POMPEYO RAMIS M.
PAPELES DE DON VICTORIANO
SUMARIO
PRIMERA PARTE SEGUNDA PARTE
CONVERSACIONES CON DON VICTORIANO PAPELES
DE DON VICTORIANO
1.- Don Victoriano
31.- El maletín de Don Victoriano
2.- Profesores y comentaristas 32.- Muerte
de mi padre
3.- Filosofía y ciencia
33.- Pujolàs y Can Sala
4.- Cabos sueltos
34.- Decepciones
5.- Síndrome de lectura difícil 35.- El ingreso
6.- Filosofía barata
36.- Clases y profesores
7.- Intelectualismo y voluntarismo 37.- La libreta negra
8.- Libertad y libre albedrío 38.- Monotonía
9.- Individuo y persona 39.- Tres años de filosofía
10.- Verdades absolutas y relativas 40.- Cuatro años de teología
11.- Indiferencia moral del acontecer 41.- Casuística moral
12.- Providencialismo
histórico 42.- En Roma
13.- Determinismo histórico 43.- En la
Gregoriana
14.- Positivismo histórico 44.- Libertad ilusoria
15.- Incógnita de la razón histórica 45.-
Arrivederci, Roma
16.- Responsabilidad histórica 46.- Experiencia del conocimiento
17.- Justicia y derecho. 47.-
Experiencia de la duda
18.- Cabos sueltos sobre la democracia 48.- Experiencia del error
19.- Conciencia jurídica 49.-
Lo inalcanzable
20.- La vejez
50.- Amor y contrato
21.- Meditación
51.- Refugio en la memoria
22.- Objeto y fin de la meditación 52.- Bartolomé Xiberta
23.- Sentido crítico natural 53.- Juan David García Bacca
24.- ¿Felices o contentos? 54.- César Ribas Illueca
25.- Sentido de la vida 55.- Recuerdos de un colegio
26.- Eutanasia
56.- El hombre de las cabras.
27.- Uxoricidio
57.- Seductores y seducidos
28.- Pasados y futuribles 58.-
Diálogo apresurado
29.- La belleza 59.- Luz amarilla
30.- Fin del mundo
60.- Santa María de
Finestres
PRIMERA A PARTE
CONVERSACIONES CON DON VICTORIANO
1
DON
VICTORIANO
En la
recta final de mi vida remonto mi memoria más allá de medio siglo, espigando
recuerdos del pasado.
Cada día
entiendo más y cada día entiendo menos. Entiendo más, porque mucho de lo que
antes no comprendía lo comprendo ahora; y entiendo menos porque lo que antes me
parecía claro hora lo veo problemático. A mis veinticinco años era un estúpido Torquemada que condenaba sumariamente todo
cuanto se salía de regla; ahora en cambio lo disculpo todo. Atribuyo
este fenómeno al hecho de que ahora veo en carne propia
cómo yo y todo lo que me concierne, es “un río que va a
parar a la mar”.
Uno de
los principales recuerdos que me sale al paso es un ciclo de conferencias al que asistí en un Centro Cultural de
Terrassa. Era costumbre de aquella institución convocar todos los años a unas
charlas sobre diversos temas para los interesados en revestir un barniz de cultura universal. Las de
aquel año versaron sobre temas filosóficos; y como yo aspiraba a graduarme en filosofía, solicité licencia para
asistir en calidad de oyente.
El
conferenciante habitual de todos los años era don Victoriano Martínez Grande,
extremeño natural de Villanueva de la Serena. Aquellas conferencias eran de un
sopor invencible. Hablaba mirando al vacío por encima de las gafas, fingiendo
no darse cuenta de que casi la mitad del anfiteatro dormitaba. Creo que era muy consciente de su deficiencia dialéctica y que por eso no se esforzaba en buscar trucos
efectistas, que le habrían sentado muy mal. Esta condición deslucía
la claridad y precisión de sus exposiciones, que sólo se apreciaban combatiendo
la somnolencia. Su discurso combinaba perfectamente con su indumentaria; vestía
siempre el mismo traje gris-oscuro.
Quizá dos veces al año cambiaba de corbata.
Era un
personaje de estatura media tirando a alta, retraído, impreciso, difícil de
definir, en contraste con su discurso cartesianamente claro y preciso. Sin
embargo, tenía para algunos oyentes algo de interesante que no sé cómo definir.
Era
autor de algunos libros y ensayos, la mayoría de ellos compendios de sus clases,
que nadie leía excepto sus alumnos en vigilias de examen. Tenía fama de saber
varios idiomas, y era cierto, aunque muchos lo comentaban con insinuación
burlona. Un estudiante guasón le preguntó:
–Profesor,
¿cuántas lenguas habla usted?
–Hombre…
-respondió ignorando la impertinencia-, eso es como preguntarle la edad a una
señora.
Pasados
muchos años, ya en tardía madurez, encontré a don Victoriano en un centro
comercial. Aunque muy anciano y reducido de tamaño, todavía mostraba un aspecto
saludable y cierta agilidad de movimientos. Con entusiasmo me acerqué a él,
aunque con poca esperanza de ser correspondido. Pero me equivoqué de polo a
polo, porque al evocarle aquellos tiempos con el consabido toque erudito de o tempora, o mores!, pareció revivir. El
viejo profesor era un hombre nuevo; antes, misántropo y retraído, ahora deseaba
comunicarse. Dentro de la normalidad y prescindiendo de estados de ánimo, hay
taciturnos que lo son porque no tienen nada que decir y otros porque no tienen
a quien decírselo. De estos últimos era probablemente don Victoriano. Por esos
misterios de la psicología y la biología, aquel buen hombre pasó toda su vida
dando una falsa imagen de sí mismo.
Nos sentamos en un bar y proseguimos la conversación, que se prologó
mucho más de lo que yo esperaba. Me sentía incómodo porque no le adivinaba
intenciones de interrumpirla. Al fin convinimos en que nos reuniríamos algunos
sábados y nos dimos mutuamente las direcciones y números telefónicos. Don
Victoriano no usaba teléfono móvil y solo muy tarde se atrevió con el
ordenador, donde solo quiso aprender lo indispensable para escribir sus
artículos y apuntes de clase.
En pocas palabras me resumió toda su vida. Hacía cinco años que había
enviudado y su única hija ya tenía la vida organizada.
- Los hijos son siempre nuestros, pero no nos pertenecen.
Tenía su casa en una alegre explanada entre Terrassa y Matadepera. Vivía
holgadamente de su pensión más una modesta renta de sus ahorros. Una voluminosa
haitiana le asistía y cuidaba de la limpieza y gastronomía de la casa.
–Es un poco gruñona, pero muy eficiente; hace más de veinte años que la
tengo y todo funciona bien gracias a ella.
La jubilación no le ocasionó al maestro ninguno de esos desajustes que,
según dicen, suelen padecer quienes por edad o enfermedad tienen que retirarse
del trabajo.
–En nada me afectó el síndrome del jubilado aburrido. Lo aburrido era
tener que dar clase cada día.
De hecho tenía todo el tiempo para sus principales aficiones: leer y
pasear. Para esto último disponía de bellos parajes tanto bucólicos como
agrestes. Lo único que le incomodaba en tiempos fríos eran las cortantes
ráfagas que se cruzan entre las cercanas montañas de San Lorenzo y Montserrat.
No me castigó con la acostumbrada tabarra de achaques, médicos y medicinas.
Cuando le pregunté por su salud se limitó a responderme que se sentía muy bien
a pesar de estar apuntalado por todos costados.
En las siguientes páginas trataré coordinar los apuntes de aquellas
conversaciones que fui tomando en papeles sueltos, sin pretensiones literarias
ni mucho menos académicas.
2
PROFESORES Y COMENTARISTAS.
Pasada una semana del encuentro recibí una llamada suya invitándome a
conversar en su casa. Él mismo me abrió la puerta al sentir que el perro
anunciaba mi llegada. Nos acomodamos en una luminosa estancia, la que en
adelante sería el lugar de nuestras tertulias. Al poco rato apareció la
haitiana con una bandeja repleta de exquisiteces. El maestro no era tacaño, y
durante los diálogos menudeaban caprichos gastronómicos acompañados de un
brillante Blanc de Blancs, su vino
preferido.
Aunque nos distanciaba una edad de más de veinticinco años, exigió que
nos tuteáramos.
–Déjate de ceremonias -dijo-; a medida que envejecemos se van acortando
las diferencias generacionales.
Desde aquel día fuimos como colegas dispuestos a discutir de lo humano y
de lo divino, e incluso de lo demasiado humano. Libres de máscaras
pontificábamos sobre todos los temas desde los más serios hasta los más
frívolos. Pero dado mi interés por la filosofía, esta era la que ocupaba la
mayor parte del tiempo.
–Ayer mismo -le dije apenas nos habíamos sentado- estuve conversando con
un grupo de filósofos en el Ateneo Barcelonés. Salí muy defraudado porque allí
se habló de todo menos de filosofía.
–¿Y eso te extraña? -preguntó.
–Sí, un poco, porque se espera que entre colegas haya algún intercambio
sobre cuestiones del oficio. Cuando en mis tiempos de estudiante me juntaba con
la gente de filosofía, nuestras conversaciones eran mucho más selectivas.
Sentados en cualquier bar de las Ramblas frente a una botella de vino peleón,
discutíamos sobre impertinencias filosóficas e intercambiábamos admiraciones o
críticas a los grandes personajes de la intelectualidad. Qué delicia de
tertulias. Aquellos tiempos ya no volverán.
–No te pongas nostálgico, porque si a recordar nos ponemos, yo no
termino el recuento hasta la madrugada. Amamos los tiempos pasados no porque
fueran mejores sino porque eran los nuestros. No hay que adular tanto a las
figuras de la intelectualidad porque ellas también producen materia desechable.
A los personajes eminentes hay que verlos un poco de lejos, como el cine y el
teatro, porque en la mayoría de ellos también hay cierta pose teatral. Se les
da un trato especial como profesores invitados, pero a condición de que no
prolonguen demasiado su visita.
Pensando en el poco aprecio en que se tenían los libros de don
Victoriano, quise poner mi punto de moral justiciera.
–Yo no entiendo cómo puede haber tanta mezquindad en ambientes
universitarios, y que tenga que ser precisamente entre filósofos.
–Amigo mío, somos hombres y no ángeles. Hace algunos años escuché en el
Ateneo de Madrid una conferencia de Dámaso Alonso. Durante la tertulia que
siguió después le oí lamentarse de que donde más abundaba esa ruindad era
precisamente en los recintos más nobles, como los conventos y universidades.
¿No será la envidia el pecado capital de los círculos intelectuales?
Don Victoriano me cortó en seco.
–¡Cuidado con la envidia! Porque depende de cuál sea el objeto
envidiado. La sana envidia de las obras buenas es un sentimiento noble y hasta
puede ser un estimulante para espíritus perezosos. Pero envidiar a un colega
por haber publicado unas páginas de obviedades y comentarios de segunda mano,
es tener muy magra la capacidad de envidiar.
Diciendo esto, no creo que el maestro pensara en la poca estima en que
se tenían sus libros; pero no pude menos de recordar el desplante con que me
respondió treinta años atrás cuando le pregunté por sus escritos. “Yo no hablo
de mis arrepentimientos” -me respondió. “Si no le parecen buenos, ¿por qué los
publica”? –repliqué-. “No soy yo quien los publica; otros lo hacen para que los
que dormitan durante mis clases tengan un lugar fijo donde preparar sus
exámenes”.
Aquel incidente después de treinta años me vino a cuento para hablarle
de la abundancia de comentaristas universitarios que tratan de publicar algo.
Cabeceó por unos segundos antes de responderme:
–Una de las peores tentaciones de los profesores es la de escribir un
libro; al que le acomete este empeño no hay que lo detenga.
–Pero ¿no piensas que estos intentos también tienen su mérito, aunque
sea por el esfuerzo…?
Don Victoriano volvió a cortarme:
–No confundas el culo con las témporas. Un escritor es meritorio por la
obra buena que produce, no por el sudor que le haya costado. Aunque Cervantes
hable de las “vigilias” que le costó Don Quijote, no es por esto por lo que su
libro vale. Pero si una obra es mala, nada merece su autor, por mucho que le
haya costado.
Evidentemente, el maestro tenía razón, pero insistí en saber qué pensaba
de la profusión de publicaciones de profesores universitarios comentaristas de
textos.
–En pocas palabras te lo diré. Hay tres clases de comentaristas: en la
ínfima están los que con reverente fidelidad repiten a sus autores; en la
siguiente, los que clarifican su pensamiento y descubren en él aspectos nuevos
objetivamente deducibles de su texto; estos son los que saben leer entre líneas
el pensamiento de los autores. En el tercer grupo pongo a los grandes
sintetizadores que ensanchan los horizontes del pensamiento. Quizá te agregaría
un cuarto rango que yo no recomiendo: el de ciertos historiadores de la
filosofía que han hecho una asimilación tan personal de sus autores, que el
lector no sabe de quién es la teoría que está leyendo: si del autor o del historiador.
Más por curiosidad que por interés, pregunté a don Victoriano cuáles
eran para él las mejores historias de la filosofía.
–No estoy seguro -respondió evasivo-; yo me he servido de muchas y no
encontré ninguna que me pareciera la mejor, aunque sí podría hablarte de algunas
peores.
-Pero si te has servido de algunas, tal vez puedes decirme cómo son las
que más se acercan a tu desiderátum.
-Serían las que con mayor claridad explicaran el pensamiento de cada
autor y supieran hacer buenas síntesis de las tendencias de cada época. Pero no
es posible encontrar una obra de esta calidad porque los historiadores del
pensamiento suelen tener sus preferencias. ¿Cómo podrías fiarte de la historia
de la filosofía escrita por un marxista obcecado o por cualquier otro fanático?
–A propósito de tu observación tan comedida, ¿en qué rango colocarías a
los buenos profesores de filosofía?
–En uno de los más altos -respondió de inmediato-. Su labor es tan
importante como la de los mejores comentaristas. El profesor es responsable de
que el estudiante sienta interés por la materia, y la entienda. Quien sabe
exponer el pensamiento de un autor con claridad y además con brillantez,
significa que ha hecho una buena digestión de sus lecturas. Un maestro de esta
categoría vale tanto como el mejor de los comentaristas, porque lo primero que
interesa respecto a un gran filósofo es saber y entender lo que realmente dijo,
tener una noción clara de su doctrina. Los grandes pensadores que se
distinguieron a pesar de la complicación de su lenguaje no gozarían de tanto
aprecio sin el favor de los buenos expositores que los entendieron y los
hicieron entender.
–Estás tocando lo más sensible del tema: el mal recuerdo que la mayoría
de los profesionales guarda de las clases de filosofía, tanto del bachillerato
como de la universidad.
Yo sabía que estaba mentando la soga en casa del ahorcado y esperé la
respuesta estoicamente.
–Te entiendo -dijo con sonrisa maliciosa-. El aburrimiento del alumno es
el referente a contrario de lo que debería ser un buen profesor. Precisamente
mi poca capacidad dialéctica para despertar interés es lo que me hace admirar a
los que la tienen. Siempre he creído que las dificultades de los estudiantes
vienen más del profesor que de las asignaturas…
–¿Sabes qué haría yo -interrumpí- si el problema estuviese en mis manos?
Impondría que los aspirantes a la docencia cursaran durante seis meses o un año
una materia que yo llamaría “Teoría y técnica de la exposición profesoral”.
Porque está visto que la pura acumulación de conocimientos no garantiza la
capacidad de enseñarlos. Se trataría, en fin, de convertir a los profesores en
técnicos de la exposición. El engaño a que nos someten hoy día está en que las
oposiciones suelen ganarlas quienes saben más, y sólo porque saben más. El
estudio de técnicas expositivas sería especialmente útil en aquellas
disciplinas que son objetivamente más dificultosas. El repudio de tantos
estudiantes hacia la filosofía o la matemática sería mucho menor con buenas
técnicas expositivas.
Don Victoriano se puso dubitativo, reposó por unos segundos la cabeza
sobre el respaldo y dijo:
–Lo dudo bastante. Lo que sí me parece admisible es que un buen profesor
es siempre un buen expositor, y creo que también vale al revés. Pero con un
curso de técnica expositiva no sería mucho lo que se ganaría; tal vez
mejorarían los buenos, pero nunca los malos, porque la habilidad expositiva no
la enseña Salamanca sino la Naturaleza.
Para quien carece de lenguaje fácil y buena dialéctica, de nada le
valdrán los cursos preparativos. Es como pretender que un tartamudo aprenda
oratoria. Si un maestro carece de lenguaje expedito, serán difíciles
cualesquiera materias que explique.
Don Victoriano, queriendo o sin querer, acababa de hacer una crítica
objetiva de su estilo profesoral.
-Me gusta tu observación-le dije-; sin embargo quiero ser positivamente
sincero contigo. El recuerdo que tus buenos alumnos guardamos no está
desfigurado por tu estilo de exponer. Sin ser tú un buen dialéctico, nos dabas
una noticia clara del pensamiento de los autores que, como tú mismo dices, es
la meta principal del profesor. Además, no sólo nos enseñabas filosofía sino
también a filosofar. Solías terminar tus clases con una crítica en torno al
pensamiento de cada autor. Si esto no lo captaba la mayor parte del auditorio,
no era sólo por tu cortedad dialéctica, sino principalmente por la frivolidad
típica del estudiante que asiste a una materia que no le interesa. Sin embargo,
estoy seguro de que a la distancia del tiempo habrá mejorado en ellos el
recuerdo que les dejaste. Lo que ocurre es que los estudiantes en general son
partidarios del minimalismo aun en las asignaturas propias de su carrera. Lo
que les preocupa no es tanto aprender
cuanto recibir el título y entrar lo antes posible en el mercado de
trabajo.
Confieso que quedé satisfecho de mi pequeño discurso, y ya estaba
dispuesto a introducir otro tema cuando me di cuenta de que la haitiana, con su
ir y venir, estaba dando muestras de impaciencia. Nos despedimos casi a
medianoche.
Regresando a mi casa por la recta arbolada que llega hasta Terrassa,
tenía la impresión de que mi coche corría más de la cuenta, pero también era
consciente de llevar unos tragos de más. El sabor que me dejó aquella tertulia
era como el que se siente al levantarse del diván de un buen psiquiatra.
Lástima que aquellas charlas duraran menos de lo que yo esperaba. Todos tenemos
un lado flaco por donde desfallecemos, pero los ochenta y seis años de don
Victoriano no eran para adivinar un futuro optimista, aun habida cuenta de la
buena salud de que gozaba.
Quince días después llegué a la siguiente cita dispuesto a introducirle
una cuestión punzante:
–A veces el vulgo hace preguntas comprometedoras. Por ejemplo: ¿qué le
responderías a cualquiera que te preguntara qué es la filosofía, y para qué sirve?
–El maestro alzó las cejas y quedó dubitativo.
-Esta pregunta me la han hecho muchas veces, pero nunca pude dar una
respuesta convincente, ni siquiera para mí mismo. Una vez me la hizo mi
mecánico; y yo, creyéndolo incapaz de entender ninguna explicación, le respondí
que la filosofía no servía para nada. En seguida el muy pícaro me dijo: “Pero
usted vive de la filosofía, ¿no?”. Como me vio caído en la trampa, enseguida me
asestó el golpe:
– ¿Entonces por qué dice que no sirve para nada?
–Un buen argumento ad hominem.
–Y una buena lección de humildad. Nunca hay que despreciar una pregunta
por venir de quien viene. Si alguien me la volviese a hacer ahora, me saldrían
las mismas respuestas insulsas a que estamos acostumbrados: enseñar a pensar,
ver más allá de las apariencias, preguntarse el porqué de las cosas, etc. Otros
repetirán las consabidas respuestas de los Estoicos: acomodarse a la
naturaleza, aceptar el curso de los sucesos… Yo digo que es la ciencia de los
primeros principios y últimas causas. Como supuse que mi mecánico no podía
entender ninguna de estas razones, creí salir del compromiso con aquel
desplante. Nos cuesta ser humildes, aun a sabiendas de las razones que tenemos
para serlo.
–El desplante que le hiciste a tu mecánico se volvió contra ti porque él
tenía una visión del mundo mucho más realista que la tuya. Mientras miraba tu
automóvil y pensaba en lo poco tacaño que eras en pedirle revisiones y
reparaciones, se dio cuenta de que tu respuesta no cuadraba con la realidad. Es
decir, que cuando te hizo la pregunta él ya entendía que la filosofía debía
servir para algo. Las definiciones que hemos mencionado serían válidas para
cualquier ciudadano de a pie si se pudieran explicar bien; pero para ello se
requeriría un largo sermón que muy pocos resistirían.
Después de una pausa, el maestro me preguntó con cierto tono retador:
–Y tú, ¿tienes alguna idea de lo que es filosofía?
–A veces creo que la tengo y a veces no.
—Y cuando la tienes, ¿has tratado de escribirla?
–Sí, pero inútilmente; escribo y reescribo, corrijo y vuelvo a corregir
para terminar repitiendo las mismas definiciones que ya sabemos.
–Es que no hay otras. Lo difícil es decidirse por una sola. Todo depende
de la epistemología en que te sitúes. Hay tantas sentencias como cabezas. Personalmente,
las doy todas por aceptables, pero no pongo la mano en el fuego por ninguna.
–¿Y qué dices de los opúsculos aparecidos bajo el título de ¿Qué es
filosofía? Si quieres te cito nombres…
–No es necesario -interrumpió-. Cada uno tendrá su valor; lo imposible
es hallar una idea de filosofía que complazca a todos.
–Pero ¿cómo se concibe que después de casi tres milenios de literatura
filosófica aún no se sepa en qué consiste el oficio del filósofo?
–Si vamos a preguntas radicales y nos remontamos a orígenes
inasequibles, encontraremos el mismo problema en todas las ciencias; pero en la
filosofía hay uno que es el más radical: la falta de un objeto fijo de
conocimiento.
– ¿Es decir?
— Me explico. Todas las ciencias tienen aspectos concretos en que fijar la
observación, mientras que la filosofía tiene que trabajar con entelequias. Este
es el punto difícil. Cuanto más inmaterial es el objeto de un saber, más
difícil resulta despertar interés por él. Por eso la primera condición de un
profesor de filosofía es lograr que sus oyentes le escuchen.
–Entonces habrá que volver al tema de la calidad de los profesores.
–Ni más ni menos. Ser buen profesor de materias teóricas implica saber
indicar con precisión dónde está la cuestión a resolver. Si el docente logra que
el alumno la vea, ya tiene hecha la mitad de su labor. Pero si el que escucha
continúa sin saber de dónde vienen las cosas, su desinterés seguirá en aumento.
En filosofía, lo mismo que en matemática, el punto pedagógico está en hacer ver
dónde está la cuestión a resolver.
Pero en filosofía se añade la dificultad del lenguaje; solemos abundar
en términos cuyo sentido y significado no han sido fijados de antemano. Ser,
ente, sustancia, categoría y muchos otros conceptos no deberían emplearse sin
antes advertir a qué sistema de pensamiento los referimos.
–Siempre tropezamos con lo mismo: empezar por el principio.
–Exacto. ¿Cómo lograr que se entienda el problema que plantea Kant sin
empezar por Descartes y quienes le sucedieron, sobre todo Locke y Hume? Hoy vemos
que
introducen al estudiante en el pensamiento de Hegel, o de Heidegger, sin
hacer cuenta de los antecedentes. Detrás de la doctrina de Heidegger hay dos
mil quinientos años de pensamiento; ningún pensador forja su doctrina sin que
dependa de las anteriores, ya sea para continuarlas, corregirlas,
contradecirlas y hasta si quieres, negarlas. La filosofía es la más conectiva
de todas las ciencias.
Reconozco que en sus clases el maestro predicaba con el ejemplo: nunca
iniciaba la explicación de un pensamiento sin colocarnos en el horizonte del
anterior. No faltaba el impertinente que comentara a los de su entorno: “Otra
vez con la misma canción de ayer”.
Pero ahora me interesaba otro aspecto: desde la tercera década del siglo XIX,
las ciencias positivas han ido desplazando a la filosofía hasta el punto de que
algunos le niegan la calidad de ciencia. ¿Qué ha pasado?
3
FILOSOFÍA Y CIENCIA
El profesor de metodología que tuve durante la carrera afirmaba con
frecuencia que ningún trabajo académico tiene categoría científica si no versa
sobre objetos de experiencia y experimentación.
–Si las cosas son así -dije- veo un porvenir cada vez más declinante
para la filosofía, pues las ciencias avanzan a una velocidad tal que la
filosofía irá siempre a rezago.
–Tal vez exageras –repuso don Victoriano-; sin embargo renuevas un punto
que ya hemos tocado: la determinación del objeto. Los filósofos anteriores a
Kant no fueron muy conscientes de esta cuestión. Sólo desde que Kant hizo la
pregunta sobre qué es lo que realmente podemos conocer, nos dimos cuenta de la
diferencia que existe entre investigar sobre un objeto real y especular con
entelequias.
–¿Será, entonces, que la debilidad de la filosofía empieza en siglo
XVIII, a pesar de ser el siglo de Kant?
–Paradójicamente parece que sí, tal vez debido a que los adelantos
científicos ya estaban en marcha, sobre todo en el campo de la Física. Pero
también hay que contar con el proceso de secularización. Si anteriormente se
notaba menos en la filosofía el problema de la determinación del objeto, fue
debido a que la Teología todavía figuraba como reina de las ciencias, con el
“ancilaje” de la filosofía. Acuérdate del lugar que esta tenía en la Edad
Media: philosophia, ancilla theologiae.
Como la filosofía era la “criada” de la teología, los teólogos tenían que
hacerse primero filósofos.
–Pero si no entiendo mal, la filosofía y la teología nunca convivieron
en perfecta paz.
–Precisamente en esto radicaba la paradoja: en que la teología
necesitaba de la filosofía como soporte racional. No se podía entrar a estudiar
teología sin unas buenas credenciales filosóficas. De hecho, la mitad de la
teología no es más que una continuación de varias filosofías, no solo de la
Escolástica. Por otra parte, y habida cuenta del proceso de secularización, las
facultades de filosofía y de teología han ido declinando inversamente al
crecimiento de las ciencias positivas y en paralelo al decaimiento del poder
temporal de la Iglesia. A la vez que los Estados Pontificios se han ido
reduciendo, el ”reinado” de la Teología ha perdido majestad; como ya no es la
reina de las ciencias, la filosofía ha dejado de ser ancilla theologiae para convertirse en ancilla scientiarum. Pero las ciencias no necesitan tanto de sus
servicios como los requiere la teología. Por eso los filósofos han tenido que
refugiarse en la filosofía analítica, en la epistemología y en las diversas
tendencias filosóficas neopositivistas. Si la filosofía de hoy quiere ocupar un
puesto digno en la escala del saber, debe atender a estas señales que los
tiempos le envían.
Los dos quedamos en silencio. Me pareció ver una sombra de pesimismo en
don Victoriano. Hizo un gesto como queriendo reanudar el tema, pero en su lugar
tomó la botella, rellenó las copas y dijo:
–Aquí se habla mucho, pero no se come ni se bebe.
La haitiana nos tenía preparada una merienda que valía por toda una cena
de juegos florales. Recordando, al parecer, viejas bagatelas, dijo de pronto el
maestro con sorna:
-¿Qué, todavía te preocupa aquello de que filosofando no se gana un
duro?
–Hombre… un buen catalán tiene que pensar en “la pela”. Pero, bromas
aparte, nunca conté con la posibilidad de vivir de la filosofía. En este mundo
de feroces competencias soy un rentista privilegiado. Pero insistiendo en lo
pragmático, pienso que el estudiante de hoy debe hacer sus cálculos antes de
inscribirse en una facultad. Ya sé que con carrera o sin ella, cada uno se
busca la vida según las ocasiones; pero el hecho es que todo el mundo cree
mejorar su calidad de vida con un título universitario económicamente
prometedor. Y la filosofía… ya sabes.
–Lo sé, pero a pesar de todo, el que tiene vocación de filósofo ya da
por descontado que no va para magnate. Por eso los aspirantes son pocos.
–Lo cual me parece una ventaja porque con grupos pequeños se trabaja
mejor. Esos grandes anfiteatros con cabida de dos o trescientos alumnos siempre
me han dado mala espina.
–Eso es según se mire. Tal vez es verdad que en materias prácticas se
trabaja mejor con poca gente, pero en un aula donde no hay que hacer más que
oír al profesor, no importa que los alumnos sean doscientos o quinientos.
Incluso creo que es mejor que haya multitud, pues todo profesor procura dar lo
mejor de sí cuando tiene mucho público pendiente de su palabra. Si fueran
posibles unas escuelas de filosofía numerosas, mejoraría su calidad académica.
En cambio, con grupos pequeños la organización se vuelve doméstica.
–¿Quieres decir que en lo académico la cantidad hace la calidad?
–En buena medida, sí. Cuanto mayor es el grupo ante el cual hay de
responder, la institución responderá también. Nos guiamos por ley de
probabilidad: si buscas a un individuo de calidad, es más probable que lo encuentres
en un grupo de cien que en uno de diez. Cantidad y calidad son dos accidentes
inseparables del sujeto, pero la cantidad es la que manda: es la materia prima
de la calidad. Actualmente, los filósofos notables son pocos porque los
aspirantes también son pocos. Ya no tienen sentido las grandes controversias de
otros tiempos, como las había entre nominalistas y realistas, tomistas y
escotistas, etc. Ahora no hay controversias filosóficas porque no hay
suficiente personal para conformar dos bandos. Si la filosofía fuera una
carrera de mucha
demanda, seguramente habría muchos más filósofos de notoriedad, como
ocurría cuando la filosofía se estudiaba con miras a la teología. En tiempos de
Abelardo, por ejemplo.
–Viéndolo así, sucede lo mismo en las instituciones: una de pocos
miembros será siempre mediocre. ¿Por qué los jesuitas son tan poderosos y
cuentan con grandes celebridades?
–Exactamente por eso: porque son muchos.
–Si las cosas son realmente así, veo muy negro el porvenir de la
filosofía.
–Pero sobrevivirá; los aspirantes a filósofos seguirán aproximadamente
en el mismo número que han sido a partir del siglo XX. La filosofía no se
extinguirá nunca porque filosofar es el acto primero de la humanidad pensante.
Aunque haya científicos que subestimen la filosofía, ellos también filosofan
sin querer. Podrán tener éxitos deslumbrantes, pero siempre tropezarán con
preguntas ulteriores que no pueden
responder sin salirse de su campo de investigación. Esas son las
preguntas que cual residuo de las ciencias, quedan en manos de los filósofos.
Me persistió en la mente esta última observación, sobre todo recordando
que don Victoriano siempre ha reclamado que las escuelas de filosofía deberían
estar en las facultades de ciencias.
–Reflexionando sobre este punto –dije- es muy comprensible que el vulgo
piense que las Facultades de Filosofía y Letras son buenas para que allí
estudien los pobres listos y los ricos torpes.
–Frases como esta hay que valorarlas según quién las dice y el estado de
ánimo con que las dice. Todas las ciencias tienen unas dificultades añadidas
por la indolencia e impericia de estudiantes y profesores. Es cierto que hay
más complejidad en el estudio de los objetos físicos que en el de las ideas
puras, pero todas las ciencias, las puras y las aplicadas, tienen la misma
calidad académica cuando se cultivan a nivel superior.
-Sin embargo sigue siendo un hecho la subestimación de la filosofía por
parte de muchos científicos.
-Peor es aún la forma como algunos filósofos se defienden de la supuesta
subestima, apelando a la consabida deshumanización de ciencia. ¡Vaya!, como si
la ciencia pudiera desligarse del hombre que la hace. Otros, más necios
todavía, añaden que la búsqueda de la verdad es más importante que el progreso
científico-técnico. Si fuera posible que mi consejo llegara a todos los
filósofos, les daría solo este: déjense de complejos y hagan su trabajo. Las
universidades no tienen ninguna verdad que buscar; ya es mucho si llegan a
formular hipótesis bien fundamentadas. Cada facultad hace las investigaciones
que le competen, pero ninguna trabaja bajo la inquietud de la pregunta por la
verdad. La investigación científica y filosófica no es ninguna religión.
Nuestros tiempos no son buenos para apoltronar las mentes en los dogmas
–Pero con todo, el filósofo no se escapa del menosprecio mientras haya
tantos científicos que miran la filosofía como un mero pasatiempo en el que no
vale la pena consumir neuronas. Varios científicos a quienes he planteado
problemas filosóficos me han respondido sarcásticamente: “Oye, ¿y estas cosas
también se estudian?” En una ocasión vino al Ateneo Barcelonés un biólogo para
darnos una conferencia sobre el origen de la vida. Como era inevitable, alguien
le preguntó si había un principio vital al que se le pudiese llamar alma; a lo
que respondió despectivamente: “Esta cuestión se la dejo a los poetas”.
–Hay científicos que piensan así, pero no creo que sean muchos. Sospecho
que esa confusión se debe a la reforma napoleónica de las universidades. Desde
que se crearon las Facultades de Filosofía y Letras, ambas se han barajado en
una urna común con el nombre de Humanidades, como si existiera alguna ciencia
que no fuese del hombre y para el hombre. Por desgracia, los técnicos en
organigramas académicos no se percataron de la barbaridad que supone poner la
filosofía en el género de las letras. Por eso yo siempre he dicho que, para
resolver este malentendido, habría que colocar las Escuelas de Filosofía en las
Facultades de Ciencias.
4
CABOS SUELTOS DE FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN.
Don Victoriano me dice que el principal objeto de educación no es el
entendimiento sino la voluntad.
-Dado que así sea -repliqué- ¿qué aspecto de la voluntad habría que
educar?
-La voluntad como libre albedrío. Lo que comúnmente llamamos “formación”
implica los dos aspectos: extensión del conocimiento y orientación de la
voluntad. Ambas potencias conscientes son nuestro distintivo dentro del reino
animal. Según las formemos y eduquemos, tendremos ciudadanos probos, inútiles o
malvados.
–Suena muy bien lo que dices, pero todo el problema recae sobre la
voluntad; lo que es solo enseñar, cualquier maestro lo hace.
- Una buena parte de la educación volitiva, por no decir la mayor, debe
venir de la familia; es aquí donde radica el gran problema. Es poco lo que
pueden hacer los maestros, pues su responsabilidad termina cuando se cierran
las puertas del colegio hasta el día siguiente, o hasta la reapertura tras unas
vacaciones. Así que el control de los hijos recae casi todo sobre los padres.
Pero como las familias no tienen tiempo ni capacidad para educar a los hijos,
no hay más opción que confiar este quehacer a los colegios mercenarios. Ahora
bien, dado que el conflicto entre de generaciones es inevitable, los chicos,
“educarán” su libertad ellos solos y a su manera. Pero mucho antes de lo creen
llegarán a ser padres de familia, con la posibilidad de soportar de sus hijos
las mismas insolencias con que ellos mortificaron a sus padres.
-Eso está claro por secular experiencia, pero ahora me gustaría saber de
qué se lamentan los llamados “pedagogos de la liberación” ¿Qué es lo que ven en
la escuela y en la sociedad que restrinja la libertad de los niños, que nunca
la habían tenido tan amplia como hoy? Hay pedagogos que hablan de la educación
sin escuelas, de que al niño debe permitírsele cualquier espontaneidad, incluso
destruir objetos, porque así -dicen ellos- desarrollan su espíritu de
iniciativa y creatividad.
–Vuelvo a lo que tantas veces repito: se trata de modas transitorias,
que no deben alarmarnos, porque al cabo de todo siempre se impone el sentido
común. Para mí, la educación de la libertad es algo más que las pequeñas
libertades de cada día. Si yo tuviera poder decisión en este sentido, impondría
mi teoría de la “educación para la libertad de pensamiento”.
Tuve la impresión de que don Victoriano se me iba por las ramas.
-Algo barrunto de lo que eso significa, pero explícate más.
-La libertad en cuanto que objeto de educación no tiene que ver con lo
que se pregona desde las tribunas y menos en las manifestaciones populares. Lo
que yo llamo “libertad de pensamiento” va mucho más allá: es la superación de
los patriotismos y regionalismos,
que en el fondo son formas sibilinas de coacción mental.
-No simpatizas mucho con los pedagogos, según parece…
-Tengo por ellos el respeto que se merecen, pero las últimas “modas
pedagógicas” han abolido los métodos tradicionales sin reemplazarlos por otros
mejores. No sobrestimo los tiempos pasados, pero a veces es inevitable hacer comparaciones
odiosas, aunque objetivamente justas.
Quise tirar de la lengua al maestro, pero no lo conseguí.
-¿Puedes darme algunos nombres de lo que llamas “modas pedagógicas”?
-Preferiría referirme a la más grave de sus omisiones: haber desestimado
la mejor potencia de la mente infantil, que es la memoria. Pero esto es otro
asunto…
No pudiendo sacarlo de su reticencia, le propuse:
-Ahora, ¿qué te parece si proyectamos un enfoque filosófico hacia la
pedagogía?
-Depende de cómo lo enfoques.
-Te lo planteo en forma de anécdota. Cuenta un sobrino mío que su
profesor de filosofía en el bachillerato tenía un método de enseñarla, que él
llamaba “dinámica de grupo”.
Consistía en ordenar los pupitres en semicírculo invitando a los
muchachos a introducir un tema de discusión. Allí cada uno echaba su cuarto a
espadas y pasaban la hora divagando a la buena de Dios. El profesor parecía un
poco cantamañanas, y creo que lo era de verdad.
–Lo que él hacía es una de tantas formas no solo de difamar la filosofía
sino de deseducar la capacidad pensante de los alumnos.
- Tengo la impresión de que te refieres, no sé si queriendo o sin
querer, a la causa por la que muchos profesionales hacen comentarios jocosos
sobre la filosofía. De ahí debe venir la imagen común que se tiene del
filósofo: un individuo fuera de onda que no tiene un destino fijo en el
organigrama social.
–No doy ninguna importancia al rol social de los filósofos. Lo que sí
veo es que la presión tecnocrática y la hipertrofia burocrática de las
universidades, además de sus necesidades de expansión, están dejando en segundo
plano aquellas escuelas de menor clientela, como son las de filosofía, que
parecen más toleradas que estimuladas.
-Hagamos a este respecto una pequeña digresión: como es inevitable que
la política entre en las universidades, los gobiernos tecnocráticos y los
dictatoriales fomentan por igual en la penuria de las escuelas de filosofía;
los primeros porque no les ven utilidad práctica y los segundos porque las
miran como enemigas de la hegemonía.
-Pero fuera de razones de Estado, también en lo interno de las
universidades hay subgrupos que, sin ser políticos, tienen sus formas
torticeras de seleccionar el profesorado. Imposible enumerar las injusticias
que he presenciado en oposiciones a cátedra. Hay un caso histórico que es
paradigmático. Durante una buena parte del siglo XIX, mientras la tendencia
hegeliana dominaba en las universidades, raramente se toleraba que un profesor
no hegeliano ocupara una cátedra. Pero cuando el positivismo se adueñó de la escena,
las hostilidades se volvieron contra los hegelianos. Más recientemente, muy
pocos profesores que no fuesen marxistas podían obtener cátedras en las
universidades oficiales de algunos países. Los sospechosos de conservadurismo
no se habrían atrevido a participar en un concurso de oposición; mucho menos
aquellos que poseían títulos de universidades pontificias. En la España de
Franco el rechazo de títulos de las pontificias era todavía más radical; los
aspirantes a revalidar debían someterse a un tiempo de estudio equivalente a
más de la mitad de la carrera.
–Es bien paradójico; cualquiera supondría que el anticlericalismo
universitario fuese más bien cosa de la República.
-Fue precisamente al revés. Nos es que durante la República, los
clérigos fuesen bienvenidos a las universidades, pero se les respetaba en lo
que académicamente valían. Durante el franquismo, en cambio eran rechazados por
principio. Era una forma natural de reacción contra el régimen, pues es casi
una ley que los intelectuales se opongan a los regímenes que además de
totalitarios, son confesionales. En la Universidad Central de Madrid –hoy
Complutense- fui testigo presencial del calvario que tuvo que remontar un
fraile franciscano, doctor en Químicas por la misma Central. Era persona de
rarísima capacidad intelectual; matrícula de honor en todas las materias. Se
convocó a unas oposiciones de Química Orgánica en que participaron, con el
fraile, otros tres candidatos. Como era “lógico”, el jurado hizo lo imposible
para tumbar al franciscano, pero la superioridad que mostró era tan abrumadora,
que habría sido una obscenidad negarle el número uno. En fin, bastan esos casos
para que te des cuenta de las mil maneras con que se puede coartar la libertad
de pensamiento incluso en los recintos donde debe darse por supuesta.
Cansado ya del mismo tema, hice la pregunta en busca del punto final:
–Después de todo, ¿en cuánto piensas que puede contribuir la escuela en
el ideal de la educación del hombre para la libertad? Porque la sociedad puede destruir
en poco tiempo todo lo que la escuela ha construido.
–Ya sabes que no soy optimista. La escuela llegará hasta donde pueda,
pero lo importante es que haga su labor durante el tiempo de que dispone. Luego
hay que considerar al individuo en particular; no todos los escolares tienen
los mismos atributos en cuanto a la capacidad de retención y asimilación.
–Sin embargo muchas veces tienen más éxito profesional, los graduados
mediocres que los muy cualificados.
— Eso es cierto. El éxito profesional depende mucho del impulso volitivo
de la persona, cualidad que no otorga Salamanca sino la Naturaleza. Cuanto más
potente sea la volición de cada individuo, mayor probabilidad de éxito tendrá
en sus proyectos. Los talentos teóricos, en cambio, suelen ser dubitativos y
vacilantes, y por eso corren peligro de quedarse estancados en la mediocridad
de un despacho.
5
SINDROME DE ESCRITURA DIFICIL
Probablemente el maestro reflejaba la situación en que se sentía cuando
enseñaba en aquel Centro Cultural de Terrassa y otros de enseñanza superior. Como solía decir, él
era profesor de una materia de lujo, es decir, superflua. La cortesía me
impedía decírselo directamente, pero él, que siempre facilitaba las cosas, me
quitó el impedimento.
–Seguramente que muchos pensaban que se podía prescindir de mí sin
ninguna mengua; y si lo miramos fríamente, era cierto. Yo nunca supe dar vida a
mis lecciones, no por incuria de mi parte, sino porque nadie da lo que no
tiene. No tuve talento creador ni innovador; de lo único que me creía capaz era
de explicar las doctrinas con claridad, y creo que lo hice. Todos tenemos
nuestras limitaciones personales, además de las que nos impone la institución
con sus programaciones que a veces dejan muy poco espacio para iniciativas individuales.
–En definitiva -pregunté con cierta impaciencia- ¿qué puede hacer un
profesor de filosofía ante tales limitaciones? ¿Cómo lograr que sus alumnos no
se le vayan con mal sabor de boca?
–No tengo respuesta. El que carece de habilidad expositiva, haga al
menos como dices que hacía yo: tenga la cortesía de exponer las ideas con
claridad. No se limite a repetir lo que está en los libros. Tampoco organice
mesas redondas ¡por favor! Si no puede clarificar el pensamiento de un autor
debido a su complicación y oscuridad, páselo de largo y tenga la humildad de
confesar que no lo entiende. Si no entiendes a Hegel, por ejemplo, no tengas la
cara dura de explicarlo con un lenguaje aún más enrevesado que el suyo. Si en
cambio lo expones con claridad, le haces al autor la cortesía –la que él no
tuvo- de volverlo inteligible. Pero yo tengo la impresión de que algunos se
inclinan a la filosofía porque se sienten cautivados por el lenguaje críptico.
–Pero otros responden que la oscuridad de algunos autores no es tal,
sino una característica distintiva de su estilo, que no debe confundirse con la
oscuridad.
–He discutido mucho con mis colegas sobre la majadería del lenguaje
complicado. La oscuridad es la peor descortesía que puede cometer un autor.
Escribir enrevesado no es ningún estilo sino ineptitud literaria, o peor aún,
indicio de no tener claras las ideas. Sé que en este sentido tengo fama de
viejo cerril, pero no importa; más prefiero pasar por cerril que por papanatas.
Estas afirmaciones del viejo profesor me parecieron, de entrada,
excesivamente expeditivas y de una intransigencia propia de su edad; pero
posteriormente pensé que tal vez tenía razón.
-¿No crees –le pregunté- que puede haber pensamientos tan sutiles de sí
mismos, que resulte difícil explicarlos?
Una vez traté de expresar por mi cuenta y en forma inteligible un
fragmento de la Fenomenología del
Espíritu, y tuve que tirar la toalla. Primero fui directamente al texto
alemán para no prejuiciarme con ninguna traducción. Pero viéndome perdido
cotejé la mía con las de Wenceslao Roces y la italiana de Erico Negri,
encontrando las mismas dificultades. ¿Será que el bueno de Hegel es dueño de un
arcano que somos incapaces de alcanzar?
–Las ideas -respondió el maestro- pueden ser muy sutiles, pero ninguna
es inefable. Lo único inexpresable son los sentimientos y emociones, debido a
su inmanencia en el sujeto. Lo más que puedes hacer con los fenómenos
subjetivos es interpretarlos, que es lo que procuran los psicólogos y
psiquiatras, no sabemos con qué éxito. Pero lo que es objetivo es siempre
expresable. Y aquí entiendo por objetivo todo lo que es objeto de conocimiento.
Más sencillamente: la escritura de difícil comprensión indica que algo anda mal
en la mente del autor.
–Pero tú alguna vez habrás tenido que explicar a Hegel…
–Muchas.
–¿Cómo te has salido de los pasos difíciles?
–No siempre he tenido éxito. La dificultad de Hegel no está tanto en la
profundidad de su pensamiento cuanto en la estructura de su lenguaje. No es él
el único “oscuro”; también lo fueron los inmediatos sucesores de Kant. Debió
ser una especie de moda literaria de la época. De los malos trances de esta
clase de filósofos, he podido salirme a mi manera, pero a veces he tenido que
decir públicamente: no entiendo. En esto reconozco que he sido un profesor de
honestidad intachable –matizó con ironía-. Con todo, no incluyo entre los
méritos de Hegel su enrevesado lenguaje, en el que profesores como Ernst
Topitch encuentran ¡una extraordinaria belleza literaria!
–Es evidente que estás nadando contracorriente; si te escuchara la
“élite” filosófica de hoy día, te dejaría muy mal parado.
–Ya me ha escuchado, y tienes razón: me ha dejado cual no digan dueñas.
–Ahora me das ocasión de preguntarte algo muy interesante -intervine con
vehemencia- ¿Podría alguien hacer con la Fenomenología
del espíritu, toda entera, lo mismo que yo intenté sin éxito en un solo
párrafo: reescribir a Hegel con la inteligibilidad de un Descartes o un Pascal…
qué te parece?
— Es perfectamente posible, a condición de que conozcas muy bien el
alemán y el tema de que se trata. Hay que añadir también una buena dosis de
paciencia. Este trabajo supondría numerosas reducciones y amputaciones del
texto, porque hay muchos párrafos innecesariamente largos. De cualquier manera,
la labor resultaría inútil. No por eso crecería el interés por Hegel. Deja los
textos hegelianos tal como están. Aún quedan muchos lectores que gustan de
lenguajes complicados.
-Entonces –repuse- habrá que afrontar como tema el “síndrome de lectura
difícil”. ¿Qué haremos con tantos filósofos contemporáneos que nos lo hacen
sentir?
–Te diré lo que yo hago cuando me encuentro en el caso. Si no entiendo
un párrafo, lo releo tres veces más, poniendo toda mi atención. Si después de
pensar y repensar la frase sigo sin entender, concluyo que el autor se esforzó
en expresar algo que él tampoco tenía claro. No descarto que algunos autores
tengan problemas de lenguaje, pero en cualquier caso el escritor oscuro no
tiene excusa. Si no tuvo clara la idea que quiso explicar, o el lenguaje no le
daba para más, debió callarse: seguir el consejo de Witgenstein.
En el rostro de Don Victoriano noté cierta intransigencia, como cuando
en sus clases algún alumno le soltaba una observación impertinente.
–En mi juventud -le dije- existía un cierto menosprecio por las
redacciones de entendimiento inmediato; había una obsesión por la perfección de
la forma. Algunos petimetres usaban las palabras “facilón” y “facilonería” para
referirse a escritores de lenguaje inteligible. Por ejemplo, haciendo
referencia a El criterio de Balmes.
Incluso el nombre de Menéndez y Pelayo suscitaba sonrisas despectivas. Mucho me
temo que esta tendencia no haya muerto del todo.
–Creo que los prejuicios contra Balmes, Menéndez y Pelayo, eran más
ideológicos que literarios; y es probable que todavía persistan, pues aún queda
cierto rescoldo de anticlericalismo. Sospecho que algunos desearían que las
calles que les dedicaron llevaran los nombres de Rafael Alberti, o Pablo
Neruda, o tal vez el “Che” Guevara.
–Pero volvamos al tema del síndrome de lectura difícil, que aún queda
algo en el tintero…
–No mucho -interrumpió-. La criptomanía filosófica pasará como pasan las
modas de vestir o de peinarse. Frente a un pensamiento filosófico que de pronto
se pone de moda, hay que esperar el juicio del tiempo.
–¿Piensas que este síndrome empieza con el idealismo alemán? Porque yo
no lo he visto en los anteriores.
–Y sin embargo lo hubo. Acuérdate de Séneca fustigando a ciertos
Estoicos que se perdían en quisquillosidades silogísticas; acuérdate de Mario
Victorino, cuya oscuridad dialéctica
denuncia San Jerónimo. En aquellos casos, como en los actuales, la penuria de
pensamiento se suplía hinchando el lenguaje. El pensador que tiene cosas que
decir y las ve claras, no está para sutilezas; va directo al grano.
6
FILOSOFIA BARATA
El remedio contra la criptomanía filosófica sería la “filosofía barata”.
Me explico: en conversaciones con los filósofos del Ateneo Barcelonés, varias
veces he oído opiniones despectivas sobre ciertos filósofos que hacen –o
hicieron- “filosofía barata”. Entre los que quedaban peor parados estaban
Balmes, Emmanuel Mounier y Jaques Maritain.
–¿Has oído hablar alguna vez de la filosofía barata? –pregunté.
–Sí, respondió-; cuando alguien se altera en exceso por algún problema
personal se le suele aconsejar que se lo tome con filosofía barata.
–Por ahí no va mi pregunta -repliqué-. Los filósofos del Ateneo llaman
filosofía barata a la que se entiende a primera lectura. Para ser más concreto:
según ellos, son filósofos baratos los Epicúreos, los Estoicos, los
Escolásticos, Pascal, Jaime Balmes, incluso el mismo Aristóteles ; todos los
que escriben con lenguaje claro y preciso.
Don Victoriano se alteró.
–Pero esto es….
–Me explico mejor -interrumpí-. Mi pregunta tiene que ver con las
referencias que en otras reuniones te hice sobre la “facilonería” y los
“facilones”. Por lo que he entendido de ellos, no es verdaderamente filosófico
el lenguaje de fácil comprensión, porque -dicen- la filosofía no es una ciencia
para que la entiendan perros y gatos; por tanto no es posible explicarla con
lenguaje fácilmente inteligible. Si esto es así, la conclusión salta a la
vista: casi todos los filósofos anteriores a Kant fueron “baratos”.
–Bueno, bueno -respondió tranquilizándose-. No hay que tomarse en serio
esas bagatelas. Ya te dije en otra ocasión que la criptomanía es una moda
pasajera. No quiero creer que esos chicos a los que te refieres lleguen al
extremo de menospreciar a los clásicos. Si lo dijeran en serio, me harías dudar
de la racionalidad humana. Catalóguenme, si quieren, como “facilón, pero yo
siempre escribiré llamando al pan, pan y al vino, vino.
-Pues hoy día hay bastantes filósofos y ensayistas sobre los que se hace
exégesis, como si sus libros fuesen piezas milenarias que hubiesen pasado por
un sinfín de infortunios y mutilaciones.
–Eso no importa. En cuanto a mí, no me cansaré de repetir que la
oscuridad del lenguaje es una deficiencia y no un distintivo de profundidad. El
estilo enrevesado es pedantería, no característica natural del escritor. En
cuanto al pensamiento que se quiere expresar, repito: el tiempo dirá lo que de
él merezca permanecer.
Tal vez don Victoriano tenía razón, pero yo siempre pensé que el éxito
editorial no se da por simple casualidad, ni sólo por cuestión de moda
literaria. Supongo que el autor exitoso lo es por alguna razón seria, si
exceptuamos a los explotadores del escándalo. Los editores suelen tener un buen
olfato para pronosticar el éxito de una publicación, por más que algunos se
hayan equivocado lanzándose a una empresa en que perdieron hasta la camisa.
Pero lo normal es que no arriesguen el dinero frente a cualquier original. A
García Márquez no le fue fácil encontrar el primer editor que se atreviera con
sus Cien años de soledad. Los
escritos de don Victoriano tenían todas las condiciones para que no se le
calificara de barato; sin embargo su estilo expositivo no era apto para ganar
lectores, ni mucho menos para que un editor tentara la suerte con sus escritos.
–De pronto, como adivinando mis reflexiones, dijo con voz muy reposada:
–Es inevitable que haya corrientes filosóficas según el ritmo de los
tiempos, y en tal sentido, cada filósofo es hijo del suyo. Las excentricidades
siempre han existido, pero se fueron diluyendo con el tiempo, pues las
tendencias y preferencias están en continua renovación, sin mencionar las
muchas que se pierden para siempre. El filósofo, o cualquier otro escritor que
sólo dice cosas interesantes para su tiempo, está condenado al olvido en menos
de dos generaciones.
–¿Has leído algo de los que yo llamo “filósofos de revista dominical?”
Son los que están de moda.
–Algo he leído, claro, pero les aplico lo que ya sabes. Traté de que me
citase nombres, pero fue en vano.
–Como hasta el presente no me ha interesado ninguno, ni siquiera retengo
nombres. La mayoría de esas lecturas las aguanto aproximadamente hasta una
tercera parte. Envidio a los viejos que viven al tanto de los vientos que
soplan, pero yo sólo me siento cómodo con mis lecturas habituales.
–Pero mientras estés vivo y con la mente activa, los tiempos actuales
son también los tuyos.
-Es cierto, pero a condición de que la filosofía no abandone la
conciencia de su continuidad cronológica. El progreso de las ciencias no es más
que continuación y enmienda de una “herencia” recibida, aunque con la
diferencia, en filosofía, de no perder contacto con Heráclito, Platón y Aristóteles.
–Si dices esto en el Ateneo, te apedrean.
–¡Lástima por ellos! Deberían razonar sin prejuicios. Platón y
Aristóteles nos enseñaron lo que todavía
no hemos aprendido; y es que hay dos maneras de hacer filosofía: enseñar
filosofía y enseñar a filosofar. El pensamiento filosófico universal es una construcción en que trabajan
arquitectos, aparejadores y maestros de obra. Unos ejercen la solidaridad
orgánica y otros la mecánica, pero todos trabajan sobre la misma herencia que
nos viene de dos mil quinientos años. Como muchas cuestiones planteadas
continúan sin solución, resulta que no estamos en una repetición sino en un
“eterno retorno”. La única diferencia que hay entre la filosofía y otras
ciencias en cuanto a la continuidad está en que éstas son lineales y aquélla es
circular. Pero la nota común entre unas y otras es que todas están en continuo fíeri.
-¿Qué hay que decir, entonces, de la philosophia
perennis, en que tanto nos insistía el cura que tuvimos de profesor en
bachillerato? Claro que más tarde me di cuenta de que el buen hombre tenía su
preocupación apologética: quería convencernos de que fuera de Santo Tomás
cualquier otro pensamiento es errático.
Don Victoriano tomó una actitud solemne y dijo:
–Mucho cuidado, no nos precipitemos. Eso de la philosophia perennis no es nada personal de Santo Tomás. Fue un tal
Agostino Steuco, un hombre del siglo XVI, quien escribió un tratado con este
título. La obra tuvo su resonancia, pero el título en sí no siempre fue
entendido de la misma manera, aunque la referencia a la Escolástica se
convirtió en lugar común. Hasta hace muy poco era el estribillo que se repetía
en los Seminarios.
–He pasado muchos ratos discutiendo este tema con algunos curas, y creo
que aún permanecen en lo mismo.
–Es que todavía resuenan los anatemas del Concilio de Trento.
Trescientos años después, León XIII convirtió en mandato canónico la obligación
de que en Seminarios y escuelas católicas se estudiara la filosofía “según el
método de Santo Tomás”; todo en vistas a conservar la ortodoxia de los futuros
estudiantes y profesores de teología.
-Pero, ¿cómo un Papa tan culto como Leon XIII podía ignorar la evolución
del pensamiento desde hacía más de un siglo?
–No lo ignoraba; y precisamente por eso apretó los tornillos de la
ortodoxia. Había muchos eclesiásticos ilustrados que estaban iniciando el
movimiento modernista, que abarcaba tanto la filosofía como la teología. Nadie
sabe qué piensan los Papas en sus adentros, pero por fuera tienen que actuar
como Papas.
–Sin embargo, un filósofo laico como Leibniz tiene también referencias a
la philosohia perennis.
–Pero él emplea la expresión desde un enfoque lógico-matemático. Su plan
era construir una especie de enciclopedia universal donde todos los
conocimientos pudieran concentrarse en ecuaciones. Este plan incluía un
conjunto de principios lógicos de evidencia inmediata o al menos demostrable,
además de algunas doctrinas filosóficas anteriores, desde Platón y Aristóteles,
sin excluir la Escolástica que él estimaba de valor definitivo. A todo ese acervo
de saber él llamaba philosophia perennis.
No había por tanto ningún fanatismo escolástico, lo cual por otra parte habría
entrado con conflicto su monadología. Además, Leibniz era un contemporáneo de
Newton, físico y matemático como él; no podía ignorar los progresos científicos
que en su tiempo estaban en marcha.
Por fin don Victoriano me había corregido del error, bastante común, de
que la philosophia perennis era un
apelativo exclusivo de la Escolástica.
–Entonces –pregunté, ¿podemos llamar perennis
cualquier doctrina sobre la que cabe discutir indefinidamente?
–Es probable. De hecho, Heráclito y Perménides son tan actuales como
Heidegger. Si eres buen estilista puedes hacer que estos dos personajes luzcan
interesantes en las páginas cultas de una revista dominical. Los filósofos
tenemos la ventaja de ser siempre actuales sin que importe que seamos
aristotélicos o kantianos, porque no hay ningún sistema filosófico que haya
dicho la última palabra sobre los problemas del ser y el conocer, así como de
otras aporías. En las ciencias físicas y naturales hay autores que, aunque sean
de primera importancia, ya no queda de ellos nada que comentar. Es imposible
que un astrónomo de la NASA haga profesión de copernicano, pero un filósofo de
cualquier Facultad puede presentarse como platónico o cartesiano sin que se le
califique de anticuado.
La afirmación me cogió de sorpresa y no disimulé la risa.
–¿De qué te ríes?
–Encuentro gracioso que personajes como Santo Tomás, o San Buenaventura
pudieran de pronto convertirse en hombres del día. Estamos tan acostumbrados a
poner las cosas del medioevo como antinomia del progreso y la civilización…
–Hay cosas -interrumpió- en que la ignorancia crasa se ha vuelto
institución; una de ellas es la idea trivial que se tiene de la Edad Media. Una
época de mil años no se puede despachar atolondradamente.
-Lo sé, pero es que no me imagino que alguien pueda hablar con tanta
capacidad de seducción como para despertar interés por temas como la diferencia
entre esencia y existencia, la controversia entre intelectualismo y
voluntarismo, y otras quisquillosidades por el estilo.
–No todo son quisquillosidades. Y en cuanto a la capacidad de despertar
interés por estos temas, hay quien la tiene. Hace algunos años escuché en la
Universidad de Roma una magnífica charla de Giorgio La Pira, precisamente
acerca de la diferencia entre el intelectualismo tomista y el voluntarismo
escotista. En su estilo tan peculiar que solo recordamos algunos
sobrevivientes, explicó con tal diafanidad de argumentos cada una de las
partes, que a muchos les quedó la impresión de que ambas eran igualmente
aceptables.
–Bueno… eso me tranquiliza; puedo decir que soy tomista o escotista sin
que por eso se me tilde de anticuado –dije ingenuamente.
–Sí, pero con mucha cautela antes de decidirte por una u otra doctrina.
Porque
si prefieres ser intelectualista, eres un demócrata, mientras que si te
decides por el voluntarismo, serás partidario de dictaduras y tiranías.
–Caramba…, ¿tanta es la diferencia?
–¡Y tanta! -enfatizó el maestro-. Según el intelectualismo tomista, el
origen de la ley y del poder civil está en la razón de gobernantes y
legisladores, mientras que para el voluntarismo escotista se funda en la sola
voluntad del príncipe legislador. Ten paciencia y escucha las razones
ontológicas. Entendimiento y voluntad tienen diversas maneras de dirigirse a
los objetos. El entendimiento tiende al objeto en cuanto que es determinado por
él, en tanto que la voluntad se dirige a él para apropiárselo o rechazarlo. De
donde resulta que el entendimiento ve el origen del poder en la soberanía
popular (multitudo, la llama Santo
Tomas), donde se halla la ratio legis et
regiminis. En cambio, para Escoto el origen del poder y de la ley está en
el querer o no querer del gobernante. Si no, fíjate en los dos lemas del
voluntarismo: “Lo que agrada al príncipe tiene vigor de ley” (quod principi placuit, legis habet vigorem).
Y el otro: (“Así lo quiero, así lo mando: valga la voluntad por la razón” (sic volo, sic iubeo: sit pro ratione voluntas).
Son los lemas que adoptaron Enrique VIII de Inglaterra y los “Luises” de Francia.
–Así les lució el pelo a estos dos países… decapitaciones y guillotinas
por un quítame allá estas pajas.
-Anda y diles a tus sabios del Ateneo Barcelonés quiénes y cómo son los
filósofos “facilones” y “baratos”.
7
INTELECTUALISMO Y VOLUNTARISMO
La materia de que íbamos a hablar me prometía una velada interesante.
Acomodado en su butaca me esperaba don Victoriano.
–Ya estaba a punto de llamarte. ¿Tuviste algún problema?
–Ninguno, simple descuido. Pero el tema de hoy nos compensará de este
retraso.
–¿Por dónde quieres empezar?
–Por la controversia entre intelectualismo y voluntarismo, en la que
según decías, nos jugamos la democracia o la dictadura. ¿Cómo entran en el
juego político el entendimiento y la voluntad?
–Buena pregunta. Como te dije, el entendimiento y la voluntad tienen
diversas maneras de dirigirse a los objetos: el primero los acepta tal como los
aprehende, mientras que la segunda se dirige a ellos con intereses de apetencia
o rechazo. En cuanto a los actos e intenciones, el entendimiento indica cómo
deben ser, mientras la voluntad decide cómo quiere que sean. Dicho de otro
modo: el entendimiento se inclina hacia el deber y la voluntad hacia el querer.
Pero innumerables veces en la Historia ha ocurrido al revés: la voluntad se ha
impuesto como determinante, prescindiendo de la recta ratio. En ese caso los
motivos de los gobernantes dependerán solo de sus voluntades, con todos los
riesgos que ello implica.
–¿Es eso lo que llamas voluntarismo?
–No lo llamo yo, se llama así. La controversia entre intelectualistas y
voluntaristas, como ya sabes, es típicamente medieval. Los intelectualistas
pertenecían a la Escuela Dominicana y los voluntaristas a la Franciscana. Las
dos cabezas de escuela fueron, respectivamente, Tomás de Aquino y Duns Escoto.
El primero colocaba el origen de la ley y el poder civil en la razón del
legislador, en tanto que el segundo lo fundaba en la voluntad. Para el primero,
la ley es la recta ratio, lo que debe ser, para el segundo, lo que el
legislador quiere que sea. La Escuela Franciscana –la escotista- aceptaba aquel
nefasto aforismo que dice: quod principi
placet, legis habet vigorem, “lo que agrada al príncipe tiene vigencia de
ley”; aforismo que más tarde se parafraseó así: sic volo, sic iubeo: sit pro
ratione voluntas, “así lo quiero, así lo mando: vaya la voluntad en lugar
de la razón”.
–Entonces entendimiento y voluntad están divididos.
–De ninguna manera. Obran conjunta e inseparablemente, pero eso no quita
el que cada facultad tenga su propio objeto. Es lo que continuamente
comprobamos en la práctica: frente a conductas éticas o antiéticas, el
entendimiento dicta necesariamente lo que corresponde a la recta ratio,
mientras que la voluntad puede, libremente, aceptar o rechazar el dictamen,
imponiendo otro diferente o contrario. Ahora, aplica lo dicho a los poderes
civiles y las respectivas legislaciones. El sujeto humano, consciente o inconscientemente,
obra siempre por alguna finalidad. El orden correcto sería que el entendimiento
actuara como determinante y la voluntad como determinada. Pero innumerables
veces en la Historia ha ocurrido al revés: la voluntad se ha impuesto como determinante,
prescindiendo de la recta ratio. En
ese caso los motivos de los gobernantes dependerán solo de sus voluntades, con
todos los riesgos que ello implica.
–Supongo que estos aforismos serían muy bien recibidos por reyes y
emperadores, sobre todo en las dinastías británicas y borbónicas. Pero lo raro
es que el bueno de Escoto no se diera cuenta de hasta dónde podía llegar su
voluntarismo.
–Difícilmente podía, porque murió a los cuarenta y dos años. Pero su
voluntarismo no era una teoría filosófica ni política sino teológica.
-¿Cómo así?
-Te lo sintetizo brevemente: la intención de Escoto era la de salvar por
encima de todo la libre voluntad de Dios. Por eso defendía que la voluntad es
superior al entendimiento en todos los órdenes, tanto el divino como el humano.
Santo Tomás, en cambio, sostenía lo contrario, aunque no en todos los órdenes.
Sin embargo ambas teorías no se contraponen sino que al fin se identifican de
esta manera: para Escoto, no es la razón pura la que hace que las cosas sean
buenas o malas, sino la voluntad divina porque, siendo ella la regla suprema
del bien, el querer de Dios no puede ser más que un recte velle, una “voluntad buena”. (Algo similar al guter Wille de Kant). En consecuencia,
según Escoto, nada es moral ni inmoral, de por sí y por sí mismo, sino por la
voluntad divina que así lo quiere.
Esta “voluntad racional”, al ser buena por esencia, hace bueno todo lo
que ella quiere, y malo lo que no quiere. (Entre paréntesis te cito una frase
que solía repetir Bartolomé Xiberta, un teólogo carmelita del siglo XX: “Dios
no nos ama porque somos buenos, sino que, amándonos, hace que seamos buenos”).
–¡Bonita frase! -exclamé mientras me la apuntaba en mi agenda-. Este
Xiberta, era escotista?
–En modo alguno, sino tomista hasta los huesos, pero era al mismo tiempo
buen conocedor de la doctrina escotista, aunque no creo que repitiera la frase
citada pensando en Escoto.
–Pongo un ejemplo: si me enamoro de una mujer fea es porque al amarla la
hago bonita. ¿Pondría Escoto la firma bajo esta frase?
–Es bastante probable. Pero volviendo al asunto, el aforismo que dice
que la voluntad del príncipe (así llamaban entonces a los gobernantes) tiene
vigencia de ley, sería válida solo en el supuesto nunca negado de que la
voluntad del gobernante fuese intencionalmente recta, en el sentido del recte velle de Escoto, porque en ese
caso habría coincidencia entre el
entendimiento que percibe “lo recto” y la voluntad que lo acepta como tal. Pero
esta doctrina se secularizó, es decir, se transfirió posteriormente a la
voluntad humana de los monarcas renacentistas.
–Si mal no entiendo, Escoto era bien ingenuo, porque ni tú ni yo
daríamos un duro por la ”voluntad buena” de nuestros gobernantes.
–Dentro del contexto teológico de Escoto, lo que has oído no es nada en
comparación con lo que sigue. Para que te asombres más, los aforismos que he
mencionado se convirtieron en sentencia favorita de los reyes absolutistas a
partir del Renacimiento. Su influencia consciente duró casi tres siglos.
Amparado en estas sentencias, Enrique VIII se sentía con derecho a decapitar a
un súbdito por cualquier motivo, y Luis XIV podía decir: L´État c´est moi.
-Aún no me has dicho de qué me tengo que asombrar más, pero primero
aclárame si esos aforismos fueron formulados por Escoto o partir de él.
-Ya eran del dominio común desde antes que existiera el voluntarismo
como doctrina.
-Entonces hay que suponer que los gobernantes se inclinarían más bien
hacia el despotismo…
-Algo de eso hubo –interrumpió- aunque no con el descaro posterior,
porque, primero, entre Papas y Emperadores se frenaban mutuamente los excesos
autoritarios; en segundo lugar, el origen de la ley en la voluntad del príncipe
se tomaba bajo el supuesto de que los príncipes lo eran por voluntad de Dios,
la cual no puede querer más que lo razonable, el recte velle de Escoto; y tercero, porque en la Edad Media, el acto
de dictar leyes, se hacía desde la perspectiva del temor de Dios, a pesar de
las juergas dionisíacas que también los medievales se permitían.
–Eso del temor de Dios sugiere, al menos actualmente, un ambiente de
miedo y represión, en el sentido de que, si te portas mal, Dios te espera tras
la esquina para asestarte el garrotazo justiciero. En las fachadas de algunos
seminarios he visto escrito: Initium
sapientiae timor Domini.
–Hay que distinguir los tiempos para interpretar los dichos. La idea de
“temor de Dios”, que viene de la Biblia, no tiene sentido de terror frente a un
dios vengativo, sino de temor reverencial ante un padre bondadoso y justo, al
que temes decepcionar con actos indebidos. Este mismo sentido tenía para los
medievales.
–Queda claro. Ahora cuéntame lo que más me tiene que asombrar de la
doctrina de Escoto.
— Los referidos aforismos de que hablábamos, circularon desde la alta
Edad Media y se les daba el sentido que te expliqué. La Escuela Dominicana, que
era intelectualista,
los rechazaba como conducentes a la tiranía y contrarios a la soberanía
popular. El voluntarismo, en cambio, los admitía porque salvaban por encima de
todo la libertad de Dios.
–¿Es que Dios necesita que le salven la libertad?
–No es tan simple. Al defender la libertad por encima del entendimiento,
Escoto quería argüir contra el determinismo de Averroes, que afirmaba la
existencia de un entendimiento universal común a todos los humanos, cuyo
destino determinaba, quedando por eso comprometida no sólo la voluntad del
hombre sino también la de Dios. De ahí que el bueno de Escoto, vehemente como
era, clamara contra ille maledictus
Averroes.
-Pero, negar la libertad de Dios ¿no es lo mismo que negar Dios?
–Totalmente, porque le quitas la potencia rectora del universo. Para
Escoto, toda voluntad que no sea parte de la de Dios equivale a una disminución
de la esencia divina, lo cual es lógica y teológicamente absurdo. Por eso, para
salvar la libertad de Dios y al mismo tiempo la del hombre, Escoto otorga la
primacía a la voluntad de Dios, queriendo terminar con todo residuo de
determinismo griego y averroísta.
–Pero ¿dónde están -dije impaciente- las otras cosas de Escoto que aún
me iban a impresionar más?
–No tengas prisa. Con el fin de extirpar el determinismo averroísta que
ya cundía en la Universidad de París -la Sorbona-, formuló las siguientes
tesis: Toda la creación es un solo acto libre de la voluntad de Dios; por
tanto, nada es fruto del azar. Por otra parte, nada existe en el universo que
sea necesario; Dios pudo crearlo todo de otra manera o no haber creado nada,
pues él solo se basta. No hay leyes eternas ni necesarias para la moral ni para
el derecho. No hay actos buenos ni malos en sí mismos; que una cosa sea buena o
mala, depende sólo de la voluntad divina.
–Entonces, ¿en qué queda el Derecho Natural?
–Para Escoto, no hay ningún derecho que sea “natural”, porque si lo
hubiera, la voluntad de Dios se vería restringida. No hay ningún derecho que
vaya unido a la naturaleza humana. Por tanto, no hay derecho fuera del Derecho
Divino. El único derecho humano es el de las leyes positivas que promulgan los
príncipes, los cuales, “por la gracia de Dios”, representan en la Tierra el recte velle de Dios.
-¿Dónde queda, entonces, la propiedad privada?
-El verdadero propietario de los bienes de un territorio es el príncipe,
quien los puede ceder en concesión regulada con el fin de mantener el orden y
la paz. Puede otorgarlos, negarlos o retirarlos según su voluntad.
–Así, el dinero que gano con mi trabajo, con mis negocios, o el que me
toca por herencia… ¿todo pertenece a los príncipes?
–Aquí está el peñasco que te puede escandalizar: la propiedad privada,
según Escoto, es más bien un desorden que Dios tolera teniendo en cuenta la
proclividad humana hacia el abuso. Por eso los príncipes reciben, “por gracia
de Dios”, la facultad de dictar
leyes que regulen la propiedad privada en bien de la paz.
–Por tanto, los príncipes son, prácticamente, los dueños de todos los
bienes materiales; ellos y sus descendientes…
-Prácticamente.
-Empezaste insinuándome las consecuencias del voluntarismo, pero nunca
imaginé que algo tan espantoso pudiera salir de la pluma de un fraile
franciscano.
-El fraile no dijo nada de su propia cosecha; solo era un teólogo que
trataba de explicar las razones teológicas por las que todo cuanto ocurre en el
universo proviene de voluntad divina. Escoto solo cumplía con su oficio. Nunca
te olvides del aforismo: “distingue los tiempos y concordarás los derechos”.
Escoto fue un fraile hijo de su época, que nos dejó mucha tela que cortar.
-Todo eso es tan monstruoso que no acabo de creérmelo. Supongamos que yo
vivo en el siglo de Escoto. Quiero construirme una casa y compro, con el dinero
de mi trabajo, la parcela y los materiales de construcción. ¿Qué me diría
Escoto y toda su Escuela Franciscana?; ¿qué esa casa no es mía, que es del
príncipe?
-Te responderían que solo son tuyos los materiales de construcción, pero
no la parcela que ocupan, porque sobre la tierra no se puede crear ningún
derecho de propiedad. Pero si alguien quisiera hilar más fino, te diría que ni
siquiera los materiales son tuyos, pues todos provienen de la tierra, que no es
tuya.
-¿Puedes asegurar que todas estas atrocidades fueron dichas y escritas
por Escoto y otros frailes de su escuela?
-Me he leído prácticamente todo el Opus
Oxoniense y una parte del Parisiense.
¿Quieres mejor testimonio?
-No, gracias. Solo pienso que
si Escoto afirmó lo que acabo de oír, fue el culpable intelectual de las
innumerables arbitrariedades y crímenes cometidos por las monarquías
renacentistas.
-Cuidado con tus juicios precipitados. Eso es tanto como afirmar que
Einstein fue el culpable de la bomba atómica. Escoto defendió su doctrina del
voluntarismo con una finalidad exclusivamente teológica; y por la parte moral,
también para frenar la ambición y prepotencia de los particulares en el
acaparamiento de bienes. Por lo que respecta a las monarquías, de lo más que
puedes acusar a Escoto es de ingenuidad, al ampararse en el presupuesto de la
rectitud moral de los monarcas, olvidando que toda la humanidad sin excepción
es proclive a la perversidad. En cuanto a la persona de Escoto, todos los
testimonios concuerdan en que era un fraile muy humano y piadoso. Hubo incluso
quienes lo calificaron de santo.
-A pesar de todo, profesor, yo tengo para él otro calificativo, que me
reservo por respeto a las damas honestas. Por lo demás, me olvido de Escoto y
de los voluntaristas y me inclino por los intelectualistas que sitúan el
fundamento de la ley en la razón del legislador. Sin embargo, te hago una
última pregunta para no caer en otro escollo: ¿cómo debemos entender la razón
del legislador?
-Te doy una pista infalible; ¿recuerdas el principio kantiano de la
razón práctica?
-Sí: obra de tal manera, que tu acción sea universalmente tenida por
justa.
-Exacto. Si un legislador lleva a la práctica este principio, sus leyes
se fundarán en la razón. Los intelectualistas medievales nos dan una versión
similar diciendo que el origen del poder civil -incluido el poder de legislar-
reside en la “multitud” (multitudo), es decir, en la soberanía popular. Este
concepto, por si no lo sabías, es también típicamente medieval, al menos por la parte de los intelectualistas. En
doctrina sobre el derecho y el Estado, la base fundamental está en la
definición de ley dada por Tomás de Aquino. Hela aquí literalmente: “Cierta
ordenación de la razón hacia el bien común, promulgada por quien tiene a su
cuidado una comunidad”.). Quaedam rationis ordinatio ad bonum commune, ab eo, qui
curam communitatis habet, promulgata). Es la
más completa posible y al mismo tiempo la más concisa de todas las definiciones
de ley que conocemos. La Ilustración y la Enciclopedia, que tanto despreciaban
el pensamiento medieval, la tenían en buena estima. Es tradición que
Montesquieu, en uno de sus discursos, la calificó como ”el mejor monumento que
la Edad Media dejó en favor de la Humanidad.”
-Esta tradición, ¿tiene base?
-Solo he leído enteramente L´Esprit
des lois y no he visto allí esta frase ni me consta del supuesto discurso
en que la dijo, pero su pensamiento concuerda en todas sus partes con la
definición citada.
8
LIBERTAD Y LIBRE ALBEDRÍO
Puesto de nuevo en camino hacia la casa de don Victoriano, pensé que la
mejor conexión con el diálogo anterior era abordar la idea de libertad, y así
se lo expuse apenas nos acomodamos.
-Se ha barajado de tantas maneras la idea de libertad, que uno no sabe
cómo ni por dónde enfocarla. No hay manifestación pública en que no se escuchen
gritos de libertad. No se sabe si esos gritos son reflejos inconscientes o
reacciones contra un reciente abuso de autoridad. Hay manifestaciones en que se
clama por la libertad aunque el motivo de manifestar no tenga nada que ver con
ella.
-Creo que la libertad no es solo una idea que puede tomar forma de
doctrina, sino sobre todo un
sentimiento. Las protestas públicas van casi siempre ligadas a un sentimiento
de libertad ultrajada. Cualquier acción cometida en perjuicio del otro es un
ataque a la libertad de todos. Por eso, en cualquier movimiento de descontento suelen
sonar gritos de libertad.
–¿Se puede entonces, fuera de academicismos, definir la libertad como
capacidad de hacer lo que uno quiera?
–En términos comunes, no hay otra forma.
–Y en filosofía, ¿bajo qué presupuestos se enfoca el problema de la libertad?
–Recuerda que la filosofía es la única ciencia que pone en crisis los
mismos presupuestos de que ella parte.
–Pero dado que todo el mundo tiene alguna idea más o menos aproximada de
lo que es libertad, ¿no es posible elaborar alguna que sea tan elemental que
todos podamos admitirla?
