´oncle Pep, residía en una masía llamada Pujolàs, a un kilómetro de Santa Pau. Como el acceso no era todavía transitable en automóvil, los pocos enseres que traíamos se cargaron en una carreta tirada por dos bueyes. Pujolàs no era una casa estrecha, pero dado que se añadían dos almas más a una familia que ya constaba de seis, la buena voluntad del oncle Pep no tenía precio, sobre todo habida cuenta de las restricciones económicas de los primeros meses de posguerra.

Mi madre ayudaba colaborando en las labores de la casa. Fue entonces cuando a costa de sus magros ahorros, pude ir a la escuela por primera vez, poco antes de cumplir los nueve años. La escuela, al cargo de unas monjas dominicas, funcionaba en la segunda planta de un castillo de impresionante mole cuadrada, construido entre los siglos XIII y

XIV. En esa segunda planta, a la que se accedía por una ancha escalinata, había dos aulas: una para niños y niñas de primer grado hasta los diez años y otra, mejor acondicionada, solo para niñas a partir de los doce. Cada salón estaba situado en distinto cuadrante del edificio. La organización del colegio estaba concebida de modo que nunca coincidiéramos los dos grupos en un espacio común, ni en la escalera ni en la planta baja, que servía de recreo.

La monja encargada de los pequeños era la Hermana Dolores, una mujer en la línea de los cuarenta, voluminosa y adusta de talante. Para señalar en la pizarra usaba un puntero cónico que también empleaba para imponer silencio golpeando la mesa, o cruzar las nalgas de los díscolos cuando se desmandaban. Lo que dolía en las nalgas un punterazo de la Hermana Dolores, solo quien lo probó lo sabe. Como yo ya llevaba cierto entrenamiento con las enseñanzas de mi madre, aprendí a leer y escribir con relativa soltura, y con muy pocos tropiezos, las cuatro primeras reglas aritméticas.

Transcurrido casi un año, el convenio entre mi madre y l´oncle Pep se dificultó, debido a la profundización de la crisis posbélica. La buena voluntad de hermanos y parientes tiene sus límites, aunque nunca deje de ser buena. Hubo que buscar otra casa que necesitara ayuda para labores de variada índole. Por fortuna no tardó en aparecer la ocasión. Fue en una masía llamada Can Sala, también cercana a Santa Pau y enclavada al pie de un montículo poblado de encinares, en la cima del cual una ermita del siglo XII preside un espectacular panorama de masías y campos de cultivo. El hábitat central

de Can Sala era –todavía es- una edificación medieval, no muy homogénea de estilo y hecha de sillares de corte bastante desigual. La casa está rodeada de pequeñas construcciones rudimentarias, destinadas a distintos menesteres, como guardar paja, cosechas de cereales, enseres de trabajo agrícola, cobijar ganado, etc.

El dueño de la hacienda era don Miquel Batlle Buch. Vivían en la casa dos hijos suyos: Sisku, un muchacho de diecisiete años, una niña de ocho, María Teresa, más una chica de veinte, Antonia Batlle, sobrina de don Miquel. Completaban el grupo dos mozos agricultores a dedicación permanente. Antes, el trabajo del campo era extenuante y requería mucha mano de obra. Hoy día, en cambio, un solo hombre sentado sobre una máquina hace en media jornada lo que antes hacían dos durante una semana.

Lo primero que hay que consignar acerca de Can Sala es la figura de don Miquel Batlle. Era un hombre robusto, entrado en la cincuentena, sobrio de poses y gestos pero excelente conversador. Nos inspiraba un respeto casi reverencial. Aunque nunca usó de la más mínima violencia, le teníamos auténtico temor. En su presencia, nadie se atrevía a decir procacidades ni mucho menos soltar una blasfemia. Sé que caigo en estereotipo, pero ahora no tengo más opción que la de calificarlo como personificación de la bondad. No lo digo solo por lo bueno que fue conmigo, sino por cuantos acudían a él en demanda de una solución perentoria. Un compañero de infancia que vive en una casa vecina me dijo hace unos años:

-Mi padre lo pasó fatal en aquellos tiempos, pero siempre que iba a Can

Sala encontraba un pedazo de pan y un vaso de vino. (Un bocí de pa i un got de vi).

En tiempos de hambre como aquellos, lo más natural era pensar que quienes menos la padecían eran los agricultores, es decir los pagesos, que son los que dan de comer a la especie humana. Por eso era casi diaria la afluencia de gente proveniente de Olot, que recorría masías en demanda de pan, cereales, o cualquier otra especie. Llegaban compungidos y avergonzados.

-Tenemos hambre; venimos por si os ha sobrado algo de comida.

Sabiendo que Santa Pau es considerado como “la tierra de las judías” (el païs

dels fesols), algunos pedían directamente este cereal, que es reconocido en toda España por su peculiar exquisitez. Pero había momentos en que no era posible complacer a todos, en cuyo caso se les ofrecía una buena porción de pan. Si algunos llegaban estando presente don Miquel, les invitaba a entrar, los sentaba en la mesa y hacía preparar una bandeja repleta de rebanadas de pan y un porrón con vino de reserva. Así los entretenía con pan, vino y amena conversación. Especialmente emotiva sería esta actitud para unos individuos acostumbrados a ser despachados expeditivamente:

-Avui no hi ha res; torneu un altre dia.

De la bondad natural de don Miquel dimanaba su virtud de no hablar mal de ninguna persona, aunque fuese públicamente conocida por su conducta sociopática. Durante las consabidas críticas, siempre apostillaba con la misma frase:

-A pesar de todo, Fulano es un buen hombre; solo hay que comprender su situación.

Puestos a mencionar situaciones, incómoda debía ser la mía en una familia donde yo era prácticamente un intruso al que había que mantener. Mi madre vivía atareadísima durante todo el día, pues en aquella masía había mucho que hacer. Yo, a pocos meses de cumplir los diez años, no podía ser el parásito de la casa. Así que, sin saber por iniciativa de quién, me dieron la tarea de sacar las vacas y bueyes a pastorear en los prados más o menos cercanos a la casa. Debían ser unas quince o veinte reses en total. Así me convertí en el bouer de Can Sala. (Bouer, el que cuida de los bueyes). En invierno sacaba los animales a las siete de la mañana, y en verano a las seis. Recuerdo mucho el desespero con que mi madre trataba de sacarme de la cama, sobre todo en los duros

inviernos. Cuando el lugar de pastoreo era aledaño a campos de cultivo, las reses se introducían en ellos en busca de lo más apetecible. Cuando yo –siempre distraído- me daba cuenta y acudía a sacarlas a bastonazos, el descalabro producido ya era demasiado evidente. No tengo cuenta de las regañinas que recibí del bueno de don Miquel, sobre todo cuando los daños recaían sobre parcelas ajenas.

-Victo, no estoy dispuesto a tolerar más tus distracciones. Estás mermando no solo mis cosechas sino también las de otros, que me reclaman a mí. No eres tan niño; ya estás a punto de cumplir diez años. Si no sirves para un trabajo tan fácil como el de guardar vacas, ¿qué podemos esperar de ti?

Los regaños solían ser a la hora de la cena, todos reunidos en torno a la mesa. Mi madre vivía angustiosa, temiendo las consecuencias derivables de mi mala conducta. En cualquier momento don Miquel podía perder la paciencia y tomar una decisión fatal.

Mucho más duras eran las reprimendas del mozo mayor, Kel, cuando era él quien se daba cuenta de mis descuidos.

A partir de entonces, cobré conciencia del peligro que por mi culpa corría mi madre y me dominó una ira incontenible contra aquellos inocuos cuadrúpedos, sobre cuyos lomos no perdonaba bastonazo. Con todo no podía evitar que al menor descuido alguno traspasase la línea de cultivo. Sé que es tarde para arrepentimientos, pero ahora quiero confesar una fechoría cruel, imperdonable. No contento con los bastonazos, me guardaba la venganza para el momento de reclusión en los establos. Luego que los mozos habían atado las vacas por la testuz, asegurándome de que no había testigo presencial, pinchaba con una horca la zona glútea de las inocentes bestias que habían “delinquido”. Desesperadas, forcejeaban por desatarse mientras lanzaban coces al aire. Mi venganza solo se repitió dos veces, pero las suficientes para que los mozos notaran algo que les llamó la atención. Una noche durante la cena comentó Kel:

-Yo no sé qué les pasa a algunas vacas, que cuando entro en el establo con una horca empiezan a tirar coces.

-Sí que es extraño –añadió Sisku-, a mí me ocurre lo mismo.

Obviamente yo era el único que estaba en el secreto de aquel fenómeno, pero los demás no tenían por qué saber de los reflejos condicionados de los animales. Sin embargo no tardaron en sospechar que alguien habría molestado a las vacas con una horca. Como era natural, todas las sospechas cayeron sobre mí. Don Miquel me llamó a parte, me agarró fuertemente por ambos brazos, me fijó la mirada con el ceño arrugado y me conminó:

-Victo, tú tienes que saber lo que ha pasado, ¡y me lo dirás ahora mismo! Me sentí positivamente aterrado, pero logré -no sé cómo- fingir serenidad.

-No, señor -respondí-, yo nunca he cogido una horca para nada; ni siquiera sé dónde están.

Aunque el tiempo en que permanecí en este menester no fue largo, recibí doble lección: primero aprendí de don Miquel y de mis propias fechorías a cobrar conciencia de mi trabajo. La segunda enseñanza la tomé de los mismos rumiantes, pero naturalmente no en aquel momento sino pocos años después con mi profesor de Ciencias Naturales; a saber, cuán sutil es la frontera que separa el instinto animal de la inteligencia humana. A mi manera infantil, me entretenía observando las costumbres, reacciones y movimientos de aquellos cuadrúpedos. Comentándolo con Sisku, me decía:

-Los animales hacen lo mismo que nosotros, pero lo hacen sin pensar.

Aquel chico alegre, franco y sanote era la única persona con la que yo mantenía una cierta complicidad. Algunas veces robábamos melones y nos los comíamos a escondidas. A falta de tabaco, triturábamos hojas secas de avellano y él se encargaba de enrollarlas hábilmente como cigarrillos. Sin embargo, a veces conseguía cigarrillos de verdad aunque de los más infames, pero era remiso a compartirlos conmigo. Yo le suplicaba:

-Sisxu, dó´m un cigarro!

-Apunta la pixa al carro –respondía.

Luego, poniéndose serio, añadía:

-Eres demasiado pequeño para fumar de un tabaco tan fuerte.

Los momentos más divertidos ocurrían entre mayo y junio, tiempo de las cerezas. En las cercanías de Can Sala había algunos cerezos que no recuerdo si tenían dueño formal o estaban prácticamente en tierra de nadie. Trepábamos y quedábamos montados en el árbol como dos primates dispuestos a ponernos morados en un banquete silvestre. El bueno del Sisku engullía las guindas con hueso y todo sin pensar ni de lejos en las consecuencias. Efectivamente, a pocos días de las primeras travesuras, tuvo un largo episodio de estreñimiento severo, con deposiciones sanguinolentas y muy dolorosas.

Hoy día casi todos estamos acostumbrados a la ducha diaria, y quienes no, al menos con cierta frecuencia, pero en el año 41 del siglo pasado, allá en Can Sala, un cuarto de baño no era concebible ni siquiera en sueños. Solo durante los meses de verano –y por juego más que por higiene-  hacíamos las paces con el agua. Cercano al sitio corría un río, hoy día inexistente, que tenía algunos remansos que permitían buenas zambullidas e incluso unas cuantas braceadas a nado. Tampoco había idea de lo que eran trajes de baño; así que sin remilgos, con toda la inocencia adánica, nos echábamos al agua in puris naturalibus.

En Can Sala había tiempo para todo: para reír, para llorar, para divertirse. Después de la cena, durante los inviernos, nos sentábamos en torno al fuego en un antiguo banco en forma de 7. Don Miquel, sentado en el ángulo derecho, solía contar consejas y a veces buenos chistes. Tenía una manera muy peculiar de reír, con sacudidas rítmicas de todo su cuerpo. A menudo se concedía un pequeño capricho. Cogía una cebolla de buen tamaño, le quitaba las primeras túnicas resecas y la colocaba en la lumbre de la chimenea, cubriéndola con ceniza y rescoldo. De rato en rato le daba un cuarto de vuelta hasta conseguir la cocción completa del bulbo. Luego le limpiaba las adhesiones de ceniza y la comía condimentada con aceite, sal y vinagre. Era lo que se llamaba –o se llama todavía- seba escalivada (cebolla asada al rescoldo). El ambiente cabe el fuego hogareño era muy acogedor, aunque a veces, debido a la mala construcción de la chimenea, una parte del humo se nos revertía según soplara el viento, y nos convertíamos en fumadores pasivos.

La peor escena para mí era la anual matanza del cerdo, una labor que ocupaba a un equipo de hombres, mujeres y niños durante todo un día. Era una especie de rito festivo, obligatorio para todos. Aunque yo solo estuve en él una vez, puedo asegurar que la escena era escalofriante. Ocurría, si no me engaño, a mediados de noviembre y a primeras horas de la mañana. Los matarifes eran dos: uno portaba un gancho y otro un largo cuchillo. El gancho era una vara de hierro con un filoso extremo doblado en forma de arco de medio punto. El día anterior se encerraba a la víctima en una porqueriza estrecha y oscura. Al abrirse la puerta, la pobre bestia era rodeada por todos los participantes y obligada a adelantarse hacia la salida. Los movimientos debían ser rápidos para abreviar los dolores del animal. De pronto, el primer matarife, rápido y habilidoso, le enterraba el filo ganchudo por debajo de la mandíbula y tiraba de la pobre bestia, mientras el resto de la tropa la empujaba hasta acostarla en un entablado, junto al cual aguardaban dos mujeres con sendos cubos preparados para recoger la sangre. Los gritos del animal eran agudísimos, aterradores. Una vez acostado e inmovilizado, el segundo matarife, con igual habilidad, le hundía el cuchillo seccionándole la carótida. Al subir el volumen del grito, el chorro hemorrágico se proyectaba con mayor fuerza y el vaciado de la sangre se hacía más más rápido y completo. (Según se dice, la calidad de los productos porcinos depende en parte del buen drenaje de la sangre).

Hay momentos en que los sucesos rutinarios dan de pronto un giro de 180 grados. Sin que se supiera cómo ni por qué, don Miquel decidió que yo tenía que ir a la escuela. Un gesto tal en un “amo” de aquellos tiempos, es para no olvidarlo jamás. Como era obvio, no podía volver a la Hermana Dolores, porque ya había cumplido los diez años y no tenía nada que aprender con ella. Por consiguiente no cabía otra opción que la escuela municipal. Sin embargo, el cargo de bouer no podía quedar vacante. Mi madre fue conmigo a consultar con el maestro y le expuso el caso, proponiéndole la posibilidad de que yo asistiera a la escuela solo por media jornada: en las mañanas o en las tardes. El hombre frunció los labios y negó con la cabeza.

-Mire usted, señora, eso es una anormalidad que no está prevista en el plan de mi escuela.

-Pero, ¿no se podría hacer una excepción por un tiempo? –suplicó mi madre. El niño quiere estudiar, y la solución que le propongo es la única posible.

-Bueno –advirtió-, primero tendría que hablar con el chico para tantear sus conocimientos. Pero aun así, surge otro problema: el del retraso que eso supondría para el niño, pues con solo media escolaridad, en septiembre no podría pasar al próximo grado y tendría que repetir el año.

-No importa que tenga que repetir, con tal que pueda estudiar -insistió mi madre. El maestro aceptó y me convocó a una entrevista.

Aquel señor maestro, uno de los mejores personajes que ha pasado por mi vida, se llamaba Pedro Bartrina. Pertenecía a la familia de Can Sisot, de Santa Pau. Popularmente se le conocía como en Peret de Can Sisot. Era de estatura mediana y lucía una calvicie total, que en invierno protegía con una boina. Adolecía de una cojera congénita. Vestía muy elegantemente, siempre con hechuras y tejidos de alta calidad. La cita había sido fijada para un viernes a las cinco de la tarde. Acudí a ella con anticipada puntualidad. Una vez salidos todos los chicos del aula, don Pedro me invitó a entrar.

-Bueno, conque tú eres el chaval que quiere estudiar a toda costa…

-Sí, señor, -interrumpí nerviosamente.

-Según se convino con tu madre, quedamos en que solo puedes tener media jornada de clase, ¿cierto?

-Sí, señor.

-Pues siendo así, ya sabes que te expones a quedarte retrasado y tener que repetir.

-No importa, con tal de que pueda estudiar.

El maestro sonrió ante la espontaneidad de mi respuesta.

-¿Te dejan venir por las mañanas o por las tardes?

-Por las mañanas.

-Mucho mejor, así ganarás una hora de escolaridad,

-Justo por eso escogí las mañanas –añadí, con presunción de pasar por listo.

Efectivamente, la escuela funcionaba de 9 a 12 en horario de invierno, y de 8 a 12 en el de verano.

Don Pedro me sometió a varias pruebas de lectura, escritura, comprensión y ejercicios aritméticos elementales, más algunas preguntas de geografía e historia. Por lo que puedo recordar y deducir, no salí mal librado.

-Pues bien –me dijo-, ¿estás dispuesto a aceptar las condiciones que ya sabes?

-Totalmente –respondí.

-Entonces, puedes empezar a partir del lunes.

Don Pedro era un maestro metodológicamente chapado al estilo de su tiempo, pero dotado de extraordinaria bondad y paciencia infinita. Sin necesidad de imponer un ambiente de rigidez, mantenía cierto tono de disciplina en el aula, lo cual era mucho dentro de un recinto relativamente estrecho, con treinta y cinco o cuarenta muchachos en pleno desarrollo cinético. Con todo, y por esta razón, era imposible que de vez en cuando no cayera algún manotazo en la nuca o un buen tirón de orejas. No pocas de esas dosis me tocaron a mí, siempre inquieto y distraído.

Aquel maestro daba gran importancia pedagógica a la memoria. Nos obligaba a aprender de coro los nombres de los Reyes Godos y Visigodos, de las capitales de todas las naciones del Planeta, de las preposiciones, adverbios y la conjugación de una larga lista de verbos irregulares.

-Recordadlo siempre –decía-: la memoria no tiene límites; nunca os va a doler por mucho que la carguéis. Si ahora no entendéis todo lo que aprendéis de memoria, lo comprenderéis cuando seáis mayores.

El sentido de clase social era patente en la escuela, aunque no con tanta fuerza como fuera de ella. Unos pocos muchachos pertenecían a familias de cierto rango, como los hijos de grandes terratenientes, de comerciantes acomodados o de algún profesional como el veterinario, el médico o el secretario de la villa. Estos se distinguían por la mejor calidad de su vestimenta. Había cierta clase media de campesinos propietarios de cultivos más o menos extensos, pero al fin y en resumen, el modo de distinguirnos en el lenguaje familiar era mucho más simple: pagesos y vilatxans, es decir, payeses y habitantes de la villa. Los que eran de vila miraban con aire de superioridad a los payeses. Con todo, era notoria la diferencia entre ricos, medianos y pobres.

En el Santa Pau de aquella época, el signo de calidad social era pertenecer a una familia o “casa”. Ser de, o hijo de. Si alguien como yo, vivía en una casa en calidad de criado, obrero o acogido, no podía decir que era de esa casa, sino que se estaba en ella.

Ser de… y estar en…: casi una distinción escolástica, que yo al principio ignoraba. Cuando me preguntaban de dónde era, yo respondía simplemente “de Can Sala”. Hasta que un día, uno que sabía de mi situación, me dijo:

-Tú no eres de Can Sala sino que te estás en Can Sala.

-¿Y no es lo mismo?

-De ninguna manera. Porque una cosa es ser hijo del dueño de una casa y otra es vivir en ella sin ser de la familia.

Sin embargo yo hice caso omiso de la advertencia y continuaba diciendo que era de Can Sala.

Como suele decirse, un pueblo es un pañuelo; cualquier suceso banal se vuelve noticia. En Can Sala ya todos sabían que yo estaba usurpando derechos de familia, pero al parecer no le daban importancia. Pero un día, Antonia, la bella sobrina de don Miquel, que debía tener más conciencia de clase, me llamó aparte, y empujándome repulsivamente a metro de distancia, me preguntó:

-¿Por qué andas tú diciendo por ahí que eres de Can Sala? Me quedé plantado frente a ella sin responderle palabra.

-¿Te has vuelto mudo? Te he hecho una pregunta. Permanecí callado, paseando la mirada por su rostro.

-¿A qué viene esa cara de bobo, se te encalló la lengua o qué? Me crucé de brazos sin cambiar de postura ni desviar la mirada.

-¡Responde, o te planto un cachetazo!

Retrocedí unos pasos, pero seguí silencioso, imperturbable, la mirada fija en ella.

Cualquiera creería que yo, con toda la mala fe de mis diez años mal cumplidos, me habría preparado para aquella escena; pero no fue así, todo salió espontáneamente. La que sí pareció desconcertada fue Antonia, que vio agotados sus recursos intimidatorios. Entonces cambió de actitud y se compensó acudiendo al insulto.

-Ya que no quieres hablar, lo haré yo por ti. Tú no eres nada de Can Sala; solo eres un pobre bouer hijo de don nadie que vive aquí por caridad de mi tío. Tú nunca estudiarás para nada porque naciste burro, y así te quedarás.

Antonia se retiró, erguida la cabeza, con paso de desplante. Magnífica estampa la de aquella moza buenota que en gloria esté, a la que de continuo se me iban los ojos, con una confusa mezcla de interés y aversión, o tal vez una curiosidad no del todo inocente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

34

 

DECEPCIONES

 

 

Desde aquel incidente el mundo se me puso de otro color; creo que me volví misántropo. No hablaba con nadie más allá de lo indispensable y me aferraba al estudio con mayor entusiasmo. María Teresa dejó de hablarme, probablemente por advertencia de Antonia. El único con quien seguí haciendo buenas migas fue con el Sisku, a quien mi usurpación del título familiar le traía sin cuidado.

Hablé con mi madre y le expliqué el incidente diciendo que no deseaba estar más allí y que quería ir a estudiar a El Collell.

-¿Y con qué dinero, criatura, si no tenemos un duro?

Santa María del Collell era una gran edificación dependiente de la diócesis de Girona, enclavada en una alta planicie de un bosque de encinas, entre Santa Pau y Banyoles. Servía de seminario y de internado para estudiantes de bachillerato. Un día supe que se había ido a estudiar allí un condiscípulo mío, Lluís Caritg Santanach, más pobre que yo, que ya era decir. Le expliqué el caso a mi madre y un sábado por la tarde fuimos a entrevistarnos con el párroco de Santa Pau, mosén Josep Fullà. Nos recibió con suma amabilidad. Era el típico cura de aldea, asequible, amable y dicharachero. Mi madre le expuso nuestra situación y mis deseos de estudiar en El Collell.

-Bueno -dijo el mosén-, allí van a estudiar el bachillerato los que quieren seguir una carrera.

Y luego dirigiéndose a mí:

-Y tú, ¿qué carrera quieres estudiar?

-Aún no lo sé. De momento, el bachillerato.

-¿Cuánto puede costar eso? –intervino mi madre.

– Me temo, si me dispensáis, que dada vuestra situación, no es nada fácil. Es un sitio de muchos gastos. En fin, para decirlo con perdón y claramente: aquello es para ricos.

-Disculpe, mosén Josep –me atreví con timidez-; ¿puedo hacerle una pregunta?

-Claro que sí, hombre, las que quieras.

-Si aquello es para ricos, ¿cómo ha podido ir Lluís Caritg? Mosén Josep soltó una gran carcajada.

-Los chicos de hoy sois muy listos, pero también muy ingenuos. Lluís no está pagando sus estudios con dinero, sino con algo peor: con oficios serviles. Dejad que os explique. En El Collell hay una especie de figura que se llama “famulato”. Llaman “fámulos” a los chicos que estudian y tienen pensión completa a cambio de hacer la limpieza del edificio y servir a los estudiantes de pago en todo lo que manden. Además, Lluís quiere estudiar para sacerdote, que es una carrera de siete años más después del bachillerato, lo que supone otros siete años de mesa y cama; y eso… hay que pagarlo de alguna forma.

A este punto reaccioné con prontitud:

-A mí no me importaría ser fámulo.

-Muy bien Victoriano, pero eso tiene un trámite, que empieza por averiguar si hay cupo. Si lo hay, entras con relativa facilidad, pero si no, tienes que esperar a que se produzca una vacante. Y te advierto, según tengo entendido, que hay unos cuantos por delante esperando turno.

-Pero yo no puedo esperar tanto, ya voy para once años.

-Bueno hijo, yo no puedo detener el tiempo. Hasta aquí llega la información que puedo darte. Pero déjame unos días para pensar en algo. Ya te llamaré.

Salimos de la entrevista con el ánimo a ras de tierra. Yo no veía más que nubarrones en el horizonte. Mi madre trataba de consolarme.

-No seas impaciente. Lo que tú quieres no se puede lograr en un santiamén. Deja que mosén Josep haga lo que pueda.

Así transcurrían las semanas –eternas para mí- entre las vacas y la escuela, sin que ocurriera novedad alguna. Pero un día el Sisku me dijo, medio en secreto, que mi madre estaba haciendo gestiones para enviarme a estudiar. De hecho me enteré de que había visitado al Secretario Municipal de Santa Pau, que era don Miguel Juanola Benet.

Presumí que aquella visita solo podía tener una finalidad. De repente se me iluminó el horizonte cuando en la noche de un domingo me dijo mi madre:

-Hoy te irás a la cama temprano porque mañana nos vamos a Olot en la tartana de don Miquel.

-¿Y a qué vamos? –pregunté contento.

-Tenemos que hablar con el alcalde de Olot, sobre tus estudios.

Acostumbrado como estaba a las reticencias de mi madre, no le hice ninguna pregunta, pero un sinfín de ilusiones retozaba en mis adentros. Don Miquel iba a Olot todos los lunes porque ese era el día de feria en que los agricultores y comerciantes iban a gestionar sus negocios. Aunque tardé más de lo acostumbrado en coger el sueño, a la primera sacudida desperté casi de un salto.

El camino hacia Olot –nueve kilómetros- a bordo de una tartana tirada por una yegua, se me hizo interminable. Si el dato del Sr. Juanola era cierto, el cumplimiento de mis deseos solo dependía de don Pedro Bretcha, quien además de alcalde de Olot era el Presidente de la Diputación de Girona. El Ayuntamiento de Olot estaba situado en un edificio de tres plantas en plena calle mayor. Conseguir una entrevista con un alcalde, era entonces mucho más sencillo que ahora. Su despacho estaba en la segunda planta. El recepcionista tomó nuestros datos y se los llevó. Enseguida pudimos escuchar los gritos de don Pedro.

-¡Puñeta! ¡Precisamente ahora! Esos payeses siempre vienen a joder cuando más ocupado estoy. Diles que esperen.

Al cabo de más de una hora apareció don Pedro Bretcha Galí, un hombretón de unos cuarenta y cinco años, de prestante volumen y estatura. Nos invitó a pasar a su despacho, presidido por una gran fotografía de Franco y otra más pequeña de José Antonio. Mi madre me hizo una seña para indicarme que me quedara fuera. Susurró algo al oído del alcalde y se cerró la puerta. No pasaron tres minutos cuando oí la voz don Pedro a todo pulmón.

-No, señora, no; el niño tiene que estar aquí para que lo sepa todo. Si está a punto de cumplir once años, no hay esconderle una verdad de este tamaño.

El Sr. Bretcha abrió la puerta y me hizo pasar. Se acomodó en su sillón, mandó sentarnos en frente, sacó una petaca con picadura de tabaco y se puso a liar un cigarrillo. Mientras tanto mi madre le alargó una tarjeta con una anotación del Sr. Juanola, que el alcalde leyó sin hacer ningún comentario.

-Vamos, señora, exponga claramente su caso; y tú -–dirigiéndose a mí-, escucha bien y entérate de todo.

-Señor alcalde, -decía mi madre temblando y mirándome de soslayo-, mi marido fue fusilado por los rojos…

-Me condolezco, señora –interrumpió don Pedro-. Prosiga. Siguió explicando convulsionada, casi sin poder hablar.

-Tranquilícese, señora, piense que en este momento hay en toda España miles de mujeres que estarán explicando un caso como el suyo.

-Me ha dicho el Sr. Juanola que en la Diputación conceden becas para los hijos de padres asesinados por los rojos… en fin, usted ya sabe…

-¿En qué y dónde trabajaba su marido?

-Era el maestro de escuela en San Esteban de Llémana.

-¿Dónde lo mataron?

-No lo sé. Se lo llevaron de una casa de Girona donde daba clases particulares a unos muchachos, y no se ha sabido más de él.

-¿Trae el certificado de defunción con todos los datos, testigos, descripción del cadáver, lugar de sepultura…?

Mi madre quedó aturdida.

-No, imposible… ni siquiera sé de qué casa se lo llevaron ni tengo ningún testigo que haya visto nada.

-¡Pero, señora! –se irritó don Pedro-; ¿cómo piensa que yo pueda hacer una gestión como esta sin presentar ninguna constancia? Por ahora, su marido no está muerto sino desaparecido.

Abrió un cajón sacando una carpeta llena de documentos.

-Algo así es lo que necesito: nombres de testigos, descripción del cadáver por un médico forense que determine la causa del fallecimiento. Como esto –leyó mostrando una página-: “hemorragia aguda por traumatismo de arma de fuego”. Solo con que tuviera una página como esta podría yo iniciar gestiones.

-Pero el señor Juanola no me dijo nada de papeles…

-Señora, ¡por Dios!, Juanola no le dijo nada porque suponía que los tenía.

La mirada y el cabeceo del alcalde valían por todo un discurso. Tardé muy poco tiempo en darme cuenta de que, realmente, mi madre vivía en la luna. Sentí todo el peso de la nueva decepción y caí en un estado de sumo abatimiento. Don Pedro, a pesar de su frialdad burocrática, se portó como un señor –que sin duda era. Nos condujo a un pequeño salón amoblado con cómodas butacas y encargó que nos sirvieran un café con leche y unos bollos recién salidos del horno.

Con la pesadumbre a cuestas acudimos al encuentro de don Miquel para emprender el regreso a Can Sala. Sin mediar palabra y como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, nos esforzamos en aparentar serenidad para que nada de lo ocurrido se reflejara en nuestros rostros. Pero, dado que don Miquel sabía la razón de nuestro viaje, no tardó en preguntar cómo nos había ido en la entrevista. Era casi una cuestión de cortesía. Ante tal aprieto, mi madre no tuvo más remedio que contar la verdad que tan celosamente guardaba sin que yo supiera por qué.

-Ante todo -dijo don Miquel-, lamento mucho la forma en que murió su marido. En cuanto a la beca, tenga en cuenta una cosa: cuando se trata de otorgar dinero, el Gobierno exige todos los papeles del mundo.

-Es verdad, y no entiendo por qué no me di cuenta de algo tan elemental.

– Pues menos entiendo yo su empeño en callar la verdad, como si usted fuese la única viuda de guerra entre las miles que han quedado en toda España.

Esta observación sonaba a reproche, y creo que así lo entendió ella.

-Mire, don Miquel –se excusó-, no era mi intención sostener una mentira; yo solo quería que el niño no se enterara de eso hasta fuese más mayor. Lo que yo no sé es qué debo decir de ahora en adelante. Nadie va a comprender el porqué de mi mentira; quién sabe lo que pensarán…

-Bueno…, puesto que usted misma se ha fabricado el enredo, lo mejor es que no se salga de él. Por mi parte, nadie sabrá lo que ocurrió. Y si Victo tampoco habla, las cosas quedarán tal cual. Aunque debo hacerle otra pregunta: ¿está usted segura de que solo nosotros tres sabemos la verdad?

-También la saben mis hermanos, y están advertidos.

-¿Y qué seguridad tiene de que no se lo hayan dicho a sus mujeres e hijos?

-Los conozco muy bien: ellos son una tumba.

-Bueno, bueno… -ironizó don Miquel-; los que son una tumba tienen amigos que también son una tumba. Y ahora tú, a callar –dijo dirigiéndose a mí.

–Sí, señor –respondí sin entender nada-; pero Sisku sabe que fuimos a hablar con el alcalde.

-Si te pregunta algo, dile que todo resultó bien y que estáis esperando respuesta.

El viaje prosiguió entre largos silencios y comentarios banales. Llegados a Can Sala, mi vida siguió entre el colegio y las vacas. Mi única esperanza era la de que en cualquier momento me llamara mosén Josep para comunicarme algo de las gestiones que prometió hacer. Mientras tanto, asistía, los sábados por la tarde, a las sesiones de “doctrina” que él organizaba. Mosén Josep era un buen histrión y un excelente músico. Nos entretenía contando historietas y nos enseñaba canciones al son de un viejo y destartalado armonio, cuyas escasas prestaciones sabía exprimir.

Llegó por fin el sábado en que escuché lo que más esperaba:

-Cuando termine la “doctrina”, ven a mi despacho.

El despacho del mosén era una pieza diminuta en la que apenas cabían una mesa atiborrada de papeles, una estantería repleta de libros viejos y un par de sillas para visitantes. Me dio una larga explicación acerca de las gestiones que había hecho.

-Fue descorazonador ver la cantidad de puertas que se me cerraron, pero al fin te conseguí dos opciones: una que no te gustará y otra que podría gustarte.

-Empiece por la que no me gustará.

-Tienes cupo para El Collell en condición de fámulo, que, como ya te expliqué, consiste en hacer labores serviles a cambio de estudios y pensión completa; pero con el inconveniente de que hay que esperar dos años.

-¡Dos años! Eso es una eternidad. Dígame la otra opción.

-Ahí no hay lista de espera; puedes empezar este año. Pero antes que te explique, tengo que hacerte una pregunta. ¿Te gustaría ser sacerdote, como yo?

Me quedé tan sorprendido, que no supe cómo reaccionar. Primero me reí, a pesar de que la proposición no me hizo ninguna gracia.

-¿De qué te ríes? –preguntó mosqueado-. ¿Es que yo te parezco un bicho raro?

-No, señor… es que me imaginaba cualquier cosa menos esta.

-Pues sepas que la tarea del sacerdote es una de las más dignas que puedes

escoger. Y además nos hacen falta. Solo de nuestra diócesis fueron asesinados casi dos cientos, la mayoría de ellos en la plenitud de sus vidas e incluso muchos en plena juventud. Es urgente reemplazarlos porque los que quedamos nos vamos haciendo viejos. Tú, que eres un buen chico, también podrías ser un buen sacerdote. Piénsalo.

-Lo pensaré.

-Bueno…, pero lo que te he dicho no es todo; hay que hacer una aclaración importante. Si aceptaras esta segunda opción, no irías a El Collell sino a los Padres Carmelitas de Olot. Estudiarías para sacerdote carmelita. No vestirías una sotana como la mía, sino un hábito marrón.

-¿Un sacerdote fraile?

-Exactamente. ¿Qué te parece la idea?

Creo que palidecí. Aquello superaba todo lo imaginable.

-Pero mosén, ¿usted me propone estudiar una carrera para terminar pidiendo limosna? Mosén Josep se impacientó.

-No seas atolondrado. Los frailes que piden limosna no son sacerdotes, y algunos ni han estudiado ninguna carrera. Entre los frailes, como en todas las asociaciones, hay diferencias. Los que no estudian la carrera eclesiástica se llaman “hermanos”, y los que la estudian son los “padres”;  esos no salen a pedir limosna. Tú no serías el hermano sino un sacerdote vestido de fraile. Por tanto, no saldrás a pedir limosnas ¿Entiendes ahora la diferencia?

-No mucho, pero…

¡Ay, hijo mío –interrumpió el mosén-, cuántas cosas irás entendiendo si te haces mayor! Piénsalo bien y decide.

Efectivamente: me faltaban bastantes años para entender que también en las órdenes religiosas había “clases”. De hecho, la imagen que tenía de los frailes era más bien deprimente. Recordaba algunos que de vez en cuando rondaban por Santa Pau y por las masías de alrededor pidiendo limosna. A veces llegaba a Can Sala uno bajito y regordete, que se llamaba fray Avertano Cirujeda Damià. Era un frailecito de baja estatura y gordinflón, con quien don Miquel gustaba de conversar. Pero llegada la hora de dormir, le decía que, lamentándolo mucho, tenía que acomodarse en el pajar porque no había otro sitio en la casa. El fraile respondía: “no lo lamente en absoluto; en los años que llevo de mendicante, me acostumbré a dormir en pajares; le aseguro que se duerme mejor que en una cama”.

Al despedirme del mosén  le pregunté:

-¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?

– El seminario carmelitano de Olot empieza el curso el primer lunes de octubre. Si decides aceptar, tengo que enviar tus datos con dos meses de anticipación, que es el

plazo que ellos necesitan para hacer sus cálculos. Así que, desde ahora, haz tú también los tuyos. Estamos empezando el mes de mayo; por tanto, si aceptas la propuesta, debes comunicármelo antes del 31 de agosto. Tienes tres meses para meditar sobre la decisión más importante de tu vida. Si te retrasas, perderás la oportunidad para este año y tendrás que esperar uno más. Ah, y otra cosa muy importante: para ser sacerdote o fraile hay que tener vocación.

-¿Qué es vocación? –pregunté extrañado. Mosén Josep sonrió.

-Bueno, de eso hablaremos otro día.

 

Luis Caritg Santanach, seminarista “fámulo” en el El Collell, llego pocas semanas después a Santa Pau a pasar sus vacaciones. Era alto y fornido; si no recuerdo mal, entre dos y tres años mayor que yo. Enseguida quise conocer de primera fuente las experiencias de aquel extraño “famulato”. En pocas palabras me describió el panorama.

-La jornada es bastante dura. Hay que levantarse a las seis. Luego de las primeras oraciones, la misa y el desayuno, empezamos la limpieza, que tenemos repartida por secciones. Interrumpimos las faenas para asistir a la primera lección, y las continuamos en los espacios libres que quedan entre case y clase. Lo poco o mucho que falte por acabar lo completamos durante los recreos. Los fines de semana los pasamos limpiando a fondo todas las dependencias del edificio. La tarea diaria más repugnante es la de arreglar las camas y vaciar los orinales de los estudiantes de pago. ¿Qué te parece el panorama?

-Lo veo negro. ¿De dónde sacáis el tiempo para estudiar?

-De donde se pueda, aprovechando retazos de tiempo libre; siempre los encontrarás si te lo propones.

- Pero bueno, al menos por ahora te esperan tres meses de vacaciones.

-¡Qué va! Dentro de quince días tengo que volver allá para hacer lo mismo con las colonias de verano. Aunque no tengamos un duro, pagamos muy caros los estudios. Pero si has nacido pobre y quieres superarte, este es el precio.

-¿Por cuántos años tenéis que estar en esa esclavitud?

-Durante los siete años de humanidades y bachillerato.

-¿Y luego?

-Después pasamos al seminario de Girona para empezar la carrera: tres años de Filosofía y cuatro de Teología.

-¿También como fámulos?

-Entonces ya no; dejaremos de ser esclavos. Ya nos lo habremos merecido, ¿no te parece?

En cuanto tuve ocasión le conté mi caso con todos los detalles. Lluis Caritg, que era lacónico e iba siempre al grano, me dio una respuesta pragmática.

-Vista la edad y las condiciones en que estás, yo no lo pensaría dos veces: me iría con los frailes.

-Pero hay algo que no entiendo. El mosén me ha hablado de vocación. ¿Qué es eso?

-Por ahora déjate de puñetas. Este asunto lo resolverás más adelante.

Después de la información obtenida, mi disyuntiva para el resto de mi vida no podía ser más clara: o estudiar para fraile o guardar vacas y destripar terrones en Can Sala.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

35

 

 

 

EL INGRESO

 

 

Tomé la decisión de entrar en el seminario carmelitano como quien se lanza a una aventura sin horizonte fijo. En la disyuntiva en que me hallaba, solo estaba seguro de haber optado por la elección más conveniente desde mi contingencia peculiar. Pero la Provincia Carmelitana de Cataluña se hallaba en una contingencia peor que la mía.

Exactamente la mitad de todo el personal activo que tenía -16 de 32- fueron fusilados durante los primeros seis meses de la guerra civil. Urgía, por tanto, reclutar candidatos para reinstaurar el seminario e iniciar lo antes posible la actividad académica. Tal vez debido a esa urgencia, admitían a los candidatos sin sondear vocaciones ni mucho menos solvencias económicas.

Es inconcebible, desde la perspectiva de hoy, la forma con que me despedí de mi madre y de la gente de Can Sala. En Santa Pau, más concretamente en su entorno campesino, no se admitía el abrazo ni mucho menos el beso, ni siquiera entre los familiares más próximos. Padres, madres, hijos y hermanos se recibían y despedían con un apretón manos. Así, ligero de equipaje –un zurrón de tela con unas mudas de ropa-, llegué justamente a la hora convenida con mosén Josep, a la carretera que enfila de Santa Pau a Olot.

En aquel momento no supe estimar en su valor el gesto de aquel venerable sacerdote, quien quiso acompañarme personalmente hasta el mismo seminario y presentarme ante el Padre Rector. Partimos un día 12 de septiembre de 1942, a las seis de la mañana. Lo sublime del gesto de aquel buen cura consistió en que, a falta de vehículo, tuvimos que hacer el camino a pie, yo con mi zurrón y él con su bastón de boj y sombrero de teja. Eran nueve kilómetros de carretera sin asfalto, grisácea de polvo y sembrada de pedruscos.

Imposible recordar las horas de camino, pero mosén Josep, que ya habría hecho otras veces el mismo trayecto, me hacía de vez en cuando un cálculo de lo que faltaba para llegar a la entrada de Olot.

-¿Estás cansado? –me preguntó varias veces.

-Yo, no, ¿y usted?

-Pues yo sí.

Tuvo que pasar algún tiempo para percatarme del significado de aquel “yo sí”, que indicaba la magnitud del sacrificio de un hombre sin cuya desinteresada intervención yo no estaría hoy escribiendo estos recuerdos.

Se accedía al edificio del seminario por un estrecho corredor que terminaba en un patio de árboles. Bajando una breve escalinata nos vimos frente a la puerta. Mosén Josep tiró de una cuerda y sonó una campana. Nos abrió un fraile muy amable, que nos condujo a un recibidor y nos invitó a sentarnos en unas butacas mientras él iba a llamar al Padre Rector. La estancia era de una decorosa austeridad; lo presidían un cuadro de la Virgen del Carmen y una fotografía del Prior General de la Orden, Hilarius Doswald. Al rato apareció el Padre Rector, persona muy afable, entre cuarenta y cinco y cincuenta años, de buena estatura y aspecto saludable. La forma como se saludaron él y mosén Josep denotaba cierta amistad o al menos alguna frecuencia de trato. Terminado el breve intercambio, se despidieron el Rector y mosén Josep. Este me abrazó mientras decía:

-Victo, ya conseguiste lo que deseabas. Te dejo en manos de las personas que te han de hacer un hombre, si tú colaboras. Sé buen chico, estudia mucho y encomiéndate a Dios. No olvides escribirme de vez en cuando y contarme cómo te vas acostumbrando a tu nueva vida.

Al ver partir a mosén Josep, sentí la primera ráfaga de intemperie, la cual habría de endurecerse en el curso de los primeros meses. El Rector, viendo el esfuerzo que yo hacía por contener las lágrimas, me tranquilizó con cariñosas palabras, expresándome lo contento que estaba de tenerme como un estudiante más.

-Espérate un momento.

Sin añadir palabra, pulsó un timbre y se retiró dejando la puerta abierta. A los pocos minutos apareció un fraile alto, robusto, barbilampiño y voz atiplada, datos que hacían difícil calcularle la edad. Me tranquilizó su talante extraordinariamente alegre y comunicativo.

-Bienvenido, Victoriano. Yo soy fray Alberto, ayudante del Prefecto de estudios. Vamos a presentarte a él.

Mi nueva e incierta andadura ya estaba en marcha. Sin dejar de entretenerme con graciosas ocurrencias, me llevó hasta la tercera planta donde funcionaba el seminario. Sin ser un área de grandes dimensiones, tenía dos salas de estudio, una de proporciones regulares para el invierno y otra más amplia para el verano. El dormitorio, que era el espacio más extenso, estaba divido en tres partes: un corredor central entre dos muros paralelos tras los cuales se situaban sendas hileras de camas. Por el resto de las dependencias se repartían las aulas. Fray Alberto me llevó al salón de verano donde estaban los estudiantes presididos por el Prefecto, sentado en una mesa montada sobre una tarima. Una trentena de muchachos, silenciosos en sus pupitres, se preparaban para el curso académico 1942-43, cuya inauguración tendría lugar quince días después. Según la curiosidad con que me observaban aquellos rostros, mi minúscula y desgarbada figura debió de parecerles a la vez cómica y desoladora. Yo era un niño de casi once años, extremadamente delgado, tímido y nervioso. El Prefecto se bajó de la tarima y me puso de cara al “público” posando las manos en mis hombros.

-Aquí tenéis –dijo- a un nuevo condiscípulo. Aunque pequeño, es grande de nombre; se llama Victoriano Martínez Grande. Como veis, viene un poco atemorizado. Tratad de darle ánimos y ayudadle a sentirse cómodo en la nueva vida que hoy empieza.

En realidad, más que incómodo me sentía, apocado, envilecido. Todos se levantaron de sus pupitres y se apretaron alrededor mío para detallarme de cerca. Nada recuerdo de lo que me decían; aturdido, solo oía voces confusas, una algarabía inconcreta.

Probablemente les divertía mi facha de pequeño judío errante, asustado, ladeándome sobre mis piernas empolvadas, haciendo oscilar mi zurrón como una péndola. Me llevaron al dormitorio y me señalaron la cama en que habría de dormir por más de cinco años. Era un catre junto a una reducida mesilla de noche, donde había que colocar los enseres personales con habilidad ingenieril. Me dirigí a los aseos, desempolvé mi bolso, saqué una muda, abrí la llave de la ducha y poco a poco, miembro por miembro, fui adentrándome en el gélido chorro.

Pude mitigar la intemperie afectiva de los primeros días gracias a un muchacho algo

mayor que yo, que había ingresado la semana anterior. Se llamaba José Alabau Granatxe. Aunque estaban prohibidas las amistades particulares, las inclinaciones empáticas eran inevitables. Los pequeños, con los pequeños, los mayores, con los mayores. Gracias a sus avisos pude prevenirme contra la primera novatada con que se solía sorprender a los recién llegados. Era el truco de la “petaca”, que consistía en subir el borde inferior de la sábana de abajo hasta la cabecera, haciéndole un pliegue coincidente con el de la sábana de encima. De este modo el desesperado novato no encontraba forma de meterse en la cama.

-También tienes que vigilar si te han echado sal entre las sábanas.

¡Qué alma buena la de Josep Alabau! Descubierto el engaño de la “petaca”, no intentaron hacerme caer en otra trampa. Por lo demás, me dominaban extraños sentimientos; me sentía en un ambiente hostil, aislado como un niño autista, sin entender nada de lo que ocurría a mi entorno. Hacía grandes esfuerzos durante el día por contener el llanto, y esperaba la hora de meterme en la cama para llorar a rienda suelta. En este momento, desandando con la memoria setenta y siete años atrás, sonrío repitiendo el estribillo de Garcilaso: “Salid sin duelo, lágrimas, corriendo”. La intemperie afectiva a la que me referí aumentaba por días y semanas. No es que en Can Sala disfrutase de un cariño familiar normal, pero al menos estaba rodeado de personas limpias de reticencias y segundas intenciones. En cambio, en mi nueva vida me sentía perdido en una extraña soledad en compañía de treinta condiscípulos que me observaban de perfil, no sé si riéndose o compadeciéndose de mi timidez y nerviosismo. Me movía de un lado a otro, adelante y atrás según me lo permitía el espacio disponible.

La nota predominante de aquel internado era el silencio. Caminábamos en silencio y en fila de a dos, del salón de estudio a la capilla, de la capilla al comedor, del comedor al patio de recreo, del patio de recreo al salón de estudio, y así “en eterno retorno”. El nerviosismo, que siempre ha sido mi nota constante, no me permitía mantener quietas las piernas durante las esperas en fila. De pronto un día me llamó el Prefecto:

-Victo, ven aquí.

Me cogió de una oreja y me zarandeó rápidamente mientras decía casi silabeando:

–En la fila se está quieto y no saltando como un mono.

Sentía la oreja crujir como si me la arrancaran de cuajo. De pronto remató la acción con una violentísima bofetada que me lanzó a dos metros de nalgas al suelo. Tras unos segundos de aturdimiento, me levanté de un salto y me incorporé a la fila, que ya estaba en marcha hacia la capilla para las oraciones previas al almuerzo. Caminaba llorando convulsamente, una mano secándome las lágrimas y otra sobándome la mejilla y la doliente oreja. Hay niños crueles que gozan sádicamente ante semejantes escenas. De hecho, observé algunas risillas mal disimuladas. Los chicos mayores, en cambio, me miraban compasivos. Desde aquel momento odié aquel hombre con todas mis fuerzas, al cual llamaré en esta narración “el Innombrable”, como el personaje de Manzoni.

A partir de este episodio –más tarde innumerables veces repetido-, aumentó mi tendencia a llorar por cualquier motivo, con lo que me convertí en objeto de diversión durante los recreos.

-Victo, ¿cuántas veces has llorado hoy?

Yo, que no sentía deseos de hablar con nadie, trataba de frenar mi sentimiento, pero no faltaba el provocador que me apuntaba con el dedo diciendo:

-Victo, ¡Llora!.. Uno, dos y…

En efecto, irrumpía el llanto, no sé si de rabia o de qué. Inmediatamente seguía el aplauso de la concurrencia. Así me tomaban por juguete aquellos tunantes, “como perro por carnestolendas”, a la manera de los pelaires con Sancho Panza. El inolvidable Josep Alabau me aconsejaba:

-Tienes que ser más listo que ellos. Muéstrate indiferente y no reacciones, o simplemente retírate. Verás cómo pronto se cansan de molestarte.

Así lo hice y efectivamente el juego terminó.

Durante las tres comidas, un lector subido a una tribuna recitaba lecturas edificantes. Hay que dar por supuesto que todos oíamos, pero nadie escuchaba. Los lectores se turnaban por semanas. Cuando por alguna razón no se leía, se comía igualmente en silencio. En el puesto del Innombrable, que presidía la mesa, había una campanilla que servía de señal para poner fin a la lectura, dar algún aviso o dispensar del silencio en las grandes festividades u ocasiones especiales.

Se celebró la inauguración del curso con la debida solemnidad. Ante todo, a las ocho de la mañana, la misa del Espíritu Santo, con predicador de ocasión. Después, el gran acto académico en el salón de verano. En la mesa presidencial, cubierta con un tapete rojo, se sentaron el Rector y el Prior Provincial, Elías Sendra Fortuny, que había venido ad hoc desde Barcelona. A ambos lados se acomodaron el Prefecto y los profesores. Fray Alberto leyó una cuartilla haciendo la presentación del acto y anunciando a los tres oradores que nos iban a torturar durante más de tres horas. Primero tomó la palabra el Innombrable, cuya intervención duró casi una hora. La vehemencia histriónica con que hablaba mitigó sustancialmente el aburrimiento. Pero en los discursos del Rector y el Prior Provincial, que duraron cada uno más de una hora, las miradas al reloj de pared y el movimiento de posaderas eran obscenamente manifiestos. Aquellas inocentes reverencias olvidaban que los discursos de ocasión no los escucha nadie, que no se aplauden porque gustan sino porque terminan. El acto culminó con los himnos de la Provincia Carmelitana de Cataluña y el del Seminario. Agotados por el sueño, el hambre y el aburrimiento, nos dirigimos –siempre en fila de a dos y en silencio-, hacia el comedor de los estudiantes, que estaba en la planta baja del edificio, separado del de los frailes y profesores. El Innombrable hizo sonar la campanilla que indicaba dispensa de silencio.

Porque aquélla era una ocasión especial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

36

 

CLASES Y PROFESORES

 

 

Sobre clases y profesores contaré los principales episodios, que ocurrieron precisamente tal como los recuerdo y tal como los narro. La actividad académica empezaba a las ocho. Para los de primer curso, era la hora de matemática. El profesor, fray Alberto Pascual Morancho, entró en el aula con su acostumbrada jovialidad.

-No me presento porque ya sabéis quién soy; pero además de quien soy, seré vuestro profesor de matemática en este curso. La lección de hoy será más bien introductoria.

Seguro que estáis pensando que soy un gran matemático, ¿verdad? Probablemente tenéis razón. Pero no, soy un simple licenciado en Administración; no obstante, si lograra enseñaros en nueve meses una tercera parte de lo que sé, me consideraría el mejor profesor de matemática de España. Y bien, ¿alguna pregunta?

Un muchacho levantó el dedo.

-Profe…

-¿Cómo que profe? –interrumpió con severidad bonachona. ¿Temes que se te acabe el aliento por una sílaba más? En la calle, hablando entre vosotros, vale, pero en la clase se exige un mínimo de formalidad. Si creéis que por ser barbilampiño me vais a tomar el pelo, os equivocáis de norte a sur. No tengo pelos en la barba pero los tengo donde hay que tenerlos.

Estalló una gran risotada, que el simpático profesor acompañó con sonrisa pícara.

-Bueno –dijo dando una sonora palmada-, pongámonos serios. Ya que estrenamos curso, lo estrenaremos con el recién llegado. Victoriano -me apuntó con la varilla- , te haré un par de preguntas muy elementales. Primera: ¿cómo se llama la asignatura que hoy empezamos?

-Matemáticas –respondí.

-¿Estáis de acuerdo con la respuesta? –preguntó. Todos a coro respondieron que sí.

-Pues… no empezamos muy bien, que digamos; falta un pequeño detalle de relativa importancia. No se dice matemáticas, en plural, sino matemática, en singular; a menos, claro, que la palabra vaya acompañada de un sustantivo plural, como “ciencias matemáticas”. Matemática es la castellanización del griego –escribió en la

pizarra- mathematiké, que a su vez deriva del verbo mantháno, que significa aprender; mathéma, que es ciencia; máthesis, que es estudio.

-Ese está fardando de griego –susurró alguien detrás de mí.

-Permiso… -dijo otro levantando el dedo-, pero todo el mundo dice matemáticas.

-Siempre se cometen pequeños descuidos al hablar, pero a partir de hoy vosotros cometeréis uno menos.

-¿Entonces la palabra matemática vale para todas las ciencias?

-Es una buena pregunta. Matemática no se refiere a todas las ciencias; para la ciencia en general, hay otra palabra, que es –escribió- epistéme. Y no os digo más porque leo en vuestras miradas lo que estáis pensando. Pero no es así; solo quiero que os deis cuenta del noble origen de la materia que vais a estudiar. Y la segunda pregunta para Victo:

-Defíneme qué es matemática.