-Sobre este tema no hay conclusiones filosóficamente definitivas. Te lo
ilustraré con un ejemplo. Uno de los seminarios que cursé en Roma con el
profesor Joseph De Finance versaba precisamente sobre la idea de libertad. En
Nueva York, Mortimer Adler acababa de publicar su libro The idea of freedom, que fue muy leído en las universidades
europeas. En la obra se hace una especie de investigación de campo. En vez de
teorizar sobre la libertad, el autor recoge todas las propuestas que se oyen o
se han leído en varios lugares, universitarios o no. Observa que hay dos modos
de poseer la libertad: dependiendo de las circunstancias ajenas al sujeto, o
ejerciéndola cada uno a su manera. En el primer modo se subdistinguen tres
clases de libertad: la circunstancial,
que depende de factores externos al sujeto; la natural, que es la que goza el individuo como ser racional; la adquirida, que se gana mediante estudio y trabajo. Respecto al segundo modo, que
el autor llama “mode of the self”, también se hace una triple
subdistinción: autorrealización (“self-realization”),
que se encuadra dentro de la libertad circunstancial; autoperfección (“self-perfection”), en función de la libertad
adquirida; autodeterminación (“self-determination”),
que remite a la libertad natural.
–Habida cuenta de la diversidad psicológica de cada persona -advertí-
podríamos ir sacando subdivisiones hasta la madrugada.
–Esto no es nada -continuó-. En otro libro de la misma época, An inquiry into the freedom of decisión,
de Harald Obstad, la idea de libertad se somete a un análisis lingüístico,
indagando cuántos significados puede haber en una decisión libre. Si decimos, por ejemplo, que “P” ha
decidido sobre “S”, hallaremos seis sentidos distintos de esa decisión: no fue
una decisión coaccionada; la decisión de “P” no estaba predeterminada por ninguna
influencia; “P” se autoexpresaba decidiendo sobre “S”; fue una decisión
racional; “P” decidió sobre “S” tal como debía hacerlo; “P” pudo haber decidido
sobre “S” de una forma distinta de como lo hizo. Tuvimos que detener la lectura
porque nos dimos cuenta de que el autor se adentraba en las subdivisiones de
cada uno de estos significados, hasta formar una serie de 166, la cual aún le
parecía incompleta.
–¿Y vosotros os tomabais ese galimatías en serio? ¿A nadie se le ocurrió
algún comentario jocoso?
–El profesor De Finance era un francés muy poco amable.
–¿Cómo pudieron tener éxito aquellos libros?
-Eran unos años en que dominaba la moda de la estadística, gran
inhibidora del sentido crítico.
Abundaban autores que, llevados del afán de agotar enumeraciones, dejaban en la
penumbra los temas de fondo. Así nos pasó con aquel memorable seminario sobre
la libertad.
-¿Crees entonces que en cuestión de libertad no hay que confiar en
opiniones de la calle?
-No. Si quieres profundizar sobre un concepto, primero hay que saber si
se trata de algo simple o complejo, unívoco o análogo. Obviamente la libertad
es compleja y análoga; hay modos y
especies de libertad.
–Es decir…
–Ponte en el caso de un preso que ha recobrado la libertad. No pensarás
que la ha recuperado toda; de lo
único que se ha liberado es de una coacción externa, es decir, de un solo
aspecto de la libertad.
–Eso se comprende. Pero suponiendo que tenemos claras todas las clases y
modos de libertad que pueden darse, ¿es el hombre un ser libre o no lo es?
–Mientras nos atengamos solo a las ideas populares sobre la libertad,
nunca llegaremos a comprender en qué consiste esencialmente. En todas las
respuestas habrá matices y salvedades.
–Sin embargo Rousseau, que no es una autoridad cualquiera, parece
atenerse al concepto popular.
–Bueno… Rousseau es uno de los grandes pensadores doctrinarios, pero
también es un poco cantamañanas. ¿A qué frase te refieres en concreto?
–A la primera de su Contrato social,
donde dice que el hombre nace libre, pero se halla rodeado de cadenas por todas
partes.
–¿Te parece esta sentencia digna de quien dices que no es una autoridad
cualquiera? Aquí, lo que expresa Rousseau no es una definición de la libertad
sino una pirueta literaria. Si hubiese procedido como se debe, habría preferido
la vía negativa, diciendo que la
libertad es la ausencia de impedimentos que nos privan de obrar en cualquier
sentido. Pero no, él prefiere épater le
bourgeois. Rousseau es un autor que
debe ser leído cum mica salis. La
frase que has citado, tal como suena, es de una vaciedad indigna de la calidad literaria de su autor; digo solo
literaria porque como filosófica pertenece a una categoría más bien floja. En primer
lugar, no es cierto que el hombre nace libre.
Empieza imaginándotelo como recién nacido, absolutamente dependiente de
la madre; luego míralo como niño y como joven, retenido, limitado e impedido
por un sinfín de circunstancias; después como adulto, esclavo de su trabajo o
de sus negocios; el dinero le da libertad por una parte mientras por otra se la
recorta mucho más; le hace esclavo de su propia fortuna, que debe mantener
siempre en vigilancia; finalmente, míralo como padre de familia, atado a los deseos
y caprichos de su esposa y de sus hijos; todo lo cual no es más que una parte
de las múltiples coacciones de su libertad. El mismo hecho de convivir en
familia es un recorte de la libertad, aunque necesario para el mantenimiento de
una sociedad perfecta.
-Ahora bien, contando con lo que haya de verdad en las “cadenas” de
Rousseau, más los obstáculos a que te has referido, me pregunto cuáles son los
aspectos por los que decimos que el hombre es un ser libre. Conozco la
diferencia entre libertad y libre albedrío, pero lo poco que he leído sobre
esta distinción me ha parecido una disputa más teológica que filosófica. En
historias de la filosofía, en charlas y en diversos ensayos he visto que cada
autor abunda en sus propias opiniones, pero en ninguna he encontrado un
criterio cómodamente aceptable.
-De lo único que estoy seguro es de que las disputas sobre la libertad y
el libre albedrío, son más teológicas que filosóficas. Las opiniones son varias
y frente a ellas tenemos plena libertad de elección.
-¿Qué dice la Teología Moral sobre esta libertad?
- La enfoca principalmente hacia la imputabilidad del pecado, en disputa
contra los defensores de diversos estados de conciencia.
–Tengo entendido –interrumpí- que el problema preocupó mucho a San
Agustín.
–Exactamente. Pero el santo buscó la solución recurriendo a escuelas en
las que no encontró más que escepticismo. Al fin vino a dar con la secta
maniquea, que resolvía el problema negando la libertad de los actos humanos.
Por tanto el hombre es inimputable; al carecer de libre albedrío, no puede
delinquir ni merecer. Se suprimía, pues, el problema de la Predestinación.
-Francamente, ando perdido…
– Es sencillo: Manes y sus seguidores afirmaban que el universo se regía
por dos principios: el del bien, que era el Espíritu, y el del mal, la Materia.
Ambos principios dominaban de tal manera que no cabía lugar para ninguna
responsabilidad humana. Los actos humanos no eran imputables ni meritorios,
pues quien los ejecutaba no era el hombre sino las fuerzas del Bien y del Mal,
es decir, del Espíritu y de la Materia. Por consiguiente, el hombre es
“impecable” por deficiencia de libre albedrío. Así San Agustín vivió feliz por
un tiempo, porque como él mismo decía, “se sentía libre de pecado”.
–Una teoría bien cómoda para él, asiduo cliente de las zonas non santas
de Cartago. En fin, perdidos entre San Agustín y los Maniqueos hemos terminado
topando con la Iglesia. Pero tú, que conoces mejor que yo la historia del
pensamiento, debes haberte formado una noción acerca de la libertad y el libre
albedrío. ¿O no?
-Lo máximo que puedo decirte es lo que ya se sabe por sentido común: que
la libertad es una potencia inherente a la racionalidad humana, y que por ende
el hombre es capaz de tomar decisiones dentro de lo que le es necesario para
organizar su vida individual y social.
–Quieres decir, en resumen, que la parcela de libertad que nos
corresponde es más bien reducida…
-Reducida –interrumpió-, pero suficiente para desenvolvernos sin
impedimentos en condiciones de normalidad personal y social.
-En cuanto a lo individual, tengo una curiosidad: ¿es el hombre
moralmente libre de suicidarse?
-Sobre este punto nunca me preocupé de formarme opinión, pero si me
obligaran a expresarla, optaría por la de Séneca, que suena así: la Naturaleza
nos negó la libertad de nacer, pero nos dio la de morir. Él recomendaba el
suicidio en aquellos casos en que la fortuna se presenta inevitablemente
adversa. Pero yo no recomiendo el consejo de Séneca; simplemente lo comprendo.
-Creo que quien toma la decisión de suicidarse, ha llegado al grado
máximo posible de autodeterminación.
–Eso sería verdad en el supuesto de que el sujeto estuviese en pleno
control de sus emociones, sin episodios depresivos de alta intensidad. Por lo
demás, creo acertada la opinión de Albert Camus: que es imposible conocer el
último momento decisivo de un suicida. Por eso me resisto a creer que la
decisión de suicidarse sea un acto supremo de libertad.
-Entonces quedamos en la incógnita….
–Que para resolverla solo cabe situarnos en la normalidad mental y
volitiva. Hay que aceptar, como he dicho hace poco, que nuestra parcela de
libertad es mucho más reducida de lo que comúnmente se cree, pero es suficiente
para llevar una vida cómoda y sin angustias existenciales. Por eso prefiero sustituir
el nombre de libertad por el de libre albedrío, que aunque se usen como
sinónimos, no hay que dejar de lado las diferencias de matiz.
-¿Cuáles son esas diferencias?
–Hay muchas que serían objeto de otra conversación, pero por el momento
me limito a mencionarte un aspecto que vale por todos: la libertad de tomar las
decisiones convenientes en lugar de las agradables. Por ejemplo, la libertad de
casarse con la mujer que gusta menos, pero conviene más. Quien sabe decidir así
hace el mejor uso del libre albedrío.
-Sin embargo, la opinión pública te dirá que el libre albedrío consiste
en elegir, entre varias cosas posibles, la que más apetece.
-Bueno… dentro del libre albedrío también está la de tomar decisiones
conociendo los riesgos.
Nadie, de los que cuarenta años atrás escucharon aquellas somnolientas
lecciones de don Victoriano se hubiese imaginado que sería posteriormente
expulsado de dos colegios por proponer cierto plan de “intervención benigna”
como medio de levantar países en estado de extrema postración económica por
incompetencia de sus políticos. Así se expresaba el maestro, en plena
celebración de los 25 años de paz franquista. Es indudable que si hoy volviese
públicamente sobre el mismo tema sería escandalosamente rechiflado. Por eso
propuse que diéramos un nuevo giro a nuestra conversación.
–Si hoy día te atreves a justificar la intervención de un país en otro,
no te garantizo que seas bien recibido, a menos que se trate de un público
culto muy especial, como sería un
auditorio de filósofos, que somos menos propensos a escandalizarnos de las palabras.
No obstante, siento que tienes razón; hay pueblos que, sin una
neocolonización liberal y humanitaria, jamás saldrán del atolladero.
–Puesto que hablamos de libertad y libre albedrío, ¿qué te parece si
recordamos tu peligrosa teoría de las “intervenciones benignas”? Si en tiempos
de Franco tuvieron que echarte de dos colegios, ahora te abuchearían por
colonialista.
–Ya lo hicieron en un Centro de Estudios Sociales de Valencia. A los
pocos minutos de haber entrado en el argumento recibí una rechifla colosal y
una voz masculina muy potente me gritó: ¡viejo chocho! Pero la sesión terminó
bien. Le di media vuelta a mi charla introduciendo la palabra “apertura”, que
es la que ahora todavía se usa. Mi intención es convencer de que los
nacionalismos, y más aún los regionalismos obliteran la intercomunicación, que
en los tiempos que corremos me parece casi un
crimen.
–Por cierto: hoy se habla de “ayuda humanitaria”, expresión de tufo
paternalista que yo no acepto, a menos que se trate de una gran catástrofe
ocasional. La intervención verdaderamente humanitaria consistiría en “enseñar a
pescar”. Pero desgraciadamente hoy domina la tesis de que cada país debe
resolver, él solo, sus problemas, sin ninguna intromisión extranjera.
–Si es así, yo les diría a las naciones postradas y marginadas lo que
Dante leyó en el pórtico del infierno: lasciate
ogni speranza! O tal vez optaría por la figura del “protectorado”, pero
resultaría inútil proponerla porque el mundo político se ha cerrado en la tesis
de “no intervención”, lo que en la práctica significa abandonar los países
postrados a la buena de Dios.
-Siendo ésta la tónica dominante, ¿crees que esos países aceptarían una
intervención humanitaria?
-Individualmente, tal vez sí, pero colectivamente, no. Me explico: al
electricista que me asiste, que es hijo de mi haitiana, le dije un día: “no te
quiero ofender, pero yo opino que el problema de tu país sólo se resolvería con
una intervención protectora de otro más rico y civilizado”. Me respondió que
estaba de acuerdo y que muchos connacionales suyos pensaban lo mismo. Pero
enseguida añadió: “si voy allá y lo digo públicamente me echan a pedradas”.
-Eso es una especie de masoquismo social.
–También manipulación política. A los políticos les conviene que el
pueblo se autocensure. Doy por seguro que una buena parte de ciudadanos
cautivos de su propio gobierno optaría por mi tesis de la libertad universal.
El siglo en que vivimos ha suprimido varios tabúes, pero los ha sustituido por
otros, no sé si mejores o peores. En las tribunas políticas se sigue hablando
de libertad y autonomía sin ningún sentido crítico. Si la pedagogía se centrara
en la idea de la libertad universal, aprenderíamos a aceptar las buenas
influencias de corrientes extranjeras sin miedo de intervencionismos. La
libertad universal no excluye ninguna connotación, pero al mismo tiempo exige
que ella tampoco sea excluida. Si pudiera, yo trataría de convencer a los
educadores de que los países se enriquecen promoviendo la libertad universal de
sus ciudadanos; y para que entendieran mejor, les recordaría la etimología del
verbo educar, que significa “sacar al hombre hacia fuera”, a la luz del sol, la
única verdadera para todos, como se indica en la alegoría platónica de la
caverna. Mantener nuestro espíritu nacional o regional no debe suponer rechazar
influencias benéficas. No hay que temer influencias extranjeras si de ellas nos
ha de venir una mayor riqueza material y espiritual. Todos los países, incluso
los más prósperos, fueron alguna vez colonizados.
-“Colonizados” es una palabra malsonante.
-Yo nunca la uso con mentalidad de colonialista; solo me atengo a la
tesis que defiendo: que cualquier persona o institución puede convertirse en
pedagogo de la libertad universal, sin que ello signifique derribar fronteras.
Kant creó una segunda “revolución copernicana” sin haberse movido jamás de su
aldea natal, y el mundo entero la aceptó.
Hay en la Historia bastantes casos de territorios pequeños que
traspasaron fronteras y fueron universalmente aceptados.
–Grecia, por ejemplo.
–Exactamente. A ella debemos las raíces de nuestra educación en casi
todas las ciencias especulativas y prácticas; y eso sin tener en cuenta que su
producción literaria y científica es cuantitativamente una de las menos
voluminosas que existen. Francisco de Vitoria creó el derecho internacional,
pensando en la posibilidad de una comunidad universal, sin salir más allá de su
cátedra de Salamanca. Si lees su tratado De
Indis, hallarás mucho que aprender sobre la libertad de los pueblos.
–¿Cuántos abogados habrá que sepan que Francisco de Vitoria fue el
fundador del Derecho Internacional?
–Que eso se sepa o no, es detalle de poca monta. Casos como el de este
fundador y de los demás miembros de la ”Escuela de Salamanca” nos enseñan lo
que puede lograr una epistemología globalizante. En fin, ante la educación para
la libertad universal, las fronteras son líneas divisorias, no aislantes. Con
el intercambio descubrimos verdades y creamos dudas, o tal vez caemos en la
cuenta de falsedades que durante siglos se tuvieron por verdades definitivas.
-Tu teoría de la libertad universal me conecta con la sentencia
evangélica: “La verdad os hará libres”. En los ámbitos universitarios suele
decirse que el objetivo general de las universidades consiste en la búsqueda de
la verdad mediante el trabajo conjunto de profesores y estudiantes. Pero nunca
se ha sabido de qué verdad se trata. En el gremio de los profesores hay muchos
escépticos, pero trabajan en conjunto con los demás que buscan la verdad.
También se dice que la verdad es sólo una, pero no sabemos cuál. San Agustín
disputó con los maniqueos durante nueve años sobre la verdad. Tampoco quedan
claras las palabras de Jesucristo ante Poncio Pilato, declarando que él había venido “para dar testimonio de la
verdad”; pero cuando el Pretor le preguntó qué es la verdad, tampoco obtuvo respuesta.
Don Victoriano hizo un gesto de resignación.
–Tampoco yo puedo dártela. La verdad está solo en la mente; no existe
como realidad tangible. Solo es real y verdadero lo que podemos probar o
demostrar fehacientemente. Cuando decimos que profesores y estudiantes buscan
la verdad, no nos referimos a ninguna en concreto sino a las que cada grupo
académico pueda obtener según las ciencias que cultiva. Sin embargo, la verdad
en abstracto, aunque no sea nada real, es al menos objetiva porque se funda en
la experiencia de realidades objetivas.
-Bajo este punto de vista, ¿qué les dirías a los escépticos? O te lo pregunto
bajo otro aspecto: ¿se puede ser escéptico ante la verdad en abstracto?
- Objetivamente, no; subjetivamente, sí. Objetivamente no, porque el
concepto “verdad” es una abstracción de realidades, que por ser reales son
verdaderas. Pero, subjetivamente, podemos ser escépticos, y a veces hay que
serlo, ante proposiciones de contenido moral, jurídico, económico, psicológico,
etc., y en general frente a todas las que provienen de instituciones o de
individuos singulares. Fuera de unos pocos principios morales de evidencia
inmediata, lo justo y lo injusto, moral o jurídicamente, depende de lo que los sociologistas llaman “espíritu
de los tiempos”. Ese espíritu,
difícilmente definible, es lo que nos hace comprender los actos jurídicos y
morales de cada tiempo. En otros
siglos era justo y mandatorio condenar a la hoguera a quienes formulaban
proposiciones contrarias a la dogmática católica. Debido a la interdependencia
Iglesia- Estado, el derecho civil y el eclesiástico constituían prácticamente
un sólo código, por lo que los delitos de opinión religiosa eran a la vez
delitos civiles.
–Si esto es así, no nos queda otra opción que admitir la relatividad de
la verdad y la justicia.
-Sí, pero a condición de no mirar los sucesos pasados con epistemología
de presente. Porque lo relativo no es la verdad y la justicia en sí, sino
ciertas conductas y opiniones que en su día se tuvieron por justas y verdaderas
y dejaron de serlo siglos más tarde. Lo mismo cabe decir de los lugares: lo que
en unos se justifica jurídica y moralmente, en otros se reprueba, como la pena
capital y las mutilaciones. De todo esto encontrarás ejemplos en la historia
del pensamiento. Pero en ella también hay verdades jurídicas y morales que
siempre fueron aceptadas, lo siguen siendo ahora y lo serán en el futuro. La
circunstancialidad de las normas jurídicas y morales tiene muchos capítulos
oscuros por explorar. Mientras tanto es prudente atenerse al antiguo aforismo
jurídico: distingue tempora et
concordabis iura: distingue los tiempos y concordarás los derechos.
-Por tanto, los inquisidores que sentenciaban a la hoguera -como quienes
ahora ahorcan o mutilan- actuaban como funcionarios que cumplen un deber…
-Aproximadamente… y lo digo así porque los inquisidores eran bastante
desiguales en rigurosidad. Hay una leyenda según la cual Galileo se salvó de la
hoguera por ser amigo de Roberto Belarmino, uno de los más temibles
inquisidores. Antes del juicio, le aconsejó que se apeara de su terquedad y
abjurara “externamente” de su teoría, pues los tiempos no estaban maduros para
asumirla ni siquiera como probable. “Es la única manera” -le dijo- “de salvarte
del fuego y proseguir en tus investigaciones”. Como ves, Belarmino comprendía
lo que no se podía decir públicamente en su tiempo.
–No conocía esta leyenda y creo que la deben conocer muy pocos; pero a
mí me parece extraña porque no es muy verosímil que un inquisidor fuese amigo
de un hereje.
–Bueno… es una anécdota de cuya autenticidad no respondo, pero que en el
fondo tiene su lógica. Belarmino, además de teólogo y canonista, era también
filósofo, y parece cierto que tuvo algunas conversaciones con Galileo, o tal
vez simpatizaba secretamente con la hipótesis copernicana. En su época, costaba
creer en ella por dos razones: por el convencimiento que se tenía de la
infalibilidad de la Biblia y por la aparente contradicción con el sentido
común. Son muchas las verdades físicas que nos parecen contrarias al sentido
común, sin darnos cuenta de que es el sentido común el que se opone a ellas.
Ahora, ponte tú en los zapatos de la gente del siglo XVI y buena parte del
XVII, y comprenderás por qué había que condenar a Galileo, a Giordano Bruno, a
Savonarola y a tantos otros.
-Bueno, menos mal que el Papa ha pedido perdón en nombre de la Iglesia
por el caso Galileo.
El maestro sonrió irónicamente
-Bueno es pedir perdón, pero por Dios, ¡no
después de cuatrocientos años!, cuando ya no hay a quien pedírselo.
Además, ¿sólo por Galileo hay que pedirlo? ¿Qué hacemos con tantos otros que
fueron condenados de verdad, solo por haber expresado opiniones contrarias a
los dogmas y a la Biblia? Su Santidad olvida que hay que distinguir los tiempos
para concordar los derechos. En fin, otra vez “con la Iglesia hemos topado,
Sancho”.
-Sé que es tarde para continuar la charla, pero al hablar de la libertad
y libre albedrío, me olvidé de un asunto tan serio como dramático.
-Tú dirás…
-Me refiero a la pobreza. Cervantes ponía en boca de su Caballero
Andante una frase que es casi una sentencia: “Has de saber, Sancho, que el que
es pobre no tiene nada bueno”. No es una tesis filosófica, pero es una buena
pedrada de “realidad objetiva”;
¿quieres mayor esclavitud que la de no tener un duro?
-Quizá no sea la mayor de las esclavitudes, pero es un obstáculo de
magnitud. Yo apostillaría la frase de Cervantes de esta manera: lo más triste
para un pobre no es que le digan que no tiene nada bueno, sino que le convenzan
de que no tiene nada bueno porque es pobre.
-Me gusta la sutileza.
-Más me gusta la verdad que implica. Varias son las ocasiones en que
Cervantes alude a la pobreza, como cuando Don Quijote advierte a su escudero
que entre los campesinos y en las chozas de los pastores hay grandes ingenios
que se perderán para siempre por falta de oportunidades.
-Es cierto; un marginado social podrá tener grandes proyectos, pero
difícilmente hallará quien se los financie.
–Sin embargo, hay un hecho evidente sobre cuyo significado muy pocos
reflexionan; me refiero a quienes logran salir de la pobreza sin más medios que
el esfuerzo y tenacidad en el trabajo –trabajo honrado, doy por supuesto-.
Sabemos además que tales casos han sido numerosos, de lo cual deduzco que
podrían ser muchos más, si muchos activaran la potencia-madre de la libertad y
el libre albedrío, que es la voluntad.
Nadie es libre de nacer rico o pobre, pero vivir y morir pobremente es problema
de cada uno. No todos los pobres lo son solo por falta de dinero; muchos
alcanzan un estatus de bienestar viviendo holgadamente de un trabajo digno;
pero este logro no se alcanza sin vencer la indolencia, o bien pasar por encima
de prejuicios sociales y ataduras familiares. Dime cuán voluntarioso es un
pobre y te diré por cuánto tiempo permanecerá en su pobreza. Lo mismo vale
decir de la mediocridad. De ello podemos sacar ejemplos hasta en la filosofía.
Ni Spinoza, ni Hume, ni Rousseau, ni Schopenhauer, ni Heidegger -sean suficientes estos pocos- habrían
alcanzado sus metas si no se hubiesen desentendido de sus familias, protectores
o mentores. Si Kant no hubiese vencido la coacción de su madre y la influencia
del teólogo Schulze, no habría sido más que un oscuro pastor pietista. Para
terminar, propongo que medites esta sentencia de Séneca: “De nada debemos
guardarnos más que de parecernos a las ovejas, no caminando hacia donde hay que
ir, sino adonde todos van”. Basados en esta idea, podemos distinguir entre dos
grupos humanos: el de los gregarios,
que caminan con la grey, y el de los egregios,
que avanzan hacia donde quieren ir.
Concluyendo: sin una voluntad imperativa, la libertad y el libre albedrío
se convierten en facultades nugatorias.
9
INDIVIDUO Y PERSONA
Don Victoriano me preguntó si de la larga conversación anterior me
quedaba alguna observación que plantear.
-Sí, me quedó una -respondí-: cómo conciliar el libre albedrío con las
convenciones sociales sin comprometer la paz y la armonía.
—Primero habría que saber si las convenciones sociales son realmente
obligantes, o eres tú quien te obligas a ellas. Cualquiera que sea el caso, hay
que convencerse de que lo más importante de una sociedad son sus elementos más
simples, es decir, cada individuo, cada persona particular. La sociedad no es
un rebaño en que todas las ovejas deben que ser blancas.
–Pero la opinión común, tanto de sabios como de ignorantes, es que la
sociedad está por encima del individuo; es lo que se impone prácticamente como
dogma.
-Dudo mucho que los sabios lo acepten como tal; lo que sí es cierto es
que se trata de un error. Porque aunque todos los seres humanos constituyamos
una especie, cada individuo es, ante todo, una singularidad que posee ciertos
atributos distintos, que son solo suyos e intransferibles. En consecuencia, yo
sostengo que la sociedad no está por encima del individuo, sino al revés.
–Temo que muy pocos admitan esta opinión, mucho menos en nuestros días
en que tanto se insiste en la solidaridad, el espíritu de unión y equipo y…
–Lo sé perfectamente -interrumpió-; se repiten lugares comunes ligados a
la costumbre, frases acuñadas sin atención al significado y sentido de las
palabras. Yo sostengo lo contrario, porque decir que la sociedad está antes que
el individuo es colocar la carreta delante de los bueyes, o el bosque antes que
los árboles. Si no, veámoslo sencillamente:
¿admites que la sociedad está compuesta de individuos?
-Admitido.
–Por consiguiente, si se quiere formar una sociedad lo más perfecta
posible, ¿por dónde hay que empezar?
–Por el individuo, sin duda.
–Algo tan elemental y sin embargo tan olvidado por los Ministerios de
Educación. Creen que reuniendo el rebaño y haciéndolo obediente al silbo del
pastor, ya está hecha la sociedad. Tuvo que caer el muro de Berlín para que
cada oveja se diera cuenta que no había hecho más que seguir el rebaño. Debemos
tener esto muy en cuenta quienes hemos vivido los tiempos en que si un
estudiante no comulgaba con el comunismo se le tenía intelectualmente por minus habens.
–Tu razonamiento parece aceptable, pero si lo expones públicamente te
calificarán de individualista.
–Tal vez la mayoría, pero los que acostumbran a hilar más fino me
llamarían
personalista. ¿No te
parece una buena diferencia?
–Intuyo la idea pero
prefiero que me la expliques.
Don Victoriano se irguió en actitud de
sentar cátedra.
–Individuo es un
ejemplar de cualquier especie, mientras que persona es un individuo de
naturaleza racional, dotado de conciencia de su propia racionalidad y libre
albedrío. Un individuo humano puede forjarse su propia personalidad, lo que no
pueden hacer los caninos ni los antropoides. Eso es precisamente lo que se
debería formar en las escuelas: la personalidad de los individuos.
–Eso es evidente, pero en el lenguaje habitual individuo y persona se
suelen usan como sinónimos.
–Cierto, y en ello no veo inconveniente. En el lenguaje popular y a
veces hasta en el culto, abundan expresiones y vocablos impropios, a pesar de
lo cual nos entendemos debidamente, pero lo ideal sería que hablando en
propiedad se distinguiera individuo de persona.
–De mis tiempos de bachillerato tengo un vago recuerdo de un profesor de
Formación del Espíritu Nacional, que se las daba de filósofo exponiéndonos el
personalismo de Emmanuel Mounier. Cuando hablé de eso un día con mis colegas
del Ateneo, se rieron despectivamente. “Ah -decían-, el trío de filósofos
beatos: Mounier, Marcel y Maritain; son cardenales in pectore”.
–A esos juicios no hay que darles beligerancia. Es propio de botarates
menospreciar lo que no se conoce.
–Yo tengo una vaga idea del personalismo de Mounier. Añádeme algo que la
aclare.
–La persona es un valor que debe ser colocado en el centro de todo
movimiento político y social; más precisamente: en el centro de la economía, la
cultura y la democracia, pero no en condición de medio sino de fin en sí mismo.
Sus características son la integración comunitaria, la libertad y la capacidad
de trascenderse. ¿Lo ves claro?
–Tan claro se ve, que mis amigos ateneístas situarían a Mounier en el
rango de los “facilones” y hacedores de filosofía barata.
–A veces también hay barbarie en ateneos y universidades.
-Volviendo a los tres filósofos franceses, parece contradictorio que sea
precisamente el país más laico de Europa el que ha producido los mejores
filósofos neoescolásticos contemporáneos, y que además sea en su propia casa
donde mejor son estimados.
–Francia siempre ha estimado y exportado sus productos, sobre todo
porque son productos suyos,
franceses. Esta iniciativa abarca todo lo que es francés: desde la cocina hasta
la filosofía. En cambio, la España académica contemporánea, detesta los
productos, sean suyos o ajenos, que traigan reminiscencias escolásticas o
clericales. Esta es la razón por la que tus colegas ateneístas subestiman
apriorísticamente al tríptico neoescolástico francés. En las universidades
oficiales de la época franquista, era notorio el antiescolasticismo,
necesariamente ligado al anticlericalismo. Cuando un clérigo se estrenaba en
una cátedra –que raras veces ocurría- inmediatamente caía bajo sospecha. No
afirmo que el prejuicio ideológico sea tara típicamente española; se da en
todas partes. Te menciono solo un episodio: siendo estudiante en Roma, solía
leer semanalmente la Revista “Época”, donde con cierta frecuencia escribía Pier
Paolo Passolini. De él recuerdo literalmente la siguiente frase: “No me
cataloguéis a Gabriele D´Anunzio como un gran escritor, ¡por favor! Es imposible
que un fascista sea capaz de producir buena literatura”. Ya ves hasta dónde
llegan los prejuicios. Deshazte de ellos y atrévete con la “facilonería” de
esos “cardenales in pectore”.
-¿Qué obra me sugieres, para empezar?
-Por El orden de los conceptos,
de Jaques Maritain. Disfrutarás de un tratado original y creativo de Lógica
Formal, no por los caminos trillados de la gran mayoría de manuales de lógica,
sino agotando los temas con profundidad y sencillez. De los tres autores en
cuestión tengo que decir a quienes no lo sepan, que se cuentan entre los
grandes del pensamiento del siglo XX. Comprendo que en algunos círculos no sean
muy estimados por las razones que ya sabemos. Quienes los menosprecian es
porque los desconocen. En Francia, país laico por antonomasia, se tienen en
gran estima. En resumen: no se puede menospreciar a ningún autor sin haberlo
leído. Quizás aquellos niñatos del Ateneo que los despreciaban cambiarían de
opinión si los leyesen. Y esto no sólo vale para la filosofía sino también para
la literatura y el arte en general. Repito: no hay que amar ni despreciar lo
desconocido.
–Y ¿qué hago con ciertas artes que conozco pero no entiendo, como los
cuadros de Joan Miró, por ejemplo?
–Suspender el juicio. Lo cual no significa dejarse tomar el pelo por
artistas que se valen de su fama consolidada. Deja que el tiempo haga su criba.
–Volviendo a Maritain, recuerdo que en una de tus clases hablaste de
unas conferencias que le habías escuchado en la Universidad de Padua.
–Sí; fueron unas charlas que dio sobre el panorama filosófico del
Renacimiento, un tema que él dominaba magistralmente. Lástima que no quedara
nada escrito ni mucho menos registrado de aquello. Era impresionante la forma
cómo, de un golpe de vista, te desvelaba todo el panorama de una época.
Presentaba la intervención de Lutero como un suceso epistemológico que a la
vista de los antecedentes necesariamente tenía que ocurrir. Maritain era
especialmente apreciado en Italia; pero a pesar de tratarse de una personalidad
universal, la asistencia no fue tan nutrida como se esperaba, tal vez por
tratarse de un tema demasiado especializado. Maritain era un personaje de bajo
perfil, pero de una extraordinaria receptividad. Atendía a las preguntas de los
jóvenes con gran interés, dando la impresión de que era él quien deseaba
aprender de las preguntas que le
dirigían. En fin, me extraña que los franceses, aun estimándolo tanto, lo
hayan promovido poco.
–Y precisamente los franceses, que son tan buenos vendedores de su
mercancía intelectual y política. Hace poco más de una semana estaba yo en
Perpignan, coincidiendo con la celebración de la Toma de la Bastilla. Presencié
por televisión el gigantesco desfile. Giscard D´Estaing dijo en su discurso que
aquello que se conmemoraba era el acontecimiento más grande ocurrido en el
mundo desde que existe noticia histórica.
–Francia nos ha vendido su Revolución como lo más glorioso, cuando no
fue otra cosa que un festín de sangre. Ha logrado enarbolarla como símbolo
mundial de liberación, presentándola como madre de las revoluciones americanas
en vías de emancipación. Sin embargo la verdad es que la revolución de las
independencias americanas no tiene nada que ver ni en la materia ni en la
forma, con la Revolución Francesa.
–El márketing es lo que se impone…
- Pero por un tiempo. Aplico a los fenómenos del márketing el dicho de
Einstein: “las políticas pasan, una ecuación es para siempre”. Así quedará el
personalismo de Maritain
y de Mounier. Y no es que esta doctrina la hayan creado estos dos filósofos,
sino que ya era común durante la Edad Media, de modo que Mounier y Maritain no
han hecho más que ponerla al día.
-Con relativa frecuencia oigo hablar de la dignidad de la persona…
-A propósito –interrumpió-, debimos haber empezado esta conversación
definiendo y explicando el concepto de persona, con el dictado que
principalmente la caracteriza, que es el de dignidad.
-Si no es demasiado tarde para ti, yo dispongo de todo el tiempo.
-Solo te pido tres minutos de paciencia. El concepto filosófico de
persona es de origen teológico, cuando a partir del siglo IV fue preciso
ajustar términos en torno a las cuestiones cristológicas y trinitarias. Hizo
fortuna durante siglos la definición de persona dada por Boecio: Rationalis naturae individua substantia,
“sustancia individua de naturaleza racional”. Para el momento controversial, no
se podía ser más claro con menos palabras. Sobre esta definición se montó todo
un sistema doctrinal que ahora no viene al caso. Pero las mejores aclaraciones
sobre la idea de persona la dará más tarde Tomás de Aquino en el siglo XIII.
Fue él quien acuñó la expresión “dignidad de la persona”. La anotación de
“dignidad” venía por analogía de las dignitates,
sustantivo adjudicado a los altos cargos eclesiásticos, como dignidad de
cardenal, de obispo, de canónigo, de arcipreste, etc. Pero como estas
dignidades son meramente nominativas, Tomás de Aquino quiso buscarles la raíz
ontológica, que encontró profundizando en la noción de “naturaleza”.
Recorriendo la taxonomía del reino animal, se llega a al ser más perfecto de la
creación, que es la criatura racional. Siendo así, a los seres de “naturaleza
racional” les conviene, por naturaleza, el dictado de dignidad porque poseen
los atributos más dignos que pueden pensarse y que no se hallan en ninguna otra
especie de vivientes. Tal es el origen de la expresión “dignidad de la persona
humana”, con perdón de la tautología, ya consagrada por el uso. ¿Qué te parece?
–Te confieso que estaba convencido de que esta expresión era una
conquista de las democracias modernas quienes.
-Este hecho, si no entiendo mal, se debe a que a partir de Descartes se
sustituyó el concepto de persona por el de conciencia de sí. Es decir, poniendo
uno de los atributos en lugar del sujeto. De hecho, Hume lo explica diciendo
que la persona es un ente dotado de razón y reflexión y que tiene conciencia de
sí mismo en los diversos tiempos y lugares.
-Entiendo que hay otros filósofos modernos que han hablado de la
persona.
–Sí; uno de los últimos fue Unamuno, que explica la dignidad de la
persona por la capacidad de consumir productos cada vez mejor elaborados,
aunque dando la preferencia a las creaciones científicas y literarias. Pero
mucho más estimable es la opinión de Kant, que funda la persona en la autonomía
moral de la voluntad.
-Hace dos o tres años escuché en el Ateneo Barcelonés una conferencia
del profesor Muñoz Alonso sobre la doctrina de Rosmini, que también fundaba la
dignidad de la persona en la voluntad, pero no recuerdo mayores precisiones.
-Rosmini no es un pensador de los más fáciles. Pero en el asunto que nos
ocupa es bastante asequible. Por encima de todo coloca al sujeto percipiente y
volitivo, es decir, el ente; pero el ser del ente no se conoce por su esencia,
sino por sus atributos.
Efectivamente, cuando preguntas quién o qué es Pedro, no te contentarás
con la
respuesta de “sustancia de naturaleza racional”, sino que lo conocerás
más bien por sus determinaciones individuales, como músico, filósofo, pintor,
etc. Los atributos, en fin, indican lo que una persona es. Lo mismo vale de los
demás objetos de conocimiento.
-Estoy con Rosmini. Me parece más realista. Pero ahora quisiera saber tu
opinión, que seguramente debes tenerla.
-En buena parte creo que ya le he expresado, aunque no directamente como
mía, pues en el fondo convengo con la de Rosmini, que establece como principal
finalidad del Derecho la protección y desarrollo del libre albedrío. Considera
que los sistemas educativos, integrando la formación intelectual con la moral,
deberían encaminarse a la formación de personalidades dignas. Lo cual significa
que el primer objetivo que compete a la sociedad es modelar la personalidad de
sus individuos. Lo único que añado de mi parte es que la sociedad no debe
primar sobre el individuo. Los términos de bien
común y sociedad son apriorismos que deberíamos usar con más moderación.
La mejor forma de trabajar para el bien común es procurar el perfeccionamiento
del individuo particular. Si no se procede así, terminaremos confundiendo el
bien común con el bien del Estado. Es decir, impondremos la tesis de que el
ciudadano está en función del Estado en lugar de lo que debe ser: el Estado en
función del individuo.
–Pero con esta tesis tuya…
–No lo es totalmente -interrumpió-; se desprende del pensamiento de
Rosmini.
–Muy bien, que sea como dices; pero lo que veo imposible es suprimir la
opinión común, que va en dirección contraria.
–Pero es una opinión insensata, aunque sea la común. Anteponer la sociedad
al individuo es como poner el bosque antes que los árboles.
–Ahora, aceptando este el supuesto, ¿qué es lo que el individuo debe a
la sociedad?
–La sociedad se retroalimenta de lo que ella misma da a los individuos;
luego que los ha educado para el libre albedrío y la capacidad de decidir, ha
puesto a disposición de los individuos el principio de perfectibilidad de la
especie humana. Una vez que la sociedad ha completado la educación de sus
jóvenes, entonces puede exigir a cada uno
la retribución de aquello que le sobreabunda gracias a la calidad de la
educación recibida. De esta manera no es la sociedad la que hace prosperar al
individuo, sino al revés. El buen desarrollo de una sociedad está en proporción
directa de lo que recibe de cada individuo. Si esta proporción no se da,
sobreviene el subdesarrollo, que consiste en que la mayoría de los individuos
no tiene nada que retribuir a la sociedad. Los cinturones de miseria que ves
alrededor de las grandes capitales se debe al descuido de una educación equitativa.
Tuve la impresión de que Don Victoriano estaba navegando en la utopía,
pues es imposible una sociedad tan perfectamente acabada como la que él sueña.
Viéndome silencioso y con la mirada perdida, me preguntó:
–¿En qué estás pensando?
–En que me pones en una disyuntiva: si una sociedad civilizada se
compone de individuos civilizados, ¿quién se civilizó primero, los individuos o
la sociedad?
-Ni lo uno ni lo otro fue primero. El ser humano es sociable por
naturaleza, es decir por constitución de su especie. Las sociedades humanas se
han ido formando durante milenios sin que nadie se percatara de ello. En un
momento dado -no sabemos cuál- nos
hallamos viviendo en sociedad, debido a la necesidad de protegernos con
el intercambio de habilidades e iniciativas. Así como nunca existieron un Adán
y una Eva como primera pareja, tampoco un primer ser de naturaleza social.
–Si Adán y Eva no existieron, cómo hay que entender el relato bíblico.
–Como una fabulación para explicar que el hombre y el mundo son producto
de un acto de creación divina. Pero no nos vayamos del tema. Como dije, estamos
situados en sociedades ya hechas y que están continuamente haciéndose. Lo que
yo trato de concebir es una forma de mejorarlas por un sistema de educación.
–Pero tú dijiste que no crees en ideales, y ahora me planteas uno de los más irrealizables: el de una sociedad
tan perfecta como la que concibes.
–En mi posición no hay nada de idealista -dijo con mucha vehemencia- ;
yo cuento con una materia prima bien concreta de la que disponemos en
abundancia: el individuo, que tiene potencialidades que los educadores no saben
explotar.
–Pero para ello haría falta una renovación social prácticamente
inasequible.
–Sin embargo, yo la creo asequible con una reforma del Derecho, no demasiado
extensa ni complicada.
–¡Casi no dices nada!: reformar el Derecho, aunque fuese en una mínima
parte, supondría un trámite interminable. Los abogados suelen ser conservadores
y perezosos ante las innovaciones jurídicas porque les sacan de su trayectoria
rutinaria.
–No les pediría a los juristas grandes cambios; sólo unos retoques que
mejoraran la situación del individuo ante el Derecho. Habría que equilibrar
mejor los derechos individuales con los sociales. En este sentido ya hablamos
en su día de la parte que toca a los políticos, pero se me olvidó el enfoque
jurídico de la educación. ¿Recuerdas que me tildaste de individualista?
–Lo recuerdo perfectamente.
–Reconozco que tal vez lo sea en cierto sentido, pero no a la manera
como se suele entender el individualismo. Veo en los Códigos Civiles demasiados
residuos de positivismo sociológico.
–¿Te refieres a la preeminencia del derecho social sobre el individual?
— Sí. Alguna alusión hemos hecho a este tema, pero ahora conviene
enfocarlo en otro sentido. Ante la pregunta de si debe prevalecer el derecho
social sobre el individual, hay dos doctrinas. Unos conciben la sociedad como
un organismo absorbente, donde los individuos no son más que piezas engranadas,
carentes de autonomía y condenadas a subsistir sólo en función de la sociedad.
Otros, al contrario, ven al individuo como protoelemento de la sociedad, por lo
cual estiman que la relación individuo-sociedad debería ir de lo uno a lo
múltiple, pero sin que se anularan los atributos de cada persona en su singularidad.
–Pero en ese todo unitario, ¿dónde recaería la preferencia, en el todo o
en las partes?
–Aquí es donde puede haber alguna ambigüedad. Los sociologistas
entienden que la sociedad es un ente moral que se sostiene por agregación de
singulares que actúan en función de una unidad por encima de las
singularidades. Y éste es el punto en que yo disiento.
–¿En qué consistiría el objetivo de esa unidad de los sociologistas?
–Aquí está el problema: quieren la unidad en y por sí misma, sin apuntar
a ninguna finalidad. Está claro que no puedo desestimar la unidad social porque
iría contra la evidencia. Sin embargo es indispensable que haya una finalidad,
como necesariamente debe haberla en toda empresa humana. Pero las sociedades
humanas no tienen razón de fin en sí mismas sino de medio. Si nos unimos es
para algo, ¿no lo ves así?
–Evidentemente. ¿Y cuál sería ese fin?
–Desarrollar el principio de perfectibilidad de los individuos. Es
decir, una unidad en que cada uno de los singulares se sienta dueño y ejecutor
del destino que para sí ha elegido según su libre albedrío.
–Entonces, ¿cómo entiendes la clásica definición del hombre como ser
social?
–Es perfectamente válida, pero a condición de que se sobreentienda que
la racionalidad precede a la sociedad, porque no somos racionales por ser
sociales, sino al revés. Eso es lo que debería reflejarse en una supuesta
reforma del Derecho.
10
VERDADES ABSOLUTAS Y RELATIVAS
El libre albedrío nos permite asentir o disentir frente a las diversas
proposiciones, aforismos, dogmas y postulados. Podemos, en fin, disentir de
cuanto no esté irrefutablemente probado o demostrado. Sin embardo hay preceptos
de moral positiva contra los que no es de buen recibo oponerse públicamente. Así
se lo expuse a don Victoriano, preguntándole si es posible enfocar esta
cuestión sin pasiones ideológicas.
-Es posible. Ante todo, hemos avanzado en apertura de mentes y amplitud
de horizontes. Hemos aprendido a discernir mejor entre las proposiciones evidentes
y las problemáticas. Sabemos, al menos los filósofos, que las problemáticas
ganan por mayoría absoluta. Incluso
la teología moderna, y más aún la postmoderna, han ampliado el margen para la
duda. En nuestra época, los papas son renuentes a declarar dogmas de fe. Por
tanto, también en este ámbito gozamos de más
tolerancia.
–Yendo más a fondo en el problema de la verdad, ¿sientes preferencia por
algunas de sus definiciones?
El maestro acogió esta pregunta con menos entusiasmo.
–Más que hablar de la verdad en abstracto, prefiero referirme a las
cosas que son verdaderas. Por eso la única definición que admito sin réplica es
la tradicional: Veritas est id quod res
est. Traduzco parafraseando: verdad es aquello que veo y entiendo tal como
es según los límites de la mente humana. Imposible definir mejor ni con menos
palabras. Sin embargo, tal como suena en latín, tiene el inconveniente de que
solo es comprensible para quienes llevan años de lectura filosófica.
-Parece una definición tautológica, puesto que hay que usar el verbo ser
para definir lo que es.
-Has dicho bien, lo “parece”, pero solo gramaticalmente, porque para
cualquier definición necesitamos el verbo ser. Sin embargo deja de ser
tautológico si te fijas en los términos. Al decir que la verdad es, expresamos
la parte del sujeto, mientras que en lo
que es, afirmamos el predicado de la cosa. Es el único caso en que es
preciso usar el mismo verbo para la definición y la cosa definida, para sujeto
y para predicado. Definimos ser repitiendo el mismo verbo porque no hay otro
que exprese la noción de ser. Incluso en las oraciones transitivas está
implícito el verbo ser, porque nada podemos hacer ni padecer sino en cuanto que
somos. Resumiéndolo en forma coloquial: cuando tú dices: “las cosas son como son”
tomas el primer son con suposición
entitativa y el segundo con suposición modal, es decir, como predicado. Es una
explicación incompleta, pero suficiente. ¿No te parece?
-Creo que sí –dije sin convicción- pero yo prefiero la otra definición
de Santo Tomás: “Verdad es la adecuación del entendimiento a la cosa
percibida”·
–También es buena, pero menos precisa porque da lugar a la subjetividad,
pues no siempre lo que creemos adecuado a la realidad, lo es verdaderamente.
Adecuación entre el entendimiento y la cosa es una verdad cuando esa
“adecuación” es indiscutiblemente cierta y evidente. Por ejemplo, si digo: “las
plantas sienten”, no afirmo una adecuación indiscutible ni mucho menos
evidente. La adecuación del entendimiento a la cosa entendida debe ser no solo
gnoseológica sino también ontológica.
–Perdón, no capto la diferencia.
–La adecuación ontológica es siempre apodíctica, mientras que la
gnoseológica puede ser simplemente asertórica.
–Menos lo entiendo.
–Me explico. Es asertórica una adecuación sobre materia opinable, y
apodíctica la que es de certeza absoluta. Por ejemplo, la proposición “existen
seres humanos en otros planetas”, no pasa de ser probable, mientras que A=A,
(toda cosa es igual a sí misma), es una adecuación de certeza absoluta. De donde
puedes deducir que el campo lo opinable es mucho más extenso que el de lo
apodíctico.
-¿Quieres decir que el ámbito de la opinión no tiene límites?
-Cuidado; no he hablado de límites sino de extensión. Se puede ser
relativista en todo excepto en los principios, axiomas y proposiciones de
evidencia inmediata; es decir, inteligibles hasta para las mentes más obtusas.
En tales proposiciones no cabe relativismo ni mucho menos escepticismo.
–¿Cuáles son, entonces, los límites del relativismo?
–La contradicción y la imposibilidad, si no me equivoco. Puedes
comprobarlo buscando la fuente de los errores. Todo error proviene de no haber
tenido en cuenta la contradicción o la imposibilidad. Cuando yerras en una
cuenta o pierdes en un juego, es porque en el curso de las cosas hubo una
contradicción que te pasó inadvertida. Es lo que ocurre en locuciones populares
como estas: “mala suerte”, “una muerte absurda”, “castigo de Dios”,
“fatalidad”, etc. Son expresiones que usamos cuando desconocemos las causas de
un mal suceso. Llamar absurdo un acontecimiento cualquiera es como afirmar que
ha ocurrido un efecto que no tiene causa. Cuando hemos fracasado en algo es
porque ha precedido un error de nuestra parte.
–A veces hablamos de muertes absurdas, accidentes absurdos…
-No hay nada absurdo si proviene de una causa; lo absurdo sería que
puesta una causa no se diese el efecto.
-Teóricamente tienes razón, pero en la práctica es evidente que se hacen
y dicen cosas absurdas.
-El único ser que puede hacer o decir cosas absurdas es el humano,
cuando usa indebidamente su libertad.
-Los locos, por ejemplo.
-A veces, también los cuerdos. Pero aún en esos casos, el absurdo es
causa o consecuencia de antecedentes individuales que desconocemos.
-A propósito: ¿puede haber errores que no sean humanos, por ejemplo,
fallas mecánicas, errores genéticos, etc.?
–Es otra de tantas inexactitudes de nuestro lenguaje. Llamamos “errores
genéticos” a malformaciones orgánicas cuya causa desconocemos. En cuanto a los
accidentes aéreos o viales, sólo pueden provenir de causas humanas. Los
constructos mecánicos se hacen según leyes físicas que son infalibles, pero
quienes los construyen son hombres, y por tanto pueden cometer errores de
construcción. Si un avión, está bien construido, bien mantenido y bien
manipulado, no puede fallar mecánicamente. Todos los siniestros del transporte
se deben a imprevisiones humanas, en la construcción, en el mantenimiento o en
la manipulación. Las fallas sólo pueden ser humanas. Errare humanum est.
¿Y los accidentes aéreos que ocurren por fenómenos atmosféricos
imprevisibles? Tú lo has dicho: “por imprevisión”, lo cual es error humano.
–Así que, si me fallan los frenos del coche…
–Es porque te has olvidado del mecánico; debiste prever que la fricción
produce un desgaste que hay que prevenir oportunamente.
11
INDIFERENCIA MORAL DEL ACONTECER
Justamente a propósito del error que cometemos cuando atribuimos al
destino nuestros infortunios, olvidando que no hay efecto sin causa, me
interesa hablar de la causalidad histórica.
-Si tanto te interesa –dijo el maestro-, entras con buen pie, pues
innumerables son las causas y razones suficientes que actúan en el mundo.
Personalmente, me interesan más las causas físicas que las metafísicas y
morales; por eso, si ahora pudiese cambiar de oficio, me gustaría más ser
físico que filósofo.
-¿Por qué no cambiaste a tiempo?
-Porque en cuestión de oficios y profesiones ocurre como en los
matrimonios: la gran mayoría no nos casamos con quien queremos sino con quien podemos.
- Eso no lo dirías en presencia de tu mujer…
-Al principio tal vez no, pero ahora sí porque ya tenemos los flaps en
posición de descenso.
-¿Es decir…?
-Te lo explico: en el comienzo del matrimonio, la razón funciona con el
amor; pero pasado algún tiempo, el amor funciona con la razón.
-Prefiero no menear este asunto; vayamos a la causalidad histórica.
- ¿De dónde te vino esta curiosidad?
-De una conferencia que dio don Pedro Laín Entralgo en el Ateneo
Barcelonés.
Aunque no conservo una memoria clara del contenido, recuerdo algo sobre
la responsabilidad que contraen los grandes protagonistas de la Historia.
Probablemente tendrás tu propia teoría sobre este asunto.
–Temo decepcionarte; la historia no es mi fuerte. Si alguna vez rocé el
tema en clases o conferencias fue solo tangencialmente. Sin embargo tú debes
recordar si Laín Entralgo se refirió a algún historiador o filósofo de la
historia en concreto, pues no ha habido ningún filósofo de cierta nota que no
tenga su teoría de la Historia.
–Te puedo mencionar algunos: Herodoto, San Agustín, Hegel, Toynbee…
–Bien, como es natural, los primeros que necesitaron reflexionar sobre
la Historia fueron los historiadores, desde Tucídides hasta Toynbee. Los
historiadores más ambiciosos no se contentaron con narrar los hechos, sino que
reflexionando sobre ellos intentaron hacer cierta historiografía, como es el
caso de Tucídides. Pero para ello necesitaron ponerse en la onda de los
filósofos, de lo cual resultó que la filosofía convirtió a unos historiadores
en historiógrafos y a otros en filósofos de la Historia.
–Pero entre tanta multitud de historiadores y filósofos, ¿cómo nos
orientamos para no andar saltando de rama en rama?
-Yo sólo puedo orientarte desde dos perspectivas contrarias: la
idealista y la positivista.
–Según mis lecturas, la filosofía siempre ha navegado entre estas dos
corrientes, con algunos intermedios de realismo moderado.
–Si no estoy equivocado, el origen más remoto de la Filosofía de la
Historia lo encuentro en las controversias neoplatónicas, gnósticas y maniqueas
acerca de la Verdad y del problema del Mal en su lucha contra el Bien. Fueron
los principales motivos de reflexión, al menos hasta el siglo V. Su
planteamiento era: “Si existe Dios, ¿de dónde viene el mal?”. San Agustín,
centro y eje de todas aquellas controversias, pasó desde la adolescencia hasta
los treinta años haciéndose esta pregunta.
–Hay mucha literatura alrededor del neoplatonismo, pero no he encontrado
ninguna que me indique una ruta coherente.
–Para exponer el problema con sencillez hay que hacer muchas omisiones.
Por eso me limito a ver la cuestión bajo los dos extremos del idealismo y del
positivismo.
–¿Por dónde empezamos?
-Por el neoplatónico más universal, que es San Agustín. Su planteamiento
del problema del mal se mantiene en el plano ontológico. Apartándose de las
teorías maniqueas y gnósticas, que concebían el mal como una entidad real y
existente, Agustín sostiene que el mal no es otra cosa que una privación de la
integridad del ser. Es un pensamiento muy general, pero hay que matizarlo. Los
acontecimientos físicos, independientemente de si nos favorecen o perjudican,
son eventos indiferentes: ni buenos ni malos en sí mismos. La naturaleza
–prosigue Agustín- no puede ser origen de mal alguno, puesto que no hace más
que seguir las leyes físicas dictadas por Dios. El verdadero mal es la
deficiencia del ser moral; un producto de los exabruptos volitivos del ser
humano. En suma, lo único realmente malo es la mala voluntad; el uso perverso
de la libertad y el libre albedrío. No es una teoría totalmente original de San
Agustín, pues ya venía desde el Pseudo Dionisio.
–Aquí empieza la preocupación; el hecho de que un niño nazca
oligofrénico, ¿no es un mal?
–Objetivamente y en sí mismo, no es ni bueno ni malo. La oligofrenia es
un efecto natural de anomalías genéticas. Las taras físicas o mentales de los
humanos podríamos llamarlas “misterios de la biología”, que proceden de
factores que la ciencia aún no ha podido determinar. En fin, para entender la
teoría, hay que tomar como principio que todo lo que procede de una causa no
libre es un fenómeno axiológicamente indiferente.
–Pero este principio va completamente contra el sentir común. Cualquier
deficiencia, sea física o moral, es percibida por todo el mundo como un mal, y
muy pocos, excepto algunos científicos y filósofos, afirmarían lo contrario.
Incluso, como tú sabes, hay filósofos modernos y contemporáneos que conciben el
mal como una entidad existente. ¿Cómo razonarías esta teoría?
–Para entenderla, te servirá de ayuda una distinción muy sencilla: no es
lo mismo un suceso producto de una mala voluntad humana que una carencia que
tiene sus causas naturales, físicas o biológicas; o más bien digamos, todas
físicas, puesto que la biología está en el universo de la física. El mal sólo
puede venir de una mala voluntad, pero en modo alguno de las leyes naturales,
que son inexorables y nada tienen que ver con la moralidad. Hay numerosos
eventos naturales que causan desgracias humanas, pero no podemos achacárselas a
la mala voluntad de nadie, a menos que las atribuyamos a
un dios maligno, o a un demonio, cosa que sería tan absurda como afirmar
que el mal existe como entidad real.
–Todo eso parece muy bien razonado, pero topa con la realidad del sentir
humano.
–Es comprensible que así sea, porque el hombre, además de racional, es
también un ser volitivo, y por tanto emotivo. Hay sucesos que afectan la
voluntad, que es la potencia de que dependen los sentimientos y emociones. Si
bien lo miramos, la inmensa mayoría de los acontecimientos nos dejan
indiferentes; sólo los que nos afectan personalmente nos producen sentimientos
y emociones de diversa índole.
Esta observación del maestro me causó risa.
-Aunque te rías, esta es la verdad.
-Pero no me río porque hayas dicho una verdad. Es que hay verdades que
me causan risa, y la que has dicho es una.
-Te recuerdo una sentencia de Spinoza, mi filósofo preferido: “Las cosas
de este mundo no son para reírlas ni para llorarlas sino para entenderlas”.
12
PROVIDENCIALISMO HISTÓRICO
-Todos los efectos que ocurren debido a causas físicas no libres
–continuó don Victoriano- no son ni buenos ni malos en sí mismos. Si consideras
fríamente esta afirmación, le hallarás consistencia lógica; pero como todos
somos algo sentimentales, es difícil aceptarla impasiblemente. Sin embargo,
podría haber excepciones.
–¿Es que sabes de alguien que ante una desgracia personal se haya
mostrado impasible?
-Solo conozco el caso de Anaxágoras, quien al serle notificada la muerte
de su hijo, comentó: “Nada nuevo me anuncias; yo ya sabía que mi hijo era
mortal”.
-El colmo de la frialdad científica!
– Cierto. Y es que la filosofía y la ciencia no tienen nada que ver con
las emociones, ni siquiera cuando las emociones se estudian como objeto de
ciencia. La ciencia se elabora con ideas y proposiciones universales, y como ya
lo dice un aforismo
medieval, universalia non movent,
“las ideas universales no emocionan”. Te puedo añadir otra anécdota de Jeremías
Bentham. Un día su sirvienta, haciéndole la limpieza del gabinete, encontró un
montón de papeles viejos en un rincón y los echó al fuego. Cuando el sabio le
preguntó qué papeles eran los que ardían, ella respondió: “Nada, un montón de
hojas viejas y sucias”. Jeremías palideció, respiró hondo y se limitó a decir:
“Me has quemado el trabajo de veinticinco años.”
–Formar hombres de este temple -dije- es mucho más que educar para la
libertad y el libre albedrío.
Hicimos una pausa comentando esta anécdota y algunas rarezas de los
sabios, como la de Tales de Mileto cayendo en un pozo de aguas negras mientras
observaba las estrellas.
-Pero volvamos también nosotros a nuestras especulaciones, conectando
con las de San Agustín acerca del problema del mal. Este doctor de la Iglesia
fue movido a filosofar afectado por los desastres de la Invasión de los
Bárbaros y los crímenes de lesa humanidad en la caída del Imperio Romano. Como
ya sabes, para Agustín el único mal existente era la rebelión contra el orden
divino, es decir el pecado. Pero como el pecado ha existido desde el origen de
la humanidad, para él era evidente que el discurrir histórico no era otra cosa
que la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre el
amor y el odio, etc. Ponte a leer De
civitate Dei, si tienes paciencia, y adquirirás una idea de lo que es para
este polemista la causalidad histórica.
–A propósito del pecado: en la Biblia figura como sinónimo de delito.
¿Son realmente sinónimos?
-En el lenguaje bíblico, sí; pero ante la Iglesia se distingue: todo
delito es pecado, mas no todo pecado es delito.
–Y ¿quién fija estos criterios, y cómo los fija?
–Me haces una pregunta muy incómoda, que además supondría una digresión
demasiado extensa. Pero te doy una idea general: la moral positiva de la
Iglesia distingue entre pecado mortal y venial, como el derecho civil entre
delito y falta. Si tú irrespetas la ley civil en materia de delito, tal vez
pecas mortalmente ante la Iglesia. En todo lo demás, dependerá de criterios
morales más o menos estrictos. Pero si quieres instruirte sobre este tema y al
mismo tiempo divertirte un buen rato, lee las Cartas Provinciales de Pascal. Tú, que dominas bien el
francés, allí tienes la diversión asegurada. Lo digo porque aquellas cartas,
leídas en traducción, pueden conservar cierto interés, pero pierden más de la
mitad de su salsa. Pero dejemos esas fruslerías y volvamos a la teoría
agustiniana. Dado que el hombre es constitutivamente pecador, es inevitable la
lucha entre el bien y el mal. También me parece evidente que San Agustín,
aunque negara el mal físico, creía en la existencia del mal bajo la figura de
Lucifer. Algo debió de quedarle de su comercio dialéctico con gnósticos y
maniqueos. Ahora bien, de ser cierta esta teoría, todos los males del mundo,
incluso los físicos, que según el santo no lo son, procederían de la lucha
entre el bien y el mal. Una lucha que, por lo que se ve, aún no ha terminado.
-¿Qué se espera entonces de esta doctrina? ¿Qué hace Dios para que la
humanidad no siga yendo a la deriva ni le sobrevengan mayores males?
–Según San Agustín, Dios creó en un solo instante (simul) todas las cosas que son y las que han de ser (potentialiter) como producto de las que
son (seminaliter). La creación está
en un continuo fíeri, donde Dios no solo es creador sino también conservador y
providente, con la figura de Jesucristo (Verbum)
en el centro del acontecer histórico. Él es quien interviene en el devenir
dirigiendo los sucesos verticalmente hacia un punto final donde el Bien
prevalece sobre el Mal. Cristo hace en la Historia una labor -digámoslo así-
similar a la del Lógos de Heráclito,
con la diferencia de que la lucha no termina en conciliación de contrarios,
sino en la derrota del Mal y el triunfo del Bien en la “Ciudad de Dios”. Allí,
en un instante judicial de la Divinidad, se sancionarán las acciones humanas
según los méritos de cada actor de la Historia.
–Demasiado bonito para que sea cierto.
-Hay que esperar…
13
DETERMINISMO HISTÓRICO
Nunca me han gustado las películas y novelas en que todos los personajes
terminan felices y comiendo perdices. La regla es que en la realidad de la vida
sean muchos los que salen perdiendo. Por eso me pareció que en la conclusión de
la
doctrina historiológica de San Agustín, faltaba algo para que el final
fuera tan feliz como parecía por la explicación de Don Victoriano.
–Hace una semana -le dije- me despedí diciéndote que la conclusión de la
lucha entre el Bien y el Mal que describe San
Agustín tiene un final demasiado
feliz para ser verdadero.
–Hombre -respondió-, tampoco es que yo esté en condiciones de
garantizarte la palabra de San Agustín.
Don Victoriano estaba de buen humor. Acercó la mesita con la
acostumbrada botella de Blanc de Blancs y
la bandeja repleta de caprichos; llenó las copas y me ofreció la mía diciendo:
–Comencemos la plática al estilo de Gonzalo de Berceo: “bien valdrá,
como creo, un vaso de bon vino”.
Respiró profundo y bebió despacio el primer sorbo. Observándolo en aquel
momento, tuve la impresión de que había perdido peso, pero su aspecto lucía
saludable a pesar de sus ochenta y cinco años.
-Te confieso –dijo- que no soy devoto ni rezador, pero si pudiese rezar
con fe eficiente, le pediría a Dios una vida saludable lo más larga posible,
porque me parece que si existe un paraíso después de la muerte, no puede
contener maravillas superiores a las que hay en este mundo; pero la mala
voluntad humana hace que en la mayor parte de él se viva mal.
-Hablando del mal como principio, ¿qué opinas de las diatribas de
Rousseau contra el dogma del pecado original?
-Ya sabes que Rousseau solo me simpatiza por su prosa, pero detesto su
doctrina. Sin embargo, estoy de acuerdo con él en lo tocante al pecado
original. Las desgracias de este mundo no nos vienen de ningún pecado de
origen, sino de la imperfección propia de las cosas mundanas, incluida
principalmente la especie humana. Dios no creó el más perfecto de los mundos,
como piensa Leibniz. Tenemos un entendimiento falible y una voluntad proclive,
por lo cual a menudo hacemos un uso indebido de nuestro libre albedrío,
colaborando así con las demás imperfecciones de este mundo.
–Pero volviendo al bueno de San Agustín, ¿quién nos da la garantía de
que en el combate de los dos principios, la victoria final será la del Bien?
–Eso es una incógnita que jamás me preocupó. Pero hay que mencionar
ciertos inconvenientes y ventajas de la doctrina agustiniana.
–Empecemos por los inconvenientes.
–El primero, y casi único, es la fe.
–Yo soy creyente, pero mi fe es tan sutil, que casi no la siento.
–Es natural; la fe de los cristianos pensantes está siempre en fricción
con la duda.
–¿Y cómo se elimina esta duda?
–No se puede, a menos que tengas fe de carbonero.
–Pero esos son minoría. Conversando una vez con el párroco de mi barrio
sobre los misterios de la fe, me cortó la charla diciendo: “Yo creo y no pienso
en nada más, porque si me pongo a pensar me vuelvo loco”.
–Supongo que habrá muchos sacerdotes en situación similar. La
incredulidad está siempre presente porque tiene el apoyo de los sentidos. Si tú
y yo somos creyentes tibios, lo mejor es que sigamos así; de nada sirve
crearnos inquietudes. Cuanto más profundices más misterios hallarás. Este es el
inconveniente de la teoría agustiniana.
–Pero el más incómodo de los misterios, para mí, es el de la
Providencia.
–Yo también tengo con ella mis reparos, a pesar de que conmigo ha sido
generosísima. La interrogación sobre la Providencia puede tanto orientar como
confundir. Pero este misterio no debería incomodar a nadie, porque es uno más
entre los innumerables de que estamos rodeados.
– Bueno, ya me has hablado de los inconvenientes de la teoría
agustiniana. Cuéntame ahora de las ventajas.
–Este es el aspecto más fácil de explicar. Por una parte, si aceptas el
enfoque metafísico -no el teológico- de San Agustín, tienes resuelto el
problema del mal. Si además eres creyente, el buen desenlace de la lucha entre
el bien y el mal te infundirá tranquilidad de ánimo. Posteriormente puedes
instruirte en la teología positiva, que empieza en San Agustín y prosigue hasta
llegar a su cenit con la Summa Theologica
de Santo Tomás, donde la fe es razonada con argumentos.
–Naturalmente: si al que tiene fe de carbonero encima le dan argumentos,
¡miel sobre hojuelas!
–Ahora vamos a introducirnos en otra teoría idealista totalmente
contraria a la de San Agustín, que también tiene sus ventajas e inconvenientes.
Es la de Hegel.
–Difícil veo el asunto.
–Trataré de presentártelo en un esquema muy elemental, pero suficiente
para lo que aquí necesitamos. Así como San Agustín construye su teoría bajo la
conmoción que le causó la Invasión de los Bárbaros, la de Hegel se inspira en
el pensamiento mismo.
-¿En qué sentido?
–En el sentido de la Idea que evoluciona sobre sí misma. Lo bueno de
Hegel, es que sigue el mejor método para pensar científicamente, que consiste
en partir de la menor cantidad posible de principios. La Idea, con sus pasos evolutivos,
es la única y suprema realidad. Todo lo que existe es Idea y todo lo que sucede
es evolución de esta Idea.
–¿No tiene la Idea de Hegel un contrario contra el que luchar?
–No; la Idea lucha consigo misma.
– Entonces, se descarta la lucha de contrarios...
–Tampoco. Los contrarios de la Idea residen en ella misma y la hacen
evolucionar. No hay tragedias ni calificaciones morales; no hay vencedores ni
vencidos. No procede verticalmente, ni mucho menos en sentido providencial como
en San Agustín, sino que sigue su curso, si vale decirlo, con un determinismo
similar al de las Academias preagustinianas.
–¿Cómo se conecta este pensamiento con la causalidad histórica?
–Sencillamente: la Idea lo informa todo; pero dentro de ese “todo”
están: el Espíritu del Mundo y el Espíritu del Pueblo.
–Pero ¿no has dicho que no hay más que un sólo Espíritu?
- Sí, pero se desdobla en Espíritu del Mundo y Espíritu del Pueblo. En
este segundo aspecto se encarna en la estructura de cada pueblo.
–Entonces se puede hablar del Espíritu del pueblo francés, inglés,
alemán, etc.
–Exactamente, aunque teniendo en cuenta que se trata de un Espíritu
único, que asume diversos estadios y manifestaciones.
–¿Y en qué manifestaciones concretas se conoce este Espíritu en cada
pueblo?
–La respuesta te va a gustar. El Espíritu se manifiesta en el grado de
libertad que impera en cada pueblo, porque el contenido esencial del Espíritu
es la libertad.
–Realmente me gusta. Supongo que con la libertad va también la calidad
de vida de cada pueblo, su grado de civilización, el refinamiento de sus
costumbres, etc.
–Puede ser –dijo el maestro con poco entusiasmo-. El seguimiento de un
pensamiento filosófico puede darte sorpresas agradables y desagradables. Y éste
sería el momento de explicarte las que te da la historiología de Hegel.
–Como siempre, empezaremos por las desagradables.
–En principio, la supuesta libertad queda inserta en la universalidad
del Espíritu, representado concretamente en el Estado.
–Pero ¿no dijiste que el contenido esencial del Espíritu del Mundo es la libertad?
–Sí, pero el Weltgeist es un
Espíritu universal que se encarna en las sociedades, cuyos individuos no tienen
otra conciencia que la de su individualidad, que les hace parecer que obran
libremente; pero en realidad se trata de una libertad nugatoria, pues no son
ellos quienes actúan sino el Espíritu el que actúa en ellos. Los individuos
tenemos la falsa sensación de libertad, de un modo similar a como tenemos la
falsa impresión de que vivimos en un planeta inmóvil.
–Pero de esta mengua no parece que se resientan los protagonistas de la
Historia, es decir, los gobernantes.
–Te equivocas; los gobernantes no hacen otra cosa que adecuarse al
Espíritu del Pueblo. Así que la libertad de los grandes de este mundo es
igualmente ilusoria, pues ellos también se hallan en el engranaje del Espíritu
universal. Y es este mismo Espíritu quien les concede la libertad de tejer las
redes políticas en las cuales ellos mismos quedan atrapados, a veces más que el
resto de los ciudadanos.
-Entonces, ¿cómo explicaría Hegel que haya tiranos que subyugan al
pueblo?
-Porque llega un momento en que los pueblos, cansados de gobiernos
caóticos, claman por el orden como en la fábula de las ranas pidiendo rey.
–Pero mientras tanto, el pobre ciudadano de a pie es el que vive a
merced de las veleidades de los gobiernos, bajo el justificante de que ellos
representan el Espíritu del Pueblo; porque serán muy pocos quienes crean de
buena fe que reyes, dictadores y tiranos hayan sido puestos para que sigan los dictámenes
del Espíritu del Pueblo.
–También Hegel tuvo en cuenta las veleidades de los gobernantes,
afirmando que es el mismo Espíritu quien las provoca para que suceda lo que
necesariamente debe ocurrir, sin que de ello seamos conscientes ni gobernantes ni
gobernados. Julio César,
Napoleón, Hitler y muchos otros han sido instrumentos inconscientes del
Espíritu universal, precisamente para que despertara en los pueblos el sentido
de la libertad.
–Definitivamente, pierdo la esperanza de entender nada ¿De qué libertad
quieres que gocen los ciudadanos con la doble restricción de los gobernantes y
del Espíritu del Pueblo?
–Ten calma; no pierdas de vista la trama contradictoria que dirige el
curso de los eventos. Ya sabemos que el margen de nuestra libertad es estrecho.
Pero precisamente es esta penuria la que despierta el sentido de libertad de
los pueblos. Nadie tendría el sentido de la libertad si no se la restringieran
o quitaran. Los grandes protagonistas de la Historia, incluidos los más crueles
y veleidosos, son los que han hecho avanzar la humanidad hacia una mayor
conciencia de libertad.
–O sea, que al fin de cuentas hay que darles las gracias.
–Ironías aparte, ellos actúan siguiendo sus impulsos, pero creyendo
falsamente que la voluntad que imponen es la suya, cuando lo que hacen es
seguir otra superior que les dirige, y que ellos desconocen. Y necesariamente
deben desconocerla, porque de no ser así, podrían contrariarla, desviando la
ruta del Espíritu del mundo hacia la libertad consciente.
–De todo lo dicho, no puedo sacar más conclusión que esta: que el
Espíritu del Pueblo es la exaltación del Estado y la aniquilación del
individuo. ¿O no es así?
–Nuevamente pierdes de vista el juego de contrarios. El Espíritu del
Pueblo no aniquila al individuo, sino al contrario, le despierta la conciencia
de su libertad. Porque ningún individuo podría realizar su libertad fuera de la
acción de los hombres de Estado, los cuales, como te repito, son menos libres
de lo que parece.
–Se me ocurre que nuestra situación como ciudadanos es similar a una
manada de lobos, obligados a dejar que coma primero el más fuerte, porque de su
fortaleza depende la seguridad de los más débiles.
–Podría entenderse así, porque sólo dentro del Estado puede el individuo
recorrer la parcela de libertad que le corresponde según sus atributos.
–Al fin hay que cederle al león la mejor parte. El Estado tiene toda la
libertad y el individuo, sólo la que le corresponde.
–Sin querer te has aproximado bastante al pensamiento de Hegel, porque
efectivamente, del Espíritu dimanan dos clases de libertad, la objetiva, para
el Estado y la subjetiva, para el pueblo.
–Ni más ni menos: la parte del león para el Estado.
-Obviamente, pero no porque así lo quiera el Estado, sino porque lo
impone la evolución del Espíritu de los pueblos y del mundo, que va avanzando
hacia estadios cada vez más perfectos en todos los órdenes, incluido el de la
libertad, sin que sepamos cuándo llegará el momento de la Libertad Absoluta.
-Y ¿cuál es la fuerza que mueve al Espíritu hacia esa evolución?
–Ninguna. Él mismo es la fuerza motriz de todas las cosas.
–Y esa fuerza motriz del Espíritu, ¿hasta dónde llega, es decir, cuándo
termina?
–No tiene término ni fin. Evoluciona circularmente en la Naturaleza y en
la Historia. Construye, destruye y reconstruye.
-¿Es lo que algunos llaman síntesis de contrarios?
–Aproximdamente. Un grano de trigo que se descompone bajo la tierra
vuelve a surgir convertido en espiga. Un imperio se derrumba, en tanto que de
sus ruinas se va formando otro que “sintetiza” el anterior. Paséate por Roma y
verás que está edificada sobre las ruinas de otra Roma que en su tiempo fue la
capital de un extenso y floreciente imperio.
-En realidad, salgo de este diálogo como el negro del sermón: con la
cabeza caliente y los pies fríos.
14
POSITIVISMO
HISTÓRICO
Don Victoriano me abrió la puerta con un semblante inusitadamente
alegre.
–¿Has tenido alguna sorpresa agradable? -pregunté extrañado.
–Cada día que veo amanecer recibo una. La recta final de nuestra vida
está hecha de momentos fascinantes, si sabes verlos con ojos serenos. Cada
noche me acuesto pensado que puede ser la última, pero cuando veo el nuevo día
siento la alegría del mandadero que ha recibido una buena propina. Nuestras
habituales conversaciones forman parte de mis últimas esperanzas.
-Temo que la que te traigo hoy sea muy menguada.
–¿Qué te ocurre?
-Que estoy hecho un mar de dudas con las tesis y antítesis de Hegel.
Pero hoy nos toca hablar de las ventajas que su doctrina implica.
– No creo que te sorprendan en gran manera. Se desprenden de todo lo que
ya llevamos dicho. La ventaja está en la
simplificación de todo en un solo principio: el Espíritu (der Geist), que se manifiesta en el Espíritu del Mundo (der Weltgeist) y el Espíritu del Pueblo
(der Wolksgeist). En dos palabras: la
Naturaleza y la Historia. No tienes que preocuparte por los problemas del bien
y del mal, ni de ninguna providencia, puesto que todo procede por determinación
inapelable del Espíritu, que también puedes llamar Absoluto. Por tanto,
desaparecen responsabilidades morales, tanto particulares como colectivas, pues
lo que sucede es siempre lo que tiene que suceder. Si supiéramos interiorizar
esta teoría convirtiéndola en convicción íntima, eliminaríamos todos los
problemas psicológicos; se acabarían las depresiones y las neurosis; a los
psicólogos y psiquiatras les quedaría muy poco que hacer.
–Si no entiendo mal, la finalidad de las antiguas escuelas
postsocráticas, especialmente el epicureísmo y el estoicismo, tenían la
finalidad de infundir tranquilidad en los espíritus. Pero ahora te hago una
pregunta muy personal: ¿en cuál de las dos doctrinas te sentirías más cómodo,
en la de San Agustín o en la de Hegel?
–Intelectualmente, en la de Hegel, porque en la de San Agustín siempre
hay que conciliar la ciencia con la fe, lo cual supone, en principio,
introducir una inquietud, pero para algunos científicos la fe es un ingrediente
tranquilizador. Sin embargo, en ambos sistemas avanzamos hacia lo que inapelablemente
tiene que suceder, incluyendo en ello la acción humana. Cuando dirigiéndote a
Dios dices “hágase tu voluntad”, admites implícitamente que siempre ocurrirá lo
que tiene que ocurrir.
Noté que según avanzaba la conversación se acumulaban más cabos sueltos.
–Bueno -le dije-, ya hemos conversado largamente sobre dos doctrinas
idealistas en cierta manera opuestas. Te sugiero que vayamos a la positivista.
A ver si allí se encuentra mayor tranquilidad.
–Del positivismo -respondió- han sobrevenido algunas doctrinas
historiológicas, pero me voy a referir tan sólo a la original.
–¿Augusto Comte?
–Justamente. Él es, a mi parecer, uno de los filósofos modernos más
creativos. Hace una historiología con los pies en la tierra. Desaparecen las
entidades intangibles como motores de la Historia. Desaparecen las categorías
de esencia, sustancia, causa y otras entidades metafísicas. La noción de causa
es sustituida por la de ley. No hay síntesis de contrarios ni resolución de los
mismos en la Ciudad de Dios. Tampoco interviene la idea laica del desarrollo de
la libertad. En fin, nada de lo que hemos visto hasta ahora. El único motor de
la Historia son los hechos.
–Eso es como volver a los historiadores antiguos: Herodoto, Tito Livio,
Salustio, etc.
–No lo creas. Comte no es un historiador, sino un filósofo analista de
la Historia. Los hechos son la materia prima de su doctrina, pero no le
interesan como tales, sino según el significado que tienen en la marcha de la
Humanidad hacia la conquista del saber científico.
–¿Se trata de la ciencia como fin en sí misma?
–No. La finalidad del saber es el progreso.
–Pero la idea de progreso tiene muchos sentidos. ¿A cuál de ellos se
refiere Comte?
–Me explico: se trata del conocimiento de la Naturaleza a través de las leyes
que rigen el curso de los hechos.
–¿Sólo con la finalidad de saber el porqué de los hechos?
–No. La finalidad consiste en lograr un dominio de la Naturaleza
mediante la previsión y la prevención. Es como un progreso cada vez menos
dependiente de los entes espirituales, que son los que generan inquietud. El
recurso metodológico de Comte es semejante al de Hegel, pero sustituyendo la
Idea y el Espíritu por los hechos y fenómenos
tangibles.
–Me parece muy práctico. Pero esa línea de progreso ¿es vertical o
circular?
–Ni vertical, ni rectilínea ni circular; es más bien como un río sinuoso
que no busca ninguna desembocadura final, sino que transcurre obedeciendo a la
ley de gravedad y tributando a otros ríos más o menos caudalosos.
–Ahora bien, ¿cómo se conocen esas leyes que rigen los hechos?
–A través de la experiencia y la experimentación. Por estos métodos
entendemos el curso de la Historia en cada una de sus fases, las que Comte
llama ley de los tres estadios. Es la parte fundamental de la historiología de
Comte.
– Tengo un vago recuerdo de los estadios de Comte; si puedes echarme una
mano…
-Te los resumo. El primero es el estadio teológico, en que el hombre
busca el porqué de las cosas en entidades sobrenaturales. Luego viene el
metafísico, en que se indaga la razón metafísica de los entes. Finalmente llega
el estadio positivo, donde la humanidad se atiene únicamente a los hechos y
realidades tangibles. Este es el estadio, según Comte, en el que actualmente
estamos. En mi estimación personal esta división de la Historia es una de las
más perfectas. Tal vez la que más.
-Según veo, su comprensión requiere un largo trayecto a través de la
Historia.
–No es necesario que camines tanto; basta un leve recorrido por los años
que has vivido. Cuando eras niño creías en Dios y en la autoridad de tus
padres; en tu juventud confiabas en tus cavilaciones y raciocinios, te
rebelabas contra la realidad que no querías reconocer; al fin, llegado a la
edad madura, solo confías en los hechos y en la experiencia que de ellos puedes
aprender.
–Has hecho una perfecta analogía, veo genial la teoría de Comte.
-Sin embargo también hay que tener en cuenta que no es una doctrina
rígida, sin puntos de retraso y de retorno. Hallarás jóvenes que se adelantan
más rápidamente que otros hacia la madurez, así como maduros que aún persisten
en la etapa metafísica; incluso científicos creyentes, puesto que ni en la ciencia ni en la experiencia se hallan las últimas respuestas.
En suma, la ley de los tres estadios es fundamental y continua, pero no rígida.
No la interpretes como una camisa de fuerza. Ya desde la era “teológica” de la
humanidad se dieron “subestadios” metafísicos y positivos, pues el hombre, aún
dentro de sus creencias o sus especulaciones metafísicas, nunca ha dejado de
interesarse por los fenómenos naturales. Las Pirámides de Egipto, por
ejemplo, pertenecen históricamente al
estadio teológico, y sin embargo son producto de mentes tan científicas y
tecnológicas como las de nuestro tiempo. Lo mismo cabe decir de las grandes
catedrales medievales y de otros monumentos construidos durante el estadio metafísico.
–Y ¿qué pensar de los filósofos, científicos y técnicos que en pleno
estadio positivo han mantenido y practicado convicciones religiosas “a macha
martillo”, como Menéndez y Pelayo? Añade, si quieres, a algunos incrédulos de
mente poderosa que se convirtieron al catolicismo, como Paul Claudel, Papini,
Chesterton, García Morente y tantos otros.
¿Significa eso una regresión?
–En buena parte ya lo he explicado. No se trata de regresión, que es una
patología psíquica que nada tiene que ver con el momento de una conversión. Lo
que sucedió, a esos personajes es un misterio incomprensible. Chesterton decía
que su conversión al catolicismo fue ”una cuestión de profundidad”. Los estadios
de Comte son también tránsitos, pero de progresión paulatina inadvertida para
el sujeto. En ninguna parte que yo recuerde afirma Comte que los estadios se
excluyen mutuamente en el pensamiento de cada individuo. Tampoco dice que los
tres estadios no puedan combinarse en una misma época o persona. En la Edad
Media, época metafísica por antonomasia, hubo grandes científicos, como Alberto
Magno y Roger Bacon, que cultivaron con éxito la matemática, la física y las
ciencias naturales, en la medida de la experiencia científica hasta entonces
acumulada. La doctrina de Comte, en fin, es una síntesis de la Historia
Universal; y en este contexto los casos individuales no son datos
científicamente válidos. La práctica religiosa no implica la abdicación de
ninguna tarea científica o humanística, a pesar de la clásica contradicción. El
mismo Comte se consagró con tanta pasión a la ciencia, que la quiso convertir
en filosofía; y profundizando en ella con el mismo ánimo, terminó transformando
su filosofía en “Religión de la Humanidad”, con sacerdotisa incluida.
¿Cómo es eso?
Te explico. Puede acontecer que ciertos individuos extremadamente
obsesionados por su trabajo científico sean personalidades de conducta cíclica.
Tal parece haber sido el caso de Comte.
–Gente complicada…
–Algo así. A los cuarenta y seis años rompió su matrimonio y se casó con
una joven casi adolescente…
–Gran error -interrumpí-. ¡Cornamenta garantizada!
–No hubo tiempo para ese eso, porque la muchacha falleció antes de que
se arrepintiera de haberse casado con un mito. Pero como Comte había vivido con
ella un
amor extremadamente apasionado, la sublimó declarándola “símbolo de la
Humanidad Científica” y sacerdotisa de su nueva religión. Eso sí que es casi
una “regresión”. Pero Comte murió diez años después y con él pereció también su
religión.
–¡Qué ironía!; después de tanto positivismo, terminar fundando una
religión…
–Por eso sus discípulos no quisieron continuarla, por ser contraria al
espíritu positivo.
15
INCÓGNITA DE LA RAZÓN HISTÓRICA
Convinimos en dejar para hoy la charla sobre las ventajas e
inconvenientes de la doctrina historiológica de Augusto Comte. No es que sienta
un interés muy especial, pero alguna curiosidad siempre queda.
–La primera ventaja -comenzó Don Victoriano- consiste en que va
directamente “a las cosas”, como quería Husserl, pero Comte conecta con mucha
más eficacia. Ofrece un pensamiento historiológico soportado con datos muy bien
razonados, aunque siempre habida cuenta de las ”sinuosidades” a que me referí
en conversaciones anteriores.
Considero la ley de los tres estadios tan genial como la de los cuatro idola de Francis Bacon.
–Sin embargo, fuera del positivismo, Comte ha sido duramente rebatido.
–Siempre hay mentes timoratas que se asustan ante la supuesta reducción
de la filosofía a las ciencias naturales. Pero ese temor es insensato, porque
si lees atentamente a Comte, sacarás, cuando menos, esta conclusión: que no se
puede hacer filosofía de calidad si el filósofo no conecta con la realidad
objetiva de las ciencias aplicadas. En eso estriba el sentido comtiano de ”ir a
las cosas”.
–En una de tus clases dijiste que ningún filósofo es completo si no está
bastante versado en Física y Matemática.
–Y en efecto es así; y aún añadiría una ciencia más: la Biología, puesto
que son muchos los fenómenos humanos que tienen su última explicación en
constituciones y mutaciones biológicas.
-Veo muy difícil filosofar al estilo de Comte si para ello se requieren tres
ciencias más. Tras quinientos años de acumulación de estos saberes, es
imposible que renazca un Leonardo da Vinci.
-Exageras. No se trata de que seamos físicos, matemáticos y biólogos
antes que filósofos, sino de tener un conocimiento avanzado de estas ciencias;
no sería un objetivo inalcanzable; sólo se requeriría un año más de estudio.
-Tal vez fuera bueno el plan que propones, pero yo tengo una objeción
con respecto a Comte: que la única forma de crear ciencia consista en el
análisis de los hechos. Creo que esta postura puede conducir a la
deshumanización de la ciencia.
-Ante todo tienes que revisar dos cosas: primera, que Comte haya dicho
textualmente que los hechos sean la única fuente de conocimiento; segunda, ¿qué
entiendes tú por deshumanación de la ciencia? Ninguna ciencia puede dejar de
ser humana. Por mínimo que sea el objeto al que aplicas el entendimiento, no
sólo te humanizas tú, sino también al objeto mismo. Precisamente uno de los
principios de la filosofía medieval es este: “el entendimiento en acto es lo
entendido en acto, y viceversa, lo entendido en acto es el entendimiento en
acto”. Si bien lo miras desde este punto, tan humanista fue Galileo como
Erasmo. La idea de la deshumanización de la ciencia es un sentimiento de ánimos
timoratos. Tan lejos estuvo Comte de deshumanizar la ciencia, que la convirtió
en filosofía, creando la Sociología como parte de la filosofía positiva.
–Confieso que desconocía este dato. ¿Cómo define Comte la Sociología?
–Obviamente tenía que hacerlo a partir de su epistemología positivista.
Es decir, sin atenerse a géneros, ni especies, ni a causas materiales,
eficientes y finales, como es costumbre en el pensamiento escolástico y en la
Sociología iusnaturalista. Comte enfoca la realidad dentro del conjunto de los
demás hechos sometidos a experiencia y experimentación. Pero como todos los
saberes son producto de la mente humana, el conjunto de las ciencias no puede
menos que situar al ser social por naturaleza en el centro del progreso
científico-técnico. De aquí nace la definición de la Sociología como ciencia
positiva de las leyes que rigen los fenómenos sociales.
–Ahora bien, no veo que sea mucho decir que los fenómenos sociales se
rigen según determinadas leyes; es una explicación que vale para definir todos
los fenómenos.
–El mayor o menor acierto de una definición es de relativa importancia.
Lo que vale es haber llegado a establecer la Sociología como nueva ciencia.
Ésta es la gran creación de Comte. Fíjate en esta secuencia: experiencia y
experimentación de las cosas produce las ciencias; éstas, aplicadas a los
objetos, crean técnicas que se intercambian en las relaciones humanas, dándoles
una dinámica social que se va coordinando hasta convertirse en progreso, es
decir, en motor de la Historia.
–Si esta doctrina es admisible, la Sociología sería la cumbre de todas
las ciencias.
–Eso es exactamente; queriendo o sin querer, lo has dicho tal como lo
diría el mismo Comte.
–Bueno, acerté por casualidad. Pero ahora dime algo sobre los
inconvenientes de la doctrina de Comte.
–Un historiador acucioso echaría de menos muchos otros motores de la
Historia, que no siguen un solo camino en busca de un destino único. Lo que tal
vez le ocurrió a Comte fue que, queriendo corregir la indeterminación del
Espíritu universal de Hegel, se pasó de rosca y cayó en el extremo opuesto de
una particularidad tan contingente como es el
progreso.
–Por mi parte, yo no veo el proceso histórico como un progreso. Muchos
momentos del progreso han sido regresivos.
–Tal vez tengas razón, según se mire. Como suele ocurrir a ciertos
grandes sabios, Comte terminó fanatizándose. Era un hombre psicológicamente
cíclico, condición que le causó el rechazo de varias instituciones, teniendo
que pasar temporadas viviendo malamente de clases particulares de matemática.
-Me estás contagiando un extraño interés por este personaje, pero como
no me hallo con ánimo de leer su extensísima obra, aconséjame al menos un lugar
donde se halle suficientemente expuesta su doctrina.
–Lo mejor que puedo recomendarte es que vayas a las fuentes mismas. Hay
una obra no muy extensa, de las últimas que escribió Comte, que creo es el
mejor resumen de su pensamiento; se llama Discurso
sobre el espíritu del positivismo.
–Trataré de buscarlo. Mientras tanto, me gustaría escuchar tu propia
opinión.
–No tengo inconveniente en que me sometas a prueba -dijo con mirada de
buen entendedor-; pero te advierto que yo no tengo suficiente categoría para
sentar cátedra en una materia que no conozco a fondo.
–Para empezar: ¿sabes de algún filósofo que haya dicho algo definitivo
sobre causalidad histórica?
–En cuestiones filosóficas no hay nada definitivo fuera de los primeros
principios. En todo lo demás, el discurso filosófico no tiene punto final.
Seguimos insistiendo en lo mismo que se investigaba hace dos mil quinientos
años. Han cambiado los métodos, se han añadido nuevos enfoques pero la
sustancia es la misma, es decir, las relaciones entre el ser y el conocer. Por
lo que a mí toca –ya sabes que soy algo quisquilloso-, empezaría por la etimología
de la palabra “historia” y del verbo de donde este sustantivo deriva, historéo, visitar, preguntar, contar…
Como temí que el maestro se me fuera por las ramas, traté de llevarlo al
atajo:
-¿No sería posible ir directamente al grano?
-Sí, pero para ir al grano, primero hay que tenerlo –respondió mirándome
fríamente-; no obstante, dado que debes saber dónde está el grano, indícamelo
tú mismo.
Me resentí de la ironía y se produjo un silencio incómodo.
-Hagamos mayéutica –dijo de pronto-. Te sugiero que expliques tu acuerdo
o desacuerdo con la definición que suele darse de la historia como narración de
hechos ocurridos a través del tiempo.
-De momento la acepto porque no conozco otra mejor.
–Demos de barato que así sea, pero si la aceptas toparás con mil complicaciones.
Entra tú mismo en el juego: ¿cuál es la primera dificultad que en esta
definición encuentras?
–Empezaría preguntando de qué hechos se trata.
–Buena pregunta. ¿Se te ocurre otra?
–Si todos esos hechos hacen realmente historia, o hay que descartar
algunos.
–Esta es aún mejor. Otra.
-¿Con qué criterio se seleccionan los hechos que hay que narrar?
-Ya ves que, sin proponértelo, vas hilvanando una cuestión tras otra.
También te das cuenta de que ir al grano no es tan sencillo como crees. Te
propongo la definición que da uno de los grandes, Buckhard: “Historia es lo que
cada época encuentra digno de notar para otra”. ¿La aceptas?
–De ninguna manera.
–¿Por qué?
–Porque antes falta responder a las preguntas anteriores. Además nada
sugiere sobre la causalidad histórica. Cada historiador narrará los hechos
según el cristal con que los mire.
–Exactamente. Lo único que tenemos a la vista son los puros y nudos
hechos; un conjunto de documentos en los que solo percibimos causas eficientes
y motivaciones personales, pero ningún significado interesante para más allá de
las dos o tres generaciones posteriores a los hechos.
–¿Hay que negar, entonces, que haya leyes que rigen el devenir
histórico?
–Convengo con el idealismo en que el Universo es inteligencia y razón, y
que por tanto, ambas a la vez han de constituir Algo que sea rector del devenir histórico, pero niego que lo
podamos conocer a través de alguna definición.
Como vi que el bueno de don Victoriano no acababa de expresar su
opinión, sospeché que no la tenía. Por eso preferí desistir de mi empeño y
tratar de sacarle algunas ideas sueltas al paso de la conversación. Como para
empezar de nuevo, le pregunté:
–Si en este momento te exigieran explicar algunas causas del transcurrir
histórico,
¿cuáles mencionarías?
–¿Continúas poniéndome a prueba? Entonces hagamos mayéutica otra vez.
Hay tres clases de causas: físicas, metafísicas y morales. Las dos primeras son
necesarias y la tercera, contingente. ¿Cuál de ellas te parece ser la que mueve
la Historia?
–La contingente, si no me equivoco.
–No te equivocas. La Historia pertenece al universo de lo moral, como la
psicología, la sociología, la economía, la estadística, la política… todo esto
es contingencia; nada de eso ocurre por necesidad sino -para decirlo con expresión
leibniziana- por un conjunto de razones suficientes. La Revolución Francesa
ocurrió a fines del siglo XVIII, pero pudo haber sucedido antes, después o
nunca. Pero si ocurrió en su tiempo, fue porque concurrieron razones
suficientes. Así son todos los hechos históricos.
–Pero en el lenguaje ordinario solemos llamar causa a todo cuanto
produce un efecto, sin hacer la triple distinción que has hecho.
–Eso está bien en lenguaje coloquial, pero filosóficamente hay que
afinar términos. Causa sólo se dice con propiedad respecto a efectos que se
producen por necesidad física o metafísica. Sin embargo, no creas que con lo
dicho agotamos el tema; cada grupo de causalidades y razones suficientes darían
para un curso de duración indefinida.
-Veo tu punto de vista razonable, pero me parece excesivamente radical.
¿No es posible hablar de la Razón Histórica partiendo de un solo presupuesto,
aunque sea meramente convencional?
-Elige tú mismo alguno.
-Supongamos que partimos de la definición de Burckhard.
-Antes la has rechazado.
-Hagamos la cuenta de que ahora la admito.
-Pues bien; historia es lo que una época encuentra digno de anotar para
otra. Empiezas acumulando preguntas: ¿de qué hechos se trata? ¿Cuál es el
criterio para seleccionarlos?
¿Cómo garantizas que lo que ahora parece digno de narrar lo sea para el
futuro? Si prosigues, acumularás preguntas sin hallar respuesta.
-¿Y si acudimos a los filósofos que han construido una teoría de la
historia?
-Un filósofo dotado de buen lenguaje podrá sistematizar una doctrina
historiológica, pero no podrá convencernos de cómo se manifiesta en concreto.
Lo único que sacarás de los filósofos de la historia será una cadena de
preguntas. Mientras tanto, la materia historiada va engrosando su volumen, con
el que también aumentamos el bagaje memorístico de escuelas y universidades,
pero sin que en el acúmulo de informaciones veamos ninguna batuta que las
dirija.
-¿Ni siquiera un principio moral?
-Durante siglos ha persistido la convicción de que los hechos históricos
conllevan lecciones morales. De ahí viene el proverbio de que “la Historia es
maestra de la vida”. Algunos hechos lo son, sin duda, pero yo prefiero hablar
de causas en lugar de aforismos. Si en alguna ley entra la Historia, no puede
ser más que la ley de causalidad libre, o para ser más precisos, de razón
suficiente. Bajo este punto de vista, la Historia es una ciencia
antonomásticamente humana. Solo desde tal punto de mira puede hablarse de
causalidad histórica.
-Y las conductas humanas absurdas implicadas en la Historia, ¿cómo las
justificas?
-Nada es absurdo si proviene de su causa. Cuestión aparte es conocerla.
-Pero tú has dicho muchas veces que lo único absurdo es el uso indebido
del libre albedrío.
-Es cierto, pero ese mal uso se debe también a una causa cuya
averiguación tocaría a la Psicología Social, pero esta solo nos da diagnósticos
que no significan, ni de lejos, causalidad histórica.
-¿No cabe, entonces, ninguna conclusión?
-Lo único que cabe es una suposición: que así como hay una Razón
Universal que todo lo rige, dentro de esta razón cabría una Razón Histórica. No
lo entiendas como una tesis sino como simple probabilidad.
-Veo que aquí hay mucha tela que cortar.
Seguro que sí, pero nunca llegaremos al último corte.
16
RESPONSABILIDAD HISTÓRICA
Inicié el diálogo preguntando a don Victoriano:
-Si hay una Razón Universal, ¿habrá igualmente una Voluntad?
-Sin duda debe haberla –respondió-, porque razón y voluntad son dos
potencias inseparables.
-En consecuencia, también te pregunto si dentro de esta Voluntad caben
responsabilidades y culpas de los grandes personajes que han sido protagonistas
de hechos históricos.
-En principio, y descartando casos y anécdotas intrascendentes, no me
atrevería a formular ninguna imputación. En perspectiva contemporánea, solemos
imputar a personajes concretos, pero yo no los veo necesariamente culpables.
-Con todo, se supone que actuaron voluntariamente.
-Dices bien, se supone, pero no me atrevo a asegurarlo.
-¿Por qué?
-Porque la voluntad libre no es necesariamente correlato de culpabilidad
ni responsabilidad. El margen de libertad que hay en las personalidades
públicas, a menudo se diluye en una multitud de acontecimientos y encrucijadas,
donde los actores se hallan en un marco de maniobra muy reducido.
-Será aquello que Campoamor dice poéticamente: que “la fuerza de las
cosas puede más que Hércules mismo”.
–Así es. Las protagonistas y actores de la Historia desatan un conjunto
de acontecimientos que van tejiendo una especie de red en la que ellos,
inadvertidamente, quedan atrapados. Y así llega un momento en que es imposible
determinar el acto primero que originó la cadena de efectos que son objeto de
estudio para el historiador.
–Si esto es así, las cosas no dependen de una sola Razón histórica
universal, sino de muchas.
–Es cierto. La Razón histórica se diversifica de muchas maneras, lo cual
hace difícil asignar a un solo responsable las buenas o malas consecuencias de
los acontecimientos.
–Solo por citar un aspecto concreto, y si quieres hasta trivial,
¿admites que una de las diversificaciones a que te refieres sea la acción
política?
–Sin ninguna duda. La política es una de las ambiciones más tentadoras
de las voluntades fuertes. Y aún te digo más: la política es el mayor factor
humano del ser y el devenir histórico.
–¿Incluso entre las tribus más primitivas?
–El hombre ha hecho política desde que habitaba en las cavernas. En la
política se originaron todos los episodios que han hecho historia, incluyendo
la que nunca fue escrita.
— ¿Qué es para ti la política?
–Sin pretensiones de definir, entiendo por política el arte y ciencia de
intervenir como actor e intérprete en los aconteceres públicos.
–¿Aunque se trate de acontecimientos no historiables?
–Todo lo que se hace para la conducción de la sociedad es acción
política, aunque no sea percibida como tal.
–En concomitancia con este tema: ¿se esconde alguna finalidad en la
causalidad histórica?
–No lo sé. Sólo puedo decir que todo lo que acontece es por alguna razón
suficiente, pero no afirmo nada en cuestión de causas finales.
–¿Estás de acuerdo con quienes niegan la causalidad histórica?
–En modo alguno; porque esta negación contradice uno de los principios
básicos de la ciencia, que dice: ”no existe nada sin causa o razón suficiente”.
–Bien, quedamos en que el principal móvil de la Historia es la acción
política; pero
¿cómo entiendes los constitutivos de una política? Porque así como hay
una Razón universal de la historia, también la debe haber de la política.
–Ciertamente que la hay. Se puede apreciar la acción política de muchas
maneras, pero todas ellas se resumen en dos: la fuerza de la razón y la razón
de la fuerza.
–Entonces ¿debemos entender que la fuerza también es una razón?
–En política hay una razón simple y pura y otra razón apoyada en la
fuerza. Rousseau, en su Contrato social,
lo ilustra con una frivolidad, como es su costumbre: si un atracador te exige
que le entregues la cartera, tendrás que dársela, pero no porque él tenga razón
de quitártela, sino porque la pistola con que te apunta también es una razón.
–¡Y tanto más poderosa!
–Pues una razón semejante a ésta es la que rige en la política como
factor de la Historia.
–Entones ¿en qué estado queda la fuerza de la razón?
–En la sola razón no hay fuerza; ella se impone por sí misma cuando nos
atenemos solo a ella. Pero en política, la razón se confronta con la voluntad,
que siempre se impone con fuerza; y como es natural, la razón de la fuerza es
la que vence, aunque no convenza.
–Pero en el sentir común se dice que lo que vale es la fuerza de la
razón y no la razón de la fuerza.
–Esto es un retruécano que sirve para hacer buena o mala retórica, pero
solo una mente ingenua pensará que la única fuerza que vale es la de la razón.
La verdad es que en la Historia manda la fuerza, aunque no siempre con las
armas; pero aun así no deja de ser fuerza. En cualquier caso, con armas o sin
ellas, cuando domina la razón de la fuerza, lo que se impone es una verdadera
razón. Para comprenderlo así, sólo es preciso enfriar y sosegar los ánimos,
aceptando los acontecimientos como son y no como creemos que deberían ser.
-Si expresaras públicamente esta opinión, te abuchearían. En nuestros
tiempos, en que tantos movimientos pacifistas van abriéndose espacio, suena
chocante afirmar que la fuerza es la razón dominante.
–Bueno, yo no afirmo que el predominio de la fuerza sea lo que tiene que
ser; solo digo que lo es.
–Entonces, ¿en qué sitio de honor queda la fuerza de la razón?
–Pienso que siempre tendrá el suyo en el pedestal de la ética como
soporte de las buenas acciones. Pero tú ya sabes que la ética no es
precisamente el distintivo de la política, aunque admito excepciones…
-Y ¿qué opinas –interrumpí- cuando se gana una buena causa política o
social por medios pacíficos, como a veces sucede?
–Cuando esto ocurre es porque ambas fuerzas se imponen de tal manera que
la fuerza de cada parte es temida por la de otra. Entonces ambas entran en
convenio para mutua prevención de males peores. Si algún movimiento pacifista
eficientemente organizado ha hecho prevalecer la razón, es porque en estos
conglomerados subyace un fondo de subversión potencial que puede inhibir a los
poderosos por motivos de conveniencia. Pero esos casos han sido muy pocos. Para
que renazca un Gandhi tienen que pasar cientos de años y repetirse circunstancias
similares. La razón de los pacifistas puede ir ganando fuerza por etapas muy
largas, hasta llegar a despertar el león dormido que yace en los pueblos
sometidos a situaciones mucho peores que la simple razón de la fuerza.
–En resumen, sostienes que normalmente en el juego político domina la
razón de la fuerza…
–Incluidas las pausas de pacifismo disimulado so capa de conversaciones
de paz.
–Esa razón de la fuerza, ¿hasta qué punto puede aumentar?
–Crecerá en la medida en que intervengan tres factores contra los cuales
no hay razón que prevalezca: el dinero –inseparable de las armas-, la astucia y
la mala fe.
–Eso suena calumnioso.
–No tanto; el único de estos factores que puede escandalizar a los
débiles es la mala fe. Pero es un hecho altamente activo en las contiendas
políticas, y por tanto, en el devenir histórico. Política y buena fe son,
moralmente consideradas, dos polos que se repelen.
-Yo sustituiría la mala fe por la astucia, solo para evitar una
expresión malsonante.
-Acepto la rectificación de forma, pero sostengo el fondo.
–¿Pondrías la mano en el fuego por algún político?
–No conozco a ninguno suficientemente a fondo, pero admito a priori que
debe haber excepciones. Por ejemplo –y con temor a equivocarme-, tal vez
apostaría por Giorgio La Pira. Sé que este nombre provoca risa, pero intuyo que
la Pira fue hombre de buena fe.
–En cambio, ejemplos de lo contrario debe haber todos los que quieras:
Alejandro Magno, Julio César, Los Borgia, Napoleón, Hitler, Stalin, etc. Eso es
como afirmar que el motor de la Historia es la guerra.
–En sustancia, acabas de decir lo mismo que Heráclito hace más de dos
mil quinientos años. Puedes leer en sus Fragmentos que la guerra engendra todas
las cosas y sobre todas reina; que a unos hace dioses y a otros esclavos.
–Mucho de esto podría valer también para nuestro tiempo, porque en
cierta manera todavía existen esclavos, aunque ya no se llamen así. Ahora bien;
los cambios políticos venidos de unas elecciones populares, ¿son también
resultado de una guerra?
–En buena porción sí. Aparte de que muchas votaciones terminan en
violencia, los votos que obtiene un candidato vienen de un conjunto de fuerzas
que trabajan para su triunfo. Son votos alienados, porque no son para la
persona elegida sino para el partido que ella representa. Por tanto los
votantes no eligen a un representante sino a un representado, no a un referente
sino a un referido.
–En el fondo quieres decir que las masas no saben claramente por quién
votan…
— Probablemente, no. Los candidatos de épocas premediáticas ponían mucho
más de su parte para mover las masas a su favor, debido a la brillantez
dialéctica; pero como la cultura de hoy ya no produce oradores, se suple la
pobreza del discurso con la técnica de la imagen y la sofística del montaje.
–Bueno –dije llenando ambas copas y ofreciéndole la suya-, demos un giro
a esta conversación y volvamos a un punto que quedó interrumpido en la tertulia
anterior. Ya que te has referido a las malas artes de la política y suponiendo
que sean consentidas plenamente por sus agentes, vuelvo a preguntar: ¿hay
responsables ante la Historia?
–No puedo darte una respuesta precisa. Los hombres que contemplan el
mundo desde estratos políticos superiores tienen una percepción de los
acontecimientos mucho más compleja que el hombre de la calle. Lo cual hace
suponer que los mandatarios que por oficio tienen que coartar nuestras
libertades, tengan la suya mucho más restringida de lo que creemos. Al fin de cuentas
ellos no son los conductores de la Historia, sino los conducidos. Por eso me
atrevería a decir que su responsabilidad es mucho menor de la que se supone. En
muchos, casos tal vez nula.
–Creo que eres demasiado complaciente.
–Ten en cuenta que cada agente político tiene su marco trazado de
antemano, del que le es difícil salirse, sobre todo cuando en ello le va su
vida o muerte política. Es la ley de la subsistencia. Por otra parte, es
imposible torcer el rumbo del acontecer político cuando ya está en marcha, a
menos que otra fuerza más poderosa lo desvíe.
17
JUSTICIA Y DERECHO
Dando por cierto que el derecho está en el género de la moral, con la
diferencia de que ésta rige en el fuero interno y aquélla en el externo, nace
de aquí la contradicción de que pueda haber ciudadanos que sean legalmente
probos y moralmente réprobos, y viceversa. Aun temiendo que el viejo profesor
me complicara la cuestión con sus reparos filosóficos, decidí exponérsela.
–La contradicción a que te refieres –respondió- viene de la confusión
entre el derecho y la ley.
–Creo conocer la diferencia, pero no está de más tu explicación.
–No hay mucho que explicar. El derecho es igual a la cosa justa, y el
medio para expresarla y ponerla en acto son las leyes. La idea de derecho es
innata, mientras que la ley es una creación humana. Para que la ecuación sea
válida no hay que equiparar el derecho con las leyes, sino con la cosa justa.
–¿Y cómo sabemos que una cosa es justa?
–Toda persona, desde que adquiere uso de razón, posee una facultad
llamada sindéresis, que es la capacidad de percibir la recta ratio de las
cosas, como la intuición de los primeros principios. Entre las más frecuentes
experiencias de nuestro sentido de la justicia y el derecho están las
expresiones “no hay derecho” y “tener derecho”.
–Pero hace falta saber si quien alega sus derechos lo hace
objetivamente, porque muchas veces pretendemos tener derechos con falsa
presunción.
–Para eso son las leyes: para establecer la objetividad de los derechos.
Como el derecho natural es susceptible de subjetividad, el legislador establece
unas normas con la intención de formular lo que es de derecho natural, es
decir, lo que pertenece a la recta ratio.
–Entonces, el mejor medio de prevenir la subjetividad jurídica es
atenerse a la letra de la ley.
–Sí, pero a condición de que las leyes procedan solo de la “voluntad
buena” del legislador. Es una cuestión de la que hemos hablado mucho en
conversaciones anteriores. Una ley dictada caprichosamente por un legislador
seria eo ipso una ley injusta porque
se saldría del universo de la moral. Santo Tomás lo dice muy claro: “Una ley
injusta no es ley” (lex iniusta non est lex).
–Pero siempre se nos ha dicho que el derecho no tiene nada que ver con
la moral.
–El derecho es siempre moral. La moral es un postulado de la razón
práctica.
–¿Es decir?
–Un postulado en que la ley funda su legitimidad. En este caso puedes
sustituir la palabra moral por la de ética. Moral y ética son valores que están
representados en los códigos civiles y penales, pero estos no cualifican los
actos; solo los sancionan.
–Pero también se dice que la intención cualifica los actos. ¿Vale esto
en derecho tanto
como en moral?
-Vale en moral pero no siempre en derecho, pues éste se limita a
sancionar desde el fuero externo.
-Justicia y derecho, ¿son equivalentes?
-No, pero son inseparables. El derecho es la cosa justa y la justicia el
acto que sanciona. La justicia es el signo natural del derecho, y viceversa,
porque el signo natural es inseparable de la cosa significada.
-Apliquemos entonces eso a ciertos hechos del pasado. ¿Bajo qué derecho
y qué justicia los herejes eran condenados a la hoguera?
–Lamento mucho tener que repetirte el principio de la distinción de los
tiempos y lugares. En aquellos de los que hablas, el derecho civil y el
canónico eran aplicados en coejercicio. Aunque había distinción teórica entre
ambos, no había separación. En consecuencia, los delitos contra la Iglesia
estaban penalmente tipificados ante lo civil. Y la pena del fuego, entre otras,
era una sanción comúnmente admitida como legal.
–Eso significaba que quemar a un hombre por expresarse heterodoxamente
era tan natural como sacrificar una mascota enferma terminal. Pero ¿tú crees
que la gente de entonces consideraba eso como un acto de justicia?
–Aquello no era justo, pero lamentablemente era legal, porque entonces
también se tendía a confundir el derecho con la ley. Aunque la distinción entre
ambos era doctrina de la Iglesia, incluso anterior a Santo Tomás, los
inquisidores sancionaban a los herejes según las tarifas vigentes en su tiempo.
Aplicaban una ley injusta, pero ellos ignoraban que lo fuese. Ni ellos ni el
pueblo eran conscientes de que la pena del fuego por una tesis heterodoxa era
jurídica y moralmente un acto criminal; al contrario, creían de buena fe que el
fuego purificador era el elemento más adecuado para extirpación de la herejía.
–Y los Autos de Fe eran incluso públicos…
—Y lo eran por dos razones: una, por la convicción de que se cumplía un
acto de justicia divina, y otra para que el pueblo escarmentara en el cuerpo de
los ajusticiados. El tribunal, junto todo el pueblo presente, contemplaba el
aterrador espectáculo hasta el fin de la combustión. Luego, esparcidas al
viento las cenizas del hereje, se retiraban del lugar en procesión cantando el himno Te Deum laudamus. Al menos este fue, según parece, el rito que se
siguió en la quema de Giordano Bruno.
–Francamente espantoso. Es difícil entenderlo con la simple
consideración de que eran otros tiempos. ¿Qué habría ocurrido si un inquisidor
indignado ante aquella iniquidad se hubiese negado a firmar la sentencia?
¿Podía ser remitido a un tribunal superior?
–No se sabe, porque los procesos solían ser muy largos; podían durar
incluso hasta la muerte natural del inculpado.
–¿Por qué tanto tiempo?
— Porque los expedientes, aparte de voluminosos, incluían contenidos
doctrinales que requerían largas disputas por parte de las comisiones
encargadas de catalogar las proposiciones y establecer cuáles eran formalmente
heréticas y cuáles sospechosas de herejía.
–Ahora bien, si tan naturales eran todos aquellos procesos, ¿qué sentido
tiene el perdón que Juan Pablo II ha pedido por el caso Galileo?
–Ninguno absolutamente. Aun mirándolo como un acto piadoso, carece de
toda lógica. Ninguna responsabilidad tiene la Iglesia actual por los entuertos
que cometió la de hace quinientos años. Interpreto aquel episodio como un acto
bien intencionado, aunque con cierto toque de demagogia. Además, ¿sólo por
Galileo hay que pedir perdón?, ¿no por Giordano Bruno, por Savonarola y tantos
otros que no tuvieron la astucia de Galileo?
–Pero entre estas consideraciones surge una cuestión de cierta gravedad:
si antes era justo y bueno quemar herejes y brujas y hoy día no lo es, ¿será
que justicia y moral son conceptos relativos y subjetivos?
–Esta pregunta es muy común y tiene su peso; sin embargo, es
precisamente el relativismo y el subjetivismo lo que hay que rechazar al
enfocar esta cuestión. Las ideas de justicia –digo justicia, no ley- y
moralidad son absolutas y objetivas en sí mismas, en cuanto que ideas puras.
Pero los actos justos y morales pueden parecer relativos o subjetivos según los
estados de ánimo de cada sujeto observador. Ocho o diez años de prisión para el
violador de tu hija, te parecería una sentencia injusta, pero no así para otro
observador ajeno a todo vínculo con la víctima. Las pasiones y los fanatismos
ofuscan la estimación jurídica y moral de los actos humanos. Esto es lo que
explica la absurdidad de muchas conductas humanas que nos relata la Historia.
–Bueno –dije disimulando mi impaciencia ante tanto distingo-, en
concreto: la quema de herejes, ¿era objetivamente buena o mala?
–Era objetivamente mala, pero legal; y en cuanto que ley, unos la verían
justa y otros injusta. Pero comoquiera que pareciese, había que cumplirla.
–¿Y en qué situación moral quedaba la conciencia de los verdugos y la de
los demás ejecutores de aquellas leyes objetivamente injustas?
–Aquí podemos imaginar tres casos: el de quienes actuaban sinceramente
convencidos de que hacían un acto de justicia; el de los que, estando
convencidos de la injusticia, no podían inhibirse sin caer en delito de
encubrimiento, y de otros que, conscientes de la injusticia y pudiendo
inhibirse, actuaban salvando la estabilidad de sus cargos. Solo en estos
últimos habría cargo de conciencia.
Tenía en mente plantear otra cuestión muy relacionada con el tema, pero
las miradas de impaciencia que lanzaba la haitiana mandaban más que el reloj.
18
CABOS SUELTOS SOBRE LA DEMOCRACIA
Norberto Bobbio, en su libro Il
futuro della democrazia (1984), hace varios pronósticos sobre la salud de
la democracia, a partir de un diagnóstico más bien pesimista de las democracias
actuales, e incluso de las pasadas. Pero al fin se consuela diciendo que, a
pesar de su poca salud, no hay razón para temer que la democracia se encuentre
”al borde de la tumba”. Si mal no lo interpreto, lo que quiere decir el jurista
es que aunque la democracia no haya llegado “al borde la de la tumba”, está sin
embargo en continuo peligro. Comentando sin intención de enmendarle la plana,
añado lo siguiente: mucho más deficiente era la salud de la democracia en
tiempos pasados, pero sus órganos se han ido refinando a través de los tiempos.
La democracia de Pericles fue solo un tímido intento si la comparamos con las
pocas o muchas que actualmente están en su plenitud. Me refiero a una plenitud
en sentido natural, es decir, habida cuenta de los sucesivos estadios de
precariedad por los que tiene que atravesar antes de llegar a democracia plena.
-Creo que Norberto Bobbio tiene razón; la democracia está rodeada de
peligros externos.
-Pero no siempre son los peligros externos los que la amenazan, sino la
multitud de virus subclínicos que anidan en sus entresijos, sin descontar entre
ellos el paradójico optimismo con que suele expresarse la vox populi: “estamos
en democracia, que es el mejor de los gobiernos; las tiranías y dictaduras son
cosas del pasado”. Hay la implícita convicción de que la democracia, una vez
establecida, rueda por su propio impulso.
Pocos piensan que ningún sistema político tiene seguro de vida, y el que
menos la tiene es precisamente la democracia, que además de llevar en sus
entrañas el cáncer semidormido, lo retroalimenta, pues es el único régimen
político que puede volverse contra sí mismo sin perder la apariencia de
democrático. De sobra conocemos democracias que lo son formalmente pero no
materialmente. Sin perdernos en la revisión de despotismos pasados, todos los
que han surgido durante el siglo XX han sido malos partos de democracias en
crisis. Los despotismos han vivido al amparo de las democracias, a la espera de
atrapar la oportunidad que ellas conceden a todos por igual. En una atmósfera
democrática llueve, truena y graniza sobre justos y pecadores. No es extraño
que incluso regímenes tiránicos tomen el nombre de “república democrática”.
El primer peligro de las democracias vencedoras de una dictadura es la
euforia incontrolada que se expresa en el primer artículo de la nueva
Constitución, que suele empezar así: “El Estado N es y será siempre
democrático…”. En los textos jurídicos –y mucho más si son constitucionales-
hay que evitar lo posible conjugar verbos en
futuro. Demasiadas veces el tiempo ha desmentido esas “profecías”. La
salud y vida de las democracias corren los mismos albures que las de los respectivos
ciudadanos. El primer artículo de una Constitución democrática sería más
circunspecto si pudiese redactarse aproximadamente así: “mantener esta
Constitución en continua vigilancia, para que su vigencia sea lo más duradera
posible”.
Lo saludable para una democracia es mantenerla más en estado de
vigilancia que de preocupación. Siempre sin dramatismos. Vigilancia, pero no
vigilancia hipocondríaca. Así como notamos tanto más la salud del cuerpo cuanto
menos nos preocupamos del funcionamiento de nuestros órganos, de semejante
manera la buena marcha de la democracia debería consistir en no sentir la
necesidad de hablar de ella. Vigilar la democracia no consiste tanto en
asegurar el derecho a la acción y participación de los ciudadanos, cuanto en
desalojar de sus mentes la falsa idea proveniente de la etimología de la
palabra. Se ha hecho popular definir la democracia como ”gobierno del pueblo”.
La mayoría de las definiciones etimológicas no expresan ninguna esencia; son
meramente simbólicas. Decir que la democracia es la fuerza del pueblo, el
dominio del pueblo, etc., suena prácticamente como sarcasmo. La verdadera
fuerza de una democracia estriba en que sea real. Es decir, no fundada en la
noción de pueblo como una entelequia solamente útil para pronunciar discursos
de orden. El pueblo no es un ente real sino una entidad abstracta, solo apta
para hacer buena o mala literatura.
-Lo que dices es demasiado evidente. Todos sabemos que en los discursos
ceremoniales se permiten esas licencias.
-De acuerdo; sé que es evidente, pero precisamente por ser demasiado
evidente no se le presta la atención que merece. Por desgracia de este lugar
común tan inconscientemente manoseado, los pueblos olvidan que no son ellos
quienes gobiernan, sino unas personas físicas, bien o mal elegidas, que dicen
haber sido puestas en el gobierno por voluntad del pueblo. Esta expresión
tantas veces repetida ha calado en los cerebros como un dogma que no se
discute. Bien pueden decir los políticos triunfantes que el pueblo no se
equivoca, pero lo cierto es que esa supuesta infalibilidad se desmiente por sí
misma casi siempre.
–Pero las elecciones son un hecho concreto que no puedes negar; los
números no engañan.
-¿Y quién me garantiza que esos números representan realmente la
voluntad de un pueblo? Hay países en que el fraude electoral es tan frecuente
que casi siempre la excepción mata la regla. El acto de elegir supone
contrapesar datos distintos sobre opciones distintas. Pero en el juego político
se trata, además, de discernir aptitudes de personas, lo cual puede convertir
la elección en un juego de azar. El pueblo deposita su voto para un personaje
del que solo conoce el nombre y alguna que otra actuación teatral de sus
discursos. Si los votos lo hacen ganador, el pueblo no eligió; adivinó.
Hablando en rigor, ¿puede eso interpretarse como una elección popular? Elegir
es activar una decisión voluntaria, y la voluntad con la que se deposita un
voto puede ser interesada o compelida
–puesto que hay que votar, hay que votar por alguien. Si se acepta esta
suposición, hay un amplio universo de votantes cuyo sentimiento post votum es el de haberse lanzado a
una apuesta.
-¿Quieres decir, entonces, que el primer punto débil de la democracia
está en la incertidumbre del voto?
-Es una probabilidad que doy por bien fundada.
-¿Fundada en qué?
–En que, siendo el voto un acto personal de cada individuo, los
gobiernos elegidos suelen ser muy tardos en atender los derechos individuales,
que solo son reconocidos y honrados después de varias acciones grupales de presión.
Y eso, sin contar las veces en que el pueblo demócrata, al sentir burlada su
voluntad, decide interrumpir su democracia, atribuyendo al sistema las
deficiencias de las personas. Para prevenir esta posibilidad, habría que
encontrar una fórmula en la que todos los demócratas concordaran en caso de
peligro.
-¿Y adónde iremos a buscar una fórmula que haga concordar tan variados
criterios?
-No encuentro ninguna que sea menos arriesgada que el voto, a pesar de
los reparos a que hago alusión. Así como no hay advino capaz de indicar la
pauta correcta del voto, tampoco hay quien goce de tanta clarividencia, que
pueda advertir si hay o no trigo limpio en el ánimo de la persona votada. Como
no hay código ni juez que penetre en las intenciones de las personas, nunca
sabremos qué carta se esconde bajo la manga del nuevo gobernante. Y aun cuando
nos constara de la rectitud de sus intenciones, sería imposible predecir los
cambios de personalidad que su investidura le produciría, pues según un antiguo
adagio, las dignidades cambian las conductas. (Dignitates mutant mores). Por eso, nada podemos conocer de los
fenómenos políticos y sociales si no vamos a su raíz, esto es, a las
individualidades. Tenemos a la vista dos grupos de individuos que pueden
producir sorpresas: uno es el de quienes conducen el proceso democrático, que
no siempre son conscientes del destino a que se encaminan; otro, mucho más
numeroso, el que se limita, con la misma inconsciencia, a contemplar
pasivamente el proceso. Es el grupo masivo que escucha los discursos de los
“conductores” que dicen estar allí por mandato del pueblo. Pero la verdad es
que la democracia no es el gobierno del pueblo, aunque etimológicamente suene
así. Más exacto sería decir que la democracia es para el pueblo. El pueblo, en
concreto y sin abstracción, es un conjunto de sujetos de derechos y deberes,
regidos por otros ciudadanos investidos de poder político y administrativo.
Dicho crudamente: el pueblo no manda ni gobierna en ningún sistema político; el
pueblo obedece y paga, y en los Estados de derecho más perfectos obedecen y
pagan incluso los gobernantes, a menudo resarciéndose fraudulentamente de sus pagos.
Democracia representativa y democracia participativa son expresiones
huecas. En la realidad, los individuos no reciben beneficios tangibles ni por
representación ni por participación, aunque en teoría se diga lo contrario. Uno
de los tumores de la democracia enferma yace precisamente en este punto: en que
la multitud de individuos no ve más allá de la retórica de los discursos. No
repara en algo tan simple como que los gobiernos se componen de hombres que,
como tales, son maleables. A menudo confunden ordenar con dar órdenes. “Propio
de los sabios es ordenar”, dice Aristóteles. Aplicando la sentencia a nuestro
caso, es tarea de los sabios de la democracia establecer el orden de lo que
conviene a las individualidades que viven bajo su gobierno y dirigir los medios
hacia ese cumplimiento. Lo cual supone que en una democracia sana debe haber
algo más que la libertad de votar, o de afiliarse a un partido o de expresar
libremente un pensamiento. Todo eso
no son beneficios de la democracia, sino condiciones sine quibus non para su plena vigencia.
-Supongo que te refieres a unas tareas que principalmente toca realizar
a los partidos.
-Sí, pero a condición de no poner los partidos por encima de sus
afiliados. Un partido puede actuar como protagonista, pero en rigor ningún
protagonismo compete al partido como tal, porque no están los afiliados en
función del partido sino al revés, puesto que los afiliados son la materia y
fin del partido.
-Me temo que pocos partidos habrá que practiquen este principio.
-Precisamente ahí es donde radican las prevaricaciones que forja el
poder tras las bambalinas. Pero no se dan cuenta de que no hay nada oculto en
las acciones de los políticos. Por eso ellos mismos, inconscientemente,
trabajan para su propio desgaste. De hecho, ha habido gobiernos que, por exceso
de amor a su partido, han hecho, sin querer, todo lo posible para perder las
próximas elecciones.
-Lo cual, por otra parte, no es nada malo para la democracia, porque así
es como se produce la alternancia en el gobierno.
–Cierto. La democracia asegurará su estabilidad en la medida en que los
partidos conviertan su atención hacia las personas. Abundante es la literatura
en este sentido. Entre las cuestiones más repetidas, que han quedado
irresolutas, sobresale esta: ¿cuáles son los derechos que deben prevalecer, los
individuales o los sociales? Algunos se aferran a la sumisión del bien particular
al común; otros creen que la agregación social tiene su razón primaria en la
singularidad, la cual no debería sufrir perjuicios a causa del bien común. Cada
parte tiene sus argumentos legítimos, pero no vale refugiarse en
el qualunquismo; necesariamente
hay que parcializarse. La buena lógica nos dice que hay que priorizar el bien
común, pero a condición de que ese bien sea sentido en cada uno de los
singulares. La sociedad no puede tender a dos fines que se repelen entre sí. Tampoco
es cosa sana en este caso que nos amparemos en el clásico término medio, porque
caeríamos en una ambigüedad en que todos tienen razón sin que se sepa quién la
tiene.
-Siendo así las cosas, es evidente que apuestas a favor de las
individualidades.
-Creo que es la única opción, y no por simple individualismo sino por
cuestión de objetividad. No hay que colocar al individuo en función de la
sociedad, sino al revés. No se trata de negar a la sociedad la unidad que le
compete, sino de situarla en la condición de medio, y no de fin. Ciertamente,
la sociedad es una unidad de medios para uso de los individuos según un
determinado código de leyes. La razón principal de la sociabilidad está en que
sólo en unidad social pueden los individuos activar su principio de
perfectibilidad. Aristóteles define al hombre como animal político, que para él
equivale a social, pero lo dice bajo el supuesto de que la “politicidad” es
consecuencia de la racionalidad. Por tanto el fin primordial de la sociedad
debería consistir en facilitar la puesta en acto del principio de
perfectibilidad de cada individuo.
-Para eso ya tenemos un Derecho Privado y un Derecho Público en
interconexión.
-Es cierto, pero esta dualidad solo funcionará debidamente si los
derechos sociales se conciben como consecuencia de los individuales, pues el
bien común sería nugatorio si no se encarnara en el particular de cada
individuo. Brevemente: no hay bien común allí donde cada singular no recibe de
él una porción tangible.
-Con toda seguridad los sociologistas te calificarían de individualista
a ultranza, porque según ellos no hay fenómeno humano en la ciencia, en la
técnica ni en otro orden cualquiera del pensamiento que no sea un producto
social. Por eso, organizar una política en función del individuo sería consagrar la prepotencia
del fuerte contra el débil por vía de la competitividad, que tantos
excesos produce, sobre todo en el área del libre mercado.
¿Qué responderías a eso?
-Que la competitividad es efecto natural de la diferencia de atributos
por los que cada individuo se distingue de otro. No se puede sacrificar el
derecho a desarrollar los atributos individuales en nombre de la igualdad.
-¿Qué queda, entonces, de la igualdad?
-Todo lo que es igualdad ante la ley, que no es poco. Pero la ley
concede derechos “especiales” a ciertos individuos que los han merecido por el
desarrollo de sus atributos. En virtud de la igualdad ante la ley, todos
tenemos derecho a ser Ministros, Papas o Premios Nobel, pero solo pueden serlo
quienes reúnen los atributos que para ello se requieren. Lo mismo digamos del
éxito en nuestras empresas; serás más o menos exitoso según la calidad de tus
atributos humanos.
-Supongo que entiendes por atributos las aptitudes, dones o habilidades,
ya sean naturales o adquiridas…
-Llámalo así si quieres.
-Y la sociedad te ayuda a adquirir o desarrollar esos atributos…
-Te ayudará si tú te ayudas.
-¿Cómo?
-Cultivando, mediante esfuerzo, tu entendimiento y tu voluntad. De estas
dos facultades he hablado tantas veces que ya me cansé. Pero en este caso
insisto en que la educación y la formación en general es una larga cadena de
actos voluntarios. Necesitas fortalecer tu voluntad, si quieres salir con bien
de todos los planes que hagas para organizar tu vida. Las personas brillantes y
triunfadoras son y han sido personalidades de voluntad fuerte.
Tienes que hacer un acto de introspección y consultar primero sobre tu
fuerza de voluntad para todo: para el trabajo intelectual, para los negocios,
para gerenciar una empresa… en fin, incluso para casarte y formar una familia.
-Hasta para eso… creo que exageras.
-¡En absoluto! Porque si te casas sabiéndote débil de voluntad, te
convertirás en súbdito de tu mujer, los hijos se te irán de las manos y serás
un hombre infeliz por el resto de tu vida. Pero dejemos la digresión y volvamos
al tema. Lo que se pretende en una democracia no es fundar un individualismo a
ultranza, sino lograr que los individuos no sean simplemente un producto
social. Desde el área individual, a nadie se le puede impedir ponerse en
desacuerdo con el sentir de la vecindad. Dice Bertrand Russell que si un hombre
desea seguir el camino de su vida, debe aprender a ser crítico frente a las
costumbres de la tribu. Una de las intenciones más nefastas del comunismo
clásico y el socialismo radical consiste en neutralizar la tendencia natural a
la competitividad. Los comunistas saben que la competitividad y las iniciativas
crean el progreso social e individual, que es precisamente lo que ellos no
desean. Creen, falsamente, que la competitividad es causa de las desigualdades
sociales, olvidándose de que las desigualdades provienen de la diversidad de
atributos. El competidor que vence no se enfrenta a la sociedad sino que la
enriquece con su capacidad de iniciativa. Si solo contemplamos al hombre desde
su ser social, lo condenamos a seguir el rebaño. Séneca aconseja no marchar,
como las ovejas, hacia donde todos van, sino hacia donde hay que ir. Los
sistemas sociologistas y socialistas extremos son gobiernos contra natura,
porque olvidan que las sociedades no son multitudes amorfas sino conjuntos de
hombres y mujeres con sus sentimientos, emociones y pasiones que no se pueden
enjaular en una dictadura del proletariado.
Tratándose de democracia, hay que volver sobre un atributo humano del
que muchas veces hemos hablado en estas charlas: el de la libertad. Pasemos de
largo por todo lo que ya sabemos sobre ella. Incluso podemos concederle a Kant
que de ese noúmeno llamado libertad no sabemos nada. Sin embargo, ¡bien que la
sentimos cuando nos la quitan!, de la misma manera en que nos resentimos de un
órgano cuando hay disfunción en él. De modo semejante percibimos más clara la
idea de libertad por vía de negación. Me es indiferente la libertad de lo que
podríamos hacer pero no hacemos, como sería circular por las calles a lomo de
mula. Lo irritante es que se me impida hacer lo puedo y quiero; el sentir la
falta de aquello que me prohíben.
Tampoco basta ser libre por naturaleza, como quiere Aristóteles; también
hay que serlo por merecimiento. Los atributos humanos, igual que los miembros
corporales, hay que ejercitarlos con movimientos nuevos, de dificultad
progresiva; de lo contrario se nos atrofian o los limitamos a funcionar sobre
mínimos. Por consiguiente, se impone que los gobiernos democráticos faciliten
el estímulo del principio de perfectibilidad que hay en cada individuo. Tanto
vale decir que mejores ciudadanos hacen mejor democracia, como que mejor
democracia hace mejores ciudadanos.
Un gobierno democrático bien intencionado no solo reconoce la libertad
de los singulares, sino que también la protege regulándola y limitándola. Regulación y limitación, para que la libertad de los más débiles no sea
absorbida por la de los más fuertes. La estima de la libertad de unos
particulares hacia la de los otros es la medida del vigor de la democracia.
Esta empieza a corromperse por la base cuando la mayor fuerza volitiva de unos
disminuye la libertad de otros.
Los actos libres son actos racionales, pues el entendimiento y la
voluntad actúan en un mismo momento indivisible, como la fuerza y el
movimiento, como la luz y la visión. Por eso insisto en que las democracias
deben ser educadoras de voluntades libres, pues la libertad no está asegurada
por el solo hecho de vivir en democracia. La libertad está siempre en peligro,
como lo está la democracia misma. Los pactos sociales deben moderar la libertad
de gobernantes y ciudadanos, para que las decisiones de cada sujeto sean
expresión de racionalidad y no de arbitrariedad.
Ahora bien, la racionalidad es universal por ser nota esencial de toda
la especie humana. Por consiguiente, los programas educativos serán
democráticos si se orientan hacia la superación de fronteras. Hay que asimilar
los vientos que vienen de fuera, cuando son benéficos. Los nacionalismos y
regionalismos, el aferramiento a la tradición y la obsesión por el problema de
la identidad nacional suponen un regreso a los “ídolos de la tribu”. (Si
quieres identidad nacional, crea productos que te identifiquen). El mejor y más
democrático programa educativo sería el que se inspirara en las siguientes
sentencias del Estoicismo: “Nosotros afirmamos que nuestra patria es el mundo”; “todos
venimos de los mismos orígenes y de los mismos principios”; nosotros
veneramos la sociedad del género humano”. Así en un sistema educativo
democrático deben convivir todas las tendencias doctrinales que no se opongan a
la legalidad. Todas las verdades, las absolutas y las relativas, tienen el
mismo derecho a competir en el foro común. El bachiller debería entrar en la
universidad desalforjado de rémoras ideológicas y pseudomoralismos.
-Pero como siempre dominan los intereses, te expones a convertir las
escuelas y universidades en un mercado ideológico.
-Si esa competencia, que tú comparas a la mercantil, es de niveles
académicos, la acepto sin reservas.
-Siendo eso así, te hago una pregunta: ¿tiene derecho el Estado a entrar
en esa competencia?
-Sí, pero con algunas cautelas. Los Estados, aunque sean democráticos,
difícilmente refrenan su tendencia hegemónica. Opino humildemente que el Estado
no es buen educador. Estado-Educación es un binomio forzado. Casi una
antinomia. Solo en una región imaginaria cabe un Ministerio de Educación que
sea solo de educación.
-¿No te parece que estás negando la libertad al mismo ente que te la
protege?
-No le niego la libertad de educar sino la de intervenir en la
educación. Con todo, tampoco quiero ser tan extremista que le niegue al Estado
el Derecho a tener sus centros educativos, aunque sea en atención a una
determinada clientela –siempre la hay- que quiere ser educada según la
tendencia ideológica del Estado. Lo que yo niego con especial vehemencia es el
derecho del Estado a imponer una epistemología de la educación. Porque los
Estados también tienen especialistas adiestrados para fundamentar teóricamente
el monopolio de la enseñanza; y su engañosa destreza consistirá en no aparentar
que cumplen órdenes de un Ministerio, sino en demostrar que es deber del Estado
establecer una “pedagogía oficial”. Dirán que la enseñanza es un servicio
público; y que si tiene a su cargo otros servicios menos importantes que el de
educar, con mayor razón debe intervenir en el desarrollo de las inteligencias.
-¿No te parece esta una buena razón?
-Me pare más bien una trivialidad, a la que respondo con otras
trivialidades que los Ministerios de Educación no tienen en cuenta: que el
Estado no es educador, sino garante de que las actividades educativas funcionen
sin cortapisas; que para ser educador un Estado, debería ser depositario del
saber universal, cosa que no solo no es, sino que sustancialmente no lo puede
ser, pues su finalidad no es el cultivo del pensamiento sino la actividad
política, la cual suele ser más rémora que estímulo del desarrollo intelectual; que no es misión
del Estado crear directrices de ciencia y opinión, sino disponer espacios para
que éstas se desarrollen. En suma, los hombres de la política solo podrían
actuar como científicos y humanistas colocando entre paréntesis sus propósitos
políticos, según la sentencia de Einstein: “las políticas son pasajeras; una
ecuación es para siempre”.
19
CONCIENCIA JURÍDICA
Don Victoriano estaba interesado en continuar sus argumentos sobre la
democracia real. Para evitar que se me fuera por las ramas, me anticipé apenas
terminados los primeros intercambios.
–Hay una idea -dije- que me punza la mente desde tiempo atrás.
–A ver…
–Es a propósito del protagonismo que tú das al individuo en una
democracia real. Me pregunto qué actitud básica deben tomar los individuos para
que una democracia sea lo más perfecta posible. Porque en libros, artículos y
discursos no he visto más que nebulosidades.
El maestro, como en todas las preguntas que exigen concreción, se tomó
su tiempo.
–Hombre… me pones en un aprieto. Las teorías son muchas y casi todas
inútiles. Sin embargo, te daré una respuesta, que es mía y solamente mía; por
tanto tampoco puedo garantizarla.
–Dila igualmente.
–El único signo de una democracia real es la conciencia jurídica de los
ciudadanos.
La respuesta me pareció igualmente nebulosa, pero disimulé la decepción
y proseguí.
–He escuchado tantas disertaciones sobre la conciencia, que no sé en qué
sentido la usas.
— Es oportuna la aclaración. No empleo la palabra conciencia con
suposición psicológica, es decir, como conocimiento reflejo del propio yo, sino
como móvil próximo de la conducta jurídica del ciudadano.
–¿Qué se entiende, pues, por conciencia jurídica?
–Es la facultad que nos hace estimar la ley positiva como valor
imperativo al que hay que ajustar nuestra conducta. Las leyes, en el supuesto
de que sean justas, siempre encarnan valores morales.
–¿Cómo se manifiesta esa conciencia jurídica?
–Se descubre en dos momentos: el de la creación de la norma y el de su
cumplimiento. El primero compete solo a los legisladores y el segundo a todos
los ciudadanos, incluidos los mismos legisladores.
–Me interesa en especial la conciencia de los legisladores.
–Consiste en hacer valer su imperativo categórico, que en términos
llanos podría sonar así: “redacta una ley positiva de tal manera que, de ser
necesario, pueda convertirse en ley universal”.
–Un legislador cualquiera, de conciencia recta, ¿puede crear una ley de
valor universal?
–En realidad no la crea. Las normas de valor universal están en la
conciencia del legislador; él no hace más que expresarlas en términos
jurídicos. Un legislador que apela a los principios universales del ser y del
obrar, no se acoge a lo que él percibe como bueno o conveniente, sino a lo que
debe ser según la razón práctica.
–¿Y la conciencia moral?
–También.
–Entonces conciencia moral y conciencia jurídica se identifican en la
práctica.
–No exactamente; porque la conciencia jurídica pertenece al fuero
externo y la moral al interno de la conciencia. En ciertas infracciones,
alguien puede ser culpable en el fuero externo e inocente en el interno, y
viceversa. Es decir, se puede ser jurídicamente culpable y moralmente inocente,
y al revés.
–¿Por ejemplo?
–Quien comete un acto contra una ley que ignora es jurídicamente
culpable y moralmente inocente, porque el Derecho no juzga las conciencias ni
define la bondad o maldad de los actos, mientras que la moral, sí.
–Entonces, ¿por qué existen presos de conciencia?
–Porque puede haber leyes que comprometan la conciencia.
–¿Por ejemplo?
–La obligación de prestar servicio militar en tiempos de paz.
-Y si peligran la paz y la independencia, ¿es legal entonces obligar a
tomar armas a los ciudadanos capaces entre dieciocho y cuarenta años?
-En estado de guerra no hay leyes; la ley es la voluntad militar; pero
en situación de normalidad, las leyes deben garantizar que cada individuo pueda
desarrollar su principio de perfectibilidad.
-Y si alguna ley se opone a ello, ¿es punible desobedecerla?
-La desobediencia a la ley es siempre punible, pero una ley que implique
compromiso de conciencia es lícito eludirla, si se puede. En tal caso sigo la
opinión de Kant, según la cual la finalidad del derecho consiste en preservar
la libertad individual y social de un Estado, de tal manera que los individuos
puedan, dentro del orden social, desarrollar el principio de perfectibilidad
que reside en cada uno. Si esto se realizara en un sistema político estaríamos
ante una democracia real.
–Esta opinión tuya es muy ambiciosa, y dudo que alguna vez llegue a
darse. Pero ahora me viene a la memoria otro punto esencialmente relacionando
con el derecho y la moral, que es la justicia. Mi profesor de filosofía en
bachillerato insistía mucho en que el derecho y la justicia se identifican, en
el sentido de que ambos consisten en dar a cada uno lo suyo. El derecho –decía-
no es otra cosa que el suum de cada
uno.
Es la clásica doctrina de los iusnaturalistas, que no difiere de lo
antes dicho sino en la diferencia de
enfoque. Dar a cada uno lo suyo implica que la libertad de unos no impida la de
otros. Si no me equivoco, la opinión
que manifiestan las personas no instruidas acerca del Derecho es la misma de la
que estamos hablando. Se opina sobre lo que está bien o mal hecho, sobre lo que
es bueno o malo, sobre si “hay derecho” o “no hay derecho”, etc. Otras veces se
relaciona el Derecho con lo que está permitido o lo que está prohibido
–Mi abuela, que era una mujer muy expeditiva, solía decir: “El Derecho
no es más que dos cosas: lo que está mandado y lo que está prohibido”.
–Es una buena frase para que nos entendamos conversando por la calle
–aclaró el maestro-, pero añadiendo que es más propio del Derecho mandar que
prohibir. El Derecho no prohíbe expresamente nada; solo se limita a sancionar,
bajo el supuesto –no expresado- de un deber ser. En la sanción van implícitos
la prohibición y el mandato.
-¿Concuerdan con el Derecho las que llamamos vulgarmente buenas o malas
acciones?
–No. Los conceptos de bondad o maldad no son jurídicos sino morales.
Pero eso sin perjuicio de lo que antes dije: que lo jurídico está en el género
de lo moral. Por eso un juicio jurídico puede implicar, extrajurídicamente, una
cualificación moral.
–¿Significa eso que en Derecho la moral no cuenta para nada? Lo pregunto
porque hay sanciones por atentar contra la moral y buenas costumbres.
Esta expresión quedó como residuo de los códigos prenapoleónicos,
inspirados en el iusnaturalismo. En
cuanto a la moral, el Derecho la da por supuesta como contenido de la razón
práctica. Es decir, que nada se sanciona porque sea malo en sí mismo sino
porque contraviene una ley que ha sido promulgada por una supuesta voluntad buena.
–Por consiguiente en los códigos postnapoleónicos subyace una mentalidad
kantiana: la ley no hay que cumplirla porque es buena o conveniente, sino
porque es la ley. La ley por la ley.
–Así es. Según la razón pura, las acciones y las cosas no tienen
cualidad alguna; las cualidades las asigna la razón práctica. Diciéndolo de
otra manera: la razón pura te dice lo que son las cosas, y la razón práctica,
cómo deben ser. La ciencias físicas y filosóficas nos hablan del ser, y las
morales, del deber ser.
–Y si un legislador dicta una ley injusta, ¿habrá que cumplirla porque es
la ley?
–Una ley injusta deja de ser ley porque contradice la razón práctica,
según la cual las leyes se suponen fundadas en una voluntad buena. Si un
legislador promulga leyes contra esa voluntad, serán rechazadas por la voluntad
de los ciudadanos, que verán en ellas una incongruencia con la razón práctica.
-¿Y cómo se procede cuando una norma es dudosa?
–Dudosa, ¿en qué sentido?
–Cuando no se sabe si va o no contra la razón práctica.
–En principio, una ley contra la razón práctica solo es posible en un
gobierno tiránico, donde las leyes son dictadas o interpretadas a conveniencia
del tirano. Pero en circunstancias normales, es bastante excepcional que haya
leyes dudosas. Y si las hay, la duda se resuelve por vía analógica según el uso
del lenguaje y la intención del legislador, es decir, por el sentido común.
Para casos muy especiales está la jurisprudencia y las técnicas de la
hermenéutica jurídica.
–Se supone, en fin, según lo que has dicho, que en una democracia sana
los ciudadanos deberíamos estar bien informados y convencidos de lo que esta
noche hemos conversado; es decir, que deberíamos poseer una conciencia jurídica
perfecta.
–No necesariamente perfecta; solo bastaría que cada ciudadano hiciera
buen uso de su sindéresis.
20
LA VEJEZ
La haitiana me abrió la puerta con rostro compungido.
–El señor –dijo amortiguando la voz- está terminando su baño de después
del paseo. Creo que es cuestión de pocos minutos.
–¿Qué le ha pasado a don Victoriano?
–Una caída. Yo siempre le advierto que no debe sobrestimar sus fuerzas,
pero él es muy terco.
–Pero si puede bañarse él solo, significa que no le ocurrió nada grave.
De pronto apareció el maestro cojeando y enfundado en una holgada bata
de toalla azul.
–Creo que no es nada –dijo adelantándose a mi pregunta-; solo he sufrido
una torcedura de pie y unos cuantos rasguños. Lo importante es que no haya
ningún hueso roto.
Le ayudé a sentarse, que hizo con alguna dificultad debido a la hondura
del sofá.
–¿Cómo fue el incidente?
–Bajado una ligera cuesta al lado de un chalet en construcción, resbalé
por unos restos de gravilla y rodé unos cuantos tumbos abajo.
–Dale gracias a Dios de que no te hayas roto un par de huesos.
–Sé que esto pudo haber ocurrido, pero debo aclarar que no es cierto que
estoy sobrestimando mis fuerzas. Desde hace un año he reducido el recorrido
acostumbrado a menos de la mitad.
–¿Y no sientes cansancio en ningún momento?
–Hago mis pasos a la medida de mi aliento. Si alguna vez siento fatiga,
aminoro la marcha y recupero la normalidad.
–Tu médico y tus amigos, ¿no te han hecho recomendaciones?
–No soy amigo de consultas médicas si no es in extremis. En cuanto a los
amigos, se me han muerto casi todos. Los tres o cuatro que me quedan están
inutilizados, o por demencia senil o por accidente cerebral. El único amigo que
me queda eres tú.
–Muchas gracias.
–Más te las doy yo a ti, por venir a mi casa y hacerme sentir menos
solitario.
–Pero tú lees y escribes artículos; y esto es mejor ejercicio para tu
cerebro que vivir rodeado de gente.
–Sabiendo que vivo en un cuerpo viejo, procuro cuidarlo lo mejor que
puedo. Mis paseos diarios son parte de este cuidado. También sé que no puedo
excederme en nada. Hace cuestión de unos meses tuve que renunciar a conducir de
noche porque mi visión nocturna se ha reducido y sobre todo porque me
deslumbran los focos de los que vienen en contra.
–¿Cuándo empezaste a sentirte viejo?
El maestro arrugó la frente y al instante temí haberle hecho una
pregunta indiscreta. En realidad lo era, pero él respondió inmutable:
–Hacia los cincuenta años, cuando noté que ya no sentía la necesidad de
subir las escaleras de dos en dos peldaños; antes de esa edad no tenía
paciencia para subirlos de uno en uno. Sin embargo confieso que temo las molestias
de la vejez que veo en otros, pensando que no andan muy lejos las que me han de
venir a mí.
–A propósito: una de las expresiones que más me molestan es eso de “la
tercera edad”.
–Yo también la detesto. Prefiero que me digan viejo a secas y sin
eufemismos
-Desde Cicerón se ha escrito mucho acerca de la vejez y los métodos para
prevenir sus molestias. ¿Conoces algunos más entre los antiguos?
-Debe haber varios, pero solo tengo noticia de dos de Roger Bacon, un
franciscano del siglo XIII injustamente ignorado. Es lástima que no tengamos
acceso a ellos. Uno habla del régimen general de los ancianos y los de edad muy
avanzada (De universali regimine senum et
seniorum); otro, quizá más interesante, sobre la retardación de la vejez (De retardatione senectutis). Sin embargo
creo que su lectura no pasaría de satisfacer la curiosidad de cómo se
reflexionaba en el siglo XIII acerca de la senectud; es decir, nada de interés
actual.
-Y tú, ¿cómo lo reflexionas?
-Como hay que hacerlo ante las cosas que se fueron para no volver:
acostumbrarse a vivir cada día como si fuese el último, apurándolo hasta la
última gota. Lo bueno del viejo bien pensante es la estima que tiene de la
vida, así como lo malo del joven es la inconsciencia con que la deja pasar.
-“Larga la ciencia, corta la vida” –se lamentaba Hipócrates.
–Pero lo peor de la vida es que es mucho más breve de lo que creemos.
-Explícate....
-Ocurre que solemos contarla desde la fecha de nacimiento.
–¿Desde cuándo, si no? ¿Habrá que descontar los años de la primera infancia
inconsciente?
–No solo esos sino muchos otros de la etapa más plena de tu vida. Don
Victoriano estuvo unos segundos interrogándome con la mirada.
–¿Cuántos años tienes? –preguntó.
–Cincuenta y cinco.
–Vamos, tú que eres buen calculador: a esos cincuenta y cinco, réstales
un tercio. Alcé la cabeza y cerré los ojos por unos segundos.
–Dieciocho.
–Bien. Hasta cincuenta y cinco ¿cuántos van?
–Treinta y siete.
–Estos son los años que has vivido, y cuidado si no son menos…
–¿Me restas las horas de sueño?
–Esta es una parte de la resta. Suponiendo que duermes entre siete y
ocho horas diarias, durante un tercio de tu vida estuviste en la
intemporalidad, como bajo anestesia general, o como cuando estabas en el
vientre de tu madre.
–Pero ¿es que dormir no es vivir? Schiller dice que el sueño es el plato
más delicioso del banquete de la vida.
–A un poeta se le permite escamotear la realidad; pero dormir no es
vivir a plenitud de consciencia. Si hablamos en términos poéticos, te puedo
poner un ejemplo contrario: el
soneto “Al sueño”, de Lupercio de Argensola, cuyo primer verso dice:
“Imagen espantosa de la muerte”.
-Durmiendo interrumpo mi vida, pero ¡qué deliciosa interrupción!
-Por otra parte, no la interrumpes solo durmiendo, sino también
metiéndote en intrigas ajenas y estresándote por cuestiones que no te van ni te
vienen. ¡Cuántas veces nos envenenamos discutiendo de política sin ninguna
posibilidad de resolver nada! Añade a esto las horas que has pasado
angustiándote por problemas de tu presente y las incertidumbres de tu porvenir.
O en discusiones odiosas de las que has salido amargado por horas o por días.
¿Cuánto tiempo habrás consumido cultivando una amistad que solo te ha dejado
sinsabores? Más los litigios familiares, las amarguras por la conducta de tus
hijos que se niegan a aceptar los preceptos de tu generación. Nada de eso forma
parte de una vida vivida para ti. En fin, si haces la cuenta de todos los
incidentes que te han amargado la existencia, verás que has vivido muchos años
menos de los que cuentas desde que naciste. Razón tenía Séneca: “No es poco el
tiempo que tenemos sino mucho el que perdemos”.
-Algunos aspectos que has mencionado son propios de toda persona que
trabaja para vivir. Supongo que desde que te jubilaste estás gozando más que nunca
de la vida en plena consciencia de ti y para ti.
-Tienes razón. Además, en mi vejez he aumentado la capacidad de
admiración ante detalles como el majestuoso vuelo de un gavilán; o me inclino
para observar una disciplinada hilera de hormigas que van y vienen portando
provisiones hacia su refugio subterráneo. La naturaleza te obsequia
gratuitamente con admirables espectáculos, de los cuales solo nos damos cuenta
cuando somos viejos y tenemos el ánimo en reposo.
-Te entiendo. Yo también he tenido que envejecer para darme cuenta de lo
corta que es la vida. Cuando era estudiante los años no pasaban, y ahora
vuelan.
-Es un ejemplo no científico de la relatividad del tiempo. Pasa lento
mientras caminas hacia el logro de tus sueños, como el estuante hacia su graduación.
La vida es larga para los jóvenes porque apenas la están comenzando, mientras
los viejos la vemos corta porque estamos en el tramo final. Por eso nos
aferramos más a la vida. Te soy sincero: amo la vida y temo la muerte cada día
más porque cada día la veo más cerca.
-¿Qué opinas de lo que dijeron algunos filósofos, como Tales de Mileto:
que no hay diferencia entre la vida y la muerte?
-Los filósofos tienen momentos en que desean más causar impresiones que
expresar ideas. En nuestro caso yo me defiendo de temores pensando que la
muerte es algo que ocurre a los demás. Creo que eso es lo que todos pensamos
inconscientemente. Dijo cierto poeta en uno de sus epigramas que todos llevamos
escrita en la frente esta sentencia: “Reo de muerte”. Pero, naturalmente, solo
podemos verla en la frente de los demás. Tal vez por eso la imagen de la muerte
nos preocupa menos. Quizá los demás animales viven más felices que nosotros
porque no tienen noción de la muerte.
Dejé transcurrir dos semanas antes de reanudar las conversaciones. Se
mostró contento de mi reaparición
-¿Qué tal? -le pregunté mirando el tensoplast con que llevaba envuelto
el tobillo.
-Nada importante, un leve esguince articular. Tres semanas con este
vendaje y luego podré empezar a caminar con paso moderado y solo por
superficies planas.
-Saliste muy bien librado. Así que podemos continuar nuestras
divagaciones en torno a los problemas de la vejez. No lo digo por ti sino por
mí, que ya debo empezar a tomar precauciones.
-No hace falta que te anticipes; las irás tomando inconscientemente con
los años.
-A veces me pongo pensativo preguntándome por qué vivimos contentos a
pesar de que, como dijo aquel poeta, estamos condenados a muerte.
-Recuerda que el universo está integrado por sistemas inteligentes. Cada
especie viviente tiene su modo de defenderse contra las penurias a que está
expuesta. A pesar de que las mujeres conocen los riesgos de la gestación y los
dolores de parto, siguen deseando tener hijos. El logos de la especie humana
toma sus providencias en este caso y en otros semejantes.
-A este propósito, permíteme una digresión. ¿Será por eso por lo que
sientes cierta querencia hacia los cementerios? Quienes te conocemos sabemos
que en cualquier pueblo donde te encuentres de paso, no te pierdes uno.
-Sí, amo los cementerios porque son la única realidad permanente con que
contamos. Que nadie me lo interprete como manía de viejo; el interés por los
cementerios lo tengo desde muy joven. Me paseo por ellos y veo que las tumbas y
monumentos no se construyen para memoria de los muertos sino para vanidad de
los sobrevivientes.
-Otro salto en el tema: se dice que la vejez también tiene sus encantos
y placeres, aunque distintos de los de la juventud y la madurez.
-Es un lugar común al que acudimos para resignarnos, pero con los años
te montas tu rutina, y paso a paso, vas haciendo limpieza de complejos.
–¿Tienes tu propio método para vivir una vejez tranquila?
–Por supuesto que no. Solo procuro sentirme cómodo con mis años. Para
nada me afectan sentencias como aquella de La Rochefoucault: “La vejez es un
tirano que prohíbe bajo pena de muerte los placeres de la juventud”. A lo que
Maurois añade: “Y nos quita los más vivos, que son los del amor”.
-Querrá decir el sexo…
-Es lo que se desprende de la citada máxima. Pero yo no creo que un
autor de tanta nota como Maurois confunda el amor con el sexo. La cultura
convencional ha sublimado la función sexual con el eufemismo de “hacer el
amor”. Pero esta expresión no resiste el más elemental análisis, pues lo que se
hace no es amor sino liberación de una pulsión que puede ir o no, acompañada de
amor.
–Me recuerdas algunas imágenes de maduros play-boys, que suelen
frecuentar lugares propios de la juventud, llevados de “tristes recuerdos del
placer perdido”, como diría Espronceda; se visten a la moda juvenil, adoptan un
lenguaje macarra y presumen de pasar de todo.