-Es la ciencia que trata de los números.

¿Estáis de acuerdo?

Sí –respondieron todos.

-Pues yo, no –dijo negando con el índice. La definición es pasable, pero incompleta, porque los números son solo la materia de la matemática. En rigor, ciencia de los números es aritmética, palabra también griega… no temáis, que no la voy a escribir. Victo,

¿sabes la diferencia entre aritmética y matemática?

-No, señor.

-¿Quién la sabe?

No hubo respuesta. Fray Alberto hizo una minuciosa distinción de ambos conceptos, que entendí bien por parte de la aritmética y a medias de la matemática.

– Lo que aprenderéis en este primer curso será más aritmética que matemática; o más bien una aritmética avanzada. Porque supongo que al menos conocéis las cuatro reglas; pero hagamos una prueba, por si acaso. A ver, a ver… -dijo consultando la lista. Otro de los nuevos: José Alabau Granatge: ¿qué entiendes tú por dividir?

-Pues… dividir es separar.

-¿Separar, qué?

-Separar unas cosas de otras.

-Pero separarlas, ¿cómo?

-Pues separándolas si están juntas –gesticulaba como diciendo: ¡a ver si te enteras!

-¡Ay, Alabau, Alabau! –suspiró fray Alberto; te pregunto qué es dividir en sentido aritmético.

-Ah… eso es otra cosa; es poner un dividendo y un divisor para que sacar un cociente.

-¿Estáis de acuerdo con la respuesta?

-Sí y no -respondió Daniel Abella Cornaz, que era el empollón del grupo.

-¿Por qué?

-Porque Alabau ha mencionado los elementos de la división pero no ha dicho qué es dividir.

-Explícaselo tú.

-Dividir es partir o distribuir una cantidad en partes iguales.

-Eso está mejor. Veamos, Alabau: dividir es partir o repartir; si tuvieras que partir por igual una docena de huevos entre Pedro Pablo y María, ¿cuántos le darías a cada uno?

-Hombre…, al menos tres o cuatro.

Fray Alberto acalló las risotadas con un grito.

-¡Basta! Eso no es para reírse.

El bueno de Josep Alabau se encogió de hombros y se acomodó, impasible, en su pupitre. A pesar de los insultos y tirones de oreja que recibió de todos los profesores por ser el torpe de la clase, nunca perdió la compostura. Algunas décadas después, me acordé de él mientras leía las Memorias de Pablo Neruda; porque el gran Premio Nobel, siendo cónsul de Chile en Barcelona, confiesa: “Yo restaba y multiplicaba con grandes tropiezos y no sabía dividir; nunca he podido aprenderlo”.

 

El mejor profesor que tuvimos fue el que menos nos duró. Se llamaba fray Luis Costa Pujol, un ampurdanés de imponente presencia por su talla, proporciones faciales y constitución atlética. Para decirlo familiarmente, un hombre guapo. Intelectualmente, era una de las mentes más elásticas que he conocido para acumular conocimientos de toda índole, incluso de los más frívolos. Puesto en la Edad Media, habría sido una copia de Abelardo. Fue nuestro profesor de francés, Análisis Gramatical, Caligrafía y Dibujo y Educación Física. Por unos pocos meses, también lo fue de Historia y Geografía. La Educación Física era la primera clase que teníamos los martes, jueves y sábados, a las siete de la mañana. Era, para fray Luis, la ocasión de exhibir su potencia muscular.

Enrojecido y con las venas del cuello a punto de estallar, lo vimos levantar pesas enormes. Pero, para enseñarnos sus ejercicios preferidos tenía una limitación: el estorbo del hábito. El Superior local no tenía facultad de permitir quitárselo fuera de su celda por ningún motivo; había que hacer una solicitud al Prior Provincial, que residía en Barcelona. Fray Luis la hizo, pero el permiso fue denegado. Tiempos son tiempos.

De las excelencias de este singular profesor se podía gozar sin límites. Con él aprendíamos divirtiéndonos. No he conocido a otro tan experto en practicar el ideal de Horacio: miscere utile dulci (“combinar lo útil con lo agradable”). Por otra parte, sus clases eran también las más disciplinadas a la par que dinámicas. Nadie se permitía el mínimo exceso; una sola mirada suya abortaba el intento. Jamás infligió castigos físicos, pero atosigaba al interpelado hasta hacerle decir por sí mismo lo que le quería enseñar. (¿Intentaría aplicar la mayéutica socrática?).

-¿Veis lo fácil que es aprender tan solo con usar esto? –decía apuntándose a la frente.

Era un profundo conocedor de la lengua francesa. Su pronunciación no se distinguía de la de cualquier nativo. Nos hacía multitud de observaciones filológicas, alardeando de su conocimiento de la literatura francesa, de la cual –estoy casi seguro- no ignoraba nada.

De sus comentarios, naturalmente, no captábamos ni una cuarta parte, pero puedo decir – mejor que nunca dicho- que algo quedaba. Con gran vehemencia ponía su alma en aquellas explicaciones, y cuando alguien levantaba el dedo para una pregunta, pegaba un manotazo sobre el libro gritando:

-¡No interrumpáis! Las preguntas, para el final.

Alternaba el francés y el castellano, para asegurarse de que nos enteráramos a cabalidad de sus explicaciones. Frecuentemente empleaba la técnica del “torneo”. Nos ponía en hilera cabe la pared y empezaba preguntando por el primero de la derecha:

Passé plus-que-parfait du verbe devoir.

Si aquel no respondía de inmediato, apuntaba con la varilla al siguiente, que si acertaba, pasaba al puesto del anterior, y así rotativamente. El que quedaba en el primer puesto al término de la clase, cobraba un punto para la próxima calificación mensual. Naturalmente, Daniel Abella fue siempre el primero, y el último, el pobre Josep Alabau. En todas las actividades, fuesen o no académicas, Fray Luis era partidario de la competencia.

-Esta vida es cruel –decía-; el que no compite se va quedando atrás y pierde el tren. Cuidado con la demagogia de la igualdad. Solo somos iguales ante la los derechos naturales y la justicia, pero somos diferentes en atributos. Por tanto, ante los derechos naturales, justicia; ante los atributos, equidad. Entre los derechos naturales está el de desarrollar nuestros atributos; y los atributos se desarrollan con la competitividad. Si

hubiese dicho esto cuando estaba en el frente rojo, me habrían fusilado.

Poco inteligibles eran aquellas digresiones para mentes de once y doce años, pero Fray Luis –todo hay que decirlo- era un fardón rematado. Si se quiere, hasta fanfarrón. Consciente no solo de su cultura sino sobre todo de su prestancia física y de la potencia de sus músculos, no perdía ocasión de ostentar múltiples habilidades.

-Cultivad vuestras habilidades –decía- porque las necesitaréis para las ocasiones.

En los últimos minutos de la clase, a veces nos relajaba contándonos aventuras y desventuras de su participación en la guerra civil. Por razones que no entendí, una vez le toco luchar en el frente republicano y otra en el nacional.

-En el frente republicano nos lo pasábamos bomba. A veces había que echar bala, pero en los ratos libres, que eran bastantes, había diversiones para todos los gustos. Pero lo malo me vino cuando caí en el bando nacional. Aquello era el infierno. La disciplina era cruelmente rigurosa. Al menor descuido, el capitán te mandaba al peor puesto de vanguardia, casi siempre con un culatazo en los riñones. Por eso Franco ganó la guerra, por la disciplina de su ejército contra el relajo del republicano.

Y así continuaba contando aventurillas, de las que siempre salía él el mejor librado.

¡Magnífico fray Luis Costa Pujol! Era demasiado profesor para nuestra edad. Se nos murió pocos días antes de cumplir los treinta y dos años, probablemente a causa de una septicemia. Se habría salvado con penicilina, que no se conseguía en España debido al aislamiento de la postguerra. Se hizo una petición de urgencia a través del Consulado de Estados Unidos en Barcelona. Llegó una primera dosis que fue insuficiente; cuando vino la segunda, era demasiado tarde.

Otro docente curioso era nada menos que el Innombrable. A pesar de la sevicia de sus métodos disciplinarios, sabía derrochar simpatía por todos costados, rasgo típico de las personalidades cíclicas, como era la suya sin duda. Fue nuestro profesor de latín, literatura y música durante cinco años. Gran latinista y gran músico. En los ejercicios de piano nos reprendía la desatención al ritmo del compás.

-Hay que medir –repetía-; la música es un arte matemático.

(¡Qué lástima!; me hubiese aprovechado del Innombrable, ahora sería un buen pianista). Sin que se le pudiera clasificar como intelectual, tenía una mente bien amoblada y dotada de recursos efectistas. Aparte del latín y sus dos lenguas maternas, dominaba el francés y el italiano. A todo eso añadía una tenaz energía emprendedora. Sus métodos de enseñanza no llegaban a la categoría de los de fray Luis, pero eran eficaces. Aprendí de él muchas cosas de las que todavía me valgo. En literatura, me hizo descubrir la riqueza estética y conceptual de los clásicos. Como manual de Preceptiva Literaria usábamos el clásico de Francisco de P. Massa Vall.llosera, muy elogiado por José Pla en su obra Girona. Un llibre de records.

-Tened en cuenta –decía- que este libro solo vale como información sobre figuras retóricas para embellecer el discurso, pero lo importante es encontrar esas figuras en la lectura de los clásicos.

De hecho nos hacía descubrir metáforas, sinécdoques, metonimias, aliteraciones, paradojas, etc., sobre fragmentos de Garcilaso, Lope, Calderón, Cervantes, Góngora y otros más. Resumiendo: aprendí del Innombrable a cobrar conciencia del lenguaje. Al César, lo que es del César.

Las clases de latín eran teórico-prácticas, pero sobre todo prácticas. Había una especie de complementación entre las clases de gramática de fray Luis y las de latín del Innombrable. Con casi seis años de lecciones diarias de latín, no podíamos menos que salir bien pertrechados para abordar más tarde los tres años de filosofía y cuatro de teología, en los que se usaba exclusivamente el latín. Gracias también a ese largo ejercicio me fue posible, años más tarde, en los primeros tiempos de recién graduado, vivir de mis clases de latín y griego en colegios de enseñanza media.

Una de las principales deficiencias endémicas de la Provincia Carmelitana de Cataluña fue la escasez de personal docente, que se agravó con la muerte de fray Luis y el cambio de destino de fray Alberto, quedando cinco asignaturas vacantes. Urgía, pues, aumentar la planta profesoral. Para este fin se solicitó la ayuda de otras provincias, como la de Andalucía y la de Holanda.

En un septiembre de 1946 llegaron a Olot dos gigantes holandeses de 1:90 de estatura: Siardus Bouwhuis y Maxentius Sanderink, quienes, al igual que los faltantes, tuvieron que multiplicarse para atender a cursos de distintos niveles. Siardus y Maxentius eran dos temperamentos opuestos. El primero, profesor de inglés, riguroso y a menudo iracundo; el segundo, profesor de griego, moderado, irónico y un poco pasota. Llegaron cargados de libros, pues ya estaban advertidos de la penuria bibliográfica en que quedó el seminario después de la guerra.

Para las clases de Siardus, utilizábamos como libro de texto el “Método de Inglés” de Lewis Th. Girau, que en aquellos años ya andaba por la treintava edición. Maxentius, en cambio, no estaba de acuerdo con ninguno de los manuales de lengua griega, porque él tenía el suyo propio impreso en ciclostil. Grande debió de ser el shock que sufrieron aquellos dos héroes al tener que cambiar su próspero país por el de una España devastada y empobrecida. Consciente de ello la Administración, les tuvo ciertas consideraciones especiales. Una fue la introducción de la mantequilla –imprescindible para los holandeses- en el refectorio de los profesores; una exquisitez que en España era económicamente prohibitiva. Igualmente debieron sentir la diferencia entre la disciplina semicalvinista de que venían y la improvisación de un seminario recién reinstaurado, informal y revoltoso a pesar del régimen que nos imponía el Innombrable.

-Parece mentira que los españoles seáis tan díscolos teniendo de Jefe del Estado a un dictador –protestaba Siardus.

Mucho tiempo después, durante el trienio de filosofía, su crítica se radicalizó:

-Lo que vosotros necesitáis es un reformador.

Dentro del carácter opuesto de aquellos profesores, descollaba en ambos una cualidad común: esmeradísima –subrayo el superlativo- cultura científica y humanística, unida a una suavidad y cortesía de trato, excepto cuando se alteraban por algún exabrupto de nuestra conducta meridional. Con todo, jamás nos echaron en cara la distancia entre la compostura holandesa y la informalidad española. Ambos eran políglotas; aparte de las lenguas clásicas, dominaban con igual perfección las cinco principales europeas.

-Los que venimos de países pequeños necesitamos aprender muchas lenguas – aclaraba Maxentius.

Los profesores holandeses no se desprendían un momento de su pipa. Pero el tabaco especial que para ella se requería no lo había en España, lo que suponía otro dolor de

cabeza para la Administración: hacer llegar de Holanda o de Alemania el tabaco que exijían aquellos exquisitos fumadores. Les extrañaba que a los seminaristas no se nos permitiera fumar a partir de los quince años.

-En Holanda nos destetan con la pipa –bromeaba Maxentius.

La calidad académica de aquellos reverendos era excesiva para un seminario menor. Ninguno de los dos era partidario de recursos pedagógicos. Enseñaban yendo directamente al grano. Las clases de inglés de Siardus eran soberanamente aburridas. Algo más soportables resultaban las de Max, debido al anecdotario erudito de que a menudo iban acompañadas.

Aquel interminable período fue un cuadro de luces y sombras, pero con mucha preponderancia de luces. El único agujero negro que tuvimos fueron los métodos disciplinarios del Innombrable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

37

 

LA LIBRETA NEGRA

 

 

La simpatía que derrochaba el Innombrable nos hacía sentir cómodos, pero sabíamos que en cualquier momento podía sorprendernos con uno de sus cambios cíclicos.

Era entonces cuando exigía mayor rectitud militar en las filas de a dos que formábamos para ir a todas partes. Reír, hablar, volver la cabeza, eran motivos de castigos físicos o psicológicos groseramente desproporcionados. Los físicos eran las inolvidables bofetadas que dejaban rostros marcados durante días. Los psicológicos consistían en recluirnos durante horas en la capilla o en lóbregos cuartos trasteros. De todo ello, yo fui uno de los que más dosis recibieron. Pero un día, tal vez cansado de vigilarnos, inventó un método disciplinar más cómodo para él. Adquirió una libreta de cubierta negra con las páginas partidas en tres casillas: para la fecha, el nombre del castigado y el motivo del castigo. Un anochecer, durante el estudio, anunció la novedad:

-Atención, niños. Sabéis que la disciplina y el silencio son insignias de este seminario. Para conservarlas es por lo que os castigo. Pero de hoy en adelante, ya no seré yo quien os castigue, sino vosotros entre vosotros mismos.

Nos mantuvo expectantes durante unos segundos, apoyado en el respaldo de su sillón, paseando la mirada con media sonrisa enigmática. Luego añadió mostrando la libreta negra.

-El procedimiento será muy simple. Al primero que yo vea tonteando, le entregaré esta libreta; en ella anotará en las respetivas casillas la fecha, su nombre y el motivo. Para quien la tenga, y mientras la tenga, no habrá derecho a recreos, ni paseos ni excursiones. Se encargará de mantener limpios la sala de estudio, los servicios y el dormitorio.

Además, será él quien velará por la disciplina, porque al primero que vea hablando, riendo o tonteando, le entregará la libreta. El nuevo tenedor procederá de la misma forma que el anterior, y así sucesivamente. Vigilándoos los unos a los otros, os convertiréis en conscientes mantenedores de vuestra buena conducta.

Todos quedamos atónitos, intercambiándonos elocuentes miradas que significaban: “este (…) acaba de convertirnos en un cuerpo de mutuo espionaje”. Pasaron dos días de silencio compacto, pero al fin cayó uno de los más díscolos.

-¡José María, la libreta!

¡José María Deza Piedra, la alegría de nuestro grupo! Pero era demasiado perspicaz para quedarse por mucho rato con la infamia. A las pocas horas cayó la próxima víctima.

-Manolo, la libreta.

Así estuvimos por larga temporada, uno contra todos, todos contra uno; un modelo darwiniano de lucha por subsistir. Inevitablemente, algún día aquel sistema tenía que implosionar, pues no cualquiera estaba dispuesto a aceptar el estigma por una sonrisa o por un susurro. En efecto, una noche, en el silencio del estudio sonó otra sentencia:

-Pedro, la libreta.

El nuevo infractor se negó a aceptarla. Se trabó entre ambos una disputa que se fue extendiendo hasta que la sala entera se convirtió en una algarabía de comentarios.

Yo estuve a punto de decir: “hagamos desaparecer esa maldita libreta”, pero me contuve por temor a que algún quintacolumnista me delatara. De pronto el barullo cesó en seco. Acababa de entrar el Innombrable. Llamó a los dos últimos que había visto correr hacia sus puestos.

-Tú, y tú, venid acá.

Los agarró por sendas orejas zarandeándolos y topándolos de cabeza.

-¿Quién tiene la libreta?

Nadie respondió. Tras las bofetadas de costumbre, los chicos volvieron a sus asientos. Entre los ocupantes de los últimos pupitres estaba el hermano mayor de uno de los injuriados. Se puso en pie y gritó a todo pulmón:

-¡Oiga! ¿Usted se ha creído que esto es un reformatorio de delincuentes?

El Innombrable quedó paralizado. Furibundo, caminó despacio hacia el que había protestado, mientras silabeaba casi en voz baja:

-¿Qué… di…ces?

-Exactamente lo que ha oído, padre. Expúlseme si quiere, pero me llevaré a mi hermano para que no vuelva a ser tratado como una bestia.

-De eso hablaremos en otro momento, pero ahora te vas a la capilla y te estarás allí hasta nuevo aviso.

Puesto que narro lo que vi y viví, quiero que el nombre de aquel valiente muchacho quede escrito. Se llamaba Juan Ribera Florit. Mientras tanto, el Prefecto, de pie en la mitad de la sala entre los pupitres, nos miraba retadoramente. Con todo, me pareció adivinar en su rostro la expresión de quien se siente delatado, acusado. Sin duda la protesta de Ribera le penetró a fondo. Yo estaba en una gozosa tensión, mordiéndome los labios para que la risa no escapara. Pero el taimado se dio cuenta.

-Victo, la libreta.

A pocos días de cumplir los catorce años, curtida mi piel a copia de golpes, recibí el castigo con estoicismo. Tuve la libreta por mucho tiempo; tres semanas, un mes, quizá dos. Había decidido quedarme indefinidamente con ella, dejando a todos reír y cuchichear a su sabor. Mientras la tuviera, no habría en aquel seminario un colega policía. Por mi parte, perdía el derecho a recreos, paseos y excursiones; a no ver los partidos de fútbol de la UD Olot, a no escuchar las transmisiones radiales de los partidos internacionales ni oír los vítores por los goles de Zarra, ni ver las películas mudas de Charlot y del Gordo y el Flaco… en fin, quedaba como una especie de ciudadano romano en situación

de capitis diminutio. Pero sopesándolo todo fríamente, no eran tan importantes las cosas que me perdía. Más bien salía ganando en libertad de movimientos. No necesitaba compañía para divertirme. Tenía amplios espacios para moverme y caminar. Si andaba atrasado en alguna materia de estudio, tenía tiempo de sobra para ponerme al día. A ratos me entretenía traduciendo textos latinos como quien juega a rompecabezas. No era una diversión para tomarla muy a pecho, pero sí una esporádica alternativa de pasatiempo. En cuanto a limpieza, se podía hacer de más o de menos. Ninguna suegra venía detrás repasando la labor; bastaba con que no quedara nada obscenamente sucio. Pero un día pasó lo que necesariamente debía pasar.

-¿Quién tiene la libreta? –preguntó extrañado el Prefecto.

-Un servidor -respondí.

Como repitiera más veces la pregunta y respondiera siempre la misma persona, creo que empezó a preocuparse. Y así debió ser porque un día, durante un recreo, se presentó en la sala de estudio en el momento en que yo recogía la última basura de un barrido. Se sentó en su mesa y me dijo:

-Victo, ven acá.

Me puse de pie frente a él.

-Acércate más, que yo no me como a nadie.

Con los codos sobre la mesa y las mandíbulas apoyadas en los puños, me preguntó:

- ¿Por qué no das la libreta a nadie?

-Porque todos se portan muy bien –respondí.

Estuvo un rato inmóvil, silencioso, observándome de pies a cabeza. Luego adelantó la suya mirándome severamente.

-Victo, ¿puedes decirme en qué consiste, para ti, portarse bien? Permanecí mudo, sin que se me ocurriera una explicación coherente.

-¿Debo creer que no has oído ningún rumor, que todo el mundo está calladito? Tú sabes la importancia que doy al silencio.

Seguí estático, asustado, sin hallar ninguna respuesta.

-¿Lo has oído, sí o no? –insistió irritado.

-Sí, algo he oído –dije con un hilo de voz-, pero si vuelvo la vista atrás no veo a nadie.

-Ah, no… -dijo fingiendo una sonrisa cándida-. Ahora, contéstame sinceramente: si hubieses visto a alguien, ¿le habrías dado la libreta?

Viéndome acorralado, traté de serenarme y decidí hacer el torero.

-No lo sé…, es que yo no sirvo para vigilante de disciplina. Además…, por una palabra dicha en voz baja, la libreta me parece un castigo demasiado duro.

¡Ajá! –clamó con una gran palmada-, ahora resulta que nuestro Victoriano se ha vuelto moralista.

El Prefecto adelantó aún más el rostro hacia mí mirándome con ojos fruncidos.

-Oye, niño, ¡no pretenderás darme lecciones de cómo llevar la disciplina de un seminario!

-Dios me libre, padre, ni por un momento he pensado en eso.

-No lo has pensado pero lo has dicho –gritó con un puñetazo en la mesa. Se levantó lentamente y se dirigió hacia la puerta. Luego, volviéndose a mí:

-En fin, si te gusta el talante de héroe, tienes mi consentimiento.

No sé cuánto tiempo pasó después de aquel corto diálogo. Solo recuerdo que viví positivamente asustado esperando el momento de una orden fatal. Pero llegó el día del santo del padre Prefecto, que anualmente era jornada de júbilo. (En aquella época se celebraba el onomástico, no el cumpleaños). La Administración encargó a los cocineros lo que para nosotros suponía un banquetazo digno de Gargantúa. Como plato fuerte del ágape nos repartieron el contenido de cinco megapaellas de pollo y mariscos, que en tiempos de cinturones apretados eran más que decentes. Los postres fueron obsequio de la repostería de Can Vizern, casa de la que era amigo el Innombrable, quien como insuperable histrión derrochó alegría y esplendor durante la sobremesa. Pero de pronto hizo sonar la campanilla y la algarabía se cortó en seco. Se puso en pie, alzó la mano abierta con semblante risueño y trazó cómicamente una gran cruz en el aire diciendo:

-Ego vos absolvo a libreta vestra…

El aplauso fue cerrado, pero con moderado entusiasmo, quizá porque flotaba la pregunta sobre quién sería el próximo tenedor de aquel triste documento, pues yo no tenía ninguna intención de retomarlo. Lo saqué del fondo de mi pupitre y lo puse sobre la mesa del Innombrable sin acordarme de asentar los datos del castigo. El Padre Prefecto volvió frecuentar su presencia en la sala de estudio. El silencio era denso, compacto.

Y así pasaron días y días, no sé cuánto tiempo. Lo cierto es que de aquella libreta negra, nunca más se supo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MONOTONÍA

 

 

La vida en aquel internado transcurría monótonamente, pues estábamos sometidos a un riguroso horario de extrema puntualidad en todos los actos. De entre tantas menudencias acumuladas en la memoria, espumaré la sustancia de lo que retengo.

Nos despertaban a las seis de la mañana. Teníamos tres cuartos de hora para asearnos, vestirnos y dejar la cama bien compuesta. No debían quedar a la vista zapatos, ropa o cualquier otro objeto. A las siete menos cuarto bajábamos a la capilla para oír la misa, que celebraba el mismo Prefecto con minuciosa ritualidad. Luego de un escueto desayuno empezaban las labores académicas. Estudio y clases. La de música, a las doce, cortaba diariamente la jornada por la mitad. Luego de unos rezos en la capilla, procedíamos camino del refectorio recitando en semitono el salmo Miserere.

Clases y estudio por la tarde hasta la hora de la cena, a la que seguía el recreo nocturno, que terminaba a las nueve y media. Empezaba entonces el llamado “tiempo del gran silencio”, prácticamente continuación del que guardábamos siempre. Llegados en fila de a dos al dormitorio, disponíamos de unos minutos para los últimos quehaceres. No podía faltar el cepillado de dientes usando perborato de sosa, barbaridad que en aquel entonces recomendaban los odontólogos. Luego, puestos de rodillas junto a la cama, recitábamos las obligadas oraciones, que terminaban con el canto de la antífona Salva nos, Domine, vigilantes. Tras unas reflexiones piadosas del Prefecto, se apagaban las luces a las diez en punto, quedando encendidas dos bombillas rojas de extremo a extremo. Era la señal de desvestirnos y meternos en la cama, operación que se exigía hacer con máxima rapidez.

Para que nada faltara en concepto de orden, teníamos incluso nuestro ordenamiento jurídico peculiar: el “Reglamento del Colegio Mariano”, especialmente redactado para aquel seminario, cuya orientación se centraba en dos aspectos fundamentales: físicamente, orden y limpieza de las personas y las cosas, con especial hincapié en la higiene personal; espiritualmente, buena capacidad para el estudio, y sobre todo inclinación a la vida piadosa. No podía faltar el título “De la expulsión de los candidatos”. Bajo él caían, en primer lugar, quienes en los actos piadosos mostraban frialdad o tibieza, que se consideraban signos inequívocos de falta de vocación. En segundo lugar, los incapacitados para el estudio, o quienes tuvieran abundantes calificaciones negativas. En este segundo renglón, no había contra mí nada que objetar, pues aunque fui un alumno tirando a mediocre, me sostenía en un término medio más o menos decente. Pero en cuanto a la primera condición, definitivamente yo no clasificaba. Nunca fui buen rezador. Los que eran “piadosos”, lo solían mostrar en el gesto y la postura. Yo, en cambio, inquieto y distraído, encontraba excesivo el tiempo dedicado a los rezos.

Estoy seguro de que no era el único en este renglón, porque enseguida me di cuenta de que en aquellas poses “místicas” había más ficción que sinceridad; pero es que en mi caso la inclinación a la piedad no daba ni siquiera para cubrir las apariencias. Basándose en ese reglamento, el Innombrable daba especial importancia a la “modestia”, entendida como recogimiento de la mirada. Si andabas con la cabeza inclinada y los párpados bajos, ya tenías garantizada la calidad de muchacho modesto, condición a la que yo nunca pude acostumbrarme, pues cualquier rumor me llamaba la atención y me hacía volver la cabeza.

En el Reglamento había una breve, pero muy contundente referencia a los “pecados de deshonestidad”. En aquel tiempo, “deshonestidad” se decía antonomásticamente de los pecados del sexo. En este punto no había lugar a pruebas ni procedimiento; bastaba una simple sospecha, o una denuncia particular de palabra para que la expulsión fuese fulminante y sin derecho a defensa. Episodios de  homosexualidad, los ha habido siempre en todas las instituciones, religiosas, civiles y militares. Yo no puedo atestiguar que la Orden del Carmen sea la única con derecho a tirar la primera piedra; solo aseguro que en los casi veinticinco años que permanecí en la provincia carmelitana de Cataluña no tuve conocimiento de ningún episodio de esta clase, que ya es mucho decir tratándose de un asunto que lleva en sí mismo tanta pólvora para difundirse.

Aquel primer período de internamiento seminarístico solía durar entre cinco y seis años. En lo esencial, las materias que se estudiaban coincidían aproximadamente con las de cualquier pensum de bachillerato de los institutos civiles, pero con mayor insistencia en las materias humanísticas, sobre todo en las lenguas clásicas, latín y griego. El Innombrable nos decía  que la vida del aspirante a carmelita debía centrarse  en el estudio y en la oración. El tiempo libre o dedicado al ocio era muy poco. Los recreos después de las dos principales comidas duraban tres cuartos de hora. Los muchachos se juntaban en grupos según ley de empatía. Había uno -Luis Frauca Reche-, que era un hábil narrador de películas del Oeste y solía tener buen público pendiente de su palabra. Otros preferían las competencias atléticas, como las carreras de velocidad, la capacidad de salto, o posturas acrobáticas, pies en alto y manos en tierra, generalmente teniendo la pared como punto de apoyo. Algunos preferían los juegos sedentarios como el parchís, las damas, el ajedrez. Yo, hipercinético por naturaleza, corría de un extremo a otro del patio compitiendo conmigo mismo. Siempre he aborrecido los juegos sedentarios: ni ajedrez, ni damas ni cartas. En cambio participaba gustosamente en el tenis de mesa, llegando a ser uno de los buenos. En cuanto a las reuniones, no encontraba ningún grupo que me hiciera sentir bienvenido. De esto no puedo culpar a nadie; el problema era yo mismo.

Una noche, durante el recreo, vino a mi encuentro Josep Alabau.

-Victo, tengo que comunicarte una mala noticia. Esta mañana me ha llamado el Prefecto para comunicarme, de parte de la superioridad, que no puedo continuar en el seminario por incapacidad intelectual, que según el Reglamento, es señal de que no tengo vocación. Mañana, a las nueve, vienen mis padres a buscarme para llevarme a casa.

¡Excelente Josep Alabau Granatxe! El más torpe del curso y el único que me dio ánimo y consejos en los primeros días después del ingreso. Acababa de perder a mi único amigo y consejero. No he vuelto a saber de él desde hace unos diez años; no sé si aún vive. Me contaron que se había hecho rico; tenía tres estaciones de gasolina, más una flota de camiones, especializada en mudanzas por toda España, sur de Francia y Portugal.

Aprendan del “caso Alabau” quienes hacen pronósticos negros sobre el porvenir de los estudiantes torpes.

Mirando aquellos años desde una perspectiva neutral, es apenas imaginable cuán trabajoso sería para aquellos buenos frailes superar las estrecheces y mil dificultades de una posguerra. Yo no sé quién, o quiénes, administraban aquel edificio que era a la vez convento y seminario. A quienesquiera que fuesen y donde estén, les brindo mi aplauso desde la recta final de mi vida, pues no podían ser menos que genios de la economía. La comida escaseaba y a menudo había que caer en manos de los estraperlistas, que estuvieron haciendo su agosto durante casi diez años. Entre los compañeros había quienes se quejaban de hambre. Por mi parte, yo no recuerdo haberla sufrido, tal vez debido a mi minúscula complexión, que requería menos combustible. El único día de la semana en que pasaba hambre era el martes, cuyo almuerzo consistía en un hervido de patatas con carne de cerdo, que jamás me gustó. Con mucho esfuerzo –con asco incluso-, solo lograba tomar la sopa. Ese era mi día de ayuno. Si bien me pongo a recordar, las comidas no eran ciertamente apetitosas ni abundantes, pero creo que exageran quienes afirman que pasábamos hambre, o comíamos mal. Con cierta frecuencia usamos impropiamente la expresión “comer mal”. Si lo decimos por insuficiencia en cantidad y calidad, lo reconozco. Pero a veces confundimos la mala comida con la carencia de refinamiento culinario. Son dos conceptos distintos. En nuestro caso, los menús no eran muy palatables que digamos, pero no faltaba en ellos ningún elemento nutritivo esencial. Aparte de tubérculos y toda clase de legumbres, comíamos, alternativamente, carne y pescado tres veces a la semana, rematando con una pieza de fruta, o dos según el tamaño. No comento sobre la calidad de aquellas carnes y pescados, pero las proteínas y minerales, estaban. Por otra parte, si aquellos heroicos frailes tenían que afanarse tanto para conseguir lo mínimo indispensable, poco podían aspirar a suministrarnos exquisiteces culinarias. Con todo y en medio de tanta escasez,

aún había lugar para un gesto cariñoso. Mientras fuimos estudiantes –durante doce años-, cada día seis de enero amanecíamos con la sorpresa de unos regalos de Reyes -primero puestos sobre los pupitres, más tarde en la puerta de cada celda-, delicadamente envueltos y personalizados.

En resumen, visto el panorama a lo largo de aquellos años, con tres comidas calientes al día –aparte meriendas-, más vestido y calzado, sin que por todo ello nadie pagara un duro, no encuentro retribución que cubra tanta deuda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TRES AÑOS DE FILOSOFÍA

 

 

Del año de noviciado, para mí interminable, debieron quedarme huellas de las que tal vez no soy consciente, pues el excelente maestro de novicios, Miguel Basagañas Figueras, tenía especial habilidad dialéctica para lavar cerebros. La última vez que conversé con él aún mantenía una compostura y rasgos fisonómicos que no delataban ni de lejos sus 86 años. Como pasó por varios destinos, le pregunté en cuál de ellos se había sentido más cómodo.

-No sé –dijo- en qué consiste la comodidad o la incomodidad. Para mí, el mejor destino ha sido siempre el que me han asignado los superiores.

Le dimos muchos quebraderos de cabeza, debidos principalmente a su exagerado rigor en la interpretación de las normas consuetudinarias. De paredes afuera de la casa- noviciado, solo conservo la memoria de paseos por las encantadoras campiñas alrededor de Tárrega. La única noticia mediática que nos llegó fue la de la muerte de Manolete.

Próximo a cumplir los diecisiete años, entraba en el seminario mayor, que funcionaba en Terrassa. Allí cursaría mis siete años de estudios superiores: tres de Filosofía y cuatro de Teología. Propiamente no me introducía en un nuevo mundo, sino que permanecía en el mismo, aunque con la sustancial diferencia de combinar la vida religiosa con la académica; pero el rigor era igual en ambos aspectos.

He sido profesor en centros de enseñanza media, seminarios y universidades. Si admitimos que la formalidad académica va pareja con el rigor, puedo asegurar que donde más lo he visto ha sido en los seminarios. Hallándome una vez en Madrid, tuve ocasión de escuchar una conferencia de Antonio Tovar, cuando aún era rector de la universidad de Salamanca. Habló de los problemas universitarios y de las revueltas estudiantiles. En cierto momento dijo: “Yo siempre recomiendo a mis estudiantes que si quieren saber lo que es estudiar en serio, asómense a la Pontificia y sobre todo al Seminario Mayor del convento de San Esteban”. Muchos años después comprobé que Antonio Tovar tenía razón. Durante una estancia de dos años en Bogotá, fui profesor de tres universidades y del Seminario Mayor. Era en este donde más exigencias había en trabajo y puntualidad. Cuando entraba en el aula, ya estaban allí esperándome 40 muchachos entre dieciocho y veinticinco años. En aquella monumental casa, cada profesor se sentía obligado a dar de sí todo lo que tenía.

En los Seminarios Mayores carmelitanos convivíamos dos sectores de estudiantes: los del trienio de filosofía y los del cuatrienio de teología, coloquialmente llamados, respectivamente, “filósofos” y ”teólogos”, dirigidos por un solo prefecto, que también tenía la denominación de Padre Maestro. El primero que tuvimos en nuestra promoción se llamaba Lidwinus Vollering, un holandés de buena talla, entre los treinta y cinco y cuarenta años, hombre de esmerado trato e inalterable igualdad de ánimo. Era al mismo tiempo nuestro profesor de filosofía e Historia Universal en su relación con la filosofía – especie de filosofía de la historia. En los tres años que lo tuvimos de prefecto y profesor, mantuvo siempre un perfil bajo, limitándose a dar los avisos mínimamente indispensables.

La metodología general –aparte de la peculiar de cada profesor- se basaba en la tradicional clasificación wolffiana de la filosofía en siete tratados sistemáticos más la Historia de la filosofía por orden cronológico. Precedía a estos tratados una introducción general dedicada a explicar la evolución del pensamiento filosófico a través de los tiempos. El profesor Vollering dedicó las tres primeras clases a esa introducción.

Dos diarias eran las lecciones de filosofía: la sistemática por la mañana y la histórica por la tarde. Fuera de la Lógica, los restantes tratados distribuían el contenido en “tesis”, cuyo número variaba según la metodología de cada profesor y del manual utilizado como guía. Entre los más usados estaban el de Vincent Remer, y el de Sebastian Reinstadler, ambos escritos en latín y en más o menos volúmenes según las editoriales. Las tesis se formulaban en proposiciones que enunciaban una determinada doctrina. Ejemplos: “Es imposible que de un cúmulo de probabilidades, por muchas que sean, se genere certeza absoluta”; “El espacio absoluto es un ente de razón con fundamento en la realidad”; “Las potencias se especifican por los actos, y los actos por los objetos.”

En el desarrollo de las tesis el profesor procedía de la siguiente manera. Ante todo analizaba los conceptos implícitos en las palabras clave, fijando el significado y sentido que se les daría en el transcurso de la exposición. Seguía una noticia sobre “el estado de la cuestión”, es decir, el interés que tiene una proposición en el conjunto de un tratado, su valor ontológico, científico-práctico y sus las razones de sustentabilidad. En tercer lugar, la parte polémica, donde se ponían en confrontación las sentencias favorables y las adversas, teniendo a la vista los correspondientes textos. Finalmente, venían las demostraciones –que mal llamaban pruebas- a que hubiera lugar según la materia en cuestión. Como es evidente, este método no solo servía para clarificar las cuestiones filosóficas, sino que, paralelamente, se ofrecía una panorámica histórica de cómo se fue desarrollando una determinada doctrina a través del tiempo. Así, con el método sistemático se hacía un recorrido histórico por los diversos enfoques de los temas y problemas, a la vez que, paralelamente, a medida que recorríamos la historia de la filosofía, nos reencontrábamos con autores de quienes ya conocíamos aspectos particulares.

La eficacia del método sistemático wolffiano lo sentí de modo especial en los tratados de y Gnoseología y Ontología, donde un alumno cobra plena conciencia del lenguaje filosófico y científico. Porque a través de estos dos tratados –especialmente del primero-, se conocen las principales tesis planteadas desde Platón y Aristóteles hasta Kant. Tal es la condición sine qua non para afrontar el pensamiento filosófico a partir de Kant y el Idealismo Alemán. Este método, que suele atribuirse a Christian Wolff, es en sustancia el que se aplicaba en seminarios y universidades hasta principios del siglo XX. Se consideraba que la filosofía, al igual que las demás ciencias, debía estudiarse empezando por los conocimientos más elementales; lo que supone recorrer la historia del pensamiento desde Grecia, pasando por la Edad Media, el Renacimiento y el Sensismo inglés, hasta llegar a la “ruptura copernicana” de Kant, que es el punto de referencia para el pensamiento posterior. Actualmente se menosprecia –quizá se desconoce- este método en las escuelas de filosofía, erróneamente a mi parecer, pues no se aborda adecuadamente un pensamiento sin conocer, cuando menos, los inmediatos anteriores. Hoy día se confieren maestrías y hasta doctorados en filosofía sin antes pasar por la respectiva licenciatura; cosa tan absurda como sería optar a una maestría y doctorado en medicina sin antes cursar la carrera médica. Como si no bastara este derroche de generosidad, se introduce al neófito directamente a los autores contemporáneos sin previo conocimiento de ningún antecedente. Lo que se ha logrado con esas concesiones “filantrópicas” –calificativo del profesor Alberto Rosales-, ha sido el envilecimiento de las escuelas y facultades de filosofía, donde hay que cursar entre cuatro y cinco años solo para obtener una licenciatura, mientras que en tres años, con solo una lección monográfica semanal, se gana el título de Magister. De donde resulta una curiosa inversión, valiendo más lo que se ha estudiado menos y valiendo menos lo que se ha estudiado más.

Volviendo a nuestro trienio filosófico, de vez en cuando el profesor Vollering dedicaba, a modo de relax, los últimos minutos de una clase a estimular preguntas sobre cualquier asunto relacionado con el tema del día. Aún recuerdo con precisión algunas, como:

-¿Qué hay que responder a quienes dicen que la filosofía no sirve para nada?

-Bueno, eso depende de quiénes y cómo son los que hacen esta pregunta. Seguramente no te vendrá de cualquier persona suficientemente culta. La dificultad está en la indeterminación del objeto de conocimiento por parte de la filosofía. Todas las ciencias, principalmente las prácticas, tienen muy fijo ese objeto, mientras que la filosofía tiene que especular sobre entelequias, tales como ser, ente, sustancia, esencia, naturaleza, hipóstasis y otras voces semejantes que significan algo en general, pero nada en particular, lo que hace que no sean de ningún interés para los científicos, que tienen bien determinado su objeto de trabajo. Pero la filosofía debe especular sobre entelequias porque solo mediante ellas puede investigar las causas remotas, que son precisamente

el objeto ”indeterminado” de la filosofía. En esto reside la dificultad.

-Pero es el caso, -intervino uno-, que incluso profesionales cultos hablan despectivamente de entelequias, como de palabras vacías.

-Eso se debe a que desconocen el significado de la palabra “entelequia”. Sin embargo, las entelequias son conceptos fundamentales, también útiles para todas las ciencias; pero los mismos científicos no se ocupan de ellos porque su máxima atención se dirige a los hechos. Los filósofos se preguntan principalmente sobre el qué de las cosas que son o acontecen, mientras que los científicos se interesan por el cómo son, cómo suceden, cómo se hacen.

-Profesor –insistió otro-, me temo que seamos varios los que no tenemos idea clara de lo que es una “entelequia”. ¿Podría usted explicarlo?

-Entelécheia -escribió en la pizarra- es un sustantivo griego que significa razón y perfección última –siguió escribiendo derivaciones y sinónimos-. Por tanto no se trata de una palabra vacía, sino llena de sentido, primero para la filosofía, pero también para las demás ciencias. Hay que abstenerse de usar –mucho menos desestimar- una palabra si no se conoce su verdadero significado. Acordaos de cuánto hemos insistido en fijar el significado y el sentido de las palabras antes de discutir sobre cualquier tema. De ahí vienen los malentendidos.

-Profesor, la matemática, ¿no trabaja también con entelequias? Porque ¿qué son los números sino entelequias?

-Lo son los números abstractos, pero no los concretos. La ventaja de la matemática está en que trabaja principalmente con números concretos, mientras que la filosofía solo lo hace con entidades abstractas. Porque los números concretos confieren a los cuerpos la razón de cantidad, que es su principal atributo. Todo cuanto vale, pesa, mide, produce, influye, actúa y genera determinadas relaciones, se representa con números. Con números calculamos espacios, tiempos, movimientos, valores y muchas cosas más que necesitamos para el conocimiento y la acción. La esencia de toda realidad cognoscible es cuántica. Solo el número abstracto se queda en el rango de las puras entelequias. Para resumir: no podemos determinar la realidad de las cosas sin que intervenga la cantidad. Las abstracciones no son protagonistas en la investigación de realidades concretas.

-Profesor, las nociones de inteligencia, virtud, altruismo, etc., ¿también son medibles y calculables?

-No son calculables, ni medibles ni cuantificables, pero sí evaluables; pero bajo este último punto de vista también está en cierto modo presente la cantidad.

-Profesor, ¿se puede medir los grados de inteligencia por la cantidad de neuronas?

-No, porque la inteligencia no depende de la cantidad de neuronas sino de su buena sinapsis. Pero no entremos en cuestiones biológicas, que para eso tenéis un profesor de Biología.

En efecto, nuestro pénsum no constaba solo de materias filosóficas sino también de otras, como dos horas semanales de Biología y Física con el profesor Leopoldo Borgering, también holandés. Igualmente las teníamos de Matemática con Enrique Pujolrás Caritg y de Literatura Universal con Julio Serrano Tormo; todo ello con la finalidad de subsanar posibles deficiencias de bachillerato. Se trataba de cumplir con la mayor literalidad posible el precepto de las Constituciones de la Orden: “que los religiosos clérigos se aventajen lo más posible en las ciencias y en las letras”.

Tal fue el tono que predominó durante los tres años de filosofía, en los cuales no tuvimos siempre los mismos profesores. Por cuanto se refiere a Lidwinus Vollering, lo recuerdo siempre con la misma inalterabilidad de ánimo, con igual talante cortés. Pero vale la pena que consigne la única ocasión en que logramos sacarlo de casillas. Tal vez en parte debido a la poca fluidez de sus exposiciones y la aridez de las materias, la comprensión se dificultaba incluso para los alumnos más brillantes. Él nos toleraba la flojedad de interés con infinita paciencia, a pesar del notorio fruncimiento con que disimulaba su típica iracundia holandesa. Un día cualquiera, nadie, ni siquiera los más brillantes, habían preparado la lección. Y fue precisamente aquel día en que al bueno de Vollering se le ocurrió preguntar. Ni uno solo acertó a responder algo coherente. Pálido de ira, al profesor le temblaban los dedos y los labios. De pronto cogió el libro, se levantó y lo tiró violentamente contra la mesa exclamando:

–¡Potferdeki! ¡Paguese nada! (Potverdikkie: interjección familiar casi equivalente a ¡mal haya!). Salió del aula enfilando el corredor a toda prisa y se encerró en su estudio con un estruendoso portazo. Quedamos silenciosos, inmóviles, entre asustados y desconcertados. El inefable José María Deza se levantó, juntó el pulgar con el índice y sentenció:

-Señores, eso es lo que se llama, técnicamente, terminar como el rosario de la aurora.

Adquirir conocimientos filosóficos y entenderlos debidamente es tarea difícil para cualquiera, pero lo es más para quienes la empiezan a los diecisiete años. Se aprende física, biología u otras ciencias de objetos sensibles, activando la interconexión entre memoria, entendimiento y experimentación; pero la filosofía exige, además de recordar y entender, asimilar un lenguaje nuevo, prescindiendo del signo sensible y atingiendo directamente la esencia de los objetos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CUATRO AÑOS DE TEOLOGÍA

 

 

A partir del período teológico tuvimos un cambio de prefecto. Cesó Vollering en su cargo y fue sustituido nada menos que por el bueno de Miguel Basagañas Figueras, que cuatro años antes lo habíamos tenido de maestro de novicios. Como nuevo prefecto del seminario mayor, actuó con el mismo rigor de costumbre. En cuestión de disciplina, nos apretó las tuercas en un estilo que vale más no recordar. El padre Basagañas era un hombre de talla mediana, de correctas y apacibles líneas faciales, pero marcadas de rigidez ascética. Se distinguía por su porte modesto y ecuánime. No he conocido a nadie que mejor ensamblara la prédica con el ejemplo. Aún conservo vivo el recuerdo de sus charlas durante el noviciado. Había en su estilo agilidad y hasta plasticidad descriptiva, pues tiempos atrás había hecho sus pinitos poético-literarios. Una vez le pregunté si aún flirteaba con las musas. La pregunta le sentó mal y me respondió agriamente:

-Ya hace muchos años que camino con los pies en tierra.

Entré en el cuatrienio de teología con buen pie. Hay en esta ciencia dos grandes partes: una teórico-dogmática y otra, práctico-moral. En ninguna de las dos fue preciso cambiar de lenguaje, pues en teología se utiliza el mismo vocabulario filosófico al que ya estábamos acostumbrados. De hecho la filosofía es el andamiaje racional que sustenta la argumentación teológica, solo dentro los límites de lo probable.

Nada interesante puedo decir de los profesores, que se limitaban a explicar el contenido de los manuales. Con todo, no puedo omitir el nombre de Agustín Forcadell Roig, personaje de alto perfil, que impartía las materias De Sacramentis, De

Verbo Incarnato, liturgia y música. Era un reverendo muy singular, dotado de amplia cultura y apabullante dialéctica, que lucía con la misma agilidad en latín que en castellano. Habría sido un excelente profesor de filosofía, a juzgar por la maestría con que nos explicaba las connotaciones metafísicas de la Persona de Jesucristo-Hombre en el tratado De Verbo Incarnato. Era excelente músico y además musicólogo especializado en canto gregoriano. Esta condición le llevaba a cultivar la Liturgia, de cuya historia fue infatigable investigador. En la personalidad de Forcadell había un contraste entre su físico poco relevante y la fuerza prepotente que emanaba de su rostro. La mirada de sus ojos negros y hundidos en las cuencas, era dura y escrutadora. Ante las distracciones y veleidades propias de la juventud, usaba magistralmente la ironía y el sarcasmo. Lo tuvimos de Superior de la casa durante dos años que fueron, al menos para mí, de triste memoria. Comprendo que actuaba según las reglas de juego del momento, pero él añadía de su cuenta una voluntad de poder obscenamente nietzscheana. Forcadell, en cuanto que superior, era la arbitrariedad personificada. Pero un día su aguda inteligencia sufrió un penoso lapsus. Durante un “Capítulo de Culpas” –acto regular que se celebraba los miércoles- habló de los extremos a que puede llegar la malicia humana cuando se une a la cobardía.

-Y para que veáis una muestra –dijo agitando un papel-, mirad el infamante anónimo que algún cobarde aquí presente me ha hecho llegar. Que sepa ese tal cobarde, que tiene una conciencia muy equivocada acerca de mi persona.

¡Qué lástima del ilustre Padre Forcadell! No se dio cuenta de que estaba protagonizando un triste vodevil de decadencia. Olvidó que lo más conveniente para quien recibe un anónimo “infamante”, es la actitud del marido prudente que descubre el engaño de su mujer: el silencio; callar para que la noticia no cunda.

El día en que cesó de su cargo fue una jornada de júbilo tácito, pero escrito en todos los rostros.

 

De entrada en la parte dogmática, tuvimos que asimilar una perspectiva que desconocíamos en su verdadero significado, esto es, la noción de Trascendencia. Quienes desean iniciarse en una ciencia cualquiera, deben partir de presupuestos que no se discuten. Asimismo, quien entra en la teología positiva, parte del presupuesto de la Trascendencia sin derecho a ponerlo en cuestión; de lo contrario no habría teología. En los períodos estivales solíamos recibir lecciones extraordinarias de Bartolomé Xiberta, que venían a llenar importantes vacíos. En punto a la Trascendencia nos expuso un amplio panorama del status quaestionis. Siguiendo mi costumbre de tomar apuntes de todo lo que veo y vivo, trataré de dar forma a los que conservo, que no será ni de lejos con la claridad y precisión de aquel gran teólogo.

En los inicios de la teología cristiana predominaba la discusión sobre la posibilidad de concordar las creencias con el razonamiento. Unos otorgaban primacía a la fe, otros a la razón. Entre los siglos IV y V San Agustín pone en boga el retruécano Intellige ut credas, crede ut intelligas. Ciertamente que eso no resolvía las dudas, pero al menos abría un camino hacia la conciliación entre el creer y el entender. La controversia fue aumentando en cantidad y refinándose en cualidad, hasta que en el siglo XIII se equilibró la concordancia entre fe y razón en la Summa Theologica de Santo Tomás, al tiempo que bajo una epistemología semejante se construían las catedrales góticas. Una buena parte de teólogos se inclinaba a favor de las Cinco Vías tomistas, no solo dándoles un valor demostrativo sino también –y más erróneamente- probatorio. Pero el equilibrio fue poco duradero, porque contra el intelectualismo tomista pronto se alzó el voluntarismo de Escoto. Mientras los intelectualistas daban preponderancia al entender, los voluntaristas se la otorgaban al creer, cada uno con sus razones ontológicas. Escoto argüía a contra Tomás el haber encorsetado la teología en la lógica y la metodología de las ciencias, lo cual significaba empequeñecer a Dios. Las Cinco Vías –proseguía Escoto- no demuestran ni mucho menos prueban que el primer motor semovente -en el supuesto de que exista- sea Dios. Bartolomé Xiberta concluyó la exposición con un decidido giro hacia el intelectualismo tomista.

-Acepto –decía- con muchas reservas la tesis del voluntarismo. Pero Escoto olvidaba que la fe en la Trascendencia y la creencia en un Dios solo son explicables, a través de un proceso intelectual que conduzca a la formulación de una doctrina. Pero como toda doctrina parte de presupuestos que no se discuten, es preciso que la voluntad, acepte un cuerpo de verdades reveladas que constituyen la materia de la fe cristiana. Esto supone adentrarse en una epistemología en la que el sujeto cognoscente aprehende la esencia de un objeto sin que ni el cognoscente ni el objeto conocido cambien de naturaleza. El acto de conocer solo es completo cuando el ánimo no se contenta con la simple aprehensión de las esencias, sino que sigue elaborándola hasta enunciar proposiciones quidditativas. Cuando haya formulado un conjunto de ellas alrededor de un mismo objeto, entonces se hallará en posesión de una doctrina. Este es el procedimiento para convertir en doctrina los datos de una ciencia, la teología en nuestro caso. Por consiguiente, si aceptas una verdad revelada, no es porque en un momento haya cambiado tu estado de ánimo, o porque veas el objeto con un cristal de otro color, o porque esta sea –según Escoto- la voluntad de Dios, sino porque tu voluntad acepta un cuerpo de verdades que se le imponen objetivamente.

Al eminente teólogo le llovieron preguntas, muchas de ellas casi infantiles. Por ejemplo:

-Maestro, tengo la impresión de que la mayoría de los científicos, o son ateos o agnósticos.

-De eso no hay estadísticas, que yo sepa, pero si lo que dices fuese cierto, yo lo comprendería; la incredulidad predomina porque tiene el apoyo de los sentidos. Por eso la mayoría aprecia mejor las ciencias aplicadas y descriptivas porque de ellas se obtienen efectos operativos. Pero los buenos teólogos y filósofos deben rebasar los datos científicos para no estimar sus efectos más allá de lo razonable.

-¿Qué se requiere para que una ciencia sea doctrina?

-Que de ella se saquen proposiciones quidditativas universalmente válidas dentro de una ciencia determinada.

-¿Es necesario que todas las ciencias contengan alguna doctrina?

-No, porque así como de toda sensación no se genera necesariamente un conocimiento, tampoco es preciso que de toda ciencia se derive una doctrina. Por eso no hay que confundir ciencia con tecnología.

-Pero se habla de ciencia y tecnología como si fueran sinónimos.

-Es una distracción entre las muchas que se cometen en el lenguaje ordinario; de ellas no escapan ni siquiera las mentes más cultas. Lo que hay entre ciencia y tecnología es una relación atributiva, en el sentido de que la técnica es aplicación práctica de una ciencia. Cualquier constructo técnico proviene de la combinación entre dos ciencias: la física y la matemática.

-¿Es correcto afirmar que la teología es una ciencia teórica?

-Sí, pero siempre bajo el supuesto de que también tiene su aspecto práctico. La teología práctica es la moral positiva, o más estrictamente aún, la vivencia mística.

-¿Se puede ser teólogo prescindiendo de la parte mística?