–Pero aún hay otras maneras más tristes de malvivir la vejez, como el
caso que cuenta Balzac: un decrépito dueño de gran fortuna que se encapricha de
una pelandusca de veinte años, a la que colma de regalos, hasta que un día
logra de ella una triste concesión. Bajo promesa de nuevos encuentros, el viejo
aumenta los regalos en cantidad y calidad, hasta caer en la ruina total. Muchos
viejos se entregan a locuras
semejantes por no tener en cuenta la acción del “tirano” al que se
refiere La Rochefoucault. A veces pienso que la factura que pagan los viejos
por haber amado a
muchas mujeres, es la de seguir amándolas. O como decía Oscar Wilde: “lo
peor de la vejez es sentirse joven”.
-En fin, los que estamos próximos a la vejez deberíamos aprender a ser
viejos.
¿Sugieres algo?
–Lo primero sería procurar que la que vejez no te venza a ti sino tú a
ella. No descuides tu físico. Pocas cosas hay más repugnantes que un viejo
sucio y zarrapastroso.
-Muchos viejos dicen: ¿para qué acicalarme si ya no tengo que gustar a
nadie?
–Se equivocan. Si no puedes gustar, trata al menos de no disgustar a los
que conviven contigo. Si estás ilusionado con tus nietos, ¿cómo quieres que se
te acerquen si les repugnas con tu desaliño? Si no estás impedido, busca una
forma posible de permanecer activo. Una de las molestias para cualquier familia
es el espectáculo del viejo tumbado en una cama o en un sofá. Tampoco te
sientes en un banco de la plaza para hablar de enfermedades, médicos y
medicinas con tus compañeros de edad. Si puedes, cultiva amistades de gente más
joven que tú; te sentirás menos viejo.
El bueno de don Victoriano se olvidaba de que siempre fue hombre de
pocos amigos, o tal vez de ninguno. Me atreví a recordárselo:
–Pero tú has hecho un gran cambio en este sentido. Cuando eras nuestro
profesor, parecías más bien misántropo…
–Eran otros tiempos –interrumpió-; entonces llevaba la máscara de
profesor, pero desde que me jubilé y me sentí libre de compromisos, ando por el
mundo con mi propio rostro y digo lo que hay que decir sin ningún remilgo. He
hecho, como es evidente, cambios físicos, pero han sido muchos más los
psicológicos. Ahora me avergüenza la mentalidad que tenía a los sesenta y hasta
setenta años. Creo que me he puesto al día, excepto en los ordenadores y
teléfonos móviles.
–¡Cuántos cambios inimaginables hemos visto, incluso los que tenemos
treinta años menos que tú!
–Sin embargo hay dos cosas que escucho casi literalmente desde hace más
de ochenta años: una: “¿cuándo saldremos de esta maldita crisis?… ¡todo tan
caro!”; otra: “yo no
sé adónde va a parar la juventud desvergonzada de hoy; en nuestro tiempo
no éramos así, había más respeto”. Los mismos estribillos que deben venir de
siglos atrás. Para terminar, quiero darte una receta válida para jóvenes y
viejos, actuales y venideros. Es el Decálogo de Letamendi:
Vida
honesta y ordenada,
usar de
pocos remedios
y poner
todos los medios
de no
alterarse por nada.
La
comida, moderada,
aire
libre y diversión;
no tener
nunca aprensión;
salir al
campo algún rato,
poco
encierro, mucho trato
y
continua ocupación.
-Realmente parece escrito ayer, salvo eso de “vida honesta”…
–Para los lectores de hoy esta expresión requiere una pequeña exégesis.
Hasta pasada la primera década del siglo XX, la “honestidad” era referida
principalmente al uso y abuso del sexo. Eran antonomásticamente “pecados de
deshonestidad” los cometidos contra el sexto mandamiento. Los médicos de la
época victoriana, como Letamendi, creían que la continencia sexual era una
conducta saludable para la juventud. Incluso se resiente de esa tendencia el
mismo Gregorio Marañón, asegurando que el sexo es una “función de lujo”; que
los jóvenes se infligen violencia física usando de él; que la plena madurez
sexual no adviene sino pasados los veinticinco años. No sé si el doctor Marañón
ignoraba que la plenitud cualitativa de los espermatozoides ocurre entre los
dieciocho y los veinticinco años. De hecho, los bancos de semen no admiten
muestras de donantes anteriores o posteriores a dichas edades. A la luz de
nuevos experimentos y análisis, digan los especialistas en la materia su última
palabra.
21
MEDITACIÓN
Habíamos pasado el día en una playa teniendo que saltar espaldas y
piernas para conseguir un refresco, i ir al baño, o simplemente buscar un
imposible espacio de un metro cuadrado donde tumbarnos sobre la arena. Formaba
parte del grupo una chica argentina, que pasaba horas sentada sobre sus pies,
erguida la cabeza, las manos apoyas en cada rodilla y los ojos entornados. Como
soy curioso, no resistí acercarme y preguntarle qué clase de ejercicio estaba
haciendo y qué significaba aquella postura. “No me jodas, estoy haciendo
meditación trascendental” –respondió airada. Me pareció que era una buena
cuestión para planteársela a Don Victoriano.
–La meditación trascendental –dijo- es una práctica oriental que viene
de milenios. Pero como yo nunca he sentido curiosidad por asuntos orientales,
no te puedo dar ninguna opinión. Pero en cuanto a la meditación –sin el
aditamento de “trascendental”-, alguna experiencia tengo porque la he
practicado por temporadas, cuando era joven, e incluso siendo menos viejo.
–Supongo que toda persona culta sabe lo que es meditar, pero dudo que
haya muchos que tengan alguna idea de lo que significa “trascendental”.
–Es un adjetivo que tiene varios sentidos, pero para entrar en ellos…
-Preferiría –interrumpí- no adentrarme en ellos y limitarnos al
sustantivo “meditación”, que es de uso muy común, e imagino que cada uno lo
entenderá a su manera.
–Comprendo tu obsesión por ir al grano, pero tengo que aclararte que
toda meditación tiene sus grados de trascendentalidad, aunque no en el sentido
de los mandras hinduístas o budistas, que implican una cierta anulación de la
mente.
–Quieres decir, en definitiva, que cualquier meditación es de sí misma
trascendental...
Pero con diversos grados, según cómo cada individuo haya cultivado su mente.
–Explícame, pues, qué es la meditación y en qué consiste.
–No tengas prisa. Antes quiero que sepas estimar las ventajas de la
meditación. La principal es esta: que el hombre no puede hacer nada más selecto
y refinado que el acto de meditar.
–Pero, ¿es cosa para todo el mundo o solo para unos pocos de mente
cultivada?
-En principio se requiere una innata tendencia a la observación y
admiración.
-¿Y el que no la tenga?
-Tal vez podría adquirirla con cierto esfuerzo; el mundo está lleno de
innumerables fenómenos naturales y artificiales que llaman la atención de las
mentes observadoras. Todo cuanto acontece nos invita a reflexionar en vistas a
entenderlo y sentirlo mejor.
¿Es necesaria también alguna predisposición emocional?
-En cualquier acto humano puede haber una intervenir la emotividad, pero
las personalidades excesivamente emotivas tendrán que vencer muchos obstáculos
para entrar en meditación.
–Entonces, ¿cuál es la mejor condición de ánimo?
–Te lo voy a explicar con una sentencia de Spinoza: “las cosas que hay
en este mundo no son ni para reírlas, ni para llorarlas, sino para
entenderlas.”
–Eso me suena muy austero.
–Lo es un poco, pero no lo tomes en un sentido muy esencialista.
Conviene que entendamos el mundo, pero también es lícito contemplar las
incontables escenas cómicas y trágicas que el anecdotario de la vida nos pone a
la vista. En la actividad racional hay lugar para Horacio, para Sófocles y para
Aristófanes. Meditar te enseñará a reírte de cosas que tal vez antes te preocupaban
en exceso.
Dijiste algo sobre “sentir” en referencia a la meditación.
–Cierto. No solo se medita para entender sino también para sentir, a
pesar de que cualquier persona está más capacitada para sentir que para
entender.
Ahora sí, vayamos a la definición.
Pero no inmediatamente. Primero hay que detenerse en unas
consideraciones previas para que te pongas en situación. Ante todo, el hombre
que medita habla consigo mismo. Tal vez recuerdes del verso de Antonio Machado:
“converso con el hombre que siempre va conmigo”. Es decir, te sumerges en lo
profundo de tu intimidad, en todo aquello que no comunicarías ni a tus más
íntimos allegados.
–Para eso se requerirá la soledad, supongo.
–No necesariamente. Pero sí es cierto que la meditación es el último refugio
de quienes, por causas que desconocemos, están condenados a vivir en soledad.
Sin embargo es posible, y hasta relativamente fácil, meditar dentro del
bullicio y las multitudes.
–Me imagino que los taciturnos deben tener mejores facilidades para la meditación.
–Tal vez. Hay quienes no gustan de hablar con los demás, pero tienen sobrados argumentos para hablar consigo mismos. Pero lo importante para cualquier meditante son las ventajas que se siguen de este ejercicio. El meditante experimenta un aumento de su autoestima, no le afecta la murmuración ni la maledicencia, es menos propenso a padecer angustias o a caer en depresiones. Hay gran diferencia entre el hombre que medita y el que deja pasar de largo lo que acontece dentro de él y del mundo que le circunda. El primero se distingue por su ponderación e igualdad de ánimo; el otro, al contrario, se verá más expuesto a la precipitación y a conductas cíclicas.
–En resumen, se trata de la imperturbabilidad de los estoicos y
epicúreos.
–Incluso hay una sentencia de Jeremías, que en nuestro caso no hay que
tomar muy en serio. Dice: “totalmente desolada está la tierra porque no hay
quien recapacite en su corazón”.
-Me suena hiperbólico…
–Obviamente lo es, como muchas sentencias bíblicas. Pero lo cierto es
que hay personas que se han sensibilizado debido a su costumbre de meditar.
–A propósito: ¿quiénes son los individuos mejor capacitados para
hacerlo?; porque no creo que lo pueda cualquier ciudadano de a pie. Se
requerirá cierta disposición intelectual.
No precisamente. En principio, pueden meditar los sabios y los
ignorantes, aunque el modo de
hacerlo será distinto en ambos casos. Ninguna universidad enseña a los hombres
a ser reflexivos. La experiencia nos muestra que la acumulación de títulos
académicos no vuelve a las personas ni más cultas ni más sabias.
No deja de ser eso un consuelo para quienes no hemos meditado nunca ni sabemos en qué consiste.
–Por eso conviene que nos vayamos acercando más a la definición. Meditar
está en el
género del pensar. Todo el que medita piensa, mas no al revés. Pero
siguiendo la ley de contradicción, entenderás mejor lo que es meditar a través
de aquello que no lo es. Ante todo, no es un pasatiempo sino una disciplina. No
es entregarse a los recuerdos del pasado, ni montar redes de juegos
imaginativos, aunque la imaginación y la memoria tienen un lugar adecuado en el
acto de meditar.
–¿No será la meditación una especie de contemplación?
–A veces se usan como sinónimos, pero erróneamente. Meditar es un acto
discursivo, mientras que contemplar supone un estado místico, y por tanto, un
mayor grado de elevación espiritual. La contemplación profunda puede llegar al
éxtasis, mientras que la meditación solo aspira a reposar la mente en un objeto
que despierta curiosidad. Y a este propósito te aclaro que tampoco medita quien
se ensimisma estudiando o investigando en vistas a establecer una hipótesis.
Meditar no requiere ningún esfuerzo extraordinario de la mente ni de los
sentidos.
–¿Qué es, entonces, meditar?
–Como los primeros que la cultivaron en sentido occidental fueron los
monjes, todas las definiciones van enfocadas a obtener experiencias religiosas.
Entre todas las
conocidas la mejor y más concisa es la de San Agustín: “meditar es
elevar la mente a Dios (elevatio mentis
in Deum).
–Entonces, meditar es un acto religioso.
–Según dicha definición, sí; pero podemos pasarla de contrabando
omitiendo el último término. Lo esencial es elevar la mente, no importa hacia
quién o hacia qué. De momento, descrismemos la definición de San Agustín
sustituyéndola por esta: meditar es considerar atentamente un objeto
determinado, con el fin de serenar la mente y tranquilizar el ánimo. ¿Te parece
bien?
–Sí. Solo necesito que añadas alguna explicación.
–Con pocas bastará. Sólo hay que aclarar la especie, el objeto y el fin.
La especie es la consideración atenta. Es importante la atención, para que no
confundamos meditar con divagar. El segundo aspecto es el objeto, que puede ser
una idea, un hecho, o una sentencia, o un pensamiento expresado en una frase
corta. Por ultimo está el fin, el principal de los tres componentes, que
consiste en serenar la mente y tranquilizar el ánimo.
Si no entiendo mal, meditar es un trabajo intelectual.
–Intelectual y volitivo, pero con especial énfasis en la volición. No hay
que olvidar que el hombre no hace nada que no esté regido por su racionalidad,
en este caso con especial acento en la voluntad, actuando con el entendimiento
en un solo momento indivisible, como la fuerza y el trabajo, como el ojo y la
visión.
–Ahora bien, quienes meditan, ¿lo hacen por instinto o por inclinación
natural?
–No. Ni siquiera por “instinto intelectual”, como lo llaman algunos. El
hombre es naturalmente un ser pensante, pero la inclinación a meditar no te la
regala la naturaleza, porque, como hemos dicho antes, meditar es “considerar
atentamente”; por tanto se requiere un mínimo de esfuerzo discursivo.
–Pero eso supone un aprendizaje, y para aprender se necesita un método.
Por tanto, se nos presenta un problema de método, que es hoy día una de las
cuestiones que más preocupan.
–Aquí no hay problema de método, porque meditar no es un trabajo
académico. Cada individuo puede escoger el modo –para no llamarlo método- que
mejor se acomode a sus capacidades.
–Con todo, el aprendiz de meditante tendrá que tropezar con algunas
dificultades.
–Si el meditante tiene verdadero interés en la labor, las dificultades
serán de poca monta. Más que dificultades, serán condiciones.
–Empecemos a enumerar.
–Para que la meditación sea posible, se requiere ante todo un actitud de ánimo muy particular, que yo llamaría disposición, en espera de otro término mejor. Entiendo por ello un estado psicológico de tal modo autoelaborado, que siempre se halle dispuesto a reflexionar sobre cualquier cosa, aunque sea irrelevante.Si eres buen onbservador, siempre hallarás algo que despertará tu interés.
-¿Tendrá eso que ver con la "admiración" a que se refiere Aristóteles?
–Puedes tomarlo así si lo prefieres, pero nunca en vistas a perseguir un
saber científico ni filosófico, porque los motivos que incitan al científico
son de especie distinta a los del meditante.
–Pero yo insisto en las dificultades, que las debe haber, especialmente
para los principiantes.
–Si te interesa meditar y aspiras seriamente a los beneficios que
reporta, todos los obstáculos iniciales te parecerán leves. Insensiblemente
irás contrayendo el hábito de reflexionar. Lo harás, de momento, solo superficialmente.
La calidad de tu meditación crecerá sin que tú mismo te percates de ello,
porque habrás adquirido lo que he llamado disposición, consistente en el hábito
de observar y atender.
Don Victoriano me trajo a la memoria su costumbre, durante los paseos,
de pararse a contemplar los pequeños fenómenos de la naturaleza, como el vuelo
de un gavilán o la actividad de los hormigueros. Igualmente su querencia hacia
los cementerios. Todo ello podría ser signo residual de sus pasadas
meditaciones.
–¿Estás cansado? –preguntó ante mi silencio.
–¿Y tú?
–Empieza a ser hora de que lo estemos. Pero terminemos hablando de tres
circunstancias relativamente molestas para el meditante. Una es el ruido del
mundo y el trasiego de tantas actividades a las que necesariamente hay que
atender. Imposible pensar en un recinto de paz adonde retirarnos para mantener
la disposición reflexiva. Casi siempre tendrás que meditar teniendo por fondo
el bullicio de los transeúntes, o de los motores, o de algún vecino que celebra
su cumpleaños hasta las tres de la madrugada.
–Eso me parece una gran dificultad.
–Sin embargo, en nuestro mundo de civilización y progreso no es el
silencio el único lujo espiritual que perdemos. Aunque pudieras pagarte un
aislamiento total, de poco te serviría si en tu interior estás lleno de íncubos
y fantasías. Es lo que le ocurría a Séneca: “A veces mi descanso es
inquietante”; o a Virgilio: “Antes era insensible a los dardos, pero ahora,
hasta la brisa me aterra”.
–O tendré que hacer como Ulises: taparme los oídos con cera para no
sentir el clamor de las Sirenas –dije compitiendo en erudición.
–Otro obstáculo es la constancia. Se equivoca quien cree que basta
meditar una vez o dos a la semana. Si no estás dispuesto a sacrificar media
hora diaria, vale más que desistas. Si te propones meditar sólo durante los
fines de semana, obtendrás el mismo resultad que los deportistas dominicales:
un cansancio inútil aunque por parte del meditante sin peligro de colapso
cardíaco. Es indispensable la regularidad diaria. Mozart confesaba que después
de un día sin práctica, al siguiente sentía los dedos perezosos. Asimismo, el
meditante que huelgue por un día notará doble dificultad al siguiente, sobre
todo si es novicio en la labor, pues es más difícil sacudir la poltronería del
ánimo que la de los miembros.
–¿Y la dificultad del tiempo?
–Te me anticipaste. Ésta es la tercera. En una sociedad frenética como
la nuestra, sólo los pensionados disponemos de tiempo para meditar. Entiendo
que los negocios, la familia, los compromisos sociales y hasta el tiempo
necesario para el juego y la distracción son obstáculos reales, pero no tan
agobiantes que no encuentres siquiera media hora para hablar contigo mismo
–Pero ponte en las circunstancias de un gran ejecutivo empresarial en
cuya agenda no cabe ni media hora de quietud.
–Pero a buen seguro que la encontrará entera, y aún más, para
dedicársela a su entretenida. La verdad es que todas esas excusas son falaces.
Es imposible, por muy ocupado que tengas el día, que no puedas exigir media
hora para dedicártela a ti mismo.
22
OBJETO Y FIN DE LA MEDITACIÓN
Sí, don Victoriano tenía razón. Por muy ocupada que esté una persona, es
difícil que no pueda apartar media hora diaria para meditar. Solo veo dos
dificultades: la constancia y la búsqueda del objeto de meditación.
-La constancia –dijo el maestro- es la misma que necesita un
fisioculturista para mantener su performance o un pianista para no perder
agilidad digital. En cuanto al objeto, la dificultad no está en la escasez sino
en la abundancia; hay tantos que no te bastarían dos largas vidas para
agotarlos.
-¿Cómo y dónde encontrarlos?
-Si no me quedo corto, los objetos solo pueden venir de cuatro fuentes:
de la observación de la de las cosas y sucesos cotidianos, de las relaciones
con otras personas, de las vivencias internas de cada uno y sobre todo de las
lecturas. Por lo demás, cuando te hayas vuelto meditante experto, siempre
llevarás las alforjas provistas de lo que necesites para la ración del día;
porque el sujeto meditante no lo es exclusivamente en el momento en que medita,
sino que su hábito de reflexión le acompaña de continuo, ya sea que trabaje o
huelgue.
–¿Qué pasa con los que no leen nunca, o casi nunca?
–Es poco probable que deseen meditar; quizá ni siquiera conocen la
palabra.
–Pero los ignorantes también piensan; ¿no habría que darles una
oportunidad?
–Concedamos que sí. Ellos podrían valerse de alguna de las fuentes
mencionadas; pero como el interés en meditar está conectado con noticias que
generalmente vienen de las lecturas, es poco probable que puedan organizar un
mínimo de reflexión. Si intentan abordar temas de la observación cotidiana, o
de sus propias vivencias, hallarán un impedimento similar al de quien a duras
penas sabe leer, pero no entiende lo que lee.
–Entonces, estos quedan descartados…
–No del todo, porque también los iletrados pueden tomar motivos de
reflexión ante los acontecimientos noticiables, de los que se supone están
enterados.
-Pero vayamos a la fuente principal, que es la lectura.
–Aquí la variedad es más extensa que la de los episodios noticiables; va
desde la Biblia hasta el último número de cualquier prensa.
–Ponme algún ejemplo.
–Los intereses transitorios que despiertan las noticias sobre sucesos de
gran impacto, como catástrofes, extravagancias de ciertos personajes,
acontecimientos políticos, descubrimientos astronómicos, etc. Cada uno asimila
esos hechos de una manera peculiar en su universo interior.
–¿No importa que sean reflexiones desligadas?
–La meditación no es un trabajo académico ni mucho menos científico. Al
contrario, conviene hacerlo lo menos oneroso posible. Pero debo añadir que para
crear el hábito de meditar no es suficiente esperar a que ocurran
acontecimientos extraordinarios.
–Vayamos a los temas sacados de lecturas. ¿Cuánto hay que leer para que
salte el objeto de meditación?
–Lo encontrarás en cualquiera de tus lecturas habituales; algo hallarás
en ellas que llamará tu atención. El punto a meditar ha de salir como una
chispa iluminadora; un párrafo corto, o tal vez una simple proposición. Detente
allí y empieza tu labor, para que no se te vaya la media hora buscando.
–Ahora bien, como las posibilidades de lectura son tantas, sugiéreme
algún título que me sirva de modelo, que abunde en temas concretos, para no
andar vagando de libro en libro.
-Para empezar, te sugiero los opúsculos de Séneca, como De la brevedad de la vida, De la clemencia, De la vida feliz, o las Cartas
a Lucilo. Si quieres algo más moderno, las Máximas, de La Rochefoucault. Solo con estos títulos tienes materia
para lo que te resta de vida.
–Bueno, suponiendo que ya hemos encontrado el objeto, proponlo tú.
–Tomemos primero un modelo fácil, como la siguiente máxima de La
Rochefoucault: Somos más perezosos de espíritu que de cuerpo. Aplicaremos la
memoria, la imaginación, el entendimiento y la voluntad. Empecemos por
la memoria y la imaginación. Tratándose de una sentencia de autor reconocido,
consideremos algo de su personalidad, no porque la sentencia crezca o disminuya
según quien la dijo, sino porque esta noticia puede añadir nuevos motivos de
reflexión. Aquí se trata de un personaje de los más altos abolengos de Francia.
Su vida transcurrió entre empresas militares, lances amorosos, etiquetas
cortesanas y una profunda querencia hacia la literatura. Era la figura central
de las tertulias literarias que patrocinaba su amante, Mme de La Fayette. Por
consiguiente entramos a meditar de la mano de alguien que almacena larga
experiencia de primera mano sobre multitud de éxitos y fracasos, riquezas,
lujos, placeres, etc. Con él nos enfrentamos al tema de la pereza espiritual.
Pereza de pensar, de meditar…
–De pronto me sugieres algo concreto: mi pereza.
–Ahora, ahonda un poco más: te has hecho consciente de tu primer
problema como meditante. Puesto que eres perezoso de pensamiento, te adentrarás
en una especie de anámnesis acerca del tiempo y las ocasiones que has perdido
de fomentar el principio de perfectibilidad que hay en ti. Ahora bien, se dice
muy pronto que has sido perezoso de espíritu; si te percatas de que el pensar
es el origen del hacer, sentirás que a lo largo de tu vida has perdido mucho
más que un montón de meditaciones; has echado por la borda unas cuantas
ocasiones de mejorar tu personalidad.
–¡Qué lástima!; tan corta que tenemos la vida y tan buenas ocasiones que
desperdiciamos.
–Pero si tienes buena memoria, hallarás que lo corto no es tu vida sino
los instantes en que la has vivido a plenitud. Es un tema que ya hemos tocado
en una charla anterior.
–Lo recuerdo: decíamos que vivir no se cuenta desde la fecha de
nacimiento.
–Justamente: entre un anciano que ha vivido mucho y otro que ha vivido
muchos años, hay esta diferencia: el primero tiene memorias y el segundo solo
recuerdos dispersos. El primero recuerda con satisfacción las realizaciones de
su vida, mientras que el segundo disimula su nostalgia frívola diciendo: “¡Que
me quiten lo bailado!”
–Seguro que no se lo quitan, porque ya se lo quitaron.
–La memoria del tiempo perdido es tanto más dolorosa cuanto más claro
vemos que la pérdida de ocasiones no se debió a penuria económica, ni a falta
de libertad ni a
obligaciones perentorias, sino a simple y lastimosa abulia.
–Ya veo que el curso de la meditación va por este estilo, pero ¿dónde
está el sosiego que proporciona la meditación? Porque lo que yo siento ahora
mismo, es todo lo contrario.
–Debes recordar que el sosiego es la finalidad de la meditación, y que
las finalidades no se obtienen en el curso de la tarea, sino al final. Pero el
sosiego no te llega espontáneamente; eres tú mismo quien debes creártelo. En
nuestro caso, si continuamos profundizando, llegaremos a la conclusión de que,
aunque los bienes perdidos sean irrecuperables, nos cabe la posibilidad de
compensarlos corrigiendo nuestra pereza mental con la correspondiente
diligencia.
–De la meditación, ¿hay que sacar conclusiones o basta con la
tranquilidad de ánimo?
–Lo ideal es que saquemos ambas cosas. Pero te repito que meditar no es
un acto académico; por eso no importa que no haya conclusiones. Tampoco es una
tragedia que en lugar de sosiego te levantes con más dudas y ansiedades. Aún te
queda el consuelo de haber ejercitado tu mente, que no es poca cosa. Si de tu
meditación has sacado dudas, felicítate, porque quien duda es porque ha
empezado a pensar en serio. Considera solo esto: has aplicado tu entendimiento,
tu memoria y tu imaginación. Hecho esto, tu voluntad tiene la última palabra.
Deberá decidir si en el futuro te conviene seguir cultivando las facultades
donde yace tu principio de perfectibilidad. Aunque las realizaciones del futuro
no están todas al alcance de nuestra voluntad, sin embargo de ella depende, y
sólo de ella, que nuestros pensamientos sean nuestra mejor compañía cuando nos
llegue la hora de la soledad.
Aunque escuchaba las explicaciones de don Victoriano con poco
entusiasmo, todavía tuve la curiosidad de pedir que propusiera otro argumento,
esta vez algo más complicado.
–¿Qué te gustaría? –preguntó.
–Una proposición corta, pero algo más compleja.
–Eso está hecho: El universo es infinito.
–Me gusta.
–Esta proposición, al igual que la anterior, es asertórica; puedes
aceptarla o negarla. Pero tiene la dificultad de ir conectada con una
interrogación: ¿puede el universo ser eterno, infinito?
–Aquí no hay mucho de donde pueda agarrarse la imaginación. Por tanto,
no es un objeto para cualquier meditante; es necesario sentirse atraído por los
misterios de la física, la astronomía o la filosofía.
–Sin embargo, no faltan entendimientos menos cultivados que sienten
curiosidad por esos misterios. Además, ya sabes que el meditar no exige
especulaciones de alta calidad. Basta que te sientas cómodo con el tema aunque
no puedas profundizar en él.
–Vayamos, entonces, a la eternidad del universo ¿Qué dicen los
astrofísicos?
–Nada; solo que al universo no se le ha encontrado el fin.
–¿Existirá algo que pueda llamarse eterno exceptuando a Dios?
–Has hecho una buena pregunta. Y si aún la quieres más concisa, vaya
esta: ¿existe la eternidad?
–Otra vez con la Iglesia hemos topado, Sancho. Responde tú mismo.
–Por la infinitud del mundo se han preguntado, antes y después de
Einstein, varios astrónomos y filósofos. Estamos ante la cara y la cruz de una
moneda: la eternidad y la infinitud; dos palabras que a veces usamos como
sinónimas. La pregunta, entonces, es esta: ¿qué es la eternidad? Ahora,
responde tú.
–Así… improvisadamente, diría que es la misma infinitud; llamamos eterno
a lo que no tiene fin.
–Me has dado una respuesta tautológica, y a la vez me has planteado otra
pregunta. Empecemos por lo tautológico. Dices que eterno es lo que no tiene
fin, lo cual, por economía, expresamos con el sustantivo abstracto de
“eternidad”. Así que definir la eternidad como aquello que no tiene fin es tan
tautológico como decir que lo finito es lo que tiene fin. Ahora bien,
“eternidad” es un derivado del sustantivo latino aetas, que significa “duración”. Por tanto una definición de
eternidad, si no buena, al menos pasable, sería esta: “eternidad es una
duración sin fin”. He dicho “pasable” porque en su fondo tiene también algo de
tautológico.
–Muy bien –respondí-; mi definición de eternidad es inválida porque es
tautológica. Pero también dices que te hice al mismo tiempo una pregunta. ¿Cuál
es?
–La misma que has hecho tú mismo antes: ¿hay algo que sea infinito,
eterno?
–Según he oído desde mi juventud, el único infinito y eterno es Dios.
–Es cierto según la fe cristiana, y según el sentido que damos al
sustantivo eternidad; pero no lo es en sentido lógico ni mucho menos
ontológico. Porque, cuando hablamos de tiempo, espacio y seres infinitos,
inconscientemente imaginamos una continuidad transcurrente que durará por los
siglos de los siglos, o por milenios de milenios. Pero este concepto de
eternidad es contradictorio, porque inconscientemente la estamos midiendo.
Mientras la podamos medir por siglos de siglos o por milenios de milenios y
proseguir en esta medición sine fine, igualmente le adjudicamos tiempo. Por
tanto, mientras la llamamos infinita la hacemos finita.
–¿ Cómo definir, entonces, la eternidad?
La única definición que ha hecho fortuna es la de Boecio, que dice:
“Eternidad es la total, simultánea y perfecta posesión de una vida
interminable”. (Interminabilis vitae tota
simul et perfecta possessio). Es una definición muy precisa y lógicamente
bien acabada, pero Boecio la formuló en un contexto teológico, solo para
definir la eternidad de Dios; sin embargo la podemos aplicar a la eternidad
considerada en sí misma, fuera de Dios.
–Calificaste la definición de “lógicamente bien acabada”, por lo que
deduzco que la das por perfecta.
–Lo es en su formalidad lógica, pero Boecio no se percató de que definía
la eternidad de Dios en función del tiempo, es decir de la transucurrencia.
Ahora bien, transcurrir es ser en el tiempo. Pero ser en el tiempo significa
cambio e inestabilidad, notas que pugnan contra la idea que tenemos de Dios.
Además, Boecio antepone al sustantivo “vida” el adjetivo “interminable”; pero
la vida no es concebible si no es por etapas, edades; es una realidad que tiene
un principio, una plenitud, una decrepitud y un término. Por tanto la vida no puede asociarse a la
eternidad. Resumiendo, todo lo que sea en alguna forma cuantificable no puede
ser interminable. Cuando decimos que Dios “vive y reina por los siglos de los
siglos”, sometemos a Dios a una medida sine fine, pero “medida” al fin.
Además, afirmamos que durante ese tiempo “interminable”, Dios vive y
reina. Ahora bien, la vida y el reino, en un tiempo tan largo como tú quieras,
son accidentes propios de los seres mortales.
-¿Cómo evitarías, entonces, estas contradicciones?
-Comprendo que al referirnos a Dios los antropomorfismos son
inevitables; pero para no incurrir en contradicciones consagradas ya por el
uso, yo propondría, si no fuese impertinencia, sustituir la palabra eternidad
por la de intemporalidad.
-Y el concepto de “vida”, ¿con qué lo sustituyes?
-Queda eliminado por el de intemporalidad. Pero si no quieres prescindir
de la palabra “vida”, cámbiala por la de “estado”; aunque te advierto que
tampoco así eliminarás la idea de tiempo.
-Me confundes. ¿Hay que dar, entonces, por inválida la definición de
Boecio?
-No, porque en ella se toma el concepto de eternidad por analogía de una
supuesta duración infinita, y en este sentido la definición de Boecio es
impecable. La limitación de nuestro lenguaje no nos permite prescindir del
tiempo, por lo cual nos vemos obligados a explicar las cosas de la Divinidad
analogándolas con lo mejor que hay en la naturaleza humana, como es la vida, el
reino, la majestad, la reverencia, etc.
En estas reflexiones de Don Victoriano había algo que no me convencía,
pero no encontraba cómo cuestionárselo. Tengo la impresión de que él también se
daba cuenta de que no le seguía el discurso. Al fin rompí la pausa
preguntándole cómo había que entender la intemporalidad, dado que al hombre le
es imposible pensar desligándose del tiempo.
–No es posible definir la intemporalidad porque es un concepto negativo,
y lo negativo no está en ningún género ni especie. Sin embargo cabe hacernos de
él una remota idea al despertar de un sueño sin sueños, o de una anestesia
general luego de una intervención quirúrgica. Durante esos lapsos, nuestra
situación es como lo que era antes de nacer. Eso estar fuera del tiempo.
-Ahora me asalta una curiosidad: dado que no es literalmente cierto que
Dios creó el mundo en seis días, ¿cómo hay que concebir el tiempo –o la
intemporalidad- antes de la Creación?
–En esto debo acudir a la doctrina Escolástica: Dios es Acto Puro y
Plenitud de Ser, lo cual implica actualidad y actividad creativa, de donde se
sigue que es inconcebible un Dios en estado de reposo. Por tanto la Creación es
inseparable de la esencia divina y en consecuencia, no tiene principio ni fin.
Luego, Dios y el universo son intemporales.
Puedes añadir –ahora en términos newtonianos-, que Dios es Energía Pura
en incesante actividad creadora. El universo, pues, no es una obra acabada sino
una “energía” que se halla en continuo fíeri.
-¿Qué es, entonces, el Big-Bag, o el bosón Higgs?
-Son hipótesis de la especulación física, que si fuesen ciertas, se
interpretarían como momentos inseparables de la Energía Divina, que es creadora
ab aeterno. Si el hagiógrafo bíblico narra la Creación valiéndose de la
expresión “en un principio”, es porque solo disponemos de figuras
antropomórficas para expresar la idea de una acción creadora que no tuvo
principio.
–Esto me suena a panteísmo puro y duro.
–No lo creo; me parece más bien un modo de explicar que la acción
creadora es inseparable de la esencia divina. No es lo mismo identificación que
inseparabilidad.
–Todas estas consideraciones me parecen un buen ejercicio de la mente,
pero lo que no veo es la finalidad que buscamos en la meditación, que es la
tranquilidad de ánimo. Al contrario, he sentido más bien fatiga y desconcierto.
–¿Esperabas llegar a conclusiones ciertas?
-No sé si ciertas o probables, pero al menos alguna donde descansar la
mente.
Ten en cuenta dos factores: uno, que has meditado por primera vez en tu vida. Meditar es un acto
que requiere aprendizaje, y no hay aprendizaje que no produzca tedio y
cansancio. En segundo lugar, lo has hecho llevado de mi mano, cuando la
condición esencial del meditante es actuar sin colaboradores. Meditar es un
acto íntimo. Por el descanso de la mente no te preocupes ahora; te llegará con
la costumbre de meditar. No hemos entrado a fondo en ningún problema filosófico
ni teológico; tus preguntas han fluido espontáneamente, sin ningún esquema previo.
–Por ahora, no veo cerca la tranquilidad de ánimo que se espera de la
meditación, pero si encuentro cosas que me sorprendan, seguiré intentándolo.
-Mejor que la sorpresa, te conviene la admiración.
-¿Cuál es la diferencia?
–La sorpresa paraliza el entendimiento; la admiración lo impulsa.
23
SENTIDO CRÍTICO NATURAL
Acudí a la siguiente charla sabatina dispuesto plantear una nueva
perspectiva de pensamiento
–Aristóteles empieza su Metafísica diciendo que “todos los hombres, por naturaleza,
desean saber”. No quiero enmendar la plana del filósofo, pero yo creo que esta
afirmación no es del todo cierta. Más bien veo lo contrario; la inmensa mayoría
de los humanos vive distraída y pasa de largo ante cantidad de fenómenos
interesantes. Creo que el hombre desea, más que saber, estar informado. Y
muchos, ni siquiera eso.
Don Victoriano se quedó por unos segundos con la cabeza apoyada en el
respaldo y los ojos cerrados.
–Así lo creo también –dijo-, pero si no yerro, a juzgar por el verbo
griego eído que Aristóteles emplea,
tal vez no se refería propiamente al saber, sino a la percepción de las formas
con el fin de aprehender la idea de las mismas. Claro que este verbo también
significa saber, pero en una de sus últimas acepciones. Si el filósofo se
refería al saber científico, no sé por qué no utilizó el verbo epístamai, que sería el propio para
expresar el deseo de saber. Lo digo a título de comentario, sin pretensión de enmendar
al Filósofo.
–Pero estas menudencias no interesan al mundo de hoy, que en su mayor
parte prefiere más acumular experiencias que saber. Lo que hoy importa es el
saber hacer y el cómo hacer. No interesa el qué ni el porqué de las cosas sino
el para qué. Nos hemos vuelto utilitaristas
-Es cierto; el hombre ha sido siempre utilitarista, desde antes del
utilitarismo doctrinario. Pero también ha habido filósofos –y muchos- que se
han ocupado del saber por el saber sin atender a la utilidad práctica. Así lo
verás si prosigues leyendo la Metafísica de Aristóteles.
–Entiendo que de la filosofía no se esperen utilidades prácticas, pero
¿es que ni siquiera experiencias?
–Depende de la idea que tengas de la experiencia. Si crees que solo se
encuentra fuera de ti mismo, tu experiencia será siempre superficial. La
mayoría de los científicos que solo experimentan se contentan con haber hallado
el dato que buscaban.
–¿Te parece eso poco satisfactorio? Algunos han empleado su vida entera
hasta encontrarlo.
–Pero también hay otros a quienes interesa más reflejar hacia su
interior todos los conocimientos, ya sean teóricos o prácticos.
–No entiendo.
–Se trata de ir más allá de la satisfacción del hallazgo científico o
técnico; es hacerse consciente del acto de indagar y saber. Quien reflexiona
sobre algo, o investiga sobre cualquier hipótesis, hace continuamente un
recorrido de ida y vuelta, de su interior hacia el objeto y del objeto hacia su
interior. En el regreso al interior es cuando el sujeto pensante “metaboliza”, si
vale decirlo así, las esencias de las realidades que ha aprehendido y las
convierte en contenido intelectual. En esto consiste la experiencia del saber,
la cual ocurre no solo en el trabajo científico sino en toda aprehensión
sensitiva. El turista que entra en una catedral gótica y sale de ella cuando ya
la ha visto, no experimenta lo mismo que el que se queda dentro por largo
tiempo saboreando la emoción de lo que contempla. La curiosidad que despierta
un eclipse de sol no es la misma en un astrofísico que en cualquier hombre de
la calle.
–Veamos si te interpreto bien: quieres decir que el saber por sí solo no
crea conciencia ni experiencia de saber; es preciso que la ciencia a la que te
has entregado te imprima un carácter sui géneris. Es decir, que tu ciencia sea
para ti lo que era la medicina para Marañón: no su profesión sino su vida.
–Creo que me has interpretado mejor de lo que yo me he explicado. El
científico de vocación aprehende las esencias y las convierte en sustancia de
su vida interior. En cambio, el que ignora de raíz una ciencia, pasa
indiferente ante los fenómenos que atañen a esa ciencia.
En algunos de nuestros diálogos dijiste que el arte de enseñar consiste
en fijar los conocimientos en la
conciencia del que aprende.
–Efectivamente, aprender gramática es adquirir la conciencia del
lenguaje. Y así ocurre en todos los aprendizajes. Quien aprende algo se hace
analista de los objetos relacionados con lo que aprendió.
–¿En qué sentido dices “analista”?
–Es algo así como “hacerse crítico”, pero no solo en cuanto a lo que
aprende sino en todo cuanto oye u observa. No hay posibilidad de entrar en la
conciencia del saber si no es a través del sentido crítico.
–Entiendo que no se trata de una crítica en sentido vulgar, sino
cartesiano, o kantiano.
–Buena observación. Si no me equivoco el inicio de la crítica
científico-filosófica es la cartesiana. Me explico mejor. Un investigador no
trabaja con la sola intención de averiguar la eficacia de su potencia
intelectiva. Eso sería una actividad inane. Nadie emprende una labor si no es
con la finalidad de ir más allá de sí mismo. Ninguna causa recicla sus efectos.
–Es decir…
-La duda es una prueba a la que te sometes; pero ningún investigador
cartesiano se contentará con comprobar que su duda limita con el Yo consciente,
sino que de inmediato percibirá la realidad del espacio y de los objetos en él
contenidos. Dicho de otra manera: el límite de la duda cartesiana es el Yo
pensante frente a la realidad objetiva. Tal es el inicio de la crítica.
–¿Así de sencillo?
–No es tan sencillo, porque ahí es donde empieza el problema
gnoseológico. Ante la multitud y complejidad de los fenómenos observables,
¿hasta dónde llega nuestra capacidad de saber?
–Pero eso, ¿no es replantear los mismos problemas que hallamos en toda
la historia de la filosofía?
–Sí, pero como ningún filósofo ha dado una respuesta definitiva, el
planteamiento permanece. Por eso, todas las teorías filosóficas, desde
Heráclito y Parménides hasta hoy, siguen siendo actuales y sostenibles.
Diversos filósofos han construido su teoría del conocimiento, es decir, han
querido investigar los límites del saber. Al principio, unos primeros sabios
oscilaron en la perplejidad; después, según las tendencias de cada grupo, unos
se estancaron en el escepticismo y otros en el dogmatismo, mientras otros
grupos dispersos adoptaron el realismo o merodearon por diversos grados de
relativismo.
–Sin embargo, hay cierto consenso en que el escepticismo y relativismo
de los Sofistas rompieron con el dogmatismo de los filósofos anteriores,
orientando el pensamiento hacia un criticismo nunca antes conocido como
sistema.
–Esto es cierto, pero muchos historiadores de la filosofía han exagerado
la calidad doctrinal de los Sofistas. Estoy más de acuerdo con el tratamiento
que les dan sus contemporáneos, Platón y Aristóteles. Es bueno que nos
preguntemos sobre los límites de
nuestro entendimiento, pero no con un hipercriticismo que sobrepase el de Kant,
que es mucho decir. No podemos aspirar a un entendimiento humano que
funcione como un reloj atómico, ni justificar el escepticismo por la historia
de los errores, ni por el hecho de que los filósofos del mundo no hayan logrado
ponerse de acuerdo. La razón humana es limitada, pero también debe tener un
límite la duda. No por haber errado tantas veces hemos de dar el entendimiento
por facultad inútil, refugiándonos en el escepticismo.
–Por otra parte, veo que los escépticos y relativistas acusan a la
filosofía precartesiana de dogmatista, pero lo curioso es que ellos también
tienen sus dogmas. Si establecemos que la mente humana es radicalmente incapaz
de llegar a ningún conocimiento, ¿acaso no es eso también un dogma?
–Evidentemente que lo es. Como también es un dogma calumnioso calificar
de dogmáticas a las filosofías precartesianas. Pero nosotros tenemos que
responder con otro dogma: el escepticismo universal, es absurdo, contradictorio
en sí mismo e imposible en la práctica. Absurdo, porque nadie que esté en sus
cabales puede desconocer las verdades de evidencia inmediata; contradictorio,
porque mientras afirma la imposibilidad de conocer, el escéptico adquiere
conocimientos y discute sobre ellos; imposible en la práctica porque tú no
puedes vivir de espaldas a las realidades que se imponen y te obligan a
aceptarlas aunque teóricamente las niegues.
De las tres razones que has dado, sobran ejemplos. Sin embargo no hay
filosofía posible sin una buena dosis de crítica; y digo “buena” porque la
distancia que hay entre el escepticismo y el dogmatismo es tanta, que cabe un
gran espacio para el criticismo moderado como término medio.
–Bueno, eso del término medio es una actitud muy aristotélica, pero al
mismo tiempo bastante difícil de llevar en una discusión en que median fuertes
intereses; y no me refiero solo a intereses pragmáticos, sino también al celo
que cada pensador pone en la defensa de su teoría.
–A propósito: pienso que los dislates filosóficos vienen de la pasión
que se pone en las controversias. Las discusiones apasionadas suelen terminar
en posturas extremas, lo que hace que el término medio a menudo se convierta en
un problema de cálculo. En las discusiones del Ateneo, casi siempre quedo con
la impresión de que todos tienen razón, a pesar de que las posturas siempre
terminan en cabos opuestos. ¿Encuentras tú un modo de introducir un término
medio entre los extremos del dogmatismo y el escepticismo?
–En primer lugar, del dogmatismo a ultranza no cabe discutir, porque es
una enfermedad incurable. Pero al escepticismo, es posible hacerle claudicar
por medio de razones y hechos.
–Y ¿dónde hallaremos a un crítico tan agudo que logre abatir el
pesimismo mental?
–No se requiere gran altura crítica, sino saber usar lo que yo llamo
sentido crítico natural, que no hay que buscar en inteligencias privilegiadas,
sino en la lógica natural que está en cualquier mente bienpensante.
–¿En qué consiste esa lógica?
En la estimación del valor de nuestros conocimientos ordinarios. Todas
las inteligencias sanas conocen, por simple acto reflejo, el grado de certeza o
racionalidad que hay en las cosas que se dicen y se hacen.
–Con esta especie de sentido común a que te refieres, pueden ser
críticos todos los humanos que estén en sus cabales, desde el astrónomo hasta
el pinche de cocina.
–Además es la única forma válida para que el escéptico reconozca la
absurdidad de su postura.
–Ahora bien, ¿en qué proposiciones basas el sentido crítico natural?
–Sencillamente, en los primeros principios de la lógica y de todas las
ciencias, como el de contradicción, de causalidad y los demás que ya sabes…
–Que son precisamente los que niegan los escépticos, fundándose en que
todo principio debe demostrarse a través de otro, y de otro, en un proceso in
infinitum, por lo cual –dicen ellos- no cabe más que renunciar a la posibilidad
de obtener certeza alguna.
–Con eso te convencerás de que los hipercríticos son los que mayormente
necesitan ser sometidos a crítica, haciéndoles ver que contra las verdades y
hechos de evidencia inmediata, no valen argumentos. Además necesitamos de la
crítica natural para retorsión argumentativa contra escépticos y relativistas a
ultranza.
–¿Cómo es eso?
–Muy simple: ya que no se puede negar la eficacia de la razón si no es
aduciendo razones, resulta que el escepticismo y el relativismo extremo están
argumentando contra sí mismos. Inútilmente buscan razones para matar la razón.
–En resumen, lo que propones es cultivar un sentido crítico según la
capacidad de nuestra experiencia.
–O si lo quieres simplificar más, una crítica que tenga como única
referencia los primeros principios del saber, especialmente el de contradicción
y los de causalidad y razón suficiente. Eso es –repito- lo que yo llamo sentido
crítico natural. Con él podemos aproximarnos a la certeza, pero no a la absoluta
–cosa imposible-, sino a la última probabilidad “funcional”, esto es, la que
nos permita proseguir nuestro discurso a la medida de nuestras potencias, sin
caer en contradicción.
–¿Debemos, entonces, contentarnos con la probabilidad, expuestos a continuos
errores?
–Sí, pero generalmente subsanables.
Mientras regresaba a mi casa, pensaba que quizá Don Victoriano tenía
razón; los filósofos no deberían estresarse tanto por el problema de la verdad
y la certeza. Deberían contentarse con la especie que cada objeto puede dar de
sí mismo. No todos los objetos son igualmente inteligibles.
24
¿FELICES O CONTENTOS?
Cuando llegué a su casa estaba sentado y mascando no sé qué con la copa
en la mano. Mientras me acomodaba, llenó la mía y me la ofreció acercándome la
bandeja.
–Vamos, -dijo- en tono de chanza; celebremos el aniversario.
–¿Qué aniversario? -pregunté extrañado.
–¡Hoy es el día de la Victoria! ¿No lo sabías?
–Ah, -dije cayendo en la cuenta-; ahora entiendo el porqué del poco
tráfico que encontré en el camino. Prefiero no tocar el asunto.
-Pues bien, ¿qué me traes hoy?
–En realidad ningún tema concreto, pero puestos a conectar con la última
conversación, empiezo remitiéndome a mis tiempos de estudiante, recordando las
tertulias que hacíamos en algún bar de las Ramblas o en el Ateneo Barcelonés.
Estaba de moda el existencialismo sartriano con cierta mezcla de elementos
freudianos: la angustia, los actos fallidos, la frustración de la libertad y
otros temas que ya sabes.
-Pienso -dijo el maestro- que aquellos aprendices de existencialismo
estaban muy poco convencidos de lo que decían. Sus discusiones eran más bien
“pose esnobística”. El existencialismo sartriano se trivializó convirtiéndose
en moda intelectual vigente durante unos veinte años. Hoy solo perdura en los
estudiosos de Heidegger, creo que solo para contribuir a la historia del
pensamiento. No digo que ésta sea su intención, pero sí supongo que en eso
terminan sus trabajos. Por lo que a mí toca, pienso que a pesar de nuestra
pobre cuota de libertad, no hay razón para dramatismos. Con nuestras falencias
y todo, podemos vivir, si no felices, contentos al menos.
–Lo cual significa que, así como se puede hacer filosofía barata en
general, también existencialismo barato.
–No solo existencialismo sino cualquier otro sistema de pensamiento. En
toda teoría filosófica hay unos desperdicios que sirven de entretenimiento a
las mentes pobres que no tienen nada que añadir.
–Permíteme una pequeña digresión. ¿Qué pasa si nos olvidamos de la
libertad y recordamos a los antiguos filósofos moralistas cuyo ideal consistía
en la búsqueda de la felicidad? Porque si bien razonamos, la felicidad debe
incluir el uso del libre albedrío
en su máximo alcance.
-Entrarías en una complicación tan inútil como la anterior, porque así
como la libertad plena es imposible también lo es la felicidad.
–Si quieres le doy otro giro a la pregunta: ¿se puede disertar
seriamente sobre la felicidad?
Don Victoriano hizo un chasquido de impaciencia y movió las manos como
buscando una respuesta.
–Felicidad es una de tantas palabras que se dicen mecánicamente.
Procedamos como otras veces hemos hecho con la idea de libertad. Así como se
nos ha dado de ella una pequeña parcela en forma de libre albedrío, se nos
concede una mínima dosis de felicidad que yo llamaría contentamiento, en espera de un vocablo mejor. En resumen: yo no
aspiro a la felicidad porque es imposible, pero me conformo –estoy contento-
con lo que la suerte me depare.
–Pero quien está contento es feliz…,¿o no?
–No, porque la felicidad supone plenitud de goce permanente en todos los
momentos de actividad corporal y espiritual según lo humanamente alcanzable,
mientras que estar contento es complacerse en las pequeñas o grandes y
satisfacciones transitorias. La felicidad es para toda la vida -de lo contrario
no sería felicidad-, en tanto que el contentamiento es provisional e
intermitente, según vengan los acontecimientos. Hoy estamos contentos y mañana
tristes. En la Biblia hay un salmo en que se reflexiona sobre la condición
humana, y en cierto momento dice el salmista: “por la noche me domina el llanto
y por la mañana la alegría; pero en uno de mis arrebatos digo: desde ahora
jamás cambiaré”. ¿Queda clara la diferencia?
–Completamente. De lo cual deduzco que hablar de la felicidad es hacer
literatura.
–Ni más ni menos.
–Entonces todo lo que escribieron sobre la felicidad los filósofos
griegos, sobre todo los estoicos y los que yo llamaría platónicos menores, fue
desperdicio.
–Yo no diría tanto. Hay que distinguir entre las diversas escuelas. Los
estoicos tienen sentencias sobre la felicidad que son definitivas, aunque
algunas impliquen una mínima dosis de renuncia. Pero sin entrar en detalles
quisquillosos, te digo, en resumen, que cada época habla de lo que siente y
piensa, y en todas ellas ha habido temas y problemas filosóficos que se
convirtieron en cuestión palpitante, más o menos prolongada; luego el tiempo
hace su criba y solo queda la materia útil para proseguir el discurso.
–Al fin de cuentas hay que dejar que todos hablen de la felicidad sin
saber lo que dicen, pero permitiendo que cada uno lo entienda a su manera. De
esto tomo pretexto para llevar el asunto al plano de la trascendencia. Conozco
tu talante entre relativista y determinista a este respecto, pero igualmente te
hago la pregunta: ¿incluyes o excluyes la
felicidad post mortem?
Terminó de masticar unos frutos secos, apuró la copa casi entera y se
limitó a decir:
—Este es un tema para especular y discutir en otra ocasión. La filosofía,
cuando no está al servicio de la teología, no tiene derecho a inmiscuirse en
misterios sobrenaturales.
–Ahora bien, dado que según has dicho, podemos vivir contentos con
nuestro pobre libre albedrío, si pensamos roussonianamente, estamos restringidos
por la sociedad, que tiende a corrompernos, con lo cual se crea una especie de
antinomia entre libre albedrío y sociedad.
–Aquí no hay ninguna antinomia, sino una consecuencia que debería darse
si viviéramos en una sociedad bien gobernada. La libertad y el libre albedrío
son atributos inherentes a la racionalidad, que solo pueden desarrollarse
viviendo en sociedad. Vivir en sociedad supone unas condiciones de convivencia,
pero no represiones. No es la sociedad quien reprime sino los gobiernos. Estos
dos elementos, gobierno y sociedad, sí que pueden convertirse en antinomia,
como ocurre en los regímenes tiránicos.
–Pero en cualquier caso se puede presentar un conflicto entre individuo
y sociedad, en que a menudo la libertad queda comprometida.
Hubo una pausa incómoda porque Don Victoriano callaba y me miraba con
gesto que no supe interpretar. Probablemente no tenía nada que añadir.
25
SENTIDO DE LA VIDA
Justamente hoy se cumplen veinticuatro años de la muerte de mi mejor
amiga. No volveré a conocer otra alma tan delicada y discreta como la suya. En
mis horas bajas, ella era mi diván, y todavía lo es. Solo Dios sabe cuántas
cosas dejé de decirle y preguntarle, por desidia. Hay quien opina que es casi
imposible una amistad entre hombre y mujer sin que haya sexo. Si eso fuera
verdad, en aquel caso fui la excepción. Ante su presencia, el sexo era lo
último en que yo podía pensar. Además, si lo hubiese habido, no me sería tan
sedante su recuerdo. Así se lo contaba a Don Victoriano cuando de pronto me
interrumpió:
–¿Has leído las cartas de Séneca a Lucilo?
–No.
–Te recomiendo la que le escribe a propósito de la condolencia por la
muerte de un amigo. En varias de esas cartas hay referencias a la muerte, que
son una verdadera tanatoterapia. ¿Murió muy joven tu amiga?
–Relativamente; tenía treinta y siete años. Ocho más que yo.
–Como veo que aún te duele su muerte, te aconsejo este pensamiento: lo
que vale de una vida no es la duración sino la plenitud. Por otra parte, no
importa cuán pronto nos vayamos de este mundo, de donde seguramente nos tenemos
que ir.
–No es gran consuelo el que me das.
–¿Es que prefieres una vida larga antes que plena?
–Yo preferiría ambas cosas, pero comprendo que no somos los rectores de
nuestra vida. A ella le tocó una leucemia y tuvo que irse antes.
–Pero vivió treinta y siete años y según veo, aún está contigo. Yo tuve
amigas que sobrepasaron los ochenta, pero ya eran difuntas antes de morir. Una
de ellas me preguntó pocos días antes de irse: “¿Te acuerdas de lo felices que
éramos?”. Y Yo le pregunté: “¿Te has olvidado de lo infelices que somos?”.
Don Victoriano cabeceaba con sonrisa de
resignación.
–Reniego de mi estupidez por no haberme aprovechado más de su sabiduría,
pudiendo hacerlo.
–También es posible que te haya sido arrebatada a tiempo de que aprendas
cuánto hay que estimar una vida más llena de sentido que de años.
–Fue una mujer sabia, pero también fuerte porque tuvo que superar muchos
embates.
–Más a mi favor y al tuyo; porque si esa mujer murió a los treinta y siete
llena de sabiduría y fuerza, su vida no fue larga, pero fue grande para ti. Así
que tienes que dar gracias a Dios por haberte regalado una amistad de breve
duración pero gratificante de por vida. Al menos tienes a quién recordar para
tranquilizar tu ánimo.
–Y tú, ¿no habrás tenido algún amigo o amiga cuyo tránsito te haya
dolido como a mí?
–Casi todas mis amistades se murieron. El último que murió me dejó un
recuerdo más bien inquietante. Los dos teníamos la edad que tienes tú ahora. Su
mujer, después de varios meses de sufrimientos, se la llevó un cáncer de
páncreas. Era un hombre pobre de espíritu, cuyo sostén era su esposa, un ama de
casa dulce y fuerte como la que describe
Gabriel y Galán. El hombre cayó en una depresión tan profunda, que pasó todo su
primer año de viudez postrado y llorando, lamentando la ausencia de su mujer.
“Sin ella, mi vida no tiene sentido” –repetía de continuo. El infeliz terminó
haciéndose pesado y sus amigos le fueron espaciando las visitas. Como vivía en
un bloque de apartamentos a las afueras de la ciudad, le aconsejé que saliera a
pasear y tratara de distraerse, pero fue un mal consejo. Un domingo por la
noche no se presentó a cenar. Al día siguiente sus hijos encontraron jirones de
ropa y fragmentos de miembros esparcidos a lo largo de cien metros de la
ferrovía cercana a su casa.
–Debió ser terrible. ¿No te quedó sentimiento de culpa?
–Ninguna. Con mi consejo o sin él había sucedido lo mismo. Cuando el
suicida llega a la madurez de su decisión, es cuestión de momentos que la
ejecute.
–Ahora bien, si hemos de creer el sentir común de la calle, ese amigo
tuyo se suicidó porque sintió que su vida ya no tenía sentido. A este respecto
tengo dos preguntas: una,
¿en qué consiste el sentido de la vida? Otra, ¿es necesario que la vida
tenga un sentido? La inmensa mayoría de los ciudadanos vivimos sin preguntarnos
qué sentido tiene vivir. En mi opinión es una pregunta inútil. Creo que es un
problema que se han inventado los existencialistas. Quien se suicida es porque
ha perdido algo más que el sentido de la vida.
–El estado anímico del suicida será siempre una incógnita, pero lo más
incógnito es el instante último en que pone en acto su decisión. Ni el mejor de
los psiquiatras conocerá nunca el último “porqué” del paciente que se le
suicidó. Tampoco me tomo en serio esas fabulaciones sobre la angustia
existencial y el sentimiento de frustración por nuestra finitud. Yo me siento
contento por el solo hecho de vivir la vida. Lo que me pregunto no es el
sentido de la vida sino el de quitársela: cambiar un sinsentido por otro.
–Eres demasiado expeditivo. Se conoce que has llevado una vida tranquila
y sin preocupaciones
Algunas he tenido, pero ninguna tan grave que solo la muerte pudiera resolver.
–Ahora, para ser más exactos, ¿qué significa perder el sentido de la
vida?
–Te digo mi opinión prescindiendo de otras más complicadas: la vida
pierde sentido cuando todos tus caminos conducen a un dilema en el que ambos
términos son fatales.
–En tales extremos, ¿justificas el suicidio?
–A justificarlo, no me atrevo; lo único que puedo es comprenderlo.
–¿Qué opinas de los existencialistas que se muestran partidarios del
suicidio?
–No conozco a ninguno que proponga esta salida como solución. El que
está más cerca de cierto “panegírico suicida” es Camus. Después de todo,
sospecho que en el pensamiento existencialista sobre el suicidio hay mucho más
de pose literaria que de argumentación filosófica.
–Pero parece que en el caso de Albert Camus el propósito iba más en
serio, a pesar de que en su obra también hay mucha sobrecarga literaria.
–Bastante me acuerdo del bum-bum periodístico en ocasión del accidente
en que murió. No pocos creyeron que había querido predicar con el ejemplo, pero
lo que técnicamente se demostró fue la muerte por accidente. De hecho, siendo
un escritor joven, premio Nobel y en la plenitud de su fama, dudo mucho que se
suicidara por motivos filosóficos.
–Sin embargo él decía que el único problema filosófico real y verdadero
era el suicidio.
–Camus dijo muchas frases buenas, pero también algunas vacías, con la
sola finalidad
de épater le bourgeois. La que
has mencionado es una de esas.
–En definitiva, ¿cuál es para ti el filósofo que mejor ha hablado sobre
el suicidio?
El único que habló claramente y sin ambigüedades fue Séneca.
–Precisamente el que predicó con el ejemplo.
–Exacto. Se suicidó anticipándose a los designios de Nerón, quien había
decretado su muerte por suponerlo implicado en una conspiración. Séneca sabía
que si esperaba la sentencia, el emperador le haría morir pasando por todos los
suplicios. Por eso se le adelantó procurándose él mismo una muerte más benigna.
Por lo que se refiere al ejemplo de su vida en general, fue hombre rico y
amante de lujos y buenos vinos, mientras en sus escritos morales predicaba la
austeridad y el contentamiento con lo estrictamente necesario. Lo cual no
disminuye el valor de sus consejos, pues en ellos se habla del deber moral, no
de la vida privada de un moralista.
–Eso significa que Séneca recomendaría el suicidio en casos extremos, prescindiendo
del estado mental del suicida.
–No solo recomienda el suicidio ante la adversidad presente e
invencible, sino también frente a la simple sospecha de fatalidad. Si prevés
–dice- que la fortuna te ha de ser adversa, búscate la “salida”. No hace falta
que esperes al verdugo pudiéndole ahorrar el trabajo. Tal era uno de los
consejos que daba a su discípulo Lucilo, juntamente con otras reflexiones,
animándole a no temer la muerte. Por eso, visto el contexto en que se expresa
su opinión favorable al suicidio, la entiendo más bien como una terapia ante el
miedo a la muerte. Una “tanatoterapia”.
–Pero sus reflexiones resultaron proféticas para él. Yo veo su suicidio
como un acto de valentía, aunque debe ser más fácil tomar esta decisión a una
edad avanzada como la suya que en la plenitud vital de un hombre de acción.
–Sin embargo, sostiene que una muerte no es más lamentable en plena
juventud que en edad bien avanzada; porque, puesto que todos tenemos que hacer
la misma travesía, carece de importancia el hecho de llegar a término antes o
después.
–No me convence mucho el argumento.
–Naturalmente que no –te respondería el filósofo-, mientras tu salud sea
buena y disfrutes de una vida digna. La vida vale la pena en tanto que se pueda
vivir dignamente, a menos que te contentes con una vida como la de las plantas.
–Me parece una teoría muy simple, y muy cercana al existencialismo
sartriano y camusiano, con la diferencia de que para Sartre y Camus todos
vivimos mal por el solo hecho de vivir. Ahora, ¿qué sería para Séneca vivir
bien?
–Lo que acabamos de decir: vivir dignamente. Ello implica lo mismo el
aspecto físico que el moral. Quien por circunstancias insuperables, se ve
reducido a un estado de esclavitud, que se olvide de justificar el miedo y se
lance a la “liberación”.
–Pero hay que tener en cuenta que mientras hay vida hay esperanza. Un
esclavo optimista puede confiar en un “golpe de fortuna”, que siempre es
físicamente posible.
¿Qué respondería a eso Séneca?
–Que aunque eso fuese verdad, hay que calcular el precio que pagarías
por un golpe de fortuna, que no sabes cuándo llegará, si es que llega. Por otra
parte, habida cuenta de la cortedad de la vida, unos pocos años más no
compensarían la larga angustia de una esperanza incierta.
–En resumen, Séneca parece estar de acuerdo en que, cuando la vida
carece de sentido, es preferible buscar la “salida”. Sin embargo, a las alturas
de nuestro tiempo una conversación como la que hemos tenido conduce a un tema
nuevo acerca del dilema de “ser o no ser”. Me refiero a la eutanasia; algo que
Séneca tal vez ni llegó a sospechar, al menos en la forma en que hoy la
entendemos.
26
EUTANASIA
No sé qué más puede decirse de la eutanasia que ya no se haya dicho, no
solo por juristas, teólogos y filósofos, sino por cualquier hombre de la calle.
La eutanasia al igual que la anticoncepción y el aborto, está entre esos temas
sobre los que cualquiera se siente en condición de opinar, algunos con extremo
rigor y otros bajo la consigna de que cada uno es dueño de su propio cuerpo,
sin más límite que el que impone la estimativa natural.
–En toda controversia –dijo Don Victoriano- hay que empezar buscando el
término medio.
–El cura de mi parroquia dice que la eutanasia y anticoncepción son una contravención
de las leyes naturales. ¿Qué piensas de eso?
–Que la analogía no es válida para todos los casos. Si lo fuera, sería
inmoral desviar el curso de un río para evitar que inunde viviendas y terrenos
de cultivo. La naturaleza no es perfecta; el hombre es libre de corregirla, si
puede hacerlo sin causar daños a terceros.
–Considerando la eutanasia como un problema en discusión, encuentro una
laguna en la Declaración Universal de los Derechos Humanos: debería figurar un
artículo declarando el derecho a tener una muerte digna.
–Es una buena idea. Redacta una proposición en forma y difúndela.
–La eutanasia, ¿es un problema de la modernidad o de siempre?
–Creo que de siempre, aunque entendido diversamente. Platón echaba de
menos una base jurídica para dos fines: dejar morir a los deficientes de cuerpo
y mente, y ajusticiar a los ”perversos de alma” para beneficio de los
ciudadanos física y moralmente bien constituidos. De modo semejante pensaban
los romanos: inducían a los ancianos, minusválidos y enfermos incurables a
tomar la cicuta, que era la forma más piadosa de morir. No se buscaba lo
humanitario sino lo pragmático.
¿Y qué pensaban los sabios del Renacimiento?
–Había dos tendencias: la de los moralistas conservadores, cuya opinión
ya puedes suponer, y la de los racionalistas. Quien más se acercaba –casi se
identificaba- con la mentalidad moderna era Francis Bacon, quien recomendaba a
los médicos atender al derecho de los enfermos irreversibles que solicitaban
anticipación de una muerte digna. Tomás Moro, a su vez, instaba a magistrados,
médicos y sacerdotes a que convencieran a los pacientes terminales de que “no
hay que tratar de sobrevivir a la propia muerte”, Imponiendo una carga inútil,
no solo a sí mismos sino también a sus familiares y circunstantes. Más cerca de
nuestro tiempo, ya conoces las teorías raciovitalistas de Schopenhauer y
Nietzsche.
-Hay jurisconsultos españoles que han sugerido una reforma del Código
Penal a favor de la eutanasia indirecta. No entiendo tanta reticencia frente un
clamor que se está convirtiendo en vox populi.
–Tal vez la voz del pueblo no es tan clamorosa que como creemos. Por lo
general, los legisladores no suelen tener prisa. La necesidad de crear una ley
no se determina sino a través de largas deliberaciones. Por eso las leyes
suelen ir a la zaga de los hechos. La misma suerte corren los procesos
judiciales, que solo terminan en sentencia cuando, evacuadas las pruebas, ya no
queda más materia de deliberación. Por eso la justicia es lenta y casi siempre
llega tarde.
– Según la jurisprudencia romana, el derecho proviene de los hechos,
pero ¿cuántos hechos tienen que pasar para que el legislador decida regularlos?
–Los suficientes –no sabemos cuántos- para que lleguen a formar un
conflicto social.
–Pero hay muchos hechos cuya conflictividad los legisladores podrían
prever por intuición natural.
–Eso es admisible como teoría, pero las leyes no se pueden formular con
suposición de futuro. Además la tardanza en dictar leyes se debe a que los
legisladores, al igual que todos los abogados, deben ser analistas de palabras
y de hechos; lo que significa que la formulación de unas leyes requiere varias
sesiones de consulta y discusión.
–Bueno, admitamos que así debe ser. Entonces ¿cuál es el problema
semántico que hay en la eutanasia?
-Que eutanasia –euthanátos–
significa buena muerte. Pero “lo bueno”, en cuanto que encarnado en los
artículos legales, es un concepto apriorístico que no entra en la competencia
del derecho sino de la moral. Pero como el derecho está en el género de la
moral, los legisladores tienen que estar seguros de que la eutanasia se ha
impuesto como imperativo moral en la mayor parte de la sociedad.
–Ahora bien, todo el mundo sabe por intuición en qué consiste la buena
muerte, pero falta saber el concepto riguroso que de ella tienen los juristas.
O mejor planteado: ¿en qué consiste, para ellos, la eutanasia?
–En cualquier acción u omisión intencionada que acelere el proceso
terminal de un moribundo, con el fin de mitigarle los dolores.
¿Qué diferencia hay entre eso y el asesinato?
-Déjame precisar mejor. Hay dos clases de eutanasia: la directa y la
indirecta. Es directa la que va encaminada expresamente a producir la muerte
del paciente mientras que la indirecta solo procura aliviar los dolores de la
agonía, aunque ello suponga un acortamiento de la vida del paciente.
–¿Puedo definir la eutanasia indirecta diciendo simplemente que consiste
en la omisión de medios extraordinarios para prolongar la vida?
–Siempre y cuando tengas en cuenta que hay medios que en un tiempo
fueron extraordinarios y hoy día ya no lo son; o bien cuando se trata de medios
ordinarios que sean eventualmente inaccesibles.
–Ahora bien, sabemos que hay opositores de la eutanasia; la principal,
creo, es la Iglesia Católica. ¿Sabes qué razones aduce para prohibirla?
–Algunas. La primera es que el respeto a la vida es un principio que no
admite excepción; solo Dios es dueño de las vidas. Otra, que la voluntad
expresa del paciente no justifica la eutanasia. Una tercera es que los dolores
terminales del enfermo tienen un sentido sobrenatural que hay que tener en
cuenta. Finalmente, que la eutanasia es un doble crimen, porque no solo acorta
la vida natural del moribundo sino también la espiritual.
-¿Estás de acuerdo?
–No del todo. En mi opinión, el respeto a la vida de un enfermo terminal
y su dependencia de la voluntad de Dios pueden aceptarse como postulados, pero
no como principios inquebrantables. En casos de necesidad extrema como son los
dolores del moribundo, los principios pasan a segundo término. Los principios
morales son para el hombre, no contra el hombre.
–¿Qué dices del sentido sobrenatural de los dolores físicos?
–No lo admito ni por razones de fe ni mucho menos de moral y derecho. A
los juristas y legisladores no les compete ir más allá de las razones
naturales. Además, obligar al moribundo a soportar sufrimientos en espera del
desenlace natural, es una injusticia incluso a la luz de los principios
cristianos, pues no es ningún aserto dogmático que los sufrimientos vengan
impuestos por voluntad divina.
–Algunos médicos afirman que el paciente que desea la muerte,
inconscientemente pide que se le mitiguen los dolores, y que cuando estos
desaparecen, desiste del propósito. De este argumento se valen los moralistas
conservadores para afirmar la inmoralidad de la eutanasia.
–Esos médicos y moralistas son bien ingenuos. Es explicable que el
paciente terminal exprese emociones contradictorias, que también hay que
someter a consideración para no decidir precipitadamente. Pero eso no anula la
controversia ni mucho menos la resuelve. Los dolores del paciente, en caso de
que cedan por algún analgésico, volverán cada vez más frecuentes y más
intensos. Por tanto, dudo que los sedantes de que disponemos conviertan los
padecimientos agónicos en cosa del pasado. Probablemente en el futuro habrá
analgésicos más eficientes, pero en tanto no hay otra salida que aumentar la
dosis progresivamente aunque implique un acortamiento de la vida.
–Pero yo he leído lo contrario en escritos sobre moral positiva
cristiana.
–Lo sé. En materias opinables como esta, se permiten los excesos. Pero
contra los escritores místicos me atrevo incluso a sostener que la dilatación
del sufrimiento terminal es injusta no solo para el paciente, sino también para
sus deudos y familiares, a quienes no es lícito obligar a ser espectadores de
su propia desgracia.
–¿Y el sentido sobrenatural del sufrimiento?
–Ningún sufrimiento puede tener otro sentido que ser efecto de una
causa. Afirmar que sufriendo se gana el cielo es una suposición banal. La única
forma de ganárselo es hacer el bien, evitar el mal y comportarse como ciudadano
probo.
–Pero volviendo a la cuestión del sufrimiento -dije temiendo irritar al
maestro-, la Biblia nos manda hacer penitencia, añadiendo que si no la hacemos
estamos todos perdidos.
–La Biblia, aunque se diga inspirada, está escrita por hombres de un
tiempo y una determinada cultura. Por eso también hay que leer este gran libro
con sentido de discernimiento, pues no todo lo que hay en él es teológicamente
sostenible.
–Volvamos a la justificación jurídica de la eutanasia. Habría que
formular una ley que, dentro de su generalidad, permitiese la eutanasia sin
lesionar ni la moral ni los justos intereses personales, tanto del paciente
como de sus deudos y allegados. ¿Es esto posible?
–Modestamente, creo que sí, pero a condición de poner transitoriamente
entre paréntesis la incondicionalidad de algunos principios morales, lo que
implica que en ciertos momentos hay que relativizarlos.
–En alguna de nuestras tertulias dijimos que no está el hombre en
función de los principios, sino los principios en función del hombre.
–Es cierto, pero entendiendo que eso no es relativizar la moral, sino
reconocer que a veces es imposible salvaguardar un principio sin quebrantar
otro, como en casos de extremo dolor o de un aborto dilemático.
–¿Cuál sería, pues, la primera condición para legalizar la eutanasia?
-Primero hay que pensar en dos posibilidades de eutanasia: la individual
y la convencional. La primera es la voluntad de morir manifestada por el
paciente, y la segunda, el acuerdo unánime, por parte del equipo médico, de
omitir cuidados que prologuen la vida del moribundo.
–¿Y las condiciones?
-La primera: que la voluntad del paciente sea clara y determinante.
Luego se requiere la certeza física de que el estado terminal es irreversible.
En tercer lugar, no tomar la decisión bajo una sola manifestación del paciente
y de los familiares, sino después de reiteradas insistencias, para tener la
seguridad de que la solicitud de eutanasia no se debe a emociones transitorias.
–En conjunto, todo parece razonable, pero yo me preocuparía por la
certeza física de la irreversibilidad. ¿Cómo puedes asegurarla?
–Bueno, la seguridad absoluta cien por ciento es imposible; pero el
enfermo siente síntomas y los médicos perciben signos inequívocos, que dan una
seguridad cuasi física del estado terminal, de tal modo que solo por un milagro
podría darse la reversibilidad. Si tales signos fueran dudosos, se descartaría,
naturalmente, la licitud de la eutanasia. Ahora, visto que pareces mostrar
algún escrúpulo, te añado una aclaración; aquí hablamos solo de enfermos en
fase terminal dolorosa, no de aquellos cuya posible recuperación conllevaría
disminución física o psíquica del paciente. No se trata, por ejemplo, de lograr
la buena muerte de un padre para evitar molestias a la esposa y a los hijos.
–¿Hay más condiciones?
–Una más que se desprende de la responsabilidad que implica una decisión
de tal gravedad: que la voluntad del paciente y de los deudos, más el acuerdo
del equipo médico, consten por escrito con las debidas firmas, sin que falte
ninguna, excepto la del paciente, si está incapacitado.
Este esbozo de legalización le parecía muy fácil a don Victoriano,
hombre siempre dispuesto a teorizar y a construir montajes de laboratorio. Pero
yo pensaba entre mí, mientras nos refocilábamos con el Blanc de Blancs y las delicias gastronómicas de la haitiana, que la
reticencia de los legisladores seguiría siendo una rémora para llegar a un
consenso de aprobación.
–Pareciendo tan simples estas condiciones -le dije al maestro-, ¿a qué
se debe la indecisión de los legisladores? ¿No se dan cuenta de la vox populi y
de la cantidad de hechos que claman por esa legislación?
–Yo también te pregunto –respondió- qué haríais los que clamáis por una
decisión tan
arriesgada, si estuvieseis en el puesto de los legisladores.
¿Atenderíais al clamor y a la urgencia con toda presteza y sin escrúpulos?
–Sinceramente, no lo sé.
–Ten en cuenta que cuando están de por medio contenidos morales, las decisiones
son lentas, lentísimas. Esto se debe a que las leyes se basan en convenciones y
la moral en convicciones. Y como la moral es anterior al derecho, las
convicciones serán siempre una rémora para llegar a un consenso en cuestiones
como la que nos ocupa.
–Sin embargo, veo por otra parte que los escrúpulos morales tienden a
disolverse.
–Sí, pero con el tiempo, no sabemos cuánto.
–Entonces, si tanto es el reparo moral, hagamos otra pregunta ¿por qué
tanto escrúpulo en legalizar la eutanasia y tanta ligereza en despenalizar el
aborto? ¿Qué es más grave, facilitar la muerte de un moribundo o matar a una
criatura antes de nacer?
–Tal vez las actitudes morales son menos imperativas en ausencia del
sujeto en que recae una decisión. Cada individuo puede ser moralmente
rigorista, probabilista o laxo. El interés, los miedos y otras pasiones
modifican nuestros estados de conciencia sin que nos percatemos de ello. El
moribundo y el nonato son dos seres muy distintos ante el derecho, el primero
es una persona, el segundo, un objeto.
–Pero ante la moral es un ser humano.
–Cierto, pero el derecho, aunque esté en el género de la moral, no puede
proceder según normas morales positivas. Por esta razón hay casos en que el
derecho y moral se contraponen, sin que los legisladores puedan anular la
contradicción.
–Ahora, otra duda muy debatida: ¿qué debe hacer un médico moralmente
sensible, cuando es solicitado para actuar en un caso de eutanasia o aborto?
–Las leyes que implican objeción de conciencia son permisivas, no
imperativas. En este supuesto, la situación del médico no es dilemática sino
disyuntiva. Si el servicio que le piden repugna a su conciencia, puede negarse
a intervenir, o remitir el caso a otro colega más complaciente, lo cual, por
otra parte, sería una cooperación indirecta. De esta manera estamos ante un
derecho subjetivo del que no se desprende ningún deber objetivo.
–Después de todo, si los legisladores se tomaran en serio estas
condiciones y empezaran a deliberar, ya sería mucho el avance hacia la libertad
de procurase una buena muerte. En lo sucesivo, las conciencias timoratas se
irían imponiendo de la realidad y entenderían que, dentro de los términos aquí
expuestos, la eutanasia no es un homicidio.
–A pesar de todo, el escrúpulo y la reticencia continuarán. De todo
cuanto hemos dicho no se saca ninguna ecuación de las que decía Einstein que
“son para siempre”.
27
UXORICIDIO
Pasé una semana en la encantadora ciudad de Sigüenza, un lugar delicioso
para los que amamos contemplar las huellas del pasado. Al segundo día, saliendo
del hotel en busca de un restaurante, observé diversos grupos hablando
misteriosamente, mientras un piquete de la guardia civil interrogaba a unos y
otros, registrando locales públicos y casas privadas. El motivo no era para
menos. En una hacienda a pocos kilómetros de la villa, una señora, esposa de un
acaudalado, ganadero yacía sobre su propia sangre con dos tiros en la sien.
Tres días antes su marido se había marchado a tierras de Soria con intención de
negociar unas reses. Al ser notificado del hecho, devoró a toda máquina los
noventa kilómetros que lo separaban del lugar. Pasó por un calvario de
interrogatorios y quedó retenido en una habitación del cuartel. A estas horas
el trágico suceso permanece todavía en el misterio. Afectado todavía por el
hecho, no encontré ante don Victoriano otro motivo de conversación que el caso
de Sigüenza.
–¿Cómo era la señora? –preguntó.
–Según los comentarios de la calle, se trataba de una dama muy guapa y
dotada de espléndidas formas.
–¿Solo eso?
–Bueno, puedes imaginar…; esta clase de crímenes solo se dan por dos
motivos: por la peseta o por la bragueta. Según vox populi, parece que la
señora mantenía encuentros secretos con un joven del lugar.
¿Qué tal el marido?
–Uno de los ganaderos más ricos de Sigüenza, si no el que más. Alguien
le hizo el trabajo mientras él estaba de negocios.
-La mayoría de los códigos penales más antiguos sancionaban el adulterio
de la mujer con la pena capital. ¿Tú qué opinas?
–Lo de siempre: que hay que distinguir tiempos y lugares para concordar
derechos. En familias y relaciones de pareja pueden suceder cosas inimaginables
que jamás sabremos, por mucha que sea la información. Por eso, ante esta clase
de noticias, yo suelo suspender el juicio. Por otra parte, no es que hayan
aumentado los casos; siempre los ha habido, pero en otros tiempos se publicaban
menos.
–Con todo, a pesar de los motivos que haya, no es nada normal que un
hombre mate a una mujer así como así.
–Nunca es así como así. Acabas de decir “a pesar de los motivos que
haya”. Para que un hombre asesine a su mujer, debe haber razones ocultas de
mucha fuerza que jamás conoceremos.
–Puesto que en la mayoría de los casos se trata de infidelidades, te
propongo un caso hipotético: si descubrieras que tu mujer te engaña y te
hallaras en estado de intensa conmoción y envilecimiento, ¿a quién matarías, a
ella o al adúltero?
–Por sistema yo nunca me supongo en situación de tener que matar a
nadie; sin embargo es posible comparar culpabilidades. Una esposa adúltera
suele cometer el delito con cautelosa premeditación.
–Ahora bien, ¿cómo hay que
enfocar este problema jurídicamente?
–Solo conozco algunas opiniones de juristas,
no todas concordantes. Hay quienes sostienen que no es el honor lo que más motiva
al uxoricida sino el hecho de sentirse “robado”, como si la esposa fuese una
parte de su patrimonio. Y de hecho, desde tiempos antiquísimos, la esposa se
contaba, jurídicamente, entre las propiedades del marido. En tal caso el
impulso del uxoricida se debería al hecho de sentirse robado de su propiedad
más íntima. Otro motivo es el de los celos, que son un sentimiento sumamente
compulsivo.Escucha Gustavo Adolfo
Bécquer:
Cuando
me lo contaron sentí el frío
De una
hoja de acero en las entrañas;[…]
Cayó
sobre mi espíritu la noche,
en ira y
en piedad se anegó el alma...
Y
entonces comprendí por qué se llora,
y
entonces comprendí por qué se mata.
–Siendo
así, los antiguos maridos engañados lo tenían muy fácil; les estaba jurídicamente permitido matar de un solo golpe a los dos adúlteros.
–No siempre les era tan fácil; se requerían pruebas claras e
irrefutables, cosa de difícil
averiguación en esta materia. Una esposa adúltera suele premeditar su plan con
mucha cautela y garantía de secreto.
–Otro aspecto de este asunto: oí decir a un abogado que el uxoricidio
está entre los crímenes que tienen más atenuantes.
–El sentido común me dice que el atenuante solo es aplicable cuando el
engañado sorprende a los adúlteros infraganti; o si no es así, a partir del
momento en que es enterado del engaño. Si deja pasar el tiempo sin tomar
ninguna acción, lo natural es que el estado de conmoción se le vaya diluyendo.
Si en tal caso decidiera tomar venganza mortal, su acción pasaría a ser un
homicidio común, pero con agravante de premeditación si decide matar al hombre,
y con doble agravante de premeditación y parentesco si opta por la mujer.
–Comoquiera que eso sea, actualmente los problemas del adulterio tienden
a simplificarse, pues cada día crece el número de países que lo despenalizan.
Prácticamente ha quedado como mera causal de divorcio.
–Tal vez ni siquiera eso, debido a la dificultad de las pruebas.
–Entonces los pobres maridos tienen todas la de perder.
–Sin embargo, pueden darse indicios de infidelidad en tanta cantidad y
tan directamente conducentes a una sospecha fundada de adulterio, que podrían
valer como prueba.
–¿Por ejemplo?
–Tener pruebas de que la mujer ha pernoctado en la casa del supuesto
adúltero solitario, o de que han ocupado juntos la habitación de un hotel, o
por captación de conversaciones telefónicas o electromensajes manifiestamente
indicadores de una relación íntima continuada. En fin, un buen letrado acusador
dotado de perspicacia podría colorear con gran relevancia esos indicios, y tal
vez encontrar algunos más.
–Me parece poco viable este sistema, por el largo proceso que supondría.
Se supone, además, que una mujer adúltera, bien consciente de lo que se juega,
debe ser sagazmente cuidadosa para no dejar filtrar el más mínimo indicio de su
fraude. Habilidad que por cierto el hombre no tiene. Ahora te pregunto: ¿qué
infidelidad te parece más grave, la del hombre o la de la mujer?
–Las dos son igualmente graves, pero la cuestión no está en la gravedad
sino en el peligro. ¿Cuál de las dos infidelidades te parece la más peligrosa?
-La de la mujer, porque ella es quien pone los hijos en la casa.
-Buena respuesta. La adúltera puede concebir una criatura fuera de su
casa amparándose en la coartada del débito conyugal, lo que agravaría la
traición con connotación de alevosía. Sitúate como padre de familia manteniendo
a un hijo de contrabando. Aunque en acto de suprema comprensión perdonaras a tu
mujer, aquel hijo nunca dejaría de ser el resultado de un fraude.
–Después de todo y vista la situación actual, lo extraño es que las
tragedias conyugales no sean muchas más de las que se reportan. Un investigador
del CIFAC de México ha descubierto, en una encuesta entre México y el Estado de
California, que un 43% de mujeres confiesa haber sido infiel a su marido, al
menos una vez. Si la encuesta es confiable, imagínate el universo de hombres
engañados que circulan por calles y carreteras.
–Bueno, debes tener en cuenta que las estadísticas sobre contenidos de
conciencia son precisamente las menos confiables. Así y todo, creo que el
investigador a que te refieres se ha quedado corto.
–¿Por qué?
–Porque las mujeres son muy discretas en lo tocante a sus intimidades.
Los hombres suelen contar entre amigos las aventuras que tuvieron y las que no
tuvieron, en tanto que las mujeres se callan las que de verdad han tenido. A
esa encuesta habría que sumar muchas reticencias. En primer lugar, no me atrevo
a dudar de las que niegan rotundamente, pero por ninguna de ellas pondría la
mano en el fuego. En cuanto a las que confiesan haber sido infieles una sola
vez, probablemente muchas mienten.
Finalmente, las que se niegan a responder….
–Esas son las más sospechosas –interrumpí.
-Quizá. En cualquier caso, haciendo esta cuenta supuesta, pero altamente
probable, ten la seguridad de que ese 43% del investigador mexicano es una
cifra bastante tímida.
–Entones, si esta suposición es acertada, estoy por decir que casi la
mitad de los casados tienen su honor puesto en cuarentena.
–Tampoco hay que dramatizar. El hombre inteligente y conspicuo puede
hacer mucho para asegurar la fidelidad de su pareja; lo que ocurre es que somos
muy perezosos y rutinarios.
–También ellas son rutinarias y perezosas. Podrían contribuir mucho a
evitar, o al menos disminuir las escapadas del hombre.
Lo ideal sería que cada parte de la pareja fuera estímulo y acicate para
la otra; que tanto él como ella
trataran de no caer en “la soledad de dos en
compañía”.
28
PASADOS Y FUTURIBLES
Don Victoriano me recibió enfundado en una espesa bata de toalla.
Acababa de salir de su baño diario después del rutinario paseo.
–¿Has cambiado el horario de tus salidas?
–Sí, pero no porque me lo haya propuesto expresamente sino porque cada
día siento más pereza de salir de mi casa. Hasta hace pocas semanas me vestía
con el ánimo muy entonado para cumplir mi rutina, contento de que a mi edad
avanzada estuviera aún en capacidad de largos paseos. Pero ahora tengo que
hacer un esfuerzo de voluntad no solo para hacerlos más cortos sino también
para decidirme a salir. En los días de lluvia siento el alivio de quien se ve
dispensado de una obligación.
–Podrías suplir la falta caminando alrededor del patio techado que
tienes detrás de tu casa. Físicamente es casi lo mismo que si lo hicieras
fuera.
–Pero no psicológicamente. No es igual un recinto cerrado que el espacio
abierto sin más tope que el horizonte.
–Hay quienes dicen que caminar a buen paso durante una hora, tres veces
por semana o media hora todos los días, ayuda a prologar la vida útil. ¿Crees
en eso?
–No mucho; sin embargo lo hago porque parece de sentido común que el
movimiento de los miembros según el ritmo que permita la edad, facilita
mantener la movilidad por unos años más. Bajo esta dudosa convicción me decidí
hace mucho tiempo a no dejar un solo día sin mi paseo. Sin embargo he conocido
a varios ancianos que han sobrepasado los noventa años casi sin moverse del
sofá.
–¿Habrían vivido muchos más años si hubiesen caminado como tú?
–Es un futurible tan incógnito como cualquier otro. En mi caso, me
atengo a lo que me parece más seguro.
–¿Crees en la teoría de que, salvo accidente imprevisto, nacemos
diseñados para vivir solo hasta cierta edad y morir de una enfermedad
predeterminada?
–No lo creo. Si exceptuamos las malformaciones genéticas y quizás alguna
que otra enfermedad, no pienso que estemos predestinados ab utero a contraer cualesquiera otras.
–Estás seguro, entonces, de que el ejercicio te ayuda a llevar una vejez
más sana…
–Seguro no estoy, pero me atengo a la probabilidad.
—Bueno, viéndolo desde ese cristal, la verdad es que no te puedes quejar
de lo lejos a que has llegado con lucidez mental y libertad de movimientos.
Don Victoriano recostó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos sonriendo
plácidamente.
–Cuando tenía treinta años jamás me hubiese imaginado llegar a la edad
que tengo, y mucho menos en plenitud de capacidades básicas. A menudo veo por
las calles a viejos amigos, cinco o seis años menores que yo, caminando
fatigosamente con una mano apoyada en un bastón y la otra en el brazo de su
mujer. Y eso, sin contar la lista de amigos que ya están en la otra orilla.
Josep Mª de Sagarra, que murió a los sesenta y siete, decía: “Ya tengo más en
la otra orilla que en esta”.
–Cuál fue la primera persona de tu familia cuya muerte recuerdas.
–La primera muerte de la que tuve noticia, fue la de mi padre, asesinado
durante la guerra civil española. Tenía cuarenta años.
–¿Cuál fue, digamos, su delito?
–Haber sido un maestro de escuela enamorado de la doctrina política de
Salvo Sotelo. Hubo un breve silencio muy incómodo, pues no se me ocurría ningún
comentario.
–Pero olvidemos esos recuerdos –dijo mientras rellenaba ambas copas y me
acercaba la bandeja de las exquisiteces-. Comamos y bebamos, que son cuatro
días.
–Disculpa mi curiosidad: ¿sientes, o has sentido algún rencor por lo de
tu padre?
—No, porque me enteré de la verdad
cuando ya tenía más de veinticinco años.
–¿Ni siquiera te quedó algún resentimiento contra los culpables?
-No… son cosas de la guerra.
Viendo el plácido humor con que el maestro hablaba, me atreví a bromear:
–Si vieras a un comunista importante ahogándose en un río y te pidiera
que le echaras una cuerda, ¿lo harías si la tuvieras?
–Naturalmente. No vale la pena cargarse la conciencia por un comunista
de menos.
–Pero, frivolidades aparte, de lo que estoy convencido es de que eres un
anciano afortunado. Ni siquiera has perdido una sola pieza dental.
–No creo en la fortuna sino en las causas. En cuanto a mi dentadura, si
todo el mundo la cuidase con el mismo rigor con que yo lo he hecho desde los
quince años, muchos odontólogos tendrían que hacer horas extra.
–Pero no puedes negar que existen causas fortuitas que son fortuna para
unos e infortunio para otros.
–La buena o mala fortuna, el acaso, lo fortuito y otras expresiones
semejantes, las usamos cuando desconocemos las causas de los hechos, o si aun
conociéndolas, ignoramos su finalidad.
–No todos somos capaces de razonar con tanta frialdad.
–Sin embargo no creas que pretendo cambiar el lenguaje ordinario de
estar por casa. Lo que he dicho representa la realidad pura y nuda, pero solo
vale como consideración entre paréntesis. Convencionalmente podemos seguir
hablando con toda naturalidad de la buena o mala suerte, de la fortuna y el
infortunio. Digamos que tenemos un ”seguro de vida”, o un “seguro de
enfermedad”, aunque sean expresiones absurdas. Hay muchos absurdos en el
lenguaje ordinario, sin que por ello nos malentendamos.
Don Victoriano se levantó del asiento con mucho esfuerzo y con un largo
suspiro.
–¿Qué te ocurre? –pregunté-.
No hubo respuesta. Al abrir la puerta, me retuvo del brazo y me dijo en
voz baja:
–Estoy preocupadillo; veo que pierdo la memoria a un ritmo alarmante. Sé
que es propio de la edad, pero, ¿así, tan rápidamente?
—También a mí se me olvidan muchas cosas –traté de tranquilizarlo.
29
LA BELLEZA
Una vez me dijo don Victoriano que se sentiría muerto el día que no
pudiera hacer ninguna de estas cuatro cosas: hablar, leer, pasear y conducir su
automóvil. Mientras nos
acomodábamos en sendas poltronas me dijo:
–Si tantas bellezas vemos en lo poco que podemos observar de este
planeta, cuántas no debe haber mejores en el universo entero.
–Siendo tú tan poco romántico, no te imagino haciendo un discurso sobre
la belleza, pero como nunca te oí hablar de ella, esta sería la ocasión.
–Gustosamente –respondió-. ¿Por dónde quieres empezar?
–Por el principio: qué es belleza.
–La belleza es una las cualidades trascendentales del ser, junto con la
unidad, la verdad y el bien. Desde Platón los filósofos han hablado sobre la
belleza con tanta variedad de sentencias, que Baumgarten (s.XVIII) añadió a la
Ontología una parte bajo el nombre de Estética,
especie de tratado sobre la belleza.
-Pero estético, en su
etimología, es todo lo que se percibe por los sentidos.
–Es cierto, pero como solo la vista y el oído son capaces de aprehender
la belleza, Baumgarten clasificó estos dos sentidos como antonomáticamente
“estéticos”, y así nació la Estética como
nuevo tratado filosófico.
-Ahora bien, partiendo de aquí, ¿se puede definir la belleza?
-No, porque siendo una cualidad trascendental del ser, carece de género
y especie, pero se puede explicar a través de sus efectos, que es lo que hace
Tomás de Aquino cuando dice: “Bello es lo que agrada a la vista” (Pulchra sunt quae visa pacent).
-Pero la explicación es incompleta porque deja por fuera la música.
–No es incompleta sino mutilada.
-Es decir…
-Fuera de contexto. Porque el Aquinate, cuatro siglos antes que Baumgarten,
catalogaba la vista y el oído como sentidos “máximamente intelectivos” por ser
los únicos que captan la belleza, que es de naturaleza intelectual aunque
dependiente de los sentidos. De hecho, no hablamos de sabores y olores bonitos,
que sería chocante impropiedad. La vista se goza en las formas y el oído en la
armonía y ritmo de los sonidos. Así, partiendo de “lo que agrada a la vista”,
Tomás enumera las condiciones de la belleza, que son: integridad, orden,
proporción y claridad.
-Claridad…, no entiendo.
-Es el término usaba Santo Tomás, pero sus comentaristas lo clarificaron
mejor sustituyéndolo por el de “esplendor”, y resumieron su doctrina diciendo
que la belleza es splendor ordinis,
“esplendor del orden”.
-Me gusta. Suena poético y lapidario al mismo tiempo.
-Es casi una definición, pues el “esplendor” es precisamente la esencia
de la belleza. Te pongo un ejemplo: compara un edificio residencial de líneas
meramente rectangulares con una construcción de Gaudí. En la obra rectangular
hay integridad, orden y proporción, pero falta el “esplendor”, la esencia de la
belleza que es lo que luce en las construcciones de Gaudí.
-Esto está claro; pero bajo otro aspecto veo algunos cabos sueltos. Mi
profesor de matemática me decía que ésta es una ciencia muy bonita. ¿Pueden ser
bonitos los entes abstractos?
-Claro que no, pero se pueden “analogar arbitrariamente” con las
sensaciones visuales y auditivas. En este sentido de “analogación arbitraria”
debe entenderse la frase de Paul Dirac cuando alguien le preguntó si estaba de
acuerdo con la ecuación de Einstein, E=mc2:
”no sé si es verdadera o falsa”, respondió, “pero ¡es muy bonita!” La razón de
esta respuesta está en la naturaleza racional de la belleza.
–Bien, entiendo que la estética es “algo especial” –esencial, dice
usted- que se añade a los entes dotados de orden, integridad y proporción, ya
sean naturales o creados por el hombre. Pero ahora debo hacerte la pregunta que
es de rigor para un filósofo: la belleza,
¿está en las cosas o solo en la mente humana, es objetiva o subjetiva,
es real o ideal?
–Aquí también hay respuestas para todos los gustos, pero yo te doy la
que me parece más sensata. La belleza, la estética en general solo están en la
mente y en los sentidos como efectos placenteros de cosas percibidas. La
exquisitez de un manjar no está en la materia que ingerimos, sino en las
papilas y botones gustativos de la lengua, así como las quemaduras que sufrimos
no están en el fuego sino en las capas externas y subyacentes de la piel. De
semejante manera, la belleza y la estética están en la mente como efecto de las
cosas; son entes de razón con fundamento en la
realidad.
-No le garantizo que le acepten esta opinión. Entre los filósofos de
hoy, manda el subjetivismo.
-Sé que en el sentido estético de cada individuo hay diversos grados y
modalidades, debidos precisamente a la gran dosis de subjetivismo que actúa en
la percepción de la belleza. Además, la duda con unas gotas de escepticismo, es
saludable para el filósofo. Sin embargo te invito a que hagas a tu propia
conciencia la siguiente pregunta:
¿Aceptas que hay cosas real y objetivamente bellas y universalmente
reconocidas como tales?
-Sin duda alguna.
-Ahora, seguro de tu repuesta, trata de encontrar otra: ¿admites que hay
reglas y métodos para embellecer cosas, aumentar su “esplendor” y conservarlo?
-Con algún escrúpulo…, pero también lo admito.
-Has razonado bien; has entendido que la duda tiene su límite en la
evidencia objetiva, contra la cual no valen argumentos. Por tanto, también has
visto que aunque la belleza se origina en los sentidos, tiene su asiento en el
entendimiento, y que no todos somos igualmente conspicuos de entendimiento y
sensibilidad para estimar la belleza dondequiera que esté, como en los cuadros
de Antoni Tàpies o de Joan Miró, por ejemplo.
-¡Ciertamente! Yo no les veo ninguna.
-Lo cual significa que no tienes suficiente capacidad de captar ciertas
especies de belleza –no te ofendas, somos muchos los que adolecemos de esta
mengua: nos falta educación estética. Para este menester están las Escuelas de
Arte de las universidades. Ahora bien, si la capacidad estética puede educarse
y refinarse, ello significa que es una facultad humana, real y objetiva.
-Estoy de acuerdo, pero hay otro cabo suelto. Muchos se preguntan si
pueden darse por bellas las representaciones de lo feo, repugnante, pecaminoso,
etc.
-A esta pregunta Tomás de Aquino dio una respuesta muy simple, pero
aceptable: no vemos la belleza en la cosa fea en sí misma, sino en la habilidad
con que pintores y escultores la representan. Entre las muchas pinturas del
horror de que hay noticia, la mejor es la que nunca se pudo ver. Me refiero al
atentado del que milagrosamente escapó Lorenzo de Medici durante una ceremonia
en la catedral de Florencia. Este cruel mecenas ordenó una lista de los
sospechosos, a los que hizo masacrar a cuchilladas.
-¿Sin ningún proceso?
-En la Florencia de los Medici las cuestiones de justicia se calculaban
a ojo de buen cubero. No contento Lorenzo con la venganza, mandó colgar los
cadáveres cabeza abajo en las ventanas y balcones del Pallazzo Bargello. Sandro
Botticelli, dibujó desde una esquina la sanguinolenta hilera y ofreció el
cuadro al “Magnífico”, en obsequio de gratitud a su mecenazgo, pero Lorenzo lo
rechazó. Aquella obra, que debió ser de horripilante belleza, fue a morir en
los sótanos del Palacio. Seguramente nos perdimos lo mejor de Boticelli. ¿Algún
otro cabo suelto?
-Sí, uno más, el último por hoy. ¿Por qué hay mujeres que se enamoran de
hombres feos, y viceversa?
-En este punto me rindo a la subjetividad cien por ciento. El amor tiene
la habilidad de embellecer personas y cosas. Acuérdate de la sentencia de
Quintiliano: “Sensum oculorum premit amor”.
“El amor presiona el sentido de la vista”. Si te enamoras de una mujer fea, es
porque con tu amor la has hecho bonita. ¡Cuántas mujeres debe haber que son
feas porque nadie las ama!
30
FIN DEL MUNDO
Por estos tiempos abundan profetas que pronostican grandes catástrofes.
Sólo leo los títulos, nunca los contendidos. Coloco esta clase de previsiones
casi en el mismo rango de las de algunos economistas, que gastan seis meses
pronosticando lo que sucederá y otros seis explicando por qué no sucedió. Pero
lo peor que me ha ocurrido hoy en este orden de cosas es la impertinencia de
una testigo de Jehová, que ha llamado a mi puerta pidiéndome que la atendiera
solo por unos minutos. Le respondí que no disponía de tiempo para conversar con
nadie. Pero ella insistía machaconamente repitiéndome que no podía permanecer
indiferente ante la proximidad de la ”gran tribulación”. Al fin tuve que
ponerme grosero y despedirla de mala forma.
–Yo creo que nunca he sido descortés con nadie –dije mientras nos
acomodábamos-, pero hoy he tenido que serlo con una testigo de Jehová, que no
cesaba de hacerme la puñeta con el cuento de la gran tribulación. ¿Sabes de qué
se trata?
–Esa gente visita las casas recitando en todas ellas el mismo disco. Lo
peor es que aún haya imbéciles dispuestos a escucharlo.
–¿En qué consiste, pues, esa gran tribulación?
–Si no lo entiendo mal, creo que se trata de un conjunto de catástrofes
relacionadas con el fin del mundo.
–Debe ser algo semejante a lo que predijo Jesucristo para la generación
de su tiempo. Pero han transcurrido dos mil años y nada sucedió. Generaciones
enteras vivieron bajo ese miedo en los primeros siglos. Me encantaría escuchar
tu opinión.
Don Victoriano apretó los labios y cabeceó por unos segundos.
–Hombre, me pones en trance de topar con la Iglesia. Primero habría que
saber a qué idea de mundo se refería Jesús, en cuanto que hombre de su tiempo,
y qué extensión le atribuía al concepto de “generación”. La Biblia es un libro
que ha pasado por muchos avatares, mutilaciones e interpolaciones. No tenemos
garantía de que las palabras de Jesús hayan sido fielmente transcritas. Por lo
demás, la Biblia no siempre debe interpretarse literalmente; en muchas partes,
hay que captar la alegoría porque el significado literal suena absurdo. En este
orden de cosas hay que colocar las palabras de Jesús sobre la “gran
tribulación”.
-Pero si Jesucristo era Dios, tenía que ser omnisciente. ¿Crees que lo
era?
-No. Jesucristo-Hombre no podía tener más ciencia –si es que la tenía-
que la que era posible en su tiempo.
-En cuanto a la pregunta anterior, que no me has respondido: ¿crees, sí
o no, que habrá un fin del mundo, en que el sol se apagará y las estrellas
caerán del firmamento?
–Absolutamente no. Si los astrónomos no mienten, en cinco mil millones
de años el sol ha consumido apenas una parte inapreciable de su combustible
nuclear. Algo semejante puede decirse de las restantes estrellas. Probablemente
de vez en cuando ocurren catástrofes siderales, pero la materia por ellas
dispersada se transforma en nuevos cuerpos que prosiguen sus circunvalaciones
por el espacio. Por otra parte, no es creíble, aun en términos confesionales,
que Dios haya creado un universo infinito, inefablemente bello e inmenso, para destruirlo
arbitrariamente.
–Recuerda que Giordano Bruno fue quemado por haber afirmado que el
universo es infinito.
–Distingue tiempos y concordarás derechos. Pero volviendo al lugar
evangélico del que aquí se trata, hay que relativizar la expresión “fin del
mundo”. Periódicamente se producen pequeños “fines del mundo” en forma de
accidentes telúricos: terremotos, volcanes, deslaves, tornados, huracanes,
tsumanis, etc. Quien haya salido indemne de alguno de esos eventos, tendrá una
vaga idea de lo que sería el fin del mundo.
–En el bachillerato, nuestro profesor de religión nos decía que todo lo
que ha tenido un principio debe tener un fin; es así que Dios creó el mundo “en
un principio”, como dice el Génesis, luego debe tener un fin. ¿Qué le
responderías?
–Que siendo Dios infinito y omnipotente, puede crear un mundo infinito.
–Pero él te replicaría que dos infinitos y eternos no pueden coexistir;
que el único infinito y eterno es Dios.
–Yo le respondería, humildemente, que el acto de crear es inseparable de
la esencia divina, y que por tanto Dios es creador ab aeterno e in aeternum;
continuamente crea y re-crea. Un Dios inactivo sería la Nada. De la esencia
divina dimanan la masa y energía de las partículas atómicas y subatómicas que
originaron el cosmos. Si yo fuera físico, llamaría a Dios Protoenérgeia y trataría de explicar la razón de este nombre.
–¿Tiene sentido llamar “partícula de Dios” al bosón de Higgs?
-¿Me lo preguntas en serio o en broma?
-No sé… digamos que medio en serio y medio en broma.
-Por lo que pueda ser en serio, no tiene ningún sentido. En cuanto que
broma, la expresión proviene de un físico –no recuerdo el nombre-, que ante la
imposibilidad de encontrar el bosón de Higgs, llamó a esa partícula Goddamn particle, “maldita partícula”;
lo que en castellano popular diríamos: “partícula que no hay dios que la
encuentre”.
-Entonces, ¡no hay que temer que se nos vengan encima la luna y las
estrellas!
–No es necesario tanto para causar una destrucción telúrica total o
parcial. Si un asteroide de considerable tamaño rozara por un instante nuestro
planeta, una gran parte de él saldría pulverizada por la tangente.
–Ahora, dada la velocidad de miles de kilómetros por hora con que viajan
los asteroides, si chocara uno en la mitad del Mediterráneo, ¿qué crees que
pasaría?
–Dependería del tamaño del objeto. Suponiendo que fuese de gran tamaño y
de masa tan consistente que no se desintegrara al choque con la atmósfera,
liberaría cientos de miles de megatones de energía, equivalentes a centenares
de bombas atómicas. Todas las ciudades costeras se convertirían en montañas de
piedra y lodo. Habría terremotos, temperatura superior a setenta grados y
muchos fenómenos más…; en fin, ¿para qué seguir contándote?
–¡Terrible de verdad! Pero, ¿es creíble esta hipótesis, tal como la
cuentas?
–Eso depende de cuánto confíes en los sabios de la NASA. No todos ellos
son de la misma opinión. Hay al menos tres posturas: unos sostienen que este
fenómeno no ocurrirá nunca; que es prácticamente imposible que un asteroide choque
contra la tierra debido a las distancias inimaginables en que se mueven; otros
piensan que el fenómeno puede ocurrir mañana o dentro de cinco millones de
años, pero que con toda certeza acontecerá; los demás se sitúan en un término
medio: piensan que, con una frecuencia indeterminada, habrá choques entre
objetos siderales más pequeños y circunscritos a ciertas partes del planeta,
asolando únicamente algunas zonas más o menos extensas, dependiendo de la
fuerza del impacto, como se supone ocurrió con el meteoro que acabó con los
dinosaurios.
–Tú, particularmente, ¿qué piensas?
–No quiero enmendarles la página a los peritos en la materia. Pero creo
que la Tierra irá recalentándose paulatinamente, con intervalos de enfriamiento
más o menos largos. Podrá haber destrucciones de variada extensión, pero no
creo en un cataclismo telúrico ni mucho menos cósmico. Si los astrofísicos no
se equivocan, la Tierra se irá desertizando paulatinamente a causa de los rayos
solares que –dicen ellos- han ido aumentando des hace cuatro mil millones de años.
-Estos números son inimaginables. ¿Cómo pueden calcularlos con tata
precisión?
-No es tanta. En la ciencia también se trabaja con la imaginación, que
según Einstein es tan importante como el entendimiento. Tratándose de
magnitudes ingentes como la mencionada, a los científicos les queda un margen
de error muy extenso; una diferencia de unos cuantos millones es totalmente
despreciable. Intenta imaginar distancias y tiempos siderales que se cuentan
por miles de millones de kilómetros y de años-luz.
–Entonces ¿no crees que estamos apresurando el calentamiento de la
tierra a causa de las emisiones tóxicas?
–Podría ser, pero no me parece motivo de alarma ni siquiera a muy largo
plazo. La Tierra tiene gran poder de autorregeneración frente a las injurias
humanas y animales que de continuo soporta. Además, en un futuro no muy lejano
las fuentes de energía serán mínimamente contaminantes. La quema de
combustibles fósiles pasará a la historia en cuestión de un siglo, tal vez
antes. La automoción eléctrica ya ha dado sus primeros pasos y la energía solar
está llamando a la puerta.
–Y los incendios forestales, ¿no son una amenaza?
–Lo serían si se produjeran con tanta frecuencia y extensión como para
desertizar una gran parte del planeta, cosa que considero poco probable.
–Por tanto, estás convencido de que no habrá ningún fin del mundo.
–Completamente.
–Y que tenemos planeta por unos cuantos millones de años…
Por muchos de millones.
–¿Y si al final resultara que estabas equivocado?
–Nadie se enteraría.
SEGUNDA PARTE
31
EL
MALETÍN DE DON VICTORIANO
Interrumpí
mis tertulias con el viejo profesor para tomarme unas largas vacaciones.
Descansé tanto y tan intensamente, que al regresar a mi casa tuve que tomarme
una semana para descansar del descanso.
Al fin
decidí llamar a don Victoriano. La haitiana respondió con una vocecita lejana y
compungida.
-A Don
Victoriano se lo llevó su hijo a Alemania.
-¿Cómo
es eso? –respondí alarmado.
No la
dejé siquiera empezar el relato, sino que emprendí la marcha hacia el lugar. La
señora salió a recibirme y me relató suscintamente los hechos. Don Victoriano
empezó a sentirse mal. Perdió el apetito, pasaba las noches sin dormir y con
frecuentes vómitos. El médico le obligaba a comer, pero todo lo que comía lo
devolvía. Le hicieron varias analíticas y todas salieron positivas. Mi pobre
maestro tenía un cáncer de hígado. Recibió la noticia con estoicismo y se
limitó a comentar:
-Es lo
que me esperaba de un momento a otro. ¿Cuántos meses me calcula? –peguntó a su
médico.
-Yo no
acostumbro a hacer esos pronósticos. Solo puedo decirte que se trata de una neoplasia
medianamente avanzada, y que aún admite tratamiento prometedor.
A pesar
de que Don Victoriano no mostró ninguna señal de turbación, el médico le puso
ambas manos en los hombros para darle ánimos, diciéndole:
-No
pierdas la tranquilidad; con los medios de que disponemos hoy, lo tuyo es menos
dramático de lo que parece. Dentro de un rato llamaré a un amigo oncólogo de
Barcelona, que es de los mejores en la especialidad. Estamos en condiciones de
garantizarte una vida relativamente confortable durante un tiempo indefinido.
Te haremos los tratamientos sin que tengas que moverte mucho de tu casa.
El
maestro le escuchaba con media sonrisa escéptica, y cuando lo hubo despedido,
dijo resueltamente:
-No
pienso someterme a ningún tratamiento.
Don
Victoriano hizo una apresurada depuración de sus papeles. Al despedirme, la
haitiana me entregó un grueso maletín.
-El
señor me encargó que le entregara estos papeles, pensando que le podrían
interesar. Él no se acostaba un solo día sin escribir alguna cosa.
Al
llegar a mi casa abrí la maleta y encontré a primera vista una nota que decía
así: “Querido amigo: cuando regreses de tu viaje sabrás toda la historia. Entre
mis papeluchos hice una selección de escritos, algunos completos y otros en
esbozo. Quizá te sirvan para recordar y llenar los vacíos de nuestras
tertulias. Como no creo que volvamos a vernos, recibe, con este paquete de
apuntes, mi último abrazo”.
El
paquete era relativamente voluminoso. Contenía escritos sueltos de variada
índole. Lo que más abundaba eran resúmenes de clases y conferencias. Los
papeles venían ligados en fajos rotulados según temas y fechas. Así que no tuve
mucho trabajo para ir directamente a lo que más podía interesarme.
En el
primer pliego estaba lo último que había escrito y que probablemente no alcanzó a completarlo. Constaba de apuntes
autobiográficos evidentemente incompletos a juzgar por los numerosos párrafos
terminados en puntos suspensivos. Traté de completarlos desarrollando lo que
lógicamente podía deducirse de la línea temática. Empiezo a transcribir:
32
MUERTE DE MI PADRE
Uno de los pocos exalumnos que aún suelen visitarme me insiste en que
debería escribir mis memorias.
-Don Victoriano, usted que ha vivido tanto y conocido a tantos
personajes, sería interesante que nos dejara sus recuerdos.
-Yo no tengo suficiente categoría para que valga la pena escribir mis
memorias. Como ya sabes, mi trayectoria ha sido más bien de tono menor. Lo más
que tengo es lo que dices: unos recuerdos sueltos, aunque -eso sí- los conservo
sumamente vivos, pues gozo de una excelente memoria emocional para acordarme de
hechos y personas que me han signado la vida. Pero en todo ello no hay un solo
dato que tenga algún interés para nadie.
Sin embargo aquella pregunta del visitante comenzó a rondarme primero
por momentos y después con insistencia. Dado que vivo casi exclusivamente de
mis recuerdos, sin obligaciones ni ocupaciones perentorias, pensé que tal vez
sería refrescante y hasta saludable entretenerme reviviendo momentos de mi
pasado, “conversando con el hombre que siempre va conmigo”. Trataré, pues, de
espigar unos cuantos episodios que no merecen, ni de muy lejos, el título de
Memorias.
Creo que puedo incluirme entre los llamados “niños de la guerra”, y
posteriormente, de la post-guerra. De mi padre, casi no tengo más noticia que
la de su nombre y unos sucesos de los que solo me enteré a mis veinticinco
años. Se llamaba Bernardo Martínez Chueca, y era oriundo de Villanueva de la
Serena. Allí obtuvo el título de Maestro Nacional. Pero como las plazas
vacantes eran escasas y muy competitivas, el único puesto que consiguió fue en
un pueblito muy cercano a Girona, dentro de una comarca llamada La Selva. Allí
nací el día 17 de septiembre de 1931. Como los tiempos eran difíciles y conmigo
los gastos habían aumentado, mi padre tenía que redondear su misérrimo sueldo
desplazándose todas las tardes a Girona para dar clases nocturnas de Matemática
y Física en las mansiones de los pudientes. Cuando llegaba a casa pasadas las
nueve de la noche, yo ya estaba dormido. Muy pocas veces venía a comer, y
siempre a horas imprevistas.
Debía ser como yo, un personaje gris, pero tenía una pasión dominante
que era la política, a la que dedicaba todo su tiempo libre, incluidos los
fines de semana en Girona, donde estaba su “centro de operaciones”.
Pocos meses antes de cumplir mis cinco años estalló la guerra civil.
Empezaron a depurar todas las escuelas donde hubiera maestros sospechosos de
derechismo político, entre los cuales, naturalmente, figuraba mi padre. Como
eran tan pocas las veces que lo veía, cuando dejó de venir no noté la
diferencia, pero sí me daba cuenta de que mi madre lloraba a escondidas,
haciendo esfuerzos por contener las lágrimas en mi presencia. No respondía a
mis preguntas, en las que yo, inocentemente, no cesaba de insistir. Más tarde,
acosada por mi impertinencia, tomó mis manos y las retuvo entre las suyas
durante unos segundos, mirándome fijamente con los ojos inundados y los labios
temblorosos.
-Tu padre –dijo- no volverá más porque se ha ido al cielo.
-¿Qué es el cielo? –pregunté.
-Un lugar a donde van los hombres buenos que se mueren.
Soltó mis manos y cubriéndose el rostro con las suyas, se puso a caminar
por la estancia llorando convulsivamente. Cuando recuperó la calma volvió hacia
mí y me ordenó con mucha severidad:
-Desde ahora dirás a todos los niños y mayores que te pregunten, que tu
padre murió de pulmonía. Siempre responderás lo mismo por más que te pregunten.
Aunque tampoco sabía lo que es una pulmonía, entendí que no debía seguir
preguntando, pero también sospeché, a mi manera, que en la muerte de mi padre
había gato encerrado. Mientras tanto, mi madre me enseñaba a leer y a escribir
con una paciencia infinita, ayudada de un viejo cuadernillo de lectura con un
apéndice que contenía las tablas aritméticas. También me enseñaba a rezar,
empezando, naturalmente, por el Padrenuestro y el Avemaría, más otras oraciones
que aún recuerdo íntegramente.
De sucesos posteriores, no retengo nada preciso. Solo sé que mi madre
hacía trabajos domésticos en varias casas, a las cuales me llevaba consigo. Por
las noches, antes de cenar, me hacía leer y copiar unas líneas y me ponía a
resolver una suma, porque llevarme a una escuela era impensable en aquellos
tiempos.
El misterio de la muerte de mi padre nunca dejó de intrigarme, pero a
medida que crecía veía cada vez más clara la inoportunidad de seguir
preguntando. Callé sobre este asunto durante muchos años, hasta que tuve
libertad de movimientos para averiguar por mí mismo la verdad de las cosas. Me
dominaba una doble curiosidad: las circunstancias de la muerte de mi padre y el
motivo de las reticencias de mi madre. Logré lo primero pasados veinte años de
la guerra civil, pero nunca lo segundo, pues mi madre murió precisamente
mientras yo hacía las diligencias. Ningún amor filial –mi padre no tuvo tiempo
de inculcármelo- motivaba mi interés, sino la simple curiosidad de obtener
información. Gasté mucha suela de zapato recorriendo casas, preguntando a unos
y a otros, sin obtener más que vaguedades y reticencias. Los campesinos suelen
ser cazurros y precavidos.
Contaba por mi suerte entre mis amistades con la de una señora de Olot, administradora de una gran fábrica de
embutidos, que por su oficio tenía frecuentes relaciones con el campesinado de
la comarca, donde había varias personas que estaban en el secreto de muchas
atrocidades cometidas durante la guerra. Con su habilidad comunicativa logró
sonsacar una pista por donde era posible ubicar una de las casas en que más a
menudo mi padre solía dar lecciones.
Tras otras laboriosas caminatas por calles de Girona logré dar con la
residencia de la señora viuda de Bruguera, en una urbanización de la periferia.
Me abrió la puerta ella misma, una matrona de distinguido porte. Hecha una
breve explicación de quién era yo y del motivo de mi visita, me invitó a entrar
con evidente gesto de satisfacción. Se comportó con exquisita amabilidad y muy
complacida de poder narrar los hechos a la persona más interesada. Me los contó
con una minuciosidad tan agotadora que me fue imposible recogerlos todos; pero
de los que logré tomar resumo aquí lo sustancial.
A mi padre lo mató su pasión por la política, pero una pasión servil,
sumisa, sin ningún radio de acción que dependiera de él. Colaboraba con el
Partido de Renovación Española, que fundó Don José Calvo Sotelo, al que
admiraba no tanto por el liderazgo político cuanto por su brillante ejecutoria
de jurista. En la línea fielmente sotelista, mi padre era monárquico, pero no
partidario de una monarquía gobernante, sino “institucional”, que no implicara
un retorno de Alfonso XIII, o una abdicación en su hijo Don Juan. Como lo decía
el mismo Calvo Sotelo”: “Si algún día cambia España su régimen, nunca será para
una restauración sino para una institución”. (Es la idea que probablemente
copió Franco nombrando como sucesor a Don Juan Carlos I, con el fin de
convertirlo en “figura institucional” del Movimiento).
Dentro del pequeño círculo en que podía moverse, don Bernardo propagaba
su ideal monárquico a los cuatro vientos, no solo en su escuela sino en las
circunvecinas, cuando era invitado en ocasión de algún evento. Por eso sucedió
lo que le habían advertido varias veces: que acabaría denunciado ante el Comité
Central de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) como “antirrevolucionario
peligroso”. Sin que él lo supiera, alguien iba vigilando sus pasos. En efecto,
un frío anochecer del 22 de noviembre de 1936, llamaron a la puerta de la casa
donde daba sus lecciones. Cundió el susto. La señora Bruguera se acercó
sigilosamente a la puerta.
-¿Quién es?
-Agentes del Comité Central. Abrid inmediatamente.
Irrumpieron cuatro milicianos armados de sendos fusiles y pistolas al
cinto. Uno se apostó en la puerta para impedir el paso, otro buscó el hilo
telefónico y lo arrancó de un tirón asegurándose de haber cortado la línea.
-¡Pepe! –gritó aterrada la señora.
Apareció el señor Bruguera simulando tranquilidad:
-¿En qué puedo ayudarles?
-Ante todo, cómo te llamas –repuso el individuo que al parecer comandaba
la misión.
-José Bruguera Triadú.
-¡Se dice para servir a usted! -bramó el miliciano-. ¿No te enseñaron
educación en tu casa?
-Vamos a ver, ¿cómo has dicho que te llamas?
-José Bruguera Triadú, para servir a usted.
-Así está mejor. Venimos a buscar a Bernardo Martínez Chueca; sabemos que
está en esta casa.
De pronto salió mi padre.
-Aquí estoy –dijo con talante retador-. ¿Qué queréis de mí?
– Llevarte a ti, y también a este, para que respondáis a unas preguntas
ante el Comité.
-Nosotros no tenemos ninguna cuenta con el Comité –replicó mi padre.
-Eso lo aclararemos allí. ¡Al suelo los dos!
De inmediato los maniataron y amarraron juntos, codo con codo.
Mientras tanto, un tercer miliciano recorría la casa recogiendo piezas
de porcelana, cristal de Bohemia y otros objetos curiosos, que iba metiendo
cuidadosamente en un viejo zurrón de cuero.
-¿Con qué derecho estáis haciendo esto? –grito la señora con gran
escándalo.
El miliciano del zurrón le rodeó el cuello y le tapó la boca,
hundiéndole la pistola en las costillas.
-Sin histerismos, ¿entendido? Un grito más y no la cuentas.
-¿Qué es lo que pretendéis con estas atrocidades? -protestó mi padre.
-Limpiar a España de monárquicos, empresarios ladrones, curas, frailes y
toda mierda burguesa. En el Comité os refrescarán la memoria para que deis
nombres y direcciones.
El miliciano que tenía retenida a la señora le retiró la mano de la
boca.
-¿Ya te calmaste?
-Sí -respondió con un hilo de voz.
Entonces la agarró por el brazo izquierdo mientras la empujaba hacia
delante con el revólver clavado en la espalda.
–Vamos, ahora me llevas a los cajones de las joyas y el dinero. ¡Rápido,
que no tenemos tanto tiempo!
Le hizo recorrer todos los rincones de la mansión, obligándola a
desbaratar cajones y armarios, haciéndole sacar todas las prendas y dineros,
que el miliciano iba repartiendo entre sus bolsillos. Luego la hizo sentarse en
un sofá, sin dejar de apuntarla con el arma.
-Operación cumplida –dijo palpándose los bolsillos para acomodar la
“colecta”. Después alzó del suelo el zurrón cargado de botín y dijo:
-Jefe, estamos listos. Cuando quieras…
Salió la cuadrilla llevando a mi padre y al señor Bruguera hacia un
lugar desconocido.
-No volvimos a saber de ellos, -concluyó la señora-; por más gestiones
que hice ante el Comité, allí nadie sabía de lo ocurrido. Recorrí todos los
Comités que pude: Salt, Bonmatí, la
Cellera, Anglés… No se sabía de ninguna comisión enviada a Girona. Lo más
seguro es que su padre y mi marido fuesen ejecutados aquella misma noche y
lanzados a una de tantas fosas comunes que nunca se descubrirán.
Así fueron las cosas, al menos tal como me las contó la testigo única y
directa. No tardé en agradecer a mi amiga administradora el éxito de su
gestión.
-¿Cómo te sientes – me preguntó-, ahora que sabes toda la verdad?
-Satisfecho. No necesito indagar más.
-Pero hombre, Victo… se trata de tu padre; deberías sentirte afectado.
-Son cosas de la guerra. Él sabía el peligro en que andaba y estaba
advertido. El acto más estúpido que puede cometer un hombre es arriesgar su vida
por un ideal político que no le va ni le viene. Si tuviera que escribir la
biografía de mi padre, le podría este título: “Vida y muerte de un padre
irresponsable”.
Mi amiga, que me conocía muy bien, comprendió la reacción.
Desaparecido el paterfamilias, la triste economía doméstica tenía que
colapsar. Al cabo de dos años, ya no se pudo pagar más el arriendo de la
vivienda. El dueño se mostró muy comprensivo de la situación y nos aplazó la
entrega de la casa hasta mayo de 1939. Mi madre se acogió a la benevolencia de
uno de sus hermanos. Las últimas sensaciones que guardo de mis años en La
Selva, son las de un viaje interminable en la cabina de un camión destartalado
que cargaba nuestras franciscanas pertenecías, rodando a saltos por una
carretera infame, más bien apta para motocrós, hasta que llegamos a Santa Pau.
Y aquí empieza otra historia.
33
PUJOLÀS Y CAN SALA
El destino del infame viaje al que me he referido, era Santa Pau, una
interesante villa medieval situada entre estribaciones volcánicas cubiertas de
lujosa vegetación y esmerados campos de cultivo; un verdadero paraíso terrenal
para un anciano de holgado presupuesto que busque el mejor paraje donde esperar
la hora del viaje sin retorno. Eran los inicios de junio de 1939. El hermano de
mi madre, l´oncle Pep, residía en una
masía llamada Pujolàs, a un kilómetro
de Santa Pau. Como el acceso no era todavía transitable en automóvil, los pocos
enseres que traíamos se cargaron en una carreta tirada por dos bueyes. Pujolàs no era una casa estrecha, pero
dado que se añadían dos almas más a una familia que ya constaba de seis, la
buena voluntad del oncle Pep no tenía
precio, sobre todo habida cuenta de las restricciones económicas de los
primeros meses de posguerra.
Mi madre ayudaba colaborando en las labores de la casa. Fue entonces
cuando a costa de sus magros ahorros, pude ir a la escuela por primera vez,
poco antes de cumplir los nueve años. La escuela, al cargo de unas monjas
dominicas, funcionaba en la segunda planta de un castillo de impresionante mole
cuadrada, construido entre los siglos XIII y
XIV. En esa segunda planta, a la que se accedía por una ancha escalinata,
había dos aulas: una para niños y niñas de primer grado hasta los diez años y
otra, mejor acondicionada, solo para niñas a partir de los doce. Cada salón
estaba situado en distinto cuadrante del edificio. La organización del colegio
estaba concebida de modo que nunca coincidiéramos los dos grupos en un espacio
común, ni en la escalera ni en la planta baja, que servía de recreo.
La monja encargada de los pequeños era la Hermana Dolores, una mujer en
la línea de los cuarenta, voluminosa y adusta de talante. Para señalar en la
pizarra usaba un puntero cónico que también empleaba para imponer silencio
golpeando la mesa, o cruzar las nalgas de los díscolos cuando se desmandaban.
Lo que dolía en las nalgas un punterazo de la Hermana Dolores, solo quien lo probó
lo sabe. Como yo ya llevaba cierto entrenamiento con las enseñanzas de mi
madre, aprendí a leer y escribir con relativa soltura, y con muy pocos
tropiezos, las cuatro primeras reglas aritméticas.
Transcurrido casi un año, el convenio entre mi madre y l´oncle Pep se dificultó, debido a la
profundización de la crisis posbélica. La buena voluntad de hermanos y
parientes tiene sus límites, aunque nunca deje de ser buena. Hubo que buscar
otra casa que necesitara ayuda para labores de variada índole. Por fortuna no
tardó en aparecer la ocasión. Fue en una masía llamada Can Sala, también cercana a Santa Pau y enclavada al pie de un
montículo poblado de encinares, en la cima del cual una ermita del siglo XII
preside un espectacular panorama de masías y campos de cultivo. El hábitat
central
de Can Sala era –todavía es- una edificación medieval, no muy homogénea
de estilo y hecha de sillares de corte bastante desigual. La casa está rodeada
de pequeñas construcciones rudimentarias, destinadas a distintos menesteres,
como guardar paja, cosechas de cereales, enseres de trabajo agrícola, cobijar
ganado, etc.
El dueño de la hacienda era don Miquel Batlle Buch. Vivían en la casa
dos hijos suyos: Sisku, un muchacho de diecisiete años, una niña de ocho, María
Teresa, más una chica de veinte, Antonia Batlle, sobrina de don Miquel.
Completaban el grupo dos mozos agricultores a dedicación permanente. Antes, el
trabajo del campo era extenuante y requería mucha mano de obra. Hoy día, en
cambio, un solo hombre sentado sobre una máquina hace en media jornada lo que
antes hacían dos durante una semana.
Lo primero que hay que consignar acerca de Can Sala es la figura de don
Miquel Batlle. Era un hombre robusto, entrado en la cincuentena, sobrio de
poses y gestos pero excelente conversador. Nos inspiraba un respeto casi
reverencial. Aunque nunca usó de la más mínima violencia, le teníamos auténtico
temor. En su presencia, nadie se atrevía a decir procacidades ni mucho menos
soltar una blasfemia. Sé que caigo en estereotipo, pero ahora no tengo más
opción que la de calificarlo como personificación de la bondad. No lo digo solo
por lo bueno que fue conmigo, sino por cuantos acudían a él en demanda de una
solución perentoria. Un compañero de infancia que vive en una casa vecina me dijo
hace unos años:
-Mi padre lo pasó fatal en aquellos tiempos, pero siempre que iba a Can
Sala encontraba
un pedazo de pan y un vaso de vino. (Un
bocí de pa i un got de vi).
En tiempos de hambre como aquellos, lo más natural era pensar que
quienes menos la padecían eran los agricultores, es decir los pagesos, que son los que dan de comer a
la especie humana. Por eso era casi diaria la afluencia de gente proveniente de
Olot, que recorría masías en demanda de pan, cereales, o cualquier otra
especie. Llegaban compungidos y avergonzados.
-Tenemos hambre; venimos por si os ha sobrado algo de comida.
Sabiendo que Santa Pau es considerado como “la tierra de las judías” (el païs
dels
fesols), algunos pedían directamente este cereal, que es reconocido en toda
España por su peculiar exquisitez. Pero había momentos en que no era posible
complacer a todos, en cuyo caso se les ofrecía una buena porción de pan. Si
algunos llegaban estando presente don Miquel, les invitaba a entrar, los
sentaba en la mesa y hacía preparar una bandeja repleta de rebanadas de pan y
un porrón con vino de reserva. Así los entretenía con pan, vino y amena
conversación. Especialmente emotiva sería esta actitud para unos individuos
acostumbrados a ser despachados expeditivamente:
-Avui no hi ha res; torneu un
altre dia.
De la bondad natural de don Miquel dimanaba su virtud de no hablar mal
de ninguna persona, aunque fuese públicamente conocida por su conducta
sociopática. Durante las consabidas críticas, siempre apostillaba con la misma
frase:
-A pesar de todo, Fulano es un buen hombre; solo hay que comprender su
situación.
Puestos a mencionar situaciones, incómoda debía ser la mía en una
familia donde yo era prácticamente un intruso al que había que mantener. Mi
madre vivía atareadísima durante todo el día, pues en aquella masía había mucho
que hacer. Yo, a pocos meses de cumplir los diez años, no podía ser el parásito
de la casa. Así que, sin saber por iniciativa de quién, me dieron la tarea de
sacar las vacas y bueyes a pastorear en los prados más o menos cercanos a la
casa. Debían ser unas quince o veinte reses en total. Así me convertí en el bouer de Can Sala. (Bouer, el que cuida de los bueyes). En invierno sacaba los animales
a las siete de la mañana, y en verano a las seis. Recuerdo mucho el desespero
con que mi madre trataba de sacarme de la cama, sobre todo en los duros
inviernos. Cuando el lugar de pastoreo era aledaño a campos de cultivo,
las reses se introducían en ellos en busca de lo más apetecible. Cuando yo
–siempre distraído- me daba cuenta y acudía a sacarlas a bastonazos, el
descalabro producido ya era demasiado evidente. No tengo cuenta de las
regañinas que recibí del bueno de don Miquel, sobre todo cuando los daños
recaían sobre parcelas ajenas.
-Victo, no estoy dispuesto a tolerar más tus distracciones. Estás
mermando no solo mis cosechas sino también las de otros, que me reclaman a mí.
No eres tan niño; ya estás a punto de cumplir diez años. Si no sirves para un
trabajo tan fácil como el de guardar vacas, ¿qué podemos esperar de ti?
Los regaños solían ser a la hora de la cena, todos reunidos en torno a
la mesa. Mi madre vivía angustiosa, temiendo las consecuencias derivables de mi
mala conducta. En cualquier momento don Miquel podía perder la paciencia y
tomar una decisión fatal.
Mucho más duras eran las reprimendas del mozo mayor, Kel, cuando era él quien se daba cuenta
de mis descuidos.
A partir de entonces, cobré conciencia del peligro que por mi culpa
corría mi madre y me dominó una ira incontenible contra aquellos inocuos cuadrúpedos,
sobre cuyos lomos no perdonaba bastonazo. Con todo no podía evitar que al menor
descuido alguno traspasase la línea de cultivo. Sé que es tarde para
arrepentimientos, pero ahora quiero confesar una fechoría cruel, imperdonable.
No contento con los bastonazos, me guardaba la venganza para el momento de
reclusión en los establos. Luego que los mozos habían atado las vacas por la
testuz, asegurándome de que no había testigo presencial, pinchaba con una horca
la zona glútea de las inocentes bestias que habían “delinquido”. Desesperadas,
forcejeaban por desatarse mientras lanzaban coces al aire. Mi venganza solo se
repitió dos veces, pero las suficientes para que los mozos notaran algo que les
llamó la atención. Una noche durante la cena comentó Kel:
-Yo no sé qué les pasa a algunas vacas, que cuando entro en el establo
con una horca empiezan a tirar coces.
-Sí que es extraño –añadió Sisku-,
a mí me ocurre lo mismo.
Obviamente yo era el único que estaba en el secreto de aquel fenómeno,
pero los demás no tenían por qué saber de los reflejos condicionados de los
animales. Sin embargo no tardaron en sospechar que alguien habría molestado a
las vacas con una horca. Como era natural, todas las sospechas cayeron sobre
mí. Don Miquel me llamó a parte, me agarró fuertemente por ambos brazos, me
fijó la mirada con el ceño arrugado y me conminó:
-Victo, tú tienes que saber lo que ha pasado, ¡y me lo dirás ahora
mismo! Me sentí positivamente aterrado, pero logré -no sé cómo- fingir
serenidad.
-No, señor -respondí-, yo nunca he cogido una horca para nada; ni
siquiera sé dónde están.
Aunque el tiempo en que permanecí en este menester no fue largo, recibí
doble lección: primero aprendí de don Miquel y de mis propias fechorías a
cobrar conciencia de mi trabajo. La segunda enseñanza la tomé de los mismos
rumiantes, pero naturalmente no en aquel momento sino pocos años después con mi
profesor de Ciencias Naturales; a saber, cuán sutil es la frontera que separa
el instinto animal de la inteligencia humana. A mi manera infantil, me
entretenía observando las costumbres, reacciones y movimientos de aquellos
cuadrúpedos. Comentándolo con Sisku,
me decía:
-Los animales hacen lo mismo que nosotros, pero lo hacen sin pensar.
Aquel chico alegre, franco y sanote era la única persona con la que yo
mantenía una cierta complicidad. Algunas veces robábamos melones y nos los
comíamos a escondidas. A falta de
tabaco, triturábamos hojas secas de avellano y él se encargaba de enrollarlas
hábilmente como cigarrillos. Sin embargo, a veces conseguía cigarrillos de
verdad aunque de los más infames, pero era remiso a compartirlos conmigo. Yo le suplicaba:
-Sisxu,
dó´m un cigarro!
-Apunta
la pixa al carro –respondía.
Luego, poniéndose serio, añadía:
-Eres demasiado pequeño para fumar de un tabaco tan fuerte.
Los momentos más divertidos ocurrían entre mayo y junio, tiempo de las
cerezas. En las cercanías de Can Sala había algunos cerezos que no recuerdo si
tenían dueño formal o estaban prácticamente en tierra de nadie. Trepábamos y
quedábamos montados en el árbol como dos primates dispuestos a ponernos morados
en un banquete silvestre. El bueno del Sisku engullía las guindas con hueso y
todo sin pensar ni de lejos en las consecuencias. Efectivamente, a pocos días
de las primeras travesuras, tuvo un largo episodio de estreñimiento severo, con
deposiciones sanguinolentas y muy dolorosas.
Hoy día casi todos estamos acostumbrados a la ducha diaria, y quienes
no, al menos con cierta frecuencia, pero en el año 41 del siglo pasado, allá en
Can Sala, un cuarto de baño no era concebible ni siquiera en sueños. Solo
durante los meses de verano –y por juego más que por higiene- hacíamos las paces con el agua. Cercano al
sitio corría un río, hoy día inexistente, que tenía algunos remansos que
permitían buenas zambullidas e incluso unas cuantas braceadas a nado. Tampoco
había idea de lo que eran trajes de baño; así que sin remilgos, con toda la
inocencia adánica, nos echábamos al agua in
puris naturalibus.
En Can Sala había tiempo para todo: para reír, para llorar, para
divertirse. Después de la cena, durante los inviernos, nos sentábamos en torno
al fuego en un antiguo banco en forma de 7. Don Miquel, sentado en el ángulo
derecho, solía contar consejas y a veces buenos chistes. Tenía una manera muy
peculiar de reír, con sacudidas rítmicas de todo su cuerpo. A menudo se
concedía un pequeño capricho. Cogía una cebolla de buen tamaño, le quitaba las
primeras túnicas resecas y la colocaba en la lumbre de la chimenea, cubriéndola
con ceniza y rescoldo. De rato en rato le daba un cuarto de vuelta hasta
conseguir la cocción completa del bulbo. Luego le limpiaba las adhesiones de
ceniza y la comía condimentada con aceite, sal y vinagre. Era lo que se llamaba
–o se llama todavía- seba escalivada (cebolla
asada al rescoldo). El ambiente cabe el fuego hogareño era muy acogedor, aunque
a veces, debido a la mala construcción de la chimenea, una parte del humo se
nos revertía según soplara el viento, y nos convertíamos en fumadores pasivos.
La peor escena para mí era la anual matanza del cerdo, una labor que
ocupaba a un equipo de hombres, mujeres y niños durante todo un día. Era una
especie de rito festivo, obligatorio para todos. Aunque yo solo estuve en él
una vez, puedo asegurar que la escena era escalofriante. Ocurría, si no me engaño,
a mediados de noviembre y a primeras horas de la mañana. Los matarifes eran
dos: uno portaba un gancho y otro un largo cuchillo. El gancho era una vara de
hierro con un filoso extremo doblado en forma de arco de medio punto. El día
anterior se encerraba a la víctima en una porqueriza estrecha y oscura. Al
abrirse la puerta, la pobre bestia era rodeada por todos los participantes y
obligada a adelantarse hacia la salida. Los movimientos debían ser rápidos para
abreviar los dolores del animal. De pronto, el primer matarife, rápido y
habilidoso, le enterraba el filo ganchudo por debajo de la mandíbula y tiraba
de la pobre bestia, mientras el resto de la tropa la empujaba hasta acostarla
en un entablado, junto al cual aguardaban dos mujeres con sendos cubos
preparados para recoger la sangre. Los gritos del animal eran agudísimos,
aterradores. Una vez acostado e inmovilizado, el segundo matarife, con igual
habilidad, le hundía el cuchillo seccionándole la carótida. Al subir el volumen
del grito, el chorro hemorrágico se proyectaba con mayor fuerza y el vaciado de
la sangre se hacía más más rápido y completo. (Según se dice, la calidad de los
productos porcinos depende en parte del buen drenaje de la sangre).
Hay momentos en que los sucesos rutinarios dan de pronto un giro de 180
grados. Sin que se supiera cómo ni por qué, don Miquel decidió que yo tenía que
ir a la escuela. Un gesto tal en un “amo” de aquellos tiempos, es para no
olvidarlo jamás. Como era obvio, no podía volver a la Hermana Dolores, porque ya
había cumplido los diez años y no tenía nada que aprender con ella. Por
consiguiente no cabía otra opción que la escuela municipal. Sin embargo, el
cargo de bouer no podía quedar
vacante. Mi madre fue conmigo a consultar con el maestro y le expuso el caso,
proponiéndole la posibilidad de que yo asistiera a la escuela solo por media
jornada: en las mañanas o en las tardes. El hombre frunció los labios y negó
con la cabeza.
-Mire usted, señora, eso es una anormalidad que no está prevista en el
plan de mi escuela.
-Pero, ¿no se podría hacer una excepción por un tiempo? –suplicó mi
madre. El niño quiere estudiar, y la solución que le propongo es la única
posible.
-Bueno –advirtió-, primero tendría que hablar con el chico para tantear
sus conocimientos. Pero aun así, surge otro problema: el del retraso que eso
supondría para el niño, pues con solo media escolaridad, en septiembre no
podría pasar al próximo grado y tendría que repetir el año.
-No importa que tenga que repetir, con tal que pueda estudiar -insistió
mi madre. El maestro aceptó y me convocó a una entrevista.
Aquel señor maestro, uno de los mejores personajes que ha pasado por mi
vida, se llamaba Pedro Bartrina. Pertenecía a la familia de Can Sisot, de Santa
Pau. Popularmente se le conocía como en
Peret de Can Sisot. Era de estatura mediana y lucía una calvicie total, que
en invierno protegía con una boina. Adolecía de una cojera congénita. Vestía
muy elegantemente, siempre con hechuras y tejidos de alta calidad. La cita
había sido fijada para un viernes a las cinco de la tarde. Acudí a ella con
anticipada puntualidad. Una vez salidos todos los chicos del aula, don Pedro me
invitó a entrar.
-Bueno, conque tú eres el chaval que quiere estudiar a toda costa…
-Sí, señor, -interrumpí nerviosamente.
-Según se convino con tu madre, quedamos en que solo puedes tener media
jornada de clase, ¿cierto?
-Sí, señor.
-Pues siendo así, ya sabes que te expones a quedarte retrasado y tener
que repetir.
-No importa, con tal de que pueda estudiar.
El maestro sonrió ante la espontaneidad de mi respuesta.
-¿Te dejan venir por las mañanas o por las tardes?
-Por las mañanas.
-Mucho mejor, así ganarás una hora de escolaridad,
-Justo por eso escogí las mañanas –añadí, con presunción de pasar por
listo.
Efectivamente, la escuela funcionaba de 9 a 12 en horario de invierno, y
de 8 a 12 en el de verano.
Don Pedro me sometió a varias pruebas de lectura, escritura, comprensión
y ejercicios aritméticos elementales, más algunas preguntas de geografía e
historia. Por lo que puedo recordar y deducir, no salí mal librado.
-Pues bien –me dijo-, ¿estás dispuesto a aceptar las condiciones que ya
sabes?
-Totalmente –respondí.
-Entonces, puedes empezar a partir del lunes.
Don Pedro era un maestro metodológicamente chapado al estilo de su
tiempo, pero dotado de extraordinaria bondad y paciencia infinita. Sin
necesidad de imponer un ambiente de rigidez, mantenía cierto tono de disciplina
en el aula, lo cual era mucho dentro de un recinto relativamente estrecho, con
treinta y cinco o cuarenta muchachos en pleno desarrollo cinético. Con todo, y
por esta razón, era imposible que de vez en cuando no cayera algún manotazo en
la nuca o un buen tirón de orejas. No pocas de esas dosis me tocaron a mí,
siempre inquieto y distraído.
Aquel maestro daba gran importancia pedagógica a la memoria. Nos
obligaba a aprender de coro los nombres de los Reyes Godos y Visigodos, de las
capitales de todas las naciones del Planeta, de las preposiciones, adverbios y
la conjugación de una larga lista de verbos irregulares.
-Recordadlo siempre –decía-: la memoria no tiene límites; nunca os va a
doler por mucho que la carguéis. Si ahora no entendéis todo lo que aprendéis de
memoria, lo comprenderéis cuando seáis mayores.
El sentido de clase social era patente en la escuela, aunque no con
tanta fuerza como fuera de ella. Unos pocos muchachos pertenecían a familias de
cierto rango, como los hijos de grandes terratenientes, de comerciantes
acomodados o de algún profesional como el veterinario, el médico o el
secretario de la villa. Estos se distinguían por la mejor calidad de su
vestimenta. Había cierta clase media de campesinos propietarios de cultivos más
o menos extensos, pero al fin y en resumen, el modo de distinguirnos en el
lenguaje familiar era mucho más simple: pagesos
y vilatxans, es decir, payeses y
habitantes de la villa. Los que eran de vila
miraban con aire de superioridad a los payeses. Con todo, era notoria la
diferencia entre ricos, medianos y pobres.
En el Santa Pau de aquella época, el signo de calidad social era
pertenecer a una familia o “casa”. Ser de, o hijo de. Si alguien como yo, vivía
en una casa en calidad de criado, obrero o acogido, no podía decir que era de
esa casa, sino que se estaba en ella.
Ser de… y estar en…: casi una distinción escolástica, que yo al
principio ignoraba. Cuando me preguntaban de dónde era, yo respondía
simplemente “de Can Sala”. Hasta que un día, uno que sabía de mi situación, me
dijo:
-Tú no eres de Can Sala sino que te estás en Can Sala.
-¿Y no es lo mismo?
-De ninguna manera. Porque una cosa es ser hijo del dueño de una casa y
otra es vivir en ella sin ser de la familia.
Sin embargo yo hice caso omiso de la advertencia y continuaba diciendo
que era de Can Sala.
Como suele decirse, un pueblo es un pañuelo; cualquier suceso banal se
vuelve noticia. En Can Sala ya todos sabían que yo estaba usurpando derechos de
familia, pero al parecer no le daban importancia. Pero un día, Antonia, la
bella sobrina de don Miquel, que debía tener más conciencia de clase, me llamó
aparte, y empujándome repulsivamente a metro de distancia, me preguntó:
-¿Por qué andas tú diciendo por ahí que eres de Can Sala? Me quedé
plantado frente a ella sin responderle palabra.
-¿Te has vuelto mudo? Te he hecho una pregunta. Permanecí callado,
paseando la mirada por su rostro.
-¿A qué viene esa cara de bobo, se te encalló la lengua o qué? Me crucé
de brazos sin cambiar de postura ni desviar la mirada.
-¡Responde, o te planto un cachetazo!
Retrocedí unos pasos, pero seguí silencioso, imperturbable, la mirada
fija en ella.
Cualquiera creería que yo, con toda la mala fe de mis diez años mal
cumplidos, me habría preparado para aquella escena; pero no fue así, todo salió
espontáneamente. La que sí pareció desconcertada fue Antonia, que vio agotados
sus recursos intimidatorios. Entonces cambió de actitud y se compensó acudiendo
al insulto.
-Ya que no quieres hablar, lo haré yo por ti. Tú no eres nada de Can
Sala; solo eres un pobre bouer hijo
de don nadie que vive aquí por caridad de mi tío. Tú nunca estudiarás para nada
porque naciste burro, y así te quedarás.
Antonia se retiró, erguida la cabeza, con paso de desplante. Magnífica
estampa la de aquella moza buenota que en gloria esté, a la que de continuo se
me iban los ojos, con una confusa mezcla de interés y aversión, o tal vez una
curiosidad no del todo inocente.
34
DECEPCIONES
Desde aquel incidente el mundo se me puso de otro color; creo que me
volví misántropo. No hablaba con nadie más allá de lo indispensable y me
aferraba al estudio con mayor entusiasmo. María Teresa dejó de hablarme,
probablemente por advertencia de Antonia. El único con quien seguí haciendo
buenas migas fue con el Sisku, a
quien mi usurpación del título familiar le traía sin cuidado.
Hablé con mi madre y le expliqué el incidente diciendo que no deseaba
estar más allí y que quería ir a estudiar a El Collell.
-¿Y con qué dinero, criatura, si no tenemos un duro?
Santa María del Collell era una gran edificación dependiente de la
diócesis de Girona, enclavada en una alta planicie de un bosque de encinas,
entre Santa Pau y Banyoles. Servía de seminario y de internado para estudiantes
de bachillerato. Un día supe que se había ido a estudiar allí un condiscípulo
mío, Lluís Caritg Santanach, más pobre que yo, que ya era decir. Le expliqué el
caso a mi madre y un sábado por la tarde fuimos a entrevistarnos con el párroco
de Santa Pau, mosén Josep Fullà. Nos recibió con suma amabilidad. Era el típico
cura de aldea, asequible, amable y dicharachero. Mi madre le expuso nuestra
situación y mis deseos de estudiar en El Collell.
-Bueno -dijo el mosén-, allí van a estudiar el bachillerato los que
quieren seguir una carrera.
Y luego dirigiéndose a mí:
-Y tú, ¿qué carrera quieres estudiar?
-Aún no lo sé. De momento, el bachillerato.
-¿Cuánto puede costar eso? –intervino mi madre.
– Me temo, si me dispensáis, que dada vuestra situación, no es nada
fácil. Es un sitio de muchos gastos. En fin, para decirlo con perdón y
claramente: aquello es para ricos.
-Disculpe, mosén Josep –me atreví con timidez-; ¿puedo hacerle una
pregunta?
-Claro que sí, hombre, las que quieras.
-Si aquello es para ricos, ¿cómo ha podido ir Lluís Caritg? Mosén Josep
soltó una gran carcajada.
-Los chicos de hoy sois muy listos, pero también muy ingenuos. Lluís no
está pagando sus estudios con dinero, sino con algo peor: con oficios serviles.
Dejad que os explique. En El Collell hay una especie de figura que se llama
“famulato”. Llaman “fámulos” a los chicos que estudian y tienen pensión
completa a cambio de hacer la limpieza del edificio y servir a los estudiantes
de pago en todo lo que manden. Además, Lluís quiere estudiar para sacerdote,
que es una carrera de siete años más después del bachillerato, lo que supone
otros siete años de mesa y cama; y eso… hay que pagarlo de alguna forma.
A este punto reaccioné con prontitud:
-A mí no me importaría ser fámulo.
-Muy bien Victoriano, pero eso tiene un trámite, que empieza por
averiguar si hay cupo. Si lo hay, entras con relativa facilidad, pero si no,
tienes que esperar a que se produzca una vacante. Y te advierto, según tengo
entendido, que hay unos cuantos por delante esperando turno.
-Pero yo no puedo esperar tanto, ya voy para once años.
-Bueno hijo, yo no puedo detener el tiempo. Hasta aquí llega la
información que puedo darte. Pero déjame unos días para pensar en algo. Ya te
llamaré.
Salimos de la entrevista con el ánimo a ras de tierra. Yo no veía más
que nubarrones en el horizonte. Mi madre trataba de consolarme.
-No seas impaciente. Lo que tú quieres no se puede lograr en un
santiamén. Deja que mosén Josep haga lo que pueda.
Así transcurrían las semanas –eternas para mí- entre las vacas y la
escuela, sin que ocurriera novedad alguna. Pero un día el Sisku me dijo, medio en secreto, que mi madre estaba haciendo
gestiones para enviarme a estudiar. De hecho me enteré de que había visitado al
Secretario Municipal de Santa Pau, que era don Miguel Juanola Benet.
Presumí que aquella visita solo podía tener una finalidad. De repente se
me iluminó el horizonte cuando en la noche de un domingo me dijo mi madre:
-Hoy te irás a la cama temprano porque mañana nos vamos a Olot en la
tartana de don Miquel.
-¿Y a qué vamos? –pregunté contento.
-Tenemos que hablar con el alcalde de Olot, sobre tus estudios.
Acostumbrado como estaba a las reticencias de mi madre, no le hice
ninguna pregunta, pero un sinfín de ilusiones retozaba en mis adentros. Don
Miquel iba a Olot todos los lunes porque ese era el día de feria en que los
agricultores y comerciantes iban a gestionar sus negocios. Aunque tardé más de
lo acostumbrado en coger el sueño, a la primera sacudida desperté casi de un
salto.
El camino hacia Olot –nueve kilómetros- a bordo de una tartana tirada
por una yegua, se me hizo interminable. Si el dato del Sr. Juanola era cierto,
el cumplimiento de mis deseos solo dependía de don Pedro Bretcha, quien además
de alcalde de Olot era el Presidente de la Diputación de Girona. El
Ayuntamiento de Olot estaba situado en un edificio de tres plantas en plena
calle mayor. Conseguir una entrevista con un alcalde, era entonces mucho más
sencillo que ahora. Su despacho estaba en la segunda planta. El recepcionista
tomó nuestros datos y se los llevó. Enseguida pudimos escuchar los gritos de
don Pedro.
-¡Puñeta! ¡Precisamente ahora! Esos payeses siempre vienen a joder
cuando más ocupado estoy. Diles que esperen.
Al cabo de más de una hora apareció don Pedro Bretcha Galí, un hombretón
de unos cuarenta y cinco años, de prestante volumen y estatura. Nos invitó a
pasar a su despacho, presidido por una gran fotografía de Franco y otra más
pequeña de José Antonio. Mi madre me hizo una seña para indicarme que me
quedara fuera. Susurró algo al oído del alcalde y se cerró la puerta. No
pasaron tres minutos cuando oí la voz don Pedro a todo pulmón.
-No, señora, no; el niño tiene que estar aquí para que lo sepa todo. Si
está a punto de cumplir once años, no hay esconderle una verdad de este tamaño.
El Sr. Bretcha abrió la puerta y me hizo pasar. Se acomodó en su sillón,
mandó sentarnos en frente, sacó una petaca con picadura de tabaco y se puso a
liar un cigarrillo. Mientras tanto mi madre le alargó una tarjeta con una
anotación del Sr. Juanola, que el alcalde leyó sin hacer ningún comentario.
-Vamos, señora, exponga claramente su caso; y tú -–dirigiéndose a mí-,
escucha bien y entérate de todo.
-Señor alcalde, -decía mi madre temblando y mirándome de soslayo-, mi marido
fue fusilado por los rojos…
-Me condolezco, señora –interrumpió don Pedro-. Prosiga. Siguió
explicando convulsionada, casi sin poder hablar.
-Tranquilícese, señora, piense que en este momento hay en toda España
miles de mujeres que estarán explicando un caso como el suyo.
-Me ha dicho el Sr. Juanola que en la Diputación conceden becas para los
hijos de padres asesinados por los rojos… en fin, usted ya sabe…
-¿En qué y dónde trabajaba su marido?
-Era el maestro de escuela en San Esteban de Llémana.
-¿Dónde lo mataron?
-No lo sé. Se lo llevaron de una casa de Girona donde daba clases
particulares a unos muchachos, y no se ha sabido más de él.
-¿Trae el certificado de defunción con todos los datos, testigos,
descripción del cadáver, lugar de sepultura…?
Mi madre quedó aturdida.
-No, imposible… ni siquiera sé de qué casa se lo llevaron ni tengo
ningún testigo que haya visto nada.
-¡Pero, señora! –se irritó don Pedro-; ¿cómo piensa que yo pueda hacer
una gestión como esta sin presentar ninguna constancia? Por ahora, su marido no
está muerto sino desaparecido.
Abrió un cajón sacando una carpeta llena de documentos.
-Algo así es lo que necesito: nombres de testigos, descripción del
cadáver por un médico forense que determine la causa del fallecimiento. Como
esto –leyó mostrando una página-: “hemorragia aguda por traumatismo de arma de
fuego”. Solo con que tuviera una página como esta podría yo iniciar gestiones.
-Pero el señor Juanola no me dijo nada de papeles…
-Señora, ¡por Dios!, Juanola no le dijo nada porque suponía que los
tenía.
La mirada y el cabeceo del alcalde valían por todo un discurso. Tardé
muy poco tiempo en darme cuenta de que, realmente, mi madre vivía en la luna.
Sentí todo el peso de la nueva decepción y caí en un estado de sumo
abatimiento. Don Pedro, a pesar de su frialdad burocrática, se portó como un
señor –que sin duda era. Nos condujo a un pequeño salón amoblado con cómodas
butacas y encargó que nos sirvieran un café con leche y unos bollos recién
salidos del horno.
Con la pesadumbre a cuestas acudimos al encuentro de don Miquel para
emprender el regreso a Can Sala. Sin mediar palabra y como si nos hubiésemos
puesto de acuerdo, nos esforzamos en aparentar serenidad para que nada de lo
ocurrido se reflejara en nuestros rostros. Pero, dado que don Miquel sabía la
razón de nuestro viaje, no tardó en preguntar cómo nos había ido en la
entrevista. Era casi una cuestión de cortesía. Ante tal aprieto, mi madre no
tuvo más remedio que contar la verdad que tan celosamente guardaba sin que yo
supiera por qué.
-Ante todo -dijo don Miquel-, lamento mucho la forma en que murió su
marido. En cuanto a la beca, tenga en cuenta una cosa: cuando se trata de
otorgar dinero, el Gobierno exige todos los papeles del mundo.
-Es verdad, y no entiendo por qué no me di cuenta de algo tan elemental.
– Pues menos entiendo yo su empeño en callar la verdad, como si usted
fuese la única viuda de guerra entre las miles que han quedado en toda España.
Esta observación sonaba a reproche, y creo que así lo entendió ella.
-Mire, don Miquel –se excusó-, no era mi intención sostener una mentira;
yo solo quería que el niño no se enterara de eso hasta fuese más mayor. Lo que
yo no sé es qué debo decir de ahora en adelante. Nadie va a comprender el
porqué de mi mentira; quién sabe lo que pensarán…
-Bueno…, puesto que usted misma se ha fabricado el enredo, lo mejor es
que no se salga de él. Por mi parte, nadie sabrá lo que ocurrió. Y si Victo
tampoco habla, las cosas quedarán tal cual. Aunque debo hacerle otra pregunta:
¿está usted segura de que solo nosotros tres sabemos la verdad?