-Sí, pero un teólogo sin vida mística es un teólogo incompleto. Yo diría más: un teólogo inútil. Porque ¿de qué te sirve la ciencia teológica si no te aprovechas de ella para el bien tuyo y el de tu prójimo?

-¿Puede pasar por teólogo un especialista en Teodicea?

-No, porque no hay teología fuera del plano sobrenatural. No es lo mismo un teólogo que teósofo.

-¿Se puede ser teólogo sin ninguna formación filosófica?

-Claro que no. Un teólogo sin formación filosófica sería un catequista. Para pasar del catecismo a la teología es preciso montar un andamiaje racional que, en el caso de la fe cristiana, solo se construye partiendo de un cuerpo de doctrinas filosóficas. El simple creyente no ilustrado se contenta con aceptar sin discusión los dogmas del catolicismo o de otra confesión cristiana; no siente la necesidad de buscar razones. El teólogo, en cambio, indaga sobre los fundamentos en que se apoya la voluntad de creer. Toma de la filosofía los conceptos que postulan un salto de lo transitorio a lo trascendente, que es como el paso de la filosofía a la teología, pero con una condición sine qua non: la de impedir que se filtre contaminación subjetivista.

-¿Cómo puede uno deshacerse de la subjetividad, que siempre llevamos dentro?

-No se trata de negarle a la subjetividad la función que le compete. Las doctrinas pertenecen al sujeto que las crea y al que las aprehende, pero no se quedan en ellos como propiedad particular, sino que se expanden hacia otros sujetos. Las doctrinas, por el solo hecho de serlo, son universales, y por tanto objetivas. Lo que queda de exclusivo dominio del sujeto es el modo peculiar de recibirlas y retenerlas, o si se quiere, hasta interpretarlas; pero siempre habida cuenta de que no dependen de su adecuación al sentimiento de un pueblo o al espíritu de una época, sino de la evidencia con que se imponen sus proposiciones quidditativas.

 

Aquel status quaestionis que plateó Bartolomé Xiberta hizo que me interesara por Escoto, del cual recibimos noticia muy escasa en el  trienio de filosofía. Me pareció que las razones del Doctor Sutil eran dignas de mayor atención. Porque Tomas de Aquino concluye cada una de las Vías de la siguiente manera: 1ª, existe un primer motor “semovente” , que es lo que todos entienden por Dios”; 2ª, existe una primera causa no causada por otra, que es la que todos llaman Dios; 3ª, existe un ser absolutamente necesario, no contingente, que es lo que entendemos por Dios; 4ª, existen grados de perfección que postulan una realidad en sumo grado perfecta, a la cual llamamos Dios; 5ª, existe un fin último que es razón de todos los fines inferiores, al cual todos llaman Dios.

En suma, Santo Tomás no afirma que el Primer Motor es Dios, ni que la Primera causa es Dios, ni que el Ser Necesario es Dios; se limita a decir que así lo llamamos, así lo entendemos, así lo decimos. (Literalmente: hoc omnes intelligunt Deum; quod omnes Deum nominant; quod omnes dicunt Deum; et hoc dicimuus Deum…) Por eso Escoto arguye contra Tomás que sus argumentos solo demuestran la probable existencia de un primer motor, una primera causa, un primer ordenador, etc., pero la lógica natural no nos da la certeza de que tales entidades sean divinas.

En el contexto Santo Tomás, al menos en este caso, no se distingue entre prueba y demostración, ni entre demostración cierta y demostración probable, pero por las expresiones que he citado es deducible que entendiera sus Cinco Vías como demostraciones meramente probables. Por otra parte tampoco la ciencia física ha podido probar la existencia de un primer motor, ni de una primera causa ni de un primer ordenador. Solo ha formulado hipótesis. Si Einstein hubiese sido creyente católico, tal vez habría resuelto la cuestión de las Cinco Vías con este entimema: existe la energía, ergo existe Dios. (El panteísmo es la tentación de los científicos creyentes).

De esta odiosa disputa nos habría librado el Aquinate -¡no pretendo enmendarle la plana!-, si en lugar de llamar a sus Cinco Vías “pruebas” se hubiese limitado a llamarlas “atributos divinos”. O bien, como hace Escoto, sintetizarlas en un solo sustantivo abstracto: infinitud. No se trata de desestimar el argumento de las Cinco Vías, sino de situarlo en el lugar que le corresponde entre los argumentos probables. Su debilidad demostrativa no está en la impericia dialéctica de Santo Tomás sino en la imposibilidad de rebasar los límites del entendimiento humano. Por consiguiente, lo máximo a que puede llegar el razonamiento es a las siguientes conclusiones probables: un primer motor semovente solo puede ser un Dios, una primera causa incausada solo puede ser un Dios, la suma perfección solo puede estar en un Dios. Hasta aquí llega la razón natural. Pasar más allá depende de la voluntad.

Bartolomé Xiberta, aceptaba las Cinco Vías, pero con poco entusiasmo. En la cátedra cumplía con la exigencia académica, mientras fuera de ella se contentaba con esta escueta proposición: “Dios es la suma de todas las perfecciones elevadas al grado supremo”. La verdad es que cuanta más lógica y ontología añadimos a este asunto, más oscuro lo ponemos. La Trascendencia en general y la existencia de Dios en particular, solo interesan a quienes se las plantean como problema. Los argumentos probables pueden considerarse y examinarse seriamente, pero con una gota de escepticismo, porque quien los analizar con ojo crítico, ya sabe de antemano que ni el argumento Ontológico ni el de las Cinco Vías conducen a ninguna solución satisfactoria, a menos que el razonamiento vaya precedido de una voluntad dispuesta a aceptar lo que está más allá de la razón.

En contra de lo que aseguraba Miguel Basagañas, cuatro años de teología no me acrecentaron la fe sino la duda, la cual siempre es lícita ante proposiciones que carecen de evidencia inmediata. Hablando de razones y creencias, me comentaba un amigo sacerdote:

-Yo, simplemente creo pero no pienso, porque si me pongo a pensar me vuelvo loco. Y me consta –añadía- que a muchos otros les ocurre lo mismo.

Chesterton, escritor converso al catolicismo solía decir que convertirse a la fe es cuestión de profundizar. Una vez, conversando con su amigo G. Bernard Shaw, le dijo:

-Yo no entiendo cómo tú, ciudadano de un país con tanta tradición católica, seas incrédulo.

-Yo tampoco entiendo -respondió- cómo tú, que eras tan incrédulo como yo, te hayas convertido a la religión más rancia del planeta.

-Yo me convertí a la fe católica a base de profundizar.

-Y yo perdí la fe, también a base de profundizar.

-No entiendo tu actitud porque todos, incluidos los ateos, tenemos necesidad de Dios.

-Pues yo, no.

Parece extraño, pero eso es lo que a menudo ocurre: que el profundizar en la Trascendencia, a unos hace creer y a otros descreer. Hay quien necesita recibir de la vida unos cuantos garrotazos para encontrar a Dios; otros al contrario, los reveses y contratiempos le alejan de él. A veces pienso que el creer y el descreer no dependen solo del entendimiento y la voluntad sino también de los misterios de la biología. No alardeo de cientificismo postmoderno, pues ya en el siglo XVII el rigorista Pascal, en sus Lettres Provinciales, se lamentaba de que el jesuita Pierre Le Moyne hiciese depender la fe y la devoción de ciertas predisposiciones endocrinas (de leurs humeurs; de leur complexion).

 Ahora viene a cuento un caso muy especial que años después yo mismo presenciaría en vivo. Durante un recorrido vacacional por los Alpes franceses, la casualidad me hizo trabar amistad con un sacerdote muy culto que me sirvió de cicerone en algunos recorridos. Una noche, mientras cenábamos en un restaurante, se franqueó conmigo y me confesó que era ateo convencido, dándome una explicación de cómo había llegado a este convencimiento. Al preguntarle por sus estudios me dijo que era licenciado en Teología por la Universidad de Lovaina.

-Si tal es tu situación, ¿por qué no te secularizas? -le pregunté.

-Porque hace quince años que soy párroco de un pueblo de mayoría creyente, que ha puesto toda su confianza en mí. He fundado en mi parroquia una especie de agencia filantrópica –odio palabra “caridad”-, donde se ofrece toda clase de servicios gratuitos en alimentación y medicina. He gastado mucha suela de zapato granjeándome amistades de gente generosa del comercio y la medicina. A estas alturas de la marcha, no puedo defraudar a tanta gente ni dañarle la fe por un problema exclusivamente mío.

-Pero ¿cómo te las compones para celebrar misa, predicar, oír confesiones y dar consejos espirituales, si no crees en nada?

-Simplemente, me hago la cuenta de que soy un funcionario que presta un servicio público de carácter religioso y social.

-¿En ningún momento te has sentido como impostor?

-En absoluto. Mis funciones ministeriales son canónicamente válidas, pues el Derecho Canónico no entra en las conciencias. Acuérdate del aforismo: de interioribus non iudicat Ecclesia. Si a pesar de mi ateísmo resultara que hay un Dios, él me juzgá.

-¿No tienes miedo de cometer, de palabra o de hecho, alguna distracción que te delate?

-Es una posibilidad que veo muy remota.

-¿Sospechas que haya en Francia otros curas en situación como la tuya?

-No lo sé; nunca me lo he planteado.

-¿Estás seguro de que nadie sabe de tu ateísmo?

-El único que lo sabe eres tú. Pero aunque fueras a mi parroquia y me delataras, nadie te creería. Ellos tienen tanta fe en mí como en Dios.

¡A saber por qué razones aquel extraño personaje se sinceró conmigo! Los fenómenos humanos son impredecibles. Hay tantas razones de creer como de apostatar, porque los misterios de Dios son ininvestigables. Cuenta Cicerón que el tirano Hierón llamó una vez al sabio Simónides para que le explicara qué es Dios y cómo es. El sabio le pidió un día para pensarlo. Al siguiente, dos, después cuatro, luego ocho... Preguntándole el tirano por qué cada vez le doblaba el plazo, respondió Simónides: “Porque cuanto más pienso en este asunto, más inasequible me parece”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CASUÍSTICA MORAL

 

 

Anticipo que el siguiente capitulito solo tiene sentido para los bien adentrados en la octava decena de su vida.

Cuando algún funcionario corrupto es descubierto, su primera expresión de autodefensa suele ser: “yo tengo la conciencia tranquila”. Naturalmente, el primer testigo de cargo que un imputado lleva consigo es su propia conciencia. Distingamos primero entre conciencia confesional y conciencia ética. La primera es religiosa, la segunda, laica. Quienes hoy dicen, públicamente, tener la conciencia tranquila, se refieren exclusivamente a transgresiones de orden civil. (En filosofía y psicología el término preciso es “consciencia”). Las conciencias perturbadas por motivos religiosos deben ser estadísticamente poco relevantes). A medida que la sociedad se ha ido laicizando y la Iglesia ha perdido influencia moral, la palabra “pecado” se ha ido sustituyendo por la de “delito”. El remordimiento de conciencia sólo se da con respecto al pecado, rarísimamente por el delito. De ahí que la Moral Positiva haya perdido vigencia civil, quedando restringida al uso exclusivo del cristiano practicante.

En los tiempos a que me refiero en este relato, aún existía un público estadísticamente significativo que frecuentaba la confesión. Incluso abundaban feligreses que tenían su “confesor ordinario” para los pecados veniales, pero cuando cometían alguna fechoría de cierto grosor acudían a otro desconocido o aprovechaban la ocasión de algún sacerdote transeúnte. La hipocresía de este proceder era evidente: ¡había que conservar la buena reputación ante el confesor ordinario!

La cuestión de la conciencia es el principal capítulo de la introducción a la Teología Moral, que es como la “razón práctica” de la Teología Dogmática. Para sentirse sujeto moral de un sistema teológico de cualquier religión, no sería necesario atenerse a muchos dogmas; bastaría este solo: “hay un Dios único que es creador y sancionador”. De esta sola proposición deriva tanto la teología dogmática como la moral.

Desde el segundo año del cuatrienio teológico, empezamos a estudiar los principios introductorios a la Moral, es decir su parte teórica, pues aunque la Teología Moral es práctica de por sí, va precedida de un conjunto de nociones teóricas. El profesor de Moral era Enrique Casanovas Justribó, joven de prestante figura, recién graduado en el Colegio Internacional de San Alberto, de Roma. Hombre meticuloso, prudente, de conciencia delicada, cuya primordial preocupación era la de no causar escándalo. En seguida me percaté de la amplitud de conocimientos que requería la sola parte introductoria en que nos iniciábamos. La primera sección se dedicaba a la psicología de los actos humanos, en sí mismos y en su relación con la moral. La segunda trataba de la ley -humana y divina- y sus métodos de interpretación. En la tercera –la más larga e importante-, abordaba el tema de la conciencia, con los diversos sistemas de interpretación de la norma moral. Finalmente, una última precisaba las nociones de pecado y virtud, con sus minuciosas clasificaciones. Estos contenidos ocupaban el primer volumen de la Summa Theologiae Moralis, de H. Noldin-A. Schmitt, el manual más comúnmente usado en aquel tiempo.

Puesto que somos tantos los que tenemos la conciencia tranquila, será bueno detenernos a considerar cómo dicha tranquilidad debe entenderse. A pesar de la sinonimia entre moral y ética, solemos referir la primera a la conducta religiosa y la segunda a la civil. La diferencia entre ambos términos es más de uso que de significado. La mayoría de los actos moralmente buenos lo son también éticamente, aunque con algunas diferencias casuísticas, más bien escasas. Cumplir un pacto es moral y éticamente bueno. Rezar por los difuntos es moralmente bueno, pero éticamente indiferente. Dar dinero a un funcionario público para que te atienda antes y mejor que a los demás, es ética y moralmente malo; pero ofrecerle un obsequio por haberte  ayudado honestamente a salir de un mal paso burocrático, es moralmente lícito y éticamente indiferente.

Los tratadistas de Moral suelen ser enojosamente quisquillosos. Hay numerosas clases y subclases de conciencia, según la diversidad de circunstancias concurrentes. Para no cansar a mis cuatro o cinco lectores me limito a mencionar las tres principales: la recta, la dudosa y la laxa. Es recta la que percibe claramente la moralidad del objeto y a él dirige la intención; dudosa, la que se no se siente segura de la moralidad de una decisión; laxa, finalmente, la que decide sin escrúpulos según su conveniencia.

Es evidente que la postmodernidad es la época del laxismo moral y ético. En los años cuarenta del siglo pasado, Pío XII manifestaba su angustia ante un mundo que había perdido el sentido del pecado. Lo que sucede hoy, después de más de sesenta años, aquel riguroso pontífice ni siquiera lo podía barruntar. Sin embargo cuarenta años antes que él, ya se le había anticipado con creces Antonio Machado:

La envidia de la virtud

hizo a Caín criminal.

¡Gloria a Caín! Hoy el vicio

es lo que se envidia más.

En punto a la estrechez o anchura de la conciencia dudosa hay sobradas anécdotas con sabor a chascarrillo. Contaré una de las que fui testigo. Keneth Lee, antiguo profesor de Teología Moral del Colegio Internacional de San Alberto, dio una charla sobre la psicología de las conciencias rigurosas y laxas. Había entonces para los sacerdotes la obligación de rezar diariamente las siete “horas canónicas” del Breviario (“horas”, no en sentido de tiempo sino de unidades de rezo –maitines, laudes, prima, etc.), bajo pena de pecado mortal por cada “hora” conscientemente omitida. Así que, quien las omitiera todas conscientemente, acumulaba nada menos que ¡siete pecados mortales! Mamma mia! La continua instancia, a veces estrés, que ocasionaba esta obligación, hizo que cundiera, bromeando medio en serio, la costumbre de llamar al breviario “la suegra”. Alguien preguntó al profesor:

-Padre, ¿hay alguna culpa en llamar al breviario “la suegra”? El socarrón de Keneth Lee respondió flemáticamente:

-Yo no lo llamaría suegra, sino esposa, porque a veces gusta y a veces no.

Como era vox populi el furioso anticomunismo de Keneth, intencionadamente, le llegó la pregunta:

-Padre, si alguien camina a orillas de un río y ve a náufrago pidiendo auxilio,

¿está moralmente obligado a echarle una cuerda, si la lleva consigo?

-Naturalmente que sí –respondió.

-¿Y si el náufrago fuese Stalin?

-En ese caso, no solo hay que echarle cuerda, sino darle cuerda.

Fresco aún el recuerdo de la conferencia de Keneth Lee, continuábamos las lecciones con el profesor Casanovas sobre los estados de conciencia. Dedicó meticulosamente varias lecciones a los métodos de interpretación de la norma moral. En su totalidad son siete, que van desde el máximo rigorismo a la extrema laxitud. Cuando los hubo explicado todos, nos dijo:

-Como ya habréis entendido, yo soy partidario del probabilismo moderado, es decir, que en casos dudosos tenemos derecho a cualquier decisión que no colida con la norma. Pero ahora os toca a vosotros pensar por vuestra cuenta. Redactaréis un artículo expresando vuestra opinión acerca de cualquiera de los siete sistemas, el que libremente escojáis, explicando las razones de vuestra preferencia. Tenéis absoluta libertad de elegir método y estilo.

Cuando yo era alumno de francés con fray Luis Costa Pujol, aprendí de aquel gran profesor a disfrutar de la prosa de Pascal, que él consideraba la mejor de la lengua francesa. En los cursos más avanzados nos seleccionaba fragmentos de los Pensées y las Lettres Provinciales. De ellas retuve un vago recuerdo del probabilismo moral de los jesuitas. Acudí a la biblioteca del seminario y tomé en préstamo clandestino las obras completas de Pascal. Efectivamente, en Les Provinciales hallé mucha más materia de la que esperaba.

Hay que situarse en la época. El sector clerical dominante, también en Francia, era el de los jesuitas, a cuyos confesionarios acudía la flor y nata de la sociedad, no solo por el tono aristocrático de aquella clerecía, sino por su tendencia laxista. En opinión de un personaje consultado por Pascal, los jesuitas trataban de congraciarse con toda clase de penitentes, desde los rigurosos hasta los laxos, en vistas a mantener la “clientela”. No tardó en suscitarse una polémica entre los jesuitas y los messieurs rigoristas de Port-Royal. Jansenistas contra jesuitas. La discusión se inició en la Sorbona a raíz de unas tesis supuestamente formuladas por Jansenio. Pascal entra en la polémica fingiendo tener un amigo provinciano interesado en la cuestión.

-En mi opinión –le escribe- los jesuitas no tienen ninguna intención de corromper las conciencias de la gente, pero tampoco la tienen de reformarlas, lo que para ellos sería una mala política. Por eso hacen valer las doctrinas sanas para la gente común y las relajadas para los penitentes cultos o de alta sociedad. Hay que tener materia para satisfacer a todos. De esta manera trataban de publicar por todas partes su peculiar doctrina probabilista. El personaje de Pascal sostuvo varios encuentros con uno de los reverendos dedicados a divulgarla.

-Padre –dijo el provinciano-, he sabido que algunos autores de vuestra Compañía afirman que no estamos obligados a apartarnos de las ocasiones de pecar. ¿Es esto cierto?

-Depende –respondió.

-¿Depende de qué?

-De las incomodidades que de ello se sigan. Nuestro Padre Bauny sostiene que un penitente puede permanecer en las ocasiones de pecar, si apartándose de ellas se expone a las burlas de los amigos. Oye también la proposición del P. Basilio Ponce: se puede buscar directamente una ocasión de pecar, si de ello deviene una ventaja material o espiritual para alguien.

-Padre, dígame, por Dios, si he escuchado bien, si estoy despierto o dormido.

-Estás despierto y has escuchado bien.

-Con sinceridad, Padre: ¿vos sostenéis la misma opinión?

-Me limito a exponer las opiniones de Ponce y de Bauny.

-Pero ¿cómo es eso? ¿Solo por dos opiniones particulares se nos permite buscar las ocasiones de pecar?

El buen hombre se molestó:

-¡Jansenista tenías que ser! ¿Quién eres tú para impedir que los Padres Bauny y Ponce expresen su opinión probable?

-Pero en asunto tan delicado yo no busco lo probable sino lo seguro.

-Es tu ignorancia lo que te hace buscar la seguridad. Como veo que no sabes nada del probabilismo, tendré que explicártelo. Se llama probable la opinión que se apoya en razones bien fundamentadas.

-¿Y quién determina cuán fundamentadas sean esas razones?

-En nuestra compañía tenemos bastantes doctores capaces de emitir opiniones probables

–citó una larga retahíla de nombres imposible de recordar.

-¿Cuántos doctores tienen que convenir en una opinión para que pueda llamarse probable?

-Basta uno solo.

-¿Cómo es eso? ¿Con una sola opinión se puede resolver un caso de conciencia?

-Naturalmente que sí, porque un hombre sabio y prudente que ha dedicado toda su vida al estudio de la Moral, no se atreverá a opinar si no es con razones bien fundadas.

-Ahora bien, pongámonos en un caso: si dos autores sabios y prudentes sostienen opiniones contrarias, ambas con razones bien fundadas, ¿cuál de ellas debo seguir?

-La que te resulte más cómoda o agradable

-¡Qué divertida es vuestra moral, reverendo! El reverendo se indignó:

-No seas insolente; las doctrinas de nuestros doctores no son materia de risa. El interlocutor también se indignó:

-¿Y cuál es peor insolencia, la mía o la de quienes sostienen que la rectitud moral depende de las conveniencias de cada sujeto?

-Tú no tienes autoridad para apreciar la admirable sabiduría y humanidad de nuestros Padres.

-¿En qué consiste, Padre, esa humanidad?

-En la paternal comprensión hacia los penitentes que acuden a nosotros en busca de consuelo.

-¿Por ejemplo…?

El Padre rebuscó entre las páginas de un grueso volumen.

-Por ejemplo, no te atreverás a contradecir la opinión probable de autoridades como la de nuestros sabios Leyman, Vázquez y Sánchez, que concuerdan en la siguiente idea: un doctor puede dar un consejo no solo probable según su criterio sino contra él, si de esta manera satisface mejor a su penitente. Es más: puede convalidar la decisión de un penitente aun a sabiendas de que no es la correcta. ¿Lo quieres más claro todavía?

-Lo que veo claro es que vuestro probabilismo no tiene límites; las opiniones buenas os favorecen y las malas no os incomodan. Sin embargo hay un asunto muy concreto que quisiera saber cómo lo enfoca vuestro probabilismo. Vos sabéis que ante la impunidad frente al crimen y la ineficacia de los tribunales, a veces nos sentimos tentados a tomarnos la venganza por nuestra cuenta. Sin embargo la norma moral, fundada en el Evangelio, nos manda dejar la vindicta en manos de los jueces o, en último término, en las de Dios. ¿Qué piensan de eso vuestros doctores?

-Buena pregunta –respondió-. Atiende bien: dada nuestra tendencia natural a vengarnos de las injurias, si tuviéramos que aplicar los principios evangélicos, no podríamos absolver a los homicidas, tanto más cuanto que el homicidio es un pecado reservado; por tanto habría mucha gente dejaría de confesarse. Por eso nuestros doctores han debido buscar una fórmula para conciliar cosas tan contrarias, como la ley evangélica y el deseo humano de venganza.

-¿Y cuál es esta fórmula, Padre?

-Consiste en dirigir bien la intención según el principio de probabilidad. Supongo que no ignoras que la responsabilidad de los actos depende la intención del sujeto. Si tu intención es recta, puedes defenderte de tus enemigos incluso con las armas, según sentencia de nuestros autores.

-Partiendo de esta doctrina, presumo que cualquier venganza estará permitida.

-No seas botarate. En un acto de autodefensa, la recta intención no se dirige a causar daño ni mucho menos la muerte, sino a defender nuestra vida y honor.

-Pero esa defensa debe estar regida por el principio de la proporción, de modo que la vindicta no sea mayor que la ofensa…, cum moderamine inculpatae tutelae.

-¿Vas a detenerte en fruslerías? En una pelea entre dos, los efectos de las agresiones son imprevisibles; ambas partes seguirán combatiendo mientras se sientan agredidas, y cada vez con más violencia; ¿y tú pretendes que cada una calcule el golpe que da según la proporción del que recibe? ¡Vamos, hombre!

-Sin embargo vuestros doctores deben saber que en la Sagrada Escritura se prohíbe devolver mal por mal…

– No se trata -interrumpió el Padre- de devolver mal por mal sino del derecho natural a reparar las injurias recibidas, cosa que la Escritura no prohíbe. Una vez más te repito: todo consiste en dirigir la intención.

-Eso suena muy bien, pero ¿hasta dónde puede uno llegar en defensa de su injuria o en reparación de su honor? ¿Con qué criterio se establece el límite?

-Espera; para ser breve te presentaré un resumen de sentencias de nuestros doctores más selectos.

Se fue a la biblioteca, regresó a los pocos minutos con un montón de volúmenes y empezó a rebuscar páginas.

-Escucha primero la opinión probable de nuestro Leonardo Leys: quien recibe una bofetada, en modo alguno debe tener la intención de vengarse, pero bien puede tenerla de reparar la injuria, incluso echando mano de la espada. Ahora, atiende a la opinión de Hurtado de Mendoza: uno puede rogar a Dios que mate de repente a los que quieren hacernos daño. Y Antonio Escobar aún dice más: un beneficiario puede desear la muerte de quien le vaya a dejar una pensión; igualmente un hijo puede desear la de su padre, pero en ambos casos no por odio o mala voluntad de los beneficiarios, sino por el provecho que de ello les deviene.

-No dudo, padre, que con estas doctrinas contentaréis a mucha gente, sobre todo a los caballeros que se retan a duelo por un quítame allá esas pajas. ¿Qué dicen al respecto vuestros doctores?

-¡Qué oportuna tu pregunta! -exclamó el Padre-; de ahí sí que sacarás buena cosecha. Escucha lo que dice Antonín Diana: si dos hombres se retan a duelo para tal o cual día en un prado solitario, cada uno puede acudir al sitio con la intención de pasear, llevando la espada como es costumbre; porque, ¿qué hay de malo en pasear por un prado y estar al tanto de un posible agresor? Según el Padre Hurtado, te puedes defender de un ladrón matándolo, si no hay otro medio de impedir el robo.

-Eso me parece espantoso, Padre… porque mientras los reyes de Francia usan su poder para prohibir el duelo, vosotros empleáis vuestra moral para permitirlo. ¿Hasta dónde pretenden llegar vuestros doctores?

-No te asustes. Según el padre Escobar, si alguien te da una bofetada y escapa corriendo, puedes perseguirlo y matarlo, a condición de que no lo hagas por venganza sino para reparar tu honor. Dirigir bien la intención; este es el punto.

-Puestos en materia de homicidio, ¿hasta dónde podemos llegar dirigiendo bien la intención?

-Bueno…, hay sentencias más mitigadas. Algunos autores afirman que no es lícito matar por conservar el honor, porque la vida vale más que el honor. Pero nuestro Juan Azor encuentra más probable la opinión contraria, porque de no ser así, el honor de los inocentes estaría siempre expuesto a la insolencia de los malvados. En resumen: según nuestros autores es lícito matar al agresor si no hay otro medio de disuadirlo. Una evidencia tan clara no necesita demostración.

El interlocutor se quedó silencioso y pensativo.

-Padre -preguntó de pronto-, ¿no sería lícito matar por un poquito menos? Hojeó nerviosamente buscando otra página del mismo libro.

-Pues… atiende otra vez al padre Escobar: puedes matar a cualquiera que te llame mentiroso si no tienes otra forma de evitarlo. Igualmente es lícito matar a tus murmuradores, según sentencia común de nuestros Padres.

-¡Santo Dios! ¿De qué premisas vienen tan horribles conclusiones?

-Muy sencillo: el honor vale más que la vida; si es lícito matar en defensa de la vida, a fortiori debe serlo en defensa del honor. Si de ello resultara la muerte del enemigo, sería por efecto preterintencional.

-¿Vos creéis que vais a engañar a alguien con este sofisma? En principio, niego la mayor. Primero, porque es falso que el honor valga más que la vida, y segundo porque tendríamos la vida muy poco segura si fuera lícito matarnos por cualquier palabra ofensiva que se escape en una discusión.

-Eso es cierto, pero como nuestros doctores son muy circunspectos, solo permiten aplicar esta doctrina en contadas ocasiones, de tal modo que en la práctica, apenas puede considerarse probable.

–Claro… ya entiendo; vuestros doctores saben que la ley de Dios prohíbe matar.

-No, no, no, por ahí no va la cosa.

-Por dónde va, entonces?

-Por el daño que la aplicación de esta doctrina podría causar al Estado si todo el mundo matara a sus maldicientes; ¿no te parece?

-Lo que me parece es que vuestros doctores estiman en más  la  comodidad  del  Estado que la vida de los ciudadanos. No creo que ningún vengador se pare en escrúpulos políticos. Por otra parte, me temo que los jueces harán muy poca cuenta de vuestras doctrinas.

-Eso no importa, porque los jueces solo juzgan en el fuero externo, mientras que nosotros penetramos en las conciencias y juzgamos por las intenciones.

El interlocutor estaba escandalizado, pero también se divertía escuchando tan bizarras opiniones; y como vio que el buen Padre se entusiasmaba explicándolas, decidió seguir tirándole de la lengua.

-Padre –le dijo-, hasta aquí hemos hablado de matar por el honor. Pero ¿qué haremos con los ladrones? ¿Cuánto debe ser el precio de lo robado para que sea lícito matar al ladrón?

-La opinión general de la Compañía es que solo se puede matar por una cantidad que según juicio prudente, sea de considerable importancia.

-Eso es fácil decirlo, Padre, pero ¿adónde iremos a buscar al prudente que sepa tasar en lo justo una vida humana?

-En nuestra Compañía los hay en abundancia y de muy variados pareceres, todos ellos probables. Nuestro venerado Molina, hombre de suma prudencia, lo estima en unas 15 o 20 monedas de plata. A veces afirma que él no imputaría a pecado a quien matare a un hombre que quisiese arrebatarle una moneda de oro, o tal vez menos.

-¡Dios mío! -exclamó-, ¿de dónde saca Molina tamaña lucidez para fijar el precio de una vida con tanta aproximación? Cierto que esta teoría ganará mucha clientela, exceptuando, naturalmente, a sacerdotes y religiosos.

-Pero ¿qué dices? –repuso alarmado-. ¿Consideras lógico que las personas que más respeto merecen sean las únicas expuestas a la maldad de los delincuentes? Escucha la opinión probable de Adam Tanner: “A los eclesiásticos les está permitido matar, no solo para defender su vida sino también sus bienes o los de la comunidad a que pertenecen”. La misma opinión sostiene Molina, Regnault, Leys y otros más.

-Sinceramente, reconozco que estaba muy desinformado sobre este punto. Siempre había oído decir que la Iglesia aborrece tanto la sangre, que incluso prohíbe a los jueces eclesiásticos asistir a los juicios de los condenados a muerte.

-Te repito de nuevo: no te pares en estos detalles. Nuestro gran padre Francesco Amico refuerza con pruebas muy sólidas el citado argumento, aunque por la proverbial bondad de su corazón lo deja a la libre interpretación de los lectores prudentes.

-¡Qué tierna humanidad la de vuestro padre Francesco! Pero visto todo en conjunto, yo llamaría a vuestro probabilismo “relativismo casuístico”.

-Es decir…

-Que la moralidad de los actos depende de la comodidad o molestia que me produzcan. Sobre vuestro método de dirigir bien la intención, prefiero no comentar.

Imposible abarcar en este espacio la cantidad de episodios casuísticos a los que se refiere Pascal. Mucho más lo sería entrar en la multitud de pasajes que el mismo autor ridiculiza, en una forma satírica tan aguda que Voltaire la pone a la altura de las mejores comedias de Molière. Sin embargo las referencias de Pascal están literalmente respaldadas, precisando nombres de autores, tratados, capítulos, parágrafos y en algún caso incluso páginas. A partir de este aspecto ordené mi trabajo según la formalidad académica requerida y así se lo entregué al profesor Casanovas. Como era hombre de conciencia delicada, a los pocos días me llamó para advertirme:

-Tenga en cuenta que según creo, las Cartas Provinciales están en el Índice de libros prohibidos.

-Si así es –respondí-, ¿por qué no lo están los tratados morales a los que se refiere Pascal? He consultado el Densinger y no he hallado ninguna condena contra Pascal; en cambio, las proposiciones que ridiculiza y refuta aparecen condenadas por los Papas Alejandro VII e Inocencio XI.

El profesor hizo un gesto ambiguo y propuso dejar para mejor ocasión el análisis del probabilismo jesuítico de los siglos XVI y XVII.

 

 

42

 

EN ROMA

 

 

Terminado el cuatrienio de Teología, ejercí de profesor de filosofía y lenguas clásicas en los cursos preuniversitarios de varios colegios. Más tarde me inscribí en la Escuela Oficial de Periodismo, Seccional Barcelona. Entre los profesores dignos de recordar estaban Manuel Del Arco, Demetrio Ramos, Andrés Roselló y Luis Marsillach. Roselló dedicó una excelente clase a explicarnos la diferencia entre “noticias de superficie” y “noticias de profundidad”. Los demás fueron los peores que he tenido en mi vida de estudiante; es, sin embargo, inolvidable una charla de Néstor Luján sobre la novela norteamericana.

Presencié una disputa sumamente agria entre Vázquez Montalván y el Padre José María Milagro, profesor de Dogmática, que debía sentirse muy incómodo un aquel ambiente más bien anticlerical. (Durante la época franquista la Dogmática era una asignatura obligatoria en todos los centros de educación superior). Notable la fue la vez en que se saludaron el padre Milagro y don Luis Marsillach. El fraile le felicitó por el premio de periodismo “Ciudad de Barcelona”, que recientemente había recibido.

-Gracias, reverendo –respondió Don Luis-; me complace que la clerecía se abra al mundo a través del periodismo.

Al darse el apretón de despedida, le dijo el clérigo:

-Le reitero mi enhorabuena, don Luis, y espero nos veamos a menudo.

-Padre –respondió el cáustico Marsillach-, usted me verá en todas partes excepto en una iglesia.

De los condiscípulos, algunos han hecho carrera brillante, como Manuel Vázquez Montalván, Francisco Rico y Juan Ramón Capella. Entre aquellos chicos, me sentía algo marginado quizá por ser el mayor de todos, en promedio diferencial de siete a ocho años. No obstante, conversé varias veces con Rico, Capella y algunos otros. Francisco Rico, que para entonces –tenía dieciséis años- iba de poeta, me leía sus expansiones líricas en endecasílabos libres.

En la Escuela de Periodismo duré solamente un año, debido a un hecho inesperado. Un día recibí notificación de acudir al despacho del Prior Provincial. Siempre he temido las llamadas de los superiores porque raras veces presagian algo bueno. De ordinario me he mantenido a distancia de ellos, no por animadversión sino tal vez porque inconscientemente me atenía al viejo refrán: “del superior y del mulo, cuanto más lejos más seguro”.

El Prior Provincial, Pablo Casadevall Costa, me recibió con una sonrisa muy tranquilizadora.

-Siéntate. Luego de tantos años de estudio, debes estar harto de libros, ¿no?

– Bueno…-respondí-; ya sabe que no fui de los más brillantes, pero no estoy harto de libros; soy un lector empedernido.

El padre Pablo ladeó su sillón y cambió de postura con una sonrisa bonachona.

-¿Cómo reaccionarías si te propusiera continuar estudiando?

Quedé intrigado tratando de adivinar las intenciones de aquella venerable persona.

-Ni remotamente me lo imagino –respondí.

-Claramente: te propongo hacer un post-grado en teología, filosofía o cursar la carrera de ambos derechos en la Lateranense de Roma.

Quedé desconcertado, sin creer lo que oía ni cómo interpretar aquella sonrisa.

-¿Qué respondes?

-No sé…, me hace una propuesta tan inesperada…

-¿Por qué?

-Porque los que se suele enviar a Roma son los más distinguidos en observancia regular y buenas calificaciones.

El padre Pablo soltó su típica risa con sordina como si acabara de escuchar un chiste.

-Por lo que yo te conozco, sé que puedes ser un excelente estudiante si te lo propones. Sé, además, que no te atreverías a dejarme en ridículo por haber confiado en un irresponsable. En fin, ¿aceptas, sí o no?

-Acepto –dije resueltamente.

-Bien. De las tres posibilidades que he dicho, ¿cuál eliges?

-Filosofía.

Abrió un cajón y sacó una carpeta llena de documentos.

-Como ya sabía que aceptarías, aquí está tu expediente académico; lo entregarás al Superior del Colegio Internacional de San Alberto. Ya tienes reservado allí tu cupo residencial.

¡Magnífico Pablo Casadevall Costa!; a no ser por él, yo no estaría ahora escribiendo en esta página. En la vida de cada uno debe de haber personas-clave; en la mía, Casadevall fue una.

 

Tenía escasamente dos meses para prepararme en vistas al examen de admisión a la mencionada universidad. La tarea no era difícil en sí, pues el cuatrienio de teología había sido, casi en un sesenta por cien, reminiscencia del anterior trienio, aparte la experiencia que ya tenía como profesor. Existía un convenio entre las universidades pontificias y los seminarios, según el cual los candidatos a la Licenciatura debían superar un examen De universa philosophia, para convalidar los tres cursos del filosofado seminarístico y pasar directamente al cuarto curso universitario, aprobado el cual se obtenía el título de Licenciado. Si el expediente era de bajo promedio o no se lograba aprobar el examen De universa, había que inscribirse en el primer año y cursar los cuatro enteros.

(Poco antes de partir hacia Roma supe de muy buena fuente que un Definidor de la Provincia advirtió al Padre Pablo: “si envías a ese cantamañanas a Roma, se dedicará a pasear y regresará sin ningún título”. El chisme me sirvió de estímulo para desmentir a aquel majadero, que en gloria esté).

Puesto que no sabía del italiano más que unas cuantas frases convencionales, busqué en la biblioteca una gramática. Solo tuve tiempo de aprender el uso de las preposiciones y la conjugación de los verbos más usuales, especialmente los irregulares. Con este leve bagaje pensé que podía emitir los primeros balbuceos, pero apenas llegué a Génova, donde hice una escala de un día, me di cuenta de que la lengua italiana no era tan fácil de aprender como suele creerse. Para probar mi capacidad, entré en un cine donde estaba en estreno la película “Salvatore Giuliano”. Quedé muy defraudado al comprobar que apenas había entendido unas pocas frases.

Un veinticinco de septiembre llegué a la estación Termini. Inmediatamente me acorraló una nube de facchini ofreciéndome llevar mi escaso equipaje, que constaba de

una maleta de regular tamaño y una máquina de escribir.

Grazie, grazie –decía atropellándolos a paso de escape. Un taxista se me acercó:

Dove va il signore?

Via Sforza Pallavicini, dieci.

El Colegio Internacional de San Alberto, muy cercano a la Plaza de San Pedro, es un esbelto edificio, de cuatro plantas que ocupa casi toda una manzana. En aquellos años era la sede de la Curia Generalicia de la Orden. Me recibió el superior de la casa, Serapion Seiger, un holandés campechano que era también profesor de Teología en el mismo Colegio. Llamó a un fratello para que me acompañara a la habitación que me tenían asignada, situada en la segunda planta. Mi celda era una pieza de regular amplitud, sobria pero suficientemente amoblada.

En principio, para la reválida de la Licenciatura, me tenían asignada la Pontificia Universidad Lateranense. Al día siguiente, de buena mañana, me dirigí a ella. Tenía dos posibilidades de transporte: el tranvía y el autobús. Elegí el primero porque tenía un trayecto más largo y me daba ocasión de conocer más espacios de la ciudad. La universidad está situada en la plaza de San Giovanni in Laterano, prácticamente en el centro de la Roma clásica. En la fachada luce con grandes letras doradas el nombre de Pontificia Universitas Lateranensis. Me dirigí directamente a la Secretaría, situada a pocos pasos de la entrada principal. El secretario, Ottavio Alberti, me dio la bienvenida con untuosa amabilidad. Ya había recibido telefónicamente el aviso de mi llegada. Le entregué mis documentos.

-La Comisión examinará su expediente y  dentro de pocos días recibirá información.  En mucho menos de lo que esperaba recibí una cartolina donde se me informaba de que había sido admitido al examen De universa philosophia para tal fecha, tal hora y tal aula.

Puntualísimo y con el corazón a toda máquina, fui a Secretaría en demanda de “instrucciones”.

-El protocolo es muy simple. El examen es en latín. ¿Habla usted latín?

-Me defiendo bien.

-Cuando el presidente del tribunal le llame por su nombre responderá: adsum, y le invitará a sentarse en la silla que está frente a la mesa del Jurado. Eso es todo.

Como el acto era público, cuando entré en el aula ya había unos cuantos estudiantes charlando animadamente. Me acomodé entre ellos en espera del tribunal. En la mesa rectangular del Jurado examinador, cubierta con un mantel color vino tinto, había seis vasos y una bandeja con Coca-Colas. Al frente, una silla solitaria destinada al “reo”. Con veinte minutos de retraso –puntualidad italiana-, entraron seis reverendos: cuatro sacerdotes seculares, un dominico y un jesuita. Nos pusimos todos en pie. El que parecía presidir el acto me llamó por mi nombre:

Adestne examinandus alumnus, Victoriano Martínez Grande?

Adsum –respondí levantando la mano.

-Faveas ibi sedere –dijo señalando la silla.

Potesne latine loqui? [¿sabes hablar latín?].

Plus minusve [más o menos] –respondí tímidamente.

Opto ut sit plus quam minus! [¡espero que sea más que menos!] –dijo sonriente.

El interrogatorio duró hasta la una y media. ¡Cuatro horas! Cada examinador preguntaba según su especialidad. Fui consciente de haber tenido al menos dos tropiezos de cierta gravedad.

Al día siguiente tuvo lugar el examen escrito, que empezó poco antes de las nueve. No se permitía usar ningún libro, excepto, en mi caso, un diccionario español-latino. Saqué un buen paquete de cuartillas, comprobaron que estaban todas en blanco, me retuvieron el maletín y me dejaron solo con dos vedeles que me vigilaban a distancia. La memoria emocional no me permite olvidar los enunciados que escogí: “Las potencias se determinan por los actos, y los actos por los objetos”.- “El tiempo absoluto es un ente de razón con fundamento en la realidad”. Los temas debían desarrollarse a modo de ensayo, según el método histórico sistemático. A medio día me sirvieron un bocadillo y una Coca- Cola. Terminé ambos escritos pasadas las cuatro. Consigné los papeles en Secretaría, los engraparon cuidadosamente, recuperé mi maletín, salí disparado con deseo compulsivo de caminar y caminar; crucé la plaza San Giovanni y enfilé la Via Merulana hasta Santa María la Maggiore.

A poco más de una semana recibí la deseada comunicación: “Promediados los votos de las pruebas oral y escrita, queda admitido al cuarto curso de la Facultad de Filosofía, con la calificación de Cum Laude Probatus. ¡No me podía quejar! El curso empezó el quince de octubre. Las clases eran en latín excepto las materias opcionales: Matemática, Ciencias Naturales y Economía Política, de las cuales obligatoriamente había que escoger una. El alumnado se componía de clérigos y en menor cuantía seglares. Aún no se admitían mujeres.

 

Tuve profesores de cierta notoriedad, como Giorgio Giannini, Michele Nicloletti, Paul Siwek, Acchile Di Lorenzo y sobre todo Umberto Padovani, cedido durante aquel año por la Universidad de Padua. Di Lorenzo, napolitano furbo, nos vendía libros de segunda mano a precio de nuevos. Las mejores clases magistrales fueron las de Michele Nicoletti, profesor de filosofía contemporánea. Dedicó la mayor parte del curso a explicar a Shopenhauer, Nietzsche y especialmente a Kierdkegaard, su autor preferido. Lo curioso de la vida de este profesor fue que, recién graduado, emigró a Dinamarca durante un año, malviviendo de oficios viles, con el solo fin de aprender el danés y poder leer a su autor en lengua original. Nicoletti era malquisto dentro del sentir oficial de aquella universidad, debido a su tendencia existencialista. El mismo rector, Antonio Piolanti, lo tenía en la mira.

Piolanti era un monsignore tradicionalista y conservador a machamartillo, con muchas influencias en las altas esferas vaticanas. Consultor de la Curia Romana y de otras Congregaciones, Vice-Presidente de la Pontificia Academia de Santo Tomás, Canónigo de la Basílica de San Pedro, etc. No sin razón le llamaban il cardinale nero. Su esbeltez y noble calvicie le daban apariencia de tribuno romano redivivo. Se contaba entre los teólogos de alto vuelo. Su oratoria de tono mayor era un espectáculo de pasión y contundencia. Escuchando una de sus conferencias en elegante latín, no pude menos que imaginarme a Cicerón en persona. Cuando ocurría una alusión a las teologías modernas subjetivistas, entonces las invectivas de Piolanti se convertían en auténticas catilinarias. De pronto interrumpía el latín y apuntaba el índice hacia el techo –la Facultad de Filosofía.

-Quelli di là sopra sono i colpevoli.

Cuando quería resaltar la fuerza de una frase, pasaba del latín al italiano. Solo dejó de hacerlo al referirse a una propuesta de Juan XXIII acerca de la conveniencia de iniciar diálogo con “los hermanos separados”.

-¡Puedo asegurar que eso no ocurrirá nunca…ma neanche per sogno! [Cito textualmente] Quod si Sanctissimus Pater in hoc conventu conveniet, statim morietur. (“Porque si el Santísimo Padre acude a esa reunión, morirá de repente”). Los aplausos fueron estrepitosos, aunque creo más por la forma que por el fondo.

El ambiente clerical romano era de un rancio conservadurismo.

Para la tesina de Licenciatura, elegí el tema más fácil con el profesor más fácil, que era Luiggi Bogliolo. Escribí un ensayo de más de cien páginas bajo el título de “Metafísica de la Trascendencia”, un tema especialmente preferido por el profesor, al cual él mismo había dedicado dos clases. El trabajo fue premiado con 20 puntos, equivalente a Summa cum laude probatus. (No creo que fuese para tanto). Pero como todo promediaba, tuve que conformarme con un Bene Probatus ¡y gracias! Una semana después fui a recoger mi título de Licenciado en Filosofía, que me entregaron delicadamente enrollado en un tubo de cartón.

Informé al Prior Provincial de mi Licenciatura diciéndole que estaba dispuesto a continuar hasta conseguir el doctorado. Me respondió felicitándome por el éxito y animándome a proseguir.

 

Creo que me merecía unas vacaciones mucho mejores de lo que mi magro peculio permitía. Primero pasé unos días en Nápoles, hospedándome en el convento del Carmine Maggiore, lugar de legendarios hechos históricos desde la alta Edad Media hasta el siglo XVIII. Allí está una de las basílicas más impresionantes de Nápoles, lo mejor, según se dice, del barroco napolitano. Paradójiamente está situada en una de las zonas más cutres de esta fantástica capital. Precisamente por esto, lo primero que sorprende al visitante es el esbelto campanile de variados estilos y colores; una flecha de 75 metros de altura. Si entras a Nápoles por vía marítima, la aguja del campanile del Carmine será lo primero que divisarás en el horizonte de entrada y lo último que perderás de vista en el de salida.

Allí conocí a varios personajes, tres de ellos singularísimos. Uno era Eliseo Contardi, apasionado fan de no sé qué equipo futbolístico. Durante los almuerzos llevaba la voz más que cantante, tronante en elogio de los éxitos de su squadra favorita. Otro notable era Bernardo Cerroni, con sus ironías de tono menor, pero no menos punzantes. Pero el fraile que ponía la nota más bizarra era Angelo di Cecco: una especie de Fray Gerundio, pero ¡cuidado!; no un Gerundio hijo Antón Zotes y la tía Catanla, sino un abate ilustrado descendiente no menos que de la mismísima Ninon de l´Enclos. De hecho aludía veladamente a su ascendencia de alta alcurnia. No tenía empacho en asegurar de sí mismo que era el mejor orador de Nápoles. Creo que en cada napolitano hay un pequeño o gran orador en potencia, pero el Padre Angelo podía presumir con cierta razón, pues le acompañaban todas las condiciones para encandilar multitudes. Cuando se sabía de un orador que había hecho un papel mediocre ante un auditorio muy nutrido, solía decir que de haber estado él en el lugar, el éxito habría sido cosa de locos. (Se ci stavo io, Madonna mia…, roba da pazzi!). Era enemigo de conservadurismos y viejas tradiciones piadosas.

Un día le pregunté:

-Padre Angelo, si le nombraran General de la Orden, ¿qué haría de primero?

-Toglierei tutto il vecchiume –respondió. (“Quitaría toda la trastería vieja”).

¡Excelente Padre Angelo! Hace pocos años supe que había muerto en fatal accidente mientras iba en su automóvil a una celebración eucarística. Tenía ochenta y cinco años.

Para que nada faltara, el padre Gabriele Ronchi, malogrado tenor de extraordinaria potencia, nos regaló una serata con fragmentos operáticos de Verdi y algunas canciones populares napolitanas.

Nápoles es una ciudad que admite todos los adjetivos. Es sucia, bella, repugnante, atractiva, cutre, romántica, cómica, trágica, alegre, triste y muchas cosas más; a dondequiera que vuelvas los ojos hallarás otro adjetivo, todo en contraste con los alrededores periurbanos de deslumbrantes panorámicas, donde la más refinada aristocracia desearía tener una mansión. Alquilé una moto para recorrer todos los rincones posibles. Enfilé por la carretera del sur pasando por todas las poblaciones costeras hasta Sorrento. Al día siguiente, casi al amanecer, proseguí el camino por la imponderable belleza de la costiera amalfitana, observando los pintorescos pueblecitos materialmente colgados en la pendiente izquierda –Positano, Praiano-, casi a plomo sobre la serpenteante carretera. Llegué hasta Salerno con tiempo suficiente para recorrer la ciudad. Al regreso a Nápoles, en lugar de la cómoda autopista interior, preferí retomar la misma vía de llegada, que me permitía seguir disfrutando a la inversa de las maravillas presaboreadas. Al llegar a la cima de las cerradas curvas, me detuve en un paraje de olivares para contemplar morosamente por última vez la panorámica de la costiera, al pie de la cual brillaba el último recuadro visible del Mar Tirreno. Perdido en la lejanía, se dibujaba el amplio golfo de Salerno en forma de ángulo obtuso. Una pareja se afanaba expurgando brotes inútiles en torno a un olivo, mientras un niño sentado sobre una roca cantaba imitando grotescamente a Domenico Modugno:

-Là… sull´altare… sta piangen…do. Tu…tti diran…pange di gio…ia. La madre, escandalizada, le increpó:

-Eh, guaglió…, stati zitto! [“muchacho, cállate la boca”].

En efecto, aquella canción estaba prohibida por el Arzobispo de Nápoles.

Llegué al Carmine Maggiore cuando apenas anochecía. Con esas correrías en moto, que eran mi diversión favorita, probé inolvidables emociones estéticas que la naturaleza nos ofrece gratis et amore. Aunque no del todo gratuitas, pues desde antes de mi vejez estoy pagando factura en forma de manchas y pequeñas lesiones actínicas, debidas a continuas exposiciones al sol sin ninguna medida de protección, puesto que el uso del casco no era obligatorio, y en cuanto a protectores solares, ni suponía que existiesen.

Antes de despedirme de Nápoles, hice una excusión al Vesubio. Ni las inagotables maravillas arqueológicas napolitanas, ni los esqueletos de Pompeia y Ercolano, ni las variadas sorpresas de que estaba saturado son comparables con la emoción suicida de hallarme de pie sobre el mismo borde del cráter. Así como en Nápoles sobraban los adjetivos, ante aquel mortal abismo todos faltaban. No sé si fue alucinación o realidad, pero me pareció que desde los trescientos metros de profundidad subía como un rumor de tempestad sofocada. El fondo era poco visible debido a los jirones de gas que lo cubrían. Caminé trabajosamente unos cien metros por el borde de la copa. A lo ancho de la pendiente visible, surgían de entre las negras hendiduras rocosas columnas de fumarola de diversa altura y volumen. Como no existían vallas ni vigilancia, se podía bajar, con mucha precaución, unos pocos pasos hasta las fumarolas más cercanas. Puse la mano a un metro sobre una y al instante la tuve que retirar; lo que hace suponer que en el centro del vapor la temperatura debía superar en mucho los 200 grados. Hipnotizado en la contemplación de aquel “infierno”, mi vista no acababa de saturarse. De haber sido posible, allí habría permanecido  durante horas. Hoy día, una aventura como aquella ya no se permite.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

43

 

EN LA GREGORIANA

 

Sé que la buena fama no es garantía de calidad, pero en el prestigio de los títulos académicos –no discuto si justa o injustamente-, cuenta mucho la tradición y el rango internacional de los centros donde se ha estudiado. Por esta razón quise tramitar el traslado de la Universidad Lateranense a la Gregoriana. Interrumpí el último mes de mis vacaciones para llegar a Roma con buen tiempo de gestionar el cambio. Pero el nuevo superior de la casa, Nazareno Mauri, se opuso rotundamente.

-El Colegio de San Alberto –dijo- está por tradición académicamente afiliado a la Lateranense. Además, convendría primero consultar a la Curia, y no estoy seguro de que lo permita.

-Pero usted es el prior del Colegio; si usted dice que sí, todos los curiales dirán que sí. El reverendo se retiró sonriendo, sin añadir palabra.

Me entristeció esta contrariedad, que comenté con mi amigo Cosmas Peters, un holandés que no tenía pelos en la lengua.

-No te amilanes y sigue insistiendo más y más. Los superiores son como las mujeres, en principio siempre dicen que no, pero si eres constante se cansan y ceden.

El padre Nazareno, que era un alma de Dios, comprendió al fin mis razones. Hice la solicitud de traspaso por ante la Secretaría de la Universidad Gregoriana, cuya Comisión examinó mis créditos académicos de la Lateranense y aprobó la convalidación de la Licenciatura. Ya en posesión de mi Libellus Inscriptionis, dediqué el mes que faltaba para el inicio del curso a visitar curiosidades. Roma es una ciudad para caminarla.

El Curriculum ad lauream (Curso para el doctorado) constaba de siete asignaturas y un seminario monográfico. El tono general de la Gregoriana era casi opuesto al de la Lateranense. No se notaba preocupación por la ortodoxia de la enseñanza. Al Rector, no lo vi una sola vez en dos años; la mayoría ignorábamos hasta su nombre. La lengua oficial era también el latín, tanto en las cátedras como en los avisos de cartelera. Contra esta “imposición” protestaban los estadounidenses y los alemanes; los primeros porque sabían poco de latín y los segundos por su prevención atávica contra el “romanismo”.

Herencia luterana, probablemente.

Una de las mejores ventajas que teníamos era la facilidad de acceder a toda clase de bibliografía, no importaba en qué idioma ni de qué época. Si se dificultaba en la biblioteca de la Gregoriana por afluencia de consultores, había otras por centenares en toda Roma, igualmente bien surtidas. Por mi parte, disponía de la del Colegio de San Alberto y la del Ateneo Antoniano, la cual necesité a menudo por unos trabajos que me impuso el profesor De Finance sobre Escoto y Francesc Eiximenis.

-Le hago trabajar sobre este autor porque es muy fecundo y ha sido muy poco estudiado. ¡Y además es español!

(Si esto se lo hubiese dicho a catalanista, el pobre De Finance habría tenido problemas…).

La posibilidad de comunicarse con los profesores era rarísima, porque todos se retiraban con prisa. Los siete que tuvimos eran “primeras figuras”. Cada uno disertaba sobre temas monográficos de su especialidad. Solo se dio un contratiempo respecto a la Metafísica, para la cual nos tenían asignado nada menos que a Frederick Copleston; pero se dio la mala casualidad de que falleciera precisamente el día anterior a su vuelo Londres-Roma. Sin duda nos perdimos el mejor plato. En su lugar nos enviaron otro menos conocido pero de semejante prestigio académico, Johannes Baptista Lotz, un alemán teológicamente formado en Insbruck, y filosóficamente en Friburgo, donde fue discípulo de Honecker y de Heidegger. De éste, de quien decía ser amigo, nos contó algunas anécdotas. Era hombre de acusada tendencia mística. Empezaba sus clases recitando, de rodillas, la antífona Veni, Sancte Spiritus con la consiguiente oración al Espíritu Santo. Me aventuro a creer que no solo de la Compañía le venía su espíritu místico, sino también de las visitas a Heidegger en su cabaña cerca de Todtnauberg, salvando, naturalmente, la diferencia de objeto místico.

Lotz era el polo contrario de Piolanti; sin histrionismos ni piruetas efectistas, iba directamente al grano. Tenía un lenguaje fluido y despacioso. Nos paseó por todas las teorías sobre la cuestión del Universal con doble enfoque, gnoseológico y metafísico, pero cargando el acento sobre la trascendencia del ente singular hacia la unidad del Universal. No quedaba claro, en qué consistía aquel Universal. A este propósito hicimos entre mi vecino de mesa y yo unos comentarios en voz baja. Lotz oyó el rumor  y alzando la mirada dijo:

Si non habetis interesse, potestis exire.

Terminada la clase, corrimos a su encuentro para pedirle disculpa y aclararle que nuestro comentario se debió precisamente al interés por lo que acababa de decir.

Ho capito, ho capito…, statevi tranquilli –dijo con una sonrisa fría.

Alexander Korineck nos dio una interesante visión del hombre como ente histórico, enfocándolo hacia una visión agustiniana, pero cargando todo el peso sobre la libertad personal.

El profesor Joseph De Finance nos impartió un minitratado acerca de la libertad. La claridad que dicen ser típica de los franceses, no lucía en él. Hablaba confusa y precipitadamente. Menos mal que pudimos adquirir en Secretaría un ejemplar en ciclostilo de sus clases, que al parecer él mismo había extractado y traducido al latín de su libro Existence et liberté, publicado en 1955.

El profesor que más arduamente nos hizo trabajar fue Édouard des Places, uno de los más destacados filólogos franceses, investigador del Instituto ”Belles Lettres”, requerido por los principales centros filológicos de Francia y Alemania. Como especialista en Platón y autor de una edición bilingüe de sus Obras Completas, nos hizo extractar, traducir y comentar diversos textos platónicos sobre el Alma, remarcando sus relaciones con la teoría del conocimiento en el doble aspecto objetivo y subjetivo. No es fácil, en un autor tan asistemático como Platón, hacer concordar en un solo tema ideas y proposiciones dispersas a lo extenso de toda su obra. Al fin ambos franceses se portaron conmigo como ángeles, premiándome con sendos 10/10. (Summa cum laude!).

 

Terminado el Currículum, había que buscar un moderador para la tesis, previo el trazado de un plan minucioso, que debía contener un resumen del tema con la lista de los capítulos, partes o artículos. Encontrar a un moderador disponible era otro calvario que subir. Tras dos semanas de tantear a unos y otros, me cayó la benignidad de Nemesio González Caminero, un doctor de Comillas adscrito al profesorado de la

Gregoriana. Hablando con él por teléfono, me preguntó si ya tenía hecho el plan del trabajo. Como respuesta a mi afirmativa, me invitó a subir a su habitación. Me admiró la austeridad y estrechez de la estancia. Trabajaba en una pequeña mesa atiborrada de libros. Adosada a la pared había una sencilla cama desordenada.

-Siéntese –dijo señalando una sillita de hierro a la justa medida de unas posaderas normales-. Veamos el plan.

Lo hojeó un buen rato y me preguntó:

-¿Por qué ha elegido el tema del origen del poder?

-Porque es el que más me interesó desde mi cuatrienio de Teología –mentí.

Mentí porque mi intención era terminar la tesis lo antes posible, para lo cual ya tenía recogido un buen paquete de fichas bibliográficas.

El moderador me puso la condición de presentarle cada capítulo terminado. Eran diez en total, que promediaban, cada uno, alrededor de cuarenta páginas mecanografiadas. Las correcciones que me imponía eran de poca monta, casi meramente formales. Ser moderador de una tesis doctoral no siempre significa moderarla de verdad. González Caminero era mi moderador “oficial”, pero quien hizo el trabajo fue Bartolomé Xiberta, que aparte de ser teólogo era un filósofo donde los haya. Leía cada capítulo y me hacía minuciosas observaciones escritas al dorso de galeradas de imprenta. Aún las conservo casi todas. Su capacidad de trabajo era descomunal. Siendo miembro de la Curia Generalicia, era también profesor de teología en el Colegio de San Alberto y en dos Centros más, pero aún le quedaba tiempo de atender a consultas de estudiantes. Nunca tuvo un “no” para cualquier favor que estuviera a su alcance. Cuando yo llamaba a su perta y escuchaba el “avanti”, asomaba tímidamente la cabeza:

-¿Puedo hacerle una pregunta?

-Dos –respondía interrumpiendo el trabajo.

En las tertulias que se hacían después de la cena, conversábamos paseando ida y vuelta a lo largo del ancho corredor de la planta baja. Xiberta no era buen conversador; había que darle tema. Con frecuencia se producían vacíos de silencio, que él llenaba con las muletillas in somma…, o què hi farem?, según se hablara en grupo, o solo conmigo en catalán. Pero se despachaba a sus anchas en asuntos de filosofía, teología, o política.

Nunca se definió como partidario de alguna tendencia política, a pesar de que en su fondo más hondo se adivinaba cierto talante trabucaire.

-Mire –decía-, en política yo no pongo la mano en el fuego por nadie, pero respeto cualquier sistema que se base en una democracia parlamentaria en la que de verdad mande el Parlamento y no la voluntad de un solo hombre o partido.

Xiberta perdía la calma cuando en alguna conversación se aludía al régimen de Franco. La cortaba con esta frase lacónica: ”El peor régimen político es el que nos trata como si fuésemos niños”.

Entre 1962-63, se formó una polémica en torno a la svolta a sinistra propuesta por Amintore Fanfani.

-Entre derechas e izquierdas se ha caído en una confusión de términos, porque cualquiera de los dos extremos termina en dogmatismos.

Xiberta mostró simpatía por Saragat, cuando éste competía por la presidencia del gobierno.

-Siempre me ha gustado la expresión” socialismo democrático”. Es una buena forma de desligarse de Marx.

Pero cuando salía a colación el régimen de Franco, Xiberta perdía la calma. Una noche me atreví a hacerle una pregunta delicada:

-En un número atrasado la revista Oggi he leído un reportaje sobre Lluis Companys. El periodista comenta el rumor de que el President era un socialista democrático, pero no lo manifestaba públicamente para no malquistarse con los comunistas y anarquistas que le dieron los votos. ¿Sería eso cierto?

-No lo sé, pero no se fíe de los periodistas, que ya sabe cómo son; siempre compiten entre ellos sobre quién lanzará la bola más grande.

-Bajo otro aspecto –pregunté con cierto temor-, ¿qué grado de responsabilidad le atribuye a Companys en las quemas y asesinatos de curas, frailes y gente de derecha?

Xiberta pateó el suelo y se mordió el puño. (Era su tic de desahogo en casos de iracundia contenida). Inmediatamente sentí que había cometido una imprudencia. El diálogo se congeló en un dikes Luft durante unos segundos. Mientras pensaba cómo romper el hielo, él se me adelantó:

-Mire, los hechos son demasiado recientes para verlos con objetividad. Companys nada podía hacer porque la situación se le fue de las manos. Yo, particularmente, sólo podría acusarlo -a él y a Azaña- de no haber hecho ningún pronunciamiento público, que yo sepa, contra los desmanes de las milicias incontroladas. Al fin y al cabo era España entera la que estaba inmersa en el caos, el cual no habría ocurrido si Franco se hubiese estado quieto en su cuartel.

Esta última frase de Xiberta me pareció banal.

-Las dictaduras –repliqué- no se producen por casualidad ni por el capricho de un solo hombre; surgen cuando un país se hunde en un caos insoportable, y España era entonces un caos de rapiña, sangre y fuego. Si Franco no se hubiese alzado lo habría hecho otro.

-Es verdad, Franco nos sacó de aquel caos, pero a costa de más muertos y de someternos a una dictadura que durará hasta que el dictador se muera. Lo que debía haber hecho era no ensañarse con los vencidos ni ocupar España con su ejército como por derecho de conquista. ¡No me dirá usted que prefiere un régimen dictatorial a uno republicano!

-Mi problema no es con los republicanos, porque yo también lo soy. Solo estoy en contra de un Companys y un Azaña, quienes sabiendo de las orgías de sangre, checas, quemas y expropiaciones, miraban hacia otro lado. Es decir, preferían tolerar el caos antes que perder el poder. En fin, estoy de acuerdo con Pío Baroja cuando califica de incompetente aquel gobierno compuesto “ateneístas, profesores, oradores y gacetilleros”.

-Le noto cierto resentimiento; respira usted por alguna herida?

Hubiese preferido no responder a la pregunta, pero decidí soltar la carga.

-No es resentimiento sino simple recuerdo. Mi padre, un pobre maestro de escuela sin otro delito que el de ser calvosotelista, fue fusilado por una cuadrilla de energúmenos amparados por la república de Companys. Sin embargo no guardo ningún rencor. La guerra es la guerra.

El bueno de Xiberta volvió a morderse el puño. Era obvio que ambos veíamos el asunto con distinto cristal; pero enseguida intervine tratando nuevamente de aflojar la tensión.

-Padre Xiberta, ¿me permite decirle algo?

Diga, diga –respondió desabridamente

-¿Sabe lo que algunos comentan de usted?

A ver, ¿qué es?

-Que tendrá que ir al Purgatorio por catalanista.

Cambió de semblante y asomó la sonrisa.

-¡Ya quisiera yo que mi único pecado fuese este!

-Pero hay otros que le acusan de algo peor: de separatista.

-Hombre… tampoco me molesta el remoquete; pero prefiero ser simplemente catalán.

Ahora siento haberme aprovechado poco de la sabiduría de aquel hombre, y no ciertamente por culpa mía. Porque en aquel centro internacional, con oportunidad de aprender idiomas en vivo, había convenios de intercambio. Yo los tuve con algunos norteamericanos y alemanes: una noche para inglés-español, otra para alemán-español, y así alternando.

 

En tanto, ya había terminado la tesis y recibido el visto bueno del moderador. Era norma de la Gregoriana que, dos meses antes de la defensa pública, se entregara en Secretaría cinco copias encuadernadas, pegando en cada portada sendos módulos, donde figuraban: el nombre de la Universidad, la Facultad, los datos personales del doctorando, el nombre del moderador y la fecha de entrega de los ejemplares.

Llegó al fin la hora de las últimas pruebas para acceder al doctorado. Antes de defender la tesis, había que superar dos exercitationes: una escrita, para la que se escogía al azar una papeleta entre cinco en que se enunciaban temas relativos a las clases impartidas; otra oral, llamada lectio coram (lección pública), en que, también a la buena suerte, se elegía otro argumento para desarrollarlo a modo de clase o conferencia. El acto era público y estaba presidido por cinco profesores. Al término de la exposición, que no debía rebasar la hora, cada profesor hacía su pregunta. También los asistentes podían hacer las suyas.

En una calurosa tarde de un 10 de junio fui convocado para defender la tesis. Quiso acompañarme a ese acto el mismo Bartolomé Xiberta: un honor al que nunca habría aspirado neanche per sogno, como diría Piolanti. Durante el recorrido en autobús me hizo algunos comentarios. Parecía más contento que yo, e incluso se mostró desacostumbradamente hablador.

-En mis tiempos –comentaba- no había tanta burocracia. No se requería más que la presentación de un único ejemplar. Yo llevaba el mío escrito a mano, que entregué en Secretaría al terminar la exposición. Eso era todo. Nada de lectiones coram ni otros requisitos que se exigen ahora. El progreso es bueno, pero no en todos los aspectos es mejor. Creo que retrasa innecesariamente los procesos.

Yo iba con muy pocas ganas de hablar, pero fingía tranquilidad y hasta despreocupación, cuando en mis adentros, entre el calor y el miedo escénico que presentía,estaba más muerto que vivo. El acto se celebró en una sala de la planta baja. En la mesa presidencial se sentaban el moderador y otros cinco profesores. La defensa no podía extenderse a más de una hora. La desarrollé con relativa tranquilidad y respondí como buenamente pude a varias preguntas. Fui calificado con 9/10, equivalente a Magna cum laude probatus. ¡No estaba mal! Al término del acto me dijo Xiberta:

-Ahora es cuando está preparado para volver a empezar la carrera de filosofía.

Recibí un documento en que se declaraba que había cumplido con todos los requisitos para acceder al título de doctor, pero el Diploma que lo certifica, no me sería entregado sino después de publicada la tesis, o al menos un resumen extenso, y entregados cincuenta ejemplares en secretaría para intercambio con otras universidades, cum quibus haec Pontificia Universitas commercium habet.

El vía crucis más difícil era encontrar un editor benévolo que me publicara la tesis. Lo logré a través de Adolfo Muñoz Alonso, que era Director General de Prensa y director- fundador de la revista Crisis, hoy desaparecida. Don Adolfo no solo tuvo la gentileza de publicar el resumen de la tesis, sino la de preparar las cincuenta separatas y encuadernarlas según módulo exigido por la Secretaría de la Universidad. Envié los ejemplares, y en menos de dos semanas recibí el flamante Diploma de Doctor en Filosofía. Tiré a la papelera el hipnótico que tomaba cada noche antes de acostarme.

Añoro de corazón mis años pasados en Roma, sin duda los mejores de mi vida, donde se me cambió en redondo la visión del mundo y la de mí mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBERTAD ILUSORIA

 

El curso que tuvimos con el profesor Joseph De Finance sobre la libertad, resultó decepcionante no sólo por la imposibilidad de agotar el tema, sino por el estilo enmarañado de la exposición, como expliqué en otra parte. Por aquellos años, entre el 60 y el 64, estaban de moda en nuestro ambiente dos tratados sobre la libertad: The idea of freedom, de J. Mortimer Adler, y An inquiry into the freedom of decision, de Herald Obstad. Ambas obras discurrían con metodología estadística acerca de los diversos modos de entender la libertad. Saqué tiempo de donde no lo había para leer solo unas partes de ambos libros; pero como vi que necesitaba más paciencia que tiempo, abandoné las lecturas, contentándome con el resumen del curso que nos proporcionó el profesor.

Mientras concibamos la libertad como mera ausencia de impedimentos externos, percibiremos una libertad más aparente que real. El modo más directo y popular de entenderla es definiéndola como capacidad de hacer cada uno lo que quiera. Tal es la conciencia colectiva que tenemos de ella, radicalmente errática pero afincada en la conciencia popular, debido a razones que también merecen atención. De hecho, nadie está dispuesto a soportar una tiranía, no tanto por el hecho de vivir bajo coacción cuanto porque tal coacción se debe solo a la voluntad de otro. Es la rebelión de una voluntad libre contra otra voluntad libre. Es como si estuviera escrito que la libertad nos ha sido dada para que otros nos la quiten.

La primera amenaza contra la libertad viene de la organización político-social. Vivimos en una sociedad competitiva. Cada ser humano es por naturaleza codiciador de la libertad de otro. Que en una manifestación pública contra cualquier entuerto se alcen reclamos por la libertad, es casi una cuestión ritual, que muchas veces incluso se sitúa fuera de contexto; suenan gritos de ¡libertad! aunque el motivo de la manifestación no tenga que ver con ella. La razón de tal fenómeno está en que, aunque tengamos una zona de libertad muy restringida, la llevamos de tal manera ínsita en nuestra naturaleza racional, que cualquier injuria contra la racionalidad lo es también contra la libertad. Una de las condiciones tristes del hombre consiste en que está más capacitado para pensar la libertad que para tenerla.

La segunda amenaza nos viene del Ídolo de la caverna, que en la doctrina de Francis Bacon significa el conjunto de impedimentos que todo humano lleva en su constitución biopsíquica, como las desmesuras de nuestro temperamento contra las cuales lucha la razón, a veces triunfante, a veces derrotada. La primera tendencia de los temperamentos fuertes es la de dominar a los más débiles. Quienes imponen su voluntad de poder tienen muy poca cuenta de lo que recomienda Platón: que el primer ejercicio de nuestro imperio debe recaer sobre nosotros mismos. Pero esta idea es una moneda que tiene dos caras: por una parte, “la libertad intelectual” de que nos habla Spinoza, y por otra la de los sentidos cuando pugnan con la razón. Al fin de cuentas no sabemos de qué parte somos más esclavos, si de los sentidos o de la razón. Si la autonomía de la voluntad limita con la razón y ambas conforman indisolublemente el psiquismo superior del hombre, no debería darse conflicto entre razón y voluntad. Pero sucede que solemos perder de vista un tercer visitante que siempre está presto a intervenir, que es la ley de contradicción, de la cual ni siquiera la parte más noble del ser humano se puede librar. De hecho, quien triunfa de sus apetitos irracionales mediante la razón, se proclama triunfador en nombre de una libertad ilusoria, pues la parte de sí mismo que ha dominado se le convertirá en íncubo que le habrá de quitar el sueño. Somos libres de escoger entre el “ser” y el “deber ser”, pero el segundo permanecerá como rémora de nuestra libertad.

Tenga lo que tenga de discutible, y hasta de confuso el precedente razonamiento, nos introduce en la tercera amenaza contra la libertad. Se trata de lo que los moralistas clásicos llaman “libertad de necesidad”. (Libertas a necessitate). Es curioso: ¡libertad de necesidad para el hombre, que es un ser de necesidades! Llegado a este punto, es natural que me preguntes:

-¿En qué consiste esta extraña libertad?

-En que mis decisiones no se produzcan por necesidad –no hallo otra respuesta.

-Pero eso es un postulado de la razón práctica kantiana. ¿Te refieres a una libertad real y objetiva o a una convicción a la que voluntariamente te aferras?

-Me refiero, sí, a una convicción, pero no mía sino universal. La especie humana está convencida, aunque no sabe con qué fundamento, de que cada uno es responsable de sus actos mientras no obste disfunción de sus facultades.

-Es decir que, a la postre, no sabemos si somos libres o no. Es más: ni siquiera sabemos qué es la libertad, pero en la práctica “necesitamos” creer que somos libres, porque de no ser así, resultaría imposible la imputabilidad jurídica y moral. Por consiguiente careceríamos de derecho y de moral, dos cosas “necesarias” para que subsista el “necesario” orden político y social.

-He aquí –me responderás- una buena ficción de libertad. Los moralistas nos hablan de la libertad de necesidad, cuando la realidad nos muestra todo lo contrario: “necesitamos” creer que somos libres, lo que equivale a decir que somos libres “por necesidad”. Tales son los absurdos a que conduce el concepto vulgar de libertad, que afirma que consiste en hacer lo que se quiere.

-Si quieres un absurdo más, escucha cómo Rousseau, a guisa de bon épateur, comienza su Contrat social: ”Nacemos libres y vivimos rodeados de cadenas por todas partes”. Pero, ¿cómo se puede decir que nacemos libres si ni siquiera lo somos de nacer? Para que no nos seduzcan los golpes de efecto del gran ginebrino, limitémonos a aceptar lo que realmente tenemos: un margen de libertad sobremanera limitado. Por eso nos conviene enfocar la cuestión de la libertad en su sentido más restringido, que es el de libre albedrío, la forma menos ilusoria de libertad. Es una de las facultades del psiquismo superior humano; una libertad más espiritual que material. Funciona bajo el siguiente supuesto: dado que el hombre es capaz de concebir el bien en sumo grado, no existe atractivo alguno de cosa particular que determine necesariamente su apetito.

Apetecer el bien máximo implica la indeterminación de la voluntad respecto a los bienes mínimos.

-Si eres optimista –me dirás-, tal vez este principio te convenza de que tienes el vaso de la libertad medio lleno; pero si sigues reflexionando, enseguida acudirá la objeción decepcionante. Admitamos que la voluntad es libre de escoger entre un conjunto de objetos de distinta cualidad que no tengan relación alguna entre sí. Pero si estos se nos presentan, como casi siempre, según una escala de valores convencionalmente admitidos, necesariamente escogeremos el mejor. Aunque heroicamente pospongamos la afición al deber, obedeceremos a un imperativo que no dimana de nuestra voluntad libre. Es decir: o somos determinados por los bienes a los que estamos naturalmente inclinados, o nos obligamos a sacrificar lo bueno a lo que convencionalmente nos dicen que es mejor. Queda, por tanto, como ilusoria la libertad de necesidad.

Me doy cuenta de que si sigo arguyendo contra mí mismo, no lograré más que alargar la cadena de objeciones. Podemos terminar la disputa dejando entre paréntesis la libertad de necesidad, o si queréis, darla de barato. Abandonemos las altas aspiraciones y admitamos una realidad indiscutible: digamos que poseemos, cuando menos, aquel mínimum de libertad para que no se pueda decir somos esclavos. Teniendo esto en cuenta, hablemos del libre albedrío según la medida de lo que conviene a la naturaleza racional, poniendo en entredicho, solo por un momento, la sinonimia de uso que suele darse entre libertad y libre albedrío. Para poder hablar del libre albedrío con plena objetividad y con un mínimo de restricciones, es preciso abandonar las especulaciones filosóficas y mirar a los entes libres desde la casuística cotidiana. Suponiendo que no obsta ninguna disfunción física ni psíquica, cada sujeto necesita dos condiciones para elegir libremente: vivir en un medio que se lo permita y saber dirigir la libertad de elección.

Primero, vivir en un medio que lo permita. Hay que afincar en la conciencia el sentido del libre albedrío. No es lo mismo poseer la facultad natural de elegir que estar en condiciones de ejercerla. Las posibilidades de elección dependen de varias circunstancias individuales y colectivas. Hay quienes teniendo grandes espacios de elección, viven cercados de obstáculos que les impiden elegir. Para unos, los impedimentos vienen de la alta esfera social en que residen, donde todo sobra; para otros, de los estratos más bajos donde todo falta.

-¿Querrás decir, entonces, que la puesta en marcha del libre albedrío consiste en disentir?

-Poniendo la moderación que el sentido común exige, es así. Ni Spinoza, ni Hume, ni Rousseau, ni Schopenhauer ni Heidegger habrían alcanzado sus metas si no hubiesen disentido de sus familiares, protectores o tutores. Si Kant no se hubiese resistido a la influencia de su madre y del teólogo Schulze, no habría pasado de ser un oscuro pastor pietista. Pero estas fueron excepciones singulares; lo habitual es que los prejuicios familiares y sociales inhiban los proyectos o los aborten apenas comenzados. Cuanto más críticos seamos frente a las estructuras sociales, tanto menos nos afectarán la coacción y la necesidad.

En segundo lugar, saber dirigir la libertad de elección. De nada sirve el libre albedrío si se tienen ideas turbias acerca de la libertad de qué y la libertad para qué. Es preciso saber de qué quieres liberarte y cuáles son los proyectos que tienes en mente. Esto es, hay que poner en acto la consciencia de tu libre albedrío. Muchos hay que nunca serán libres porque ni siquiera saben que no lo son. Mucho mayor de lo que se piensa es el número de apáticos que se sienten cómodos con su incapacidad de elegir.

-Demasiadas trabas le estás poniendo a la libertad.

-No soy yo quien las pone; me limito a mencionarlas.

-Entonces, ¿estamos destinados a vivir en una libertad ilusoria? ¿No hay posibilidad de pensar en una libertad real?

-No la hay si nos situamos en el intelectualismo dominicano o en el voluntarismo escotista. Ambas ideas de libertad son ilusorias: la primera porque coloca la libertad en la naturaleza racional humana, creyendo que, después de eso, solo con poner el acto voluntario ya somos libres; la segunda –más grave todavía- porque sitúa la voluntad por encima del intelecto, con el fin de salvar la libertad de Dios y justificar la soberanía volitiva de los gobernantes terrenos.

-No entiendo a qué te refieres.

-No lo entiendes porque deberíamos volver al debate entre el intelectualismo y el voluntarismo, del que bastante hemos hablado. De momento, quiero responder a tus incertidumbres sobre nuestra libertad real, que yo sitúo en el libre albedrío.

Convengamos, pues, en que la libertad de que mal gozamos es escasa o casi nula. Sin embargo, no por eso debemos sentirnos lanzados a la fatalidad de una vida sin sentido. No pretendo afirmar que debamos volver a los moralistas clásicos, que aseguran que los afanes del hombre consisten en alcanzar la felicidad. Que esta es un ideal imposible, ya lo sabemos. Por eso debemos rebajar nuestras aspiraciones; ya que es imposible vivir felices, conformémonos con vivir contentos. Desdramaticemos el concepto existencialista de la libertad fallida, que no pasa de ser un talante artificioso. No importa el talante que tengamos ante la vida, sino la vida que tenemos por delante, que no es tan angustiosa como declaman los cantautores del existencialismo.

-Dime, entonces, qué es lo que propones concretamente.

-Justipreciar el libre albedrío, yendo a la raíz de la individualidad, que es la persona. Que seamos animales sociales no significa que cada individuo deba perderse en la multitud. Pertenecemos a una especie, pero somos, en primera perspectiva, un conjunto de singularidades, cada una con sus últimas formalidades que las identifican. Hay que mirar con cautela ese lugar común de que la sociedad está por encima del individuo, para que no olvidemos que la sociedad se compone de individuos, y que la perfección de la sociedad consiste en desarrollar el principio de perfectibilidad que yace en cada individuo. Insistir solo en la preeminencia de la sociedad es tanto como suponer que la especie está antes que el individuo. Los discursos de los políticos colectivistas pervierten con sus malas intenciones las buenas de quienes les escuchan. En la especie humana, cada individuo es un subsistente distinto dotado de razón para saber distinguir; es un sujeto consciente, sui iuris y compos sui. Es decir, un ente al que compete la dignidad y la irreductibilidad a la multitud social a que pertenece. Los individuos son la materia prima de una sociedad perfecta. Si no se cultivan las individualidades, la sociedad se vuelve gregaria, obligándonos a no caminar a donde tenemos que ir sino a donde todos van. Es una vieja enfermedad social de la que ya se quejaba Séneca.

-Esto suena bien; pero ¿dónde quedan las responsabilidades jurídicas y morales?

-Es una buena pregunta para remachar lo que acabo de decir. Si un gobierno quiere ciudadanos probos, debe constituir una sociedad que no solo cultive el saber de los individuos, sino también su consciencia de ciudadanía. Una sociedad que protesta por el destape de la delincuencia y clama por la seguridad ciudadana, se está acusando de haber descuidado a los ciudadanos. Un gobierno que, aun siendo democrático, necesita emplearse a tiempo completo en la represión de sus ciudadanos y tiene que invertir más en cárceles y patrullas armadas que en escuelas, es un gobierno que ha descuidado la educación del individuo.

-Con estas reflexiones corres peligro de que te acusen de individualista.

-Mi actitud sería individualista si la sociedad en que vivimos fuese perfecta. Cultivarse uno mismo como individuo y como persona, significa, en primer lugar, ocuparse de sí mismo. Si esta ocupación conlleva rupturas con la sociedad, peor para la sociedad.

Bienquistarse con la sociedad es cosa buena mientras con ello el individuo no tenga nada que perder. Bastante hace en favor de la sociedad quien trata de desarrollar su principio de perfectibilidad. Porque al fin de cuentas, una multitud de individuos bien cultivados será lo que constituirá una sociedad perfecta según la debida proporción. No es el Estado ni la sociedad quienes perfeccionan al individuo, sino al revés, porque de un conjunto de individuos bien constituidos surgirá una sociedad bien constituida.

-¿Dónde colocas, entonces, las competencias del Estado?

-Aparte de facilitar y obligar a los individuos a activar su principio de perfectibilidad, su otra misión es la de procurar el mayor bienestar posible para todos los ciudadanos.

-O sea, utilitarismo.

-Llámalo así si quieres. ¿Acaso existe otro modo de gobernar en forma más proveedora? Antes que exigir que los individuos sean útiles a la sociedad, hay que procurar que la sociedad sea útil a los individuos, para que así la utilidad individual se revierta en bienestar social. De esta manera aliviaríamos el parasitismo y la incapacidad de elegir por indolencia; porque muchos hay que sabiendo que tienen alguna posibilidad de elegir, ni siquiera ésta aprovechan. Claman por la gran Libertad y descuidan la pequeña libertad del libre albedrío. Lloran por no tener más, y se contentan teniendo menos. Aspiran a la felicidad y renuncian a vivir contentos, que es la única renta que podemos esperar del libre albedrío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ARRIVEDERCI, ROMA

 

Roma es uno de los lugares donde el residente temporal desea retardar la partida indefinidamente, máxime cuando uno ha pasado allí los mejores años de su vida. Pero había llegado para mí el día del Arrivederci, Roma. En sucesivas visitas, la saludaba con un simple arrivederci. Más tarde: forse ci rivedremo. Por último: Ciao, Roma; non ci rivedremo più.

Al despedirme de Bartolomé Xiberta, me dijo:

Au, i ara, a guanyar-se les garrofes! [Venga, y ahora, ¡a ganarse las algarrobas!].

Era también de rigor despedirse de los personajes más prestantes de aquel Colegio: el Prior General, Kylian Healy, los Asistentes Claudio Catena, Iacobus Melsen y Carmelo Luisi.

El padre Healy, amabilísimo, me preguntó a dónde iba.

-Antes de volver a España, me gustaría visitar Aylesford; buscaré información de cómo llegar.

-No es necesario –dijo-, yo mismo se lo puedo explicar.

Inmediatamente sacó una cuartilla y me hizo de su propia mano un croquis que todavía conservo.

-Si tiene problemas –añadió- no hay más que preguntar a cualquiera por The Friars. Aún quedaban varias personas a las que había que decir adiós: el buenísimo Nazareno

Mauri, Gerardo Angelici, “ingeniero” mantenedor de la máquina de aquel Colegio Internacional, el inolvidable Cosmas Peters, Pio Inglott, Joachim Smeet, Ludovico Saggi, Adrianus Staringg, Carlos Mesters, Redemptus Valabek, Franz Seibel, Jerome Watt, y muchos más, sin olvidar al intransigente canonista Elías Cardoso y sobre todo al joven estudainte Linus Brincat, que fue mi paciente peluquero durante dos años.

Imposible olvidar a Angelo Coan, músico, musicólogo y compositor. A sus cuarenta y pocos años, ya llevaba sobre sí una brillante carrera de publicaciones musicales, conferencias y recitales. Además de ser Maestro de Capilla del Colegio San Alberto, formaba parte de la flor y nata de la musicología romana. Era Secretario del Pontifizio Istituto di Musica Classica. Se decía que estaba ampliamente relacionado no solo con el mundo de la música sino también de las artes e incluso de la política. Conversando sobre Coan, el historiador Lodovico Saggi se lamentaba de que la Orden no mostrara suficiente estima por un músico de tanta talla.

Personalmente, lo recuerdo como hombre solitario, tal vez misántropo. Me arriesgo a creer que el extraño padre Angelo era, por encima de sacerdote y carmelita, artista; un artista que llevaba el espíritu de Beethoven sofocado bajo el hábito marrón. Por eso cuando regresaba a San Alberto debía sentirse como exiliado, fuera de su mundo, obligado a recluirse en el suyo interior. Pero su sensibilidad no se limitaba a la esfera de las artes; también incursionaba en la estética literaria, a juzgar por dos conferencias que le escuché, en un italiano accuratissimo. La primera versó sobre la poesía y la narrativa de Aldo Palazzeschi; incluso habló de su intención de poner música a ciertos poemas del escritor. Cuando me acerqué a felicitarle por su discurso, ni siquiera se dignó mirarme. La otra charla fue una despiadada crítica contra actitudes que le parecían relajamientos impropios de un Colegio Mayor. Era imposible que en aquel pequeño mundo multinacional no hubiera actitudes colectivas que hirieran su sensibilidad estética. Lo que más detestaba era el inevitable fragor que producía la remoción de los pequeños escabeles que en cada puesto del coro servían para arrodillarse. (Lo sporco sbattere di sgabelli!).

Con frecuencia, de vuelta de la Gregoriana, me cruzaba con él en el Ponte Sant`Angelo, y nunca correspondió a mi saludo. Sin embargo, fui a llamar a su habitación para despedirme de él.

-Padre Angelo, he terminado el postgrado y vengo a despedirme. Le felicito por el toque estético que usted está poniendo en este Colegio.

Contra lo que esperaba, el hombre mudó de semblante. Me dio un largo abrazo y tanti auguri por mi doctorado. Luego me retuvo por unos segundos, mirándome con rostro extrañamente emocionado.

-Permítame decirle algo. En más de quince años que estoy aquí haciendo il mio compito, usted es el primero, ¡el único! que ha tenido la gentilezza de venir a despedirse. Mille grazie, caro!

Me dio otro abrazo y me regaló dos cajetillas de Chesterfield. ¡Cosas veredes, Sancho!, pensé para mí.

 

 

Al atardecer de un primer sábado de septiembre llegué a Aylesford, tranquila villa del Condado de Kent. A pesar de que el otoño se había adelantado, la temperatura era apacible.  En las afueras se alzaba el vetusto monasterio carmelitano junto a un plácido río (Medway), en una explanada de exuberante vegetación. Me condujeron a un pequeño despacho junto a la capilla donde estaba sentado el reverendo Kilian Lynch, prior de aquel monasterio. Me recibió con gran amabilidad. Era un irlandés de imponente presencia y exquisito trato. Había sido Prior General de la Orden durante dos sexenios. Muchos años atrás, lo vi dos veces en sendas visitas canónicas que hizo a la comunidad carmelitana de Terrassa. Pero como pasados los años, yo había crecido más en curiosidad que en saber, aproveché la ocasión de observarlo de cerca. Era físicamente un hombretón, y moralmente una de las figuras más prestantes de la Orden. Aunque su envejecimiento era notorio, conservaba intacta la esbeltez y el talante autoritario. Me llamó la atención sobre todo su mirada, severa y dulce a la vez. Me preguntó mucho sobre personas y cosas del Colegio San Alberto. Luego de felicitarme por mi grado académico, me hizo acompañar a una pequeña habitación amoblada con madera envejecida, que sería mi celda conventual durante cuatro días. Se daba por entendido que yo, aunque visitante de paso, estaba obligado a asistir a los actos regulares de aquella comunidad.

Al día siguiente, domingo, poco antes de las once, la amplia capilla estaba repleta de gente en espera de la misa. A banda y banda del presbiterio se alineaban los asientos del coro formando ángulo recto con cada lado del altar. La ceremonia empezó con el rezo de Tercia. A los pocos versículos del primer salmo, el Padre Lynch pegó fuerte manotazo sobre el respaldo delantero.

Stop! –gritó-. Alabar al Señor no es una tarea que haya que acabar cuanto antes. [¡Lástima no recordar literalmente la frase en inglés!]. Os olvidáis de la debida pausa que hay que hacer en cada asterisco. -Let´s start again [ordenó, y entonó él mismo]: Deus, in adiutorium meum intende

Fue un momento sumamente bochornoso. Sentí vergüenza propia y ajena ante aquel exabrupto de un superior regañando públicamente a una veintena de frailes, mayoritariamente ancianos y adultos avanzados. Aquel proceder del Padre Lynch me pareció obscenamente inadecuado.

Olvidando el incidente, viví unos aquellos cuatro días descansando de emociones acumuladas. La amabilidad con que me trató el Padre Lynch al despedirme, hizo que se me esfumara el mal recuerdo de la reprimenda, y más aún cuando me preguntó:

-Would you need some money for travel expenses?

De haber sido sincero y audaz, debí responder yes, porque realmente lo necesitaba, pero me limité a un leve gesto ambiguo, que él supo interpretar genialmente, pues sacando doscientas libras de un cajón me las entregó con sonrisa de buen entendedor. Cosas veredes, Sancho, recordé otra vez.

Hoy, a más de cincuenta y cinco años que me gano las “algarrobas”, me complazco en mis recuerdos, pero sin buscarles ninguna significación especial. Todo queda en puntos suspensivos, excepto cierto rammarico por haber matado tanto tiempo en la pereza y la rutina. A menudo toco en vivo la realidad de un refrán que solía repetir mi amigo corso Jean-Louis: tout passe, tout casse, tout lasse. (Todo pasa, todo acaba, todo cansa). Es verdad: nos detenemos a saborear morosamente los buenos tiempos pasados; sin embargo, sería horroroso tener que repetirlos.

Después de todo, no creo en la buena fortuna ni en la mala. Solo estoy seguro de que no me puedo quejar. Hechas las cuentas, creo que pocos habrán tenido una vida tan fácil como la mía. Desde mis años de estudiante de Teología he sido muy reticente respecto a los dogmas, sobre todo el de la Divina Providencia, aun habida cuenta de que conmigo ha sido generosísima. Pero es precisamente esa generosidad lo que me desconcierta, cuando considero los innumerables casos en que se justifica la pregunta: ¿dónde está Dios? ¿Por qué ha estado conmigo, que nada he puesto de mi parte, y no con muchos otros que lo han puesto? Cualquiera me replicará:

-¿Cómo sabes que no ha estado con todos, incluso con los más desafortunados?

-No tengo otra respuesta que el testimonio de los sentidos. El misterio y la duda, quedan. Hay quien se conforma con la inescrutabilidad de los designios divinos. Ante las grandes calamidades, Bartolomé Xiberta solía decir: ”esto estaba previsto por Dios desde toda la eternidad”. Seguro que sí, pero esta sentencia no resuelve la cuestión; simplemente la suprime.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EXPRIENCIA DEL CONOCIMIENTO

 

Los entendimientos cultivados tienden a rebuscar experiencias nuevas. Pero hay gran diferencia entre quienes se contentan con buscarlas por fuera y los que, además, las almacenan y rumían por dentro. Aunque parece que sobreabundan los primeros, todos - queriendo o sin querer- se atienen a lo que podríamos llamar “principio de ida y vuelta”.

-¿En qué consiste eso?

-En ir venir del sujeto cognoscente al objeto conocido, y viceversa. Todos los que cultivan alguna ciencia o arte realizan ese viaje de ida y vuelta. El entendimiento se aplica al objeto, lo observa con todos sus notas esenciales y accidentales, para luego retornar a la facultad cognoscitiva convertido en experiencia de conocimiento.

-¿No te parece eso demasiado rebuscar?

-Nunca es demasiado, porque los errores epistemológicos se producen precisamente por no poner suficiente atención a lo que he llamado “principio de ida y vuelta”. Si bien lo reflexionas, tal es la experiencia que has tenido en el recorrido de tus aprendizajes. Así puede verse también en la Historia del pensamiento. Los científicos, llevados de la curiosidad y la admiración, procedieron de los fenómenos a las esencias. Llegaron a la ciencia partiendo del trabajo precientífico. No fue un resultado casual ni imprevisto, sino obra de reiteradas experiencias cognoscitivas a lo largo de siglos. Cada generación ha desarrollado y perfeccionado los conocimientos de las anteriores con resultados incompletos, no por deficiencia intelectual sino por falta de tiempo. Cada época ha procurado aumentar la herencia científica según la medida de la capacidad humana y del tiempo de vida disponible.

-Pero si mal no entiendo, sobreabundaron las dudas y los errores.

-Éstas pueden enturbiar a primera vista el razonamiento, pero no instalarse definitivamente en él. Para desalojar esos ídolos basta una dosis suficiente de sentido crítico, que toda mente sana posee.

-Sin embargo, todavía hay escépticos convencidos.

-Si te encuentras con alguno, asegúrate primero de su sanidad mental; y si no le hallas ninguna tara, pregúntale si lo que dice es realmente lo que piensa, pues hay algunos sedicentes filósofos  cuya principal intención es la de épater le bourgeois.

   -Es decir…

   -Asombrar a los cortos de entendederas. Ante las excentricidades de un filósofo, consulta a tu propia consciencia; allí verás si lo que se pretende es plantear una tesis o causar una impresión, pues tú ¡no querrás engañarte a ti mismo! Tampoco los escépticos quieren engañarse porque ellos son tan tridimensionales como tú y yo; teorizan sobre su  doctrina pero la desmienten con los hechos. El psicologismo decimonónico podrá tener algunos adeptos, pero nunca perderá actualidad la sentencia de Husserl: “El psicologismo relativista está de espaldas a los hechos”.

   -En medio de tanta literatura sobre consciencia, subjetividad y objetividad, me pierdo.

   -Ciertamente: nada más característicamente humano que la duda y el error. Pero ha sido precisamente dudar y errar lo que ha enriquecido la experiencia del conocer. El conocimiento se ha vuelto, siglo por siglo, cada vez más autocrítico. Pero como las dudas y los errores han sido más que los aciertos, los filósofos han alternado la experiencia del acto de conocer con el estudio de la potencia cognoscitiva. Tanto han querido afinar el conocimiento, que han creado un tratado de Filosofía de la filosofía.

-Tautología para mí innecesaria, pues no otra cosa ha hecho la Filosofía que reflexionar sobre sí misma, cuestionando incluso los principios en que se apoya.

-Quizá tengas razón. Pero sus intenciones fueron buenas en principio, pues nunca está de sobra repasar la ruta de nuestro razonamiento; solo que al fin se han estrellado contra la imposibilidad de ir más allá de nuestro alcance cognoscitivo. Los que ante el fracaso han persistido no han tenido más destino que caer en dos extremos: un relativismo desmedido en que todo cabe o un escepticismo universal. Ambos extremos han echado a mala parte el aforismo irónico de Sócrates: “solo sé que no sé nada”.

-¿Cuál sería, entonces, el punto justo del criticismo?

-Distinguir entre la crítica que discierne y la que demuele.

-Veo clara la que discierne, pero la que demuele…

-Es la de quienes piensan que el verdadero filosofar empieza con Kant, o con Hegel o con Nietzsche, haciendo tabla rasa del todos los precedentes. Válgate una anécdota. Iniciando el profesor Alberto Rosales un cursillo sobre Kant, quedó defraudado ante unos asistentes que desconocían a Hume, y les dijo: “Haré con ustedes un acto de filantropía: dedicaré esta primera lección a Hume”. En efecto, cada filósofo de los grandes tuvo uno o más antecesores que le “despertaron”. Es indispensable ir y volver de Parménides a Heidegger.

-Lo mismo se puede decir de todos los científicos.

-Pero con una diferencia: a un físico actual, por ejemplo, se le dispensa que no tenga nada que decir de Arquímedes; pero un filósofo que se respete siempre tendrá algo que comentar sobre Platón. En consecuencia, el inicio de un buen criticismo consiste en no negarles la sal y el agua a los filósofos que nos dejaron algo de qué discutir.

-Los actuales filósofos analíticos te acusarían de rebajar la carga crítica que implica cualquier investigación científica.

-No lo sé, pero yo siempre he sostenido que en los saberes hay tanto de conocimiento cuanto de crítica; pero el espacio crítico limita con la aprehensión de verdades de evidencia inmediata, que son punto de partida hacia el conocimiento de otras más avanzadas.

-¿Hasta qué límite?

-Hasta el límite subjetivo del entendimiento humano. Uso aquí la idea de verdad según las posibilidades de cualquier entendimiento. Que no hay efecto sin causa, que cada cosa es igual a sí misma, que no hay término medio entre ser y no ser, etc, son verdades al alcance de cualquier mente que no adolezca de disfunción.

-A primera vista me convences, pero no sé si cuentas con los sentimientos y emociones, que tan a menudo enturbian la percepción.

-Este hecho es inevitable, pero tenemos el consuelo de que no ocurre por defecto del entendimiento, sino por circunstancias externas, que nos emocionan o apasionan transitoriamente. En tus afecciones anímicas debes acordarte de los “ídolos” de Francis Bacon, uno de los cuales viene precisamente de las teorías de su sanidad mental; y si no le hallas ninguna tara, pregúntale si lo que dice es realmente lo que piensa, pues hay algunos sedicentes filósofos cuya principal intención es la de épater le bourgeois.

-Es decir…

-Asombrar a los cortos de entendederas. Ante las excentricidades de un filósofo, consulta a tu propia consciencia; allí verás si lo que se pretende es plantear una tesis o causar una impresión, pues tú ¡no querrás engañarte a ti mismo! Tampoco los escépticos quieren engañarse porque ellos son tan tridimensionales como tú y yo; teorizan sobre su doctrina pero la desmienten con los hechos. El psicologismo decimonónico podrá tener algunos adeptos, pero nunca perderá actualidad la sentencia de Husserl: “El psicologismo relativista está de espaldas a los hechos”.

-En medio de tanta literatura sobre consciencia, subjetividad y objetividad, me pierdo.

-Hay un método casi infalible de cerciorarnos de la de la objetividad de nuestras percepciones: consiste en observar cómo la consciencia volente protagoniza los actos del sujeto pensante y operante. Incluso percibe las circunstancias concomitantes que eventualmente le facilitarán la anámnesis de sus actos.

-Te contradices; porque si para para rememorar mis actos conscientes necesito ayudarme de circunstancias concomitantes, significa que en mis percepciones hay buena carga de subjetivismo.

-Eso no es objeción contra mí, sino una razón más a mi favor, porque son precisamente los recuerdos concomitantes los que refuerzan la objetividad de mis percepciones pretéritas.

-Ahora bien, varias veces has dicho que un juicio solo es verdaderamente tal si interviene la voluntad.

-Así es. Las aprehensiones intelectivas serían inanes sin el concurso de la voluntad. Entendimiento y voluntad son dos potencias inseparables de la racionalidad, que solo se distinguen por la diferencia de sus funciones. El entendimiento aprehende necesariamente las esencias y la voluntad ejecuta libremente las acciones subsiguientes; en nuestro caso, la acción de juzgar. Pero, además de retener las esencias, el entendimiento se apercibe de sus relaciones e interconexiones, como entre las neuronas y la sinapsis. Dicho de otra manera: una vez “metabolizados” lo datos sensibles en el entendimiento, entonces interviene la voluntad transformando el entendimiento en razón discursiva.

-Pero vayamos a los actos: ¿cuál es la facultad que determina en última instancia los actos humanos, la razón o la voluntad?

-De modo principal la voluntad, pero en conexión con el entendimiento; ambos son proporcionalmente determinantes. Todos los actos humanos, por insignificantes que sean, son raciovolitivos.

-Pero hay actos que se hacen sin querer, por ejemplo errar, o equivocarse.

-Propiamente, lo que se hace sin querer no es el error sino la equivocación. Por interés o por sentimiento podemos persistir en un error, pero no en una equivocación, ¡por favor!

-Entonces, ¿por qué se dice que errar es humano?

-Porque sólo el hombre es capaz de aplicar la voluntad contra la razón; los errores son precisamente actos irracionales. Pero el error es un tema que merece atención aparte.

-Muy bien; reconecto: ¿pueden darse actividades que sean solamente racionales, sin ningún movimiento volitivo?

- No, porque el mero acto de pensar ya es necesariamente volitivo; de lo contrario no lo llamarías “acto”. Aunque el entendimiento percibe necesariamente lo que está a su alcance, lo natural es que las aprehensiones intelectivas culminen en actos voluntarios, como querer, rechazar, preferir, postergar, etc. Son mociones subsiguientes a la percepción de las esencias. No es que el intelecto incite a la voluntad para que acepte o rechace, sino que es ésta la que estimula hacia la formulación de proposiciones ciertas o probables. De hecho, continuamente nos percatamos de nuestros actos cognoscitivos y nos concienciamos de su racionalidad. Por lo general, la voluntad acepta proposiciones claramente verídicas, pero en ocasiones prefiere adherirse interesadamente a sentencias opinables o dudosas, que no obstante el sujeto tratará de justificar razonadamente.

-Pero en tales casos  ya no estamos en el ámbito filosófico sino en el psicológico.

-Efectivamente, al aceptar cualquier proposición, concurren dos factores:

el asentimiento y el interés. En el asentimiento solo se presta atención a la intuición percibida; pero en el interés, aun sin prescindir de lo intuido, hay otros motivos extrínsecos mucho más decisivos que determinan la adhesión de la voluntad. No con la misma actitud asiente la voluntad a los axiomas matemáticos que a los dogmas políticos o religiosos. En el conocimiento puro la voluntad no interviene si no es para remover obstáculos a la percepción, mientras que en las tesis ideológicas actúa como primer motor dialéctico, instando al entendimiento a forjar argumentos sofísticos en defensa de una u otra parte. Del mismo entendimiento nos valemos para aceptar la verdad que para defender el error. Pero por más que tributemos en favor de doctrinas en que prevalecen los intereses, siempre yace en nuestra consciencia el “Sócrates” que en algún momento nos enrostrará el engaño en que interesadamente permanecemos.

-En este punto quisiera detenerme. Ya que me introduces en el ámbito moral, veo que el entendimiento percibe necesariamente el deber ser de las acciones, pero la voluntad es libre y puede obrar en contra del deber ser. ¿Qué pasa, entonces, con las imputaciones jurídicas y morales?

-Hay que distinguir entre el foro interno de la moral y el externo del derecho. Si se trata de una imputación moral siendo tú inocente, no deberás esperar a que alguien te anule la imputabilidad, ya que ésta no existe. En el plano jurídico, en cambio, a la imputabilidad debe seguir un proceso probatorio. Si las pruebas no se dan, el imputado es absuelto, pero la absolución no indica inocencia –aunque esta palabra se use en los tribunales- ni culpabilidad, sino simple anulación de la imputabilidad. Etimológicamente, absolución significa “desligamiento”. Los tribunales no penetran en las conciencias. Cuando absuelven por falta de pruebas, “desligan” al imputado del acto del que se le acusa, sin que ello implique atestiguar su inocencia, pues solo el sujeto sabe, en su conciencia, si es inocente o culpable. Valga, de paso esta observación para no confundir la absolución con el perdón, como generalmente ocurre.

-Explícame la diferencia.

-Perdonar –per-donare- es declarar la no existencia de una deuda. En tal sentido perdonar es sinónimo de condonar. Si tu amigo te ha prestado un dinero y tú no puedes devolvérselo, él puede perdonarte la deuda, con lo cual ésta deja de existir. Lo que no se puede perdonar es una ofensa o una injuria, porque son actos que dejan una huella psicomoral permanente, imborrable. El dinero se recupera, pero el efecto de la calumnia no. Yo no puedo perdonarte de la calumnia, pero puedo no tenértela en cuenta.

La injuria dicha o escrita, permanece para siempre, aunque el ofendido diga que te perdona. Sin embargo, se acepta el uso popular del verbo perdonar sin importar que se trate de deudas o de injurias. Lo importante, en fin, es no confundir perdón con absolución.

-¿Significa eso que la absolución que te da el cura en el confesionario no implica el perdón de los pecados?

-Lo implica si tu confesión ha sido conscientemente sincera. En tal caso quien te perdona no es el confesor sino Dios; el confesor solo te absuelve ante el foro externo de la Iglesia. Pero si la confesión es ficticia, no estás absuelto ni perdonado.

-Mentiría si te dijera que te he entendido enteramente; más bien me has metido en un mar de dudas.

-Tanto mejor. La duda es el primer tránsito hacia el saber. Si te he llenado de dudas, favor que me debes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EXPERIENCIA DE LA DUDA

 

 

Ninguna experiencia intelectual golpea tan directamente nuestra conciencia como la duda. Tal vez hayamos alcanzado conocimientos que nos han regocijado a lo largo de nuestra vida, pero ningún recuerdo ha permanecido en nuestra memoria con tanta insistencia como el de las numerosas dudas que aún no hemos resuelto. Los conocimientos adquiridos con éxito, pocos o muchos que hayan sido, nos dejaron buen sabor de boca por algún tiempo generalmente breve, pero al fin se nos han consustanciado de tal manera, que los sentimos como parte de nuestro organismo sano, de cuyo funcionamiento no nos damos cuenta mientras gozamos de buena salud. Pero tratándose de dudas, que tenemos en tanta abundancia, nuestra memoria nos acompaña con severa fidelidad. Sin embargo, eso no crea ningún motivo de frustración; al contrario, hay que dar por bienvenida esa memoria como luz amarilla que nos recuerda la regla cartesiana de no emitir juicios con precipitación.

 

En el campo de las ciencias, ganan las dudas sobre las certezas. Y menos mal que es así, pues el principio de todo saber es la duda, tanto como el carecer de dudas es indicio de necedad. Porque es preciso advertir que no todas las realidades que percibimos pueden darnos una verdadera especie de sí mismas. No se perciben con misma claridad las proposiciones metafísicas que las morales. Las esencias físicas y metafísicas se manifiestan con desigual evidencia. Mayor aún es la dificultad en que se hallan ciertas mentes frente a la cuestión objetiva de la verdad y la subjetiva de la certeza, de lo que aquí no hablaré para no salirme de tema.

En ciertos momentos –muy pocos- sentimos que hay perfecto correlato entre la verdad objetiva y la certeza subjetiva, entre los enunciados de evidencia inmediata y otros conocimientos que vamos adquiriendo por ciencia o por hábito intelectual. Pero lo más frecuente es que tengamos que suspender el juicio, inclinándonos a la opinión o a la duda según sea el peso, escaso o nulo, de cada parte de la contradicción. La peor y al mismo tiempo la más estimulante de dichas posiciones es la duda.

Algunos resuelven la duda con la simple suspensión del juicio sintiéndose cómodos así, mientras otros se afanan en buscar motivos de probabilidad en las diversas opiniones. Si los motivos de duda son objetivamente serios, sin posibilidad de solución a corto ni a largo plazo, se justifica la duda por tiempo indefinido. Pero esta posición no puede inveterarse hasta convertirse en escepticismo radical. La discusión sobre la capacidad de saber no puede empezar con una negación, pues comenzar negando es negarse a comenzar. No vale cerrarnos las puertas del saber con apriorismos inapelables. La capacidad cognoscitiva del ser humano es un hecho que no necesita demostración, pues queda sobradamente probada a través de actos y productos humanos. Los constructos humanos, tanto los ideales como los materiales, especifican una naturaleza racional capaz de llegar a conclusiones, que si son teóricamente discutibles, son prácticamente funcionales.