-También la saben mis hermanos, y están advertidos.
-¿Y qué seguridad tiene de que no se lo hayan dicho a sus mujeres e
hijos?
-Los conozco muy bien: ellos son una tumba.
-Bueno, bueno… -ironizó don Miquel-; los que son una tumba tienen amigos
que también son una tumba. Y ahora tú, a callar –dijo dirigiéndose a mí.
–Sí, señor –respondí sin entender nada-; pero Sisku sabe que fuimos a hablar con el alcalde.
-Si te pregunta algo, dile que todo resultó bien y que estáis esperando
respuesta.
El viaje prosiguió entre largos silencios y comentarios banales.
Llegados a Can Sala, mi vida siguió entre el colegio y las vacas. Mi única
esperanza era la de que en cualquier momento me llamara mosén Josep para
comunicarme algo de las gestiones que prometió hacer. Mientras tanto, asistía,
los sábados por la tarde, a las sesiones de “doctrina” que él organizaba. Mosén
Josep era un buen histrión y un excelente músico. Nos entretenía contando
historietas y nos enseñaba canciones al son de un viejo y destartalado armonio,
cuyas escasas prestaciones sabía exprimir.
Llegó por fin el sábado en que escuché lo que más esperaba:
-Cuando termine la “doctrina”, ven a mi despacho.
El despacho del mosén era una pieza diminuta en la que apenas cabían una
mesa atiborrada de papeles, una estantería repleta de libros viejos y un par de
sillas para visitantes. Me dio una larga explicación acerca de las gestiones
que había hecho.
-Fue descorazonador ver la cantidad de puertas que se me cerraron, pero
al fin te conseguí dos opciones: una que no te gustará y otra que podría
gustarte.
-Empiece por la que no me gustará.
-Tienes cupo para El Collell en condición de fámulo, que, como ya te
expliqué, consiste en hacer labores serviles a cambio de estudios y pensión
completa; pero con el inconveniente de que hay que esperar dos años.
-¡Dos años! Eso es una eternidad. Dígame la otra opción.
-Ahí no hay lista de espera; puedes empezar este año. Pero antes que te
explique, tengo que hacerte una pregunta. ¿Te gustaría ser sacerdote, como yo?
Me quedé tan sorprendido, que no supe cómo reaccionar. Primero me reí, a
pesar de que la proposición no me hizo ninguna gracia.
-¿De qué te ríes? –preguntó mosqueado-. ¿Es que yo te parezco un bicho
raro?
-No, señor… es que me imaginaba cualquier cosa menos esta.
-Pues sepas que la tarea del sacerdote es una de las más dignas que
puedes
escoger. Y además nos hacen falta. Solo de nuestra diócesis fueron
asesinados casi dos cientos, la mayoría de ellos en la plenitud de sus vidas e
incluso muchos en plena juventud. Es urgente reemplazarlos porque los que
quedamos nos vamos haciendo viejos. Tú, que eres un buen chico, también podrías
ser un buen sacerdote. Piénsalo.
-Lo pensaré.
-Bueno…, pero lo que te he dicho no es todo; hay que hacer una
aclaración importante. Si aceptaras esta segunda opción, no irías a El Collell
sino a los Padres Carmelitas de Olot. Estudiarías para sacerdote carmelita. No
vestirías una sotana como la mía, sino un hábito marrón.
-¿Un sacerdote fraile?
-Exactamente. ¿Qué te parece la idea?
Creo que palidecí. Aquello superaba todo lo imaginable.
-Pero mosén, ¿usted me propone estudiar una carrera para terminar
pidiendo limosna? Mosén Josep se impacientó.
-No seas atolondrado. Los frailes que piden limosna no son sacerdotes, y
algunos ni han estudiado ninguna carrera. Entre los frailes, como en todas las
asociaciones, hay diferencias. Los que no estudian la carrera eclesiástica se
llaman “hermanos”, y los que la estudian son los “padres”; esos no salen a pedir limosna. Tú no serías
el hermano sino un sacerdote vestido de fraile. Por tanto, no saldrás a pedir
limosnas ¿Entiendes ahora la diferencia?
-No mucho, pero…
¡Ay, hijo mío –interrumpió el mosén-, cuántas cosas irás entendiendo si
te haces mayor! Piénsalo bien y decide.
Efectivamente: me faltaban bastantes años para entender que también en
las órdenes religiosas había “clases”. De hecho, la imagen que tenía de los
frailes era más bien deprimente. Recordaba algunos que de vez en cuando
rondaban por Santa Pau y por las masías de alrededor pidiendo limosna. A veces
llegaba a Can Sala uno bajito y regordete, que se llamaba fray Avertano
Cirujeda Damià. Era un frailecito de baja estatura y gordinflón, con quien don
Miquel gustaba de conversar. Pero llegada la hora de dormir, le decía que,
lamentándolo mucho, tenía que acomodarse en el pajar porque no había otro sitio
en la casa. El fraile respondía: “no lo lamente en absoluto; en los años que
llevo de mendicante, me acostumbré a dormir en pajares; le aseguro que se duerme
mejor que en una cama”.
Al despedirme del mosén le pregunté:
-¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?
– El seminario carmelitano de Olot empieza el curso el primer lunes de
octubre. Si decides aceptar, tengo que enviar tus datos con dos meses de anticipación,
que es el
plazo que ellos necesitan para hacer sus cálculos. Así que, desde ahora,
haz tú también los tuyos. Estamos empezando el mes de mayo; por tanto, si
aceptas la propuesta, debes comunicármelo antes del 31 de agosto. Tienes tres
meses para meditar sobre la decisión más importante de tu vida. Si te retrasas,
perderás la oportunidad para este año y tendrás que esperar uno más. Ah, y otra
cosa muy importante: para ser sacerdote o fraile hay que tener vocación.
-¿Qué es vocación? –pregunté extrañado. Mosén Josep sonrió.
-Bueno, de eso hablaremos otro día.
Luis Caritg Santanach, seminarista “fámulo” en el El Collell, llego
pocas semanas después a Santa Pau a pasar sus vacaciones. Era alto y fornido;
si no recuerdo mal, entre dos y tres años mayor que yo. Enseguida quise conocer
de primera fuente las experiencias de aquel extraño “famulato”. En pocas
palabras me describió el panorama.
-La jornada es bastante dura. Hay que levantarse a las seis. Luego de
las primeras oraciones, la misa y el desayuno, empezamos la limpieza, que
tenemos repartida por secciones. Interrumpimos las faenas para asistir a la
primera lección, y las continuamos en los espacios libres que quedan entre case
y clase. Lo poco o mucho que falte por acabar lo completamos durante los
recreos. Los fines de semana los pasamos limpiando a fondo todas las
dependencias del edificio. La tarea diaria más repugnante es la de arreglar las
camas y vaciar los orinales de los estudiantes de pago. ¿Qué te parece el
panorama?
-Lo veo negro. ¿De dónde sacáis el tiempo para estudiar?
-De donde se pueda, aprovechando retazos de tiempo libre; siempre los
encontrarás si te lo propones.
- Pero bueno, al menos por ahora te esperan tres meses de vacaciones.
-¡Qué va! Dentro de quince días tengo que volver allá para hacer lo
mismo con las colonias de verano. Aunque no tengamos un duro, pagamos muy caros
los estudios. Pero si has nacido pobre y quieres superarte, este es el precio.
-¿Por cuántos años tenéis que estar en esa esclavitud?
-Durante los siete años de humanidades y bachillerato.
-¿Y luego?
-Después pasamos al seminario de Girona para empezar la carrera: tres
años de Filosofía y cuatro de Teología.
-¿También como fámulos?
-Entonces ya no; dejaremos de ser esclavos. Ya nos lo habremos merecido,
¿no te parece?
En cuanto tuve ocasión le conté mi caso con todos los detalles. Lluis
Caritg, que era lacónico e iba siempre al grano, me dio una respuesta
pragmática.
-Vista la edad y las condiciones en que estás, yo no lo pensaría dos
veces: me iría con los frailes.
-Pero hay algo que no entiendo. El mosén me ha hablado de vocación. ¿Qué
es eso?
-Por ahora déjate de puñetas. Este asunto lo resolverás más adelante.
Después de la información obtenida, mi disyuntiva para el resto de mi
vida no podía ser más clara: o estudiar para fraile o guardar vacas y destripar
terrones en Can Sala.
35
EL INGRESO
Tomé la decisión de entrar en el seminario carmelitano como quien se
lanza a una aventura sin horizonte fijo. En la disyuntiva en que me hallaba, solo
estaba seguro de haber optado por la elección más conveniente desde mi
contingencia peculiar. Pero la Provincia Carmelitana de Cataluña se hallaba en
una contingencia peor que la mía.
Exactamente la mitad de todo el personal activo que tenía -16 de 32-
fueron fusilados durante los primeros seis meses de la guerra civil. Urgía, por
tanto, reclutar candidatos para reinstaurar el seminario e iniciar lo antes
posible la actividad académica. Tal vez debido a esa urgencia, admitían a los
candidatos sin sondear vocaciones ni mucho menos solvencias económicas.
Es inconcebible, desde la perspectiva de hoy, la forma con que me
despedí de mi madre y de la gente de Can Sala. En Santa Pau, más concretamente
en su entorno campesino, no se admitía el abrazo ni mucho menos el beso, ni
siquiera entre los familiares más próximos. Padres, madres, hijos y hermanos se
recibían y despedían con un apretón manos. Así, ligero de equipaje –un zurrón
de tela con unas mudas de ropa-, llegué justamente a la hora convenida con mosén
Josep, a la carretera que enfila de Santa Pau a Olot.
En aquel momento no supe estimar en su valor el gesto de aquel venerable
sacerdote, quien quiso acompañarme personalmente hasta el mismo seminario y
presentarme ante el Padre Rector. Partimos un día 12 de septiembre de 1942, a
las seis de la mañana. Lo sublime del gesto de aquel buen cura consistió en
que, a falta de vehículo, tuvimos que hacer el camino a pie, yo con mi zurrón y
él con su bastón de boj y sombrero de teja. Eran nueve kilómetros de carretera
sin asfalto, grisácea de polvo y sembrada de
pedruscos.
Imposible recordar las horas de camino, pero mosén Josep, que ya habría
hecho otras veces el mismo trayecto, me hacía de vez en cuando un cálculo de lo
que faltaba para llegar a la entrada de Olot.
-¿Estás cansado? –me preguntó varias veces.
-Yo, no, ¿y usted?
-Pues yo sí.
Tuvo que pasar algún tiempo para percatarme del significado de aquel “yo
sí”, que indicaba la magnitud del sacrificio de un hombre sin cuya
desinteresada intervención yo no estaría hoy escribiendo estos recuerdos.
Se accedía al edificio del seminario por un estrecho corredor que
terminaba en un patio de árboles. Bajando una breve escalinata nos vimos frente
a la puerta. Mosén Josep tiró de una cuerda y sonó una campana. Nos abrió un
fraile muy amable, que nos condujo a un recibidor y nos invitó a sentarnos en
unas butacas mientras él iba a llamar al Padre Rector. La estancia era de una
decorosa austeridad; lo presidían un cuadro de la Virgen del Carmen y una
fotografía del Prior General de la Orden, Hilarius Doswald. Al rato apareció el
Padre Rector, persona muy afable, entre cuarenta y cinco y cincuenta años, de
buena estatura y aspecto saludable. La forma como se saludaron él y mosén Josep
denotaba cierta amistad o al menos alguna frecuencia de trato. Terminado el
breve intercambio, se despidieron el Rector y mosén Josep. Este me abrazó
mientras decía:
-Victo, ya conseguiste lo que deseabas. Te dejo en manos de las personas
que te han de hacer un hombre, si tú colaboras. Sé buen chico, estudia mucho y
encomiéndate a Dios. No olvides escribirme de vez en cuando y contarme cómo te
vas acostumbrando a tu nueva vida.
Al ver partir a mosén Josep, sentí la primera ráfaga de intemperie, la
cual habría de endurecerse en el curso de los primeros meses. El Rector, viendo
el esfuerzo que yo hacía por contener las lágrimas, me tranquilizó con
cariñosas palabras, expresándome lo contento que estaba de tenerme como un
estudiante más.
-Espérate un momento.
Sin añadir palabra, pulsó un timbre y se retiró dejando la puerta
abierta. A los pocos minutos apareció un fraile alto, robusto, barbilampiño y
voz atiplada, datos que hacían difícil calcularle la edad. Me tranquilizó su
talante extraordinariamente alegre y comunicativo.
-Bienvenido, Victoriano. Yo soy fray Alberto, ayudante del Prefecto de
estudios. Vamos a presentarte a él.
Mi nueva e incierta andadura ya estaba en marcha. Sin dejar de
entretenerme con graciosas ocurrencias, me llevó hasta la tercera planta donde
funcionaba el seminario. Sin ser un área de grandes dimensiones, tenía dos
salas de estudio, una de proporciones regulares para el invierno y otra más
amplia para el verano. El dormitorio, que era el espacio más extenso, estaba
divido en tres partes: un corredor central entre dos muros paralelos tras los
cuales se situaban sendas hileras de camas. Por el resto de las dependencias se
repartían las aulas. Fray Alberto me llevó al salón de verano donde estaban los
estudiantes presididos por el Prefecto, sentado en una mesa montada sobre una
tarima. Una trentena de muchachos, silenciosos en sus pupitres, se preparaban
para el curso académico 1942-43, cuya inauguración tendría lugar quince días
después. Según la curiosidad con que me observaban aquellos rostros, mi
minúscula y desgarbada figura debió de parecerles a la vez cómica y desoladora.
Yo era un niño de casi once años, extremadamente delgado, tímido y nervioso. El
Prefecto se bajó de la tarima y me puso de cara al “público” posando las manos
en mis hombros.
-Aquí tenéis –dijo- a un nuevo condiscípulo. Aunque pequeño, es grande
de nombre; se llama Victoriano Martínez Grande. Como veis, viene un poco
atemorizado. Tratad de darle ánimos y ayudadle a sentirse cómodo en la nueva
vida que hoy empieza.
En realidad, más que incómodo me sentía, apocado, envilecido. Todos se
levantaron de sus pupitres y se apretaron alrededor mío para detallarme de
cerca. Nada recuerdo de lo que me decían; aturdido, solo oía voces confusas,
una algarabía inconcreta.
Probablemente les divertía mi facha de pequeño judío errante, asustado,
ladeándome sobre mis piernas empolvadas, haciendo oscilar mi zurrón como una
péndola. Me llevaron al dormitorio y me señalaron la cama en que habría de
dormir por más de cinco años. Era un catre junto a una reducida mesilla de noche,
donde había que colocar los enseres personales con habilidad ingenieril. Me
dirigí a los aseos, desempolvé mi bolso, saqué una muda, abrí la llave de la
ducha y poco a poco, miembro por miembro, fui adentrándome en el gélido chorro.
Pude mitigar la intemperie afectiva de los primeros días gracias a un
muchacho algo
mayor que yo, que había ingresado la semana anterior. Se llamaba José
Alabau Granatxe. Aunque estaban prohibidas las amistades particulares, las
inclinaciones empáticas eran inevitables. Los pequeños, con los pequeños, los
mayores, con los mayores. Gracias a sus avisos pude prevenirme contra la
primera novatada con que se solía sorprender a los recién llegados. Era el
truco de la “petaca”, que consistía en subir el borde inferior de la sábana de
abajo hasta la cabecera, haciéndole un pliegue coincidente con el de la sábana
de encima. De este modo el desesperado novato no encontraba forma de meterse en
la cama.
-También tienes que vigilar si te han echado sal entre las sábanas.
¡Qué alma buena la de Josep Alabau! Descubierto el engaño de la
“petaca”, no intentaron hacerme caer en otra trampa. Por lo demás, me dominaban
extraños sentimientos; me sentía en un ambiente hostil, aislado como un niño
autista, sin entender nada de lo que ocurría a mi entorno. Hacía grandes
esfuerzos durante el día por contener el llanto, y esperaba la hora de meterme
en la cama para llorar a rienda suelta. En este momento, desandando con la
memoria setenta y siete años atrás, sonrío repitiendo el estribillo de Garcilaso:
“Salid sin duelo, lágrimas, corriendo”. La intemperie afectiva a la que me
referí aumentaba por días y semanas. No es que en Can Sala disfrutase de un cariño familiar normal, pero al menos
estaba rodeado de personas limpias de reticencias y segundas intenciones. En
cambio, en mi nueva vida me sentía perdido en una extraña soledad en compañía
de treinta condiscípulos que me observaban de perfil, no sé si riéndose o
compadeciéndose de mi timidez y nerviosismo. Me movía de un lado a otro,
adelante y atrás según me lo permitía el espacio disponible.
La nota predominante de aquel internado era el silencio. Caminábamos en
silencio y en fila de a dos, del salón de estudio a la capilla, de la capilla
al comedor, del comedor al patio de recreo, del patio de recreo al salón de
estudio, y así “en eterno retorno”. El nerviosismo, que siempre ha sido mi nota
constante, no me permitía mantener quietas las piernas durante las esperas en
fila. De pronto un día me llamó el Prefecto:
-Victo, ven aquí.
Me cogió de una oreja y me zarandeó rápidamente mientras decía casi
silabeando:
–En la fila se está quieto y no saltando como un mono.
Sentía la oreja crujir como si me la arrancaran de cuajo. De pronto
remató la acción con una violentísima bofetada que me lanzó a dos metros de nalgas
al suelo. Tras unos segundos de aturdimiento, me levanté de un salto y me
incorporé a la fila, que ya estaba en marcha hacia la capilla para las
oraciones previas al almuerzo. Caminaba llorando convulsamente, una mano
secándome las lágrimas y otra sobándome la mejilla y la doliente oreja. Hay
niños crueles que gozan sádicamente ante semejantes escenas. De hecho, observé
algunas risillas mal disimuladas. Los chicos mayores, en cambio, me miraban
compasivos. Desde aquel momento odié aquel hombre con todas mis fuerzas, al
cual llamaré en esta narración “el Innombrable”, como el personaje de Manzoni.
A partir de este episodio –más tarde innumerables veces repetido-,
aumentó mi tendencia a llorar por cualquier motivo, con lo que me convertí en
objeto de diversión durante los recreos.
-Victo, ¿cuántas veces has llorado hoy?
Yo, que no sentía deseos de hablar con nadie, trataba de frenar mi
sentimiento, pero no faltaba el provocador que me apuntaba con el dedo
diciendo:
-Victo, ¡Llora!.. Uno, dos y…
En efecto, irrumpía el llanto, no sé si de rabia o de qué.
Inmediatamente seguía el aplauso de la concurrencia. Así me tomaban por juguete
aquellos tunantes, “como perro por carnestolendas”, a la manera de los pelaires
con Sancho Panza. El inolvidable Josep Alabau me aconsejaba:
-Tienes que ser más listo que ellos. Muéstrate indiferente y no
reacciones, o simplemente retírate. Verás cómo pronto se cansan de molestarte.
Así lo hice y efectivamente el juego terminó.
Durante las tres comidas, un lector subido a una tribuna recitaba
lecturas edificantes. Hay que dar por supuesto que todos oíamos, pero nadie
escuchaba. Los lectores se turnaban por semanas. Cuando por alguna razón no se
leía, se comía igualmente en silencio. En el puesto del Innombrable, que presidía
la mesa, había una campanilla que servía de señal para poner fin a la lectura,
dar algún aviso o dispensar del silencio en las grandes festividades u
ocasiones especiales.
Se celebró la inauguración del curso con la debida solemnidad. Ante
todo, a las ocho de la mañana, la misa del Espíritu Santo, con predicador de
ocasión. Después, el gran acto académico en el salón de verano. En la mesa
presidencial, cubierta con un tapete rojo, se sentaron el Rector y el Prior
Provincial, Elías Sendra Fortuny, que había venido ad hoc desde Barcelona. A
ambos lados se acomodaron el Prefecto y los profesores. Fray Alberto leyó una
cuartilla haciendo la presentación del acto y anunciando a los tres oradores
que nos iban a torturar durante más de tres horas. Primero tomó la palabra el
Innombrable, cuya intervención duró casi una hora. La vehemencia histriónica
con que hablaba mitigó sustancialmente el aburrimiento. Pero en los discursos
del Rector y el Prior Provincial, que duraron cada uno más de una hora, las
miradas al reloj de pared y el movimiento de posaderas eran obscenamente
manifiestos. Aquellas inocentes reverencias olvidaban que los discursos de
ocasión no los escucha nadie, que no se aplauden porque gustan sino porque
terminan. El acto culminó con los himnos de la Provincia Carmelitana de
Cataluña y el del Seminario. Agotados por el sueño, el hambre y el
aburrimiento, nos dirigimos –siempre en fila de a dos y en silencio-, hacia el
comedor de los estudiantes, que estaba en la planta baja del edificio, separado
del de los frailes y profesores. El Innombrable hizo sonar la campanilla que
indicaba dispensa de silencio.
Porque aquélla era una ocasión especial.
36
CLASES Y PROFESORES
Sobre clases y profesores contaré los principales episodios, que
ocurrieron precisamente tal como los recuerdo y tal como los narro. La
actividad académica empezaba a las ocho. Para los de primer curso, era la hora
de matemática. El profesor, fray Alberto Pascual Morancho, entró en el aula con
su acostumbrada jovialidad.
-No me presento porque ya sabéis quién soy; pero además de quien soy,
seré vuestro profesor de matemática en este curso. La lección de hoy será más
bien introductoria.
Seguro que estáis pensando que soy un gran matemático, ¿verdad?
Probablemente tenéis razón. Pero no, soy un simple licenciado en
Administración; no obstante, si lograra enseñaros en nueve meses una tercera
parte de lo que sé, me consideraría el mejor profesor de matemática de España.
Y bien, ¿alguna pregunta?
Un muchacho levantó el dedo.
-Profe…
-¿Cómo que profe? –interrumpió con severidad bonachona. ¿Temes que se te
acabe el aliento por una sílaba más? En la calle, hablando entre vosotros,
vale, pero en la clase se exige un mínimo de formalidad. Si creéis que por ser
barbilampiño me vais a tomar el pelo, os equivocáis de norte a sur. No tengo
pelos en la barba pero los tengo donde hay que tenerlos.
Estalló una gran risotada, que el simpático profesor acompañó con
sonrisa pícara.
-Bueno –dijo dando una sonora palmada-, pongámonos serios. Ya que
estrenamos curso, lo estrenaremos con el recién llegado. Victoriano -me apuntó
con la varilla- , te haré un par de preguntas muy elementales. Primera: ¿cómo
se llama la asignatura que hoy empezamos?
-Matemáticas –respondí.
-¿Estáis de acuerdo con la respuesta? –preguntó. Todos a coro
respondieron que sí.
-Pues… no empezamos muy bien, que digamos; falta un pequeño detalle de
relativa importancia. No se dice matemáticas, en plural, sino matemática, en
singular; a menos, claro, que la palabra vaya acompañada de un sustantivo
plural, como “ciencias matemáticas”. Matemática es la castellanización del
griego –escribió en la
pizarra- mathematiké, que a su
vez deriva del verbo mantháno, que significa aprender; mathéma, que es ciencia; máthesis,
que es estudio.
-Ese está fardando de griego –susurró alguien detrás de mí.
-Permiso… -dijo otro levantando el dedo-, pero todo el mundo dice
matemáticas.
-Siempre se cometen pequeños descuidos al hablar, pero a partir de hoy
vosotros cometeréis uno menos.
-¿Entonces la palabra matemática vale para todas las ciencias?
-Es una buena pregunta. Matemática no se refiere a todas las ciencias;
para la ciencia en general, hay otra palabra, que es –escribió- epistéme. Y no os digo más porque leo en
vuestras miradas lo que estáis pensando. Pero no es así; solo quiero que os
deis cuenta del noble origen de la materia que vais a estudiar. Y la segunda
pregunta para Victo:
-Defíneme qué es matemática.
-Es la ciencia que trata de los números.
¿Estáis de acuerdo?
Sí –respondieron todos.
-Pues yo, no –dijo negando con el índice. La definición es pasable, pero
incompleta, porque los números son solo la materia de la matemática. En rigor,
ciencia de los números es aritmética, palabra también griega… no temáis, que no
la voy a escribir. Victo,
¿sabes la diferencia entre aritmética y matemática?
-No, señor.
-¿Quién la sabe?
No hubo respuesta. Fray Alberto hizo una minuciosa distinción de ambos
conceptos, que entendí bien por parte de la aritmética y a medias de la
matemática.
– Lo que aprenderéis en este primer curso será más aritmética que
matemática; o más bien una aritmética avanzada. Porque supongo que al menos
conocéis las cuatro reglas; pero hagamos una prueba, por si acaso. A ver, a
ver… -dijo consultando la lista. Otro de los nuevos: José Alabau Granatge: ¿qué
entiendes tú por dividir?
-Pues… dividir es separar.
-¿Separar, qué?
-Separar unas cosas de otras.
-Pero separarlas, ¿cómo?
-Pues separándolas si están juntas –gesticulaba como diciendo: ¡a ver si
te enteras!
-¡Ay, Alabau, Alabau! –suspiró fray Alberto; te pregunto qué es dividir
en sentido aritmético.
-Ah… eso es otra cosa; es poner un dividendo y un divisor para que sacar
un cociente.
-¿Estáis de acuerdo con la respuesta?
-Sí y no -respondió Daniel Abella Cornaz, que era el empollón del grupo.
-¿Por qué?
-Porque Alabau ha mencionado los elementos de la división pero no ha
dicho qué es dividir.
-Explícaselo tú.
-Dividir es partir o distribuir una cantidad en partes iguales.
-Eso está mejor. Veamos, Alabau: dividir es partir o repartir; si
tuvieras que partir por igual una docena de huevos entre Pedro Pablo y María,
¿cuántos le darías a cada uno?
-Hombre…, al menos tres o cuatro.
Fray Alberto acalló las risotadas con un grito.
-¡Basta! Eso no es para reírse.
El bueno de Josep Alabau se encogió de hombros y se acomodó, impasible,
en su pupitre. A pesar de los insultos y tirones de oreja que recibió de todos
los profesores por ser el torpe de la clase, nunca perdió la compostura.
Algunas décadas después, me acordé de él mientras leía las Memorias de Pablo
Neruda; porque el gran Premio Nobel, siendo cónsul de Chile en Barcelona,
confiesa: “Yo restaba y multiplicaba con grandes tropiezos y no sabía dividir;
nunca he podido aprenderlo”.
El mejor profesor que tuvimos fue el que menos nos duró. Se llamaba fray
Luis Costa Pujol, un ampurdanés de imponente presencia por su talla,
proporciones faciales y constitución atlética. Para decirlo familiarmente, un
hombre guapo. Intelectualmente, era una de las mentes más elásticas que he
conocido para acumular conocimientos de toda índole, incluso de los más
frívolos. Puesto en la Edad Media, habría sido una copia de Abelardo. Fue
nuestro profesor de francés, Análisis Gramatical, Caligrafía y Dibujo y
Educación Física. Por unos pocos meses, también lo fue de Historia y Geografía.
La Educación Física era la primera clase que teníamos los martes, jueves y
sábados, a las siete de la mañana. Era, para fray Luis, la ocasión de exhibir
su potencia muscular.
Enrojecido y con las venas del cuello a punto de estallar, lo vimos
levantar pesas enormes. Pero, para enseñarnos sus ejercicios preferidos tenía
una limitación: el estorbo del hábito. El Superior local no tenía facultad de
permitir quitárselo fuera de su celda por ningún motivo; había que hacer una
solicitud al Prior Provincial, que residía en Barcelona. Fray Luis la hizo,
pero el permiso fue denegado. Tiempos son tiempos.
De las excelencias de este singular profesor se podía gozar sin límites.
Con él aprendíamos divirtiéndonos. No he conocido a otro tan experto en
practicar el ideal de Horacio: miscere
utile dulci (“combinar lo útil con lo agradable”). Por otra parte, sus
clases eran también las más disciplinadas a la par que dinámicas. Nadie se
permitía el mínimo exceso; una sola mirada suya abortaba el intento. Jamás
infligió castigos físicos, pero atosigaba al interpelado hasta hacerle decir
por sí mismo lo que le quería enseñar. (¿Intentaría aplicar la mayéutica
socrática?).
-¿Veis lo fácil que es aprender tan solo con usar esto? –decía
apuntándose a la frente.
Era un profundo conocedor de la lengua francesa. Su pronunciación no se
distinguía de la de cualquier nativo. Nos hacía multitud de observaciones
filológicas, alardeando de su conocimiento de la literatura francesa, de la
cual –estoy casi seguro- no ignoraba nada.
De sus comentarios, naturalmente, no captábamos ni una cuarta parte,
pero puedo decir – mejor que nunca dicho- que algo quedaba. Con gran vehemencia
ponía su alma en aquellas explicaciones, y cuando alguien levantaba el dedo
para una pregunta, pegaba un manotazo sobre el libro gritando:
-¡No interrumpáis! Las preguntas, para el final.
Alternaba el francés y el castellano, para asegurarse de que nos
enteráramos a cabalidad de sus explicaciones. Frecuentemente empleaba la
técnica del “torneo”. Nos ponía en hilera cabe la pared y empezaba preguntando
por el primero de la derecha:
–Passé plus-que-parfait du verbe devoir.
Si aquel no respondía de inmediato, apuntaba con la varilla al
siguiente, que si acertaba, pasaba al puesto del anterior, y así rotativamente.
El que quedaba en el primer puesto al término de la clase, cobraba un punto
para la próxima calificación mensual. Naturalmente, Daniel Abella fue siempre
el primero, y el último, el pobre Josep Alabau. En todas las actividades,
fuesen o no académicas, Fray Luis era partidario de la competencia.
-Esta vida es cruel –decía-; el que no compite se va quedando atrás y
pierde el tren. Cuidado con la demagogia de la igualdad. Solo somos iguales
ante la los derechos naturales y la justicia, pero somos diferentes en
atributos. Por tanto, ante los derechos naturales, justicia; ante los
atributos, equidad. Entre los derechos naturales está el de desarrollar
nuestros atributos; y los atributos se desarrollan con la competitividad. Si
hubiese dicho esto cuando estaba en el frente rojo, me habrían fusilado.
Poco inteligibles eran aquellas digresiones para mentes de once y doce
años, pero Fray Luis –todo hay que decirlo- era un fardón rematado. Si se
quiere, hasta fanfarrón. Consciente no solo de su cultura sino sobre todo de su
prestancia física y de la potencia de sus músculos, no perdía ocasión de
ostentar múltiples habilidades.
-Cultivad vuestras habilidades –decía- porque las necesitaréis para las
ocasiones.
En los últimos minutos de la clase, a veces nos relajaba contándonos
aventuras y desventuras de su participación en la guerra civil. Por razones que
no entendí, una vez le toco luchar en el frente republicano y otra en el
nacional.
-En el frente republicano nos lo pasábamos bomba. A veces había que
echar bala, pero en los ratos libres, que eran bastantes, había diversiones
para todos los gustos. Pero lo malo me vino cuando caí en el bando nacional.
Aquello era el infierno. La disciplina era cruelmente rigurosa. Al menor
descuido, el capitán te mandaba al peor puesto de vanguardia, casi siempre con
un culatazo en los riñones. Por eso Franco ganó la guerra, por la disciplina de
su ejército contra el relajo del republicano.
Y así continuaba contando aventurillas, de las que siempre salía él el
mejor librado.
¡Magnífico fray Luis Costa Pujol! Era demasiado profesor para nuestra
edad. Se nos murió pocos días antes de cumplir los treinta y dos años,
probablemente a causa de una septicemia. Se habría salvado con penicilina, que
no se conseguía en España debido al aislamiento de la postguerra. Se hizo una
petición de urgencia a través del Consulado de Estados Unidos en Barcelona.
Llegó una primera dosis que fue insuficiente; cuando vino la segunda, era
demasiado tarde.
Otro docente curioso era nada menos que el Innombrable. A pesar de la
sevicia de sus métodos disciplinarios, sabía derrochar simpatía por todos
costados, rasgo típico de las personalidades cíclicas, como era la suya sin
duda. Fue nuestro profesor de latín, literatura y música durante cinco años.
Gran latinista y gran músico. En los ejercicios de piano nos reprendía la
desatención al ritmo del compás.
-Hay que medir –repetía-; la música es un arte matemático.
(¡Qué lástima!; me hubiese aprovechado del Innombrable, ahora sería un
buen pianista). Sin que se le pudiera clasificar como intelectual, tenía una
mente bien amoblada y dotada de recursos efectistas. Aparte del latín y sus dos
lenguas maternas, dominaba el francés y el italiano. A todo eso añadía una
tenaz energía emprendedora. Sus métodos de enseñanza no llegaban a la categoría
de los de fray Luis, pero eran eficaces. Aprendí de él muchas cosas de las que
todavía me valgo. En literatura, me hizo descubrir la riqueza estética y
conceptual de los clásicos. Como manual de Preceptiva Literaria usábamos el
clásico de Francisco de P. Massa Vall.llosera, muy elogiado por José Pla en su
obra Girona. Un llibre de records.
-Tened en cuenta –decía- que este libro solo vale como información sobre
figuras retóricas para embellecer el discurso, pero lo importante es encontrar
esas figuras en la lectura de los clásicos.
De hecho nos hacía descubrir metáforas, sinécdoques, metonimias,
aliteraciones, paradojas, etc., sobre fragmentos de Garcilaso, Lope, Calderón,
Cervantes, Góngora y otros más. Resumiendo: aprendí del Innombrable a cobrar
conciencia del lenguaje. Al César, lo que es del César.
Las clases de latín eran teórico-prácticas, pero sobre todo prácticas.
Había una especie de
complementación entre las clases de gramática de fray Luis y las de latín del
Innombrable. Con casi seis años de lecciones diarias de latín, no podíamos
menos que salir bien pertrechados para abordar más tarde los tres años de
filosofía y cuatro de teología, en los que se usaba exclusivamente el latín.
Gracias también a ese largo ejercicio me fue posible, años más tarde, en los
primeros tiempos de recién graduado, vivir de mis clases de latín y griego en
colegios de enseñanza media.
Una de las principales deficiencias endémicas de la Provincia Carmelitana
de Cataluña fue la escasez de personal docente, que se agravó con la muerte de
fray Luis y el cambio de destino de fray Alberto, quedando cinco asignaturas
vacantes. Urgía, pues, aumentar la planta profesoral. Para este fin se solicitó
la ayuda de otras provincias, como la de Andalucía y la de Holanda.
En un septiembre de 1946 llegaron a Olot dos gigantes holandeses de 1:90
de estatura: Siardus Bouwhuis y Maxentius Sanderink, quienes, al igual que los
faltantes, tuvieron que multiplicarse para atender a cursos de distintos
niveles. Siardus y Maxentius eran dos temperamentos opuestos. El primero,
profesor de inglés, riguroso y a menudo iracundo; el segundo, profesor de
griego, moderado, irónico y un poco pasota. Llegaron cargados de libros, pues
ya estaban advertidos de la penuria bibliográfica en que quedó el seminario
después de la guerra.
Para las clases de Siardus, utilizábamos como libro de texto el “Método
de Inglés” de Lewis Th. Girau, que en aquellos años ya andaba por la treintava
edición. Maxentius, en cambio, no estaba de acuerdo con ninguno de los manuales
de lengua griega, porque él tenía el suyo propio impreso en ciclostil. Grande
debió de ser el shock que sufrieron aquellos dos héroes al tener que cambiar su
próspero país por el de una España devastada y empobrecida. Consciente de ello
la Administración, les tuvo ciertas consideraciones especiales. Una fue la
introducción de la mantequilla –imprescindible para los holandeses- en el
refectorio de los profesores; una exquisitez que en España era económicamente
prohibitiva. Igualmente debieron sentir la diferencia entre la disciplina
semicalvinista de que venían y la improvisación de un seminario recién
reinstaurado, informal y revoltoso a pesar del régimen que nos imponía el
Innombrable.
-Parece mentira que los españoles seáis tan díscolos teniendo de Jefe
del Estado a un dictador –protestaba Siardus.
Mucho tiempo después, durante el trienio de filosofía, su crítica se
radicalizó:
-Lo que vosotros necesitáis es un reformador.
Dentro del carácter opuesto de aquellos profesores, descollaba en ambos
una cualidad común: esmeradísima –subrayo el superlativo- cultura científica y
humanística, unida a una suavidad y cortesía de trato, excepto cuando se
alteraban por algún exabrupto de nuestra conducta meridional. Con todo, jamás
nos echaron en cara la distancia entre la compostura holandesa y la
informalidad española. Ambos eran políglotas; aparte de las lenguas clásicas,
dominaban con igual perfección las cinco principales europeas.
-Los que venimos de países pequeños necesitamos aprender muchas lenguas
– aclaraba Maxentius.
Los profesores holandeses no se desprendían un momento de su pipa. Pero
el tabaco especial que para ella se requería no lo había en España, lo que
suponía otro dolor de
cabeza para la Administración: hacer llegar de Holanda o de Alemania el
tabaco que exijían aquellos exquisitos fumadores. Les extrañaba que a los
seminaristas no se nos permitiera fumar a partir de los quince años.
-En Holanda nos destetan con la pipa –bromeaba Maxentius.
La calidad académica de aquellos reverendos era excesiva para un
seminario menor. Ninguno de los dos era partidario de recursos pedagógicos.
Enseñaban yendo directamente al grano. Las clases de inglés de Siardus eran
soberanamente aburridas. Algo más soportables resultaban las de Max, debido al
anecdotario erudito de que a menudo iban acompañadas.
Aquel interminable período fue un cuadro de luces y sombras, pero con
mucha preponderancia de luces. El único agujero negro que tuvimos fueron los
métodos disciplinarios del Innombrable.
37
LA LIBRETA NEGRA
La simpatía que derrochaba el Innombrable nos hacía sentir cómodos, pero
sabíamos que en cualquier momento podía sorprendernos con uno de sus cambios cíclicos.
Era entonces cuando exigía mayor rectitud militar en las filas de a dos
que formábamos para ir a todas partes. Reír, hablar, volver la cabeza, eran
motivos de castigos físicos o psicológicos groseramente desproporcionados. Los
físicos eran las inolvidables bofetadas que dejaban rostros marcados durante
días. Los psicológicos consistían en recluirnos durante horas en la capilla o
en lóbregos cuartos trasteros. De todo ello, yo fui uno de los que más dosis
recibieron. Pero un día, tal vez cansado de vigilarnos, inventó un método
disciplinar más cómodo para él. Adquirió una libreta de cubierta negra con las
páginas partidas en tres casillas: para la fecha, el nombre del castigado y el
motivo del castigo. Un anochecer, durante el estudio, anunció la novedad:
-Atención, niños. Sabéis que la disciplina y el silencio son insignias
de este seminario. Para conservarlas es por lo que os castigo. Pero de hoy en
adelante, ya no seré yo quien os castigue, sino vosotros entre vosotros mismos.
Nos mantuvo expectantes durante unos segundos, apoyado en el respaldo de
su sillón, paseando la mirada con media sonrisa enigmática. Luego añadió
mostrando la libreta negra.
-El procedimiento será muy simple. Al primero que yo vea tonteando, le
entregaré esta libreta; en ella anotará en las respetivas casillas la fecha, su
nombre y el motivo. Para quien la tenga, y mientras la tenga, no habrá derecho
a recreos, ni paseos ni excursiones. Se encargará de mantener limpios la sala
de estudio, los servicios y el dormitorio.
Además, será él quien velará por la disciplina, porque al primero que
vea hablando, riendo o tonteando, le entregará la libreta. El nuevo tenedor
procederá de la misma forma que el anterior, y así sucesivamente. Vigilándoos
los unos a los otros, os convertiréis en conscientes mantenedores de vuestra
buena conducta.
Todos quedamos atónitos, intercambiándonos elocuentes miradas que
significaban: “este (…) acaba de convertirnos en un cuerpo de mutuo espionaje”.
Pasaron dos días de silencio compacto, pero al fin cayó uno de los más
díscolos.
-¡José María, la libreta!
¡José María Deza Piedra, la alegría de nuestro grupo! Pero era demasiado
perspicaz para quedarse por mucho rato con la infamia. A las pocas horas cayó
la próxima víctima.
-Manolo, la libreta.
Así estuvimos por larga temporada, uno contra todos, todos contra uno;
un modelo darwiniano de lucha por subsistir. Inevitablemente, algún día aquel
sistema tenía que implosionar, pues no cualquiera estaba dispuesto a aceptar el
estigma por una sonrisa o por un susurro. En efecto, una noche, en el silencio
del estudio sonó otra sentencia:
-Pedro, la libreta.
El nuevo infractor se negó a aceptarla. Se trabó entre ambos una disputa
que se fue extendiendo hasta que la sala entera se convirtió en una algarabía
de comentarios.
Yo estuve a punto de decir: “hagamos desaparecer esa maldita libreta”,
pero me contuve por temor a que algún quintacolumnista me delatara. De pronto
el barullo cesó en seco. Acababa de entrar el Innombrable. Llamó a los dos
últimos que había visto correr hacia sus puestos.
-Tú, y tú, venid acá.
Los agarró por sendas orejas zarandeándolos y topándolos de cabeza.
-¿Quién tiene la libreta?
Nadie respondió. Tras las bofetadas de costumbre, los chicos volvieron a
sus asientos. Entre los ocupantes de los últimos pupitres estaba el hermano
mayor de uno de los injuriados. Se puso en pie y gritó a todo pulmón:
-¡Oiga! ¿Usted se ha creído que esto es un reformatorio de delincuentes?
El Innombrable quedó paralizado. Furibundo, caminó despacio hacia el que
había protestado, mientras silabeaba casi en voz baja:
-¿Qué… di…ces?
-Exactamente lo que ha oído, padre. Expúlseme si quiere, pero me llevaré
a mi hermano para que no vuelva a ser tratado como una bestia.
-De eso hablaremos en otro momento, pero ahora te vas a la capilla y te
estarás allí hasta nuevo aviso.
Puesto que narro lo que vi y viví, quiero que el nombre de aquel
valiente muchacho quede escrito. Se llamaba Juan Ribera Florit. Mientras tanto,
el Prefecto, de pie en la mitad de la sala entre los pupitres, nos miraba
retadoramente. Con todo, me pareció adivinar en su rostro la expresión de quien
se siente delatado, acusado. Sin duda la protesta de Ribera le penetró a fondo.
Yo estaba en una gozosa tensión, mordiéndome los labios para que la risa no escapara.
Pero el taimado se dio cuenta.
-Victo, la libreta.
A pocos días de cumplir los catorce años, curtida mi piel a copia de
golpes, recibí el castigo con estoicismo. Tuve la libreta por mucho tiempo;
tres semanas, un mes, quizá dos. Había decidido quedarme indefinidamente con
ella, dejando a todos reír y cuchichear a su sabor. Mientras la tuviera, no
habría en aquel seminario un colega policía. Por mi parte, perdía el derecho a
recreos, paseos y excursiones; a no ver los partidos de fútbol de la UD Olot, a
no escuchar las transmisiones radiales de los partidos internacionales ni oír
los vítores por los goles de Zarra, ni ver las películas mudas de Charlot y del
Gordo y el Flaco… en fin, quedaba como una especie de ciudadano romano en situación
de capitis diminutio. Pero
sopesándolo todo fríamente, no eran tan importantes las cosas que me perdía.
Más bien salía ganando en libertad de movimientos. No necesitaba compañía para
divertirme. Tenía amplios espacios para moverme y caminar. Si andaba atrasado
en alguna materia de estudio, tenía tiempo de sobra para ponerme al día. A
ratos me entretenía traduciendo textos latinos como quien juega a rompecabezas.
No era una diversión para tomarla muy a pecho, pero sí una esporádica
alternativa de pasatiempo. En cuanto a limpieza, se podía hacer de más o de
menos. Ninguna suegra venía detrás repasando la labor; bastaba con que no
quedara nada obscenamente sucio. Pero un día pasó lo que necesariamente debía
pasar.
-¿Quién tiene la libreta? –preguntó extrañado el Prefecto.
-Un servidor -respondí.
Como repitiera más veces la pregunta y respondiera siempre la misma
persona, creo que empezó a preocuparse. Y así debió ser porque un día, durante
un recreo, se presentó en la sala de estudio en el momento en que yo recogía la
última basura de un barrido. Se sentó en su mesa y me dijo:
-Victo, ven acá.
Me puse de pie frente a él.
-Acércate más, que yo no me como a nadie.
Con los codos sobre la mesa y las mandíbulas apoyadas en los puños, me
preguntó:
- ¿Por qué no das la libreta a nadie?
-Porque todos se portan muy bien –respondí.
Estuvo un rato inmóvil, silencioso, observándome de pies a cabeza. Luego
adelantó la suya mirándome severamente.
-Victo, ¿puedes decirme en qué consiste, para ti, portarse bien?
Permanecí mudo, sin que se me ocurriera una explicación coherente.
-¿Debo creer que no has oído ningún rumor, que todo el mundo está
calladito? Tú sabes la importancia que doy al silencio.
Seguí estático, asustado, sin hallar ninguna respuesta.
-¿Lo has oído, sí o no? –insistió irritado.
-Sí, algo he oído –dije con un hilo de voz-, pero si vuelvo la vista
atrás no veo a nadie.
-Ah, no… -dijo fingiendo una sonrisa cándida-. Ahora, contéstame
sinceramente: si hubieses visto a alguien, ¿le habrías dado la libreta?
Viéndome acorralado, traté de serenarme y decidí hacer el torero.
-No lo sé…, es que yo no sirvo para vigilante de disciplina. Además…,
por una palabra dicha en voz baja, la libreta me parece un castigo demasiado
duro.
¡Ajá! –clamó con una gran palmada-, ahora resulta que nuestro Victoriano
se ha vuelto moralista.
El Prefecto adelantó aún más el rostro hacia mí mirándome con ojos
fruncidos.
-Oye, niño, ¡no pretenderás darme lecciones de cómo llevar la disciplina
de un seminario!
-Dios me libre, padre, ni por un momento he pensado en eso.
-No lo has pensado pero lo has dicho –gritó con un puñetazo en la mesa.
Se levantó lentamente y se dirigió hacia la puerta. Luego, volviéndose a mí:
-En fin, si te gusta el talante de héroe, tienes mi consentimiento.
No sé cuánto tiempo pasó después de aquel corto diálogo. Solo recuerdo
que viví positivamente asustado esperando el momento de una orden fatal. Pero
llegó el día del santo del padre Prefecto, que anualmente era jornada de
júbilo. (En aquella época se celebraba el onomástico, no el cumpleaños). La
Administración encargó a los cocineros lo que para nosotros suponía un
banquetazo digno de Gargantúa. Como plato fuerte del ágape nos repartieron el
contenido de cinco megapaellas de pollo y mariscos, que en tiempos de
cinturones apretados eran más que decentes. Los postres fueron obsequio de la
repostería de Can Vizern, casa de la
que era amigo el Innombrable, quien como insuperable histrión derrochó alegría
y esplendor durante la sobremesa. Pero de pronto hizo sonar la campanilla y la
algarabía se cortó en seco. Se puso en pie, alzó la mano abierta con semblante
risueño y trazó cómicamente una gran cruz en el aire diciendo:
-Ego vos absolvo a libreta vestra…
El aplauso fue cerrado, pero con moderado entusiasmo, quizá porque
flotaba la pregunta sobre quién sería el próximo tenedor de aquel triste
documento, pues yo no tenía ninguna intención de retomarlo. Lo saqué del fondo
de mi pupitre y lo puse sobre la mesa del Innombrable sin acordarme de asentar
los datos del castigo. El Padre Prefecto volvió frecuentar su presencia en la
sala de estudio. El silencio era denso, compacto.
Y así pasaron días y días, no sé cuánto tiempo. Lo cierto es que de
aquella libreta negra, nunca más se supo.
38
MONOTONÍA
La vida en aquel internado transcurría monótonamente, pues estábamos
sometidos a un riguroso horario de extrema puntualidad en todos los actos. De
entre tantas menudencias acumuladas en la memoria, espumaré la sustancia de lo
que retengo.
Nos despertaban a las seis de la mañana. Teníamos tres cuartos de hora
para asearnos, vestirnos y dejar la cama bien compuesta. No debían quedar a la
vista zapatos, ropa o cualquier otro objeto. A las siete menos cuarto bajábamos
a la capilla para oír la misa, que celebraba el mismo Prefecto con minuciosa
ritualidad. Luego de un escueto desayuno empezaban las labores académicas.
Estudio y clases. La de música, a las doce, cortaba diariamente la jornada por
la mitad. Luego de unos rezos en la capilla, procedíamos camino del refectorio
recitando en semitono el salmo Miserere.
Clases y estudio por la tarde hasta la hora de la cena, a la que seguía
el recreo nocturno, que terminaba a las nueve y media. Empezaba entonces el
llamado “tiempo del gran silencio”, prácticamente continuación del que
guardábamos siempre. Llegados en fila de a dos al dormitorio, disponíamos de
unos minutos para los últimos quehaceres. No podía faltar el cepillado de
dientes usando perborato de sosa, barbaridad que en aquel entonces recomendaban
los odontólogos. Luego, puestos de rodillas junto a la cama, recitábamos las
obligadas oraciones, que terminaban con el canto de la antífona Salva nos, Domine, vigilantes. Tras unas
reflexiones piadosas del Prefecto, se apagaban las luces a las diez en punto,
quedando encendidas dos bombillas rojas de extremo a extremo. Era la señal de
desvestirnos y meternos en la cama, operación que se exigía hacer con máxima
rapidez.
Para que nada faltara en concepto de orden, teníamos incluso nuestro
ordenamiento jurídico peculiar: el “Reglamento del Colegio Mariano”,
especialmente redactado para aquel seminario, cuya orientación se centraba en
dos aspectos fundamentales: físicamente, orden y limpieza de las personas y las
cosas, con especial hincapié en la higiene personal; espiritualmente, buena
capacidad para el estudio, y sobre todo inclinación a la vida piadosa. No podía
faltar el título “De la expulsión de los candidatos”. Bajo él caían, en primer
lugar, quienes en los actos piadosos mostraban frialdad o tibieza, que se
consideraban signos inequívocos de falta de vocación. En segundo lugar, los
incapacitados para el estudio, o quienes tuvieran abundantes calificaciones negativas.
En este segundo renglón, no había contra mí nada que objetar, pues aunque fui
un alumno tirando a mediocre, me sostenía en un término medio más o menos
decente. Pero en cuanto a la primera condición, definitivamente yo no
clasificaba. Nunca fui buen rezador. Los que eran “piadosos”, lo solían mostrar
en el gesto y la postura. Yo, en cambio, inquieto y distraído, encontraba excesivo
el tiempo dedicado a los rezos.
Estoy seguro de que no era el único en este renglón, porque enseguida me
di cuenta de que en aquellas poses “místicas” había más ficción que sinceridad;
pero es que en mi caso la inclinación a la piedad no daba ni siquiera para
cubrir las apariencias. Basándose en ese reglamento, el Innombrable daba
especial importancia a la “modestia”, entendida como recogimiento de la mirada.
Si andabas con la cabeza inclinada y los párpados bajos, ya tenías garantizada
la calidad de muchacho modesto, condición a la que yo nunca pude acostumbrarme,
pues cualquier rumor me llamaba la atención y me hacía volver la cabeza.
En el Reglamento había una breve, pero muy contundente referencia a los
“pecados de deshonestidad”. En aquel tiempo, “deshonestidad” se decía
antonomásticamente de los pecados del sexo. En este punto no había lugar a
pruebas ni procedimiento; bastaba una simple sospecha, o una denuncia
particular de palabra para que la expulsión fuese fulminante y sin derecho a
defensa. Episodios de homosexualidad,
los ha habido siempre en todas las instituciones, religiosas, civiles y
militares. Yo no puedo atestiguar que la Orden del Carmen sea la única con
derecho a tirar la primera piedra; solo aseguro que en los casi veinticinco
años que permanecí en la provincia carmelitana de Cataluña no tuve conocimiento
de ningún episodio de esta clase, que ya es mucho decir tratándose de un asunto
que lleva en sí mismo tanta pólvora para difundirse.
Aquel primer período de internamiento seminarístico solía durar entre
cinco y seis años. En lo esencial, las materias que se estudiaban coincidían
aproximadamente con las de cualquier pensum de bachillerato de los institutos
civiles, pero con mayor insistencia en las materias humanísticas, sobre todo en
las lenguas clásicas, latín y griego. El Innombrable nos decía que la vida del aspirante a carmelita debía
centrarse en el estudio y en la oración.
El tiempo libre o dedicado al ocio era muy poco. Los recreos después de las dos
principales comidas duraban tres cuartos de hora. Los muchachos se juntaban en
grupos según ley de empatía. Había uno -Luis Frauca Reche-, que era un hábil
narrador de películas del Oeste y solía tener buen público pendiente de su
palabra. Otros preferían las competencias atléticas, como las carreras de
velocidad, la capacidad de salto, o posturas acrobáticas, pies en alto y manos
en tierra, generalmente teniendo la pared como punto de apoyo. Algunos
preferían los juegos sedentarios como el parchís, las damas, el ajedrez. Yo,
hipercinético por naturaleza, corría de un extremo a otro del patio compitiendo
conmigo mismo. Siempre he aborrecido los juegos sedentarios: ni ajedrez, ni
damas ni cartas. En cambio participaba gustosamente en el tenis de mesa,
llegando a ser uno de los buenos. En cuanto a las reuniones, no encontraba
ningún grupo que me hiciera sentir bienvenido. De esto no puedo culpar a nadie;
el problema era yo mismo.
Una noche, durante el recreo, vino a mi encuentro Josep Alabau.
-Victo, tengo que comunicarte una mala noticia. Esta mañana me ha
llamado el Prefecto para
comunicarme, de parte de la superioridad, que no puedo continuar en el
seminario por incapacidad intelectual, que según el Reglamento, es señal de que
no tengo vocación. Mañana, a las nueve, vienen mis padres a buscarme para
llevarme a casa.
¡Excelente Josep Alabau Granatxe! El más torpe del curso y el único que
me dio ánimo y consejos en los primeros días después del ingreso. Acababa de
perder a mi único amigo y consejero. No he vuelto a saber de él desde hace unos
diez años; no sé si aún vive. Me contaron que se había hecho rico; tenía tres
estaciones de gasolina, más una flota de camiones, especializada en mudanzas
por toda España, sur de Francia y Portugal.
Aprendan del “caso Alabau” quienes hacen pronósticos negros sobre el
porvenir de los estudiantes torpes.
Mirando aquellos años desde una perspectiva neutral, es apenas
imaginable cuán trabajoso sería para aquellos buenos frailes superar las
estrecheces y mil dificultades de una posguerra. Yo no sé quién, o quiénes,
administraban aquel edificio que era a la vez convento y seminario. A
quienesquiera que fuesen y donde estén, les brindo mi aplauso desde la recta
final de mi vida, pues no podían ser menos que genios de la economía. La comida
escaseaba y a menudo había que caer en manos de los estraperlistas, que
estuvieron haciendo su agosto durante casi diez años. Entre los compañeros
había quienes se quejaban de hambre. Por mi parte, yo no recuerdo haberla
sufrido, tal vez debido a mi minúscula complexión, que requería menos
combustible. El único día de la semana en que pasaba hambre era el martes, cuyo
almuerzo consistía en un hervido de patatas con carne de cerdo, que jamás me
gustó. Con mucho esfuerzo –con asco incluso-, solo lograba tomar la sopa. Ese
era mi día de ayuno. Si bien me pongo a recordar, las comidas no eran
ciertamente apetitosas ni abundantes, pero creo que exageran quienes afirman
que pasábamos hambre, o comíamos mal. Con cierta frecuencia usamos
impropiamente la expresión “comer mal”. Si lo decimos por insuficiencia en
cantidad y calidad, lo reconozco. Pero a veces confundimos la mala comida con
la carencia de refinamiento culinario. Son dos conceptos distintos. En nuestro
caso, los menús no eran muy palatables que digamos, pero no faltaba en ellos
ningún elemento nutritivo esencial. Aparte de tubérculos y toda clase de
legumbres, comíamos, alternativamente, carne y pescado tres veces a la semana,
rematando con una pieza de fruta, o dos según el tamaño. No comento sobre la
calidad de aquellas carnes y pescados, pero las proteínas y minerales, estaban.
Por otra parte, si aquellos heroicos frailes tenían que afanarse tanto para
conseguir lo mínimo indispensable, poco podían aspirar a suministrarnos
exquisiteces culinarias. Con todo y en medio de tanta escasez,
aún había lugar para un gesto cariñoso. Mientras fuimos estudiantes
–durante doce años-, cada día seis de enero amanecíamos con la sorpresa de unos
regalos de Reyes -primero puestos sobre los pupitres, más tarde en la puerta de
cada celda-, delicadamente envueltos y personalizados.
En resumen, visto el panorama a lo largo de aquellos años, con tres
comidas calientes al día –aparte meriendas-, más vestido y calzado, sin que por
todo ello nadie pagara un duro, no encuentro retribución que cubra tanta deuda.
39
TRES
AÑOS DE FILOSOFÍA
Del año de noviciado, para mí interminable, debieron quedarme huellas de
las que tal vez no soy consciente, pues el excelente maestro de novicios,
Miguel Basagañas Figueras, tenía especial habilidad dialéctica para lavar
cerebros. La última vez que conversé con él aún mantenía una compostura y
rasgos fisonómicos que no delataban ni de lejos sus 86 años. Como pasó por
varios destinos, le pregunté en cuál de ellos se había sentido más cómodo.
-No sé –dijo- en qué consiste la comodidad o la incomodidad. Para mí, el
mejor destino ha sido siempre el que me han asignado los superiores.
Le dimos muchos quebraderos de cabeza, debidos principalmente a su
exagerado rigor en la interpretación de las normas consuetudinarias. De paredes
afuera de la casa- noviciado, solo conservo la memoria de paseos por las
encantadoras campiñas alrededor de Tárrega. La única noticia mediática que nos
llegó fue la de la muerte de Manolete.
Próximo a cumplir los diecisiete años, entraba en el seminario mayor,
que funcionaba en Terrassa. Allí cursaría mis siete años de estudios
superiores: tres de Filosofía y cuatro de Teología. Propiamente no me
introducía en un nuevo mundo, sino que permanecía en el mismo, aunque con la
sustancial diferencia de combinar la vida religiosa con la académica; pero el
rigor era igual en ambos aspectos.
He sido profesor en centros de enseñanza media, seminarios y
universidades. Si admitimos que la formalidad académica va pareja con el rigor,
puedo asegurar que donde más lo he visto ha sido en los seminarios. Hallándome
una vez en Madrid, tuve ocasión de escuchar una conferencia de Antonio Tovar,
cuando aún era rector de la universidad de Salamanca. Habló de los problemas universitarios
y de las revueltas estudiantiles. En cierto momento dijo: “Yo siempre
recomiendo a mis estudiantes que si quieren saber lo que es estudiar en serio,
asómense a la Pontificia y sobre todo al Seminario Mayor del convento de San
Esteban”. Muchos años después comprobé que Antonio Tovar tenía razón. Durante
una estancia de dos años en Bogotá, fui profesor de tres universidades y del
Seminario Mayor. Era en este donde más exigencias había en trabajo y
puntualidad. Cuando entraba en el aula, ya estaban allí esperándome 40
muchachos entre dieciocho y
veinticinco años. En aquella monumental casa, cada profesor se sentía obligado
a dar de sí todo lo que tenía.
En los Seminarios Mayores carmelitanos convivíamos dos sectores de
estudiantes: los del trienio de filosofía y los del cuatrienio de teología,
coloquialmente llamados, respectivamente, “filósofos” y ”teólogos”, dirigidos
por un solo prefecto, que también tenía la denominación de Padre Maestro. El
primero que tuvimos en nuestra promoción se llamaba Lidwinus Vollering, un
holandés de buena talla, entre los treinta y cinco y cuarenta años, hombre de
esmerado trato e inalterable igualdad de ánimo. Era al mismo tiempo nuestro
profesor de filosofía e Historia Universal en su relación con la filosofía – especie
de filosofía de la historia. En los tres años que lo tuvimos de prefecto y
profesor, mantuvo siempre un perfil bajo, limitándose a dar los avisos
mínimamente indispensables.
La metodología general –aparte de la peculiar de cada profesor- se
basaba en la tradicional clasificación wolffiana de la filosofía en siete
tratados sistemáticos más la Historia de la filosofía por orden cronológico.
Precedía a estos tratados una introducción general dedicada a explicar la
evolución del pensamiento filosófico a través de los tiempos. El profesor
Vollering dedicó las tres primeras clases a esa introducción.
Dos diarias eran las lecciones de filosofía: la sistemática por la
mañana y la histórica por la tarde. Fuera de la Lógica, los restantes tratados
distribuían el contenido en “tesis”, cuyo número variaba según la metodología
de cada profesor y del manual utilizado como guía. Entre los más usados estaban
el de Vincent Remer, y el de Sebastian Reinstadler, ambos escritos en latín y
en más o menos volúmenes según las editoriales. Las tesis se formulaban en
proposiciones que enunciaban una determinada doctrina. Ejemplos: “Es imposible
que de un cúmulo de probabilidades, por muchas que sean, se genere certeza
absoluta”; “El espacio absoluto es un ente de razón con fundamento en la
realidad”; “Las potencias se especifican por los actos, y los actos por los
objetos.”
En el desarrollo de las tesis el profesor procedía de la siguiente
manera. Ante todo analizaba los conceptos implícitos en las palabras clave,
fijando el significado y sentido que se les daría en el transcurso de la
exposición. Seguía una noticia sobre “el estado de la cuestión”, es decir, el
interés que tiene una proposición en el conjunto de un tratado, su valor
ontológico, científico-práctico y sus las razones de sustentabilidad. En tercer
lugar, la parte polémica, donde se ponían en confrontación las sentencias
favorables y las adversas, teniendo a la vista los correspondientes textos.
Finalmente, venían las demostraciones –que mal llamaban pruebas- a que hubiera
lugar según la materia en cuestión. Como es evidente, este método no solo
servía para clarificar las cuestiones filosóficas, sino que, paralelamente, se
ofrecía una panorámica histórica de cómo se fue desarrollando una determinada
doctrina a través del tiempo. Así, con el método sistemático se hacía un
recorrido histórico por los diversos enfoques de los temas y problemas, a la
vez que, paralelamente, a medida que recorríamos la historia de la filosofía,
nos reencontrábamos con autores de quienes ya conocíamos aspectos particulares.
La eficacia del método sistemático wolffiano lo sentí de modo especial
en los tratados de y Gnoseología y Ontología, donde un alumno cobra plena
conciencia del lenguaje filosófico y científico. Porque a través de estos dos tratados
–especialmente del primero-, se conocen las principales tesis planteadas desde
Platón y Aristóteles hasta Kant. Tal es la condición sine qua non para afrontar
el pensamiento filosófico a partir de Kant y el Idealismo Alemán. Este método,
que suele atribuirse a Christian Wolff, es en sustancia el que se aplicaba en
seminarios y universidades hasta principios del siglo XX. Se consideraba que la
filosofía, al igual que las demás ciencias, debía estudiarse empezando por los
conocimientos más elementales; lo que supone recorrer la historia del
pensamiento desde Grecia, pasando por la Edad Media, el Renacimiento y el
Sensismo inglés, hasta llegar a la “ruptura copernicana” de Kant, que es el
punto de referencia para el pensamiento posterior. Actualmente se menosprecia
–quizá se desconoce- este método en las escuelas de filosofía, erróneamente a
mi parecer, pues no se aborda adecuadamente un pensamiento sin conocer, cuando
menos, los inmediatos anteriores. Hoy
día se confieren maestrías y hasta doctorados en filosofía sin antes pasar por
la respectiva licenciatura; cosa tan absurda como sería optar a una maestría y
doctorado en medicina sin antes cursar la carrera médica. Como si no bastara
este derroche de generosidad, se introduce al neófito directamente a los
autores contemporáneos sin previo conocimiento de ningún antecedente. Lo que se
ha logrado con esas concesiones “filantrópicas” –calificativo del profesor
Alberto Rosales-, ha sido el envilecimiento de las escuelas y facultades de
filosofía, donde hay que cursar entre cuatro y cinco años solo para obtener una
licenciatura, mientras que en tres años, con solo una lección monográfica
semanal, se gana el título de Magister. De donde resulta una curiosa inversión,
valiendo más lo que se ha estudiado menos y valiendo menos lo que se ha
estudiado más.
Volviendo a nuestro trienio filosófico, de vez en cuando el profesor
Vollering dedicaba, a modo de relax, los últimos minutos de una clase a
estimular preguntas sobre cualquier asunto relacionado con el tema del día. Aún
recuerdo con precisión algunas, como:
-¿Qué hay que responder a quienes dicen que la filosofía no sirve para
nada?
-Bueno, eso depende de quiénes y cómo son los que hacen esta pregunta.
Seguramente no te vendrá de cualquier persona suficientemente culta. La
dificultad está en la indeterminación del objeto de conocimiento por parte de
la filosofía. Todas las ciencias, principalmente las prácticas, tienen muy fijo
ese objeto, mientras que la filosofía tiene que especular sobre entelequias,
tales como ser, ente, sustancia, esencia, naturaleza, hipóstasis y otras voces
semejantes que significan algo en general, pero nada en particular, lo que hace
que no sean de ningún interés para los científicos, que tienen bien determinado
su objeto de trabajo. Pero la filosofía debe especular sobre entelequias porque
solo mediante ellas puede investigar las causas remotas, que son precisamente
el objeto ”indeterminado” de la filosofía. En esto reside la dificultad.
-Pero es el caso, -intervino uno-, que incluso profesionales cultos
hablan despectivamente de entelequias, como de palabras vacías.
-Eso se debe a que desconocen el significado de la palabra “entelequia”.
Sin embargo, las entelequias son conceptos fundamentales, también útiles para
todas las ciencias; pero los mismos científicos no se ocupan de ellos porque su
máxima atención se dirige a los hechos. Los filósofos se preguntan
principalmente sobre el qué de las cosas que son o acontecen, mientras que los
científicos se interesan por el cómo son, cómo suceden, cómo se hacen.
-Profesor –insistió otro-, me temo que seamos varios los que no tenemos
idea clara de lo que es una “entelequia”. ¿Podría usted explicarlo?
-Entelécheia -escribió en la
pizarra- es un sustantivo griego que significa razón y perfección última
–siguió escribiendo derivaciones y sinónimos-. Por tanto no se trata de una
palabra vacía, sino llena de sentido, primero para la filosofía, pero también
para las demás ciencias. Hay que abstenerse de usar –mucho menos desestimar-
una palabra si no se conoce su verdadero significado. Acordaos de cuánto hemos
insistido en fijar el significado y el sentido de las palabras antes de
discutir sobre cualquier tema. De ahí vienen los malentendidos.
-Profesor, la matemática, ¿no trabaja también con entelequias? Porque
¿qué son los números sino entelequias?
-Lo son los números abstractos, pero no los concretos. La ventaja de la
matemática está en que trabaja principalmente con números concretos, mientras
que la filosofía solo lo hace con entidades abstractas. Porque los números
concretos confieren a los cuerpos la razón de cantidad, que es su principal
atributo. Todo cuanto vale, pesa, mide, produce, influye, actúa y genera
determinadas relaciones, se representa con números. Con números calculamos
espacios, tiempos, movimientos, valores y muchas cosas más que necesitamos para
el conocimiento y la acción. La esencia de toda realidad cognoscible es
cuántica. Solo el número abstracto se queda en el rango de las puras
entelequias. Para resumir: no podemos determinar la realidad de las cosas sin
que intervenga la cantidad. Las abstracciones no son protagonistas en la
investigación de realidades concretas.
-Profesor, las nociones de inteligencia, virtud, altruismo, etc.,
¿también son medibles y calculables?
-No son calculables, ni medibles ni cuantificables, pero sí evaluables;
pero bajo este último punto de vista también está en cierto modo presente la
cantidad.
-Profesor, ¿se puede medir los grados de inteligencia por la cantidad de
neuronas?
-No, porque la inteligencia no depende de la cantidad de neuronas sino
de su buena sinapsis. Pero no entremos en cuestiones biológicas, que para eso
tenéis un profesor de Biología.
En efecto, nuestro pénsum no constaba solo de materias filosóficas sino
también de otras, como dos horas semanales de Biología y Física con el profesor
Leopoldo Borgering, también holandés. Igualmente las teníamos de Matemática con
Enrique Pujolrás Caritg y de Literatura Universal con Julio Serrano Tormo; todo
ello con la finalidad de subsanar posibles deficiencias de bachillerato. Se
trataba de cumplir con la mayor literalidad posible el precepto de las
Constituciones de la Orden: “que los religiosos clérigos se aventajen lo más
posible en las ciencias y en las letras”.
Tal fue el tono que predominó durante los tres años de filosofía, en los
cuales no tuvimos siempre los mismos profesores. Por cuanto se refiere a
Lidwinus Vollering, lo recuerdo siempre con la misma inalterabilidad de ánimo,
con igual talante cortés. Pero vale la pena que consigne la única ocasión en
que logramos sacarlo de casillas. Tal vez en parte debido a la poca fluidez de
sus exposiciones y la aridez de las materias, la comprensión se dificultaba
incluso para los alumnos más brillantes. Él nos toleraba la flojedad de interés
con infinita paciencia, a pesar del notorio fruncimiento con que disimulaba su
típica iracundia holandesa. Un día cualquiera, nadie, ni siquiera los más
brillantes, habían preparado la lección. Y fue precisamente aquel día en que al
bueno de Vollering se le ocurrió preguntar. Ni uno solo acertó a responder algo
coherente. Pálido de ira, al profesor le temblaban los dedos y los labios. De
pronto cogió el libro, se levantó y lo tiró violentamente contra la mesa
exclamando:
–¡Potferdeki! ¡Paguese nada! (Potverdikkie: interjección familiar casi
equivalente a ¡mal haya!). Salió del aula enfilando el corredor a toda prisa y
se encerró en su estudio con un estruendoso portazo. Quedamos silenciosos,
inmóviles, entre asustados y desconcertados. El inefable José María Deza se levantó,
juntó el pulgar con el índice y sentenció:
-Señores, eso es lo que se llama, técnicamente, terminar como el rosario
de la aurora.
Adquirir conocimientos filosóficos y entenderlos debidamente es tarea
difícil para cualquiera, pero lo es más para quienes la empiezan a los
diecisiete años. Se aprende física, biología u otras ciencias de objetos
sensibles, activando la interconexión entre memoria, entendimiento y
experimentación; pero la filosofía exige, además de recordar y entender,
asimilar un lenguaje nuevo, prescindiendo del signo sensible y atingiendo
directamente la esencia de los objetos.
40
CUATRO
AÑOS DE TEOLOGÍA
A partir del período teológico tuvimos un cambio de prefecto. Cesó
Vollering en su cargo y fue sustituido nada menos que por el bueno de Miguel
Basagañas Figueras, que cuatro años antes lo habíamos tenido de maestro de
novicios. Como nuevo prefecto del seminario mayor, actuó con el mismo rigor de
costumbre. En cuestión de disciplina, nos apretó las tuercas en un estilo que
vale más no recordar. El padre Basagañas era un hombre de talla mediana, de
correctas y apacibles líneas faciales, pero marcadas de rigidez ascética. Se
distinguía por su porte modesto y ecuánime. No he conocido a nadie que mejor
ensamblara la prédica con el ejemplo. Aún conservo vivo el recuerdo de sus
charlas durante el noviciado. Había en su estilo agilidad y hasta plasticidad
descriptiva, pues tiempos atrás había hecho sus pinitos poético-literarios. Una
vez le pregunté si aún flirteaba con las musas. La pregunta le sentó mal y me
respondió agriamente:
-Ya hace muchos años que camino con los pies en tierra.
Entré en el cuatrienio de teología con buen pie. Hay en esta ciencia dos
grandes partes: una teórico-dogmática y otra, práctico-moral. En ninguna de las
dos fue preciso cambiar de lenguaje, pues en teología se utiliza el mismo
vocabulario filosófico al que ya estábamos acostumbrados. De hecho la filosofía
es el andamiaje racional que sustenta la argumentación teológica, solo dentro
los límites de lo probable.
Nada interesante puedo decir de los profesores, que se limitaban a
explicar el contenido de los manuales. Con todo, no puedo omitir el nombre de
Agustín Forcadell Roig, personaje de alto perfil, que impartía las materias De Sacramentis, De
Verbo
Incarnato, liturgia y música. Era un reverendo muy singular, dotado de amplia
cultura y apabullante dialéctica, que lucía con la misma agilidad en latín que
en castellano. Habría sido un excelente profesor de filosofía, a juzgar por la
maestría con que nos explicaba las connotaciones metafísicas de la Persona de
Jesucristo-Hombre en el tratado De Verbo
Incarnato. Era excelente músico y además musicólogo especializado en canto
gregoriano. Esta condición le llevaba a cultivar la Liturgia, de cuya historia
fue infatigable investigador. En la personalidad de Forcadell había un
contraste entre su físico poco relevante y la fuerza prepotente que emanaba de
su rostro. La mirada de sus ojos negros y hundidos en las cuencas, era dura y
escrutadora. Ante las distracciones y veleidades propias de la juventud, usaba
magistralmente la ironía y el sarcasmo. Lo tuvimos de Superior de la casa
durante dos años que fueron, al menos para mí, de triste memoria. Comprendo que
actuaba según las reglas de juego del momento, pero él añadía de su cuenta una
voluntad de poder obscenamente nietzscheana. Forcadell, en cuanto que superior,
era la arbitrariedad personificada. Pero un día su aguda inteligencia sufrió un
penoso lapsus. Durante un “Capítulo de Culpas” –acto regular que se celebraba
los miércoles- habló de los extremos a que puede llegar la malicia humana
cuando se une a la cobardía.
-Y para que veáis una muestra –dijo agitando un papel-, mirad el
infamante anónimo que algún cobarde aquí presente me ha hecho llegar. Que sepa
ese tal cobarde, que tiene una conciencia muy equivocada acerca de mi persona.
¡Qué lástima del ilustre Padre Forcadell! No se dio cuenta de que estaba
protagonizando un triste vodevil de decadencia. Olvidó que lo más conveniente
para quien recibe un anónimo “infamante”, es la actitud del marido prudente que
descubre el engaño de su mujer: el silencio; callar para que la noticia no
cunda.
El día en que cesó de su cargo fue una jornada de júbilo tácito, pero
escrito en todos los rostros.
De entrada en la parte dogmática, tuvimos que asimilar una perspectiva
que desconocíamos en su verdadero significado, esto es, la noción de
Trascendencia. Quienes desean iniciarse en una ciencia cualquiera, deben partir
de presupuestos que no se discuten. Asimismo, quien entra en la teología
positiva, parte del presupuesto de la Trascendencia sin derecho a ponerlo en
cuestión; de lo contrario no habría teología. En los períodos estivales
solíamos recibir lecciones extraordinarias de Bartolomé Xiberta, que venían a
llenar importantes vacíos. En punto a la Trascendencia nos expuso un amplio
panorama del status quaestionis.
Siguiendo mi costumbre de tomar apuntes de todo lo que veo y vivo, trataré de
dar forma a los que conservo, que no será ni de lejos con la claridad y
precisión de aquel gran teólogo.
En los inicios de la teología cristiana predominaba la discusión sobre
la posibilidad de concordar las creencias con el razonamiento. Unos otorgaban
primacía a la fe, otros a la razón. Entre los siglos IV y V San Agustín pone en
boga el retruécano Intellige ut credas,
crede ut intelligas. Ciertamente que
eso no resolvía las dudas, pero al menos abría un camino hacia la conciliación
entre el creer y el entender. La controversia fue aumentando en cantidad y
refinándose en cualidad, hasta que en el siglo XIII se equilibró la
concordancia entre fe y razón en la Summa
Theologica de Santo Tomás, al tiempo que bajo una epistemología semejante
se construían las catedrales góticas. Una buena parte de teólogos se inclinaba
a favor de las Cinco Vías tomistas, no solo dándoles un valor demostrativo sino
también –y más erróneamente- probatorio. Pero el equilibrio fue poco duradero,
porque contra el intelectualismo tomista pronto se alzó el voluntarismo de
Escoto. Mientras los intelectualistas daban preponderancia al entender, los
voluntaristas se la otorgaban al creer, cada uno con sus razones ontológicas.
Escoto argüía a contra Tomás el haber encorsetado la teología en la lógica y la
metodología de las ciencias, lo cual significaba empequeñecer a Dios. Las Cinco
Vías –proseguía Escoto- no demuestran ni mucho menos prueban que el primer
motor semovente -en el supuesto de que exista- sea Dios. Bartolomé Xiberta
concluyó la exposición con un decidido giro hacia el intelectualismo tomista.
-Acepto –decía- con muchas reservas la tesis del voluntarismo. Pero
Escoto olvidaba que la fe en la Trascendencia y la creencia en un Dios solo son
explicables, a través de un proceso intelectual que conduzca a la formulación
de una doctrina. Pero como toda doctrina parte de presupuestos que no se
discuten, es preciso que la voluntad, acepte un cuerpo de verdades reveladas
que constituyen la materia de la fe cristiana. Esto supone adentrarse en una
epistemología en la que el sujeto cognoscente aprehende la esencia de un objeto
sin que ni el cognoscente ni el objeto conocido cambien de naturaleza. El acto
de conocer solo es completo cuando el ánimo no se contenta con la simple
aprehensión de las esencias, sino que sigue elaborándola hasta enunciar proposiciones
quidditativas. Cuando haya formulado un conjunto de ellas alrededor de un mismo
objeto, entonces se hallará en posesión de una doctrina. Este es el
procedimiento para convertir en doctrina los datos de una ciencia, la teología
en nuestro caso. Por consiguiente, si aceptas una verdad revelada, no es porque
en un momento haya cambiado tu estado de ánimo, o porque veas el objeto con un
cristal de otro color, o porque esta sea –según Escoto- la voluntad de Dios,
sino porque tu voluntad acepta un cuerpo de verdades que se le imponen
objetivamente.
Al eminente teólogo le llovieron preguntas, muchas de ellas casi
infantiles. Por ejemplo:
-Maestro, tengo la impresión de que la mayoría de los científicos, o son
ateos o agnósticos.
-De eso no hay estadísticas, que yo sepa, pero si lo que dices fuese
cierto, yo lo comprendería; la incredulidad predomina porque tiene el apoyo de
los sentidos. Por eso la mayoría aprecia mejor las ciencias aplicadas y
descriptivas porque de ellas se obtienen efectos operativos. Pero los buenos
teólogos y filósofos deben rebasar los datos científicos para no estimar sus
efectos más allá de lo razonable.
-¿Qué se requiere para que una ciencia sea doctrina?
-Que de ella se saquen proposiciones quidditativas universalmente
válidas dentro de una ciencia determinada.
-¿Es necesario que todas las ciencias contengan alguna doctrina?
-No, porque así como de toda sensación no se genera necesariamente un
conocimiento, tampoco es preciso que de toda ciencia se derive una doctrina.