 

Admito que hay momentos en que debemos curarnos de ciertas dudas, pero no podemos hacerlo con dogmatismos, porque el dogmatismo es una violencia epistemológica. La duda humana no busca que le cierren la discusión sino que se la concluyan. Lo que hace el escéptico es mantenerse firme en una teoría y claudicar en la práctica; teóricamente, afirma la imposibilidad de probar y demostrar, mientras en la práctica acepta los pactos como si fueran postulados indiscutibles. Se obstina en anular las ideas, pero no puede matar el lenguaje con el que defiende las suyas. Yendo aún más allá, el escéptico pretende incluso suprimir la duda, lo cual supone la ablación de una parte de la potencia raciocinante, pues la duda no solo es parte del razonamiento sino estímulo hacia él.

 

Como la duda escéptica es una postura literaria más que filosófica, solo podemos mitigarla con un trabajo de introspección. Por más que rebusquemos en lo íntimo de nuestro Yo, nunca nos convenceremos de la imposibilidad de llegar a saber algo, al menos las esencias de evidencia inmediata. Tampoco quiero decir que lleguemos muy lejos en la obtención de verdades irrefutables, pero encontraremos las suficientes como para no caer en el escepticismo o en un relativismo contrario al sentido común. Aunque siempre, naturalmente, con el debido esfuerzo, puesto que de entrada hay que vencer una doble dificultad: objetiva y subjetiva. La primera reside en la naturaleza de algunos objetos, cuya complicación demanda buenas dosis de perspicacia intelectiva. Razón tenía Heráclito diciendo que a la naturaleza “le gusta esconderse”. Pero la dificultad subjetiva es aún mayor, puesto que radica en las deficiencias del sujeto cognoscente. No todos los intelectos son igualmente perspicuos para captar las esencias. Aunque seamos iguales en la especie, no lo somos en atributos ni los aplicamos con la misma destreza y eficacia. No todos los intelectos son igualmente prontos a la captación de las esencias. Sin embargo, por muchos que sean los ídolos baconianos que pueblan nuestra mente, aún queda un buen número de proposiciones de las cuales no cabe dudar.

 

Es, pues, de rigor que al comienzo del filosofar coloquemos en su debido lugar la conciencia de la duda. Podríamos así formular la siguiente proposición: Quien se inicia en el filosofar debe situarse en actitud crítica, no poniendo en duda la totalidad de sus percepciones, sino analizándolas y distinguiéndolas. Quien aborda la tarea de

Pensar,  tiene, cuando menos, la consciencia de que lo está haciendo, al tiempo que sabe de su propia finitud; por ende no se interroga sobre su capacidad de pensar. Desde esta perspectiva, intuye que la ruta del pensamiento no siempre habrá de ser expedita.

Partamos de esta suposición: ejercemos la crítica del pensamiento en el punto en que somos conscientes de que algo podemos conocer. Puestos en esta mira, disponemos de dos referencias: de la consciencia como dato y como testimonio. En cuanto que dato, la consciencia es el Yo personal que reside en el sujeto pensante; no aquel Yo de Schelling, indiferente y sumergido en el absoluto universal. En cuanto que testimonio, la consciencia es un Yo proyectado hacia la alteridad y sus determinaciones, intercomunicado con las personas y las cosas, aunque sin ninguna pérdida de su mundo interior. Esta consciencia, con todos sus datos, experimenta su propia capacidad de formular proposiciones quidditativas acerca de las evidencias más inmediatas. Juzga sobre las aprehensiones sensitivas y se vale de ellas para la elaboración de conceptos universales. Es decir: hay una consciencia teórica y una consciencia práctica operante. Estas condiciones mínimas son tan profundamente sentidas, que ningún pensador puede negarlas, a no ser por el escape de una ficción.

Una vez que somos capaces de concebir el universal, no solo podemos abordar la filosofía sino todas las demás ciencias, pues no hay ninguna que no sea del universal. Pero no es que entremos en el universal a través de la ciencia, sino al revés: es la potencia abstractiva la que se nos abre hacia la universalidad de los géneros y las especies.

-¿Cuál es, entonces, el primer paso del hombre filosofante y científico?

-Sin duda alguna la vigilancia sobre el principio de contradicción. El entendimiento menos ilustrado sabe a priori que no hay término medio entre ser y no ser; lo que es, lo es del todo o no es nada. También sabe que de este principio se derivan otros que paralelamente dirigen la ruta del pensar.

-Tengo la impresión de que si este es todo el bagaje de que disponemos, entramos en la ruta del pensar con unas alforjas muy mal provistas.

-Es cierto, nos hace falta mucho más, pero es preciso que desde un principio dediquemos toda nuestra atención a esas primeras bases que, por ser tan obvias, son las que más se olvidan. No hay error alguno, ni teórico ni práctico, que no se deba al olvido de uno -aunque sea uno solo-, de los primeros principios.

-¿Y qué pasa con los filósofos que los ponen en duda e incluso los niegan?

-Que tendrán que inventarse otros que tengan la misma apodicticidad. Pueden intentarlo, pero no les garantizo el éxito.

      -Creo que es Ortega y Gasset quien dice que la filosofía es la única ciencia que cuestiona los principios en que se basa.

-He leído mucho de Ortega, pero no recuerdo haber visto esta sentencia en ninguna parte; pero si fuera cierto que la dijo, yo le respondería que se puede discutir y dudar de tales principios, a condición de no salirse de ellos, lo cual es imposible. El precio que pagas por negar el principio de contradicción, es contradecirte. Por otra parte, no importa que lo sometas a crisis, pues cuanto más profundices en su crítica, mayor será la evidencia con que se impondrá. Esfuércese cualquiera, con la ayuda de Hume, en demostrar la invalidez del principio de causalidad; mientras tanto, su evidencia inmediata le exime de demostración. Lo tienes impreso en tu conciencia y lo estás experimentando en cada momento. Nadie que reflexione sin prejuicios se atreverá a defender el protagonismo de la duda. Persistir dudando a pesar de la evidencia es enfrentarse con el propio Yo que atestigua lo contrario. Estamos ciertos de la experiencia interna en que percibimos la conveniencia o discrepancia entre sujetos y predicados, entre predicados esenciales y accidentales, posibles e imposibles, etc. Afinando un poco más la observación, incluso estimamos en su debido momento la utilidad de la duda cuando nos sirve de freno ante la precipitación del pensamiento y su eventual tendencia al dogmatismo ingenuo.

-Sin embargo no dudamos de algunas verdades de las que no tenemos evidencia personal y sensible, como la rotación de la Tierra, la relatividad del movimiento, la existencia de los átomos y las moléculas, etc.

-Eso depende de cómo concibas la experiencia y de los límites que le pongas. No solo disponemos de la experiencia personal sino también de la ajena. En el caso a que te refieres, te apoyas en el testimonio de sabios que han consumido su vida en la observación y la experimentación. No puedes, por ejemplo, tener evidencia del movimiento de la tierra, porque es el vehículo astral en que vives y viajas por la inmensidad del universo, sin que tengas punto de referencia para apreciar ningún movimiento fuera de los que puedes observar dentro del mismo vehículo. Igual es la falta de referente que te impide experimentar la relatividad del movimiento. Sin embargo aprecias los movimientos y las distancias dentro de tu vehículo que es la Tierra. Dentro de ella puedes decir: todo lo que está en reposo está siempre en reposo si no hay una fuerza que lo mueva; todo lo que está en movimiento está siempre en movimiento si no interviene una fuerza que lo frene o lo detenga. A pesar de que tu “vehículo” se mueve realmente a velocidad supersónica, un kilómetro dentro de este vehículo será siempre un kilómetro, no relativa sino absolutamente.

En multitud de fenómenos físicos y psíquicos notamos la deficiencia tanto de nuestro entendimiento como de nuestros sentidos. Nuestra menguada vista no nos permite ver los átomos, ni las moléculas ni las células de los seres vivientes; sin embargo debemos alegrarnos de esta deficiencia, porque si pudiésemos ver tales partículas, no veríamos nada, pues cada partícula sería un árbol que nos taparía el bosque.

-Preferiría abandonar esta divagación y volver a la experiencia de la duda.

-A eso iba precisamente. El pensador tendrá un signo casi infalible de la certeza de su conocimiento, si con él se siente capaz de emitir juicios ontológicos y axiológicos. En nuestro lenguaje usual reconocemos este hecho cuando confesamos no poder pronunciar juicios sobre materia que no conocemos. Por tanto, la conciencia de lo que sabemos corre en paralelo con la conciencia de lo que ignoramos. Sobra añadir que la adecuación del entendimiento a las cosas no es absoluta sino condicionada a la inteligibilidad de las mismas. Como los objetos tienen modos distintos de manifestar su especie, el intelecto no puede aprehenderlos todos con el mismo grado de certeza. Por eso hay certezas físicas, metafísicas y morales, según la naturaleza de cada objeto. Sobre esta observación, las diversas ciencias obtienen la cuota de certeza o probabilidad que les corresponde. Así conocemos la capacidad de nuestro entendimiento según dos  aspectos: el natural, que se nos da en el mismo acto de conocer, y el científico, que se facilita con el uso del método adecuado. De aquí que podamos desarrollar una crítica natural y otra científica, según se aplique a las evidencias inmediatas o se extienda más allá proponiendo hipótesis científicas clarificadoras. Nada es más satisfactorio para el intelecto humano que la verificación científica de sus percepciones naturales.

-Pero en las evidencias no siempre domina la objetividad: muchas veces aprehendemos errores bajo convencimiento de que son verdades. Por tanto, en las percepciones espontáneas subyace todavía irresoluto el problema de la capacidad de emitir proposiciones verdaderas.

-Esta objeción solo es válida si nos atenemos únicamente a las operaciones mentales fallidas. Bien está que vigilemos nuestra potencia aprehensiva, pero la continua fijación en sus falencias es una actitud morbosa. Repito una vez más que la mente bien intencionada no siempre se lo juega todo a una proposición que le parece cierta, sino que a menudo acude al subterfugio de la opinión, e incluso de la duda. El acto de certificar una verdad sin reservas no anula la capacidad de someterla a crisis cuando se impone alguna duda razonable. Aprehender evidencias inmediatas no supone infalibilidad. Tan ingenuo es extender un acierto intelectual a todos los casos similares como apoyarse en una falencia para meter todas las proposiciones en el saco de la duda universal.

-De acuerdo a lo que dices, es difícil saber cuándo el hábito de dudar se nos convierte inadvertidamente en escepticismo.

-Serás escéptico cuando adviertas que la duda se te convierte en estado de resignación extrema; cuando te percates de que con la duda has llegado al final de un túnel cuya única salida es el regreso. Entonces comprenderás que el escepticismo es inconsecuente en la práctica y contradictorio en la teoría; que con él no puedes defender ni refutar ninguna proposición, ni refugiarte en el sofisma de petición de principio.

-Quieres decir, en fin, que el escepticismo es un problema de consciencia; porque me cuesta creer que el escéptico universal sostenga su teoría con plena convicción.

-Probablemente es esta la cuestión. Es imposible que el escéptico no se percate de que está inmovilizado en un extremo mientras en la práctica busca, como tú y yo, situarse en un término medio, que consiste en llevar la cuenta de nuestra capacidad de entender realidades objetivas al alcance de nuestro límite tridimensional.

-Supongo que en las ciencias físicas no se plantean problemas de conocimiento; si una conclusión es dudosa, se suspende el juicio en espera de respuesta mejor; pero ¿cómo proceder en el plano moral, donde los puntos de referencia son tan escasos?

-Es cierto que en las ciencias morales solo se imponen con evidencia inmediata unos pocos principios de derecho natural. Pero en cuanto a las leyes, usos y costumbres, es prudente situarnos en un relativismo moderado, habida cuenta de las variaciones epistemológicas que continuamente transcurren. Los ejemplos son tantos y tan conocidos que huelga mencionarlos. La cultura de la vieja intolerancia, por ejemplo, tuvo su “moral”, tal como la nueva tolerancia tiene la suya.

-¿Cuál de los dos polos es más extremo?

-Para saberlo, habría que comparar los efectos. El sentido de la tolerancia ha introducido algunas mitigaciones, pero como éstas provienen en cierto modo de la duda, pienso que también deberían ser controladas. Desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tenemos muchas dudas acerca de los resultados. Nunca hubo tantas ONG vigilantes de tales derechos, pero nunca como ahora hubo tanta atención lombrosiana para los victimarios y tan poca para las víctimas. Quizá deberíamos ser menos relativistas al ver que más de dos milenios después de Herodes, aún predomina la insensibilidad ante la matanza de inocentes y el ululato de las madres. Es muy tímida la protesta mundial por la lapidación de adúlteras y ablaciones de clítoris. Lo lamentamos, pero casi nos inclinamos a comprender. Quedan muchas dudas sobre la calidad de nuestra civilización. La Historia de la Filosofía contemporánea nos ha enseñado mucho sobre la consciencia del saber y sobre todo de la duda. Prescindo de exageraciones escépticas y ultrarrelativistas, que por épocas se han impuesto como modas de filosofar en vistas a ganar clientela literaria. No es que debamos ignorarlas del todo; siempre es bueno estar à la page, pero ateniéndonos al consejo de Dante: guarda e passa. Lo que equivale a decir: informémonos de esas “modas” y dejemos que las futuras generaciones aprovechen lo bueno que de ellas quede.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

           

         

        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EXPERIENCIA DEL ERROR

 

    Uno de mis antiguos alumnos con quien coincido muy de tarde en tarde, me leyó una crítica que hizo a raíz de la pregunta con que Heidegger termina su disertación sobre la Metafísica. Como era de esperar, pidió mi opinión.
   -No pretendo –dije- enmendarle la plana al maestro alemán, pero yo, en su lugar, sería más realista: en vez de preguntar por qué no hablamos de la nada más bien que del ser, preguntaría por qué hablamos tantas veces de la verdad y la certeza, y tan pocas del error. ¿Acaso no nos concierne más el problema del error que el de la nada? Tanto más cuanto que los errores son más frecuentes que los aciertos. De hecho solemos decir que errar es humano.

   -¿No estarás coqueteando con el escepticismo, que tanto repudias?
   -No, porque los humanos no somos erráticos por constitución sino por accidente. Si el hombre fuese constitutivamente errático, nadie lo definiría como ser racional. Pero lo peor no es el error sino el empecinamiento en él.
   -Ahora bien, si admitimos con Hegel que el error es “un momento dialéctico del devenir de la Idea”, cualquier escéptico diría que estando la Idea en perpetuo devenir, resulta de aquí que siempre estamos en el error, y que por tanto nunca llegaremos a obtener una verdad.
   -¿Qué le responderías tú a ese escéptico?
   -No estoy muy seguro, pero podría replicarle que en el devenir de la Idea también hay momentos de verdad, y que por tanto alguna vez tendríamos que topar con alguna.
   -Tú respuesta es buena, pero a condición de que no confundas el error con la equivocación.
   -Yo veo que usamos ambas palabras como sinónimas, pero si hay alguna diferencia no sabría cómo explicarla.
   -¿No has recibido en tu carrera lecciones de Lógica?
   -Sí, pero no estará mal que a tu manera me ayudes a recordar.
   -Hay que dar mucha importancia a la Lógica, porque es la disciplina que nos enseña a entrar en el mundo de la ciencia, donde la actitud primordial es la de distinguir. Lo contrario de distinguir es confundir, de donde se sigue que todos los errores nacen de la confusión. No hay inconveniente en que usemos error y equivocación como voces sinónimas en la conversación ordinaria, pero no conviene perder de vista la diferencia. La equivocación es involuntaria y el error, casi siempre voluntario. Yerras queriendo y te equivocas sin querer. Equivocarse es atribuir a una cosa el nombre de otra, o bien confundir en la práctica lo aparente con lo real, o hacer uso de los objetos inadecuadamente. Las equivocaciones no son duraderas, pues las solemos notar por simple advertencia propia o ajena; pero los errores pueden arraigar y persistir largo tiempo, incluso de por vida. Por ejemplo el error del escepticismo teórico o el relativismo extremo. Dormirnos en una teoría dogmática, ya sea de asunto político, filosófico o de cualquier otra especie puede convertirse en un error vitalicio. El problema del error ha sido siempre una de las principales preocupaciones de filósofos y científicos. La historia del pensamiento humano nos ha dado tantos ejemplos de errores –empezando por los históricos mismos-, que nos cansaríamos enumerándolos. Algunos los achacan a motivos psicológicos, otros a epistemologías anacrónicas, otros, en fin, a empecinadas ortodoxias o a estilos literarios hiperinflados que ocultan el hilo del razonamiento. Esto último es una de las causas por las que a veces interpretamos malamente el pensamiento de ciertos autores.
   -¿En qué consisten precisamente el error y la equivocación?
   -En la inadecuación entre la aprehensión intelectual y el juicio. Como ya sabes, las aprehensiones intelectuales no son de libre elección.
   -¿Entonces no soy libre de percibir lo que yo quiera?
   -No. El entendimiento aprehende necesariamente las ideas de las cosas sensadas. Si ves un caballo blanco no eres libre de verlo negro. Así la visión sana percibe necesariamente las formas y los colores. En la aprehensión intelectual actúa primordialmente el entendimiento, y en el juicio la voluntad. Si te equivocas en la aprehensión de una idea o concepto, será erróneo el juicio que hagas sobre ellos. Los  conceptos son la materia determinable de los juicios. Si por la percepción intelectual obtenemos ideas claras y distintas, la voluntad estará en condiciones de establecer relaciones sobre ellas, es decir, juicios. Si emitimos juicios falsos es porque la voluntad se ha adelantado a las percepciones conceptuales. Cuando decimos que nos abstenemos de opinar porque no tenemos suficiente “materia de juicio”, pensamos muy acertadamente, pues ningún juicio podemos enunciar sin previo conocimiento de los términos que lo componen.
   -Ahora bien, según lo que has dicho, los conceptos y las sensaciones son los datos de que nos valemos para emitir juicios. Pero, ¿cómo tener la seguridad de que tales datos son verídicos?
   -¡Cuidado aquí! La verdad o falsedad no está en los conceptos o ideas ni en las sensaciones, sino en el juicio. Lo propio de los conceptos o ideas -también de las sensaciones- es la claridad. Las ideas y las sensaciones, simplemente como tales, no son ni verdaderas ni falsas; son meros datos. La verdad o falsedad estará en lo que afirmes o niegues sobre ellos. Es decir, en el juicio. Si tienes claras las ideas o conceptos, tendrás la posibilidad de emitir juicios rectos.
   -Entonces te cambio la pregunta ¿cómo puedo estar seguro de que tengo las ideas claras?
   -Lo serán si tienes de ellas una evidencia concienciada. No hay otro medio de saberlo que consultando a tu propio Yo consciente. Porque ¡no querrás engañarte a ti mismo!
   -Sin embargo hay muchos filósofos que no distinguen entre concepto y juicio, porque si percibimos una idea clara es porque ya hemos hecho un juicio sobre ella.
   -Tal es la doctrina de los psicologistas; pero yerran crasamente, porque no hay juicio alguno que no sea resultado de un análisis. En el análisis no solamente distinguimos sino que también componemos y dividimos. Juzgar es un acto racional y voluntario que consiste en componer o dividir conceptos. Por consiguiente, erramos voluntariamente cuando, sin tener claras las ideas, componemos lo que hay que dividir, o dividimos lo que hay que componer. Si hemos de creer a Descartes, nuestros juicios serían infalibles si solo los aplicásemos a ideas claras y distintas, y solamente a estas.
   -Creo que Descartes está exigiendo demasiado. Es imposible que todos mis juicios sean infalibles si han de depender de ideas claras, y solo si son claras. Lo normal es que opinemos, prescindiendo de intenciones, sobre cualquier cosa que se nos propone.
   -Eso es cierto, lamentablemente; por eso nos equivocamos y erramos con tanta frecuencia. Pero de ello puedes curarte en salud no profiriendo ningún juicio sin anteponer expresiones como “creo”, “opino”, “si no me equivoco” y otras semejantes.
   -Pero conversando entre amigos frente a una botella de “bon vino”, nadie se detiene en esas menudencias.
   – No son menudencias. En esas conversaciones se involucran a menudo juicios erróneos que dañan la reputación de personas naturales y jurídicas.
   -¿Tienes algunas normas claras y fáciles para no cometer juicios temerarios?
   -Claras, sí; fáciles, no sé. Eso depende de tu voluntad. Pero me obligas a un discurso largo y aburrido.
   -Adelante, lo aguantaré.
   -Es una ampliación de lo que acabo de decir, pero válida solo para tertulias de cierto nivel, o para cuando escribas o hables en público. Ante todo, tener la certeza de lo que afirmas o niegas. Si no la tienes, antepón las expresiones antes dichas. En segundo lugar, guardarte de emplear cualquier palabra cuyo significado no conozcas exactamente. Por ponerte un solo ejemplo, muchos usan  los latinismos “a priori” y “a posteriori”, creyendo que se pueden aplicar, respectivamente, a lo que se hace antes o después. La forma más ordinaria de errar o equivocarse consiste en emplear términos cuyo significado no conozcas con precisión. Hay quienes venden el padre y la madre por usar tecnicismos o vocablos cultos y biensonantes desconociendo su significado. Si se te ocurre una frase brillante de cuya pertinencia no estés seguro, no la digas; más te vale pasar por opaco que por ignorante. Por eso, y por encima de todo, es de rigor que enuncies desde un principio las palabras clave de tu discurso y expliques el sentido que les vas a dar a lo largo del mismo. Este es un momento importante, porque se supone que en él emitirás juicios con categoría de definición. Ahí es donde debes poner toda la atención. Importan sobre todo las definiciones nominales, para que nadie malentienda las palabras clave de tu disertación. Haz por manera que solo se entiendan según el significado que tienen o el sentido que tú previamente has querido darles. Si haces una exposición sobre la igualdad de derechos entre hombre y mujer, fijarás previamente en qué sentido usarás  las palabras “igualdad” y “derecho”, para que no te tilden de machista ni de feminista. Pero tampoco conviene que te detengas impertinentemente en explicar conceptos que te salen al paso y que todo el mundo conoce por intuición, como “existencia”, “ser”, “tiempo”, “espacio”, etc., a menos que sea en una disertación filosófica sobre tales conceptos. Las buenas definiciones, cuyas reglas ya debes conocer, te servirán para economía del discurso, no teniendo que volver cada vez sobre el sentido que das a las palabras clave. De esta manera, estarás en menor peligro de errar tú y de inducir a error a quienes te lean o escuchen.
   -¿Puedes darme algunas orientaciones prácticas, para llegar a escribir según las normas que acabas de exponer?
-Hombre…, eso es como pedirme que te enseñe a ser buen escritor. Yo no tengo  categoría para tanto.  

   -No soy exigente; me contento con saber expresar sin errores lo que pienso o siento.
   -Bien, lo primero que te aconsejo es leer mucho y atentamente a los buenos escritores. Los que lo han sido es porque primero fueron lectores empedernidos, y  continuaron siéndolo. Para elegir uno, te sugiero Azorín. Es un gran maestro del bien decir sin adornos ni sutilezas. Lucilo, el discípulo preferido de Séneca, objetó una vez a su maestro el escaso esmero literario de sus cartas. Con cierta crudeza, el maestro le respondió que hablar con esmero literario es hablar amaneradamente; que él escribía sus cartas como quien conversa paseando con un amigo. Así debe ser en efecto tu palabra o tu escrito: claro, no brillante. Si eres elocuente, utiliza esta potencia para alumbrar, no para deslumbrar.  

   -Eso es precisamente  lo que desearía: un maestro que me enseñara a expresarme con claridad.
   -Entonces, que la lectura sea tu maestra. Si no tienes aspiraciones sistemáticas, cualquier lectura puede ser buena. Desde que sobrepasé la cincuentena, he preferido lecturas que me enseñen algo. De nada sirven los autores fascinantes si solo te regalan fascinación. Necesitas lecturas instructivas, no divertidas. Las mejores lecturas son las de autores que van directamente al grano, in medias res, como mandaba Horacio. Desde muy joven retengo literalmente este párrafo de Pío Baroja: “Mi ideal literario es la retórica de tono menor. Entiendo por eso una forma tan ajustada al pensamiento y al sentimiento, que no exceda un punto de ellos. Si yo fuera arquitecto haría que una viga fuese viga y no pareciese otra cosa, aun cuando tuviese ocasión de disfrazarla”. A tal propósito recuerdo  el consejo que daba el periodista Manuel Del arco: “Cuando corrijas tus escritos, toma por sistema suprimir toda palabra que no sea indispensable para expresar o adjetivar adecuadamente una idea”. A lo mismo se refería Cicerón: “Es precisa la brevedad para que fluya la sentencia”. Esta clase de lecturas son las que te enseñan a hablar y escribir del tal modo que te entiendan desde el catedrático hasta el repartidor de leche.

   -Ojalá todos los filósofos tuvieran en cuenta estos consejos.

   -Ortega y Gasset fue uno de los que lo tuvo en cuenta, diciendo que la primera cortesía que un filósofo debe a sus lectores u oyentes es la claridad. Sabía él muy bien por qué lo decía, pues estudió durante dos años en cinco universidades alemanas, que le dieron suficiente oportunidad de enfrentarse a profesores y tratados de lenguaje problemático. Te estoy repitiendo lo que ya he dicho en varias ocasiones, pero en fin, de viejos es repetirse.
   -A propósito, y para citarte solo un caso: yo no puedo con Hegel; ni con el original ni con las traducciones. Tengo que recurrir a los historiadores de la filosofía, que tampoco es mucho lo que me aclaran.
– No importa. Si no puedes con Hegel, olvídate de Hegel. Sea cual fuere el estilo de un autor, no hay pensamiento alguno que sea inefable, a condición de que conozcas el idioma –el tuyo o el aprendido- y la materia de que se trate, pues como sabes, cada una tiene sus tecnicismos. No descarto que haya pensamientos de cierta profundidad que requieran más de una lectura, pero al fin lograrás entenderlos. La cuestión de la inteligibilidad no está en las ideas sino en quien las expresa. Permíteme una anécdota. Johannes B. Lotz,  profesor mío en la Gregoriana, discípulo y amigo de Heidegger, contó que una vez pidieron al gran maestro que les explicara un largo párrafo suyo que no lograban entender. Él estuvo leyéndolo un buen rato y al fin dijo algo así: “cuando escribí eso hace varios años, probablemente supe lo que quise decir, pero en este momento no lo sé”.
   -¡Un gran ejemplo de humildad! Pero volvamos a los errores. Hasta ahora he entendido algo sobre la proveniencia de los errores y equivocaciones en materia teórica. Pero no quisiera terminar este diálogo sin que me dijeras algo sobre el origen de los errores prácticos.
   -Tienen el mismo origen que los teóricos. Consiste en el olvido de los primeros principios, especialmente el de contradicción, de identidad, de causalidad y de razón suficiente.
   -Pero son principios de evidencia inmediata. ¿Quién no los entiende por intuición?
   -Precisamente porque son tan evidentes es por lo que tan frecuentemente los olvidamos. No hay error alguno, teórico o práctico –desde interpretar erróneamente un párrafo de Platón hasta equivocar un camino-, que no se deba al olvido de alguno de tales principios. Piénsalo detenidamente y lo comprobarás.
   -Muéstramelo con algunos ejemplos de errores prácticos.
   -Son innumerables. Estudiar una carrera para la que no estás capacitado; creer que mejorarás tu rendimiento sin cambiar de actitud método; concebir planes más allá de tus posibilidades; mantener amistad con una persona que te ha engañado una sola vez; considerar la igualdad en la especie sin contar con la diferencia de atributos (“si aquel ha podido, ¿por qué no he de poder yo?”); tomar determinaciones graves en un momento de euforia; atribuir tus fracasos a la mala suerte; casarte con la mujer más bonita en lugar de la más conveniente; llamar fallas mecánicas a lo que son fallas humanas, creer que existen cosas o sucesos absurdos, etc. Has errado o te has equivocado por olvidar que lo imposible no puede ser, que nada puede ser y no ser a un mismo tiempo y en el mismo sentido, que cada cosa es igual a sí misma, que nadie da lo que no tiene, que todo efecto viene de una causa, que nada es absurdo si procede de su causa.
   -Has dicho algo que me desconcierta. ¿Cómo puedes negar que existen cosas tan evidentes como la buena o mala suerte, las fallas mecánicas y los absurdos de los que la vida está llena?
   – Considéralo con calma: no existe ninguna suerte, ni buena ni mala. Acuérdate de que no hay efecto sin causa; que puesta la causa sobreviene el efecto. Son aforismos tan antiguos como el mundo. De tan evidentes que son, ordinariamente los olvidamos. Dije que nada es absurdo si procede de su causa, porque solemos hablar de accidentes absurdos, de guerras absurdas, de muertes absurdas, etc., cuando lo absurdo sería que esos hechos no se hubiesen producido a pesar de sus causas. Igualmente atribuimos nuestros fracasos personales a razones mágicas, como “destino”, “fatalidad”,  “mala suerte”, “castigo de Dios” y otras semejantes, cuando no son más que efectos naturales de errores cometidos. Así sustituimos la ignorancia de las causas con suposiciones mágicas.
   -¿Y qué dirás de las fallas mecánicas…,¿qué no existen?
-En mi opinión, no. Todas las fallas son humanas. La naturaleza no yerra. Los constructos mecánicos como las naves que nos transportan, se fabrican y ensamblan de acuerdo a leyes físicas que son infalibles. Por tanto, si una nave ha sido bien construida, bien ensamblada, bien mantenida y bien manipulada, con seguridad nos llevará sanos y salvos a nuestro destino. Con todo, no hay que olvidar que las máquinas son constructos humanos, y que el precio que paga el hombre por su libre albedrío es la propensión al error. Pero como también somos perfectibles y aprendemos de nuestros propios errores, se puede pronosticar que los constructores y manipuladores de naves cada vez errarán menos. Sin embargo, la reincidencia es impredecible, pero segura. Los viajeros que de continuo surcan el espacio tienen fundadas probabilidades de salvar su vida, pero se la juegan a una sola carta.
   -Cambiemos de tema, ¡por favor! Prefiero hablar de errores prácticos que cometemos los académicos.
   -También son innumerables. Para ser breve, solo te menciono uno de los más torpes y frecuentes: las charlas y los discursos largos.
   -Sobre todo los discursos de orden y de ocasión. Hay oradores convencidos de que su intervención no será decente si no dura más de una hora.
-Quienes así proceden cometen un grave error práctico, porque no hay mayor estupidez que la de persistir hablando ante un público distraído que bosteza y consulta el reloj.
Si eres de los brillantes que cautivan la atención del público, puedes permitirte un discreto exceso de tiempo, pero si no perteneces a esta rara especie, no te atrevas a exceder la media hora. Si así lo haces te garantizo sinceros aplausos, pues los discursos de orden no se aplauden porque gustan sino porque acaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

49

 

 

LO INALCANZABLE

 

A propósito de los innumerables errores que cometemos, prometí a mi interlocutor hablarle de la cautela con que debemos abordar cuestiones más allá de lo naturalmente comprensible.

-Hablemos, pues, de teología –me propuso

- Vamos allá, pero sin pretensiones. Siendo yo estudiante de filosofía en el Seminario, el excelente maestro Miguel Basagañas me dijo:

-Cuando entres en la teología verás cómo se te acrecienta la fe.

Se equivocó el bueno de Basagañas, pues fue precisamente durante aquel cuatrienio cuando más se me acumularon las dudas. Los dogmas de fe no admiten pruebas ni demostraciones. El creyente puede con su razón natural especular sobre los misterios religiosos, pero solo hasta el punto en que la razón ya no puede avanzar más allá, y tiene que deponer en favor de una autoridad revelante.

-¿Qué es la Revelación?

-Es una manifestación sobrenatural por la que el creyente acepta como verdaderos un conjunto de dogmas racionalmente inasequibles. Son los que llamamos “verdades de fe”. Quien quiera cultivar la teología como ciencia debe aceparlos, a la manera como el científico parte de unos principios que no discute.

-Pero ¿cómo puede el teólogo tratar científicamente como verdades algunos dogmas que se oponen a la razón natural?

-Llevando la voluntad más allá del entendimiento cuando el entendimiento no puede ir más allá de las cosas.

-Quieres decir prescindiendo de la razón…

-No prescindiendo sino superándola. Porque la razón de la fe radica en su característica de obsequium mentis. De hecho, el mejor “obsequio” que puedes hacerle a quien te confía una palabra consiste creer en ella, no por otra razón que por la autoridad de quien te la comunica. Tal es el fenómeno religioso sobre el cual el teólogo investiga y especula.

-Hablas como si estuvieras convencido de que la fe es un hecho real en todo el mundo.

-Obviamente que lo es, pero déjame explicarte. Hay dos clases de fe: la natural y la sobrenatural. Por fe natural, tú confías en la palabra de una persona aunque no tengas seguridad absoluta de su formalidad. En el orden natural vivimos mucho más de la fe que de la certeza. Los ejemplos son innumerables. Sin saber nada de medicina ni de farmacología, tenemos fe en los médicos y en las medicinas. Comemos, dormimos, viajamos, caminamos por las calles, etc., confiando en que nada malo sucederá, a pesar del cúmulo de noticias infaustas que diariamente nos transmiten los medios. Cuando te subes a un avión, te juegas la vida a una sola carta confiando en una cadena de supuestos de fe natural: crees que aquella máquina ha sido bien construida, cuidadosamente mantenida y revisada antes de emprender el vuelo, y que va a ser bien manipulad por un piloto hábil y mentalmente sano, que no amaga ninguna voluntad de muerte. Son al menos cinco supuestos en los que crees, sin tener constancia positiva de ninguno. Confías en que llegarás sano y salvo al término del viaje, aunque sabes que con relativa frecuencia ocurre lo contrario. La fe sobrenatural, en cambio, consiste en creer en una Revelación de origen divino bajo el supuesto necesario de que jamás puede engañarte.

-Tal como me lo pones, habría que preguntar cuál de las dos clases de fe es más razonable, si la natural o la sobrenatural.

-Ambas son razonables. En el orden natural vivimos rodeados de incógnitas que necesariamente debemos afrontar. La paz social consiste en la confianza, no garantizada, de que la convivencia no sufra sacudimientos trágicos.

-A este propósito te propongo una cuestión: ¿por qué, a pesar de la inseguridad en que vivimos, abunda más la fe natural que la sobrenatural? Sin necesidad de estadísticas, creo a priori que en cuestión de religiosidad, los incrédulos superan a los creyentes en tercio y quinto.

-Probablemente es así. La incredulidad siempre dominará porque tiene el apoyo de los sentidos. Todo lo que por ellos percibimos podemos someterlo a razonamiento, aunque sea con éxito muy desigual. En cambio la racionalización de la fe exige una aplicación de la voluntad, que no es fácil para todos.

-Lo que ocurre es que la fe es un sentimiento, y los sentimientos no son razonables.

-Te equivocas. La fe sobrenatural no es ningún sentimiento, aunque accesoriamente pueda ir acompañada de él, sino una conclusión de un proceso intelectual. Se cree en la Trascendencia porque hay razones suficientes de credibilidad en un Ser Trascedente como razón última de fenómenos humanamente ininteligibles. La fe natural, en cambio, se apoya en la normalidad de los sucesos naturales y humanos, aun a sabiendas de que excepcionalmente puede ocurrir algo fuera de lo normal. En la fe sobrenatural se dan dos momentos: el del entendimiento, en que concibes la idea de Trascendencia sin ningún concurso de los sentidos,  y el de  la razón-, donde inicias un proceso intelectual, que puede concluir en creencia, en negación, o en suspensión de juicio. Si aceptas la Trascendencia, te sitúas en la fe; si la niegas, eres ateo y si suspendes el juicio, serás indiferente o tal vez agnóstico. En los tres estados subyace siempre la conclusión de un razonamiento.

-Ahora bien, supongamos que me sitúo en el estado de fe, que según has dicho no es un sentimiento; ¿hasta dónde puede llegar mi razonamiento?

-Hasta el momento en que te veas obligado a rendirlo ante un Imperativo Revelante.

-Y ese imperativo,  ¿dónde se encuentra?

– En la Biblia y en la Tradición Apostólica.

-Entonces me obligas tener fe en un copioso conjunto de libros que supuestamente atestiguan la realidad de una Trascendencia. ¿No sería posible creer en Dios prescindiendo de la Biblia y la Tradición? Quienes tienen “fe de carbonero” no necesitan testimonios bíblicos ni patrísticos; solo aprendieron que nada tiene sentido sin la existencia de un Dios.

-Eso es cierto, pero sin olvidar que estos libros son los primeros documentos que nos dan noticia y razón de la fe sobrenatural. En ellos hallamos –aparte la actitud del “carbonero”- dos niveles de fe: la del creyente que solo conoce los elementos del catecismo y el estadio de contemplación, que solo es asequible para unos pocos. Pero en ambos estadios se realiza, por parte del sujeto, el antedicho obsequium mentis. Lo importante es que ninguno de los dos niveles depende de sentimientos ni estados anímicos extraordinarios.

-Aunque tengo alguna intuición de lo que quieres decir, explícame cómo actúa la fe en la contemplación mística.

-La fe es un acto volitivo en pleno uso de libre albedrío, en que se presta asenso a un conjunto de verdades que se creen fundadas en la autoridad de un Dios revelante. La fe es una virtud que, aunque se llame infusa, se adquiere por información que puede provenir de cualquier medio familiar, escolar, catequístico, etc. Pero no acontece lo mismo en la contemplación, que no se da sin una profundización en las verdades reveladas, donde no intervienen solo el entendimiento y la voluntad sino también otras potencias que conjuntamente posibilitan lo que vulgarmente se llama “experiencia religiosa”. Un sujeto entra en el estadio contemplativo cuando la posesión intelectual de la verdad revelada se acompaña de sentimientos y emociones originadas en la profundización de las proposiciones reveladas. En el místico contemplativo, la fe y la contemplación se retroalimentan mutuamente: la contemplación repotencia las razones de creer y la fe repotenciada acrece la intensidad contemplativa. El místico elevado a tal estadio ya no dice “yo creo”, sino “yo veo”, “yo sé”.

-¿Puede una mente sana llegar a ese estado?

-No; sólo lo puede una mente muy sana, absolutamente integrada en la realidad objetiva. Una mente insana moriría en el intento.

-¡Dios mío!, ¿a dónde iremos a buscar una que tenga tal aptitud para para la contemplación mística?

-No lo sé, pero sí conozco un lugar donde nunca la encontrarás: en un consultorio psiquiátrico. Los verdaderamente místicos no saben de filias ni fobias, ni tristezas, ni euforias, ni angustias ni depresiones. Viven constantemente imperturbables en igualdad de ánimo; suelen ser corteses e incluso amables.

-¿Has conocido personalmente alguno de esos místicos?

-De los verdaderos, con las características descritas, sólo a dos. De los falsos, bastantes más.

-Cuéntame de los falsos.

-Te diré de uno que vale por todos, cuyo nombre no menciono porque aún existen dolientes. Era un clérigo que por poco tiempo fue profesor deTeología  Mística. Los superiores tuvieron que retirarle la cátedra debido a sus obsesiones sobre la Predestinación. Conmocionado ante la estadística mundial de los bautizados recitaba de continuo el mismo estribillo: “Casi la totalidad del mundo está condenada al infierno; prácticamente cinco mil millones de almas arderán eternamente. Inconcebible… inconcebible” –repetía horrorizado. Una sola vez conversé con él, sin conseguir apartarle de sus  cavilaciones. Mis pocos años me hicieron cometer una indiscreción:

-Eso no es nada, padre –comenté-; considere la cantidad de católicos que sólo lo son porque están bautizaos, pero no han vuelto a pisar una iglesia desde su primera comunión. En España y en Italia, se calcula que los católicos practicantes no llegan a promediar el 20%, de los que habría que descontar una buena porción que practica de rutina o a desgana. Imprudente de mí, acababa de añadir leña al fuego. A los pocos meses supe que había entrado en depresión profunda, casi en estado de postración. Su superior lo encomendó a al cuidado del padre José Antonio de Laburu, psicólogo clínico  y biólogo, una de las primeras figuras del momento en psicobiología en toda Europa y América. Pero el enfermo empeorabas, hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir: un día se lanzó al vacío desde un quinto piso de la calle Velázquez de Madrid. Moraleja: antes de iniciarte en la vida mística, recuerda el consejo de Sócrates: “conócete a ti mismo”.

-Dado que así sea, ¿cuál debe ser la actitud del místico sano ante los dogmas concernientes al destino de los humanos post mortem?

   -El místico sano conecta directamente con Dios; no le preocupan los dogmas.

-Pero a mí sí me preocupan. Lo más que puedo es respetarlos, pero no aceptarlos.

-Nadie te apunta con un revólver para que los aceptes. Usa tu libre albedrío. Y si aún sientes perplejidad, te aconsejo la actitud de dos sacerdotes amigos míos, uno andaluz y otro catalán, que sin  conocerse llegaron literalmente a la misma conclusión: “Yo no pienso en dogmas, porque si me pongo a pensar me vuelvo loco”.

-Pero como yo seguiré pensando, necesariamente seré hereje.

-No dramatices. Es natural que tengamos reservas sobre la hipertrofia dogmática del catolicismo. Pensando solo para mí, la religión más perfecta sería la que menos dogmas tuviera. Quizá se podría prescindir de alguno sin que se resintiera el sistema entero, pero hagamos la prueba. Supongamos que en este momento pudieras aplicar la navaja de Occam sobre la dogmática católica; ¿con qué dogma arrasarías primero?

-Con el del pecado original, que me parece uno de los más absurdos. Según tú has dicho alguna vez, el relato bíblico de la creación hay que interpretarlo alegóricamente, habida cuenta del estilo literario de los hagiógrafos del Antiguo Testamento; que no existió ningún Adán, ni Eva, ni paraíso terrenal, ni árbol, ni manzana, ni serpiente, etc.; que los tres primeros capítulos del Génesis solo quieren expresar que el universo y todo lo que en él existe  es creación de una Voluntad divina, y que la raíz del mal está en la perversión de la voluntad y de otras potencias del ser humano. Solo que el hagiógrafo que escribe lo hace “pedagógicamente”, en un lenguaje al alcance de las mentes iletradas. Sin embargo, la Iglesia nos manda creer que hubo un primer hombre que pecó, trasmitiendo a todas la especie humana las consecuencias de su pecado.

Vamos, hombre, ¿quién entiende eso?  

-¡Cuidado!; no me refiero al pecado original sino a la fe que la tradición cristiana ha puesto en la veracidad del relato tal como se cuenta en el Génesis. Es un hecho irrebatible que así se creyó desde un principio y que aún se sigue creyendo.  Una  gran mayoría de los cristianos está convencida de que el primer hombre se llamó Adán, de que Adán pecó contra el mandato de Dios y que todos sus descendientes hemos heredado ese pecado, del cual Jesucristo nos redimió con su muerte. Ante la creencia general de este hecho, el Papa Zósimo lo proclamó dogma en el siglo V, sancionando con anatema a quien no lo creyere. Considera lo que de ahí se sigue: sin pecado original, no habría sido necesaria la Encarnación del Hijo de Dios como Redentor. Por tanto, Jesucristo sólo sería un hijo biológico de José y María. El cristianismo sería una colosal impostura. Tendrías que amputarle a la Biblia todo el Nuevo Testamento y de paso harías írritos dos mil años de civilización cristiana, enredándote en una maraña de futuribles absurdos. No existiendo un Annus Domini, Dionisio el Exiguo no habría retocado el calendario juliano, no habría existido un  papa Gregorio XIII que estableciera el año litúrgico adecuando el calendario juliano al año trópico. ¿Quizás aún contaríamos los años según el juliano original, de modo que ahora estaríamos aproximadamente en el 2770 ab Urbe condita? (a.U.c.), a menos -claro está- que se hubiese estructurado un calendario a partir de otro evento histórico. Tales son, en fin los hechos. ¿Cómo los ves?

-Complicados. Mejor dejar las cosas como están.

-Dices bien. Sin que hayamos podido elegir, hemos nacido en una civilización llamada cristiana, aunque de ello solo tenga el nombre.

-Sí, pero mientras tanto, me hago, por entretenimiento, las siguientes preguntas: si Dios es omnipotente, si le bastó su palabra para crear el universo, ¿tenía necesidad de humanizar y sacrificar a su Hijo para redimirnos de un supuesto pecado de

origen? ¿Necesitaba eludir la ley biológica de la generación? ¿Qué mal habría en que Jesús naciera de hombre y de mujer, como nacen todos los hijos? ¿Sería una

perversión de la divinidad un Jesucristo-hombre hijo de José y María? ¿Por qué razón la Virgen María tuvo que “purificarse” después del parto? ¿A qué viene el milenario horror a que la persona de Jesucristo procediera de un acto carnal?

-Tu reflexión es muy razonable, y nadie te coacciona para que no sigas razonando. Si el misterio te molesta, despreocúpate de él. Hay millones de cristianos confesos que nunca se han planteado las razones de los dogmas.

-Es decir, tendré que estar dispuesto a creer en lo absurdo, o apelar al sentimiento…

-No exactamente. Si logras situarte en la onda sobrenatural, el acto volitivo de creer será racional, vaya o no acompañado de sentimiento, porque el sentimiento del ser humano es inseparable de la razón consciente.

-¿Puede darse la fe en la Trascendencia sin ningún sentimiento?

-Por supuesto que sí. La mayoría de los creyentes no sienten lo que creen –o lo que dicen creer. Nuestra epistemología, por mucho que la modelemos, no dejará de resistirse a las razones de lo sobrenatural. Por eso siempre ha habido mentes inquietas que no se resignan al absurdo y persisten en buscar coherencias en los misterios revelados.

-Difícil tarea la de buscar razones donde no las hay. Muchos resuelven la cuestión diciendo que para Dios no hay nada imposible.

-Eso no es resolver la cuestión sino suprimirla. Tenemos la razón para usarla; y en nada mejor la podemos emplear que en las cosas referentes al Ser que nos la dio. De este derecho al razonamiento nacieron las primeras herejías cristológicas y trinitarias, que se debatieron desde el siglo III hasta más allá del V.

 

-Hay quienes afirman que las herejías fueron un bien para la Iglesia. ¿Opinas tú lo mismo?

-No sé de ningún autor de peso que haya dicho algo semejante, pero creo por mi cuenta que Pablo de Samosata, Arrio, Fotino, Nestorio y Teodoro de Mopsuestia tienen  el mérito de haber despertado a los primeros cristianos del sueño dogmático en que los dejó San Pablo. Las herejías hicieron que los creyentes ilustrados se vieran obligados a aguzar su ingenio dialéctico para combatirlas. Surgieron así los primeros apologistas, seguidos de la Patrística oriental y occidental, hasta estructurar una enciclopedia teológica arquitectónicamente construida a similitud de las catedrales góticas que contemporáneamente se iban edificando. Así luce, como una especie de constructo arquitectónico, la Summa Theologica de Tomás de Aquino.

-Y la filosofía Escolástica…

-Naturalmente: de cualquier estilo de vida puede derivarse un sistema de pensamiento. Además, quienes se defendían contra aquellas herejías, ya jugaban con los conceptos filosóficos de sustancia, naturaleza, hipóstasis, subsistencia, supósito y persona; conceptos que, aunque puestos en función de la teología, se planteaban filosóficamente.

-Ahora bien, si los herejes que has mencionado tuvieron problemas con los dogmas trinitarios y cristológicos, ¿no los tendrían también en cuanto a la Trascendencia?

-Imposible. Nadie gastaría neuronas razonando sobre dogmas católicos sin al menos creer en Dios. Incluso algunos herejes, como Arrio, eran ascetas. Sin embargo, se sentían con derecho a disentir de algunos aspectos dogmáticos tal como estaban “oficialmente” formulados. A este propósito hay que hacer una observación: los dogmas a los que con mayor vehemencia se resiste la voluntad son los que se oponen al principio de contradicción, físico o metafísico. Son contradicciones físicas, por ejemplo, la concepción virginal, la Transubstanciación y la resurrección de los muertos, así como es metafísicamente contradictoria la unidad de un solo Dios en tres Personas distintas e igualmente divinas. Concebir a Dios como persona es ya de sí una analogía de atribución impropia, un antropomorfismo. En cambio la simple existencia de Dios es fácilmente creíble porque no implica ninguna contradicción. Si afirmas que la inmensidad y complejidad del universo mundo solo puede ser obra de un Dios, algún científico te escuchará con media sonrisa, pero nadie tildará tu opinión de disparatada.

-¿Qué valor tienen las pruebas de la existencia de Dios?

-De la existencia de Dios, no hay pruebas sino sólo demostraciones probables. No pretendo enmendar la plana a los teólogos, incluido el mismo Santo Tomas, sino corregir el secular error de tener como sinónimos la demostración y la prueba. En el lenguaje corriente se acepta, pero no cuando es necesaria la precisión de términos, como en nuestro caso. Me explico: los hechos se prueban, las proposiciones se demuestran con argumentación cierta o al menos probable. Ahora bien, el enunciado “Dios existe” no es un hecho sino una proposición, para cuya demostración se han empleado dos métodos: a priori y a posteriori.

-Supongo que te refieres al argumento Ontológico y al de las Cinco Vías. San Anselmo y Santo Tomás.

-Precisamente.

-¿Cuál de los dos consideras más convincente?

-En principio ninguno, pero me obligas a un largo discurso, que no quiero hacer. Te daré solo unas breves indicaciones, pero advirtiendo que la mayor y mejor parte se quedará en el tintero. El argumento ontológico hay que entenderlo partiendo de dos puntos de vista: de la concepción platónica del mundo y de la idea que se suele tener de Dios. Bajo esta doble perspectiva, se formula así: es imposible pensar una cosa que de algún modo no exista en la realidad. Ahora bien, Dios es un ser tan plenamente perfecto, que no es posible pensar otro igual. (Esta idea de Dios la tienen incluso los ateos). Por consiguiente Dios tiene que existir no solo como idea sino también como realidad, pues de otra manera ya no sería el ser más perfecto que cabe pensar. Abreviando: desde la mira platónica de San Anselmo, la mente no puede pensar nada que no exista. Mucho menos el ser más perfecto posible.

-Con todo el respeto hacia quien sea, niego la mayor. Yo puedo pensar un sinfín de cosas inexistentes.

-Por ejemplo…

-Un caballo volando. ¡No me digas que si lo pienso tiene que existir!

– ¡Cuidado!, no hay que confundir pensar con fantasear. Puedes imaginar un caballo volando porque antes has visto caballos y pájaros y con esas imágenes haces una composición fantástica. Haz todo el esfuerzo que puedas con tu imaginación y apuesto a que ninguna composición imaginaria podrás hacer sin valerte de elementos percibidos por algún sentido.

-Ahora bien, si no me equivoco, San Anselmo debía pensar platónicamente, es decir, que las ideas son seres realmente existentes en un superuniverso invisible, y que todos los objetos del mundo físicamente perceptibles son creaciones a imagen de aquellas ideas. ¿Es así?

-Aproximadamente.

-¿Y tú crees que de semejante superchería se pueda deducir la existencia de Dios?

-Por supuesto que no, pero primero rectifiquemos. Ante todo, el pensamiento platónico no es una superchería sino una hipótesis probable. Y Platón iba todavía más allá: afirmaba que las ideas son anteriores a todos los objetos visibles, y más reales y verdaderas que ellos. Porque las realidades materiales nacen y mueren, se construyen y se destruyen, aparecen y desaparecen, mientras que las ideas que de ellas tenemos permanecen para siempre. Ahora, intenta pensar platónicamente: ¿qué crees más real, lo que aparece y desaparece o lo que permanece para siempre? O bien, dale un vuelco a la pregunta: ¿qué es lo primero que necesita un arquitecto para construir un edificio?

-Obviamente, un proyecto.

-Es decir, una idea. Ahora bien, una vez construido el edificio puede ser destruido por un terremoto o barrido por un tsunami. ¿Qué es lo que queda de él?

-Los planos… el proyecto.

-Es decir, la idea. Entonces, ¿qué es más real y verdadero, el edificio o la idea que queda de él?

-Veo la lógica de Platón y algo barrunto de la de San Anselmo, pero no acabo de convencerme.

-¡Qué curioso! Te ocurre lo mismo que a Dalí cuando el periodista Manuel Del Arco le preguntó si creía en Dios. El pintor respondió algo así: “Estoy seguro de la existencia de Dios porque así me lo dicen la Física y la Matemática, pero yo no me lo creo”.

–Lo comprendo: Dalí quiso decir que las ciencias solo le ofrecían la probabilidad de Dios, pero no la evidencia.

-Yo creo que la naturaleza de Dios es tan misteriosa, que aun el supuesto imposible de lo viéramos, no creeríamos en él.

-A este tal propósito, ¿qué piensas de las Cinco Vías?

-De ellas hemos hablado otras veces. A mi parecer, son argumentos muy bien razonados, pero no prueban ni demuestran nada.

-¿Por qué hablan de “motor inmóvil”? Si es inmóvil, ¿cómo puede mover a otros?

-Sin querer, le estás enmendando la plana a Santo Tomás y a una larga tradición de filósofos y teólogos que cometieron la distracción de traducir la expresión aristotélica

kinoûn akíneton por “motor inmóvil”; habría sido mejor decir “motor no movido por otro”. Por eso yo siempre he preferido interpretar akíneton como “semovente”, palabra que se acomoda mejor al autokíneton, que también emplea Aristóteles.

-Bueno, démosle al menos a Santo Tomás el mérito de haber demostrado que existe un primer motor no movido.

-Es que no demostró ni siquiera eso; porque dentro de un universo infinito “ab aeterno e in aeternum es imposible encontrar un móvil que sea el primero.

-Entonces, ¿dónde colocas al Dios Creador?

–Te remito a lo que te dije en otras conversaciones: que el acto de crear es inseparable de la esencia divina, y que por tanto Dios es creador ab aeterno e in aeternum; continuamente crea y re-crea. Un Dios inactivo sería la Nada. De la esencia divina dimanan la masa y energía de las partículas atómicas y subatómicas que originaron el cosmos. Si yo fuera físico, llamaría a Dios Protoenérgeia y trataría de explicar la razón de este nombre. Si Tomás de Aquino hubiese podido especular a partir de una física cuántica, habría enfocado su argumentación de muy distinta forma. En cuanto a los teólogos actuales, al menos deberían situarse –creo que lo hacen- en una  concepción postnewtoniana  del universo.

-Prefiero no entrar eso. Dime más bien cuál de los dos argumentos te parece mejor, el ontológico o el de las Cinco Vías.

-Ambos son aceptables, pero solo en cuanto que probables. Falta la evidencia para que sean ciertos. De hecho Santo Tomás finaliza la exposición de cada argumento con estas expresiones: " Esto es lo que todos entienden por Dios"; "A lo cual todos llaman Dios"... No dice que el primer motor ES Dios, ni que la primera causa ES Dios, etc., sino que da por supuesto que no cabe más respuesta que la afirmativa.

-Supongo, entonces, que los filósofos los habrán tenido en poca estima, tanto el argumento ontológico como los analógicos.

-No todos. Los más destacados, desde Descartes hasta Rosmini les han dedicado cierta atención. En general, el argumento más afortunado ha sido el ontológico. Descartes, Malebrance, Spinoza y Leibniz lo dan por válido. En cambio, Gassendi, se inclina por el orden y la belleza. Kant y Hegel formulan críticas sobre unos y otros, pero, manifiestan cierta preferencia por el argumento ontológico y el orden del universo. Berkeley y Condillac se inclinan por el de la causalidad. Voltaire y Rousseau ponderan el orden del universo, la causalidad, la finalidad y el movimiento. Stuart Mill se inclina por la finalidad de la creación, aunque no la considera obra de Dios sino de un Demiurgo. Darwin y Newton optan por el movimiento y el orden del universo. Einstein decía que si había algo en él de sentimiento religioso era la “ilimitada” admiración por el orden y armonía del universo, si bien no se refería expresamente a las Cinco Vías. Después de todo, aunque no haya habido unanimidad en la selección de estos argumentos,  si  una tradición de sabios aún no extinguida los ha tenido en cuenta, y concedido beligerancia, habrá que creer que algo tiene el agua cuando la bendicen.

-Dicen algunos que la ciencia nos acerca a Dios. ¿Lo crees así?

-Misteriosamente, la ciencia hace a unos creyentes y a otros apóstatas. Chesterton decía que su conversión al catolicismo “fue una cuestión de profundidad”; a lo que respondió Bernard Shaw: “mi apostasía también fue una cuestión de profundidad”. Paul Claudel se convirtió por emoción estética, mientras escuchaba el “Magnificat” de Bach en la catedral de Nôtre-Dame.

-Después de todo, ¿crees que aún tienen sentido las disputas entre creyentes y ateos?

-Por supuesto que no. Hoy día hay muchos bautizados que son como decía de sí misma Oriana Fallaci: “cristianos ateos”. Sin embargo no hay que creer en la sinceridad de algunos que se confiesan ateos doctrinariamente convencidos. Tal vez solo sean agnósticos. En cualquier caso está fuera de lugar la discusión. Si alguien afirma expresamente, en disputa o fuera de ella, que Dios no existe es porque en el fondo de la consciencia le incomoda la proposición contraria. ¿Te molestarías tú en refutar a quien te asegurara la existencia del Minotauro?

-Naturalmente que no; lo daría por loco.

-Pues así deberían proceder los ateos convencidos.

   -¿Piensas, entonces, que es absurda la proposición “Dios no existe”?

-No, porque quien niega existencia de algo que no es evidente, no peca contra el principio de contradicción. La cuestión de fondo no está en la existencia o inexistencia de Dios, sino en creer o no creer. Para quienes creen todos los argumentos sobran; para los que no creen, todos faltan.

 

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AMOR Y CONTRATO

 

 

De vuelta en mi tierra, residí durante cuatro inolvidables años en Palma de Mallorca. El director del “Diario Mallorca” me pidió un artículo que hablara sobre el amor, para publicarlo el día de San Valentín, fiesta de los enamorados. Muchos años después, otro director me hizo una solicitud similar. Dada la distancia de tiempo y lugar, le envié el mismo escrito con otro título y algunos retoques. En esa ocasión se puso en marcha la malicia humana. Unas amigas de mi mujer la llamaron por teléfono:

-¿Has visto lo que lo que ha escrito tu marido en la prensa? Poco después sucedió lo que era de esperar:

-¿Cómo has podido escribir esa barbaridad? Entonces, ¿qué soy yo para ti? ¿Solo un contrato?

-Primero, tranquilízate –respondí-. Estás dramatizando una nadería.

-Una nadería, ¡eh! –gritó matándome con los ojos-. Por mí, puedes irte a la porra. Yo no tengo ningún contrato contigo.

Si aquella magnífica esposa, que en gloria esté, hubiese sido una mujer más culta, el incidente no habría ocurrido. Con todo, comprendí sus razones: ella habría esperado que yo hablara del amor derramando miel sobre hojuelas. Tuve que soportar por varios días “la soledad de dos en compañía”, hasta que el tiempo, médico común, borró las heridas. Explicaré el contenido de aquel artículo con algunas ampliaciones.

Muchos son los sentidos de la palabra “amor”, por lo que también son muchas las maneras de amar, cada una de las cuales pasa cíclicamente por distintas fases.

Restringiéndome solo al amor entre hombre y mujer, encuentro dos clases principales: amor de complacencia y amor de benevolencia. El primero es el que gozan los enamorados en fase de estreno, cuando tu pensamiento está de continuo fijo en el objeto amado deseando tenerlo lo más cerca posible. Se caracteriza por su volubilidad, que tanto puede producirte inefables delicias como depresiones de alta intensidad. Amor de benevolencia, en cambio es el que se siente hacia personas amigas, conocidas o compañeras de trabajo y de una forma especial entre esposos o amantes ocasionales. Es el que considero preferible por su estabilidad y consistencia. De él se mantienen los matrimonios –los de hecho y los de derecho-, con intermitentes períodos de complacencia.

En la Isla de la Calma trabé amistad con una familia de un pequeño pueblo costero, cuyo centro de atención era la abuela de la casa: una ancianita de noventa y cinco años admirablemente entera de mente y cuerpo. Alguien estaba en trance de casarse y se hablaba de planes al respecto.

-Y tú, ¿cuándo piensas casarte? –me preguntó la abuelita.

-Bueno… algún día habrá que hacerlo –respondí indiferente.

-Cuando te decidas -insistió-, procura que sea con una que tenga unas cuantas cuarteradas, porque de amor solo no vivirás.

El consejo utilitarista de aquella venerable planteaba el problema inicial y más difícil de resolver para los casaderos. Elegir pareja implica un sinfín de disyuntivas y no pocos dilemas según los casos. Y eso, suponiendo que la capacidad de elegir pareja sea real, que no lo es del todo. Habrá unos pocos excepcionalmente afortunados –si es que los hay- que lograron casarse con quien querían, y solo con quien querían. Beati loro! Pero la cruda y nuda realidad es que la mayoría de los que se casan no lo hacen con quien quieren sino con quien pueden. (Hablo desde la parte masculina; háganlo ellas desde la suya).

-Son ideas propias de tu edad –dijo mi interlocutor de marras-; nadie se las tomará en serio.

-Te aseguro -repuse- que no expreso ninguna idea de viejo caduco, sino la que he sostenido siempre desde los treinta años. La he expuesto muchas veces públicamente con buen porcentaje de aceptación. Sin embargo comprendo a los que disienten, pues no es fácil aceptar una opinión como esta, que puede herir a quienes tengan buena dosis de autoestima. Les pido perdón, aunque bien convencido de que eso no modifica la realidad. Sin embargo, ello no significa que quienes no obtuvieron la pareja deseada convivan malamente con la que tienen. (Yo quisiera haber nacido guapo, pero estoy conforme con la cara que tengo). Millones de casados debe haber que dirán para sus adentros: “no tengo la pareja que hubiese deseado, pero amo profundamente la que me ha tocado en suerte”. Porque así suele ser con todo lo que nos pertenece: aunque no tengamos lo que quisiéramos, amamos lo que tenemos.

-Te noto cierto empeño en suprimir el condimento romántico de la relación amorosa.

-El romanticismo es solo una fase transitoria del amor. Aunque una pareja se haya formado casualmente sin ninguna previa elección por una de las partes, al consolidarse como pareja sobreviene inadvertidamente el amor de complacencia, en el que tú puedes cargar toda la dosis de romanticismo que te plazca. Un noviazgo ocurre sin que se sepa cómo, ni cuándo ni por qué, como la primavera sentida por Antonio Machado.

-Igualmente me sigue pareciendo poco romántico.

-Si lo prefieres, aún puedo restringir más el romanticismo, diciendo que toda relación amorosa es, además de amorosa, contractual. No pretendo sostenerlo como tesis académica sino como una observación de evidencia inmediata. Nadie ama gratis. La primera retribución que el amante espera es la de ser correspondido. Con eso entramos en el “contrato del amor”. Si ambas partes están interesadas en que el amor perdure, tratarán de mantenerlo con los intercambios de los que depende dicha duración.

-¿A qué intercambios te refieres?

-Para no ser prolijo te los sintetizo enumerando las cuatro clásicas figuras de la jurisprudencia romana:

intercambio de dones con dones (do ut des –doy para que des);

intercambio de dones con actos (do ut facias –doy para que hagas);

 intercambio de actos con dones (facio ut des –hago para que des;

intercambio de actos con actos (facio ut facias –hago para que hagas.

-En este cuadro, ¿dónde colocas la fidelidad?

-Está implícita en estas cuatro fórmulas.

-Y el pasado de tu pareja, ¿no cuenta para nada?

-Absolutamente. Lo importante en un contrato es el presente y el futuro.

-Pero hay conductas del pasado que no presagian nada bueno.

- Solo si se trata de malas acciones que crean hábito.

-Precisamente por eso: ten en cuenta, si vives en tu siglo, que los noviazgos de hoy día son estados conyugales con separación de cuerpos. Tratándose de tu futura mujer, ¿no te importa por cuántos novios haya pasado?

-No estarás poniendo la virginidad como condición sine qua non…

-Bueno, en tiempo pasados –quizá tú lo recuerdas- la virginidad era un valor que se tenía muy en cuenta.

-La integridad de una mujer no depende de una frágil membrana que puede rasgarse por cualquier incidente que no sea un coito. Si la mujer en cuestión es positivamente valiosa, lo que importa no es ser el primero sino el último.

-Puesto que cada frase que sueltas es más anti-romántica, pienso que tampoco crees en el coup de foudre.

-Es un hecho que también se da por azar. Desde muestra adolescencia, hombres y mujeres nos habremos enamorado de muchas Sílfides y Adonis, que nos enamoraban precisamente porque eran inasequibles. Para que no me veas solo como anti-romántico, te daré una visión poética del tema a través de Antonio Machado:

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido

(ya conocéis mi torpe aliño indumentario);

mas recogí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Dicho prosaicamente: cada uno recoge la ración de amor que el azar le ha puesto en el camino y acepta la parte de complacencia y benevolencia a que haya lugar. Digo la parte, no el todo, porque es evidente que las novias y esposas están en el género de las cosas que a veces gustan y a veces no. (Hagan ellas su viceversa, que es igualmente válida). Si aún persistes en buscar Sílfides, te deseo unas cuantas cosechas amargas para que las expongas en la vitrina de tus escarmientos. Muy oportunamente me viene a la memoria una frase de André Maurois: "la juventud es el más poderoso de los filtros". En efecto, a través de los desengaños juveniles hemos aprendido- a veces con muchas reincidencias- a discernir entre apariencias y realidades.

-Entonces, puestos en lo prosaico, vayamos al consejo que te dio la abuelita mallorquina: "cuando decidas casarte, hazlo con una que tenga unas cuantas cuarteradas porque de amor solo no vivirás". Obviamente quiso decir que no debes casarte por amor sino por interés.

-No seas tan crudo. Yo cambiaría la palabra interés por la de conveniencia.

-¿No es lo mismo?

-En absoluto. El puro interés excluye el amor, no así la conveniencia.

-Luego, es mejor casarse por conveniencia que por amor...

-No concluyas con tanta prisa. Lo ideal -démoslo por imposible- sería que coincidieran las dos cosas. Pero en su defecto, es preferible que entre la mujer que te guste más pero te conviene menos, te decidas por la que te guste menos, pero te conviene más.

-Es una lástima tener que renunciar a la más bonita.

-Cierto, pero ten en cuenta que a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. Lo más efímero que tiene la mujer es la belleza corporal. Busca entre ellas a la que tenga atributos que no se marchitan; allí está la mujer que te conviene más aunque te guste menos. Nadie con buen sentido se casaría solo por amor de concupiscencia con una mujer inconveniente, aunque fuese la mismísima Venus.

-Bien; suponiendo que me casé con la mujer que amaba menos pero me convenía más; suponiendo también que sienta hacia ella cierta dosis de complacencia, viene luego la “tumba del amor”…, no sé si me explico.

-Perfectamente. La pregunta es difícil, pero mirando el escenario desde la barrera, solo puedo hacerte una reflexión: el amor en general es un bien que, como todos los bienes, se conserva cuidándolo. El amor tiende a desfallecer por un factor principal: la pereza, que a veces se junta con la falta de imaginación.

   -Explícate mejor

   -La relación conyugal no pierde vigor por eventuales disputas ni por graves desacuerdos que te dejan mal sabor, sino por pequeños descuidos debidos a la pereza. Somos perezosos descuidando muchos detalles necesarios para mantener el tono sentimental de la convivencia. Pereza en la palabra, en la mirada, en los brazos, en las manos; pereza en las primeras palabras de la mañana, en el beso de partida y de regreso; pereza de una frase cariñosa, de un pequeño obsequio, de un piropo oportuno, pereza, en fin, de decir “gracias”, “por favor”, “disculpa”, “lo lamento”…

-Así y todo, la rutina es inevitable.

-Pero también necesaria para mantener una economía de orden y reserva “energética. No resistiríamos viviendo con la continua preocupación de buscar nuevos métodos.

-En cuanto a los detalles a que te has referido, les veo una importancia más bien relativa.

-No lo creas. En la relación de pareja, sea cual fuere la intensidad del amor, no hay ningún detalle insignificante. A propósito, me haces recordar una milenaria sentencia del sabio Sirácides: “Quien descuida los detalles poco a poco decaerá”. (Qui spernit modica paulatim decidet).

– Sin embargo, la cantidad de divorcios que hoy día ocurren nos ponen la institución matrimonial en tela de juicio.

-Lo estaba igualmente antes, cuando el divorcio era imposible; innumerables son los matrimonios que vivieron en un “infierno familiar” por el resto de sus vidas. Hay muchos casos en que el divorcio es una solución humanitaria.

-Después de todo, lo más curioso que me ha quedado de esta conversación son dos cosas: que no nos casamos con quien queremos sino con quien podemos; y que entre la mujer que amo más y me conviene menos, debo elegir la que amo menos y me conviene más. Pero resumiendo cuentas, muchas parejas llegadas a cierta edad tras largos años de rutina con su amor de benevolencia, terminan no sabiendo si todavía se aman. Yo pertenezco a ese gremio.

-Veo que confundes amar con estar enamorado; obviamente son dos conceptos distintos. El enamoramiento, es decir el amor de complacencia, es transitorio; viene y va por temporadas, pero cada vez viene menos, hasta que se va para no volver. Te queda solo el amor de benevolencia, que en las parejas no es una benevolencia cualquiera.

-Me desconciertas. En este momento ya no estoy seguro de si amo o no a mi mujer.

-Para saberlo con bastante aproximación tienes dos pruebas: la del retraso y la de la llave. Veamos la primera. Supongamos que estás solo en tu casa esperando a que llegue tu mujer del trabajo o de alguna gestión. Si el regreso se demora por más tiempo del acostumbrado, puedes tener dos reacciones: una angustiosa impaciencia o una indiferencia absoluta. Si tu caso es el primero, quieres a tu mujer con un amor de sólida benevolencia. Si es el segundo, soportas malamente su compañía; tu solución está en el divorcio si tu edad no es muy avanzada. La prueba de la llave consiste en lo siguiente. Hacia la ocho de la noche estás sentado frente al televisor o tecleando en el ordenador, esperando a tu esposa. Cuando escuches el roce metálico de la llave que abre la puerta, puedes tener tres reacciones: una: saltas del asiento y corres a recibirla con los brazos abiertos –“por fin llegaste, mi amor”. Otra reacción: “Bueno… ya llegó ese pelmazo, se acabó la tranquilidad” –murmuras sin moverte del sitio. Tercera: sin interrumpir tu ocupación, respondes a su saludo: “hola mi amor, ¿estás bien?”. ¿Cuál de estas tres reacciones te parece la mejor?

-Cualquiera diría que la primera.

-Falso; es la última. Si sientes que estás en ella, has consolidado una convivencia con la mujer que más te convenía. Con ella harás el viaje sin retorno, a moderada velocidad de crucero, con leves turbulencias y un mínimo gasto de combustible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                 

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REFUGIO EN LA MEMORIA

 

Cuando llegamos a una edad muy avanzada –llamémosla “cuarta edad”-, no solo somos elementos extraños dentro de nuestra sociedad, sino que en cierta manera vivimos ausentes de ella. No es tanto que quienes nos rodean sientan poco agradable nuestra presencia, cuanto que suponen que ya no deberíamos estar allí. Al cruzarnos en la calle con una persona anciana que no hemos visto desde hace tiempo, solemos pensar: “¿pero este hombre todavía vive?” Pregunta que implica la suposición de que ya no debería vivir. Sin embargo no se nos ocurre imaginar que, reconociéndonos él también, diga para sus adentros: “¡cómo se ha deteriorado ese hombre!”. Por eso, al observar yo mismo la ruina física de quienes no he visto desde tiempo atrás, me convierto la oración en pasiva. Al principio este pensamiento puede resultar algo perturbador, pero con la costumbre se nos convierte en un sentimiento tranquilizante. La trayectoria de nuestra vida es parabólica. En ella veo cuatro fases: un ascenso, una breve altiplanicie, un descenso y una recta final imaginaria. En la fase ascendente el tiempo nos parece largo porque esperamos vivir muchos años más de los que hemos vivido. Los años de estudios primarios, de bachillerato y de universidad se nos hacen interminables porque son años de espera impaciente, en los cuales se cumple el dicho popular: “quien espera desespera”. Tan desesperante puede parecer la espera por una emergencia odontológica como por una cita amorosa. Ejemplos de esta clase solía utilizar Einstein para hacer comprender su teoría de la relatividad. Decía: “Cuando un hombre se sienta con una chica bonita durante una hora, le parece un minuto; pero si se sienta en una estufa caliente durante un minuto, le parecerá más de una hora. Eso es relatividad”.

Con la relatividad del tiempo se relativiza también la distancia entre las edades. A un muchacho de quince años, le parece vieja una señora de treinta. Cuando yo era estudiante, veía viejos a todos los profesores, incluidos los que tenían menos de cuarenta. El más joven que tuve –no llegaba a los treinta y cinco- fue mi primer profesor de Filosofía, Lidwinus Vollering, un holandés ya mencionado en una entrega anterior.

Teníamos como manual de apoyo el tratado Elementa Philosophiae Scholasticae, de Sebastian Reinstadler, en dos respetables volúmenes; el mejor manual de filosofía sistemática de cuantos he conocido. Conversando con él a la salida de la primera clase, le pregunté ingenuamente:

-Profesor, ¿cómo es posible que un tratado elemental de Filosofía sea tan extenso y en dos volúmenes?

-Porque es de un autor que agota los temas en extensión y profundidad. Yo mismo estudié con este manual ¡cuando tenía tu edad! –añadió entusiasmado.

-¡Huy! -exclamé-, ¡pues sí que es antiguo el libro!

El profesor me clavó una mirada oblicua y me dejó plantado. Enseguida comprendí mi imprudencia y quise correr tras él para pedirle disculpas, pero vi que no tenía sentido.

Ahora, cuando ya he iniciado la imaginaria “recta final” de la parábola, veo pasar volando el poco tiempo que me queda. No volaría tan veloz si me abandonara la salud física y mental de que todavía gozo, gracias a Dios, en este momento. Pero ¿hasta cuándo? Es un interrogante que me inquieta menos ahora que durante los años del “descenso”, quizá porque nos vamos acostumbrando a mirar cada vez más de cerca nuestra finitud. Dentro de las características comunes a todos los viejos, hay diversas variedades entre ellos, debidas a las circunstancias actuales y a las formas en que transcurrió su juventud y la mejor parte de su madurez. Hay ancianos resignados, inquietos, refunfuñones, quejumbrosos, nostálgicos. Incluso abundan los que rebuscan formas de vestir impropias de su edad, o se afanan en procurarse terapias de rejuvenecimiento. No son actitudes caprichosas, pues tienen sus razones: el natural aferramiento a la vida, o tal vez la nostalgia de una juventud y madurez colmadas de lujos y comodidades. Muchos dicen: “que me quiten lo bailado”, sin darse cuenta -pobre gente- de que ya se lo han quitado.

Hay ancianos de diversos talantes: de semblante triste y cansado, de tierna sonrisa desdentada, de mirada lúbrica y picaresca; los hay alegres y dicharacheros, siempre con la anécdota oportuna. Abunda la figura del “viejo verde”, condición que depende de cómo transcurrieron sus juventudes. Ateniéndonos al refrán de “quien no corrió el caballo de joven lo corre de viejo”, algunos son “verdes” por haber corrido mucho el caballo, otros por haberlo corrido poco. En cualquiera de los casos, considero arbitrario -aparte prejuicios sociales- llamar “verdes” a ciertos ancianos, porque si hay que decir “verdes”, todos los hombres lo somos a partir de la adolescencia –algunos incluso antes.

El mundo de los viejos es el mundo de la memoria. Grande y de suma importancia es esta potencia de la mente humana donde se “almacenan” las especies sensibles e inteligibles, que a veces evocamos unas tras otras por orden temporal. Es lo que llamamos reminiscencia o anámnesis. De estas materias primas guardadas en la memoria proceden las artes y las ciencias, como la harina de los graneros. Por muy avanzada que sea tu edad y muchos los impedimentos físicos que te castigan, vale la pena que sigas viviendo si conservas la memoria. Pero si la pierdes, no diré que serás un vegetal, sino algo peor, pues el vegetal tiene su puesto natural en la taxonomía del reino viviente, mientras que tú te convertirás en una máquina biológica mostrenca que no cumplirá ninguna función. Si ya pasaste, como yo, la línea de los ochenta, la memoria de lo que fuiste es la razón de lo que eres. Si la conservas, sigues siendo tú mismo. Pero dado que estamos transitando la recta final, ya no podemos hacer proyectos ni siquiera a corto plazo; pero eso no debe angustiarnos, pues sabemos que no es por incapacidad sino por falta de tiempo. Por eso la actitud más prudente de quienes ya rebasamos los ochenta, es la de no hacernos la cuenta ni tan solo del día entero. Lo que no es mucho decir, pues no hay nadie que pueda hacérsela. No se trata de pesimismo ni talante derrotista, sino de una realidad tangible que cada día comprobamos al abrir la página de las noticias.

El anciano puede vivir contento en tanto no le abandonen los recuerdos. Aunque no le estén permitidos grandes ni pequeños planes a futuro, tiene detrás un largo sendero que desandar con la memoria. Los hechos y vivencias del pasado, pueden tener efecto terapéutico para el anciano, si pone voluntad en convencerse de que para él ya no es tiempo de proyectos, sino de evaluar, para su gozo o arrepentimiento, los resultados de los que realizó. Viéndolo serenamente, los recuerdos del pasado son el mejor diván en que el anciano puede recostarse. Si logras conversar contigo mismo sobre lo bueno y malo que te ha ocurrido a lo largo de tu vida, no echarás de menos la compañía que tal vez desearías tener. Inmerso quizás en sus recuerdos, decía Antonio Machado: “converso con el hombre que siempre va conmigo”.

Pero los recuerdos no acuden fácilmente a tu memoria si no pones de tu parte un esfuerzo para suscitarlos. A menudo se nos hacen escurridizos, creyendo falsamente que es debido a la pérdida de memoria. Confundimos la falta de memoria con la pereza de recordar. Dice Norberto Bobbio que los recuerdos hay que ir a buscarlos en los rincones más remotos de nuestra memoria. Cierto es que hay momentos en que es fatigoso recordar, pero si sabes tomar el pasado como parte inseparable de tu vida interior, entonces los recuerdos te sarán saludables. Hay viejos entusiastas que dicen haber renunciado a sus recuerdos y que se levantan cada mañana con la ilusión de ver y sentir algo nuevo. Un ilustre anciano catalán me ha enviado un e-mail diciéndome que a sus casi ochenta y ocho años, tiene la esperanza de ver una Cataluña libre, independiente del Estado español. Creo muy poco en la sinceridad de esos arrebatos esperanzados. Lo único nuevo que un viejo puede encontrar al día siguiente es un pedazo de su pasado visto desde otra perspectiva; una nueva visión de lo que hemos pensado, de lo que hemos hecho, de lo que hemos amado.

Aunque nuestra vejez no sea excesivamente larga, también nos afectan los cambios de los tiempos, sobre todo los actuales en que, volviendo la vista con plena consciencia diez años atrás, notamos una nueva curvatura en nuestra cosmovisión. Somos testigos de curiosas tecnologías a las que no tenemos acceso, porque en realidad ya no nos pertenecen. Sin embargo les damos nuevas interpretaciones en parangón con los actos y vivencias del pasado. Hay ancianos que, según van envejeciendo, se tornan más tolerantes, más afables, más sociables. Otros involucionan en dirección contraria: se vuelven intransigentes, huraños, misántropos; siempre dependiendo de cómo les afecten los cambios del presente en parangón con el pasado.

Reconecto con lo dicho: el anciano, en su última etapa, es la síntesis de todo lo que ha sido en el pasado. Unos pocos, dotados de excepcional voluntad de vivir al son del último grito, tal vez logren materialmente conectarse a plenitud con la postmodernidad, pero su espíritu no se desconectará fácilmente de lo pretérito. Es imposible conducir una vejez con la mente y el corazón a la velocidad del tiempo. Deja  que este corra sin que te lleve el acervo que tienes acumulado en tu espíritu. De él puedes vivir, pero no más que para ti solo. Porque a partir de la tercera década del siglo XIX, la experiencia y la prudencia del anciano dejaron de ser materia útil para las generaciones más jóvenes. Siglos atrás, cuando las tradiciones eran valores protegidos, los ancianos proyectaban sus recuerdos y vivencias más allá de ellos mismos. Se les veneraba, se les consultaba.  Pero hoy día, con la ruptura epistemológica que han ocasionado la ciencia y la tecnología, la aceleración de los acontecimientos no deja espacios intermedios suficientemente largos para que arraigue ninguna tradición. Por eso los viejos no tenemos nada que transmitir a las nuevas generaciones; razón por la cual la sociedad de hoy ya no nos venera como veneraba a los ancianos de ayer. Todavía hay quienes lamentan que nuestros jóvenes ya no escuchen al anciano cual depositario de experiencia y sabiduría. No hay razón para ello, puesto que hoy día, es más útil la experiencia de un hombre de treinta años que la de un anciano de ochenta, debido a que se consideran mejores los proyectos que dinamizan la vida que las sentencias que nos la estancan en la tradición. Puede ser éticamente discutible lo que digo, pero es así como lo veo.

-Entonces, ¿la experiencia y la sabiduría de los viejos ya no valen nada? –me replicarás.

-Hay que distinguir. Si se trata de experiencia y experimentación con resultados que merecen ser continuados y perfeccionados, entonces el anciano que trabaja sobre la experiencia de su saber es solo viejo en edad, pero no según la dinámica del siglo. Si Galileo y Newton hubiesen prolongado su ancianidad en pleno uso de sus facultades, habrían sido, cada uno en su tiempo, ancianos de experiencia útil, como aún lo son algunos de hoy, tan excepcionalmente como los mencionados. Pero fuera de esos casos rarísimos, la experiencia de quienes ya no tenemos nada que dar, solo es válida para nosotros mismos. Por eso el refugio en la memoria, “conversando con el hombre que siempre va contigo”, será tu mejor diván para curar el tedio de tus horas bajas. Debemos aferrarnos a nuestros recuerdos antes que ellos nos abandonen, o nosotros a ellos. La parte de futuro que nos pertenece es tan poca y tan insegura, que no vale la pena dedicarle un minuto de nuestro presente.

Quizá lo mejor de tu memoria sea la galería de amistades que por ella

desfilan. Primero, el grupito de amigos y amigas que hacíamos mesa redonda en aquel bar del cabo de las Ramblas, sentados en torno a una jarra de vino peleón, conversando de cine y de literatura y despotricando contra el régimen franquista, con el que, a pesar de todo, vivíamos contentos. Después, el amigo chistoso y ocurrente, al que aún recuerdo con una sonrisa nostálgica; aquel con quien podías hablar de todo lo divino y lo humano, y hasta de lo demasiado humano; la muchacha que te quería y se dejaba querer sin pedir nada a cambio; la que te hablaba de una blusa que le gustaba y no le alcanzaba el dinero para comprarla; el amigo amargado que en todo hallaba dificultades; el pasota al que nada le afectaba; el engreído con su gesto siempre displicente; el que acaparaba la palabra y te obligaba a ponerte al acecho para introducir la tuya; el que te agobiaba contándote sus problemas y nunca quería saber de los tuyos; el que jamás te daba la razón, o te la concedía con recortes; el que no perdía ocasión de humillarte y hacerte sentir inferior; el tímido y apocado que se fue a vivir a Noruega con una dama multimillonaria quince años mayor que él; incluso aquel odioso con quien siempre te propusiste romper pero nunca lo hiciste. Hace tiempo que perdí la pista de casi todos. De unos pocos he sabido que aún viven agobiados de mil achaques. Pero todos ellos, vivos o muertos, forman parte de mi vida, por lo que me sería imposible borrarlos de la memoria. Sigo conversando con algunos, guardando a otros entre paréntesis. Hay unos pocos, hombres y mujeres, muy particulares, cuya falta solo he sentido después que murieron.

Se me fueron sin que pudiera, por dejación mía, decirles o preguntarles tantas cosas… Hasta hace pocos años, un grupo de amigos formábamos cada semana una divertida

tertulia sabatina. Todos, excepto dos, eran menores que yo. A cada uno le fue llegando su hora, hasta que me quedé a solas con el más joven de todos. Seguro que él pensaba lo mismo que yo: “¿Quién caerá primero?”. Era un ingeniero químico ilustrado, de quien aprendí muchas curiosidades. Fumador empedernido desde los quince años, ridiculizaba el consejo de su médico sobre la urgencia de abandonar el cigarrillo. Comenzó a padecer obstrucciones respiratorias. Tuvo una lenta agonía de más de un año por cáncer de pulmón. La última vez que lo visité, salió a recibirme lento, disminuido, inflado de corticosteroides, apoyado en un bastón y del brazo de su mujer.

Nos vamos quedando solos, no de golpe sino por partes. Dice Séneca que la muerte de los amigos no nos debe doler más de la cuenta. ¿De qué cuenta se trata? Homero concede el derecho de llorar a un amigo solo por un día. ¡Vaya!, como si las lágrimas fuesen la medida del duelo. Por lo que a mí toca, ninguna partida de amigo me ha hecho llorar, pero mientras yo viva en plena memoria, ellos vivirán en mí.

-Pero aún te quedarán los amigos vivientes –me dirás

-Son tan pocos, que si los cuento con una sola mano, me sobran dedos. Por supuesto que yo soy el más viejo de ellos. Sea por la distancia, o por pereza, ni los visito ni me visitan. Muy de vez en cuando coincidimos en el velorio de algún colega o personaje conocido. En tales ocasiones, aparte de unas pocas mujeres que rezan el rosario, el resto de la concurrencia se reparte en grupos de amigos y conocidos que formamos improvisadas tertulias, en total desconexión del motivo luctuoso por el que estamos allí. En uno de esos encuentros, un exalumno me hizo esta observación:

-¡Es curioso, profesor!; sabiendo con certeza que algún día el difunto será uno de nosotros, ¿a qué se debe que los velorios se parezcan más a un jolgorio que a una manifestación de duelo? ¿Por qué miramos con tanta indiferencia la muerte de los demás teniendo la seguridad de que también ha de llegar la nuestra?

-Por dos razones –le respondí-: una porque nada de lo que ocurre usualmente causa perturbación. Como sabes, la realidad más común de todo el reino animal es la muerte. En segundo lugar, porque la muerte siempre es algo que ocurre a los demás, así como las fortunas y los infortunios, los accidentes, las tragedias, los homenajes, etc. son sucesos que ocurren a los demás y para los demás.

-¿Cómo es eso, profe?; si tengo un accidente, o me hacen un homenaje, o cuando me muera, ¿no serán cosas que me ocurrirán a mí?

-Sí, pero para los espectadores tú serás de “los demás”

-Eso son juegos de palabras. Cuando me muera me moriré yo, no los demás.

– En el caso de tu muerte, con mayor razón serás de “los demás”, es decir, de los que ya no están entre los vivos. Y he dicho “con mayor razón” porque ni siquiera sabrás que te has muerto. Resumiendo: los muertos, los que sufren un accidente, los que son homenajeados, son siempre los demás.

-Algo confuso me deja usted; pero yendo a lo más concreto: le confieso que el mayor temor de mi vida es la muerte; aunque usted diga que seré de “los otros”, el que se va a morir seré yo. Este pensamiento, aunque no sea continuo, es el que más me agobia.

-A medida que te vayas haciendo viejo te agobiará menos, aunque sigas, como casi todos los viejos, aferrado a la vida. Si llegas a viejo con buena salud, te quejarás menos de la vejez que de lo poco que dura.

-Sinceramente: ¿usted no teme la muerte?

-Lo que me da miedo no es la muerte sino morir.

-Profe… usted siempre con sus sutilezas. ¿No le preocupa la entrada en el más allá?

-Lo que me preocupa es la salida del más acá.

-¿Qué piensa, entonces, del estado post mortem?

-Que será lo que tenga que ser. Nada se puede decir de lo que no sabemos con certeza.

-Pero usted tiene una carrera de Teología, según tengo entendido; algo debería saber sobre un tema que ha angustiado a tanta gente.

-En Teología se aprende mucho, pero se aprende sobre todo a dudar. La razón de esa duda reside en que toda la argumentación teológica está en el género de la demostración probable. No en la demostración cierta, porque si las demostraciones teológicas lo fueran, no habría necesidad de la fe. Creer sería igual a saber. Pero no siendo así las cosas, en la Teología cabe la duda trascendental. Aún diría más: toda la Teología es un proceso intelectual con la finalidad de reducir al mínimo las dudas sobre las creencias reveladas, sin que se pueda ir más allá de las demostraciones probables. Por eso yo creo que la duda dogmática es sana si se conduce respetuosamente, y que es además perfectamente compatible con la fe. Tú puedes ser creyente sincero aunque guardes la duda entre paréntesis.

-Yo soy creyente, pero lo que me molesta son los dogmas.

-Libérate de los dogmas si los dogmas te molestan.

-¿Cómo?

-Dejando de pensar en ellos. O repite lo que decía Tertuliano: Prorsus est credibile, quia ineptum est.

-Tradúzcamelo.

-“Con razón es creíble, precisamente porque es inalcanzable”.

– Sí, pero mientras tanto, ¿cómo hace un hombre de poca fe para liberarse de los temores del más allá?

-No tienes nada que temer. Haz el bien y evita el mal en cuanto puedas; cumple los principios de la ley natural, compórtate como buen ciudadano, y después de la muerte, que sea lo que Dios quiera. Pero en fin, dejemos las especulaciones teológicas para una próxima ocasión.

No quiero terminar esta entrega sin referirme al aspecto pedagógico de la memoria. El viejo encontrará buen refugio en la suya no solo según el número de vivencias que haya tenido desde la infancia y juventud, sino sobre todo por los estudios y lecturas de que se haya nutrido, al menos hasta los treinta y cinco o cuarenta años. Después de esta edad, las aprehensiones de diversa índole van sedimentando cada vez con menos consistencia. Tu memoria se hallará bien amoblada en la medida en que hayas tenido vivencias más intensas y te hayas entregado a lecturas de mayor consistencia. Los que mejor cultivan la memoria son los lectores empedernidos, que siguen leyendo durante toda su vida mientras la vista aguante. De muchas maneras podríamos clasificar a los lectores. Los que más abundan son los de novelas. Pero este es el género literario en que mayormente abunda el desperdicio. No vale la pena ir más allá de las novelas clásicas universalmente reconocidas por su valor literario, de fondo y de forma. No son muchas, pero tampoco tan escasas que te sobre vida para leerlas todas. Aun así, yo prefiero seguir el consejo de Séneca: “Más te vale entregarte a pocos autores que andar vagando entre muchos”. Es bastante probable que las novelas que podríamos llamar “de alta gama” sean aquellas que desearás releer cuando seas viejo, pues casi con la misma firmeza se fijan en la memoria los personajes reales que los ficticios, como Lázaro de Tormes, Don Quijote, Hamlet, Fausto, Quasimodo, Don Abbondio, Panayotaros, la puta Catherina, el pope Grigoris y tantos otros. La memoria es, en fin, como he dicho antes, nuestro almacén de imágenes y aprehensiones intelectivas. De lo bien provisto que lo tengamos depende la mayor o menor frecuencia con que deseamos acudir a él.

 Los pedagogos de la posmodernidad suelen descuidar la facultad más fresca y esponjosa que tienen los niños, que es la memoria. No discuto la eficiencia educativa de las técnicas pedagógicas actuales, dirigidas principalmente a suscitar la cognición infantil. Entiendo que técnicas tales como el constructivismo de Piaget inciden también en la memoria, pero solo indirectamente por cuanto es inseparable del entendimiento en los procesos de aprendizaje; pero no implican su ejercicio directo, que es tan necesario como el de los sentidos externos. El método antiguo, el de los maestros que nos hacían aprender de memoria las conjugaciones verbales,

  los adverbios y las preposiciones, además de la fatigosa lista de los reyes godos y visigodos, nos proporcionaba un aprendizaje endeble por falta de estructuración, pero  el esfuerzo mnemónico no era inútil, pues ejercitaba directamente la facultad más receptiva de la mente infantil.

Finalmente, una sugerencia medio en serio medio en broma. Si alguna vez ocurre la necesidad de castigar a un hijo díscolo, no sugiero violencias físicas, ni gritos ni amonestaciones humillantes. Hay la posibilidad de castigarlo haciéndole un favor: entregarle una cuartilla con un párrafo de discreta extensión –un soneto, por ejemplo- y encerrarlo bajo llave hasta que se lo  haya aprendido de memoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

52

 

BARTOLOME XIBERTA

 

 -¿Quién era ese Bartolomé Xiberta, que varias veces has mencionado? -pregunta mi interlocutor-. He buscado referencias sobre él en diccionarios y en el ordenador  y he encontrado muy pocas noticias. 

–Xiberta no era un personaje noticioso, porque él mismo rehuía darse a conocer. Se sentía más cómodo trabajando hacia dentro que hacia fuera. Era un fraile carmelita humilde, no sólo en su aspecto externo donde no había nada relevante, sino sobre todo en su estilo de conversar. Era hombre más apto para el diálogo privado que para intervenciones públicas. Quienes se encontraban casualmente con él sin conocer su currículum, no se percataban de que estaban hablando con un sabio. Sólo mostraba serlo cuando era preguntado sobre algún tema de relevancia.

 –¿Era teólogo o filósofo?

–Era teólogo, filósofo y humanista. Conocía muy bien las lenguas clásicas y las principales modernas, de modo especial el alemán, de cuyos teólogos de línea tradicional era especialmente admirador.

Daba gran importancia a la patrística griega. Según uno de sus biógrafos -Miquel i Macaya-, se lamentaba de que se hubiese hecho “una teología poco griega”.

–Por lo que se ve, no era la filosofía su campo favorito.

–Él era, por encima de todo, teólogo. Pero como el esqueleto dialéctico de la teología es la filosofía, Xiberta tenía que ser filósofo por exigencias del oficio.

–Me imagino que sería un escolástico-tomista, como suelen serlo los teólogos tradicionalistas.

–Pero no era un tomista a machamartillo. Lo era en la medida en que el pensamiento tomista cuadraba con la tesis teológica en que ocasionalmente trabajaba. Si había que discrepar lo hacía sin reprimirse, y a veces apasionadamente.

–¿Podía hacerlo en un tiempo en que Santo Tomás era intocable?

–Xiberta era un gran crítico a pesar de su línea moderadamente tomista. Pero como filósofo se paseó por toda la historia del pensamiento.

–¿Era escritor o profesor?

–Ambas cosas. Sus inicios como profesor no fueron precisamente teológicos, sino filosóficos. Fue por un tiempo profesor de filosofía en el Colegio Internacional de San Alberto, de Roma. Sus primeras investigaciones fueron también filosóficas. Gracias a su paciencia de “ratón de biblioteca”, en algunas del centro de Europa encontró un numeroso elenco de filósofos cuyas obras, algunas inéditas, yacían olvidadas. Gracias a este trabajo conocemos hoy el pensamiento de Juan Baconthorp, Gerardo de Bolonia, Guido Terrena y muchos otros. Este casi exhaustivo trabajo le valió elogiosos comentarios de medievalistas de la talla de Grabmann, así como una referencia especial en el Diccionario Espasa, donde se le señala entre los más notables medievalistas de la primera mitad del siglo XX.

–¿Y cómo, después de un trabajo filosófico tan arduo se dedicó a la teología?

–Porque este era su verdadero interés. Pero fue gran teólogo precisamente porque era un buen filósofo. La inmensa mayoría de tesis teológicas van precedidas de nociones filosóficas que les sirven de soporte racional y argumentativo. Además, hay que contar con la profunda huella que le dejó su primer profesor de filosofía, que fue José Maria Llovera, quien se gloriaba de haberle puesto “la levadura metafísica”.

–¿Tiene Bartolomé Xiberta un pensamiento filosófico propio?

–No. Sus escritos filosóficos aparecían ocasionalmente en vistas a ilustrar diversos aspectos teológicos. Sin embargo tenía posiciones que eran propiamente suyas, a pesar del carácter ecléctico que predomina en el conjunto de sus artículos y escritos dispersos.

–¿Recuerdas algunos enfoques que sean propiamente suyos?

–Su punto de partida era que la filosofía tiene que ir directamente a las cosas.

–Es el mismo lema de Husserl. ¿Coincidencia o conocimiento expreso?

–Probablemente coincidencia. Como sentía muy poco afecto por las filosofías postkantianas, especialmente por la fenomenología y el existencialismo, no puedo asegurar que conociera el pensamiento de Husserl. Pero si hubiese leído las “Investigaciones Lógicas”, doy por seguro que hubiera estado de acuerdo en muchos capítulos, especialmente en los primeros, dedicados a fustigar el psicologismo, el escepticismo y en general todas las tendencias subjetivistas.

–¿Qué idea tenía del método? Hago esta pregunta porque según oigo en el Ateneo, el problema del método es la obsesión de la filosofía actual.

–Xiberta tenía el suyo, estricto y minucioso, que solo utilizaba en sus libros, pero nunca le oí comentario alguno sobre la importancia del método. Una vez le hice expresamente la pregunta, pero no me la respondió directamente; solo se limitó a decir que el método viene impuesto por la naturaleza de la cuestión a tratar, y que lo importante es que se tenga claramente determinado el objeto con todos sus aspectos y partes. En resumen: cuando se tiene claro el objeto de investigación, no hay para qué preocuparse del método.

–Eso significa que, para Xiberta, el problema del método no existe como parte de la filosofía.

–En absoluto. Si surge este problema, hay que revisar cómo está distribuido el objeto en el esquema previo. Añadía que cualquier método, oficialmente aceptado o no, era bueno si resultaba efectivo para el desarrollo del objeto a investigar. Las formalidades metodológicas tenían para él un valor, cuando más, meramente pedagógico, pero totalmente secundario. Lo que importa es llegar, con cualquier método, a las pruebas o demostraciones que requiere la tesis en cuestión. De semejante parecer era Urs von Balthasar, un teólogo al que doctrinalmente Xiberta se oponía casi en diámetro.

–Siempre ha habido problemas de relación entre filosofía y teología. ¿Cómo los resolvía él?

–Que yo sepa, nunca se planteó este problema, ni por escrito ni de palabra. Esta controversia no pasó mucho más allá del siglo XIII. A partir de entonces los dos campos están muy bien delimitados.

–Como buen escolástico, ¿no concebía la filosofía como ancilla theologiae?

           –No lo sé. Solo me consta, a deducir de sus escritos y conversaciones habidas       con él, que tenía su peculiar modo de concebir el trabajo filosófico. Lo entendía bajo un doble fin: teórico y práctico. Teórico, en sentido de aprehender la realidad objetiva y analizarla hasta el límite de la capacidad intelectual humana. Un día me dijo usando una expresión familiar: “la filosofía no es otra cosa más que llamar al pan, pan, y al vino, vino”. Imagino que tus amigos ateneístas se reirían de buena gana si oyeran este modo tan sui géneris de enfocar la filosofía.

–Te lo puedo asegurar. Sin embargo yo la entiendo, visto lo que hasta ahora me has explicado. Y el aspecto práctico…

–Es consecuencia del anterior. Consiste en utilizar lo que aún se llama “sana filosofía” en refuerzo de la argumentación teológica.

–¿Y cómo combinaba las razones filosóficas con las teológicas?

–Presentando los dogmas y toda la Revelación como datos positivos establecidos a radice, a los que se llega mediante un proceso intelectual. Frente a la antinomia agustiniana de “creer para entender, o entender para creer”, parecía partidario de la segunda.

–Parecería, entonces, un teólogo racionalista.

–Más que racionalista, intelectualista. El racionalismo no tiene entrada en la teología, cuya materia son las verdades de fe. Pero los dogmas de fe pueden tomarse como especie de axiomas sobre los cuales cabe razonar hasta donde sea posible.

–Ahora hagamos una suposición: ¿qué actitud tomaría Xiberta ante la Teología de la Liberación?

–Afortunadamente no vivió lo suficiente para conocerla ni siquiera desde su gestación próxima, porque en el 1964, en horas del mediodía, cuando salía de la Biblioteca Vaticana, un ictus apoplético lo fulminó, quedando parapléjico y totalmente anulado de cuerpo y de mente durante tres años, hasta que murió en 1967. Tenía 70 años. En cuanto a la Teología de la Liberación, doy por supuesto que la rechazaría como una más entre modernas y modernizantes. No toleraba un punto de disensión en cuestiones de ortodoxia.

–Pero, ¿qué era lo que le molestaba de esas teologías nuevas?

–En general el enfoque subjetivista, fenomenalista y alegórico con que modernamente se parafrasean los misterios de la fe. Este fue el máximo tormento que sufrió en sus últimos tres años de salud y actividad. Tal vez por eso dijo que el Concilio Vaticano II, en el que actuó como asesor, lo iba a matar. Nada cuesta imaginar el suplicio que tuvo que aguantar escuchando algunas intervenciones de obispos norte y suramericanos en cuestiones como la autoridad pontificia, la intervención de las mujeres en la Iglesia, las objeciones contra el celibato clerical, la anticoncepción, la infalibilidad papal, la tradición, etc.

–Pero volviendo a su doctrina filosófica, deduzco, según lo que me has explicado, que el núcleo de su pensamiento era el realismo aristotélico-tomista.

–Cierto que sí, pero no con la adhesión literal propia de quien ha estudiado y entendido las doctrinas aristotélicas y escolásticas. Xiberta tenía su propia visión de toda la filosofía sistemática, además de una extraña capacidad de enuclear el pensamiento filosófico historiado.

–¿En qué sentido dices enuclear?

–No sé si he usado el término adecuado, pero es el que él solía emplear cuando se

trataba de enfocar un tema filosófico desde una perspectiva histórica. Es como una especie de reducción de un conjunto de cosmovisiones a una unidad sistemática. La razón de ello está en que para nuestro autor, el mayor peligro que se corre en un trabajo filosófico es la dispersión.

–¿Y cómo se logra esa enucleación?

–Con la capacidad, que él tenía en grado eminente, de hacer síntesis históricas de un pensamiento, de tal modo que tú veías en un solo panorama, el “núcleo” de una controversia filosófica. Si lo sabía hacer en una visión panorámica, mejor aún le resultaba cuando se trataba de un solo autor que se caracterizara por su pensamiento disperso y asistemático.

–Según veo, Xiberta debía tener una excelente arquitectura mental.

–Es cierto. Creo que esta cualidad le vino de la asidua lectura de Santo Tomás, aunque Xiberta escribía en un latín mucho mejor elaborado.

–¿Xiberta escribía en Latín?

–Naturalmente; hasta el año 60 todos los tratados de teología y filosofía escolástica se escribían en latín. En las carteleras de las universidades pontificias, todos los avisos e informaciones figuraban en latín. Las clases se daban en latín, excepto algunas materias opcionales, como Sociología, Matemática, Ciencias Naturales, etc.

–Como medievalista que era, y en cuanto a lo que llamas arquitectura mental, ¿cuál era el filósofo medieval que mejor apreciaba?

–Lo puedes muy bien suponer; era Tomás de Aquino, por la nitidez de su lenguaje y la trabazón sistemática de toda su obra, especialmente de la Summa Theologica. En tal sentido a veces se complacía en hacer comparaciones con otros autores, sobre todo con Escoto, a quien diferenciaba de Santo Tomás tanto en el ordenamiento temático como en la claridad de expresión.

–¿Y lo que menos estimaba?

–El nominalismo. Lo consideraba el peor desatino que se ha cometido en filosofía. Conocía bien el tema a partir del “problema de los universales” que se planteó en el siglo

XI. El hombre del que yo he escuchado la mejor explicación de esta compleja controversia ha sido Xiberta; y eso debido a su capacidad de síntesis de la que te he hablado. Creo que es la cuestión filosófica más difícil de comprender para cualquier persona culturizada, incluidos los mismos filósofos.

–¿Dónde radica la dificultad de explicar el problema de los universales?

–Ante todo, en que no se suele tener ideas claras acerca del “universal” dentro del contexto en que se suscitó la cuestión. Este es un claro ejemplo de la capacidad que tenía Xiberta para “enuclear” panoramas filosóficos. Otro aspecto de la dificultad está en que este problema abarca toda la historia de la filosofía desde el binomio Heráclito- Parménides. Frase bastante repetida por Xiberta: “no hay ciencia alguna que no sea del universal”.

–En pocas palabras, un hombre como Xiberta sería un buen historiador de la filosofía y al mismo tiempo un excelente profesor de esta materia.

-Y lo era en verdad, y excelente en ambas cosas. Era mucho más claro hablando que escribiendo, debido a su cuidado por la perfección del lenguaje.

           –Pero has dicho que él fue sobre todo profesor de teología.

–Sí, pero más de la mitad de cada lección teológica es en su fondo, y muchas veces en su forma, una clase de filosofía, porque, como ya sabes, la filosofía es el andamiaje racional en que están montadas casi todas las tesis teológicas, al menos las tradicionales, o “preconciliares”. Por esta razón exigía el mismo rigor para la teología que para la filosofía.

–Esas exigencias, ¿cuáles eran en particular para la filosofía?

–Era exigente en muchos detalles, pero en cuanto al valor científico del trabajo filosófico, exigía tres condiciones: una, que toda proposición no evidente en sí misma fuera debidamente demostrada; otra, que los postulados de que haya que partir sean los menos posibles; por último, que el investigador sea capaz de inducir o deducir proposiciones nuevas como resultado de su investigación.

–En eso no se diferenciaba mucho de lo que nos han enseñado siempre. Pero ¿de qué manera se incumplen, en filosofía, cada uno de estos requisitos?

–Generalmente, formulando teorías gratuitas, o demostrándolas con argumentos incompletos.

–¿Algunos ejemplos?

–Me estás poniendo a prueba. Mi memoria no es mala habida cuenta de mi edad, pero pronto me harás llegar al límite. Un ejemplo que recuerdo: las invectivas que solía lanzar contra el empirismo inglés. Locke -autor contra el que sentía especial aversión- empieza su refutación de la teoría cartesiana sobre las ideas innatas, alegando el principio de Aristóteles: “nada hay en el entendimiento que antes no haya pasado por los sentidos”. Pero –objeta Xiberta-, en lugar de proseguir la argumentación aristotélica, establece la conclusión de que no hay otra fuente de conocimiento fuera de los sentidos. Para que la refutación de Locke fuese científicamente válida, hubiera tenido que incoar un argumento en regla contra la teoría aristotélica de la percepción, lo que el filósofo inglés ni siquiera insinúa. Más tarde –prosigue-, Hume y Kant aceptarán acríticamente la argumentación de Locke como si fuera la última palabra.

–Ahora, el segundo requisito ¿cómo se incumple?

— Multiplicando postulados que convierten la doctrina en un conjunto de artículos dispersos. Es entonces cuando nos encontramos con el problema del método, con lo que el trabajo filosófico pierde continuidad y termina en conclusiones que deben remitirse a distintos postulados. Es lo que ocurre en las especulaciones psicologistas a las que se refiere Husserl. Ante esta dificultad, Xiberta propone el modelo de Aristóteles, quien plantea el problema gnoseológico partiendo de un solo principio: “nada hay en el entendimiento que antes no haya pasado por los sentidos”, obteniendo como resultado la objetividad del conocimiento. Finalmente te menciono el tercer requisito, que es el más difícil de alcanzar: llegar a conclusiones nuevas, que no sean equivalentes a otras ya conocidas. Reconozco –decía- que es tarea difícil, especialmente para principiantes. Por eso las tesis doctorales, en su mayoría, son lo que son…

–A pesar de tus temores por la memoria, recuerdas muchas cosas.

–Entre mis papeluchos amarillentos tengo un montón de apuntes, donde hallaríamos dichos y anécdotas que te instruirían y divertirían; todo fruto de las conversaciones que tuve durante él en el Colegio de San Alberto de Roma y en los períodos vacacionales, que él empleaba para recorrer España dando conferencias y dirigiendo Ejercicios

Espirituales a grupos selectos. No se tomó jamás, que yo sepa, un día de descanso. Cuando se lo recomendaban en bien de su salud, respondía: ”Ya descasaré cuando me muera”.

-¿Y las vacaciones?

Las consideraba como una debilidad tolerada. Para él, las verdaderas vacaciones deberían consistir en cambiar de trabajo durante un par de meses. Era lo que él hacía.

–Todo un personaje –comenté mientras levantábamos la sesión.

–Ah! –repuso abruptamente-. Hay un punto que no quiero que te lo pierdas. Ante las cuestiones de crítica gnoseológica o problemas de método, recomendaba acudir a la syntéresis, que consiste en ordenar el pensamiento a la luz de los principios universales. Cuidado: no lo confundas con la sindéresis, que tiene un sentido más general, referido a la prudencia, discreción o sentido común.

–Cualquiera lo confundiría…

–Perdona la pedantería –interrumpió-, pero hay que aclarar. La sindéresis común es del verbo synteréuo, que es observar, mientras que la syntéresis de Xiberta viene

de syntíthemi que significa comparar; en nuestro caso, cotejar tal o cual proposición dudosa con alguno de los primeros principios.