Por eso no hay que confundir ciencia con tecnología.
-Pero se habla de ciencia y tecnología como si fueran sinónimos.
-Es una distracción entre las muchas que se cometen en el lenguaje
ordinario; de ellas no escapan ni siquiera las mentes más cultas. Lo que hay
entre ciencia y tecnología es una relación atributiva, en el sentido de que la
técnica es aplicación práctica de una ciencia. Cualquier constructo técnico
proviene de la combinación entre dos ciencias: la física y la matemática.
-¿Es correcto afirmar que la teología es una ciencia teórica?
-Sí, pero siempre bajo el supuesto de que también tiene su aspecto
práctico. La teología práctica es la moral positiva, o más estrictamente aún,
la vivencia mística.
-¿Se puede ser teólogo prescindiendo de la parte mística?
-Sí, pero un teólogo sin vida mística es un teólogo incompleto. Yo diría
más: un teólogo inútil. Porque ¿de qué te sirve la ciencia teológica si no te
aprovechas de ella para el bien tuyo y el de tu prójimo?
-¿Puede pasar por teólogo un especialista en Teodicea?
-No, porque no hay teología fuera del plano sobrenatural. No es lo mismo
un teólogo que teósofo.
-¿Se puede ser teólogo sin ninguna formación filosófica?
-Claro que no. Un teólogo sin formación filosófica sería un catequista.
Para pasar del catecismo a la teología es preciso montar un andamiaje racional
que, en el caso de la fe cristiana, solo se construye partiendo de un cuerpo de
doctrinas filosóficas. El simple creyente no ilustrado se contenta con aceptar
sin discusión los dogmas del catolicismo o de otra confesión cristiana; no
siente la necesidad de buscar razones. El teólogo, en cambio, indaga sobre los
fundamentos en que se apoya la voluntad de creer. Toma de la filosofía los
conceptos que postulan un salto de lo transitorio a lo trascendente, que es
como el paso de la filosofía a la teología, pero con una condición sine qua
non: la de impedir que se filtre contaminación subjetivista.
-¿Cómo puede uno deshacerse de la subjetividad, que siempre llevamos
dentro?
-No se trata de negarle a la subjetividad la función que le compete. Las
doctrinas pertenecen al sujeto que las crea y al que las aprehende, pero no se
quedan en ellos como propiedad particular, sino que se expanden hacia otros
sujetos. Las doctrinas, por el solo hecho de serlo, son universales, y por
tanto objetivas. Lo que queda de exclusivo dominio del sujeto es el modo
peculiar de recibirlas y retenerlas, o si se quiere, hasta interpretarlas; pero
siempre habida cuenta de que no dependen de su adecuación al sentimiento de un
pueblo o al espíritu de una época, sino de la evidencia con que se imponen sus
proposiciones quidditativas.
Aquel status quaestionis que
plateó Bartolomé Xiberta hizo que me interesara por Escoto, del cual recibimos
noticia muy escasa en el trienio de
filosofía. Me pareció que las razones del Doctor Sutil eran dignas de mayor
atención. Porque Tomas de Aquino concluye cada una de las Vías de la siguiente
manera: 1ª, existe un primer motor “semovente” , que es lo que todos entienden
por Dios”; 2ª, existe una primera causa no causada por otra, que es la que
todos llaman Dios; 3ª, existe un ser absolutamente necesario, no contingente,
que es lo que entendemos por Dios; 4ª, existen grados de perfección que
postulan una realidad en sumo grado perfecta, a la cual llamamos Dios; 5ª,
existe un fin último que es razón de todos los fines inferiores, al cual todos
llaman Dios.
En suma, Santo Tomás no afirma que el Primer Motor es Dios, ni que la
Primera causa es Dios, ni que el Ser Necesario es Dios; se limita a decir que
así lo llamamos, así lo entendemos, así lo decimos. (Literalmente: hoc
omnes intelligunt Deum; quod omnes Deum nominant; quod omnes dicunt Deum; et
hoc dicimuus Deum…) Por eso Escoto arguye contra Tomás que sus
argumentos solo demuestran la probable existencia de un primer motor, una
primera causa, un primer ordenador, etc., pero la lógica natural no nos da la
certeza de que tales entidades sean divinas.
En el contexto Santo Tomás, al menos en este caso, no se distingue entre
prueba y demostración, ni entre demostración cierta y demostración probable,
pero por las expresiones que he citado es deducible que entendiera sus Cinco
Vías como demostraciones meramente probables. Por otra parte tampoco la ciencia
física ha podido probar la existencia de un primer motor, ni de una primera
causa ni de un primer ordenador. Solo ha formulado hipótesis. Si Einstein
hubiese sido creyente católico, tal vez habría resuelto la cuestión de las
Cinco Vías con este entimema: existe la energía, ergo existe Dios. (El
panteísmo es la tentación de los científicos creyentes).
De esta odiosa disputa nos habría librado el Aquinate -¡no pretendo
enmendarle la plana!-, si en lugar de llamar a sus Cinco Vías “pruebas” se
hubiese limitado a llamarlas “atributos divinos”. O bien, como hace Escoto,
sintetizarlas en un solo sustantivo abstracto: infinitud. No se trata de
desestimar el argumento de las Cinco Vías, sino de situarlo en el lugar que le
corresponde entre los argumentos probables. Su debilidad demostrativa no está
en la impericia dialéctica de Santo Tomás sino en la imposibilidad de rebasar
los límites del entendimiento humano. Por consiguiente, lo máximo a que puede
llegar el razonamiento es a las siguientes conclusiones probables: un primer
motor semovente solo puede ser un Dios, una primera causa incausada solo puede
ser un Dios, la suma perfección solo puede estar en un Dios. Hasta aquí llega
la razón natural. Pasar más allá depende de la voluntad.
Bartolomé Xiberta, aceptaba las Cinco Vías, pero con poco entusiasmo. En
la cátedra cumplía con la exigencia académica, mientras fuera de ella se
contentaba con esta escueta proposición: “Dios es la suma de todas las perfecciones
elevadas al grado supremo”. La verdad es que cuanta más lógica y ontología
añadimos a este asunto, más oscuro lo ponemos. La Trascendencia en general y la
existencia de Dios en particular, solo interesan a quienes se las plantean como
problema. Los argumentos probables pueden considerarse y examinarse seriamente,
pero con una gota de escepticismo, porque quien los analizar con ojo crítico,
ya sabe de antemano que ni el argumento Ontológico ni el de las Cinco Vías
conducen a ninguna solución satisfactoria, a menos que el razonamiento vaya
precedido de una voluntad dispuesta a aceptar lo que está más allá de la razón.
En contra de lo que aseguraba Miguel Basagañas, cuatro años de teología
no me acrecentaron la fe sino la duda, la cual siempre es lícita ante
proposiciones que carecen de evidencia inmediata. Hablando de razones y
creencias, me comentaba un amigo sacerdote:
-Yo, simplemente creo pero no pienso, porque si me pongo a pensar me
vuelvo loco. Y me consta –añadía- que a muchos otros les ocurre lo mismo.
Chesterton, escritor converso al catolicismo solía decir que convertirse
a la fe es cuestión de profundizar. Una vez, conversando con su amigo G.
Bernard Shaw, le dijo:
-Yo no entiendo cómo tú, ciudadano de un país con tanta tradición
católica, seas incrédulo.
-Yo tampoco entiendo -respondió- cómo tú, que eras tan incrédulo como
yo, te hayas convertido a la religión más rancia del planeta.
-Yo me convertí a la fe católica a base de profundizar.
-Y yo perdí la fe, también a base de profundizar.
-No entiendo tu actitud porque todos, incluidos los ateos, tenemos
necesidad de Dios.
-Pues yo, no.
Parece extraño, pero eso es lo que a menudo ocurre: que el profundizar
en la Trascendencia, a unos hace creer y a otros descreer. Hay quien necesita
recibir de la vida unos cuantos garrotazos para encontrar a Dios; otros al
contrario, los reveses y contratiempos le alejan de él. A veces pienso que el
creer y el descreer no dependen solo del entendimiento y la voluntad sino
también de los misterios de la biología. No alardeo de cientificismo
postmoderno, pues ya en el siglo XVII el rigorista Pascal, en sus Lettres Provinciales, se lamentaba de que el
jesuita Pierre Le Moyne hiciese depender la fe y la devoción de ciertas
predisposiciones endocrinas (de leurs humeurs;
de leur complexion).
Ahora viene a cuento un caso muy
especial que años después yo mismo presenciaría en vivo. Durante un recorrido
vacacional por los Alpes franceses, la casualidad me hizo trabar amistad con un
sacerdote muy culto que me sirvió de cicerone en algunos recorridos. Una noche,
mientras cenábamos en un restaurante, se franqueó conmigo y me confesó que era ateo convencido,
dándome una explicación de cómo había llegado a este convencimiento. Al preguntarle por sus estudios me dijo que
era licenciado en Teología por la Universidad de Lovaina.
-Si tal es tu situación, ¿por qué no te secularizas? -le pregunté.
-Porque hace quince años que soy párroco de un pueblo de mayoría
creyente, que ha puesto toda su confianza en mí. He fundado en mi parroquia una
especie de agencia filantrópica –odio palabra “caridad”-, donde se ofrece toda
clase de servicios gratuitos en alimentación y medicina. He gastado mucha suela
de zapato granjeándome amistades de gente generosa del comercio y la medicina.
A estas alturas de la marcha, no puedo defraudar a tanta gente ni dañarle la fe
por un problema exclusivamente mío.
-Pero ¿cómo te las compones para celebrar misa, predicar, oír
confesiones y dar consejos espirituales, si no crees en nada?
-Simplemente, me hago la cuenta de que soy un funcionario que presta un
servicio público de carácter religioso y social.
-¿En ningún momento te has sentido como impostor?
-En absoluto. Mis funciones ministeriales son canónicamente válidas,
pues el Derecho Canónico no entra en las conciencias. Acuérdate del aforismo: de interioribus non iudicat Ecclesia. Si
a pesar de mi ateísmo resultara que hay un Dios, él me juzgá.
-¿No tienes miedo de cometer, de palabra o de hecho, alguna distracción
que te delate?
-Es una posibilidad que veo muy remota.
-¿Sospechas que haya en Francia otros curas en situación como la tuya?
-No lo sé; nunca me lo he planteado.
-¿Estás seguro de que nadie sabe de tu ateísmo?
-El único que lo sabe eres tú. Pero aunque fueras a mi parroquia y me
delataras, nadie te creería. Ellos tienen tanta fe en mí como en Dios.
¡A saber por qué razones aquel extraño personaje se sinceró conmigo! Los
fenómenos humanos son impredecibles. Hay tantas razones de creer como de
apostatar, porque los misterios de Dios son ininvestigables. Cuenta Cicerón que
el tirano Hierón llamó una vez al sabio Simónides para que le explicara qué es
Dios y cómo es. El sabio le pidió un día para pensarlo. Al siguiente, dos,
después cuatro, luego ocho... Preguntándole el tirano por qué cada vez le doblaba
el plazo, respondió Simónides: “Porque cuanto más pienso en este asunto, más
inasequible me parece”.
41
CASUÍSTICA MORAL
Anticipo que el siguiente capitulito solo tiene sentido
para los bien adentrados en la octava decena de su vida.
Cuando algún funcionario corrupto es descubierto, su
primera expresión de autodefensa suele ser: “yo tengo la conciencia tranquila”.
Naturalmente, el primer testigo de cargo que un imputado lleva consigo es su
propia conciencia. Distingamos primero entre conciencia confesional y
conciencia ética. La primera es religiosa, la segunda, laica. Quienes hoy
dicen, públicamente, tener la conciencia tranquila, se refieren exclusivamente
a transgresiones de orden civil. (En filosofía y psicología el término preciso es “consciencia”). Las conciencias
perturbadas por motivos religiosos deben ser estadísticamente poco relevantes).
A medida que la sociedad se ha ido laicizando y la Iglesia ha perdido
influencia moral, la palabra “pecado” se ha ido sustituyendo por la de “delito”.
El remordimiento de conciencia sólo se da con respecto al pecado, rarísimamente
por el delito. De ahí que la Moral Positiva haya perdido vigencia civil,
quedando restringida al uso exclusivo del cristiano practicante.
En los tiempos a que me refiero en este relato, aún
existía un público estadísticamente significativo que frecuentaba la confesión.
Incluso abundaban feligreses que tenían su “confesor ordinario” para los
pecados veniales, pero cuando cometían alguna fechoría de cierto grosor acudían
a otro desconocido o aprovechaban la ocasión de algún sacerdote transeúnte. La
hipocresía de este proceder era evidente: ¡había que conservar la buena
reputación ante el confesor ordinario!
La cuestión de la conciencia es el principal
capítulo de la introducción a la Teología
Moral, que es como la “razón práctica” de la Teología
Dogmática. Para sentirse
sujeto moral de un sistema teológico de cualquier
religión, no sería necesario atenerse a muchos dogmas; bastaría este solo: “hay
un Dios único que es creador y sancionador”. De esta sola proposición deriva
tanto la teología dogmática como la moral.
Desde el segundo año del cuatrienio teológico, empezamos a
estudiar los principios introductorios a la Moral, es decir su parte teórica,
pues aunque la Teología Moral es práctica de por sí, va precedida de un
conjunto de nociones teóricas. El profesor de Moral era Enrique Casanovas
Justribó, joven de prestante figura, recién graduado en el Colegio
Internacional de San Alberto, de Roma. Hombre meticuloso, prudente, de
conciencia delicada, cuya primordial preocupación era la de no causar
escándalo. En seguida me percaté de la amplitud de conocimientos que requería
la sola parte introductoria en que nos iniciábamos. La primera sección se
dedicaba a la psicología de los actos humanos, en sí mismos y en su relación
con la moral. La segunda trataba de la ley -humana y divina- y sus métodos de
interpretación. En la tercera –la más larga e importante-, abordaba el tema de
la conciencia, con los diversos sistemas de interpretación de la norma moral.
Finalmente, una última precisaba las nociones de pecado y virtud, con sus
minuciosas clasificaciones. Estos contenidos ocupaban el primer volumen de la Summa Theologiae Moralis, de H.
Noldin-A. Schmitt, el manual más comúnmente usado en aquel tiempo.
Puesto que somos tantos los que tenemos la conciencia
tranquila, será bueno detenernos a considerar cómo dicha tranquilidad debe
entenderse. A pesar de la sinonimia entre moral y ética, solemos referir la
primera a la conducta religiosa y la segunda a la civil. La diferencia entre
ambos términos es más de uso que de significado. La mayoría de los actos
moralmente buenos lo son también éticamente, aunque con algunas diferencias
casuísticas, más bien escasas. Cumplir un pacto es moral y éticamente bueno.
Rezar por los difuntos es moralmente bueno, pero éticamente indiferente. Dar
dinero a un funcionario público para que te atienda antes y mejor que a los
demás, es ética y moralmente malo; pero ofrecerle un obsequio por haberte ayudado honestamente a salir de un mal paso
burocrático, es moralmente lícito y éticamente indiferente.
Los tratadistas de Moral suelen
ser enojosamente quisquillosos. Hay numerosas clases
y subclases de conciencia, según la diversidad de circunstancias concurrentes.
Para no cansar a mis cuatro o cinco
lectores me limito a mencionar las tres principales: la recta, la dudosa y la laxa. Es recta la que
percibe claramente la moralidad del objeto y a él dirige la intención; dudosa, la que se no se
siente segura de la moralidad de una decisión; laxa, finalmente, la que decide
sin escrúpulos según su conveniencia.
Es evidente que la postmodernidad es la época del laxismo
moral y ético. En los años cuarenta del siglo pasado, Pío XII manifestaba su
angustia ante un mundo que había perdido el sentido
del pecado. Lo que sucede
hoy, después de más de sesenta años, aquel
riguroso pontífice ni siquiera lo podía barruntar. Sin embargo cuarenta años
antes que él, ya se le había
anticipado con creces Antonio Machado:
La envidia de la virtud
hizo a Caín criminal.
¡Gloria a Caín! Hoy el vicio
es lo que se envidia más.
En punto a la estrechez o anchura de la conciencia dudosa
hay sobradas anécdotas con sabor a chascarrillo. Contaré una de las que fui
testigo. Keneth Lee, antiguo profesor de Teología Moral del Colegio
Internacional de San Alberto, dio una charla sobre la psicología de las
conciencias rigurosas y laxas. Había entonces para los sacerdotes la obligación
de rezar diariamente las siete “horas canónicas” del Breviario (“horas”, no en
sentido de tiempo sino de unidades de rezo –maitines, laudes, prima, etc.), bajo
pena de pecado mortal por cada “hora” conscientemente omitida. Así que, quien
las omitiera todas conscientemente, acumulaba nada menos que ¡siete pecados
mortales! Mamma mia! La continua
instancia, a veces estrés, que ocasionaba esta obligación, hizo que cundiera,
bromeando medio en serio, la costumbre de llamar al breviario “la suegra”.
Alguien preguntó al profesor:
-Padre, ¿hay alguna culpa en llamar al breviario “la
suegra”? El socarrón de Keneth Lee respondió flemáticamente:
-Yo no lo llamaría suegra, sino esposa, porque a veces
gusta y a veces no.
Como era vox populi el furioso anticomunismo de Keneth,
intencionadamente, le llegó la pregunta:
-Padre, si alguien camina a orillas de un río y ve a
náufrago pidiendo auxilio,
¿está moralmente obligado a echarle una cuerda, si la
lleva consigo?
-Naturalmente que sí –respondió.
-¿Y si el náufrago fuese Stalin?
-En ese caso, no solo hay que echarle cuerda, sino darle
cuerda.
Fresco aún el recuerdo de la conferencia de Keneth Lee,
continuábamos las lecciones con el profesor
Casanovas sobre los estados de conciencia. Dedicó
meticulosamente varias
lecciones a los métodos de interpretación de la norma
moral. En su totalidad son siete, que van
desde el máximo
rigorismo a la extrema laxitud.
Cuando los hubo explicado todos,
nos dijo:
-Como ya habréis entendido, yo soy partidario del
probabilismo moderado, es decir, que en casos dudosos tenemos derecho a
cualquier decisión que no colida con la norma. Pero ahora os toca a vosotros
pensar por vuestra cuenta. Redactaréis un artículo expresando vuestra opinión
acerca de cualquiera de los siete sistemas, el que libremente escojáis,
explicando las razones de vuestra preferencia. Tenéis absoluta libertad de
elegir método y estilo.
Cuando yo era alumno de francés con fray Luis Costa Pujol,
aprendí de aquel gran profesor a disfrutar
de la prosa de Pascal,
que él consideraba la mejor
de la lengua francesa. En
los cursos más avanzados nos seleccionaba fragmentos de los Pensées y las Lettres Provinciales. De ellas retuve un vago recuerdo
del probabilismo moral de los jesuitas. Acudí a
la biblioteca del seminario y tomé en préstamo clandestino las obras completas de Pascal.
Efectivamente, en Les Provinciales hallé
mucha más materia de la que esperaba.
Hay que situarse en la época. El sector clerical
dominante, también en Francia, era el de los jesuitas, a cuyos confesionarios
acudía la flor y nata de la sociedad, no solo por el tono aristocrático de
aquella clerecía, sino por su tendencia laxista. En opinión de un personaje
consultado por Pascal, los jesuitas trataban de congraciarse con toda clase de
penitentes, desde los rigurosos hasta los laxos, en vistas a mantener la
“clientela”. No tardó en suscitarse una polémica entre los
jesuitas y los messieurs rigoristas
de Port-Royal. Jansenistas contra jesuitas. La discusión se inició en la
Sorbona a raíz de unas tesis supuestamente formuladas por Jansenio. Pascal
entra en la polémica fingiendo tener un amigo provinciano interesado en la
cuestión.
-En mi opinión –le escribe- los jesuitas no tienen ninguna
intención de corromper las conciencias de la gente, pero tampoco la tienen de reformarlas, lo que para ellos sería una
mala política. Por eso hacen valer las doctrinas sanas para la gente común y
las relajadas para los penitentes cultos o de alta sociedad.
Hay que tener materia para satisfacer a todos.
De esta manera trataban de publicar por todas partes su peculiar doctrina
probabilista. El personaje de Pascal sostuvo varios encuentros con uno de los
reverendos dedicados a divulgarla.
-Padre –dijo el provinciano-, he sabido que algunos
autores de vuestra Compañía afirman que no estamos obligados a apartarnos de
las ocasiones de pecar. ¿Es esto cierto?
-Depende –respondió.
-¿Depende de qué?
-De las incomodidades que de ello se sigan. Nuestro Padre
Bauny sostiene que un penitente puede permanecer en las ocasiones
de pecar, si apartándose de ellas se expone
a las burlas de los amigos. Oye también la proposición del P. Basilio Ponce: se
puede buscar directamente una ocasión de pecar, si de ello deviene una ventaja
material o espiritual para alguien.
-Padre, dígame, por Dios, si he escuchado bien, si estoy
despierto o dormido.
-Estás despierto y has escuchado bien.
-Con sinceridad, Padre: ¿vos sostenéis la misma opinión?
-Me limito a exponer las opiniones de Ponce y de Bauny.
-Pero ¿cómo es eso? ¿Solo por dos opiniones particulares
se nos permite buscar las ocasiones de pecar?
El buen hombre se molestó:
-¡Jansenista tenías que ser! ¿Quién eres tú para impedir
que los Padres Bauny y Ponce expresen su opinión probable?
-Pero en asunto tan delicado yo no busco lo probable sino
lo seguro.
-Es tu ignorancia lo que te hace buscar la seguridad. Como
veo que no sabes nada del probabilismo, tendré que explicártelo. Se llama probable
la opinión que se apoya
en razones bien fundamentadas.
-¿Y quién determina cuán fundamentadas sean esas razones?
-En nuestra compañía tenemos bastantes doctores capaces de
emitir opiniones probables
–citó una larga retahíla de nombres imposible de recordar.
-¿Cuántos doctores tienen que convenir en una opinión para
que pueda llamarse probable?
-Basta uno solo.
-¿Cómo es eso? ¿Con una sola opinión se puede resolver un
caso de conciencia?
-Naturalmente que sí, porque un hombre sabio y prudente
que ha dedicado toda su vida al estudio de la Moral, no se atreverá a opinar si
no es con razones bien fundadas.
-Ahora bien, pongámonos en un caso: si dos autores sabios
y prudentes sostienen opiniones contrarias, ambas con razones bien fundadas,
¿cuál de ellas debo seguir?
-La que te resulte más cómoda o agradable
-¡Qué divertida es vuestra moral, reverendo! El reverendo
se indignó:
-No seas insolente; las doctrinas de nuestros doctores no
son materia de risa. El interlocutor también se indignó:
-¿Y cuál es peor insolencia, la mía o la de quienes
sostienen que la rectitud moral depende de las conveniencias de cada sujeto?
-Tú no tienes autoridad para apreciar la admirable
sabiduría y humanidad de nuestros Padres.
-¿En qué consiste, Padre, esa humanidad?
-En la paternal comprensión hacia los penitentes que
acuden a nosotros en busca de consuelo.
-¿Por ejemplo…?
El Padre rebuscó entre las páginas de un grueso volumen.
-Por ejemplo, no te atreverás
a contradecir la opinión probable
de autoridades como la de nuestros
sabios Leyman, Vázquez y Sánchez, que concuerdan en la siguiente idea: un
doctor puede dar un consejo no solo probable según su criterio sino contra él,
si de esta manera satisface mejor a su penitente. Es más: puede convalidar la
decisión de un penitente aun a sabiendas de que no es la correcta. ¿Lo quieres
más claro todavía?
-Lo que veo claro es que vuestro probabilismo no tiene
límites; las opiniones buenas os favorecen
y las malas no os incomodan. Sin embargo hay un asunto muy concreto que
quisiera saber cómo lo enfoca vuestro probabilismo. Vos sabéis que ante la
impunidad frente al crimen
y la ineficacia de los tribunales, a veces nos sentimos tentados
a tomarnos la venganza
por nuestra cuenta.
Sin embargo la norma moral,
fundada en el Evangelio, nos manda dejar la vindicta en manos de
los jueces o, en último término, en las de Dios. ¿Qué piensan de eso vuestros doctores?
-Buena pregunta –respondió-. Atiende bien: dada nuestra
tendencia natural a vengarnos de las injurias, si tuviéramos que aplicar los
principios evangélicos, no podríamos absolver a los homicidas, tanto más cuanto
que el homicidio es un pecado reservado; por tanto habría mucha gente dejaría
de confesarse. Por eso nuestros doctores han debido buscar una fórmula para
conciliar cosas tan contrarias, como la ley evangélica y el deseo humano de
venganza.
-¿Y cuál es esta fórmula, Padre?
-Consiste en dirigir bien la intención según el principio
de probabilidad. Supongo que no ignoras que la responsabilidad de los actos
depende la intención del sujeto. Si tu intención es recta, puedes defenderte de
tus enemigos incluso con las armas, según sentencia de nuestros autores.
-Partiendo de esta doctrina, presumo que cualquier
venganza estará permitida.
-No seas botarate. En un acto de autodefensa, la recta
intención no se dirige a causar daño ni mucho menos la muerte, sino a defender
nuestra vida y honor.
-Pero esa defensa debe estar regida por el principio de la
proporción, de modo que la vindicta no sea mayor que la ofensa…, cum moderamine inculpatae tutelae.
-¿Vas a detenerte en fruslerías? En una pelea entre dos,
los efectos de las agresiones son imprevisibles; ambas partes seguirán
combatiendo mientras se sientan agredidas, y cada vez con más violencia; ¿y tú
pretendes que cada una calcule el golpe que da según la proporción del que
recibe? ¡Vamos, hombre!
-Sin embargo vuestros doctores deben saber que en la
Sagrada Escritura se prohíbe devolver mal por mal…
– No se trata -interrumpió el Padre- de devolver mal por
mal sino del derecho natural a reparar las injurias recibidas, cosa que la
Escritura no prohíbe. Una vez más te repito:
todo consiste en dirigir la intención.
-Eso suena muy bien, pero ¿hasta dónde puede uno llegar en
defensa de su injuria o en reparación de su honor? ¿Con qué criterio se
establece el límite?
-Espera; para ser breve te presentaré un resumen de
sentencias de nuestros doctores más selectos.
Se fue a la biblioteca, regresó a los pocos minutos
con un montón de volúmenes
y empezó a rebuscar páginas.
-Escucha primero la opinión probable de nuestro Leonardo
Leys: quien recibe una bofetada, en modo alguno debe tener la intención de vengarse, pero bien puede tenerla de reparar la injuria, incluso echando
mano de la espada. Ahora, atiende a la opinión de Hurtado de Mendoza: uno puede rogar a Dios que mate de
repente a los que quieren hacernos daño. Y Antonio Escobar aún dice más: un
beneficiario puede desear la muerte de quien le vaya a dejar una pensión; igualmente un hijo puede desear la de su padre, pero en ambos casos no por odio o mala
voluntad de los beneficiarios, sino por el provecho que de ello les deviene.
-No dudo, padre, que con estas doctrinas contentaréis a
mucha gente, sobre todo a los caballeros que se retan a duelo por un quítame
allá esas pajas. ¿Qué dicen al respecto vuestros doctores?
-¡Qué oportuna tu pregunta! -exclamó el Padre-; de ahí sí
que sacarás buena cosecha. Escucha lo que dice Antonín Diana: si dos hombres se
retan a duelo para tal o cual día en un prado solitario, cada uno puede acudir
al sitio con la intención de pasear, llevando la espada como es costumbre;
porque, ¿qué hay de malo en pasear por un prado y estar al tanto de un posible
agresor? Según el Padre Hurtado, te puedes defender de un ladrón matándolo, si
no hay otro medio de impedir el robo.
-Eso me parece espantoso, Padre… porque mientras los reyes
de Francia usan su poder para prohibir el duelo, vosotros empleáis vuestra
moral para permitirlo. ¿Hasta dónde pretenden llegar vuestros doctores?
-No te asustes. Según el padre Escobar, si alguien te da
una bofetada y escapa corriendo, puedes perseguirlo y matarlo, a condición de
que no lo hagas por venganza sino para reparar tu honor. Dirigir bien la
intención; este es el punto.
-Puestos en materia de homicidio, ¿hasta dónde podemos
llegar dirigiendo bien la intención?
-Bueno…, hay sentencias más mitigadas. Algunos
autores afirman que no es lícito matar por conservar el honor, porque la
vida vale más que el honor. Pero nuestro Juan Azor encuentra más probable la opinión contraria, porque de no ser así, el honor de los inocentes
estaría siempre expuesto a la insolencia de los malvados. En resumen: según
nuestros autores es lícito matar al agresor si no hay otro medio de disuadirlo. Una evidencia tan clara
no necesita demostración.
El interlocutor se quedó silencioso y pensativo.
-Padre -preguntó de pronto-, ¿no sería lícito matar por un
poquito menos? Hojeó nerviosamente buscando otra página del mismo libro.
-Pues… atiende otra vez al padre Escobar: puedes matar a
cualquiera que te llame mentiroso si no tienes otra forma de evitarlo. Igualmente es lícito matar a tus murmuradores,
según sentencia común de nuestros Padres.
-¡Santo Dios! ¿De qué premisas vienen tan horribles conclusiones?
-Muy sencillo: el honor vale más que la vida; si es lícito
matar en defensa de la vida, a fortiori debe serlo en defensa del honor. Si de
ello resultara la muerte del enemigo, sería por efecto preterintencional.
-¿Vos creéis que vais a engañar a alguien con este sofisma?
En principio, niego la mayor. Primero, porque es falso
que el honor valga más que la vida, y segundo porque
tendríamos la vida muy poco segura si fuera lícito matarnos por
cualquier palabra ofensiva que se escape en una discusión.
-Eso es cierto,
pero como nuestros
doctores son muy circunspectos, solo permiten aplicar esta doctrina en contadas
ocasiones, de tal modo que en la práctica, apenas puede considerarse probable.
–Claro… ya entiendo; vuestros doctores saben que la ley de
Dios prohíbe matar.
-No, no, no, por ahí no va la cosa.
-Por dónde va, entonces?
-Por el daño que la aplicación de esta doctrina podría
causar al Estado si todo el mundo matara a sus maldicientes; ¿no te parece?
-Lo que me parece es que vuestros doctores estiman en
más la
comodidad del Estado que la vida de los ciudadanos. No creo que ningún vengador
se pare en escrúpulos
políticos. Por otra parte, me temo que los jueces harán muy poca cuenta de
vuestras doctrinas.
-Eso no importa,
porque los jueces
solo juzgan en el fuero externo, mientras
que nosotros penetramos en las
conciencias y juzgamos por las intenciones.
El interlocutor estaba escandalizado, pero también se
divertía escuchando tan bizarras opiniones; y como vio que el buen Padre se entusiasmaba
explicándolas, decidió seguir tirándole de la lengua.
-Padre –le dijo-, hasta aquí hemos hablado de matar por el
honor. Pero ¿qué haremos con los ladrones? ¿Cuánto debe ser el precio de lo
robado para que sea lícito matar al ladrón?
-La opinión general de la Compañía es que solo se puede
matar por una cantidad que según juicio prudente, sea de considerable
importancia.
-Eso es fácil decirlo, Padre,
pero ¿adónde iremos
a buscar al prudente que sepa tasar
en lo justo una vida humana?
-En nuestra Compañía los hay en abundancia y de muy
variados pareceres, todos ellos probables. Nuestro venerado Molina, hombre de
suma prudencia, lo estima en unas 15 o 20 monedas de plata. A veces afirma que
él no imputaría a pecado a quien matare a un hombre que quisiese arrebatarle
una moneda de oro, o tal vez menos.
-¡Dios mío! -exclamó-, ¿de dónde saca Molina tamaña
lucidez para fijar el precio de una vida con tanta aproximación? Cierto que
esta teoría ganará mucha clientela, exceptuando, naturalmente, a sacerdotes y
religiosos.
-Pero ¿qué dices? –repuso alarmado-. ¿Consideras lógico
que las personas que más respeto merecen sean las únicas expuestas a la maldad
de los delincuentes? Escucha la opinión probable de Adam Tanner: “A los
eclesiásticos les está permitido matar, no solo para defender su vida sino
también sus bienes o los de la comunidad a que pertenecen”. La misma opinión
sostiene Molina, Regnault, Leys y otros más.
-Sinceramente, reconozco que estaba muy desinformado sobre
este punto. Siempre había oído decir que la Iglesia aborrece tanto la sangre,
que incluso prohíbe a los jueces eclesiásticos asistir a los juicios de los
condenados a muerte.
-Te repito de nuevo: no te pares en estos detalles.
Nuestro gran padre Francesco Amico refuerza con pruebas
muy sólidas el citado argumento, aunque por la proverbial bondad
de su corazón lo deja a la libre interpretación de los lectores prudentes.
-¡Qué tierna humanidad la de vuestro padre Francesco! Pero
visto todo en conjunto, yo llamaría a vuestro probabilismo “relativismo
casuístico”.
-Es decir…
-Que la moralidad de los actos depende de la comodidad o
molestia que me produzcan. Sobre vuestro método de dirigir bien la intención,
prefiero no comentar.
Imposible abarcar en este espacio
la cantidad de episodios casuísticos a los que se refiere Pascal. Mucho más lo sería entrar
en la multitud de pasajes que el mismo autor ridiculiza, en una forma satírica
tan aguda que Voltaire la pone a la altura de las mejores comedias de Molière.
Sin embargo las referencias de Pascal están literalmente respaldadas,
precisando nombres de autores, tratados, capítulos, parágrafos y en algún caso
incluso páginas. A partir de este aspecto ordené mi trabajo según la formalidad
académica requerida y así se lo entregué al profesor Casanovas. Como era hombre
de conciencia delicada, a los pocos días me llamó para advertirme:
-Tenga en cuenta que según creo, las Cartas Provinciales
están en el Índice de libros prohibidos.
-Si así es –respondí-, ¿por qué no lo están los tratados
morales a los que se refiere Pascal? He consultado el Densinger y no he hallado ninguna condena contra Pascal; en cambio,
las proposiciones que ridiculiza y refuta aparecen condenadas por los Papas
Alejandro VII e Inocencio XI.
El profesor hizo un gesto ambiguo y propuso dejar para
mejor ocasión el análisis del probabilismo jesuítico de los siglos XVI y XVII.
42
EN ROMA
Terminado el cuatrienio de Teología, ejercí de profesor de filosofía y
lenguas clásicas en los cursos preuniversitarios de varios colegios. Más tarde
me inscribí en la Escuela Oficial de Periodismo, Seccional Barcelona. Entre los
profesores dignos de recordar estaban Manuel Del Arco, Demetrio Ramos, Andrés
Roselló y Luis Marsillach. Roselló dedicó una excelente clase a explicarnos la
diferencia entre “noticias de superficie” y “noticias de profundidad”. Los
demás fueron los peores que he tenido en mi vida de estudiante; es, sin
embargo, inolvidable una charla de Néstor Luján sobre la novela norteamericana.
Presencié una disputa sumamente agria entre Vázquez Montalván y el Padre
José María Milagro, profesor de Dogmática, que debía sentirse muy incómodo un
aquel ambiente más bien anticlerical. (Durante la época franquista la Dogmática
era una asignatura obligatoria en todos los centros de educación superior).
Notable la fue la vez en que se saludaron el padre Milagro y don Luis
Marsillach. El fraile le felicitó por el premio de periodismo “Ciudad de
Barcelona”, que recientemente había recibido.
-Gracias, reverendo –respondió Don Luis-; me complace que la clerecía se
abra al mundo a través del periodismo.
Al darse el apretón de despedida, le dijo el clérigo:
-Le reitero mi enhorabuena, don Luis, y espero nos veamos a menudo.
-Padre –respondió el cáustico Marsillach-, usted me verá en todas partes
excepto en una iglesia.
De los condiscípulos, algunos han hecho carrera brillante, como Manuel
Vázquez Montalván, Francisco Rico y Juan Ramón Capella. Entre aquellos chicos,
me sentía algo marginado quizá por ser el mayor de todos, en promedio
diferencial de siete a ocho años. No obstante, conversé varias veces con Rico,
Capella y algunos otros. Francisco Rico, que para entonces –tenía dieciséis
años- iba de poeta, me leía sus expansiones líricas en endecasílabos libres.
En la Escuela de Periodismo duré solamente un año, debido a un hecho
inesperado. Un día recibí notificación de acudir al despacho del Prior
Provincial. Siempre he temido las llamadas de los superiores porque raras veces
presagian algo bueno. De ordinario me he mantenido a distancia de ellos, no por
animadversión sino tal vez porque inconscientemente me atenía al viejo refrán:
“del superior y del mulo, cuanto más lejos más seguro”.
El Prior Provincial, Pablo Casadevall Costa, me recibió con una sonrisa
muy tranquilizadora.
-Siéntate. Luego de tantos años de estudio, debes estar harto de libros,
¿no?
– Bueno…-respondí-; ya sabe que no fui de los más brillantes, pero no
estoy harto de libros; soy un lector empedernido.
El padre Pablo ladeó su sillón y cambió de postura con una sonrisa
bonachona.
-¿Cómo reaccionarías si te propusiera continuar estudiando?
Quedé intrigado tratando de adivinar las intenciones de aquella
venerable persona.
-Ni remotamente me lo imagino –respondí.
-Claramente: te propongo hacer un post-grado en teología, filosofía o
cursar la carrera de ambos derechos en la Lateranense de Roma.
Quedé desconcertado, sin creer lo que oía ni cómo interpretar aquella
sonrisa.
-¿Qué respondes?
-No sé…, me hace una propuesta tan inesperada…
-¿Por qué?
-Porque los que se suele enviar a Roma son los más distinguidos en
observancia regular y buenas calificaciones.
El padre Pablo soltó su típica risa con sordina como si acabara de
escuchar un chiste.
-Por lo que yo te conozco, sé que puedes ser un excelente estudiante si
te lo propones. Sé, además, que no te atreverías a dejarme en ridículo por
haber confiado en un irresponsable. En fin, ¿aceptas, sí o no?
-Acepto –dije resueltamente.
-Bien. De las tres posibilidades que he dicho, ¿cuál eliges?
-Filosofía.
Abrió un cajón y sacó una carpeta llena de documentos.
-Como ya sabía que aceptarías, aquí está tu expediente académico; lo
entregarás al Superior del Colegio Internacional de San Alberto. Ya tienes
reservado allí tu cupo residencial.
¡Magnífico Pablo Casadevall Costa!; a no ser por él, yo no estaría ahora
escribiendo en esta página. En la vida de cada uno debe de haber
personas-clave; en la mía, Casadevall fue una.
Tenía escasamente dos meses para prepararme en vistas al examen de
admisión a la mencionada universidad. La tarea no era difícil en sí, pues el
cuatrienio de teología había sido, casi en un sesenta por cien, reminiscencia
del anterior trienio, aparte la experiencia que ya tenía como profesor. Existía
un convenio entre las universidades pontificias y los seminarios, según el cual
los candidatos a la Licenciatura debían superar un examen De universa philosophia, para convalidar los tres cursos del
filosofado seminarístico y pasar directamente al cuarto curso universitario,
aprobado el cual se obtenía el título de Licenciado. Si el expediente era de
bajo promedio o no se lograba aprobar el examen De universa, había que inscribirse en el primer año y cursar los
cuatro enteros.
(Poco antes de partir hacia Roma supe de muy buena fuente que un
Definidor de la Provincia advirtió al Padre Pablo: “si envías a ese
cantamañanas a Roma, se dedicará a pasear y regresará sin ningún título”. El
chisme me sirvió de estímulo para desmentir a aquel majadero, que en gloria
esté).
Puesto que no sabía del italiano más que unas cuantas frases
convencionales, busqué en la biblioteca una gramática. Solo tuve tiempo de
aprender el uso de las preposiciones y la conjugación de los verbos más
usuales, especialmente los irregulares. Con este leve bagaje pensé que podía
emitir los primeros balbuceos, pero apenas llegué a Génova, donde hice una
escala de un día, me di cuenta de que la lengua italiana no era tan fácil de
aprender como suele creerse. Para probar mi capacidad, entré en un cine donde
estaba en estreno la película “Salvatore Giuliano”. Quedé muy defraudado al comprobar
que apenas había entendido unas pocas frases.
Un veinticinco de septiembre llegué a la estación Termini.
Inmediatamente me acorraló una nube de facchini
ofreciéndome llevar mi escaso equipaje, que constaba de
una maleta de regular tamaño y una máquina de escribir.
–Grazie, grazie –decía
atropellándolos a paso de escape. Un taxista se me acercó:
–Dove va il signore?
–Via Sforza Pallavicini, dieci.
El Colegio Internacional de San Alberto, muy cercano a la Plaza de San
Pedro, es un esbelto edificio, de cuatro plantas que ocupa casi toda una
manzana. En aquellos años era la sede de la Curia Generalicia de la Orden. Me
recibió el superior de la casa, Serapion Seiger, un holandés campechano que era
también profesor de Teología en el mismo Colegio. Llamó a un fratello para que me acompañara a la
habitación que me tenían asignada, situada en la segunda planta. Mi celda era
una pieza de regular amplitud, sobria pero suficientemente amoblada.
En principio, para la reválida de la Licenciatura, me tenían asignada la
Pontificia Universidad Lateranense. Al día siguiente, de buena mañana, me
dirigí a ella. Tenía dos posibilidades de transporte: el tranvía y el autobús.
Elegí el primero porque tenía un trayecto más largo y me daba ocasión de
conocer más espacios de la ciudad. La universidad está situada en la plaza de
San Giovanni in Laterano, prácticamente en el centro de la Roma clásica. En la
fachada luce con grandes letras doradas el nombre de Pontificia Universitas Lateranensis. Me dirigí directamente a la
Secretaría, situada a pocos pasos de la entrada principal. El secretario,
Ottavio Alberti, me dio la bienvenida con untuosa amabilidad. Ya había recibido
telefónicamente el aviso de mi llegada. Le entregué mis documentos.
-La Comisión examinará su expediente y
dentro de pocos días recibirá información. En mucho menos de lo que esperaba recibí una cartolina donde se me informaba de que
había sido admitido al examen De universa
philosophia para tal fecha, tal hora y
tal aula.
Puntualísimo y con el corazón a toda máquina, fui a Secretaría en
demanda de “instrucciones”.
-El protocolo es muy simple. El examen es en latín. ¿Habla usted latín?
-Me defiendo bien.
-Cuando el presidente del tribunal le llame por su nombre responderá: adsum, y le invitará a sentarse en la silla
que está frente a la mesa del Jurado. Eso es todo.
Como el acto era público, cuando entré en el aula ya había unos cuantos
estudiantes charlando animadamente. Me acomodé entre ellos en espera del
tribunal. En la mesa rectangular del Jurado examinador, cubierta con un mantel
color vino tinto, había seis vasos y una bandeja con Coca-Colas. Al frente, una
silla solitaria destinada al “reo”. Con veinte minutos de retraso –puntualidad
italiana-, entraron seis reverendos: cuatro sacerdotes seculares, un dominico y
un jesuita. Nos pusimos todos en pie. El que parecía presidir el acto me llamó
por mi nombre:
–Adestne examinandus alumnus,
Victoriano Martínez Grande?
–Adsum –respondí levantando la
mano.
-Faveas ibi sedere –dijo
señalando la silla.
–Potesne latine loqui? [¿sabes
hablar latín?].
–Plus minusve [más o menos]
–respondí tímidamente.
–Opto ut sit plus quam minus! [¡espero que sea más que menos!] –dijo
sonriente.
El interrogatorio duró hasta la una y media. ¡Cuatro horas! Cada
examinador preguntaba según su especialidad. Fui consciente de haber tenido al
menos dos tropiezos de cierta gravedad.
Al día siguiente tuvo lugar el examen escrito, que empezó poco antes de
las nueve. No se permitía usar ningún libro, excepto, en mi caso, un
diccionario español-latino. Saqué un buen paquete de cuartillas, comprobaron
que estaban todas en blanco, me retuvieron el maletín y me dejaron solo con dos
vedeles que me vigilaban a distancia. La memoria emocional no me permite
olvidar los enunciados que escogí: “Las potencias se determinan por los actos,
y los actos por los objetos”.- “El tiempo absoluto es un ente de razón con
fundamento en la realidad”. Los temas debían desarrollarse a modo de ensayo,
según el método histórico sistemático. A medio día me sirvieron un bocadillo y
una Coca- Cola. Terminé ambos escritos pasadas las cuatro. Consigné los papeles
en Secretaría, los engraparon cuidadosamente, recuperé mi maletín, salí
disparado con deseo compulsivo de caminar y caminar; crucé la plaza San
Giovanni y enfilé la Via Merulana hasta Santa María la Maggiore.
A poco más de una semana recibí la deseada comunicación: “Promediados
los votos de las pruebas oral y escrita, queda admitido al cuarto curso de la
Facultad de Filosofía, con la calificación de Cum Laude Probatus. ¡No me
podía quejar! El curso empezó el quince de octubre. Las clases eran en latín
excepto las materias opcionales: Matemática, Ciencias Naturales y Economía
Política, de las cuales obligatoriamente había que escoger una. El alumnado se componía de clérigos y en menor
cuantía seglares. Aún no se admitían
mujeres.
Tuve profesores de cierta notoriedad, como Giorgio Giannini, Michele
Nicloletti, Paul Siwek, Acchile Di Lorenzo y sobre todo Umberto Padovani,
cedido durante aquel año por la Universidad de Padua. Di Lorenzo, napolitano furbo, nos vendía libros de segunda mano
a precio de nuevos. Las mejores clases magistrales fueron las de Michele
Nicoletti, profesor de filosofía contemporánea. Dedicó la mayor parte del curso
a explicar a Shopenhauer, Nietzsche y especialmente a Kierdkegaard, su autor
preferido. Lo curioso de la vida de este profesor fue que, recién graduado,
emigró a Dinamarca durante un año, malviviendo de oficios viles, con el solo
fin de aprender el danés y poder leer a su autor en lengua original. Nicoletti
era malquisto dentro del sentir oficial de aquella universidad, debido a su
tendencia existencialista. El mismo rector, Antonio Piolanti, lo tenía en la mira.
Piolanti era un monsignore tradicionalista
y conservador a machamartillo, con muchas influencias en las altas esferas
vaticanas. Consultor de la Curia Romana y de otras Congregaciones,
Vice-Presidente de la Pontificia Academia de Santo Tomás, Canónigo de la
Basílica de San Pedro, etc. No sin razón le llamaban il cardinale nero. Su esbeltez y noble calvicie le daban apariencia
de tribuno romano redivivo. Se contaba entre los teólogos de alto vuelo. Su
oratoria de tono mayor era un espectáculo de pasión y contundencia. Escuchando
una de sus conferencias en elegante latín, no pude menos que imaginarme a
Cicerón en persona. Cuando ocurría una alusión a las teologías modernas
subjetivistas, entonces las invectivas de Piolanti se convertían en auténticas catilinarias.
De pronto interrumpía el latín y apuntaba el índice hacia el techo –la Facultad
de Filosofía.
-Quelli di là sopra sono i colpevoli.
Cuando quería resaltar la fuerza de una frase, pasaba del latín al
italiano. Solo dejó de hacerlo al referirse a una propuesta de Juan XXIII
acerca de la conveniencia de iniciar diálogo con “los hermanos separados”.
-¡Puedo asegurar que eso no ocurrirá nunca…ma neanche per sogno! [Cito textualmente] Quod si Sanctissimus Pater in hoc conventu conveniet, statim morietur.
(“Porque si el Santísimo Padre acude a esa reunión, morirá de repente”). Los
aplausos fueron estrepitosos, aunque creo más por la forma que por el fondo.
El ambiente clerical romano era de un rancio conservadurismo.
Para la tesina de Licenciatura, elegí el tema más fácil con el profesor
más fácil, que era Luiggi Bogliolo. Escribí un ensayo de más de cien páginas
bajo el título de “Metafísica de la Trascendencia”, un tema especialmente
preferido por el profesor, al cual él mismo había dedicado dos clases. El
trabajo fue premiado con 20 puntos, equivalente a Summa cum laude probatus. (No creo que fuese para tanto). Pero como
todo promediaba, tuve que conformarme con un Bene Probatus ¡y gracias! Una semana después fui a recoger mi
título de Licenciado en Filosofía, que me entregaron delicadamente enrollado en
un tubo de cartón.
Informé al Prior Provincial de mi Licenciatura diciéndole que estaba
dispuesto a continuar hasta conseguir el doctorado. Me respondió felicitándome
por el éxito y animándome a proseguir.
Creo que me merecía unas vacaciones mucho mejores de lo que mi magro
peculio permitía. Primero pasé unos días en Nápoles, hospedándome en el
convento del Carmine Maggiore, lugar
de legendarios hechos históricos desde la alta Edad Media hasta el siglo XVIII.
Allí está una de las basílicas más impresionantes de Nápoles, lo mejor, según
se dice, del barroco napolitano. Paradójiamente está situada en una de las
zonas más cutres de esta fantástica capital. Precisamente por esto, lo primero
que sorprende al visitante es el esbelto campanile
de variados estilos y colores; una flecha de 75 metros de altura. Si entras
a Nápoles por vía marítima, la aguja
del campanile del Carmine será lo
primero que divisarás en el horizonte de entrada y lo último que perderás de
vista en el de salida.
Allí conocí a varios personajes, tres de ellos singularísimos. Uno era
Eliseo Contardi, apasionado fan de no sé qué equipo futbolístico. Durante los
almuerzos llevaba la voz más que cantante, tronante en elogio de los éxitos de
su squadra favorita. Otro notable era
Bernardo Cerroni, con sus ironías de tono menor, pero no menos punzantes. Pero
el fraile que ponía la nota más bizarra era Angelo di Cecco: una especie de
Fray Gerundio, pero ¡cuidado!; no un Gerundio hijo Antón Zotes y la tía
Catanla, sino un abate ilustrado descendiente no menos que de la mismísima
Ninon de l´Enclos. De hecho aludía veladamente a su ascendencia de alta
alcurnia. No tenía empacho en asegurar de sí mismo que era el mejor orador de
Nápoles. Creo que en cada napolitano hay un pequeño o gran orador en potencia,
pero el Padre Angelo podía presumir con cierta razón, pues le acompañaban todas
las condiciones para encandilar multitudes. Cuando se sabía de un orador que
había hecho un papel mediocre ante un auditorio muy nutrido, solía decir que de
haber estado él en el lugar, el éxito habría sido cosa de locos. (Se ci stavo io, Madonna mia…, roba da pazzi!).
Era enemigo de conservadurismos y viejas tradiciones piadosas.
Un día le pregunté:
-Padre Angelo, si le nombraran General de la Orden, ¿qué haría de
primero?
-Toglierei tutto il vecchiume –respondió.
(“Quitaría toda la trastería vieja”).
¡Excelente Padre Angelo! Hace pocos años supe que había muerto en fatal
accidente mientras iba en su automóvil a una celebración eucarística. Tenía
ochenta y cinco años.
Para que nada faltara, el padre Gabriele Ronchi, malogrado tenor de
extraordinaria potencia, nos regaló una serata
con fragmentos operáticos de Verdi y algunas canciones populares
napolitanas.
Nápoles es una ciudad que admite todos los adjetivos. Es sucia, bella,
repugnante, atractiva, cutre, romántica, cómica, trágica, alegre, triste y
muchas cosas más; a dondequiera que vuelvas los ojos hallarás otro adjetivo,
todo en contraste con los alrededores periurbanos de deslumbrantes panorámicas,
donde la más refinada aristocracia desearía tener una mansión. Alquilé una moto
para recorrer todos los rincones posibles. Enfilé por la carretera del sur
pasando por todas las poblaciones costeras hasta Sorrento. Al día siguiente,
casi al amanecer, proseguí el camino por la imponderable belleza de la costiera amalfitana, observando los
pintorescos pueblecitos materialmente colgados en la pendiente izquierda
–Positano, Praiano-, casi a plomo sobre la serpenteante carretera. Llegué hasta
Salerno con tiempo suficiente para recorrer la ciudad. Al regreso a Nápoles, en
lugar de la cómoda autopista interior, preferí retomar la misma vía de llegada,
que me permitía seguir disfrutando a la inversa de las maravillas
presaboreadas. Al llegar a la cima de las cerradas curvas, me detuve en un
paraje de olivares para contemplar morosamente por última vez la panorámica de
la costiera, al pie de la cual
brillaba el último recuadro visible del Mar Tirreno. Perdido en la lejanía, se
dibujaba el amplio golfo de Salerno en forma de ángulo obtuso. Una pareja se
afanaba expurgando brotes inútiles en torno a un olivo, mientras un niño
sentado sobre una roca cantaba imitando grotescamente a Domenico Modugno:
-Là… sull´altare… sta piangen…do. Tu…tti
diran…pange di gio…ia. La madre, escandalizada, le increpó:
-Eh, guaglió…, stati zitto!
[“muchacho, cállate la boca”].
En efecto, aquella canción estaba prohibida por el Arzobispo de Nápoles.
Llegué al Carmine Maggiore cuando apenas anochecía. Con esas correrías
en moto, que eran mi diversión favorita, probé inolvidables emociones estéticas
que la naturaleza nos ofrece gratis et amore. Aunque no del todo gratuitas,
pues desde antes de mi vejez estoy pagando factura en forma de manchas y
pequeñas lesiones actínicas, debidas a continuas exposiciones al sol sin
ninguna medida de protección, puesto que el uso del casco no era obligatorio, y
en cuanto a protectores solares, ni suponía que existiesen.
Antes de despedirme de Nápoles, hice una excusión al Vesubio. Ni las
inagotables maravillas arqueológicas napolitanas, ni los esqueletos de Pompeia
y Ercolano, ni las variadas sorpresas de que estaba saturado son comparables
con la emoción suicida de hallarme de pie sobre el mismo borde del cráter. Así
como en Nápoles sobraban los adjetivos, ante aquel mortal abismo todos
faltaban. No sé si fue alucinación o realidad, pero me pareció que desde los
trescientos metros de profundidad subía como un rumor de tempestad sofocada. El
fondo era poco visible debido a los jirones de gas que lo cubrían. Caminé
trabajosamente unos cien metros por el borde de la copa. A lo ancho de la
pendiente visible, surgían de entre las negras hendiduras rocosas columnas de
fumarola de diversa altura y volumen. Como no existían vallas ni vigilancia, se
podía bajar, con mucha precaución, unos pocos pasos hasta las fumarolas más
cercanas. Puse la mano a un metro sobre una y al instante la tuve que retirar;
lo que hace suponer que en el centro del vapor la temperatura debía superar en
mucho los 200 grados. Hipnotizado en la contemplación de aquel “infierno”, mi
vista no acababa de saturarse. De haber sido posible, allí habría
permanecido durante horas. Hoy día, una
aventura como aquella ya no se permite.
43
EN LA GREGORIANA
Sé que la buena fama no es garantía de calidad, pero en el prestigio de
los títulos académicos –no discuto si justa o injustamente-, cuenta mucho la
tradición y el rango internacional de los centros donde se ha estudiado. Por
esta razón quise tramitar el traslado de la Universidad Lateranense a la
Gregoriana. Interrumpí el último mes de mis vacaciones para llegar a Roma con
buen tiempo de gestionar el cambio. Pero el nuevo superior de la casa, Nazareno
Mauri, se opuso rotundamente.
-El Colegio de San Alberto –dijo- está por tradición académicamente
afiliado a la Lateranense. Además, convendría primero consultar a la Curia, y
no estoy seguro de que lo permita.
-Pero usted es el prior del Colegio; si usted dice que sí, todos los
curiales dirán que sí. El reverendo se retiró sonriendo, sin añadir palabra.
Me entristeció esta contrariedad, que comenté con mi amigo Cosmas
Peters, un holandés que no tenía pelos en la lengua.
-No te amilanes y sigue insistiendo más y más. Los superiores son como
las mujeres, en principio siempre dicen que no, pero si eres constante se
cansan y ceden.
El padre Nazareno, que era un alma de Dios, comprendió al fin mis
razones. Hice la solicitud de traspaso por ante la Secretaría de la Universidad
Gregoriana, cuya Comisión examinó mis créditos académicos de la Lateranense y
aprobó la convalidación de la Licenciatura. Ya en posesión de mi Libellus Inscriptionis, dediqué el mes
que faltaba para el inicio del curso a visitar curiosidades. Roma es una ciudad
para caminarla.
El Curriculum ad lauream (Curso
para el doctorado) constaba de siete asignaturas y un seminario monográfico. El
tono general de la Gregoriana era casi opuesto al de la Lateranense. No se
notaba preocupación por la ortodoxia de la enseñanza. Al Rector, no lo vi una
sola vez en dos años; la mayoría ignorábamos hasta su nombre. La lengua oficial
era también el latín, tanto en las cátedras como en los avisos de cartelera.
Contra esta “imposición” protestaban los estadounidenses y los alemanes; los
primeros porque sabían poco de latín y los segundos por su prevención atávica
contra el “romanismo”.
Herencia luterana, probablemente.
Una de las mejores ventajas que teníamos era la facilidad de acceder a
toda clase de bibliografía, no importaba en qué idioma ni de qué época. Si se
dificultaba en la biblioteca de la Gregoriana por afluencia de consultores,
había otras por centenares en toda Roma, igualmente bien surtidas. Por mi
parte, disponía de la del Colegio de San Alberto y la del Ateneo Antoniano, la
cual necesité a menudo por unos trabajos que me impuso el profesor De Finance
sobre Escoto y Francesc Eiximenis.
-Le hago trabajar sobre este autor porque es muy fecundo y ha sido muy
poco estudiado. ¡Y además es español!
(Si esto se lo hubiese dicho a catalanista, el pobre De Finance habría
tenido problemas…).
La posibilidad de comunicarse con los profesores era rarísima, porque
todos se retiraban con prisa. Los siete que tuvimos eran “primeras figuras”.
Cada uno disertaba sobre temas monográficos de su especialidad. Solo se dio un
contratiempo respecto a la Metafísica, para la cual nos tenían asignado nada
menos que a Frederick Copleston; pero se dio la mala casualidad de que
falleciera precisamente el día anterior a su vuelo Londres-Roma. Sin duda nos
perdimos el mejor plato. En su lugar nos enviaron otro menos conocido pero de
semejante prestigio académico, Johannes Baptista Lotz, un alemán teológicamente
formado en Insbruck, y filosóficamente en Friburgo, donde fue discípulo de
Honecker y de Heidegger. De éste, de quien decía ser amigo, nos contó algunas
anécdotas. Era hombre de acusada tendencia mística. Empezaba sus clases
recitando, de rodillas, la antífona Veni,
Sancte Spiritus con la consiguiente oración al Espíritu Santo. Me aventuro
a creer que no solo de la Compañía le venía su espíritu místico, sino también
de las visitas a Heidegger en su cabaña cerca de Todtnauberg, salvando,
naturalmente, la diferencia de objeto místico.
Lotz era el polo contrario de Piolanti; sin histrionismos ni piruetas
efectistas, iba directamente al grano. Tenía un lenguaje fluido y despacioso.
Nos paseó por todas las teorías sobre la cuestión del Universal con doble
enfoque, gnoseológico y metafísico, pero cargando el acento sobre la
trascendencia del ente singular hacia la unidad del Universal. No quedaba
claro, en qué consistía aquel Universal. A este propósito hicimos entre mi
vecino de mesa y yo unos comentarios en voz baja. Lotz oyó el rumor y alzando la mirada dijo:
–Si non habetis interesse,
potestis exire.
Terminada la clase, corrimos a su encuentro para pedirle disculpa y
aclararle que nuestro comentario se debió precisamente al interés por lo que
acababa de decir.
–Ho capito, ho capito…, statevi
tranquilli –dijo con una sonrisa fría.
Alexander Korineck nos dio una interesante visión del hombre como ente
histórico, enfocándolo hacia una visión agustiniana, pero cargando todo el peso
sobre la libertad personal.
El profesor Joseph De Finance nos impartió un minitratado acerca de la
libertad. La claridad que dicen ser típica de los franceses, no lucía en él.
Hablaba confusa y precipitadamente. Menos mal que pudimos adquirir en
Secretaría un ejemplar en ciclostilo de sus clases, que al parecer él mismo
había extractado y traducido al latín de su libro Existence et liberté, publicado en 1955.
El profesor que más arduamente nos hizo trabajar fue Édouard des Places,
uno de los más destacados filólogos franceses, investigador del Instituto
”Belles Lettres”, requerido por los principales centros filológicos de Francia
y Alemania. Como especialista en Platón y autor de una edición bilingüe de sus
Obras Completas, nos hizo extractar, traducir y comentar diversos textos
platónicos sobre el Alma, remarcando sus relaciones con la teoría del
conocimiento en el doble aspecto objetivo y subjetivo. No es fácil, en un autor
tan asistemático como Platón, hacer concordar en un solo tema ideas y
proposiciones dispersas a lo extenso de toda su obra. Al fin ambos franceses se
portaron conmigo como ángeles, premiándome con sendos 10/10. (Summa cum
laude!).
Terminado el Currículum, había
que buscar un moderador para la tesis, previo el trazado de un plan minucioso,
que debía contener un resumen del tema con la lista de los capítulos, partes o
artículos. Encontrar a un moderador disponible era otro calvario que subir. Tras dos semanas de tantear a
unos y otros, me cayó la benignidad de Nemesio González Caminero, un doctor de
Comillas adscrito al profesorado de la
Gregoriana. Hablando con él por teléfono, me preguntó si ya tenía hecho
el plan del trabajo. Como respuesta a mi afirmativa, me invitó a subir a su
habitación. Me admiró la austeridad y estrechez de la estancia. Trabajaba en
una pequeña mesa atiborrada de libros. Adosada a la pared había una sencilla
cama desordenada.
-Siéntese –dijo señalando una sillita de hierro a la justa medida de
unas posaderas normales-. Veamos el plan.
Lo hojeó un buen rato y me preguntó:
-¿Por qué ha elegido el tema del origen del poder?
-Porque es el que más me interesó desde mi cuatrienio de Teología
–mentí.
Mentí porque mi intención era terminar la tesis lo antes posible, para
lo cual ya tenía recogido un buen paquete de fichas bibliográficas.
El moderador me puso la condición de presentarle cada capítulo
terminado. Eran diez en total, que promediaban, cada uno, alrededor de cuarenta
páginas mecanografiadas. Las correcciones que me imponía eran de poca monta,
casi meramente formales. Ser moderador de una tesis doctoral no siempre
significa moderarla de verdad. González Caminero era mi moderador “oficial”,
pero quien hizo el trabajo fue Bartolomé Xiberta, que aparte de ser teólogo era
un filósofo donde los haya. Leía cada capítulo y me hacía minuciosas
observaciones escritas al dorso de galeradas de imprenta. Aún las conservo casi
todas. Su capacidad de trabajo era descomunal. Siendo miembro de la Curia
Generalicia, era también profesor de teología en el Colegio de San Alberto y en
dos Centros más, pero aún le quedaba tiempo de atender a consultas de
estudiantes. Nunca tuvo un “no” para cualquier favor que estuviera a su
alcance. Cuando yo llamaba a su perta y escuchaba el “avanti”, asomaba
tímidamente la cabeza:
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Dos –respondía interrumpiendo el trabajo.
En las tertulias que se hacían después de la cena, conversábamos
paseando ida y vuelta a lo largo del ancho corredor de la planta baja. Xiberta
no era buen conversador; había que darle tema. Con frecuencia se producían
vacíos de silencio, que él llenaba con las muletillas in somma…, o què hi farem?, según se hablara en grupo, o solo
conmigo en catalán. Pero se despachaba a sus anchas en asuntos de filosofía,
teología, o política.
Nunca se definió como partidario de alguna tendencia política, a pesar
de que en su fondo más hondo se adivinaba cierto talante trabucaire.
-Mire –decía-, en política yo no pongo la mano en el fuego por nadie,
pero respeto cualquier sistema que se base en una democracia parlamentaria en
la que de verdad mande el Parlamento y no la voluntad de un solo hombre o
partido.
Xiberta perdía la calma cuando en alguna conversación se aludía al
régimen de Franco. La cortaba con esta frase lacónica: ”El peor régimen político
es el que nos trata como si fuésemos niños”.
Entre 1962-63, se formó una polémica en torno a la svolta a sinistra propuesta por Amintore Fanfani.
-Entre derechas e izquierdas se ha caído en una confusión de términos,
porque cualquiera de los dos extremos termina en dogmatismos.
Xiberta mostró simpatía por Saragat, cuando éste competía por la
presidencia del gobierno.
-Siempre me ha gustado la expresión” socialismo democrático”. Es una
buena forma de desligarse de Marx.
Pero cuando salía a colación el régimen de Franco, Xiberta perdía la
calma. Una noche me atreví a hacerle una pregunta delicada:
-En un número atrasado la revista Oggi
he leído un reportaje sobre Lluis Companys. El periodista comenta el rumor
de que el President era un socialista
democrático, pero no lo manifestaba públicamente para no malquistarse con los
comunistas y anarquistas que le dieron los votos. ¿Sería eso cierto?
-No lo sé, pero no se fíe de los periodistas, que ya sabe cómo son;
siempre compiten entre ellos sobre quién lanzará la bola más grande.
-Bajo otro aspecto –pregunté con cierto temor-, ¿qué grado de
responsabilidad le atribuye a Companys en las quemas y asesinatos de curas,
frailes y gente de derecha?
Xiberta pateó el suelo y se mordió el puño. (Era su tic de desahogo en
casos de iracundia contenida). Inmediatamente sentí que había cometido una
imprudencia. El diálogo se congeló en un dikes
Luft durante unos segundos. Mientras pensaba cómo romper el hielo, él se me
adelantó:
-Mire, los hechos son demasiado recientes para verlos con objetividad.
Companys nada podía hacer porque la situación se le fue de las manos. Yo,
particularmente, sólo podría acusarlo -a él y a Azaña- de no haber hecho ningún
pronunciamiento público, que yo sepa, contra los desmanes de las milicias
incontroladas. Al fin y al cabo era España entera la que estaba inmersa en el
caos, el cual no habría ocurrido si Franco se hubiese estado quieto en su
cuartel.
Esta última frase de Xiberta me pareció banal.
-Las dictaduras –repliqué- no se producen por casualidad ni por el
capricho de un solo hombre; surgen cuando un país se hunde en un caos
insoportable, y España era entonces un caos de rapiña, sangre y fuego. Si
Franco no se hubiese alzado lo habría hecho otro.
-Es verdad, Franco nos sacó de aquel caos, pero a costa de más muertos y
de someternos a una dictadura que durará hasta que el dictador se muera. Lo que
debía haber hecho era no ensañarse con los vencidos ni ocupar España con su
ejército como por derecho de conquista. ¡No me dirá usted que prefiere un
régimen dictatorial a uno republicano!
-Mi problema no es con los republicanos, porque yo también lo soy. Solo
estoy en contra de un Companys y un Azaña, quienes sabiendo de las orgías de
sangre, checas, quemas y expropiaciones, miraban hacia otro lado. Es decir,
preferían tolerar el caos antes que perder el poder. En fin, estoy de acuerdo
con Pío Baroja cuando califica de incompetente aquel gobierno compuesto
“ateneístas, profesores, oradores y gacetilleros”.
-Le noto cierto resentimiento; respira usted por alguna herida?
Hubiese preferido no responder a la pregunta, pero decidí soltar la
carga.
-No es resentimiento sino simple recuerdo. Mi padre, un pobre maestro de
escuela sin otro delito que el de ser calvosotelista, fue fusilado por una
cuadrilla de energúmenos amparados por la república de Companys. Sin embargo no
guardo ningún rencor. La guerra es la guerra.
El bueno de Xiberta volvió a morderse el puño. Era obvio que ambos
veíamos el asunto con distinto cristal; pero enseguida intervine tratando
nuevamente de aflojar la tensión.
-Padre Xiberta, ¿me permite decirle algo?
Diga, diga –respondió desabridamente
-¿Sabe lo que algunos comentan de usted?
A ver, ¿qué es?
-Que tendrá que ir al Purgatorio por catalanista.
Cambió de semblante y asomó la sonrisa.
-¡Ya quisiera yo que mi único pecado fuese este!
-Pero hay otros que le acusan de algo peor: de separatista.
-Hombre… tampoco me molesta el remoquete; pero prefiero ser simplemente
catalán.
Ahora siento haberme aprovechado poco de la sabiduría de aquel hombre, y
no ciertamente por culpa mía. Porque en aquel centro internacional, con
oportunidad de aprender idiomas en vivo, había convenios de intercambio. Yo los
tuve con algunos norteamericanos y alemanes: una noche para inglés-español,
otra para alemán-español, y así alternando.
En tanto, ya había terminado la tesis y recibido el visto bueno del
moderador. Era norma de la Gregoriana que, dos meses antes de la defensa
pública, se entregara en Secretaría cinco copias encuadernadas, pegando en cada
portada sendos módulos, donde figuraban: el nombre de la Universidad, la
Facultad, los datos personales del doctorando, el nombre del moderador y la
fecha de entrega de los ejemplares.
Llegó al fin la hora de las últimas pruebas para acceder al doctorado.
Antes de defender la tesis, había que superar dos exercitationes: una escrita, para la que se escogía al azar una
papeleta entre cinco en que se enunciaban temas relativos a las clases
impartidas; otra oral, llamada lectio
coram (lección pública), en que, también a la buena suerte, se elegía otro
argumento para desarrollarlo a modo de clase o conferencia. El acto era público
y estaba presidido por cinco profesores. Al término de la exposición, que no
debía rebasar la hora, cada profesor hacía su pregunta. También los asistentes
podían hacer las suyas.
En una calurosa tarde de un 10 de junio fui convocado para defender la
tesis. Quiso acompañarme a ese acto el mismo Bartolomé Xiberta: un honor al que
nunca habría aspirado neanche per sogno,
como diría Piolanti. Durante el recorrido en autobús me hizo algunos
comentarios. Parecía más contento que yo, e incluso se mostró
desacostumbradamente hablador.
-En mis tiempos –comentaba- no había tanta burocracia. No se requería
más que la presentación de un único ejemplar. Yo llevaba el mío escrito a mano,
que entregué en Secretaría al terminar la exposición. Eso era todo. Nada de lectiones coram ni otros requisitos que
se exigen ahora. El progreso es bueno, pero no en todos los aspectos es mejor.
Creo que retrasa innecesariamente los procesos.
Yo iba con muy pocas ganas de hablar, pero fingía tranquilidad y hasta
despreocupación, cuando en mis adentros, entre el calor y el miedo escénico que
presentía,estaba más muerto que vivo. El acto se celebró en una sala de la
planta baja. En la mesa presidencial se sentaban el moderador y otros cinco
profesores. La defensa no podía extenderse a más de una hora. La desarrollé con
relativa tranquilidad y respondí como buenamente pude a varias preguntas. Fui
calificado con 9/10, equivalente a Magna
cum laude probatus. ¡No estaba mal! Al término del acto me dijo Xiberta:
-Ahora es cuando está preparado para volver a empezar la carrera de filosofía.
Recibí un documento en que se declaraba que había cumplido con todos los
requisitos para acceder al título de doctor, pero el Diploma que lo certifica,
no me sería entregado sino después de publicada la tesis, o al menos un resumen
extenso, y entregados cincuenta ejemplares en secretaría para intercambio con
otras universidades, cum quibus haec
Pontificia Universitas commercium habet.
El vía crucis más difícil era encontrar un editor benévolo que me
publicara la tesis. Lo logré a través de Adolfo Muñoz Alonso, que era Director
General de Prensa y director- fundador de la revista Crisis, hoy desaparecida. Don Adolfo no solo tuvo la gentileza de
publicar el resumen de la tesis, sino la de preparar las cincuenta separatas y
encuadernarlas según módulo exigido por la Secretaría de la Universidad. Envié
los ejemplares, y en menos de dos semanas recibí el flamante Diploma de Doctor
en Filosofía. Tiré a la papelera el hipnótico que tomaba cada noche antes de
acostarme.
Añoro de corazón mis años pasados en Roma, sin duda los mejores de mi
vida, donde se me cambió en redondo la visión del mundo y la de mí mismo.
44
LIBERTAD ILUSORIA
El curso que tuvimos con el profesor Joseph De Finance sobre la
libertad, resultó decepcionante no sólo por la imposibilidad de agotar el tema,
sino por el estilo enmarañado de la exposición, como expliqué en otra parte.
Por aquellos años, entre el 60 y el 64, estaban de moda en nuestro ambiente dos
tratados sobre la libertad: The idea of
freedom, de J. Mortimer Adler, y An
inquiry into the freedom of decision, de Herald Obstad. Ambas obras
discurrían con metodología estadística acerca de los diversos modos de entender
la libertad. Saqué tiempo de donde no lo había para leer solo unas partes de
ambos libros; pero como vi que necesitaba más paciencia que tiempo, abandoné
las lecturas, contentándome con el resumen del curso que nos proporcionó el
profesor.
Mientras concibamos la libertad como mera ausencia de impedimentos
externos, percibiremos una libertad más aparente que real. El modo más directo
y popular de entenderla es definiéndola como capacidad de hacer cada uno lo que
quiera. Tal es la conciencia colectiva que tenemos de ella, radicalmente
errática pero afincada en la conciencia popular, debido a razones que también
merecen atención. De hecho, nadie está dispuesto a soportar una tiranía, no
tanto por el hecho de vivir bajo coacción cuanto porque tal coacción se debe
solo a la voluntad de otro. Es la rebelión de una voluntad libre contra otra
voluntad libre. Es como si estuviera escrito que la libertad nos ha sido dada
para que otros nos la quiten.
La primera amenaza contra la libertad viene de la organización
político-social. Vivimos en una sociedad competitiva. Cada ser humano es por
naturaleza codiciador de la libertad de otro. Que en una manifestación pública
contra cualquier entuerto se alcen reclamos por la libertad, es casi una
cuestión ritual, que muchas veces incluso se sitúa fuera de contexto; suenan
gritos de ¡libertad! aunque el motivo de la manifestación no tenga que ver con
ella. La razón de tal fenómeno está en que, aunque tengamos una zona de
libertad muy restringida, la llevamos de tal manera ínsita en nuestra
naturaleza racional, que cualquier injuria contra la racionalidad lo es también
contra la libertad. Una de las condiciones tristes del hombre consiste en que
está más capacitado para pensar la libertad que para tenerla.
La segunda amenaza nos viene del Ídolo de la caverna, que en la doctrina
de Francis Bacon significa el conjunto de impedimentos que todo humano lleva en
su constitución biopsíquica, como las desmesuras de nuestro temperamento contra
las cuales lucha la razón, a veces triunfante, a veces derrotada. La primera
tendencia de los temperamentos fuertes es la de dominar a los más débiles.
Quienes imponen su voluntad de poder tienen muy poca cuenta de lo que
recomienda Platón: que el primer ejercicio de nuestro imperio debe recaer sobre
nosotros mismos. Pero esta idea es una moneda que tiene dos caras: por una
parte, “la libertad intelectual” de que nos habla Spinoza, y por otra la de los
sentidos cuando pugnan con la razón. Al fin de cuentas no sabemos de qué parte
somos más esclavos, si de los sentidos o de la razón. Si la autonomía de la
voluntad limita con la razón y ambas conforman indisolublemente el psiquismo
superior del hombre, no debería darse conflicto entre razón y voluntad. Pero
sucede que solemos perder de vista un tercer visitante que siempre está presto
a intervenir, que es la ley de contradicción, de la cual ni siquiera la parte
más noble del ser humano se puede librar. De hecho, quien triunfa de sus
apetitos irracionales mediante la razón, se proclama triunfador en nombre de
una libertad ilusoria, pues la parte de sí mismo que ha dominado se le
convertirá en íncubo que le habrá de quitar el sueño. Somos libres de escoger
entre el “ser” y el “deber ser”, pero el segundo permanecerá como rémora de
nuestra libertad.
Tenga lo que tenga de discutible, y hasta de confuso el precedente
razonamiento, nos introduce en la tercera amenaza contra la libertad. Se trata
de lo que los moralistas clásicos llaman “libertad de necesidad”. (Libertas a necessitate). Es curioso:
¡libertad de necesidad para el hombre, que es un ser de necesidades! Llegado a
este punto, es natural que me preguntes:
-¿En qué consiste esta extraña libertad?
-En que mis decisiones no se produzcan por necesidad –no hallo otra
respuesta.
-Pero eso es un postulado de la razón práctica kantiana. ¿Te refieres a
una libertad real y objetiva o a una convicción a la que voluntariamente te
aferras?
-Me refiero, sí, a una convicción, pero no mía sino universal. La
especie humana está convencida, aunque no sabe con qué fundamento, de que cada
uno es responsable de sus actos mientras no obste disfunción de sus facultades.
-Es decir que, a la postre, no sabemos si somos libres o no. Es más: ni
siquiera sabemos qué es la libertad, pero en la práctica “necesitamos” creer
que somos libres, porque de no ser así, resultaría imposible la imputabilidad
jurídica y moral. Por consiguiente careceríamos de derecho y de moral, dos
cosas “necesarias” para que subsista el “necesario” orden político y social.
-He aquí –me responderás- una buena ficción de libertad. Los moralistas
nos hablan de la libertad de necesidad, cuando la realidad nos muestra todo lo
contrario: “necesitamos” creer que somos libres, lo que equivale a decir que
somos libres “por necesidad”. Tales son los absurdos a que conduce el concepto
vulgar de libertad, que afirma que consiste en hacer lo que se quiere.
-Si quieres un absurdo más, escucha cómo Rousseau, a guisa de bon épateur, comienza su Contrat social: ”Nacemos libres y
vivimos rodeados de cadenas por todas partes”. Pero, ¿cómo se puede decir que
nacemos libres si ni siquiera lo somos de nacer? Para que no nos seduzcan los
golpes de efecto del gran ginebrino, limitémonos a aceptar lo que realmente
tenemos: un margen de libertad sobremanera limitado. Por eso nos conviene
enfocar la cuestión de la libertad en su sentido más restringido, que es el de
libre albedrío, la forma menos ilusoria de libertad. Es una de las facultades
del psiquismo superior humano; una libertad más espiritual que material.
Funciona bajo el siguiente supuesto: dado que el hombre es capaz de concebir el
bien en sumo grado, no existe atractivo alguno de cosa particular que determine
necesariamente su apetito.
Apetecer el bien máximo implica la indeterminación de la voluntad
respecto a los bienes mínimos.
-Si eres optimista –me dirás-, tal vez este principio te convenza de que
tienes el vaso de la libertad medio lleno; pero si sigues reflexionando,
enseguida acudirá la objeción decepcionante. Admitamos que la voluntad es libre
de escoger entre un conjunto de objetos de distinta cualidad que no tengan
relación alguna entre sí. Pero si estos se nos presentan, como casi siempre,
según una escala de valores convencionalmente admitidos, necesariamente
escogeremos el mejor. Aunque heroicamente pospongamos la afición al deber, obedeceremos a un imperativo que no dimana
de nuestra voluntad libre. Es decir: o somos determinados por los bienes a los
que estamos naturalmente inclinados, o nos obligamos a sacrificar lo bueno a lo
que convencionalmente nos dicen que es mejor. Queda, por tanto, como ilusoria
la libertad de necesidad.