-¡Gran personaje, Bartolomé Xiberta!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

53

 

JUAN DAVID GARCÍA BACCA

 

Una luz amplía más o menos su radio según el lugar y la posición del foco. Válgame esto como analogía para explicar el escaso conocimiento de la obra de los filósofos exiliados tras la guerra civil española, tales como Juan David García Bacca, José Gaos, Eugenio Ímaz, Manuel Granell, Joaquín Xirau y varios más. Otra sería la divulgación que habrían tenido de no haber sido por su condición de “transterrados”. Ya me lo dijo el profesor Juan Nuño en la escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela: “Nuestras publicaciones son prácticamente clandestinas”. Sin desmerecer el trabajo de ninguno de estos profesores, me interesé particularmente por algunos. Pero cuando me interné en la obra de Juan David García Bacca, quedé desconcertado ante la inmensidad –justifico la hipérbole- de su ámbito filosófico-literario. Es mucho más de lo que sobre él consigna José Luis Abellán.

Era en 1975. Tan pronto como supe la dirección de Don Juan David, le telefoneé desde el hotel para concertar una entrevista. Como sabía que el ilustre profesor era un torrente de palabras a velocidad de desbordamiento, me proveí de una grabadora. Vivía en el ático de un magnífico edificio de la Urbanización Cumbres de Curumo. Al llamar a su puerta, me abrió él mismo, invitándome a tomar asiento en una terraza contigua a la entrada del apartamento: un amplio espacio semicubierto donde tenía instalada una parte de su estudio. A los pocos instantes volvió a salir llevando una bandeja con una CocaCola y un vaso. Era un anciano ágil y espigado, con una espesa canicie cuidadosamente peinada. Me hizo evocar la imagen del vecchio ben vissuto que describe Manzoni.

Parecía tener buen sentido del humor.

-Vamos, -me dijo-, refrésquese, que debe tener mucho calor.

-Cierto, pero aquí arriba se siente menos.

– Este no es mi estudio permanente –me aclaró-, pero lo utilizo cuando hace calor, porque aquí no tenemos invierno ni verano, pero sí días fríos y calientes.

-Bien, profesor, espero no molestarlo; usted tendrá mucho que hacer.

-Es verdad, pero empiezo a sentirme cansado; ya voy para los setenta y cinco. ¿Y quiere que le diga una cosa? Que ya tengo ganas de saber qué hay en la otra orilla.

-¿Usted cree que hay algo?

-No lo sé. Si llego antes que usted ya le escribiré unas líneas. Mientras tanto, estoy a su disposición.

Le expliqué que el objeto de mi visita era el plan de estudiar el pensamiento de algunos filósofos españoles exiliados, y que la mejor manera de empezar era conversar en vivo con ellos mismos.

-Bueno, aquí se hace lo que se puede, que es bien poco. El Centro Universitario de Publicaciones tiene otras urgencias más interesantes que nuestras especulaciones metafísicas.

-Con todo, usted cuenta con una larga lista de publicaciones. En algo deberá sentirse correspondido… pienso yo.

-Si… con la humildad por delante, he conseguido divulgar algo de lo mío, aunque quizá más por influencia que por aprecio de mi obra. De todos modos, he intentado –el menos en este reducido ámbito- dar la imagen del filósofo integral, es decir, no sólo filósofo sino también humanista y científico.

-A propósito –interrumpí-, no sé si conocerá lo que dice de usted José Gaos, citándolo como filósofo que va desde las lenguas clásicas, pasando por las especulaciones filosóficas y teológicas, hasta las más recientes teorías físico-matemáticas. Llega incluso a decir que usted corre el peligro de ser el filósofo español más digno de este nombre desde Suárez.

-Siempre exageradamente amable mi buen amigo Gaos. ¡Cuántas horas inolvidables en los pasillos y patios de la Nacional de México! Aprendí mucho de él, porque no solo había gozado del magisterio de Ortega y Gasset, sino también de su amistad. Confieso que recién llegado aquí, estuve largo tiempo echándolo de menos. Pero olvidemos eso y vayamos a lo nuestro.

-Para empezar, he observado que su obra es casi tan extensa en traducciones como en exposiciones de su pensamiento. Se lo digo recordando que Ortega y Gasset muestra cierta compasión hacia los traductores, considerando la humildad y obsecuencia que supone la labor de traducir. Califica de espurias la mayoría de las traducciones, porque generalmente no hacen más que verter el lenguaje del autor al del lector.

-Bueno… coincido con Ortega solo a medias. Según creo, lo que me ha hecho filósofo son precisamente las traducciones de los griegos. En el seminario claretiano de Cervera aprendí de mi colega Don Daniel Ruiz Bueno, a enamorarme de Platón, que ha sido una de mis principales fuentes de nutrimiento filosófico. Daniel y yo consumíamos horas aclarando puntos oscuros de Platón. A él debo varias orientaciones que aún hoy día me sirven.

-A este propósito precisamente, hay quienes se extrañan de la discrecionalidad con que usted traduce ciertas palabras griegas, especialmente lógos por cuenta-y-razón.

-No es usted el primero que me hace esta observación. Ocurre que según ciertos contextos de Platón, o de cualquier otro autor, no siempre es suficiente

traducir lógos por palabra, porque hay algunos contextos en que este término implica simultáneamente algún concepto concomitante, de cualidad, cantidad o cualquier otra circunstancia. Fue una de las cosas que me hizo ver Daniel. Además, me instigó a aprender alemán. El mismo me enseñó la estructura morfológica y sintáctica. A partir de ahí, me fui perfeccionando por mi cuenta aprovechando los ratos perdidos.

-Tuvo usted suerte de poder aprender de un helenista de semejante talla. ¿Qué fue de su vida, que no se volvió a saber de él?

-Desde que me enviaron a estudiar los postgrados, lo perdí de vista. Solo supe que abandonó la Congregación y se pasó al clero secular adscribiéndose a la Archidiócesis de Madrid, porque no estaba de acuerdo con la canonización del Padre Claret.

-¡Muy poco debía amar a su Padre Fundador!

-Daniel era un hombre de una personalidad muy suya. Había muchas reglas del juego con las que no transigía.

-Me imagino que llevarían una vida muy austera.

-La propia de los seminarios de aquella época. La del padre Claret era una Congregación muy estricta en disciplina religiosa y académica. Después del bachillerato, tres años de filosofía y cuatro de teología. Todas las clases eran en latín. Los ejercicios orales y escritos, las preguntas y respuestas… todo en latín, obligatoriamente.

-Así ustedes llevaban a la práctica lo que solía repetir el humanista Ferran i Mayoral: “Sin griego y latín, barbarie”.

-Y yo lo parafrasearía así: sin griego, latín y alemán, más Física y Matemática, filósofos de segunda, o filósofos a medias, o como se dice en criollo, “chucutos”. Si de mí dependiera, en las Escuelas de Filosofía de las universidades habría un año propedéutico de Física y Matemática.

-Poco éxito tendría su propuesta, porque a los estudiantes no les gusta que les alarguen la carrera.

-En este caso, peor para ellos, pues no saben los beneficios de que se privan. Mire usted, humildemente le digo la verdad: sin mis años de estudio de estas ciencias en París, Munich y Zurich, no habría podido forjarme lo poco o mucho de mi propiedad intelectual como filósofo. Yo no sé si habré dejado alguna huella en mis discípulos, aquí, en Venezuela, pero puedo gloriarme de haber sido el primero en ponerlos al día en criticismo, fenomenología, existencialismo, epistemología y lógica matemática. Y en cuanto a esta última, no solo aquí fui fundador, sino que ya lo había sido en España, donde ejerciendo de profesor auxiliar en la Universidad de Barcelona, escribí en 1934 el primer tratado de lógica matemática, ¡en catalán!: Introducció a la logística amb aplicacions a la filosofía i les matemàtiques, y estuve a punto de continuarla en Galicia cuando gané la cátedra de Introducción a la Filosofía en la Universidad de Santiago, que por desgracia ni siquiera pude inaugurar. Y no crea que con esto pretendo deshumanizar la filosofía. No. Doy por supuesto que quien quiere hacerse filósofo ya tiene por delante un buen bagaje literario en los clásicos de la literatura mundial, donde hay un subsuelo metafísico inagotable y casi inexplorado. Pensemos no más en los nuestros de lengua castellana. Si leemos a fondo el Mío Cid, el Arcipreste de Hita, el Lazarillo, Cervantes, Lope, Calderón, Antonio Machado, etc., ¡cuántas cosas nos dan qué decir a los filósofos!

-Por cierto –interrumpí- que me interesó mucho su libro sobre el filosofar de la mano de Antonio Machado… Pero volvamos a su cátedra de Santiago. ¿Qué pasó?

-Que el nombramiento fue en marzo del año 1936, pero preví que no podría llegar a dar la primera clase en septiembre debido al ambiente prebélico que se respiraba. Ante el peligro a todas luces previsto, decidí escapar a tiempo. De no haberlo hecho, probablemente ahora estaría en la lista de los siete mil clérigos fusilados entre julio y diciembre de aquel mismo año, donde figuraban más de un centenar de claretianos. Ejercí la docencia en París durante casi tres años, hasta que finalizó la guerra en 1939. No tardó en llegarme la invitación a volver a mi cátedra de Santiago, pero la rechacé al ver que la dictadura de Franco estaba definitivamente instalada. Además, dentro del mundo académico yo ya estaba fichado como republicano, lo que para mí suponía un futuro incierto. Así que decidí colgar la sotana y exiliarme primero a Ecuador, luego a México y finalmente, en 1946, aquí en Venezuela.

-Se le partió la vida por la mitad.

-Sí, pero en los tres lugares de América seguí haciendo lo mismo que habría hecho en España; es decir, sembrar un pensamiento filosófico seriamente planificado. He de reconocer que fui bienvenido a Venezuela y que hasta me permitieron fundar el Instituto de Filosofía de la Universidad Central. Los comienzos fueron arduos, pero no estoy descontento de los resultados.

-Además, entre lo que elaboró en España y Francia y en sus años de exilio entre Ecuador y México, usted ya traía un bagaje filosófico sistematizado.

-Sin desdeñar su consideración, yo no creo que haya ningún conjunto de

escritos filosóficos que podamos llamar “sistema”. Los que tradicionalmente se conocen como tales, por mejores que sean, son obras incompletas. No hablemos de Platón, cuyo carácter asistemático es demasiado evidente. Pensemos en Aristóteles, Tomás de Aquino, Spinoza, Kant, Hegel, etc.; ¡cuántas cosas dejaron de decir entre lo mucho que dijeron! La mejor prueba de ello es la cantidad de comentarios, réplicas, interpretaciones y hasta remiendos que sobre estos autores se han ido haciendo con el tiempo, y que aún se hacen.

-Pero ¿no le parece que su mérito consiste precisamente en eso: en que nos dejaron mucho para seguir diciendo?

-Sí, y sobre todo porque nos enseñaron a filosofar. Es lo que yo he hecho en mis enseñanzas de Historia de la Filosofía: tratar de que mis alumnos aprendan a filosofar a través de los grandes autores, directamente sobre sus obras, no a través de manuales.

-En estos últimos años se habla mucho de la crisis de la filosofía. ¿Estamos o no, los filósofos, en crisis?

– Usted lo ha insinuado bien. La crisis no está en la filosofía sino en los filósofos, que han persistido en interpretar la naturaleza en lugar de transformarla y transubstanciarla. Si solo nos atenemos a la interpretación de la naturaleza, haremos tal vez una obra interesante, pero inútil para nuestro tiempo.

-Lo más visible, Don Juan David, es la desvitalización de las Escuelas de Filosofía.

-Es la consecuencia de haberse puesto los filósofos de espaldas a la naturaleza,  lo cual les ha obligado a cuestionarse sobre el “objeto del conocimiento filosófico”, porque lo tienen muy impreciso. En cambio la ciencia y la tecnología tienen sus objetos muy fijos y precisos. Por eso han avanzado y producido, mientras la filosofía ha continuado enjaulada en especulaciones y entelequias, dicho en el peor sentido de estas palabras. Si la filosofía no va del brazo de la ciencia, andará siempre rezagada.

-Si esta es la situación de la filosofía, ¿cuál será la de la teología, puesto que usted también es teólogo?

-Obviamente mucho peor. Los sistemas teológicos, sí que son verdaderos sistemas cerrados, porque no pueden salirse de su círculo dogmático so pena de caer en heterodoxia. No sé cómo se enseña actualmente la teología en seminarios y universidades, pero no quisiera estar bajo la piel de esos profesores. Los mejores han sido anatematizados porque, si han querido ser fieles a la realidad objetiva, no han tenido más opción que la de apartarse de la doctrina tradicional. Con eso no quiero decir que los grandes tratados clásicos de teología hayan perdido vigencia porque son malos, sino porque ya no consuenan con la epistemología actual. Las carrozas en que se transportaba la nobleza del siglo XVIII eran de una belleza espectacular, que aún nos gusta admirar en los museos, pero a nadie se le ocurriría usarlas ahora para transitar por calles y avenidas. La Summa de Santo Tomás es una obra colosal, un modelo de rigor en contenido y método, pero salvando los fragmentos filosóficos que en ella abundan, la materia restante ha perdido interés, y es bastante improbable que ese interés renazca.

-¿Piensa que aún se puede cultivar la filosofía escolástica?

-Naturalmente. El pensar filosófico no se marchita nunca. Me encantan los opúsculos filosóficos de Tomás de Aquino. Precisamente el año pasado publiqué una traducción del De ente et essentia. Se puede ser tomista, cartesiano, hegeliano, etc., mientras se

cultiven esas doctrinas con un mínimo de dignidad intelectual, sin perífrasis ni obviedades, es decir, con espíritu de creatividad.

-A propósito de la creatividad, ¿qué pasos recomienda usted para sacar la filosofía de su estancamiento?

-Repito: la filosofía tiene que ir del brazo de la ciencia, lo cual no significa repetir sus contenidos sino recoger las consecuencias que de ellos derivan. El filósofo debe ser un “científico ontólogo”. Para empezar, ello significa reconstruir las nociones de ser y de ente. Estos conceptos no son esencias sino estados de las cosas frente a la mente que las escruta. Las cosas se nos presentan bajo dos aspectos: uno gnoseológico y otro ontológico. Ser es simple capacidad receptiva universal, mientras que ente es un estado “obstaculizante” entre una variedad de realidades que se nos presentan a la mente, cada una con la pregunta ¿qué es tal o cual cosa? Un ejemplo físico: espacio es una realidad en estado de ser, mientras que cuerpo lo es en estado de ente. Por ejemplo, el universo es un conjunto de fenómenos que nos plantea la pregunta ¿qué son tales o cuales fenómenos? En consecuencia, cada ente es un “obstáculo” frente al estado de ser en que se halla el espacio. Es labor del filósofo  hacer que los “obstáculos” del espacio se vuelvan transparentes, es decir que nos revelen lo que son. En toda proposición verdadera se da a conocer el ser de un ente: lo que una cosa es.

-¡Qué casualidad! –exclamé-; esta explicación es casi la misma que daba el Teólogo Bartolomé Xiberta: ente es el sujeto de una proposición y ser es el predicado.

-Bartolome Xiberta… me suena el nombre, pero no como teólogo sino como medievalista. Pero en sustancia es lo mismo que suelo decir a mis alumnos: “Mundo es de estilo ser, y los n elementos de Mundo son de estilo ente. ¿Qué tipo de teólogo era Bartolomé Xiberta, moderno o chapado a la antigua?

-Bastante chapado a la antigua.

-Entonces no podría coincidir conmigo en la conclusión que de este tema saco: que ser y ente no son realidades definitivas sino estados que, como tales, son pasajeros. Para no alargar demasiado esta conversación –que ya es muy tarde-, yo baso mi ontología en el objetivismo fenomenológico. Entiendo por eso un conjunto de realidades objetivas, en las cuales nos hallamos inmersos sin que nos hayamos percatado de ello. Sin que nos hayamos percatado, nos encontramos, en tres mundos ya constituidos: el natural, el artificial y el artificioso. El mundo natural es una entidad indiferente y neutral con respecto a las diferencias. Por ejemplo: la circunferencia es siempre circunferencia, ya sea pintada en la pared o en forma de rueda mecánica. El artificial es la materia prima del natural; consiste en un conjunto de artefactos fabricados por el hombre para hacerse la vida más cómoda y llevadera. El mundo artificioso es el mercado de valores intercambiables; un mundo que se basa en la capacidad de trueque que hay entre las cosas más diversas. Pero no es lo mismo trocar en que trocar por. Lo primero se distingue de lo segundo por su mayor restricción. De hecho cualquier cosa puede ser intercambiable por otra, pero muy pocas son transformables en otras. De lo cual se sigue que la máxima aspiración del filósofo consiste en especular sobre las causas y efectos de las cosas transformadas, transfiguradas y transubstanciadas. En todos estos estados del ente nos hallamos inmersos, sin que previamente nos hayamos percatado ni de cómo ni desde cuándo. La razón de ello está en que el universo del saber y del saber hacer se va transformando, transfigurando y transubstanciando por transmisión hereditaria. La ciencia y la técnica continúan perfeccionándose de generación en generación, desde antes de Arquímedes hasta Einstein.

-Hay quienes aducen el progreso científico técnico como prueba de la evolución del cerebro humano.

-Falso completamente. Hace varios miles de años que el cerebro humano es de la misma constitución que el nuestro de hoy. No hay más que ver la historia de las civilizaciones y ciertos hallazgos de algunas excavaciones.

-Entonces, ¿no le parece que Arquímedes pudiera haber llegado, él solo, hasta la física postnewtoniana, si hubiese vivido dos mil quinientos años más?

-Muy probablemente. Por eso, por la cortedad de vida, es por lo que las generaciones siguientes necesitan de las antecedentes para progresar científica y técnicamente.

A pesar de que aún nos quedaban muchas cosas en el tintero, hubo que terminar la entrevista porque ya era tarde. Pasados casi dos años, le envié un ejemplar de mi trabajo ya publicado. Copio a continuación el siguiente extracto de la carta con que me respondió:

 

Caracas, 10 de febrero de l977: Mi estimado colega y amigo: recibí hace días el ejemplar que usted me envió a la Facultad. […] Le agradezco el trabajo que Ud. se ha tomado en leer tantas obras mías, no de fácil lectura muchas de ellas. Y veo que Ud. ha percibido aspectos que el autor, precisamente por ser autor, no puede percibir. Me hago la ilusión de que Ud. habrá aprovechado para su formación filosófica algo de lo mucho mío que Ud. ha tenido que leer y pensar. Le repito mi agradecimiento y le recuerdo que será un placer para mí reunirnos, como la vez pasada, una más en mi casa. Con  mis mejores recuerdos. […etc…].

 

Don Juan David, cuyo ideal político se paralizó a partir de 1939, se negó a pisar tierra española mientras viviera Franco. Pero pudo volver a tiempo de que le reconocieran la universalidad de su obra y le llenaran de homenajes, premios y doctorados honoris causa. Después, a pesar de sus ganas de ver lo que hay en la otra orilla, continuó trabajando hasta el día anterior a su fallecimiento, a los noventa y un años. Vivía retirado en un delicioso paraje de Ecuador, país donde se casó con Doña Fanny Palacios en 1941. ¡Cincuenta y un años duró su matrimonio! Sin ser obispo, fue como San Pablo mandaba que fuese un obispo: miâs gynaikós áner (“esposo de una sola mujer”).

 

 

 

 

 

 

54

 

DON CÉSAR RIBAS ILLUECA

 

Quienes hemos rebasado en mucho la octava decena de nuestra vida con la memoria emocional en buena forma, abundamos en multitud de episodios, algunos coherentes, otros desligados. Los hay que destacan con grandes titulares y pocos pormenores, otros, con pequeños titulares y muchos pormenores. Entre los nombres que veo con letras mayúsculas está el de DON CÉSAR RIBAS ILLUECA. Pero, debido a la distancia que nos separaba y a sus ocupaciones profesionales, mis encuentros con él no fueron muchos ni frecuentes, aunque, eso sí, quedaron indelebles en la memoria. Los hechos que narraré son estrictamente verídicos: tal como fueron y tal como los recuerdo. Es importante acentuar esto: “tal como los recuerdo”, porque si alguna vez llegara casualmente este escrito a su esposa e hijos, podría resultarles decepcionante e inexacto, pues es imposible aislar de nuestros recuerdos todos los elementos subjetivos e imprecisos.

 

La estampa de don César no pasaba desapercibida; estatura de 1:80, tal vez más, facciones bien proporcionadas, contextura más bien atlética… en tres palabras, un hombre guapo. Le acompañaba, además, una contagiosa ola de sociabilidad. En el grupo donde él estuviese no había baches de silencio. Era un técnico especialista en redes eléctricas a gran escala: conjuntos residenciales, complejos deportivos, zonas recreativas, etc. Diseñaba y realizaba sus proyectos en una fábrica que tenía en Paterna.

Vivía en un cómodo apartamento dúplex, sobriamente decorado, en la Avenida Fernando el Católico de Valencia. Era padre de seis hijos, todos varones, de edades proporcionalmente escalonadas. El mayor, César junior, era el intelectual de la casa, en periódica disputa con su padre. Al parecer hacía mejores migas con la madre, doña María Taléns Ródenas, quizá porque ambos eran lectores asiduos, tanto de prosa como de poesía. Por aquellos años, el autor preferido de doña María era Juan Gil Albert.

Don César y doña María, formaban una pareja no del todo pareja, pues mientras él representaba la parte dionisíaca desinhibida, ella era la cortesía apolínea; sus exquisitas maneras eran la justa medida del “savoir faire” para que cualquiera se sintiera cómodo en aquella casa. Allí, don César era el motor que roncaba y derrochaba energía, y doña María, la hélice y el timón.

Cuando él estaba de buenas –en mi presencia siempre lo estuvo-, su risa y su voz creaban un ambiente de tono mayor; se le oía y se le escuchaba A pesar de la media docena de criaturas en pleno desarrollo cinético, el hábitat lucía bien ordenado. No recuerdo si doña María tenía servicio doméstico, pero aunque lo tuviera, no hay orden en las casas sin el control permanente de la dueña.

 

Conocí a la familia Ribas-Taléns a través de mi primera esposa, que un tiempo había sido vecina inmediata de la casa. Yo, recién salido de mis estudios de postgrado en Roma, aún mantenía rezagos de timidez propia quien ha vivido por años enclaustrado. Doña María, que lo intuyó a primera vista, me advirtió:

-Siéntete uno de los nuestros como si esta casa fuese la tuya.

Pasadas las siete de aquel caluroso atardecer, apareció don César Ribas como un torbellino. Al verme se lazó a mí con un abrazo que casi me levanta en vilo.

-Hombre, conque con que tú eres el famoso Pompeyo de quien tanto nos habla Maricarmen.

-Soy Pompeyo, pero Peyo para los amigos – aclaré-

-¡Mejor!, dos sílabas menos es un buen ahorro para tiempos de crisis. Este es el hombre –continuó sacudiéndome por los hombros- con quien podré hablar de todo lo divino y lo humano.

 

Habían transcurrido algo más de siete atardeceres en divertida conversación y cenando diariamente con la familia. Me entró por ello cierto escrúpulo y comencé a sentirme un poco abusador. Esta impresión se me acrecentó debido al que al día siguiente, poco antes de las doce, llamé a la puerta  para darle un recado doña María. Me abrió uno de los pequeños, y al punto me preguntó:

-Peyo, ¿vienes a comer?

La pregunta me picó. “Ya estás clasificado de gorrista” –pensé para mí. Hice a este respecto un velado comentario a don César sobre la conveniencia de quedarme a cenar, que él debió interpretar más allá de mi intención, porque de pronto y sin preámbulo me espetó esta directa:

-¿Qué coño te pasa, es que no te gusta nuestra comida?

-Claro que sí –respondí confundido-, pero hombre…, así… todas las noches… qué quieres que te diga…

-Entonces ¡vete a hacer puñetas!

Quedé corrido, desconcertado, sin que se me ocurriera una réplica oportuna, mientras él continuaba hablando como si nada. No supo ver en mi actitud la timidez típica de un recién exclaustrado, pero quien sí la notó fue doña María, que llamándome aparte me dijo:

-No tomes en serio el exabrupto de César; él es espontáneo y dice lo que siente en el momento, pero se le olvida de inmediato. Él te aprecia de verdad; si de entrada no le hubieses caído en gracia, te habría dicho: mucho gusto y adiós.

Doña María tenía razón. Don César era hombre de exabruptos, debido tal vez a que también era hombre de una sola pieza; no le gustaban comedimientos ni medias tintas. Cuando ofrecía su amistad no ponía límites; así que volví al grupo y continuamos la tertulia como si nada hubiese ocurrido. Aquella noche y luego otras más, nos quedábamos viendo televisión hasta más allá de las diez. Aunque había asientos de sobra, los chicos preferían tenderse en el suelo.

 

Don César era un técnico ilustrado y ecléctico; sobre cualquier tema daba su opinión o exponía sus dudas. No solía entrar en disputas literarias; se inclinaba a las cosas más que a las ideas, aunque en algunos asuntos teóricos también echaba su cuarto a espadas. Solía ser competitivo en conocimientos y habilidades. Una vez me retó a que dijera rápidamente estos trabalenguas: “plou poc, però plou prou”. O bien: “Si en fallas no follas, en pascua no fallas”. Y este otro: “Cómo me la maravillaría yo…cómo me la maravillaría yo”. De esta tendencia competitiva venían probablemente las discusiones y malentendidos entre él y César junior. Si ambos se hubiesen dedicado al juego, habrían sido malos perdedores.

 

En aquel matrimonio había divergencias en cuanto a la educación de los hijos. Él parecía partidario de una disciplina rigurosa, y sospecho que consideraba demasiado indulgentes los métodos de la madre. Sin embargo, en el supuesto rigor disciplinario de César había contradicciones. En cierta ocasión fuimos a visitar un hotel de cinco estrellas recién inaugurado en la playa de El Saler. El deslumbrante piso de mármol de la sala de recepción sedujo de inmediato a los dos pequeños, que la convirtieron en pista de patinaje. Doña María se alarmó:

-César, ¿tú crees que se puede permitir semejante abuso?

Pero él continuaba sus comentarios sobre las líneas arquitectónicas del local.

-César, por favor, eso no se puede permitir.

-¡Pues no se lo permitas! -gritó irritado.

Cualquier ajeno que hubiese presenciado la escena habría supuesto que don César se desentendía de la educación de sus hijos. No era cierto; me consta por boca de ellos mismos que les inculcaba valores morales. Por otra parte, aunque como paterfamilias mostraba cierto talante catoniano, en el fondo era un sentimental. Pero al mismo tiempo parecía no tomarse muchas molestias en atenciones hacia los más pequeños. De hecho, comentando sobre problemas familiares, me dijo una vez doña María:

-Gracias a Dios tengo un excelente marido; pero solo le hago un reclamo: que todas las incomodidades que causaban los hijos cuando eran pequeños, me las tenía que cargar yo sola. Cuando de madrugada alguno lloraba, jamás se molestó en levantarse para ver qué sucedía.

-¿Y tú no se lo reclamaste? Debiste hacerlo.

-Una vez se lo insinué y su respuesta clara y directa:

-Atender a los hijos es tarea natural de la madre; los hombres ya hacemos mucho llevando el dinero a la casa e inculcando buenos principios.

 

Ni la escena que ocurrió en el hotel ni el comentario de doña María, son datos suficientes para un juicio severo sobre la responsabilidad paterna de don César. Pasados los años y después de la muerte del protagonista, los episodios entran en un contexto desapasionado. Tenemos que morir para que se nos justiprecie en lo que realmente valíamos. Tengo la seguridad de que aquellos chicos que ahora son padres de familia, no solo habrán olvidado los exabruptos del suyo, sino que estimarán sus virtudes, incluso tal vez exagerándolas.

Creo que don César era un hombre generoso; o al menos conmigo lo fue sin límites. Cuando íbamos de bares, solos o con nuestras mujeres, jamás me permitió pagar una consumición. Una tarde dominical me acompañó a un paseo turístico por las calles de Valencia. Me mostró lugares históricos como la catedral y las torres de Quart y de Serranos, de las que me hizo un resumen histórico. Estando en la catedral me indico en el fondo de la nave una puerta tras la cual estaban las escaleras para subir a lo alto del Micalet, diciéndome:

-Son 207 escalones, por si algún día te animas.

Efectivamente, en numerosas ocasiones los he subido para contemplar el panorama de casi toda Valencia. Luego, mientras paseábamos alrededor de la Plaza de la Virgen, me explicó la historia del “Tribunal de les Aigües”. Aunque estábamos a fines de septiembre, la tarde era calurosa.

-Vamos a refrescarnos la garganta –dijo-, que después de las lecciones que te he dado, bien me lo merezco. ¿Qué te parece un doble con una ración de olivas chafadas?

-Vale –respondí.

En un momento en que lo vi distraído alargué al camarero un billete de mil pesetas.

-Cóbrate –dije en voz muy baja. Pero César no estaba distraído.

-¡Eh, chaval!, muéstrame ese billete.

Lo frotó entre dedos, lo miró al trasluz y dijo:

-Este billete es falso. Toma este otro– y metió el mío en el bolsillo de mi camisa.

Se puso a beber mientras me miraba de soslayo con la risa en los ojos, queriendo decir: “cuando tú vas, yo ya he ido y vuelto siete veces”.

Pero el mayor regalo que me hizo fue cuando en unas vacaciones nos invitó, a mí y a mi mujer, a pasar una semana en la playa de El Perelló, donde había alquilado un apartamento panorámico frente al mar. Fueron ocho días no solo de playa sino de muchos movimientos y diversiones. Sin sometimiento a ningún horario, cada uno tomaba su rumbo según las aficiones. Los que más solían “perderse de vista” eran los dos hijos medianos. Una noche en que estábamos todos apunto de cenar, pregunté:

-¿Por dónde andarán Jóse y Javi?

-¡Échales un galgo! –respondió don César.

-Pero…

-¡É…chales un galgo! – repitió guiñándome un ojo.

César era hombre de frases clásicas. En cierta ocasión uno de sus hijos le preguntó por unos cuadernos que había puesto en una mesilla de noche de la habitación principal.

-Papá, los puse en un cajón del lado tuyo, y ahora los necesito.

-¿Y cuándo fue esto?

-Debe hacer unos cuatro o cinco meses.

-Huy…, pues ve a buscarlos allá… als collons de Montgó.

-¿Qué es eso dels collons de Montgó? –pregunté.

-Te lo explico gráficamente.

Puso las manos abiertas en paralelo y las iba separando mientras decía: Lluny…, més lluny…, més lluny, y allà… al collons de Montgó.

Una mañana, entre las once y las doce, bajé a la playa. Doña María y los dos “Césares” recorrían la orilla con extrema consternación en sus semblantes, especialmente el de César-padre.

-¿Qué os ocurre? –pregunté.

-Él siguió sin responderme, paseando angustiosamente su mirada entre los bañistas. No era para menos: uno de los pequeños, Luis, se les había perdido. Ignoro cuánto tiempo duró la búsqueda; sólo recuerdo que me pareció interminable, viendo al padre y a la madre ir y venir de cabo a cabo de la larga orilla, ella llorando y él gritando desesperadamente:

-Luis, Luis, Luis…

César era la imagen viva de la desolación. Doña María me suplicó:

-Peyo, ¡ayúdanos a encontrarlo!

Yo, contagiado de la misma angustia, pero con mayor control emotivo, logré finalmente distinguir al niño en un extremo de la playa jugando tranquilamente entre una multitud de chavales. Lo cogí de la mano y lo llevé casi arrastrando.

-Pero ¿qué pasa –protestaba-, adónde me llevas?

Topamos primero con César junior, que se adelantó corriendo alegre hacia sus padres. No recuerdo si el encuentro fue dramático, alegre o tragicómico. La madre reía y lloraba a la vez. Don César lo tenía agarrado por los brazos, no sabiendo si comérselo a besos o molerle las nalgas a puntapiés.

-¿Dónde coño te metiste? Llevamos horas buscándote.

La madre lo apartó temiendo que la emoción de su marido se volviese iracunda.

Traté, no sé si bien o mal, de desdramatizar la situación. Alcé al niño en brazos, di un par de volteretas para tomar impulso y lo lancé al agua:

-¡Toma!, para que vuelvas a perderte.

Entonces, dirigiéndome a los tres, dije con pedantería:

-Todo está bien si acaba bien.

La frase no era mía, es de Shakespeare, ¡que tampoco es mal autor!; y muy oportuno para el momento.

 

Durante aquella semana hubo sobrado tiempo para conversar de lo divino y de lo humano, no solo con los dos “Césares”, sino también con doña María. Pero él quiso ampliar aún más su generosidad, invitándome a una excusión hacia cualquier lugar, el que yo prefiriese.

-Vamos –dijo como si se tratara de una urgencia-, haz ahora mismo una proposición.

-Se trata –dije- de un paseíto corto: quisiera volver a ver Cueva Santa, donde estuve hace años y quedé prendado de sus paisajes. Cuestión de unos cincuenta y pocos kilómetros.

-Eso está hecho; si estáis listos, mañana mismo después de comer. ¿Qué te parece, Maricarmen? –preguntó dirigiéndose a mi mujer.

-A mí, nada; yo no voy a ninguna parte -respondió bruscamente.

-Pues bueno…, tú te lo pierdes –dijo César disimulando su perplejidad.

Maricarmen, era una mujer cíclica que por temporadas tenía episodios de severa depresión; y al parecer estaba comenzando un nuevo ciclo, agravado sin duda por los celos que le daban las atenciones con que me distinguía la familia Ribas-Taléns y la complacencia con que yo correspondía.

Llegado el momento de la partida, inesperadamente Maricarmen cambió de opinión y decidió acompañarnos. El automóvil de César era un Seaat-1400. Él y doña María se situaron en la parte delantera. Detrás, mi mujer y yo; ella, pegada al extremo izquierdo del asiento, muda, cerrada, hostil. Saliendo de Valencia enfilamos el camino vía Sagunto- Segorbe. El silencio de Maricarmen creaba una atmósfera densa. A pesar de los esfuerzos que hacíamos por imponer cierto tono de desenfado, había momentos en que aquel coche parecía una tumba rodante. Pocas veces habré pasado por un trance tan incómodo. La vergüenza me ponía la serotonina por los suelos.

A la entrada de Altura nos vimos rodeados por una multitud de gente que acompañaba a una madre con un bebé en brazos.

-¿Qué significa ese jolgorio? –pregunté.

Don César, buen conocedor de las costumbres de aquellos pueblos, dijo que se trataba de un bautizo. Enseguida sacó la cabeza y grito:

-Padrí…ro…nyós, padrí… ro…nyós!

Casi de inmediato entró un chorro de caramelos por la ventanilla.

-A nadie le amarga un dulce, sobre todo en ciertos momentos –comenté con toda la intención de que mi mujer captara la onda.

En una retuerta de la carreterita, cerca ya de Cueva Santa, César detuvo el coche casi en seco.

-¿Qué pasa?-pregunté.

-¿Qué harías tú, si pasando por una carretera vieses un letrero que dijera: Fuente Pompeyo? ¿No te pararías a beber agua?

Efectivamente, en un rinconcito, semicubierta de yerbas, había una inscripción blanca sobre azulejos rojos que decía: Fuente Ribas.

Poco después de reemprendida la marcha, César comenzó a revolverse en el asiento expulsando estorbos.

-¿Qué te ocurre? -preguntó doña María.

-Que tengo caramelos hasta en los cojones –dijo arrugando el ceño y tirándolos hacia atrás.

-Cariño, ¿qué dices?

Poco después sucedió lo que yo me temía: don César no aguantó más y explotó:

-¡Maricarmen!, ¿nos quieres decir qué coño te pasa?

-¿A mí?, nada…, ¿qué me ha de pasar?

-Que no has dicho una sola palabra en todo el viaje. ¿De qué estás molesta?

-¿Molesta yo…?

-Entonces ¿por qué no hablas?

-Porque no me da la gana.

No me pregunten con qué ánimo volví a disfrutar del ambiente de Cueva Santa y de sus fantásticos alrededores. No me acuerdo ni quiero acordarme. Comprendí que mi excelente esposa, que en gloria esté, había decidido aceptar el viaje con la sola intención de amargárnoslo. ¡Y por Dios que lo logró!

Pero en fin, como decía mi amigo corso allá en Roma: tout passe, tout casse, tout lasse. Mis inolvidables días en El Perelló pasaron más veloces de lo que hubiera deseado. Con mi anfitrión tuvimos sobradas horas para hablar, como él quería, de todo lo divino y humano. Nuestras conversaciones iban indistintamente de lo teórico a lo práctico y viceversa. Para citar un solo ejemplo, se interesaba por la forma como yo entendía ciertos fenómenos físicos bajo la perspectiva filosófica.

-La filosofía y la física han sido siempre muy buenas amigas –le dije.

-Pues no me lo pareció cuando vi filosofía en el bachillerato. Aquellas cuestiones me parecían más literarias que científicas.

-En mi opinión, enseñar filosofía a muchachos entre quince y dieciséis años es tiempo perdido. La filosofía requiere una madurez intelectual que a duras penas se obtiene a los dieciocho años. Un filósofo enseñando filosofía en bachillerato es semejante a lo que sería Einstein impartiendo matemática en una escuela primaria. Por eso la enseñanza de esta materia en bachillerato fue siempre fallida y seguirá siéndolo.

-Quieres decir que si dependiera de ti suprimirías la filosofía del bachillerato.

-Totalmente. Porque más vale no enseñarla que enseñarla mal.

-¿Cómo te imaginas a un técnico como yo haciendo un cursillo de filosofía?

- He tenido alumnos venidos de diversas profesiones, como médicos, abogados, educadores y arquitectos. Paradójicamente, el mejor que tuve fue un ingeniero. Y digo “paradójicamente” porque es difícil que un profesional técnico se sienta cómodo en una escuela de filosofía. Entre los médicos los únicos que perseveraron fueron los psiquiatras; los demás tuvieron que tirar la toalla.

-¿Por qué?

-Porque los cultivadores de ciencias aplicadas tienen objetos de conocimiento fijos y bien determinados, y sobre ellos trabajan; en cambio los filósofos tenemos que trabajar con entelequias.

-¡Entelequias! Ante esta palabreja, yo no tendría que tirar la toalla porque ni siquiera la cogería.

-Explicándolo más claro: en las ciencias aplicadas hay tesis que son ciertas y otras probables, pero en filosofía, todas son probables, a excepción de los primeros principios de la ciencia y algunos aspectos de la lógica.

-Entonces, ¿por qué dicen que la filosofía es una ciencia?

-Porque en el género de la ciencia no están solo los conocimientos ciertos sino también los probables, que son la inmensa mayoría; las hipótesis son mil veces más numerosas que las tesis ciertas y probadas.

-Bueno…, ahora, hablemos un poco sobre lo divino. Aparte de ser filósofo, tienes también una carrera de teología; ¿dónde hay más certeza, en la filosofía o en la teología?

-Ambas ciencias son igualmente probables.

-Entonces la existencia de Dios, ¿es solo probable? ¿No vale el argumento de las Cinco Vías?

-Vale, pero solo como argumento probable, no cierto, porque si lo fuera no necesitaríamos la fe para creer en Dios

-Pero al menos Santo Tomás demuestra que debe haber un primer motor y una causa primera.

-No demuestra ni siquiera esto.

-¿Por qué?

-Porque demostrar un primer motor y una primera causa es físicamente imposible, y teológicamente también, a menos que concibamos a Dios como dependiente del tiempo, y que en un tiempo determinado empezó a crear. El acto de crear es inseparable de la esencia divina; si por un momento Dios dejara de crear, dejaría de ser Dios. Por tanto, así como Dios no tiene principio ni fin, tampoco la creación.

-Pero la Biblia nos dice que Dios creó el mundo “en un principio”.

-Este y otros pasajes de la Biblia solo son inteligibles si los interpretamos alegóricamente. Lo que el autor del Génesis quiso decir en lenguaje inteligible para todos, es que las cosas del Universo solo son explicables por un acto de creación divina. Una gran parte de los textos bíblicos hay que interpretarlos en sentido alegórico, porque literalmente suenan absurdos. Además, habría que conocer la epistemología y circunstancia histórica de la Judea de hace cuatro mil años.

-¿Hay argumentos teológicos probables sobre la existencia de un cielo y de un infierno?

-Suspendo el juicio.

-Entonces, ¿qué esperas para la otra vida?

-Que sea lo que tenga que ser. Es lo que pedimos a Dios rezando el Padrenuestro: “hágase tu voluntad”; es decir, ayúdanos a aceptar lo que tenga que suceder.

-Finalmente, solo una pregunta sobre moral que muchos creyentes se hacen: la masturbación, ¿es pecado mortal o venial?

-Según la moral positiva católica, es pecado mortal; pero yo no lo creo.

-Si te oyera el obispo de Valencia te excomulgaría. Pero en fin, como veo que sobre todo eso hay mucha tela que cortar, es mejor que volvamos a lo humano. ¿Cómo entienden los filósofos la Teoría de la Relatividad? Porque Einstein ha negado la existencia del espacio y tiempo absolutos.

-No la ha negado; solo ha demostrado la imposibilidad de medirlos, desde un punto de referencia fijo. Y en realidad no lo hay teniendo solo en cuenta el movimiento externo interplanetario. Pero dentro de nuestro planeta, que es la nave en la que viajamos por el espacio infinito a velocidad supersónica, un kilómetro será siempre un kilómetro, tanto de ida como de vuelta, y existen además tantos puntos de referencia como queramos.

-¿A quién tienes por precursor de la física moderna, a Newton o a Galileo?

-Ambos lo fueron, pero estos también tuvieron un precursor que muy pocos recuerdan o casi nadie: Domingo de Soto, un fraile dominico filósofo, teólogo, jurista y físico, primer descubridor de la aceleración de los cuerpos en caída libre. De ahí viene el aforismo motus in fine velocior.

-No me lo traduzcas, que aún me acuerdo del latín –se me adelantó el competitivo César. En definitiva, la Relatividad, ¿la das por una tesis o por una hipótesis?

-Yo daría por tesis la Relatividad Especial, y por hipótesis, la General.

Tuve la impresión de que el pícaro de César me estaba sometiendo a un examen.

-Pero te añado algo más –continué-: Einstein desarrolló una teoría muy bien razonada desde una experimentación rigurosa, pero su palabra aún no es la última; varios de los físicos más conspicuos han dudado de ella. Paul Dirac, una eminencia de su misma altura, comentó así sobre la fórmula E=mc2: “Yo no sé si es verdadera o falsa, pero ¡es tan bonita!”.

 

De todo lo dicho y de muchas cosas más conversamos largamente, pero como es de ley, las vacaciones se acaban y cada uno tiene que volver a su trabajo.

A los pocos meses del año siguiente recibí una carta de César junior. En el primer párrafo se explayaba en divagaciones sobre la caducidad de las cosas, la vulnerabilidad de las personas, lo imprevisible de los acontecimientos, etc. En el segundo comenzaba así: “hoy hace una semana que falleció mi padre”. Tuve que releer varias veces la frase para asegurarme de que aquello no era una ficción. ¡Imposible!: aquel paterfamilias competidor, robusto y tan seguro de sí mismo podía pasar por todos los trances menos el de caer abatido. Pero su forma de morir tampoco podía ser cualquiera; debía ser la propia de un César Ribas Illueca; una muerte sin preámbulos, directamente al grano,

¡fulminante!: un infarto agudo y masivo al miocardio.

 

Mis encuentros con la familia Ribas-Taléns se fueron distanciando. Algunos años después, de paso por Valencia, llamé por teléfono a César junior. Ya casado y con una

criatura de pocos meses, vino a visitarme al hotel donde me hospedaba. Pasamos unas horas rememorando cosas y hablando de todo lo divino y humano, como con su padre.

En una última visita a Valencia, esta vez acompañado de mi segunda esposa, pasamos una tarde inolvidable con Doña María. Tras un almuerzo en un restaurante selecto, nos llevó a visitar un jardín -no recuerdo el nombre- espectacularmente repleto de ejemplares de rarísima belleza.

Pero el más inesperado encuentro lo tuve en Andorra con Ignacio Ribas Taléns. Él es el último Ribas que he visto. Hoy día es un músico de renombre internacional, organista y compositor que ha dado conciertos por Europa y parte de América. Ha publicado varios CD, de los cuales me regaló uno: “Cinc segles de Música Ibèrica”.

Puesto que Nacho me ha venido al recuerdo, tengo que retroceder a los últimos años de la década de los 80s, cuando él cursaba la última etapa de su carrera musical. Un día salí, solo y desprovisto de todo, con la única intención de pasear por las calles de Valencia. De pronto, pasando por una parada de autobús me salió al encuentro Nacho.

-¿A dónde vas? –preguntó.

-A ninguna parte; salí a dar una vuelta.

-Pues te invito a un concierto muy especial que va a empezar dentro de poco en el Palacio de la Música. Anda, que el bus ya está aquí.

-Pero Nacho –dije avergonzado-, solo he salido a pasear; no llevo ni un duro.

-No te preocupes –dijo casi empujándome a la subida del vehículo.

Fue un espectáculo verdaderamente especial: un concierto solo y exclusivamente de instrumentos de percusión.

-¿Qué te ha parecido? –me preguntó a la salida.

-Francamente genial, espectacular –respondí mintiendo como un bellaco.

Mentí porque el concierto me pareció, más que aburrido, absurdo. Aquello no entraba en mis conservadores esquemas musicales. Lo realmente sincero fue mi gratitud hacia aquel noble jovencito, que no solo me pagó la entrada al concierto, sino que me tuvo que pagar hasta los tikets del autobús, ida y vuelta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

55

 

 

RECUERDOS DE UN COLEGIO

 

 

Al regreso de mi posgrado en Roma, fui llamado a un colegio de Palma de Mallorca como profesor de filosofía. Constituían la directiva del Centro un Padre Rector, un Director del colegio y un Padre Espiritual. Aquellas buenísimas autoridades cometieron el desatino de nombrarme Prefecto de Disciplina, cargo que implicaba responsabilidad sobre los estudiantes internos. Debieron opinar muy erradamente de mí, porque si existía el menos indicado para aquel menester, ese era yo. Me resistí hasta donde pude, pero al fin tuve que aceptar velis nolis.

-Tu primera actuación a partir de mañana -ordenó el Rector- será despertar a los internos a las seis y conducirlos a la capilla para asistir a la misa.

-La asistencia, ¿es obligatoria? –pregunté.

-¡Naturalmeeeeente! –acentuó respondiendo a una pregunta superflua.

Lo que acababa de escuchar era simplemente demencial, pero el tono de aquella respuesta significaba que no había lugar a réplica. Volví a preguntar:

-¿Tengo facultad de dirigir el internado según mi parecer?

- La tienes mientras no impongas nada que trastorne la marcha normal del colegio.

Nunca antes me había sentido en situación tan incómoda, pero abrigaba la esperanza de que en pocas horas sería relevado del cargo.

Llegada la noche, antes que los internos se acostaran, los reuní en una sala contigua a las habitaciones. Eran unos quince o veinte muchachos entre doce y diecisiete años.

Debieron verme cara de pocos amigos, porque con la misma me observaban ellos recelosamente.

-Como sabéis –dije-, soy el nuevo Prefecto de Disciplina y también responsable de la vuestra. No tengáis miedo: no os voy a largar un discurso de media hora –continué esforzándome por sonreír-; solo os quiero anunciar un pequeño cambio que introduciré. Pero antes, respondedme a una pregunta: ¿hay alguna obligación de este internado que os desagrade?

No adiviné ninguna reacción en sus rostros; solo me miraban inmóviles, paralizados.

-Voy a ser más concreto –insistí-; ¿os gusta asistir a la misa todos los días, obligatoriamente?

De repente mudaron semblante, se cruzaron miradas oblicuas tímidamente risueñas, pero nadie respondió.

-Entonces voy al grano: a partir de mañana, asistir a la misa será un acto voluntario. Irán solo los que quieran, espontánea y libremente.

Hubo un largo silencio de suspense. Unos pocos se atrevieron a manifestar sensación de alivio, mientras los demás permanecían serios, tratando en vano de reprimir la alegría que les retozaba en la mirada.

-Qué… –pregunté intrigado-, ¿no tenéis nada que replicar?

-Profesor –se atrevió uno-, ¿y los que no vayan a misa?

-Se presentarán a la hora del desayuno. ¿O es que queréis que os lo lleven a la cama?

Entonces las risas sonaron libres y francas, aunque todavía con cierta moderación. Por eso añadí:

-Ni se os ocurra sospechar que llevaré la cuenta de los que van y los que se quedan. Tened la absoluta seguridad de que no habrá prejuicios ni mucho menos represalias.

A las seis y media de la mañana siguiente, el Padre Espiritual, ya revestido para iniciar la celebración, se halló con un panorama desolador: solo media docena –tal vez menos- acudieron a la capilla. Lo que era de esperar sucedió. Las tres autoridades se me acercaron con rostros alarmados.

-¡Pero, ¡por Dios santo! –exclamó airado el Padre Espiritual-, ¿qué has hecho con los internos?

-Decirles que la asistencia a la misa no es obligatoria -respondí sin inmutarme.

-Pero, ¡eso es un crimen! Estás dañando la fe de esos pobres muchachos.

-No se la daño, antes al contrario, les doy la libertad de profesarla.

El Padre Rector, especialista en Teología Moral y hombre de asentado talante, me advirtió:

-Lo que acabas de decir es un descarado sofisma; esos chicos no están en edad de cultivar libremente la fe; es preciso estimulársela con actos que se conviertan en costumbre.

-¿Costumbre o rutina? O peor aún: obligación disciplinaria.

-No nos enredes -intervino el Director -con tus argucias de doctorcito recién salido de la cáscara. Lo más prudente es que vuelvas a poner las cosas como estaban.

-He actuado dentro de mis competencias. No pienso revocar mi decisión.

Ante mi actitud, el Rector perdió su característica calma y me conminó con vehemencia:

-Corrige inmediatamente este disparate; mañana quiero verlos a todos en la capilla.

-Vosotros me habéis impuesto el cargo contra mi voluntad; gustosamente os lo devuelvo.

Me acribillaron con otras arremetidas, algunas abiertamente ofensivas, pero no se dio el relevo que yo esperaba. Sospecho que al socaire de aquellos escándalos farisaicos, cada uno pensaría para sí: ”a otro perro con ese hueso”.

A discreta distancia, acomodado en un sofá, escuchaba la disputa el profesor Cilimingras con cara de reírse del muerto y de quien lo vela. Respiré atmósfera densa por unas semanas, pero el tiempo, médico común, poco a poco lo cura todo. Al fin nos convertimos en buenos amigos y cooperadores durante cuatro años inolvidables. Solo con el Padre Espiritual quedaron algunas reticencias.

A pesar de mi manga ancha, ni la disciplina del colegio ni la del internado se resintieron notoriamente, si bien ahora me arrepiento de algunos exabruptos temperamentales. Muy pocos.

Entre los profesores tuve buenos amigos: el riguroso Don Miguel Mateu Cerdá, excelente profesor de varias materias; Antonio Rodríguez Mazarro, de química; Luis Perruca, de deportes; Pedro Balle, de ciencias naturales; Jaime Miró Granada, de física. Y en medio de tantos señores, tres espléndidas señoritas para diversidad académica y alegría de los ojos: María Antonia Pujol Maura y otras dos de nombres inversos: una, María Ángeles y otra, Ángela María. Pero por encima de todos, el inefable profesor de historia, Don Bartolomé Cilimingras Calafat, hijo de padre griego y madre mallorquina; hombre de gustos refinados, mujeriego donde los haya y trotacaminos por los locales nocturnos de Palma. Era la nota dionisíaca del profesorado, contra la apolínea Don Miguel Mateu.

Una tarde de primavera fuimos Cilimingras y yo, en sendas motos, hacia Valldemossa, su aldea natal, de la que me contó muchas historias curiosas. Después de refrigerarnos con unas tapas, ya casi anocheciendo, me invitó a visitar el cementerio donde yace su padre.

-Paséate por ahí –dijo- mientras yo voy a lo mío.

Así lo hice, pero sin alejarme mucho de él. Se sentó sobre el mármol y se puso a murmurar algo en tono audible pero no inteligible, como si conversara con el difunto. Pasaron más de quince minutos hasta que me llamó para regresar.

-¿Pero cómo es eso…, es que hablas con tu padre?

-Sí, con mucha frecuencia; a veces hasta altas horas de la noche. Mi padre es mi segundo dios.

Don Bartolomé no ocultaba su resentimiento hacia la madre, manifestando su complejo de hijo malquerido. Obviamente, el preferido era el hermano menor.

-Ya lo ves… -decía amargado-: el hijito de mami, con su flamante Gordini, y el hijo de puta con una Vespa.

¡Excelente Don Bartolomé! Cuando podía lo visitaba y de vez en cuando contactábamos por teléfono. Me llamaba “hijo mío” siendo yo un año mayor que él. Ya viejo, revivía con nostalgia sus aventuras juveniles y las más tardías de dandi maduro. Y con esa añoranza murió. También murieron los profesores mencionados, el Director y el Padre Espiritual. En cuanto al Padre Rector, lo último que supe de él fue la celebración de su 95 cumpleaños.

Mientras tanto, yo estoy aquí con la barba en remojo. Cada día menos celoso de mis cosas personales, voy desprendiéndome de ellas aligerando el equipaje para embarcar en la nave que nunca ha de tornar.

“Vanidad de vanidades y todo vanidad”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

56

 

EL HOMBRE DE LAS CABRAS

 

 

Nuca supe su nombre ni cuidé de averiguarlo; así que siempre ha sido para mí “El hombre de las cabras”.

Paseaba una tarde de otoño por uno frondoso sendero al pie de la montaña de Sant Llorenç, a pocos kilómetros de Terrassa. En la última curva del camino había una pequeña pradera donde un extraño personaje de provecta edad pastoreaba media docena de cabras. Al instante, todas interrumpieron el pasto mirando al intruso con obsesiva fijeza. He dicho “extraño personaje” porque el hombre lo era en verdad. Su cabeza, desmesuradamente grande y totalmente pelada a ras como bola de billar, contrastaba con una blanca barba recrecida de una semana sin afeitar. Mi primera impresión fue el inquietante estrabismo de su mirada, con un ojo entelado bajo una adherencia blancuzca, y el otro fijo en el vacío.

-Buenas tardes –saludé. Son muy bonitas sus cabras.

¿Bonitas, dice usted? ¡Mucho más que eso!

Con un silbido llamó a una por su nombre, la tomó en brazos y empezó a acariciarla pegándola a su cara. Yo reía complacido ante la ternura de la escena.

-Fíjese en la nobleza de esta mirada; ahí puede usted ver la verdad de que los ojos son el espejo del alma. Porque ¡no creerá usted que los animales no tienen también un alma inmortal!

- Es muy probable.

-Soltó la cabra y quedó como en estado de éxtasis, en expresión cómica, semiabierta la boca de la que asomaban algunos dientes dispersos, pero no me reí porque no se sabía hacia dónde miraba. De pronto dijo apuntándome con el índice:

-Usted debe ser muy buena persona.

-¿Por qué lo supone? –repliqué sorprendido

-Porque cuando se ríe, le ríen también los ojos.

(Ni hay que decir que en cuanto llegué a casa hice la prueba ante el espejo, pero no percibí nada especial).

Improvisamente y con emocionada unción, el hombre se puso a recitar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Al instante, la comicidad se transfiguró en mística contemplación. (Mi Amado, las montañas,/ los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas […]. La noche sosegada, / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora…). El poema es largo y creo que lo recitó entero. ¡Qué sublime rapsoda! De aquella boca desdentada parecía salir viva el alma de San Juan de la Cruz.

El hombre de las cabras vivía en una cabaña muy cerca del pastoreo. Hasta allí caminé, con él y el rebaño. Me maravilló el contraste entre la pobreza de la casa y la amplitud del interior, lleno de antigüedades. Me mostró con orgullo un antiguo bastón de boj con dos borlas moradas bajo la empuñadura.

-Fíjese…¡perteneció nada menos que al obispo Morgades! Todo eso es mi mundo – decía extendiendo los brazos-: mis cabras y mis antiguallas. A las primeras les doy de comer, las segundas me lo dan a mí. ¿Qué edad tiene usted? –preguntó de repente.

-Veintiocho.

-¿Tiene planes de casamiento?

-Ni siquiera me lo planteo.

-Si le vale mi consejo, cásese lo más tarde posible, porque el amor es corto y la convivencia larga.

-¿Y usted? –pregunté tímidamente

-Hace tiempo que busco y rebusco, pero no encuentro a nadie. ¿Quién habrá que le diga un “sí” a este pobre Caballero de la Triste Figura?

-Yo, en su caso, no perdería la esperanza. Una vez me dijo una amiga inglesa: “Nunca se sabe lo que hay a la vuelta de la esquina”.

-No me consuela, pero bueno… ¿Le apetece un Penedès?

-Gracias, no tengo tiempo; pasado mañana tengo que volver a Roma donde estoy haciendo un post-grado.

- ¡Qué suerte la suya! Yo, en cambio, ya lo ve… un pobre analfabeto.

-No lo diga. Un hombre que se deleita con la poesía de San Juan de la Cruz no puede ser analfabeto.

Casi dos años después, al regreso de Aylesford, recalé en Terrassa. Naturalmente no podía faltar la visita al “Hombre de las cabras”. Me dijeron que se había casado con la tornera de un convento de monjas. Al verlo, me asombró su acelerada decrepitud y gran obesidad. Nos dimos un abrazo mientras le felicitaba por su reciente boda recordándole el dicho de la amiga inglesa. Sin responderme, posó ambas manos sobre mis hombros con leves sacudimientos.

-Entonces, ¿qué…, qué título ha obtenido, licenciatura, doctorado?

-Los dos.

Sin quitarme las manos, cabeceó durante unos segundos y dijo:

-Ay, Senyor Déu meu…, ¡que n´és de puta la vida! Vosté amb dos títols i jo sense titola.

Desconcertado, aunque sospechando por dónde iban los tiros, no hallaba la palabra justa para el momento. Pero él salió al quite con una pregunta no menos embarazosa:

¿Se imagina usted lo que significa estar uno recién casado y no poder ejercer? Siguió un silencio inquietante. Al fin me atreví a preguntar:

-¿Qué le ha pasado?

-El médico me dijo que tengo diabetes crónica tipo 2 y que eso, junto a la obesidad y la hipertensión, es la causa de la impotencia.

Otra pausa ne menos incómoda. 

-No se angustie, buen hombre, a todos nos llegará el día en que ya no podamos ejercer y además…

-Pero ese médico –interrumpió-, no me convence, porque tengo dos amigos que están en mi misma situación, y no obstante me dicen que lo hacen dos y hasta tres veces por semana.

-¿Y usted les cree?

Hombre…, somos amigos de toda la vida, no hay razón para que me mientan; me lo aseguran seriamente.

-Pues asegúrelo seriamente, también usted.

Logré arrancarle una sonrisa.

-Vamos a lo positivo –dijo sacando del armario un Penedès, que esta vez acepté gustosamente.

El hombre llenó ambas copas y omitiendo brindis, se embauló la suya de un solo tirón, sin resollar.

-Haaaa –suspiró-; aún nos quedan pequeños placeres que disfrutar.

Días después, le hice otra visita antes de marchar a Palma de Mallorca para incorporarme a mi primer destino. Hablamos largamente de lo divino y de lo humano. Me dio varias muestras de su humor estoico.

-Me he casado sin luna de miel, pero al menos encontré un alma buena que recogerá mis huesos.

Al despedirnos, posó de nuevo las manos sobre mis hombros y me dijo emocionado, con labios temblorosos:

-Gracias por haber escuchado mi desahogo con tanta generosidad.

-Pero, hombre…, si casi no he dicho nada; soy muy mal conversador.

-Se equivoca: el mejor conversador es el que sabe escuchar como usted.

A lo largo de mi memoria siempre hubo un rinconcito especial, y todavía lo hay, para “El hombre de las cabras”: un alma platónica en cuerpo socrático.

 

57

 

SEDUCTORES Y SEDUCIDOS

 

 

Se llamaba Pere con sus dos apellidos en regla, que no menciono porque sus hijos aún gozan de plena vida y salud.

-Pere Pita para los amigos -dijo estrechándome la mano-; así me llaman desde mis 11 años, cuando estaba en el seminario de la La Conrería. Vengo de Mataró, la tierra dels Capgrossos.

Estábamos en el colegio-santuario de Santa María del Collell, en plena canícula de julio, celebrando la trobada de fin de carrera de los seminaristas catalanes ordenandos in sacris.

Pere Pita era una personalidad notoriamente singular; 1:95 de estatura y extremadamente delgado. En el grupo donde Pere Pita estuviese, las carcajadas eran continuas; a cada momento saltaba la ocurrencia, el chiste oportuno, refranes irreverentes y algunos tacos, a veces de cierto grosor. Pero por encima de todo destacaba una mente de fina elaboración, derrochadora de recursos dialécticos. Ni hay que decir que de inmediato traté de ganar su amistad, porque con él había siempre tanto que aprender cuanto de que reír. Fuimos realmente amigos hasta el fin de las jornadas -casi dos meses.

La comidilla del momento era el interdicto contra el anciano director espiritual del seminario de la diócesis de la Seu d´Ugell, quien afirmaba públicamente que los pecados contra el sexto mandamiento solo eran tres: violación, adulterio y  estupro; que cualesquiera otros actos sexuales, solitarios o con cómplice, no generaban culpa moral: eran simple “liberación de pulsiones naturales” propias de la juventud. Pero lo más grave fue una carta pública dirigida al obispo por dos señores cuarentones, que denunciaban haber sido seducidos por aquel padre espiritual cuando tenían dieciséis años, y que por eso eran ahora sexualmente “anormales”.

Hubo comentarios de variada índole, rigoristas y benévolos.

-Yo lo suspendería a divinis por cinco años.

-Yo lo degradaría.

-Yo lo sometería a tratamiento psiquiátrico.

En tanto, Pere Pita escuchaba y callaba, hasta que casi todos a una le obligaron a pronunciarse.

-No tengo inconveniente –dijo con flema irónica-. Ante todo, dejo las opiniones de ese padre espiritual a vuestra libre discusión. En cuanto a los seductores de menores hasta los 14 años, yo los entregaría a los tribunales civiles, porque a los obispos no les preocupa tanto el acto delictivo en sí cuanto el escándalo que provoca, problema que ellos resuelven con el traslado del delincuente a otro lugar.

-Eso está muy bien, Pere, -intervino uno-; pero nada has dicho sobre la gravedad de la seducción.

-Hablaré sin tapujos. ¿Creéis de buena fe que un muchacho entre 14 y 17 años, sano de cuerpo y mente puede ser fácilmente seducido? ¿Os acordáis, en calase de Moral, de la diferencia entre seductio y sollicitatio ad turpia?

-¿A qué viene ahora esta distinción escolástica?

-A que esos dos señores no fueron seducidos sino solicitados. No seáis ingenuos: salvo casos excepcionales de mutación biológica, los maricones nacen, no se hacen. Esos cuarentones no son homosexuales porque fueron seducidos sino que fueron seducidos porque ya eran homosexuales. Los seductores suelen tener olfato de buen perdiguero; intuyen a primera vista quiénes pueden ser sus “víctimas”. Así que ante un caso de seducción, la primera pregunta debería ser: ¿quién sedujo a quién?

-¡Pere! -gritó uno, escandalizado-, ¿Tratas de excusar a los seductores?

-Claro que no, sé que el seductor de menores es siempre culpable ante la ley, independientemente de la complicidad del seducido, e incluso en caso de que el seducido fuese el mayor de edad. Pero en el fuero interno de la conciencia no siempre es así. A partir de los catorce –incluso tal vez antes- cualquier muchacho en buen uso de sus facultades es capaz de percibir intenciones seductoras y oponerles resistencia. Pero desde el momento en que acepta y consiente activamente, deja de ser “victima” del seductor para convertirse en cooperador necesario del delito. Siempre en moral, pero no siempre en derecho, yo aplico el aforismo romano: volenti non fit iniuria.

Entonces el escándalo se volvió clamoroso. Con gestos de horror, algunos abandonaron la reunión. Otros, menos sensibles se mostraban reticentes:

-Són  coses  d´en Pere Pita

Hubo quien trató de amonestarle:

-No debes ver la cuestión desde un solo enfoque. Hay que comprender la situación del seducido: sentimiento de coacción, miedo, timidez, falta de valor para resistirse, y sobre todo lo peor: el temor a represalias en caso de resistencia…

-Excusas irrelevantes –interrumpió Pere-: será precisamente el seductor quien tratará de no incomodar al seducido; y en cuanto a represalias, se guardará mucho de intentarlas, porque sabe que tiene las de perder.

Cuando tuve ocasión de hablar a solas con él, le dije que estaba de acuerdo con su opinión, pero que a veces hay que guardarse de fariseísmos todavía vigentes. Pere me miró sombríamente, no sé si angustiado, o decepcionado, o escéptico…

-Lo que me ocurre es que a pesar de lo lenguaraz que soy, debo callar sobre la “clave” de mi convicción.

-No te entiendo.

-No es fácil explicarlo…, pero que quede entre nos y confiando en tu discreción: yo fui seducido.

-¿Tú?...

-Sí, aunque no fue como te imaginas. Te hago el resumen. Soy huérfano de madre; la pobre murió en el parto. ¡Qué clase de bicho debo ser, que dándome a luz a mí, ella perdió la suya! Mi padre era gerente de una gran industria metalúrgica de Mataró, propiedad de tres hermanos, dos hombres y una mujer que había cursado dos años de medicina y tuvo que interrumpir la carrera porque quedó embarazada de un compañero de curso que se negó a reconocer la paternidad. Desesperada, en estado de profunda depresión, decidió abortar clandestinamente. Tras un período de reposo se incardinó al negocio de sus hermanos en calidad de cogerente, lo que fue de gran beneficio para la empresa, pues la señora acabó convirtiéndose en el principal motor de las negociaciones. Con todo, mi padre asumía el trabajo “duro” de la gerencia, siendo a la vez el hombre de confianza, tanto en la fábrica como en la mansión de los dueños. Con frecuencia, él y yo éramos invitados en ocasiones especiales. Sin mérito alguno de mi parte me gané el afecto de la señora, que a menudo me obsequiaba con pequeños caprichos gastronómicos. Un día me dijo: “Con permiso de tu padre, tienes nuestra piscina a tu disposición”. Así que durante las vacaciones de verano, eran más las horas que permanecía en aquella casa que en la mía. Fue en una fiesta mayor de Mataró, un día 27 de julio de 1948 -¡imposible olvidar esta fecha!-, cuando nos disponíamos  a disfrutar de un banquetazo que el mismísimo Lúculo habría envidiado. La señora daba órdenes al servicio, iba y venía avivando el tono mayor de la fiesta y cuidando de que a nadie le faltara detalle. Alta y garbosa, de unos treinta y pocos años, llevaba una blusa blanca muy holgada, con un escote discreto pero suficiente para que en ciertas vueltas y revueltas quedaran visibles varios centímetros de escultura modulosamente perfecta, adonde de continuo –imprudente de mí-, se me iban los ojos. Al fin lo notó y se llevó la mano al cuello en ademán de recato. Quedé avergonzado y al punto sentí que había perdido su estima. Tras una alborozada sobremesa, pasadas las cuatro, dijo el mayor de los hermanos: ”Bueno, ya es hora de que vayamos a ver la Toneta y el Maneló”. La señora dio permiso al servicio para salir. “Ya lavaréis los platos por la noche, o mañana”. Todos fueron saliendo bien vestidos excepto yo, que iba, como de costumbre, zarrapastroso. De pronto la señora me llamó: “Pere, un momento”. Acudí  temeroso con los ojos bajos, esperando el rapapolvo. “¿A dónde pretendes ir con esa facha de perdulario, la camisa con dos botones colgando? ¿No se da cuenta de eso el servicio tu casa?” Me tomó del brazo llevándome a una habitación del piso superior. “Voy a coserte esos botones; quítate la camisa y espera sentado donde quieras”. Me senté al borde de la cama. No debía ser buena costurera porque tardó una eternidad en coser dos botones. Cuando regresó adelanté la mano para coger la camisa, pero ella la retuvo y la colocó en el respaldo de una silla. “No salgas ahora bajo ese sol que derrite; tiéndete y descansa un rato”. ¡Bueno estaba yo para descansar! Asustado y avergonzado a la vez, no osaba abrir los ojos. Tras una corta pausa, se acercó diciendo en voz baja como quien comunica un secreto: “¿Sabes que te has hecho muy grande y muy guapo?”. La señora mentía bellacamente, porque aunque era cierto que últimamente había pegado un gran estirón, en lo demás yo tenía de todo menos de guapo. Luego acercó la boca a mi oreja y susurró: “¿Creías que no me daba cuenta, pillín?” A duras penas logré musitar: “Perdón, señora”. “Perdonado; eso significa que ya eres un hombre”. Me besó tiernamente al principio, pero cuando sentí que sus besos iban ganando terreno, me di cuenta de que aquella mujer me estaba seduciendo. A pocos días de cumplir los quince años, muy clara la mente y ágiles las extremidades, me sentía perfectamente capaz de levantarme de un salto, coger la camisa y salir corriendo. Ni empleando ella todas sus fuerzas habría podido retenerme. Pero en lugar de esta decisión preferí, conscientemente, consentir el juego. Poco a poco, con sutil habilidad, mano fina y toque delicado, la señora iba hilvanando progresivamente cada momento de la secuencia. Solo me atreví a tomar parte activa cuando tuve la seguridad de que la aventura ya no tenía marcha atrás. No me preguntes cuánto tiempo pasó porque creo que me fui del tiempo. Lo último que recuerdo son los momentos en que ella se ladeaba despacio, suavemente, para desprenderse de mi peso pluma. Luego se levantó, me cubrió con la sábana, me dio un beso y se fue. No volví a la realidad hasta que unas sacudidas nerviosas me despertaron. “Vístete rápido que la gente está al llegar”. Bajo el chorro casi tibio de la ducha, me invadió una dulce sensación de bienestar. No es cierto que omne animal post coitum triste. Más bien me atengo a lo que posteriormente añadió algún medieval cachondo: …praeter hominem et gallum. Ya podía mirar de frente a la señora; ahora era ella quien debía bajar los ojos. Lo que te he narrado, será lo que sea ante la moral, pero te confieso que fue uno de los lances más bonitos que me han ocurrido en la vida. Además, me enseñó que frente a un escándalo de seducción, la primera pregunta debe ser: ¿quién ha seducido a quién? ¿Habría ocurrido lo mismo si la señora no se hubiese percatado de mis llambregades a su escote? Piénsalo…

-¡Oportuna tu pregunta, Pere! –comenté-. Pero lo importante no es tu aventura –una más entre las centenares que de continuo ocurren- sino la moraleja que de ella has sacado en cabeza propia. Lástima que no la puedas revelar.

-Claro que sí, pero lo que entonces me preocupaba era cómo combinar mentiras si mi padre me preguntase dónde había estado y de dónde venía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

58

 

DIÁLOGO APRESURADO

 

 

Atendí a mi interlocutor de marras sin detener la marcha.

-Tengo una curiosidad contigo -dijo.

-Te escucho

-Con las casi 9 décadas que llevas encima, ¿cuantos enemigos has tenido?

-Yo no tengo suficiente categoría para tener enemigos.

-Entonces, ¿nadie te ha hecho daño?

-Eso sí, muchos y muchas veces.

-Con lo buena persona que eres, supongo los habrás perdonado.

-No. Los hombres no podemos perdonar. Solo Dios puede.

-¿Cómo es eso?

-Te explico; "per-donare" en sentido estricto, significa declarar que la ofensa no ha sido hecha, lo cual es físicamente imposible. Lo hecho, hecho está; es imposible que no lo esté. Los tribunales civiles o eclesiásticos, se limitan a absolver, "ab- solvere", esto es, declarar que no hay nexo comprobado entre el imputado y lo que se le imputa.

-Me recuerdas algo de unos años atrás, cuando el Presidente Luis Herrera mandó excarcelar a un presunto asesino, no recuerdo por qué. Un periodista le preguntó las razones de tan extraña decisión. Luis Herrera respondió: "Porque yo, entre la venganza y el perdón, prefiero el perdón".

-Don Luis ejerció el derecho de gracia presidencial, no sé por qué razones; pero cometió dos errores de una sola vez: confundir perdón con absolución, y justicia con venganza.

-Entonces, si no puedes perdonar a los que te han hecho daño, al menos los absuelves...

-Tampoco, porque absolver es un acto judicial público, que no compete a un particular.

-Luego, ¿cuál es tu reacción ante los daños que te han hecho?

-Lo único que puedo es no tenerlos en cuenta, que es precisamente lo que hago.

-Sin embargo, siendo sincero contigo mismo... algún pequeño rencor te habrá quedado contra tus ofensores.

-Ninguno. Ya se murieron todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

59

 

LUZ AMARILLA

 

 

Tras las primeras frases de salutación, mi interlocutor se puso triste.

-Creo que se me ha encendido una luz amarilla: cada vez con más frecuencia noto baches de memoria. En ocasiones se me olvidan los hechos remotos y en otras los más recientes.

-No veo en eso ningún motivo de alarma: desde que tenía tu edad y ahora mucho más, me ocurre algo semejante: cuando quiero acordarme no me acuerdo y a veces me acuerdo sin querer.

-¿Crees, pues, que se trata de algo transitorio?

-Mientras nos vamos haciendo viejos, hay pequeños males que nos vienen y se van solos.

-¿Cómo puedo notar que mi caso se está volviendo clínico?

-No lo notarás tú, sino tu mujer y tus hijos.

-¿Y por qué yo no?

-Porque no puedes saber qué suerte de juegos se traen entre sí tus neuronas del hipocampo y de la corteza prefrontal.

-No entiendo nada.

-Yo tampoco. Los misterios remotos de la fisiología son inescrutables. Pero de momento quizá te des cuenta de cómo se comportan en ti las dos clases de memoria que tenemos: la sensitiva y la intelectiva.

-Explícamelas.

-Lo haré sin pretensiones académicas: de las personas que has conocido en tu vida, te puedes llevar dos tipos de recuerdos: su estatura, su color, su vestido, su gesticulación, etc., y una opinión positiva o negativa sobre las cosas que dijo. Si recuerdas lo primero, es buena tu memoria sensitiva; si lo segundo, lo es la intelectiva. Pero si conservas igualmente vivos el recuerdo sensitivo y el intelectivo, ¡congratulaciones!; eres dueño de una mente privilegiada.

-Mi luz amarilla me da un pronóstico más bien pesimista. ¿Cómo conservar lo poco que me queda de memoria? O bien: ¿cómo retardar lo más posible la aparición de la luz roja?

-Sobre ambas cosas hay tanta literatura que no vivirás lo suficiente para leerla. De momento, puedes ejercitar ambas memorias mediante la atención. Vivimos distraídos la mayor parte de nuestra vida; no miramos ni escuchamos atentamente, y por eso olvidamos.

-¿Estás seguro de que todo es cuestión de atender?

-Claro que no. También cuentan mucho los sentimientos y las emociones. Te acordarás más o menos de las personas y cosas según el sabor de boca que te dejaron. La memoria emotiva es la que mayormente conservamos.

-En fin, trataré de ejercitar la memoria mejorando la atención, pero mientras tanto nadie me quita la preocupación de mi luz en amarillo.

-Despreocúpate, yo la tengo en rojo desde hace 15 años y ya ves: aún estoy aquí, esperando que se apague.

 

 

 

 

60

SANTA MARÍA DE FINESTRES

Las fotos de castillos y fortalezas medievales que a menudo envía el profesor Paco Moro, me hacen regresar a los tiempos de mi afición a curiosear casas abandonas, templos románicos y castillos ruinosos que en su día  fueron potentes fortalezas.

Dos veces subí al Santuario de Santa María de Finestres. En la primera inicié la subida a partir de Mieres. Fueron 4 horas de sudoroso ascenso hasta cima donde está la capilla. En vano fue la fatiga: todo estaba cerrado. No me habían advertido de que se requería el permiso y la llave del párroco de Santa Pau.

   El segundo intento fue exitoso: el párroco me dio la llave un poco a regañadientes, sospechosamente extrañado de mi rara curiosidad. Partiendo de Santa Pau, enfilé la senda de Santa María dels Arcs por caminos sin asfaltar, hasta llegar a una masía de campesinos casi en la falda de la montaña. Allí dejé el coche e inicié la nueva aventura. Fueron más de cuatro horas de cuesta empinadísima. Una flecha amarilla pintada en los árboles señalaba la dirección. Ciertas pendientes había que remontarlas casi a gatas. Semiexhausto, al fin divisé la ermita y lo que queda de la vieja abadía (s. X). El espectáculo que desde la explanada se divisa, no es para describirlo sino para verlo.

  Pletórico de gozo, saqué la llave amb el cor a tres quarts de quize. Pero ¡por todos los santos del cielo!, la llave no tenía nada que ver con la cerradura. Aquel buen cura, o se distrajo o quiso engañarme; me inclino por lo segundo. Miré y remiré el ruinoso edificio por todos costados. Una ventanita en lo alto tenía una hoja abierta. Observé un cable de cobre trenzado que subía recto rozando el lado izquierdo de la ventana; era el del pararrayos, obviamente. Tiré con fuerza de él para probar su consistencia. Esta vez no estaba dispuesto a resignarme. Tenía 55 años y una salud de hierro. Agarrado del cable y apoyando los pies  en los cantos salientes de la pared trepé hasta la ventana; di un manotazo a la parte cerrada y me dejé caer dentro.

Lo que  de entrada vi no tenía nada de surrealismo: aquello era la pura y nuda realidad del abandono y la destrucción. Una cuarta parte del salón yacía semiderribada. Me senté en un gran pedrusco que había en el centro y paseé la vista por todos los contornos, pensando en todo sin pensar en nada. Pero de pronto, ¡oh sorpresa!; sobre una tosca repisa de la pared vi dos lucientes manzanas y una media botella de un líquido anaranjado. Algunos que usaron la llave adecuada debieron haber estado recientemente allí. Destapé la botella y limpié el cuello con el borde de la camisa. Era nada menos que un moscatel Málaga Cartojal.

Me puse a curiosear por todos los rincones de la estancia, mientras iba comiendo morosamente las manzanas, alternando mordiscos con besos al cuello de la botella. Aquel vino era de un dulzor sublime, digno de dedicarle un fragmento de la Traviata. Gustosamente me habría excedido, pero no lo hice pensando en que debía descender por la misma vía del ascenso.

   Aunque parezca impensable, hasta 1936 allí había un párroco, y aquella miserable estancia era su vivienda. El último que lo fue se llamaba Ramón Casas Pujadas. Debía pertenecer a un escalafón muy bajo de la  clerecía gironense para merecer un destino tan vil. ¡Qué crueldad la del obispo Josep Cartañá Inglés! Mossèn Ramón fue asesinado en Santa Pau por una cuadrilla de la CNT, partido cuyo jefe y al mismo tiempo  alcalde de la villa, era Don Josep Pinsach i Solé. (¡Cuidado!, no estoy  acusando a nadie, solo menciono la coincidencia).

   El descenso de aquella lobreguez fue tan fácil como la subida. Hubiese querido llegar hasta el castillo, a pocos minutos arriba del santuario, pero calculé que solo me quedaban 2 horas de luz diurna para rodar montaña abajo. Casi anocheciendo, llegué a Santa Pau hasta Santa Pau; y de allí, al hotel Borrell de Olot, donde cené y dormí dando gracias a Dios por haber salido ileso de una locura más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

COMENTARIOS Y ADICIONES

 

 

 

 

Dianayra Valero

8 h  · 

LO COMPARTÍ EN EL WHATSAPP DE LA REVISTA ACTUAL. Buenas tardes. No me gusta, como lo he dicho en ocasiones anteriores, compartir cosas que no sean relativas a la Revista por acá, pero he sido víctima de un profundo impulso en dos oportunidades, una por el alma siempre bella de Armando Rojas Guardia, que dejó de existir para entrar al estado absoluto de ser, y en esta oportunidad, lo hago por alguien que es y existe, y cuyas palabras emanan cada día más impregnadas de una esencia sabia, milenaria, delicada, profunda... elegante. Tanto que aprender de él, y no tengo un automóvil para buscarlo en su casa y pasar todo un día a su lado escuchándolo, con una cremosa sopa de auyama,que le encantan, y una buena taza de café con ponquesito de chocolate. Es una ganancia eterna y sin retorno consentir a seres como POMPEYO RAMIS conllevan a una retroalimentación recurrente, el poder, ... el sabio poder de hablar casi de cualquier cosa con la misma sabiduría, con ese ritmo pausado pero teñido frágilmente con un sentido del humor único, refrescan el espíritu que se agarra del logos para llevarlo de paseo por su universo pleno de anécdotas y por su exquisita narrativa sabia. Gracias a uno de mis Maestros por Ser, existir y escribir. Dianayra. Acá les dejo de regalo uno de sus más hermosos textos. SENTIDO DE LA VIDA:

Justamente hoy se cumplen veinticuatro años de la muerte de mi mejor amiga. No volveré a conocer otra alma tan delicada y discreta como la suya. En mis horas bajas, ella era mi diván, y todavía lo es. Solo Dios sabe cuántas cosas dejé de decirle y preguntarle, por desidia. Hay quien opina que es casi imposible una amistad entre hombre y mujer sin que haya sexo. Si eso fuera verdad, en aquel caso fui la excepción. Ante su presencia, el sexo era lo último en que yo podía pensar. Además, si lo hubiese habido, no me sería tan sedante su recuerdo. Así se lo contaba a Don Victoriano cuando de pronto me interrumpió:

–Te recomiendo la que hagas tanatoterpia.

-¿Cómo?

-Verás: ¿a qué edad murió tu amiga?

–Tenía treinta y siete años. Ocho más que yo.

–Como veo que aún te duele su muerte, te aconsejo este pensamiento: lo que vale de una vida no es la duración sino la plenitud. Por otra parte, no importa cuán pronto nos vayamos de este mundo, de donde seguramente nos tenemos que ir.

–No es gran consuelo el que me das.

¿Es que prefieres una vida larga antes que plena?

–Yo preferiría ambas cosas, pero comprendo que no somos los rectores de nuestra vida. A ella le tocó una leucemia y tuvo que irse antes.

–Pero vivió treinta y siete años y según veo, aún está contigo. Yo tuve amigas que sobrepasaron los ochenta, pero ya eran difuntas antes de morir. Una de ellas me preguntó pocos días antes de irse: “¿Te acuerdas de lo felices que éramos?”. Y Yo le pregunté: “¿Te has olvidado de lo infelices que somos?”.

Don Victoriano cabeceaba con sonrisa de resignación.

–Reniego de mi estupidez -dije enojado contra mí- por no haberme aprovechado más de su sabiduría, pudiendo hacerlo.

–También es posible que te haya sido arrebatada a tiempo de que aprendas cuánto hay que estimar una vida más llena de sentido que de años.

–Fue una mujer sabia, pero también fuerte porque tuvo que superar muchos embates.

–Más a mi favor y al tuyo; porque si esa mujer murió a los treinta y siete llena de sabiduría y fuerza, su vida no fue larga, pero fue grande para ti. Así que tienes que dar gracias a Dios por haberte regalado una amistad de breve duración pero larga y gratificante de por vida tuya.

–Y tú, ¿no habrás tenido algún amigo o amiga cuyo tránsito te haya dolido como a mí?

–Casi todas mis amistades se murieron. El último, a quien yo más quería porque era el más infeliz, me dejó un recuerdo inquietante. Los dos teníamos la edad que tienes tú ahora. A su mujer se la llevó un cáncer de páncreas. Era una esposa dulce y fuerte como la que describe Gabriel y Galán. El hombre cayó en profunda depresión, repitiendo siempre el mismo sonsonete: "Mi vida ya no tiene sentido, mi vida ya no tiene sentido". Tanto así que terminó haciéndose pesado y sus amigos le fueron espaciando las visitas. Yo fui el único perseverante. Como vivía en un bloque de apartamentos a las afueras de la ciudad, le aconsejé que saliera a pasear y tratara de distraerse, pero fue un mal consejo. Un domingo por la noche no se presentó a cenar. Dos horas después sus hijos encontraron jirones de ropa y fragmentos de miembros sanguinolentos a lo largo de cien metros de la ferrovía cercana a su casa.

–Debió ser terrible. ¿No te quedó sentimiento de culpa?

–Ninguno. Con mi consejo o sin él, había hecho lo mismo. El momento del suicida es imprevisible pero inminente; nadie llega a tiempo de evitarlo.

–Ahora bien, tu amigo se suicidó porque su vida no tenía sentido. A este respecto tengo dos preguntas: ¿en qué consiste el sentido de la vida? Y otra: ¿es necesario que la vida tenga un sentido?

-El sentido de la vida es un problema que se han inventado los existencialistas. No es necesario que la vida tenga un sentido en sí misma; solo tiene el que tú le quieras dar.

-¿Niegas que las cosas, el universo si quieres, tengan una finalidad?

-De las cuatro causas aristotélicas, la más misteriosa es la final. Conocemos las finalidades funcionales de muchas cosas, pero desconocemos la finalidad de las cosas mismas; sabemos de varias cosas que sirven para vivir, pero no sabemos para qué sirve vivir.

-Parece que te refieras a la angustia existencial.

-Eso es otro invento de los existencialistas. No es la existencia lo que crea angustia sino la subsistencia, es decir, aquello que nos amarga la existencia.

-¿Te tomaste alguna vez en serio las fabulaciones de los existencialistas?

-No. Yo me siento muy cómodo con mi finitud.

–Eres demasiado expeditivo. Se conoce que has llevado una vida tranquila y sin preocupaciones

— Algunas he tenido, pero ninguna tan grave que solo la muerte pudiera resolver.

–Ahora, para ser más exactos, ¿qué significa perder el sentido de la vida?

–Te digo mi opinión prescindiendo de otras más complicadas: la vida pierde sentido cuando todos tus caminos conducen a un dilema en el que ambos términos son fatales.

–En tales extremos, ¿justificas el suicidio?

–A justificarlo, no me atrevo; lo único que puedo es comprenderlo.

¿Qué opinas de los existencialistas que se muestran partidarios del suicidio?

–No conozco a ninguno que proponga esta salida como solución. El que está más cerca de cierto “panegírico suicida” es Camus.

¿Le crees convencido de su panegírico?

–Me acuerdo del bum-bum periodístico en ocasión del accidente en que murió. No pocos creyeron que había querido predicar con el ejemplo, pero lo que técnicamente se demostró fue la muerte por accidente. De hecho, siendo un escritor joven, premio Nobel y en la plenitud de su fama, dudo mucho que se suicidara por motivos filosóficos.

–Sin embargo su "panegírico" queda en la historia del pensamiento.

–Camus dijo muchas frases buenas, pero también algunas vacías, con la sola finalidad de "épater le bourgeois".

–En definitiva, ¿cuál es para ti el filósofo que mejor ha hablado sobre el suicidio?

— El único que habló claramente y sin ambigüedades fue Séneca.

–Precisamente el que predicó con el ejemplo.

–Exacto.

–Eso significa que Séneca recomendaría el suicidio en casos extremos, prescindiendo del estado mental del suicida.

–No solo lo recomienda ante la adversidad presente e invencible, sino también frente a la simple sospecha de fatalidad.

–Pero sus reflexiones resultaron proféticas para él. Yo veo su suicidio como un acto de valentía, aunque debe ser más fácil tomar esta decisión a una edad avanzada como la suya.

– Puesto que todos tenemos que hacer la misma travesía, carece de importancia el hecho de llegar a término antes o después.

–No me convence el argumento.

–Naturalmente que no –te respondería el filósofo-, mientras tu salud sea buena y disfrutes de una vida digna.

- ¿Qué significa para ti vivir dignamente?

-Vivir la vida tuya, no la que te indiquen los demás.

-¿Y si la vida de los demás depende de la mía?

-Si esos "demás" no son los tuyos, lo siento por ellos.

-¿Entonces, ¿en qué consiste, para ti, la solidaridad?

-En enseñar a pescar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

" La Historia cuenta mentiras del pasado; el periodismo, las del presente; la economía, las del futuro."

Pompeyo Ramis Muscato

 

 

Pompeyo Ramis Muscato

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ESCRIURE EN CATALÀ (Con traducción al pie).

Veig que hi ha catalans que escriuen amb una ortografia per anar al foc. S´en disculpen dient que tingueren tota llur formació en castellà. Jo també la vaig tenir, i en condicions encara més severes, car no vaig poder anar a l´escola fins el setembre de 1939, quan estava penat amb multa parlar i escriure en català en actes i escritures públiques. Tant mateix en vaig aprendre tot llegint i fixant-me bé en l´escritura. Us asseguro que això és possible sense escarrassars´hi massa. Si jo vaig poder, per qué vosaltres no? Per l´amor de Déu, que ja fa 45 anys que en Franco és mort! Heu tingut tot el temps per aprendre´n. Fins i tot teniu prempsa en català; llegiu fixant-vos-hi bé!

Us ho diu un català de Girona que és lluny de Catalunya des de 1967. Sols he pogut parlar la meva llengua una vegada cada dos anys, quan encara ens eran possibles els viatjes transatlàntics. Però, des de 2009 el maleït comunisme ens ha fotut els diners i ens ha prohibit la telefonía internacional. Sols ens resta l´internet, molt empipador per manca de voltatje i amb la dificultad afegida de què només tenim entre 7 i 8 hores diàries d´electricitat, les quals, essent rotatives segons els sectors de la ciutat, pot escaure que ens tornin la llum d´avançada nit, quan ja és hora de dormir.

(La meva lectura preferida és les "Memòries" de Josep Mª de Sagarra. (La primera part és una mica llauna, peró tot el demés és apassionant).

TRADUCCIÓN: Veo en estas páginas unos escritos en catalán con una ortografía que es para echar a la hoguera. Se disculpan de ello por haber tenido toda su formación en castellano. Yo también la tuve, pero en condiciones peores, pues no pude ir a la escuela hasta septiembre de 1939, cuando estaba penado con multa hablar y escribir en catalán en actos y documentos públicos. No obstante, aprendí a escribir en catalán leyendo con mucha fijación en la escritura. Os aseguro que eso es posible sin mucho trabajo. Si yo lo conseguí, ¿por qué vosotros no? Por el amor de Dios, ¡que Franco ya murió hace 45 años! Habéis tenido todo el tiempo para aprender a escribir vuestra hermosa lengua. Incluso tenéis prensa en catalán. Leed, pues, y fijaos bien en la escritura. Os lo dice un catalán de Girona que desde 1967 vive lejos de Catalunya. Solo he podido hablar mi lengua una vez cada dos años, cuando aún nos eran posibles los viajes transatlánticos. Pero desde 2009 el maldito comunismo nos quitó el dinero e incluso la telefonía internacional. Solo nos queda internet, muy lento por bajo voltaje, con la dificultad añadida de que solo tenemos entre 7 y 8 horas diarias de electricidad, las cuales, siendo rotativas según las zonas de la ciudad, bien puede ocurrir que nos devuelvan la luz avanzada la noche, cuando hay que ir a dormir.

(Mi lectura catalana preferida es las "Memòries" de Josop Mª de Sagarra. La primera parte es bastante latosa, pero el resto es apasionante).

 

 

7Edgar Alvarez, Araceli Redondo y 5 personas más

 

 

Pompeyo Ramis Muscato

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RESPUESTA A UNA PREGUNTA.

Alguien pregunta en esta página: "Si Dios existe, ¿por qué permite el mal en el mundo?" Hace aproximadamente 1.800 años, hicieron esta pregunta los primeros cristianos ilustrados. Todas las respuestas que se dieron desde entonces son inválidas, porque es imposible entender los planes de Dios. Por tanto no me aventuro a dar una respuesta más, pero sí una explicación indirecta:

En el universo de la causalidad física no existe ni el bien ni el mal en sí mismos; solo percibimos lo que nos agrada y lo que nos desagrada, lo que nos conviene y lo que no nos conviene, lo que nos favorece y lo que nos perjudica, etc. porque si el bien y el mal existiesen realmente, llegaríamos a esta triste conclusión: que Dios estaría pecando continuadamente de omisión y de dejación.

P.D. ¿Le preocupa a Dios lo que nos agrada o desagrada, lo que nos conviene o no nos conviene, lo que nos favorece o nos perjudica? Yo creo que no.

 

17Paco Moro, Angel JM Prada y 15 personas más 19 comentarios

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Pompeyo Ramis Muscato

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MALAVENTURANZAS

Si este mundo fuera un poco más equitativo, las Bienaventuranzas evangélicas deberían tener un correlato a contrario sensu, es decir, unas Malaventuranzas, cuya primera fuese esta:

"Malaventurados los políticos que ahora residen en mansiones de lujo y tienen yate privado, porque más tarde vivirán en una choza y tendrán una patineta".

 

 

 

24Angel JM Prada, Oscar Rivalamus y 22 personas más 8 comentarios

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Pompeyo Ramis Muscato

2tgm8 dSedSandehpr ttjosungiunlsorio na rSlasi 1eaf1:12adr · Compartido con: Público

Son más estables los malos gobiernos que los buenos.

 

30Carlos Marquez Pineda, Angel JM Prada y 28 personas más 13 comentarios

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Pompeyo Ramis Muscato

tl23fiSo fSfdef pjugordtcnliggohd soecarc lgtas ru23:4e5d · Compartido con: Público

UNA ANÈCDOTA PELS CATALANS:

És del canonge Jaume Collell i Bancells, figura molt rellevant de la Renaixença catalana. Un dia va arribar a Vic un famós diputat de Madrid -si no m´erro Vázquez de Mella-, per veure el desenvolupament de les pintures de Sert a la catedral. Va sortir a rebre´l el canonge Collell. Passeijant els dos per la nau central, parlaven d´art i literatura catalana. Tot d´un cop digué el diputat:

-¡Qué lástima, Don Jaime, que teniendo Cataluña un abolengo literario tan rico, el catalán sea una lengua tan poco sonora.

-¿Qué quiere decir su señoría -preguntà el Canonge- con eso de tan poco sonora?

-Que el catalán no tiene la sonoridad del castellano. Figúrese, Don Jaime solo en esta palabra: Guadalajaaara...,Guadalajaaara... Dese cuenta, Don Jaime, qué sonoridd: Guadalajaaara... ; eso no lo tiene el catalán.

Al canonge Collel, que era una mica trabucaire, li pujà la mosca al nas i repongué:

-No crea, su señoría; también en catalán tenemos palabras sonoras; por ejemplo esta: Cagaraaada..., Cagaraaada...

 

 

 

9Bernardo Moncada Cárdenas, Araceli Redondo y 7 personas más 4 comentarios

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Pompeyo Ramis Muscato

et1Spdo9sen de amsoujluordneiidao · Compartido con: Público

Cásate lo más tarde posible, porque el amor es corto y la convivencia larga.

 

Albis Balza

Pompeyo Ramis Muscato

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UFF...QUE BUENO QUE REAPARESISTE POMPEYO.. y que solo hayas sido un victima más del " oscurantismo " en Merida. Pues Te estabamos extrañando. No es saludable perdersele a los amigos ; mucho más en estos tiempos de pandemia , en los que más vale estar pendientes entre nosotros, cuidarnos y estarnos CONTANDO, asi notamos las ausencias para seguir CONTANDO contigo y continúes CONTANDO más fascinantes historias. Abrazos de Bienvenida.

 

 

45Ricardo Jauregui, Angel JM Prada y 43 personas más 14 comentarios

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Leyre Escalante

amg2ttg4mSu gldhmeS julpoio ae dnsnlasusomtrseg h2od2f:17 ·

 

 

Pompeyo Ramis Muscato

(español y venezolano) es filósofo, latinista, escritor, académico, profesor, y autor de grandes obras literarias de filosofía en Venezuela.

A sus 89 años de vida comparte narrativas y fragmentos de su vida a través de su Facebook (a manera de diario personal). En él recrea conversaciones antiguas sostenidas con los personajes de su vida y profundiza filosóficamente sobre ellas. En esta narrativa exquisita, habla sobre el sentido de la vida, los existencialistas, Camus y Séneca.

Tuve la dicha de conocerle cuando apenas era una niña de 8 años, y mi mamá una de sus tesistas de la Maestría en Filosofía.

Gracias profesor Pompeyo por compartirnos sus remembranzas, es un lujo leer a uno de los ilustres de la Universidad de Los Andes.

 

 

 

 

 

Mujer lo es cualquiera que lo sea, pero señora, no.

8Gaston Gutierrez Villalobos, Araceli Redondo y 6 personas más

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Pompeyo Ramis Muscato

t2i cSphoncsosred · Compartido con: Público

Hombre lo es cualquiera que lo sea, pero señor, no.

6Araceli Redondo, Jim Morantes y 4 personas más

 

 

 

 

 

 

Angel JM Prada

Definitivamente, casi nueve décadas vivídas a plenitud, aprendiendo y lo que es más importante: enseñando!

Sus relatos son simplemente "exquisitos"; como el plato de comida que más nos gusta, saciarnos es posible, pero dejar de comerlo, se aleja demasiado de

 

 

 

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MPompeyo Ramis Muscato 2foto Sde Sjpafonsoarfueldilooe · Compartido con: Público

La belleza solo existe en tus ojos, aunque tus ojos sean feos.

27Paco Moro, Angel JM Prada y 25 personas más 5 comentarios

 

 

Pompeyo Ramis Muscato

20a sultSdec jpdrdouneseosnirreod · Compartido con: Público

La peor consecuencia de un ACV no es morirse sino quedar vivo.

 

 

 

Pompeyo Ramis Muscato

2tSra3nSi adged psmtsoainsoryedo · Compartido con: Público

Si odias la matemática, estudia música y serás matemático sin querer.

 

Angel JM Prada Excelente prosa! Exquisito lenguaje!

Inigualable, estimado Profesor!

Pues me declaro uno de sus más fieles "12 apóstoles" Con su permiso, voy a replicarlo en mi biografía...

1Pompeyo Ramis Muscato dl2tSp5g togldnse oabrroSmgiealdi · Compartido con: Público

Al comunismo no le conviene que los ricos desaparezcan, porque si esto sucediera, desaparecería también la clase obrera. Ergo, los gobernantes comunistas no podrían comprarse yates ni mansiones de superlujo.

 

 

16Carlos Marquez Pineda, Angel JM Prada y 14 personas más 3 comentarios

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Pompeyo Ramis Muscato

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Los españoles han cometido la torpeza de dejar entrar en su gobierno a un personaje de intenciones destructivas, sabiendo que su partido ha recibido pingüe subvención de un estado comunista para interrumpir la paz de los ciudadanos probos. Solo los que vivimos en comunismo sabemos lo que significa pasar del bienestar a la pobreza, a la tristeza, a la angustia, a la neurosis, a la depresión, al caos.

 

 

16Paco Moro, Angel JM Prada y 14 personas más 3 comentarios

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Pompeyo Ramis Muscato

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RESPUESTA A UNA PREGUNTA.

Alguien pregunta en esta página: "Si Dios existe, ¿por qué permite el mal en el mundo?" Hace aproximadamente 1.800 años, hicieron esta pregunta los primeros cristianos ilustrados. Todas las respuestas que se dieron desde entonces son inválidas, porque es imposible entender los planes de Dios. Por tanto no me aventuro a dar una respuesta más, pero sí una explicación indirecta:

En el universo de la causalidad física no existe ni el bien ni el mal en sí mismos; solo percibimos lo que nos agrada y lo que nos desagrada, lo que nos conviene y lo que no nos conviene, lo que nos favorece y lo que nos perjudica, etc.

Porque si el bien y el mal existiesen realmente, llegaríamos a esta triste conclusión: que Dios estaría pecando continuadamente de omisión y de dejación.

P.D. ¿Le preocupa a Dios lo que nos agrada o desagrada, lo que nos conviene o no nos conviene, lo que nos favorece o nos perjudica? Yo creo que no.

 

 

Pompeyo Ramis Muscato

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Fui mal estudiante; ahora me "dicen" que fui excelente profesor. No entiendo nada.

 

 

Angel JM Prada

 

No lo dude!

Creo que no existe un exalumno suyo que no se exprese en excelentes términos de usted! Eso habla muy bien de su calidad como Profesor!

 

 

 

 

 

 

Albis Balza

Pompeyo Ramis Muscato

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UFF...QUE BUENO QUE REAPARESISTE POMPEYO.. y que solo hayas sido un victima más del " oscurantismo " en Merida. Pues Te estabamos extrañando. No es saludable perdersele a los amigos ; mucho más en estos tiempos de pandemia , en los que más vale estar pendientes entre nosotros, cuidarnos y estarnos CONTANDO, asi notamos las ausencias para seguir CONTANDO contigo y continúes CONTANDO más fascinantes historias. Abrazos de Bienvenida.

 

 

 

Araceli Redondo

 

Su sabiduría, adquirida en el aula o fuera de ella, ES EVIDENTE, su eterna inquietud y curiosidad, su capacidad asombrosa de comunicar lo que sabe, su adaptabilidad, el saber escuchar, además de transmitir, su "elegancia", su transparencia, su CLARIDAD, su envidiable inteligencia, SU TOLERANCIA... seguiría... LO HACEN UNO DE LOS MEJORES PROFESORES QUE TENGO !!! ¿Lo duda????????????? GRACIAS por seguir

siéndolo !!!

 

 

Rafa Briceño

 

Usted fue una voz distinta dentro de todas las carreras que han crecido pasando en su aula. Una perspectiva pragmática y concienzuda de la pedagogía, que busca ser efectiva en preceptos y aplicaciones en el terreno de lo real. Aún después de 20 años de cursar lamentablemente apenas una materia con usted, su influencia en mi razonamiento en temas de dialéctica, oratoria, filosofía, argumentación y la formación de un criterio coherente son valores que aprecio y agradezco bastante haberlos obtenido de su experiencia y cátedra. Gracias Doctor, gracias maestro.

 

 

 

Antonieta De Di Zio

 

Señor Pompeyo, Albert Einstein fue mal estudiante, y mire cómo lo querían lo alumnos, además, su inteligencia era deslumbrante, usted si es un buen profesor!

 

 

 

Bernardo Moncada Cárdenas

 

Nunca fuimos suficiente, pero no hay que desoír ese tipo de encuesta, aunque la modestia sea sincera

Saludos, todo es relativo. Fuiste excelente, constante y a lo mejor excelente alumno. El profesor y su calificación depende de la calidad y dedicación de los alumnos y su amor al estudio.

Fatima El Fakih Rodriguez

 

Excelente profesor. Filosofía del derecho.

 

 

Yulissa Adrianna Molina

 

De los mejores profesores que he tenido.

 

 

 

Rafael Rattia

 

Mi querido Amigo, su humildad sabia lo hace acreedor de mi más rendida admiración y respeto intelectual. Gran abrazo fraterno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marina Mendez

 

Dr. Pompeyo que maravilla leerlo. Fue fácil acompañarlo en ese periplo académico en Palma de Mallorca. Un abrazo desde " la mitad del mundo"

 

 

 

 

Sergio Muñoz-Lagos

 

Profesor de filosofía y por añadidura, excelente escritor. ¡Salve

! ¡Mis respetos!!!

 

 

Consuelo Pernía

 

Dr. Ramis creamelo que: eres parte de las estrellas que alumbran el fuero interno, de todos ( as) las personas q tenemos la dicha de saber que existes y por ende sigues brillando.

 

 

 

Angel JM Prada

 

  :

"Eres luz y sigues brillando, no te pueden apagar... Eres fuego y sigues ardiendo, no te pueden apagar... No se tapa el Sol con un dedo, no te pueden apagar... Por más que intenten, no te pueden apagar..."

 

 

 

Recuerdo que me pidió responder las preguntas del examen a viva voz, luego de haberlo respondido por escrito; y le sorprendió mi retentiva, pues "declamé" las respuestas como si me hubiese bebido el libro. Veinte años después, le confieso que más que demostrar buena memoria o buscar esos inusuales 20 puntos en su clase, hice un esfuerzo por honrar la excelencia de sus discursos. Tuvo Usted, mi querido profesor, la facultad de iluminar las mentes de sus estudiantes, desarrollando la crítica y la reflexión profunda sobre los temas de la vida humana. En otras palabras, no nos enseñó Derecho ni Filosofía, nos enseñó un modo diferente de pensar. Eso basta para afirmar que fue un excelente profesor. Fue un honor para nosotros haber recibido parte de su invaluable tesoro. Gracias siempre, sobretodo por seguir compartiéndolo, y que Dios le bendiga! Un fuerte abrazo, Pompeyo!

 

 

 

Felipe Montilla

 

Fuí su alumno y fue un excelente profesor, Filosofía del Derecho

 

 

Sergio Muñoz-Lagos

Salve amigo Pompeyo. Grato volver a leer otro más, de tus lúcidos prelúdicos diálogos filosóficos. Pregunto: en la física cuántica actual - según dicen sus expositores pareciera ser que es el Sujeto el que determina " creando " la realidad y no la realidad "determinando" al sujeto cognoscente. Entonces ¿cuáles serían las categorías "kantianas equivalentes"?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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HOMENAJE Al ‘DR. POMPEYO’:

EL Dr. Pompeyo es inquieto pensador y escritor que sabe hilvanar muy bien en sus escritos, que son cuantiosos, ricos y variados en sus contenidos, lo pasado y lo presente, al tiempo que, como buen filósofo, se proyecta a lo más allá de los sentidos, y extrae majestuosamente, cual poeta, musas del devenir como si estuviera adivinando el acontecer de la nueva Humanidad. A mí en particular me encanta su estilo, siempre revestido de lo humano en lo personal y social. A veces en sus cuestionamientos pareciera reflejar amargura en sus entrañas ante el vacío de valores de tantas mentes inescrupulosas y sin conciencia como rigen el destino de los pueblos. Su mente sagaz avizora lo que para otros pasa desapercibido por más títulos honoríficos que posean. No más alguien, que lo desee, puede asomarse a la ventana que él deja abierta siempre en sus páginas de internet y se convencerá de lo que aquí digo. Y tengo la satisfacción y el inmenso orgullo de tenerlo como tal amigo, porque quizás en momentos de mi soledad él fue como el ángel que Dios puso en mi camino para que, acercándose a mí, me brindara confianza y apoyo hasta el día de hoy. Y de esto han transcurrido ya 40 años. Recuerdo que fue en la esquina de ‘la

Torre’, arriba de la Catedral de Mérida, cuando llamándome a atención se acercó a mí y tuvimos el primer encuentro, que ha perdurado, en gracias del Dios Bendito, hasta estos momentos de pronunciarme públicamente para testimoniar de nuestra amistad. Cuando conversamos sabemos unificar criterios, aun en medio de las diferencias lógicas que podamos tener, y me siento reforzado y afianzado en mis pronunciamientos cósmicos que él saber transmutar en su aval filosófico y teológico… De tales conversaciones la Metafísica se nos abre en nuevas perspectivas y búsqueda siempre de ese ‘ente’ que se oculta a tantos ‘sabihondos’ como salpican de pasatiempo y nada más sus discursos de oratoria o del conocido ‘tálamo’, que hoy suele ser digital. Y he presentado también a mi amigo Dr. Pompeyo como ‘teósofo’, porque él bucea por el mar de las relaciones cuánticas en busca de la armonía que se cierne en el ‘Gran Todo Coexistencial’, que representa lo de

‘arriba’ y lo y de ‘abajo’ en interacción de las ‘Fuerzas’ del ‘Poder Oculto’ que todo lo rige y sustenta. ‘Poder’ que en el Mensaje ‘Clave 9’, Palabra 80, se dice:” Y Dios es el Poder y en la armonía de sus fuerzas están los terrícolas con predilección… “. Y mi amigo el Dr. Pompeyo, como buen filósofo rasgas las carnes del ‘ser’ en busca del alma que lo anima y se encuentra cara a cara con la ‘Gran Causa’ de las interrelaciones cósmicas de toda

existencia… ‘Gran Causa’ que es el mismo ‘Poder Oculto’ que los hombres de verdadero criterio científico reconocen como tal, pues no aceptarlo sería caer en el absurdo de los absurdos, algo así como negarse a sí mismo teniendo conciencia de lo que somos.

Así dejo este pequeño ‘homenaje’ a mi ‘buen amigo Dr. Pompeyo Ramis Muscato’, y que el Todopoderoso le siga iluminando para que continúe dando frutos de sabiduría a esta Humanidad que está sumida, como suelo decir, en la ‘caverna de su psiquismo inferior’ y obra sin conciencia y a mer- ced de impulsos, intereses y no menos de maldades… Abrazos, amigo Dr. Pompeyo. Manuel, Profeta de ‘Clave 9’. Con mi slogan de siempre: El hombre es lo que lleva en su mente. Tú vales y mereces mucho más. ¡Pies en tierra!

¡Libertad, Justicia y Amor! Y no quiero pasar por alto lo que un día me dijeras:”Manuel, eso de ‘¡pies en tierra!’ es de alta significa- ción para mí”. Por supuesto que para un filósofo de trascendencia como el Dr. Pompeyo, lo de ‘abajo’ halla resonancia de armonía con lo de ‘arriba’. Y es por ello también que me dijeras:”Cada día Dios se me hace más grande y omnipotente y más maravillosa, única e imponderable y perfecta su obra”.

Manuel.

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