Me doy cuenta de que si sigo arguyendo contra mí mismo, no lograré más
que alargar la cadena de objeciones. Podemos terminar la disputa dejando entre
paréntesis la libertad de necesidad, o si queréis, darla de barato. Abandonemos
las altas aspiraciones y admitamos una realidad indiscutible: digamos que
poseemos, cuando menos, aquel mínimum de libertad para que no se pueda decir
somos esclavos. Teniendo esto en cuenta, hablemos del libre albedrío según la
medida de lo que conviene a la naturaleza racional, poniendo en entredicho,
solo por un momento, la sinonimia de uso que suele darse entre libertad y libre
albedrío. Para poder hablar del libre albedrío con plena objetividad y con un
mínimo de restricciones, es preciso abandonar las especulaciones filosóficas y
mirar a los entes libres desde la casuística cotidiana. Suponiendo que no obsta
ninguna disfunción física ni psíquica, cada sujeto necesita dos condiciones
para elegir libremente: vivir en un medio que se lo permita y saber dirigir la
libertad de elección.
Primero, vivir en un medio que lo
permita. Hay que afincar en la conciencia el sentido del libre albedrío. No
es lo mismo poseer la facultad natural de elegir que estar en condiciones de
ejercerla. Las posibilidades de elección dependen de varias circunstancias
individuales y colectivas. Hay quienes teniendo grandes espacios de elección,
viven cercados de obstáculos que les impiden elegir. Para unos, los
impedimentos vienen de la alta esfera social en que residen, donde todo sobra;
para otros, de los estratos más bajos donde todo falta.
-¿Querrás decir, entonces, que la puesta en marcha del libre albedrío
consiste en disentir?
-Poniendo la moderación que el sentido común exige, es así. Ni Spinoza,
ni Hume, ni Rousseau, ni Schopenhauer ni Heidegger habrían alcanzado sus metas
si no hubiesen disentido de sus familiares, protectores o tutores. Si Kant no
se hubiese resistido a la influencia de su madre y del teólogo Schulze, no
habría pasado de ser un oscuro pastor pietista. Pero estas fueron excepciones singulares;
lo habitual es que los prejuicios familiares y sociales inhiban los proyectos o
los aborten apenas comenzados. Cuanto más críticos seamos frente a las
estructuras sociales, tanto menos nos afectarán la coacción y la necesidad.
En segundo lugar, saber dirigir la
libertad de elección. De nada sirve el libre albedrío si se tienen ideas
turbias acerca de la libertad de qué y
la libertad para qué. Es preciso
saber de qué quieres liberarte y cuáles son los proyectos que tienes en mente.
Esto es, hay que poner en acto la consciencia de tu libre albedrío. Muchos hay
que nunca serán libres porque ni siquiera saben que no lo son. Mucho mayor de
lo que se piensa es el número de apáticos que se sienten cómodos con su
incapacidad de elegir.
-Demasiadas trabas le estás poniendo a la libertad.
-No soy yo quien las pone; me limito a mencionarlas.
-Entonces, ¿estamos destinados a vivir en una libertad ilusoria? ¿No hay
posibilidad de pensar en una libertad real?
-No la hay si nos situamos en el intelectualismo dominicano o en el
voluntarismo escotista. Ambas ideas de libertad son ilusorias: la primera
porque coloca la libertad en la naturaleza racional humana, creyendo que,
después de eso, solo con poner el acto voluntario ya somos libres; la segunda
–más grave todavía- porque sitúa la voluntad por encima del intelecto, con el
fin de salvar la libertad de Dios y justificar la soberanía volitiva de los
gobernantes terrenos.
-No entiendo a qué te refieres.
-No lo entiendes porque deberíamos volver al debate entre el intelectualismo
y el voluntarismo, del que bastante hemos hablado. De momento, quiero responder
a tus incertidumbres sobre nuestra libertad real, que yo sitúo en el libre
albedrío.
Convengamos, pues, en que la libertad de que mal gozamos es escasa o
casi nula. Sin embargo, no por eso debemos sentirnos lanzados a la fatalidad de
una vida sin sentido. No pretendo afirmar que debamos volver a los moralistas
clásicos, que aseguran que los afanes del hombre consisten en alcanzar la
felicidad. Que esta es un ideal imposible, ya lo sabemos. Por eso debemos
rebajar nuestras aspiraciones; ya que es imposible vivir felices, conformémonos
con vivir contentos. Desdramaticemos el concepto existencialista de la libertad
fallida, que no pasa de ser un talante artificioso. No importa el talante que
tengamos ante la vida, sino la vida que tenemos por delante, que no es tan
angustiosa como declaman los cantautores del existencialismo.
-Dime, entonces, qué es lo que propones concretamente.
-Justipreciar el libre albedrío, yendo a la raíz de la individualidad,
que es la persona. Que seamos animales sociales no significa que cada individuo
deba perderse en la multitud. Pertenecemos a una especie, pero somos, en
primera perspectiva, un conjunto de singularidades, cada una con sus últimas
formalidades que las identifican. Hay que mirar con cautela ese lugar común de
que la sociedad está por encima del individuo, para que no olvidemos que la
sociedad se compone de individuos, y que la perfección de la sociedad consiste
en desarrollar el principio de perfectibilidad que yace en cada individuo.
Insistir solo en la preeminencia de la sociedad es tanto como suponer que la
especie está antes que el individuo. Los discursos de los políticos
colectivistas pervierten con sus malas intenciones las buenas de quienes les
escuchan. En la especie humana, cada individuo es un subsistente distinto
dotado de razón para saber distinguir; es un sujeto consciente, sui iuris y compos sui. Es decir, un ente al que compete la dignidad y la
irreductibilidad a la multitud social a que pertenece. Los individuos son la
materia prima de una sociedad
perfecta. Si no se cultivan las individualidades, la sociedad se vuelve
gregaria, obligándonos a no caminar a donde tenemos que ir sino a donde todos
van. Es una vieja enfermedad social de la que ya se quejaba Séneca.
-Esto suena bien; pero ¿dónde quedan las responsabilidades jurídicas y
morales?
-Es una buena pregunta para remachar lo que acabo de decir. Si un
gobierno quiere ciudadanos probos, debe constituir una sociedad que no solo
cultive el saber de los individuos, sino también su consciencia de ciudadanía.
Una sociedad que protesta por el destape de la delincuencia y clama por la
seguridad ciudadana, se está acusando de haber descuidado a los ciudadanos. Un
gobierno que, aun siendo democrático, necesita emplearse a tiempo completo en
la represión de sus ciudadanos y tiene que invertir más en cárceles y patrullas
armadas que en escuelas, es un gobierno que ha descuidado la educación del
individuo.
-Con estas reflexiones corres peligro de que te acusen de
individualista.
-Mi actitud sería individualista si la sociedad en que vivimos fuese
perfecta. Cultivarse uno mismo como individuo y como persona, significa, en
primer lugar, ocuparse de sí mismo. Si esta ocupación conlleva rupturas con la
sociedad, peor para la sociedad.
Bienquistarse con la sociedad es cosa buena mientras con ello el
individuo no tenga nada que perder. Bastante hace en favor de la sociedad quien
trata de desarrollar su principio de perfectibilidad. Porque al fin de cuentas,
una multitud de individuos bien cultivados será lo que constituirá una sociedad
perfecta según la debida proporción. No es el Estado ni la sociedad quienes
perfeccionan al individuo, sino al revés, porque de un conjunto de individuos
bien constituidos surgirá una sociedad bien constituida.
-¿Dónde colocas, entonces, las competencias del Estado?
-Aparte de facilitar y obligar a los individuos a activar su principio
de perfectibilidad, su otra misión es la de procurar el mayor bienestar posible
para todos los ciudadanos.
-O sea, utilitarismo.
-Llámalo así si quieres. ¿Acaso existe otro modo de gobernar en forma
más proveedora? Antes que exigir que los individuos sean útiles a la sociedad,
hay que procurar que la sociedad sea útil a los individuos, para que así la
utilidad individual se revierta en bienestar social. De esta manera
aliviaríamos el parasitismo y la incapacidad de elegir por indolencia; porque
muchos hay que sabiendo que tienen alguna posibilidad de elegir, ni siquiera ésta
aprovechan. Claman por la gran Libertad y descuidan la pequeña libertad del
libre albedrío. Lloran por no tener más, y se contentan teniendo menos. Aspiran
a la felicidad y renuncian a vivir contentos, que es la única renta que podemos
esperar del libre albedrío.
45
ARRIVEDERCI, ROMA
Roma es uno de los lugares donde el residente temporal desea retardar la
partida indefinidamente, máxime cuando uno ha pasado allí los mejores años de
su vida. Pero había llegado para mí el día del Arrivederci, Roma. En sucesivas visitas, la saludaba con un simple arrivederci. Más tarde: forse ci rivedremo. Por último: Ciao, Roma; non ci rivedremo più.
Al despedirme de Bartolomé Xiberta, me dijo:
–Au, i ara, a guanyar-se les
garrofes! [Venga, y ahora, ¡a ganarse las algarrobas!].
Era también de rigor despedirse de los personajes más prestantes de
aquel Colegio: el Prior General, Kylian Healy, los Asistentes Claudio Catena,
Iacobus Melsen y Carmelo Luisi.
El padre Healy, amabilísimo, me preguntó a dónde iba.
-Antes de volver a España, me gustaría visitar Aylesford; buscaré
información de cómo llegar.
-No es necesario –dijo-, yo mismo se lo puedo explicar.
Inmediatamente sacó una cuartilla y me hizo de su propia mano un croquis
que todavía conservo.
-Si tiene problemas –añadió- no hay más que preguntar a cualquiera por The Friars. Aún quedaban varias personas
a las que había que decir adiós: el buenísimo Nazareno
Mauri, Gerardo Angelici, “ingeniero” mantenedor de la máquina de aquel
Colegio Internacional, el inolvidable Cosmas Peters, Pio Inglott, Joachim
Smeet, Ludovico Saggi, Adrianus Staringg, Carlos Mesters, Redemptus Valabek,
Franz Seibel, Jerome Watt, y muchos más, sin olvidar al intransigente canonista
Elías Cardoso y sobre todo al joven estudainte Linus Brincat, que fue mi
paciente peluquero durante dos años.
Imposible olvidar a Angelo Coan, músico, musicólogo y compositor. A sus
cuarenta y pocos años, ya llevaba sobre sí una brillante carrera de
publicaciones musicales, conferencias y recitales. Además de ser Maestro de
Capilla del Colegio San Alberto, formaba parte de la flor y nata de la
musicología romana. Era Secretario del Pontifizio
Istituto di Musica Classica. Se decía que estaba ampliamente relacionado no
solo con el mundo de la música sino también de las artes e incluso de la
política. Conversando sobre Coan, el historiador Lodovico Saggi se lamentaba de
que la Orden no mostrara suficiente estima por un músico de tanta talla.
Personalmente, lo recuerdo como hombre solitario, tal vez misántropo. Me
arriesgo a creer que el extraño padre Angelo era, por encima de sacerdote y
carmelita, artista; un artista que llevaba el espíritu de Beethoven sofocado
bajo el hábito marrón. Por eso cuando regresaba a San Alberto debía sentirse
como exiliado, fuera de su mundo, obligado a recluirse en el suyo interior.
Pero su sensibilidad no se limitaba a la esfera de las artes; también
incursionaba en la estética literaria, a juzgar por dos conferencias que le
escuché, en un italiano accuratissimo.
La primera versó sobre la poesía y la narrativa de Aldo Palazzeschi; incluso
habló de su intención de poner música a ciertos poemas del escritor. Cuando me
acerqué a felicitarle por su discurso, ni siquiera se dignó mirarme. La otra
charla fue una despiadada crítica contra actitudes que le parecían
relajamientos impropios de un Colegio Mayor. Era imposible que en aquel pequeño
mundo multinacional no hubiera actitudes colectivas que hirieran su
sensibilidad estética. Lo que más detestaba era el inevitable fragor que
producía la remoción de los pequeños escabeles que en cada puesto del coro
servían para arrodillarse. (Lo sporco
sbattere di sgabelli!).
Con frecuencia, de vuelta de la Gregoriana, me cruzaba con él en el
Ponte Sant`Angelo, y nunca correspondió a mi saludo. Sin embargo, fui a llamar
a su habitación para despedirme de él.
-Padre Angelo, he terminado el postgrado y vengo a despedirme. Le
felicito por el toque estético que usted está poniendo en este Colegio.
Contra lo que esperaba, el hombre mudó de semblante. Me dio un largo
abrazo y tanti auguri por mi
doctorado. Luego me retuvo por unos segundos, mirándome con rostro extrañamente
emocionado.
-Permítame decirle algo. En más de quince años que estoy aquí haciendo il mio compito, usted es el primero, ¡el
único! que ha tenido la gentilezza de
venir a despedirse. Mille grazie, caro!
Me dio otro abrazo y me regaló dos cajetillas de Chesterfield. ¡Cosas
veredes, Sancho!, pensé para mí.
Al atardecer de un primer sábado de septiembre llegué a Aylesford,
tranquila villa del Condado de Kent. A pesar de que el otoño se había
adelantado, la temperatura era apacible.
En las afueras se alzaba el vetusto monasterio carmelitano junto a un
plácido río (Medway), en una explanada
de exuberante vegetación. Me condujeron a un pequeño despacho junto a la
capilla donde estaba sentado el reverendo Kilian Lynch, prior de aquel
monasterio. Me recibió con gran amabilidad. Era un irlandés de imponente
presencia y exquisito trato. Había sido Prior General de la Orden durante dos
sexenios. Muchos años atrás, lo vi dos veces en sendas visitas canónicas que
hizo a la comunidad carmelitana de Terrassa. Pero como pasados los años, yo
había crecido más en curiosidad que en saber, aproveché la ocasión de
observarlo de cerca. Era físicamente un hombretón, y moralmente una de las
figuras más prestantes de la Orden. Aunque su envejecimiento era notorio,
conservaba intacta la esbeltez y el talante autoritario. Me llamó la atención
sobre todo su mirada, severa y dulce a la vez. Me preguntó mucho sobre personas
y cosas del Colegio San Alberto. Luego de felicitarme por mi grado académico,
me hizo acompañar a una pequeña habitación amoblada con madera envejecida, que
sería mi celda conventual durante cuatro días. Se daba por entendido que yo,
aunque visitante de paso, estaba obligado a asistir a los actos regulares de
aquella comunidad.
Al día siguiente, domingo, poco antes de las once, la amplia capilla
estaba repleta de gente en espera de la misa. A banda y banda del presbiterio
se alineaban los asientos del coro formando ángulo recto con cada lado del
altar. La ceremonia empezó con el rezo de Tercia. A los pocos versículos del
primer salmo, el Padre Lynch pegó fuerte manotazo sobre el respaldo delantero.
Stop!
–gritó-. Alabar al Señor no es una tarea que haya que acabar cuanto antes. [¡Lástima
no recordar literalmente la frase en inglés!]. Os olvidáis de la debida pausa
que hay que hacer en cada asterisco. -Let´s
start again [ordenó, y entonó él mismo]: Deus, in adiutorium meum intende…
Fue un momento sumamente bochornoso. Sentí vergüenza propia y ajena ante
aquel exabrupto de un superior regañando públicamente a una veintena de
frailes, mayoritariamente ancianos y adultos avanzados. Aquel proceder del Padre
Lynch me pareció obscenamente inadecuado.
Olvidando el incidente, viví unos aquellos cuatro días descansando de
emociones acumuladas. La amabilidad con que me trató el Padre Lynch al
despedirme, hizo que se me esfumara el mal recuerdo de la reprimenda, y más aún
cuando me preguntó:
-Would
you need some money for travel expenses?
De haber sido sincero y audaz, debí responder yes, porque realmente lo necesitaba, pero me limité a un leve gesto
ambiguo, que él supo interpretar genialmente, pues sacando doscientas libras de
un cajón me las entregó con sonrisa de buen entendedor. Cosas veredes, Sancho,
recordé otra vez.
Hoy, a más de cincuenta y cinco años que me gano las “algarrobas”, me
complazco en mis recuerdos, pero sin buscarles ninguna significación especial.
Todo queda en puntos suspensivos, excepto cierto rammarico por haber matado tanto tiempo en la pereza y la rutina. A
menudo toco en vivo la realidad de un refrán que solía repetir mi amigo corso
Jean-Louis: tout passe, tout casse, tout
lasse. (Todo pasa, todo acaba, todo cansa). Es verdad: nos detenemos a
saborear morosamente los buenos tiempos pasados; sin embargo, sería horroroso
tener que repetirlos.
Después de todo, no creo en la buena fortuna ni en la mala. Solo estoy
seguro de que no me puedo quejar. Hechas las cuentas, creo que pocos habrán
tenido una vida tan fácil como la mía. Desde mis años de estudiante de Teología
he sido muy reticente respecto a los dogmas, sobre todo el de la Divina
Providencia, aun habida cuenta de que conmigo ha sido generosísima. Pero es
precisamente esa generosidad lo que me desconcierta, cuando considero los
innumerables casos en que se justifica la pregunta: ¿dónde está Dios? ¿Por qué
ha estado conmigo, que nada he puesto de mi parte, y no con muchos otros que lo
han puesto? Cualquiera me replicará:
-¿Cómo sabes que no ha estado con todos, incluso con los más
desafortunados?
-No tengo otra respuesta que el testimonio de los sentidos. El misterio
y la duda, quedan. Hay quien se conforma con la inescrutabilidad de los
designios divinos. Ante las grandes calamidades, Bartolomé Xiberta solía decir:
”esto estaba previsto por Dios desde toda la eternidad”. Seguro que sí, pero
esta sentencia no resuelve la cuestión; simplemente la suprime.
46
EXPRIENCIA
DEL CONOCIMIENTO
Los entendimientos cultivados tienden a rebuscar experiencias nuevas.
Pero hay gran diferencia entre quienes se contentan con buscarlas por fuera y
los que, además, las almacenan y rumían por dentro. Aunque parece que sobreabundan
los primeros, todos - queriendo o sin querer- se atienen a lo que podríamos
llamar “principio de ida y vuelta”.
-¿En qué consiste eso?
-En ir venir del sujeto cognoscente al objeto conocido, y viceversa.
Todos los que cultivan alguna ciencia o arte realizan ese viaje de ida y
vuelta. El entendimiento se aplica al objeto, lo observa con todos sus notas
esenciales y accidentales, para luego retornar a la facultad cognoscitiva
convertido en experiencia de conocimiento.
-¿No te parece eso demasiado rebuscar?
-Nunca es demasiado, porque los errores epistemológicos se producen
precisamente por no poner suficiente atención a lo que he llamado “principio de
ida y vuelta”. Si bien lo reflexionas, tal es la experiencia que has tenido en
el recorrido de tus aprendizajes. Así puede verse también en la Historia del
pensamiento. Los científicos, llevados de la curiosidad y la admiración,
procedieron de los fenómenos a las esencias. Llegaron a la ciencia partiendo
del trabajo precientífico. No fue un resultado casual ni imprevisto, sino obra
de reiteradas experiencias cognoscitivas a lo largo de siglos. Cada generación
ha desarrollado y perfeccionado los conocimientos de las anteriores con
resultados incompletos, no por deficiencia intelectual sino por falta de tiempo.
Cada época ha procurado aumentar la herencia científica según la medida de la
capacidad humana y del tiempo de vida disponible.
-Pero si mal no entiendo, sobreabundaron las dudas y los errores.
-Éstas pueden enturbiar a primera vista el razonamiento, pero no
instalarse definitivamente en él. Para desalojar esos ídolos basta una dosis
suficiente de sentido crítico, que toda mente sana posee.
-Sin embargo, todavía hay escépticos convencidos.
-Si te
encuentras con alguno, asegúrate primero de su sanidad mental; y si no le
hallas ninguna tara, pregúntale si lo que dice es realmente lo que piensa, pues
hay algunos sedicentes filósofos cuya
principal intención es la de épater le
bourgeois.
-Es decir…
-Asombrar a los cortos de entendederas. Ante
las excentricidades de un filósofo, consulta a tu propia consciencia; allí
verás si lo que se pretende es plantear una tesis o causar una impresión, pues
tú ¡no querrás engañarte a ti mismo! Tampoco los escépticos quieren engañarse
porque ellos son tan tridimensionales como tú y yo; teorizan sobre su doctrina pero la desmienten con los hechos.
El psicologismo decimonónico podrá tener algunos adeptos, pero nunca perderá
actualidad la sentencia de Husserl: “El psicologismo relativista está de espaldas
a los hechos”.
-En medio de tanta literatura
sobre consciencia, subjetividad y objetividad, me pierdo.
-Ciertamente: nada más característicamente humano que la duda y el
error. Pero ha sido precisamente dudar y errar lo que ha enriquecido la experiencia
del conocer. El conocimiento se ha vuelto, siglo por siglo, cada vez más
autocrítico. Pero como las dudas y
los errores han sido más que los aciertos, los filósofos han alternado la
experiencia del acto de conocer con el estudio de la potencia cognoscitiva.
Tanto han querido afinar el conocimiento, que han creado un tratado de Filosofía de la filosofía.
-Tautología para mí innecesaria, pues no otra cosa ha hecho la Filosofía
que reflexionar sobre sí misma,
cuestionando incluso los principios en que se
apoya.
-Quizá tengas razón. Pero sus intenciones fueron buenas en principio,
pues nunca está de sobra repasar la ruta de nuestro razonamiento; solo que al
fin se han estrellado contra la imposibilidad de ir más allá de nuestro alcance
cognoscitivo. Los que ante el fracaso han persistido no han tenido más destino
que caer en dos extremos: un relativismo desmedido en que todo cabe o un escepticismo
universal. Ambos extremos han echado a mala parte el aforismo irónico de
Sócrates: “solo sé que no sé nada”.
-¿Cuál sería, entonces, el punto justo del criticismo?
-Distinguir entre la crítica que discierne y la que demuele.
-Veo clara la que discierne, pero la que demuele…
-Es la de quienes piensan que el verdadero filosofar empieza con Kant, o
con Hegel o con Nietzsche, haciendo tabla rasa del todos los precedentes.
Válgate una anécdota. Iniciando el profesor Alberto Rosales un cursillo sobre
Kant, quedó defraudado ante unos asistentes que desconocían a Hume, y les dijo:
“Haré con ustedes un acto de filantropía: dedicaré esta primera lección a
Hume”. En efecto, cada filósofo de los grandes tuvo uno o más antecesores que
le “despertaron”. Es indispensable ir y volver de Parménides a Heidegger.
-Lo mismo se puede decir de todos los científicos.
-Pero con una diferencia: a un físico actual, por ejemplo, se le
dispensa que no tenga nada que decir de Arquímedes; pero un filósofo que se
respete siempre tendrá algo que comentar sobre Platón. En consecuencia, el
inicio de un buen criticismo consiste en no negarles la sal y el agua a los
filósofos que nos dejaron algo de qué discutir.
-Los actuales filósofos analíticos te acusarían de rebajar la carga
crítica que implica cualquier investigación científica.
-No lo sé, pero yo siempre he sostenido que en los saberes hay tanto de
conocimiento cuanto de crítica; pero el espacio crítico limita con la
aprehensión de verdades de evidencia inmediata, que son punto de partida hacia
el conocimiento de otras más avanzadas.
-¿Hasta qué límite?
-Hasta el límite subjetivo del entendimiento humano. Uso aquí la idea de
verdad según las posibilidades de cualquier entendimiento. Que no hay efecto
sin causa, que cada cosa es igual a sí misma, que no hay término medio entre
ser y no ser, etc, son verdades al alcance de cualquier mente que no adolezca
de disfunción.
-A primera vista me convences, pero no sé si cuentas con los
sentimientos y emociones, que tan a menudo enturbian la percepción.
-Este hecho es inevitable, pero tenemos el consuelo de que no ocurre por
defecto del entendimiento, sino por circunstancias externas, que nos emocionan
o apasionan transitoriamente. En tus afecciones anímicas debes acordarte de los
“ídolos” de Francis Bacon, uno de los cuales viene precisamente de las teorías de
su sanidad mental; y si no le hallas ninguna tara, pregúntale si lo que dice es
realmente lo que piensa, pues hay algunos sedicentes filósofos cuya principal
intención es la de épater le bourgeois.
-Es decir…
-Asombrar a los cortos de entendederas. Ante las excentricidades de un
filósofo, consulta a tu propia consciencia; allí verás si lo que se pretende es
plantear una tesis o causar una impresión, pues tú ¡no querrás engañarte a ti
mismo! Tampoco los escépticos quieren engañarse porque ellos son tan
tridimensionales como tú y yo; teorizan sobre su doctrina pero la desmienten
con los hechos. El psicologismo decimonónico podrá tener algunos adeptos, pero
nunca perderá actualidad la sentencia de Husserl: “El psicologismo relativista
está de espaldas a los hechos”.
-En medio de tanta literatura sobre consciencia, subjetividad y
objetividad, me pierdo.
-Hay un método casi infalible de cerciorarnos de la de la objetividad de
nuestras percepciones: consiste en observar cómo la consciencia volente
protagoniza los actos del sujeto pensante y operante. Incluso percibe las
circunstancias concomitantes que eventualmente le facilitarán la anámnesis de
sus actos.
-Te contradices; porque si para para rememorar mis actos conscientes
necesito ayudarme de circunstancias concomitantes, significa que en mis
percepciones hay buena carga de subjetivismo.
-Eso no es objeción contra mí, sino una razón más a mi favor, porque son
precisamente los recuerdos concomitantes los que refuerzan la objetividad de
mis percepciones pretéritas.
-Ahora bien, varias veces has dicho que un juicio solo es verdaderamente
tal si interviene la voluntad.
-Así es. Las aprehensiones intelectivas serían inanes sin el concurso de
la voluntad. Entendimiento y voluntad son dos potencias inseparables de la
racionalidad, que solo se distinguen por la diferencia de sus funciones. El
entendimiento aprehende necesariamente las
esencias y la voluntad ejecuta libremente
las acciones subsiguientes; en nuestro caso, la acción de juzgar. Pero,
además de retener las esencias, el entendimiento se apercibe de sus relaciones
e interconexiones, como entre las neuronas y la sinapsis. Dicho de otra manera:
una vez “metabolizados” lo datos sensibles en el entendimiento, entonces
interviene la voluntad transformando el entendimiento en razón discursiva.
-Pero vayamos a los actos: ¿cuál es la facultad que determina en última
instancia los actos humanos, la razón o la voluntad?
-De modo principal la voluntad, pero en conexión con el entendimiento;
ambos son proporcionalmente determinantes. Todos los actos humanos, por
insignificantes que sean, son raciovolitivos.
-Pero hay actos que se hacen sin querer, por ejemplo errar, o
equivocarse.
-Propiamente, lo que se hace sin querer no es el error sino la
equivocación. Por interés o por sentimiento podemos persistir en un error, pero
no en una equivocación, ¡por favor!
-Entonces, ¿por qué se dice que errar es humano?
-Porque sólo el hombre es capaz de aplicar la voluntad contra la razón;
los errores son precisamente actos irracionales. Pero el error es un tema que
merece atención aparte.
-Muy bien; reconecto: ¿pueden darse actividades que sean solamente
racionales, sin ningún movimiento volitivo?
- No, porque el mero acto de pensar ya es necesariamente volitivo; de lo
contrario no lo llamarías “acto”. Aunque el entendimiento percibe
necesariamente lo que está a su alcance, lo natural es que las aprehensiones
intelectivas culminen en actos voluntarios, como querer, rechazar, preferir, postergar,
etc. Son mociones subsiguientes a la percepción de las esencias. No es que el
intelecto incite a la voluntad para que acepte o rechace, sino que es ésta la
que estimula hacia la formulación de proposiciones ciertas o probables. De
hecho, continuamente nos percatamos de nuestros actos cognoscitivos y nos
concienciamos de su racionalidad. Por lo general, la voluntad acepta
proposiciones claramente verídicas, pero en ocasiones prefiere adherirse
interesadamente a sentencias opinables o dudosas, que no obstante el sujeto
tratará de justificar razonadamente.
-Pero en tales casos ya no
estamos en el ámbito filosófico sino en el psicológico.
-Efectivamente, al aceptar cualquier proposición, concurren dos
factores:
el asentimiento y el interés. En el asentimiento solo se presta atención
a la intuición percibida; pero en el interés, aun sin prescindir de lo intuido,
hay otros motivos extrínsecos mucho más decisivos que determinan la adhesión de
la voluntad. No con la misma actitud asiente la voluntad a los axiomas
matemáticos que a los dogmas políticos o religiosos. En el conocimiento puro la
voluntad no interviene si no es para remover obstáculos a la percepción,
mientras que en las tesis ideológicas actúa como primer motor dialéctico,
instando al entendimiento a forjar argumentos sofísticos en defensa de una u
otra parte. Del mismo entendimiento nos valemos para aceptar la verdad que para
defender el error. Pero por más que tributemos en favor de doctrinas en que
prevalecen los intereses, siempre yace en nuestra consciencia el “Sócrates” que
en algún momento nos enrostrará el engaño en que interesadamente permanecemos.
-En este punto quisiera detenerme. Ya que me introduces en el ámbito
moral, veo que el entendimiento percibe necesariamente el deber ser de las
acciones, pero la voluntad es libre y puede obrar en contra del deber ser. ¿Qué
pasa, entonces, con las imputaciones jurídicas y morales?
-Hay que distinguir entre el foro interno de la moral y el externo del
derecho. Si se trata de una imputación moral siendo tú inocente, no deberás
esperar a que alguien te anule la imputabilidad, ya que ésta no existe. En el
plano jurídico, en cambio, a la imputabilidad debe seguir un proceso
probatorio. Si las pruebas no se dan, el imputado es absuelto, pero la absolución
no indica inocencia –aunque esta palabra se use en los tribunales- ni
culpabilidad, sino simple anulación de la imputabilidad. Etimológicamente,
absolución significa “desligamiento”. Los tribunales no penetran en las
conciencias. Cuando absuelven por falta de pruebas, “desligan” al imputado del
acto del que se le acusa, sin que ello implique atestiguar su inocencia, pues
solo el sujeto sabe, en su conciencia, si es inocente o culpable. Valga, de
paso esta observación para no confundir la absolución con el perdón, como
generalmente ocurre.
-Explícame la diferencia.
-Perdonar –per-donare- es
declarar la no existencia de una deuda. En tal sentido perdonar es sinónimo de
condonar. Si tu amigo te ha prestado un dinero y tú no puedes devolvérselo, él
puede perdonarte la deuda, con lo cual ésta deja de existir. Lo que no se puede
perdonar es una ofensa o una injuria, porque son actos que dejan una huella
psicomoral permanente, imborrable. El dinero se recupera, pero el efecto de la
calumnia no. Yo no puedo perdonarte de la calumnia, pero puedo no tenértela en
cuenta.
La injuria dicha o escrita, permanece para siempre, aunque el ofendido
diga que te perdona. Sin embargo, se acepta el uso popular del verbo perdonar
sin importar que se trate de deudas o de injurias. Lo importante, en fin, es no
confundir perdón con absolución.
-¿Significa eso que la absolución que te da el cura en el confesionario
no implica el perdón de los pecados?
-Lo implica si tu confesión ha sido conscientemente sincera. En tal caso
quien te perdona no es el confesor sino Dios; el confesor solo te absuelve ante el foro externo de la
Iglesia. Pero si la confesión es ficticia, no estás absuelto ni perdonado.
-Mentiría si te dijera que te he entendido enteramente; más bien me has
metido en un mar de dudas.
-Tanto mejor. La duda es el primer tránsito hacia el saber. Si te he
llenado de dudas, favor que me debes.
47
Ninguna experiencia intelectual golpea tan directamente nuestra
conciencia como la duda. Tal vez hayamos alcanzado conocimientos que nos han regocijado
a lo largo de nuestra vida, pero ningún recuerdo ha permanecido en nuestra
memoria con tanta insistencia como el de las numerosas dudas que aún no hemos
resuelto. Los conocimientos adquiridos con éxito, pocos o muchos que hayan
sido, nos dejaron buen sabor de boca por algún tiempo generalmente breve, pero
al fin se nos han consustanciado de tal manera, que los sentimos como parte de
nuestro organismo sano, de cuyo funcionamiento no nos damos cuenta mientras
gozamos de buena salud. Pero tratándose de dudas, que tenemos en tanta
abundancia, nuestra memoria nos acompaña con severa fidelidad. Sin embargo, eso
no crea ningún motivo de frustración; al contrario, hay que dar por bienvenida
esa memoria como luz amarilla que nos recuerda la regla cartesiana de no emitir
juicios con precipitación.
En el campo de las ciencias, ganan las dudas sobre las certezas. Y menos
mal que es así, pues el principio de todo saber es la duda, tanto como el
carecer de dudas es indicio de necedad. Porque es preciso advertir que no todas
las realidades que percibimos pueden darnos una verdadera especie de sí mismas.
No se perciben con misma claridad las proposiciones metafísicas que las
morales. Las esencias físicas y metafísicas se manifiestan con desigual
evidencia. Mayor aún es la dificultad en que se hallan ciertas mentes frente a
la cuestión objetiva de la verdad y la subjetiva de la certeza, de lo que aquí
no hablaré para no salirme de tema.
En ciertos momentos –muy pocos- sentimos que hay perfecto correlato
entre la verdad objetiva y la certeza subjetiva, entre los enunciados de
evidencia inmediata y otros conocimientos que vamos adquiriendo por ciencia o
por hábito intelectual. Pero lo más frecuente es que tengamos que suspender el
juicio, inclinándonos a la opinión o a la duda según sea el peso, escaso o
nulo, de cada parte de la contradicción. La peor y al mismo tiempo la más
estimulante de dichas posiciones es la duda.
Algunos resuelven la duda con la simple suspensión del juicio
sintiéndose cómodos así, mientras otros se afanan en buscar motivos de
probabilidad en las diversas opiniones. Si los motivos de duda son
objetivamente serios, sin posibilidad de solución a corto ni a largo plazo, se
justifica la duda por tiempo indefinido. Pero esta posición no puede inveterarse
hasta convertirse en escepticismo radical. La discusión sobre la capacidad de
saber no puede empezar con una negación, pues comenzar negando es negarse a
comenzar. No vale cerrarnos las puertas del saber con apriorismos inapelables.
La capacidad cognoscitiva del ser humano es un hecho que no necesita
demostración, pues queda sobradamente probada a través de actos y productos
humanos. Los constructos humanos, tanto los ideales como los materiales,
especifican una naturaleza racional capaz de llegar a conclusiones, que si son
teóricamente discutibles, son prácticamente funcionales.
Admito que hay momentos en que debemos curarnos de ciertas dudas, pero
no podemos hacerlo con dogmatismos, porque el dogmatismo es una violencia
epistemológica. La duda humana no busca que le cierren la discusión sino que se
la concluyan. Lo que hace el escéptico es mantenerse firme en una teoría y
claudicar en la práctica; teóricamente, afirma la imposibilidad de probar y
demostrar, mientras en la práctica acepta los pactos como si fueran postulados
indiscutibles. Se obstina en anular las ideas, pero no puede matar el lenguaje
con el que defiende las suyas. Yendo aún más allá, el escéptico pretende
incluso suprimir la duda, lo cual supone la ablación de una parte de la potencia
raciocinante, pues la duda no solo es parte del razonamiento sino estímulo
hacia él.
Como la duda escéptica es una postura literaria más que filosófica, solo
podemos mitigarla con un trabajo de introspección. Por más que rebusquemos en
lo íntimo de nuestro Yo, nunca nos convenceremos de la imposibilidad de llegar
a saber algo, al menos las esencias de evidencia inmediata. Tampoco quiero
decir que lleguemos muy lejos en la obtención de verdades irrefutables, pero
encontraremos las suficientes como para no caer en el escepticismo o en un
relativismo contrario al sentido común. Aunque siempre, naturalmente, con el
debido esfuerzo, puesto que de entrada hay que vencer una doble dificultad:
objetiva y subjetiva. La primera reside en la naturaleza de algunos objetos,
cuya complicación demanda buenas dosis de perspicacia intelectiva. Razón tenía
Heráclito diciendo que a la naturaleza “le gusta esconderse”. Pero la
dificultad subjetiva es aún mayor, puesto que radica en las deficiencias del
sujeto cognoscente. No todos los intelectos son igualmente perspicuos para
captar las esencias. Aunque seamos iguales en la especie, no lo somos en
atributos ni los aplicamos con la misma destreza y eficacia. No todos los
intelectos son igualmente prontos a la captación de las esencias. Sin embargo,
por muchos que sean los ídolos baconianos que pueblan nuestra mente, aún queda
un buen número de proposiciones de las cuales no cabe dudar.
Es, pues, de rigor que al comienzo del filosofar coloquemos en su debido
lugar la conciencia de la duda. Podríamos así formular la siguiente
proposición: Quien se inicia en el
filosofar debe situarse en actitud crítica, no poniendo en duda la totalidad de
sus percepciones, sino analizándolas y distinguiéndolas. Quien aborda la
tarea de
Pensar, tiene, cuando menos, la
consciencia de que lo está haciendo, al tiempo que sabe de su propia finitud;
por ende no se interroga sobre su capacidad de pensar. Desde esta perspectiva,
intuye que la ruta del pensamiento no siempre habrá de ser expedita.
Partamos de esta suposición: ejercemos la crítica del pensamiento en el
punto en que somos conscientes de que algo podemos conocer. Puestos en esta
mira, disponemos de dos referencias: de la consciencia como dato y como
testimonio. En cuanto que dato, la consciencia es el Yo personal que reside en
el sujeto pensante; no aquel Yo de Schelling, indiferente y sumergido en el
absoluto universal. En cuanto que testimonio, la consciencia es un Yo
proyectado hacia la alteridad y sus determinaciones, intercomunicado con las
personas y las cosas, aunque sin ninguna pérdida de su mundo interior. Esta
consciencia, con todos sus datos, experimenta su propia capacidad de formular
proposiciones quidditativas acerca de las evidencias más inmediatas. Juzga
sobre las aprehensiones sensitivas y se vale de ellas para la elaboración de
conceptos universales. Es decir: hay una consciencia teórica y una consciencia
práctica operante. Estas condiciones mínimas son tan profundamente sentidas,
que ningún pensador puede negarlas, a no ser por el escape de una ficción.
Una vez que somos capaces de concebir el universal, no solo podemos
abordar la filosofía sino todas las demás ciencias, pues no hay ninguna que no
sea del universal. Pero no es que entremos en el universal a través de la ciencia,
sino al revés: es la potencia abstractiva la que se nos abre hacia la
universalidad de los géneros y las especies.
-¿Cuál es, entonces, el primer paso del hombre filosofante y científico?
-Sin duda alguna la vigilancia sobre el principio de contradicción. El
entendimiento menos ilustrado sabe a priori que no hay término medio entre ser
y no ser; lo que es, lo es del todo o no es nada. También sabe que de este
principio se derivan otros que paralelamente dirigen la ruta del pensar.
-Tengo la impresión de que si este es todo el bagaje de que disponemos,
entramos en la ruta del pensar con unas alforjas muy mal provistas.
-Es cierto, nos hace falta mucho más, pero es preciso que desde un
principio dediquemos toda nuestra atención a esas primeras bases que, por ser
tan obvias, son las que más se olvidan. No hay error alguno, ni teórico ni
práctico, que no se deba al olvido de uno -aunque sea uno solo-, de los
primeros principios.
-¿Y qué pasa con los filósofos que los ponen en duda e incluso los
niegan?
-Que tendrán que inventarse otros que tengan la misma apodicticidad. Pueden intentarlo, pero no les garantizo
el éxito.
-Creo que es Ortega y Gasset
quien dice que la filosofía es la única ciencia que cuestiona los principios en que se basa.
-He leído mucho de Ortega, pero no recuerdo haber visto esta sentencia
en ninguna parte; pero si fuera cierto que la dijo, yo le respondería que se
puede discutir y dudar de tales principios, a condición de no salirse de ellos,
lo cual es imposible. El precio que pagas por negar el principio de
contradicción, es contradecirte. Por otra parte, no importa que lo sometas a
crisis, pues cuanto más profundices en su crítica, mayor será la evidencia con
que se impondrá. Esfuércese cualquiera, con la ayuda de Hume, en demostrar la
invalidez del principio de causalidad; mientras tanto, su evidencia inmediata
le exime de demostración. Lo tienes impreso en tu conciencia y lo estás
experimentando en cada momento. Nadie que reflexione sin prejuicios se atreverá
a defender el protagonismo de la duda. Persistir dudando a pesar de la
evidencia es enfrentarse con el propio Yo que atestigua lo contrario. Estamos
ciertos de la experiencia interna en que percibimos la conveniencia o
discrepancia entre sujetos y predicados, entre predicados esenciales y
accidentales, posibles e imposibles, etc. Afinando un poco más la observación,
incluso estimamos en su debido momento la utilidad de la duda cuando nos sirve
de freno ante la precipitación del pensamiento y su eventual tendencia al
dogmatismo ingenuo.
-Sin embargo no dudamos de algunas verdades de las que no tenemos
evidencia personal y sensible, como la rotación de la Tierra, la relatividad
del movimiento, la existencia de los átomos y las moléculas, etc.
-Eso depende de cómo concibas la experiencia y de los límites que le
pongas. No solo disponemos de la experiencia personal sino también de la ajena.
En el caso a que te refieres, te apoyas en el testimonio de sabios que han
consumido su vida en la observación y la experimentación. No puedes, por
ejemplo, tener evidencia del movimiento de la tierra, porque es el vehículo
astral en que vives y viajas por la inmensidad del universo, sin que tengas
punto de referencia para apreciar ningún movimiento fuera de los que puedes
observar dentro del mismo vehículo. Igual es la falta de referente que te
impide experimentar la relatividad del movimiento. Sin embargo aprecias los
movimientos y las distancias dentro de tu vehículo que es la Tierra. Dentro de
ella puedes decir: todo lo que está en reposo está siempre en reposo si no hay
una fuerza que lo mueva; todo lo que está en movimiento está siempre en
movimiento si no interviene una fuerza que lo frene o lo detenga. A pesar de
que tu “vehículo” se mueve realmente a velocidad supersónica, un kilómetro dentro
de este vehículo será siempre un kilómetro, no relativa sino absolutamente.
En multitud de fenómenos físicos y psíquicos notamos la deficiencia
tanto de nuestro entendimiento como de nuestros sentidos. Nuestra menguada
vista no nos permite ver los átomos, ni las moléculas ni las células de los
seres vivientes; sin embargo debemos alegrarnos de esta deficiencia, porque si
pudiésemos ver tales partículas, no veríamos nada, pues cada partícula sería un
árbol que nos taparía el bosque.
-Preferiría abandonar esta divagación y volver a la experiencia de la
duda.
-A eso iba precisamente. El pensador tendrá un signo casi infalible de
la certeza de su conocimiento, si con él se siente capaz de emitir juicios
ontológicos y axiológicos. En nuestro lenguaje usual reconocemos este hecho
cuando confesamos no poder pronunciar juicios sobre materia que no conocemos.
Por tanto, la conciencia de lo que sabemos corre en paralelo con la conciencia
de lo que ignoramos. Sobra añadir que la adecuación del entendimiento a las cosas
no es absoluta sino condicionada a la inteligibilidad de las mismas. Como los
objetos tienen modos distintos de manifestar su especie, el intelecto no puede
aprehenderlos todos con el mismo grado de certeza. Por eso hay certezas
físicas, metafísicas y morales, según la naturaleza de cada objeto. Sobre esta
observación, las diversas ciencias obtienen la cuota de certeza o probabilidad
que les corresponde. Así conocemos la capacidad de nuestro entendimiento según
dos aspectos: el natural, que se nos da
en el mismo acto de conocer, y el científico, que se facilita con el uso del
método adecuado. De aquí que podamos desarrollar una crítica natural y otra
científica, según se aplique a las evidencias inmediatas o se extienda más allá
proponiendo hipótesis científicas clarificadoras. Nada es más satisfactorio
para el intelecto humano que la verificación científica de sus percepciones naturales.
-Pero en las evidencias no siempre domina la objetividad: muchas veces
aprehendemos errores bajo convencimiento de que son verdades. Por tanto, en las
percepciones espontáneas subyace todavía irresoluto el problema de la capacidad
de emitir proposiciones verdaderas.
-Esta objeción solo es válida si nos atenemos únicamente a las
operaciones mentales fallidas. Bien está que vigilemos nuestra potencia
aprehensiva, pero la continua fijación en sus falencias es una actitud morbosa.
Repito una vez más que la mente bien intencionada no siempre se lo juega todo a
una proposición que le parece cierta, sino que a menudo acude al subterfugio de
la opinión, e incluso de la duda. El acto de certificar una verdad sin reservas
no anula la capacidad de someterla a crisis cuando se impone alguna duda razonable. Aprehender evidencias
inmediatas no supone infalibilidad. Tan ingenuo es extender un acierto
intelectual a todos los casos similares como apoyarse en una falencia para
meter todas las proposiciones en el saco de la duda universal.
-De acuerdo a lo que dices, es difícil saber cuándo el hábito de dudar
se nos convierte inadvertidamente en escepticismo.
-Serás escéptico cuando adviertas que la duda se te convierte en estado
de resignación extrema; cuando te percates de que con la duda has llegado al
final de un túnel cuya única salida es el regreso. Entonces comprenderás que el
escepticismo es inconsecuente en la práctica y contradictorio en la teoría; que
con él no puedes defender ni refutar ninguna proposición, ni refugiarte en el
sofisma de petición de principio.
-Quieres decir, en fin, que el escepticismo es un problema de
consciencia; porque me cuesta creer que el escéptico universal sostenga su
teoría con plena convicción.
-Probablemente es esta la cuestión. Es imposible que el escéptico no se
percate de que está inmovilizado en un extremo mientras en la práctica busca,
como tú y yo, situarse en un término medio, que consiste en llevar la cuenta de
nuestra capacidad de entender realidades objetivas al alcance de nuestro límite
tridimensional.
-Supongo que en las ciencias físicas no se plantean problemas de
conocimiento; si una conclusión es dudosa, se suspende el juicio en espera de
respuesta mejor; pero ¿cómo proceder en el plano moral, donde los puntos de
referencia son tan escasos?
-Es cierto que en las ciencias morales solo se imponen con evidencia
inmediata unos pocos principios de derecho natural. Pero en cuanto a las leyes,
usos y costumbres, es prudente situarnos en un relativismo moderado, habida
cuenta de las variaciones epistemológicas que continuamente transcurren. Los
ejemplos son tantos y tan conocidos que huelga mencionarlos. La cultura de la
vieja intolerancia, por ejemplo, tuvo su “moral”, tal como la nueva tolerancia
tiene la suya.
-¿Cuál de los dos polos es más extremo?
-Para saberlo, habría que comparar los efectos. El sentido de la
tolerancia ha introducido algunas mitigaciones, pero como éstas provienen en
cierto modo de la duda, pienso que también deberían ser controladas. Desde la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, tenemos muchas dudas acerca de
los resultados. Nunca hubo tantas ONG vigilantes de tales derechos, pero nunca
como ahora hubo tanta atención lombrosiana para los victimarios y tan poca para
las víctimas. Quizá deberíamos ser menos relativistas al ver que más de dos
milenios después de Herodes, aún predomina la insensibilidad ante la matanza de
inocentes y el ululato de las madres. Es muy tímida la protesta mundial por la
lapidación de adúlteras y ablaciones de clítoris. Lo lamentamos, pero casi nos
inclinamos a comprender. Quedan muchas dudas sobre la calidad de nuestra
civilización. La Historia de la Filosofía contemporánea nos ha enseñado mucho
sobre la consciencia del saber y sobre todo de la duda. Prescindo de exageraciones escépticas y
ultrarrelativistas, que por épocas se han impuesto como modas de filosofar en
vistas a ganar clientela literaria. No es que debamos ignorarlas del todo;
siempre es bueno estar à la page,
pero ateniéndonos al consejo de Dante: guarda
e passa. Lo que equivale a decir: informémonos de esas “modas” y dejemos
que las futuras generaciones aprovechen lo bueno que de ellas quede.
48
EXPERIENCIA DEL ERROR
Uno de mis antiguos alumnos con quien
coincido muy de tarde en tarde, me leyó una crítica que hizo a raíz de la
pregunta con que Heidegger termina su disertación sobre la Metafísica. Como era
de esperar, pidió mi opinión.
-No pretendo –dije- enmendarle la
plana al maestro alemán, pero yo, en su lugar, sería más realista: en vez de
preguntar por qué no hablamos de la nada más bien que del ser, preguntaría por
qué hablamos tantas veces de la verdad y la certeza, y tan pocas del error.
¿Acaso no nos concierne más el problema del error que el de la nada? Tanto más
cuanto que los errores son más frecuentes que los aciertos. De hecho solemos
decir que errar es humano.
-¿No estarás coqueteando con el
escepticismo, que tanto repudias?
-No, porque los humanos no somos
erráticos por constitución sino por accidente. Si el hombre fuese
constitutivamente errático, nadie lo definiría como ser racional. Pero lo peor
no es el error sino el empecinamiento en él.
-Ahora bien, si admitimos con Hegel
que el error es “un momento dialéctico del devenir de la Idea”, cualquier
escéptico diría que estando la Idea en perpetuo devenir, resulta de aquí que
siempre estamos en el error, y que por tanto nunca llegaremos a obtener una
verdad.
-¿Qué le responderías tú a ese
escéptico?
-No estoy muy seguro, pero podría
replicarle que en el devenir de la Idea también hay momentos de verdad, y que
por tanto alguna vez tendríamos que topar con alguna.
-Tú respuesta es buena, pero a
condición de que no confundas el error con la equivocación.
-Yo veo que usamos ambas palabras como
sinónimas, pero si hay alguna diferencia no sabría cómo explicarla.
-¿No has recibido en tu carrera
lecciones de Lógica?
-Sí, pero no estará mal que a tu
manera me ayudes a recordar.
-Hay que dar mucha importancia a la
Lógica, porque es la disciplina que nos enseña a entrar en el mundo de la
ciencia, donde la actitud primordial es la de distinguir. Lo contrario de
distinguir es confundir, de donde se sigue que todos los errores nacen de la
confusión. No hay inconveniente en que usemos error y equivocación como voces
sinónimas en la conversación ordinaria, pero no conviene perder de vista la
diferencia. La equivocación es involuntaria y el error, casi siempre
voluntario. Yerras queriendo y te equivocas sin querer. Equivocarse es atribuir
a una cosa el nombre de otra, o bien confundir en la práctica lo aparente con
lo real, o hacer uso de los objetos inadecuadamente. Las equivocaciones no son
duraderas, pues las solemos notar por simple advertencia propia o ajena; pero
los errores pueden arraigar y persistir largo tiempo, incluso de por vida. Por
ejemplo el error del escepticismo teórico o el relativismo extremo. Dormirnos
en una teoría dogmática, ya sea de asunto político, filosófico o de cualquier
otra especie puede convertirse en un error vitalicio. El problema del error ha
sido siempre una de las principales preocupaciones de filósofos y científicos.
La historia del pensamiento humano nos ha dado tantos ejemplos de errores
–empezando por los históricos mismos-, que nos cansaríamos enumerándolos.
Algunos los achacan a motivos psicológicos, otros a epistemologías anacrónicas,
otros, en fin, a empecinadas ortodoxias o a estilos literarios hiperinflados
que ocultan el hilo del razonamiento. Esto último es una de las causas por las
que a veces interpretamos malamente el pensamiento de ciertos autores.
-¿En qué consisten precisamente el
error y la equivocación?
-En la inadecuación entre la
aprehensión intelectual y el juicio. Como ya sabes, las aprehensiones
intelectuales no son de libre elección.
-¿Entonces no soy libre de percibir lo
que yo quiera?
-No. El entendimiento aprehende
necesariamente las ideas de las cosas sensadas. Si ves un caballo blanco no
eres libre de verlo negro. Así la visión sana percibe necesariamente las formas
y los colores. En la aprehensión intelectual actúa primordialmente el
entendimiento, y en el juicio la voluntad. Si te equivocas en la aprehensión de
una idea o concepto, será erróneo el juicio que hagas sobre ellos. Los conceptos son la materia determinable de los
juicios. Si por la percepción intelectual obtenemos ideas claras y distintas,
la voluntad estará en condiciones de establecer relaciones sobre ellas, es decir,
juicios. Si emitimos juicios falsos es porque la voluntad se ha adelantado a
las percepciones conceptuales. Cuando decimos que nos abstenemos de opinar
porque no tenemos suficiente “materia de juicio”, pensamos muy acertadamente,
pues ningún juicio podemos enunciar sin previo conocimiento de los términos que
lo componen.
-Ahora bien, según lo que has dicho,
los conceptos y las sensaciones son los datos de que nos valemos para emitir
juicios. Pero, ¿cómo tener la seguridad de que tales datos son verídicos?
-¡Cuidado aquí! La verdad o falsedad
no está en los conceptos o ideas ni en las sensaciones, sino en el juicio. Lo
propio de los conceptos o ideas -también de las sensaciones- es la claridad.
Las ideas y las sensaciones, simplemente como tales, no son ni verdaderas ni
falsas; son meros datos. La verdad o falsedad estará en lo que afirmes o
niegues sobre ellos. Es decir, en el juicio. Si tienes claras las ideas o
conceptos, tendrás la posibilidad de emitir juicios rectos.
-Entonces te cambio la pregunta ¿cómo
puedo estar seguro de que tengo las ideas claras?
-Lo serán si tienes de ellas una
evidencia concienciada. No hay otro medio de saberlo que consultando a tu
propio Yo consciente. Porque ¡no querrás engañarte a ti mismo!
-Sin embargo hay muchos filósofos que
no distinguen entre concepto y juicio, porque si percibimos una idea clara es
porque ya hemos hecho un juicio sobre ella.
-Tal es la doctrina de los
psicologistas; pero yerran crasamente, porque no hay juicio alguno que no sea
resultado de un análisis. En el análisis no solamente distinguimos sino que
también componemos y dividimos. Juzgar es un acto racional y voluntario que
consiste en componer o dividir conceptos. Por consiguiente, erramos
voluntariamente cuando, sin tener claras las ideas, componemos lo que hay que dividir,
o dividimos lo que hay que componer. Si hemos de creer a Descartes, nuestros
juicios serían infalibles si solo los aplicásemos a ideas claras y distintas, y
solamente a estas.
-Creo que Descartes está exigiendo
demasiado. Es imposible que todos mis juicios sean infalibles si han de
depender de ideas claras, y solo si son claras. Lo normal es que opinemos,
prescindiendo de intenciones, sobre cualquier cosa que se nos propone.
-Eso es cierto, lamentablemente; por
eso nos equivocamos y erramos con tanta frecuencia. Pero de ello puedes curarte
en salud no profiriendo ningún juicio sin anteponer expresiones como “creo”,
“opino”, “si no me equivoco” y otras semejantes.
-Pero conversando entre amigos frente
a una botella de “bon vino”, nadie se detiene en esas menudencias.
– No son menudencias. En esas
conversaciones se involucran a menudo juicios erróneos que dañan la reputación
de personas naturales y jurídicas.
-¿Tienes algunas normas claras y
fáciles para no cometer juicios temerarios?
-Claras, sí; fáciles, no sé. Eso
depende de tu voluntad. Pero me obligas a un discurso largo y aburrido.
-Adelante, lo aguantaré.
-Es una ampliación de lo que acabo de
decir, pero válida solo para tertulias de cierto nivel, o para cuando escribas
o hables en público. Ante todo, tener la certeza de lo que afirmas o niegas. Si
no la tienes, antepón las expresiones antes dichas. En segundo lugar, guardarte
de emplear cualquier palabra cuyo significado no conozcas exactamente. Por
ponerte un solo ejemplo, muchos usan los
latinismos “a priori” y “a posteriori”, creyendo que se pueden aplicar,
respectivamente, a lo que se hace antes o después. La forma más ordinaria de
errar o equivocarse consiste en emplear términos cuyo significado no conozcas
con precisión. Hay quienes venden el padre y la madre por usar tecnicismos o
vocablos cultos y biensonantes desconociendo su significado. Si se te ocurre
una frase brillante de cuya pertinencia no estés seguro, no la digas; más te
vale pasar por opaco que por ignorante. Por eso, y por encima de todo, es de
rigor que enuncies desde un principio las palabras clave de tu discurso y
expliques el sentido que les vas a dar a lo largo del mismo. Este es un momento
importante, porque se supone que en él emitirás juicios con categoría de
definición. Ahí es donde debes poner toda la atención. Importan sobre todo las
definiciones nominales, para que nadie malentienda las palabras clave de tu
disertación. Haz por manera que solo se entiendan según el significado que
tienen o el sentido que tú previamente has querido darles. Si haces una
exposición sobre la igualdad de derechos entre hombre y mujer, fijarás
previamente en qué sentido usarás las
palabras “igualdad” y “derecho”, para que no te tilden de machista ni de
feminista. Pero tampoco conviene que te detengas impertinentemente en explicar
conceptos que te salen al paso y que todo el mundo conoce por intuición, como
“existencia”, “ser”, “tiempo”, “espacio”, etc., a menos que sea en una
disertación filosófica sobre tales conceptos. Las buenas definiciones, cuyas
reglas ya debes conocer, te servirán para economía del discurso, no teniendo
que volver cada vez sobre el sentido que das a las palabras clave. De esta
manera, estarás en menor peligro de errar tú y de inducir a error a quienes te
lean o escuchen.
-¿Puedes darme algunas orientaciones
prácticas, para llegar a escribir según las normas que acabas de exponer?
-Hombre…, eso es como pedirme que te enseñe a ser buen escritor. Yo no
tengo categoría para tanto.
-No soy exigente; me contento con saber
expresar sin errores lo que pienso o siento.
-Bien, lo primero que te aconsejo es
leer mucho y atentamente a los buenos escritores. Los que lo han sido es porque
primero fueron lectores empedernidos, y continuaron siéndolo. Para elegir
uno, te sugiero Azorín. Es un gran maestro del bien decir sin adornos ni
sutilezas. Lucilo, el discípulo preferido de Séneca, objetó una vez a su
maestro el escaso esmero literario de sus cartas. Con cierta crudeza, el
maestro le respondió que hablar con esmero literario es hablar amaneradamente;
que él escribía sus cartas como quien conversa paseando con un amigo. Así debe
ser en efecto tu palabra o tu escrito: claro, no brillante. Si eres elocuente,
utiliza esta potencia para alumbrar, no para deslumbrar.
-Eso es precisamente lo que desearía: un maestro que me enseñara a
expresarme con claridad.
-Entonces, que la lectura sea tu
maestra. Si no tienes aspiraciones sistemáticas, cualquier lectura puede ser
buena. Desde que sobrepasé la cincuentena, he preferido lecturas que me enseñen
algo. De nada sirven los autores fascinantes si solo te regalan fascinación.
Necesitas lecturas instructivas, no divertidas. Las mejores lecturas son las de
autores que van directamente al grano, in
medias res, como mandaba Horacio. Desde muy joven retengo literalmente este
párrafo de Pío Baroja: “Mi ideal literario es la retórica de tono menor.
Entiendo por eso una forma tan ajustada al pensamiento y al sentimiento, que no
exceda un punto de ellos. Si yo fuera arquitecto haría que una viga fuese viga
y no pareciese otra cosa, aun cuando tuviese ocasión de disfrazarla”. A tal
propósito recuerdo el consejo que daba
el periodista Manuel Del arco: “Cuando corrijas tus escritos, toma por sistema
suprimir toda palabra que no sea indispensable para expresar o adjetivar
adecuadamente una idea”. A lo mismo se refería Cicerón: “Es precisa la brevedad
para que fluya la sentencia”. Esta clase de lecturas son las que te enseñan a
hablar y escribir del tal modo que te entiendan desde el catedrático hasta el
repartidor de leche.
-Ojalá todos los filósofos tuvieran en
cuenta estos consejos.
-Ortega y Gasset fue uno de los que lo tuvo
en cuenta, diciendo que la primera cortesía que un filósofo debe a sus lectores
u oyentes es la claridad. Sabía él muy bien por qué lo decía, pues estudió
durante dos años en cinco universidades alemanas, que le dieron suficiente
oportunidad de enfrentarse a profesores y tratados de lenguaje problemático. Te
estoy repitiendo lo que ya he dicho en varias ocasiones, pero en fin, de viejos
es repetirse.
-A propósito, y para citarte solo un
caso: yo no puedo con Hegel; ni con el original ni con las traducciones. Tengo
que recurrir a los historiadores de la filosofía, que tampoco es mucho lo que
me aclaran.
– No importa. Si no puedes con Hegel, olvídate de Hegel. Sea cual fuere el
estilo de un autor, no hay pensamiento alguno que sea inefable, a condición de
que conozcas el idioma –el tuyo o el aprendido- y la materia de que se trate,
pues como sabes, cada una tiene sus tecnicismos. No descarto que haya
pensamientos de cierta profundidad que requieran más de una lectura, pero al
fin lograrás entenderlos. La cuestión de la inteligibilidad no está en las
ideas sino en quien las expresa. Permíteme una anécdota. Johannes B. Lotz, profesor mío en la Gregoriana, discípulo y
amigo de Heidegger, contó que una vez pidieron al gran maestro que les
explicara un largo párrafo suyo que no lograban entender. Él estuvo leyéndolo
un buen rato y al fin dijo algo así: “cuando escribí eso hace varios años,
probablemente supe lo que quise decir, pero en este momento no lo sé”.
-¡Un gran ejemplo de humildad! Pero
volvamos a los errores. Hasta ahora he entendido algo sobre la proveniencia de
los errores y equivocaciones en materia teórica. Pero no quisiera terminar este
diálogo sin que me dijeras algo sobre el origen de los errores prácticos.
-Tienen el mismo origen que los
teóricos. Consiste en el olvido de los primeros principios, especialmente el de
contradicción, de identidad, de causalidad y de razón suficiente.
-Pero son principios de evidencia
inmediata. ¿Quién no los entiende por intuición?
-Precisamente porque son tan evidentes
es por lo que tan frecuentemente los olvidamos. No hay error alguno, teórico o
práctico –desde interpretar erróneamente un párrafo de Platón hasta equivocar
un camino-, que no se deba al olvido de alguno de tales principios. Piénsalo
detenidamente y lo comprobarás.
-Muéstramelo con algunos ejemplos de
errores prácticos.
-Son innumerables. Estudiar una
carrera para la que no estás capacitado; creer que mejorarás tu rendimiento sin
cambiar de actitud método; concebir planes más allá de tus posibilidades;
mantener amistad con una persona que te ha engañado una sola vez; considerar la
igualdad en la especie sin contar con la diferencia de atributos (“si aquel ha
podido, ¿por qué no he de poder yo?”); tomar determinaciones graves en un
momento de euforia; atribuir tus fracasos a la mala suerte; casarte con la
mujer más bonita en lugar de la más conveniente; llamar fallas mecánicas a lo
que son fallas humanas, creer que existen cosas o sucesos absurdos, etc. Has
errado o te has equivocado por olvidar que lo imposible no puede ser, que nada
puede ser y no ser a un mismo tiempo y en el mismo sentido, que cada cosa es
igual a sí misma, que nadie da lo que no tiene, que todo efecto viene de una
causa, que nada es absurdo si procede de su causa.
-Has dicho algo que me desconcierta.
¿Cómo puedes negar que existen cosas tan evidentes como la buena o mala suerte,
las fallas mecánicas y los absurdos de los que la vida está llena?
– Considéralo con calma: no existe
ninguna suerte, ni buena ni mala. Acuérdate de que no hay efecto sin causa; que
puesta la causa sobreviene el efecto. Son aforismos tan antiguos como el mundo.
De tan evidentes que son, ordinariamente los olvidamos. Dije que nada es
absurdo si procede de su causa, porque solemos hablar de accidentes absurdos,
de guerras absurdas, de muertes absurdas, etc., cuando lo absurdo sería que
esos hechos no se hubiesen producido a pesar de sus causas. Igualmente
atribuimos nuestros fracasos personales a razones mágicas, como “destino”,
“fatalidad”, “mala suerte”, “castigo de Dios” y otras semejantes, cuando
no son más que efectos naturales de errores cometidos. Así sustituimos la
ignorancia de las causas con suposiciones mágicas.
-¿Y qué dirás de las fallas
mecánicas…,¿qué no existen?
-En mi opinión, no. Todas las fallas son humanas. La naturaleza no yerra. Los
constructos mecánicos como las naves que nos transportan, se fabrican y
ensamblan de acuerdo a leyes físicas que son infalibles. Por tanto, si una nave
ha sido bien construida, bien ensamblada, bien mantenida y bien manipulada, con
seguridad nos llevará sanos y salvos a nuestro destino. Con todo, no hay que
olvidar que las máquinas son constructos humanos, y que el precio que paga el
hombre por su libre albedrío es la propensión al error. Pero como también somos
perfectibles y aprendemos de nuestros propios errores, se puede pronosticar que
los constructores y manipuladores de naves cada vez errarán menos. Sin embargo,
la reincidencia es impredecible, pero segura. Los viajeros que de continuo
surcan el espacio tienen fundadas probabilidades de salvar su vida, pero se la
juegan a una sola carta.
-Cambiemos de tema, ¡por favor!
Prefiero hablar de errores prácticos que cometemos los académicos.
-También son innumerables. Para ser
breve, solo te menciono uno de los más torpes y frecuentes: las charlas y los
discursos largos.
-Sobre todo los discursos de orden y
de ocasión. Hay oradores convencidos de que su intervención no será decente si
no dura más de una hora.
-Quienes así proceden cometen un grave error práctico, porque no hay mayor
estupidez que la de persistir hablando ante un público distraído que bosteza y
consulta el reloj. Si eres de los brillantes que cautivan la
atención del público, puedes permitirte un discreto exceso de tiempo, pero si
no perteneces a esta rara especie, no te atrevas a exceder la media hora. Si
así lo haces te garantizo sinceros aplausos, pues los discursos de orden no se
aplauden porque gustan sino porque acaban.
49
LO INALCANZABLE
A propósito de los innumerables errores que cometemos, prometí a mi
interlocutor hablarle de la cautela con que debemos abordar cuestiones más allá
de lo naturalmente comprensible.
-Hablemos, pues, de teología –me propuso
- Vamos allá, pero sin pretensiones. Siendo yo estudiante de filosofía
en el Seminario, el excelente maestro Miguel Basagañas me dijo:
-Cuando entres en la teología verás cómo se te acrecienta la fe.
Se equivocó el bueno de Basagañas, pues fue precisamente durante aquel
cuatrienio cuando más se me acumularon las dudas. Los dogmas de fe no admiten
pruebas ni demostraciones. El creyente puede con su razón natural especular
sobre los misterios religiosos, pero solo hasta el punto en que la razón ya no
puede avanzar más allá, y tiene que deponer en favor de una autoridad
revelante.
-¿Qué es la Revelación?
-Es una manifestación sobrenatural por la que el creyente acepta como
verdaderos un conjunto de dogmas racionalmente inasequibles. Son los que
llamamos “verdades de fe”. Quien quiera cultivar la teología como ciencia debe
aceparlos, a la manera como el científico parte de unos principios que no
discute.
-Pero ¿cómo puede el teólogo tratar científicamente como verdades
algunos dogmas que se oponen a la razón natural?
-Llevando la voluntad más allá del entendimiento cuando el entendimiento
no puede ir más allá de las cosas.
-Quieres decir prescindiendo de la razón…
-No prescindiendo sino superándola. Porque la razón de la fe radica en
su característica de obsequium mentis. De hecho, el mejor
“obsequio” que puedes hacerle a quien te confía una palabra consiste creer en
ella, no por otra razón que por la autoridad de quien te la comunica. Tal es el
fenómeno religioso sobre el cual el teólogo investiga y especula.
-Hablas como si estuvieras convencido de que la fe es un hecho real en
todo el mundo.
-Obviamente que lo es, pero déjame explicarte. Hay dos clases de fe: la
natural y la sobrenatural. Por fe natural, tú confías en la palabra de una
persona aunque no tengas seguridad absoluta de su formalidad. En el orden
natural vivimos mucho más de la fe que de la certeza. Los ejemplos son
innumerables. Sin saber nada de medicina ni de farmacología, tenemos fe en los
médicos y en las medicinas. Comemos, dormimos, viajamos, caminamos por las
calles, etc., confiando en que nada malo sucederá, a pesar del cúmulo de noticias
infaustas que diariamente nos transmiten los medios. Cuando te subes a un
avión, te juegas la vida a una sola carta confiando en una cadena de supuestos
de fe natural: crees que aquella máquina ha sido bien construida,
cuidadosamente mantenida y revisada antes de emprender el vuelo, y que va a ser
bien manipulad por un piloto hábil y mentalmente sano, que no amaga ninguna
voluntad de muerte. Son al menos cinco supuestos en los que crees, sin tener
constancia positiva de ninguno. Confías en que llegarás sano y salvo al término
del viaje, aunque sabes que con relativa frecuencia ocurre lo contrario. La fe
sobrenatural, en cambio, consiste en creer en una Revelación de origen divino
bajo el supuesto necesario de que jamás puede engañarte.
-Tal como me lo pones, habría que preguntar cuál de las dos clases de fe
es más razonable, si la natural o la sobrenatural.
-Ambas son razonables. En el orden natural vivimos rodeados de
incógnitas que necesariamente debemos afrontar. La paz social consiste en la
confianza, no garantizada, de que la convivencia no sufra sacudimientos
trágicos.
-A este propósito te propongo una cuestión: ¿por qué, a pesar de la
inseguridad en que vivimos, abunda más la fe natural que la sobrenatural? Sin
necesidad de estadísticas, creo a priori que en cuestión de religiosidad, los
incrédulos superan a los creyentes en tercio y
quinto.
-Probablemente es así. La incredulidad siempre dominará porque tiene el
apoyo de los sentidos. Todo lo que por ellos percibimos podemos someterlo a
razonamiento, aunque sea con éxito muy desigual. En cambio la racionalización
de la fe exige una aplicación de la voluntad, que no es fácil para todos.
-Lo que ocurre es que la fe es un sentimiento, y los sentimientos no son
razonables.
-Te equivocas. La fe sobrenatural no es ningún sentimiento, aunque
accesoriamente pueda ir acompañada de él, sino una conclusión de un proceso
intelectual. Se cree en la Trascendencia porque hay razones suficientes de
credibilidad en un Ser Trascedente como razón última de fenómenos humanamente
ininteligibles. La fe natural, en cambio, se apoya en la normalidad de los
sucesos naturales y humanos, aun a sabiendas de que excepcionalmente puede
ocurrir algo fuera de lo normal. En la fe sobrenatural se dan dos momentos: el
del entendimiento, en que concibes la idea de Trascendencia sin ningún concurso
de los sentidos, y el de la razón-, donde inicias un proceso
intelectual, que puede concluir en creencia, en negación, o en suspensión de
juicio. Si aceptas la Trascendencia, te sitúas en la fe; si la niegas, eres
ateo y si suspendes el juicio, serás indiferente o tal vez agnóstico. En los
tres estados subyace siempre la conclusión de un razonamiento.
-Ahora bien, supongamos que me sitúo en el estado de fe, que según has
dicho no es un sentimiento; ¿hasta dónde puede llegar mi razonamiento?
-Hasta el momento en que te veas obligado a rendirlo ante un Imperativo
Revelante.
-Y ese imperativo, ¿dónde se encuentra?
– En la Biblia y en la Tradición Apostólica.
-Entonces me obligas tener fe en un copioso conjunto de libros que
supuestamente atestiguan la realidad de una Trascendencia. ¿No sería posible creer
en Dios prescindiendo de la Biblia y la Tradición? Quienes tienen “fe de
carbonero” no necesitan testimonios bíblicos ni patrísticos; solo aprendieron
que nada tiene sentido sin la existencia de un Dios.
-Eso es cierto, pero sin olvidar que estos libros son los primeros
documentos que nos dan noticia y razón de la fe sobrenatural. En ellos hallamos
–aparte la actitud del “carbonero”- dos niveles de fe: la del creyente que solo
conoce los elementos del catecismo y el estadio de contemplación, que solo es
asequible para unos pocos. Pero en ambos estadios se realiza, por parte del
sujeto, el antedicho obsequium mentis.
Lo importante es que ninguno de los dos niveles depende de sentimientos ni
estados anímicos extraordinarios.
-Aunque tengo alguna intuición de lo que quieres decir, explícame cómo
actúa la fe en la contemplación mística.
-La fe es un acto volitivo en pleno uso de libre albedrío, en que se
presta asenso a un conjunto de verdades que se creen fundadas en la autoridad
de un Dios revelante. La fe es una virtud que, aunque se llame infusa, se
adquiere por información que puede provenir de cualquier medio familiar,
escolar, catequístico, etc. Pero no acontece lo mismo en la contemplación, que
no se da sin una profundización en las verdades reveladas, donde no intervienen
solo el entendimiento y la voluntad sino también otras potencias que
conjuntamente posibilitan lo que vulgarmente se llama “experiencia religiosa”.
Un sujeto entra en el estadio contemplativo cuando la posesión intelectual de
la verdad revelada se acompaña de sentimientos y emociones originadas en la
profundización de las proposiciones reveladas. En el místico contemplativo, la
fe y la contemplación se retroalimentan mutuamente: la contemplación repotencia
las razones de creer y la fe repotenciada acrece la intensidad contemplativa.
El místico elevado a tal estadio ya no dice “yo creo”, sino “yo veo”, “yo sé”.
-¿Puede una mente sana llegar a ese estado?
-No; sólo lo puede una mente muy sana, absolutamente integrada en la
realidad objetiva. Una mente insana moriría en el intento.
-¡Dios mío!, ¿a dónde iremos a buscar una que tenga tal aptitud para
para la contemplación mística?
-No lo sé, pero sí conozco un lugar donde nunca la encontrarás: en un
consultorio psiquiátrico. Los verdaderamente místicos no saben de filias ni
fobias, ni tristezas, ni euforias, ni angustias ni depresiones. Viven
constantemente imperturbables en igualdad de ánimo; suelen ser corteses e
incluso amables.
-¿Has conocido personalmente alguno de esos místicos?
-De los verdaderos, con las características descritas, sólo a dos. De
los falsos, bastantes más.
-Cuéntame de los falsos.
-Te diré de uno que vale por todos, cuyo nombre no menciono porque aún
existen dolientes. Era un clérigo que por poco tiempo fue profesor deTeología Mística. Los superiores tuvieron que
retirarle la cátedra debido a sus obsesiones sobre la Predestinación.
Conmocionado ante la estadística mundial de los bautizados recitaba de continuo
el mismo estribillo: “Casi la totalidad del mundo está condenada al infierno;
prácticamente cinco mil millones de almas arderán eternamente. Inconcebible…
inconcebible” –repetía horrorizado. Una sola vez conversé con él, sin conseguir
apartarle de sus cavilaciones. Mis pocos
años me hicieron cometer una indiscreción:
-Eso no es nada, padre –comenté-; considere la cantidad de católicos que
sólo lo son porque están bautizaos, pero no han vuelto a pisar una iglesia
desde su primera comunión. En España y en Italia, se calcula que los católicos
practicantes no llegan a promediar el 20%, de los que habría que descontar una
buena porción que practica de rutina o a desgana. Imprudente de mí, acababa de
añadir leña al fuego. A los pocos meses supe que había entrado en depresión
profunda, casi en estado de postración. Su superior lo encomendó a al cuidado
del padre José Antonio de Laburu, psicólogo clínico y biólogo, una de las primeras figuras del
momento en psicobiología en toda Europa y América. Pero el enfermo empeorabas,
hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir: un día se lanzó al vacío desde un
quinto piso de la calle Velázquez de Madrid. Moraleja: antes de iniciarte en la
vida mística, recuerda el consejo de Sócrates: “conócete a ti mismo”.
-Dado
que así sea, ¿cuál debe ser la actitud del místico sano ante los dogmas concernientes
al destino de los humanos post mortem?
-El místico sano conecta directamente con Dios; no le preocupan los
dogmas.
-Pero a mí sí me preocupan. Lo más que puedo es respetarlos, pero no
aceptarlos.
-Nadie te apunta con un revólver para que los aceptes. Usa tu libre
albedrío. Y si aún sientes perplejidad, te aconsejo la actitud de dos
sacerdotes amigos míos, uno andaluz y otro catalán, que sin conocerse llegaron literalmente a la misma
conclusión: “Yo no pienso en dogmas, porque si me pongo a pensar me vuelvo
loco”.
-Pero como yo seguiré pensando, necesariamente seré hereje.
-No dramatices. Es natural que tengamos reservas sobre la hipertrofia
dogmática del catolicismo. Pensando solo para mí, la religión más perfecta
sería la que menos dogmas tuviera. Quizá se podría prescindir de alguno sin que
se resintiera el sistema entero, pero hagamos la prueba. Supongamos que en este
momento pudieras aplicar la navaja de Occam sobre la dogmática católica; ¿con
qué dogma arrasarías primero?
-Con el del pecado original, que me parece uno de los más absurdos.
Según tú has dicho alguna vez, el relato bíblico de la creación hay que
interpretarlo alegóricamente, habida cuenta del estilo literario de los
hagiógrafos del Antiguo Testamento; que no existió ningún Adán, ni Eva, ni
paraíso terrenal, ni árbol, ni manzana, ni serpiente, etc.; que los tres
primeros capítulos del Génesis solo quieren expresar que el universo y todo lo
que en él existe es creación de una Voluntad
divina, y que la raíz del mal está en la perversión de la voluntad y de otras
potencias del ser humano. Solo que el hagiógrafo que escribe lo hace
“pedagógicamente”, en un lenguaje al alcance de las mentes iletradas. Sin
embargo, la Iglesia nos manda creer que hubo un primer hombre que pecó,
trasmitiendo a todas la especie humana las consecuencias de su pecado.
Vamos, hombre, ¿quién entiende eso?
-¡Cuidado!; no me refiero al pecado original sino a la fe que la
tradición cristiana ha puesto en la veracidad del relato tal como se cuenta en
el Génesis. Es un hecho irrebatible que así se creyó desde un principio y que
aún se sigue creyendo. Una gran mayoría de los cristianos está convencida
de que el primer hombre se llamó Adán, de que Adán pecó contra el mandato de
Dios y que todos sus descendientes hemos heredado ese pecado, del cual
Jesucristo nos redimió con su muerte. Ante la creencia general de este hecho,
el Papa Zósimo lo proclamó dogma en el siglo V, sancionando con anatema a quien
no lo creyere. Considera lo que de ahí se sigue: sin pecado original, no habría
sido necesaria la Encarnación del Hijo de Dios como Redentor. Por tanto,
Jesucristo sólo sería un hijo biológico de José y María. El cristianismo sería
una colosal impostura. Tendrías que amputarle a la Biblia todo el Nuevo
Testamento y de paso harías írritos dos mil años de civilización cristiana,
enredándote en una maraña de futuribles absurdos. No existiendo un Annus Domini, Dionisio el Exiguo no
habría retocado el calendario juliano, no habría existido un papa Gregorio XIII que estableciera el año
litúrgico adecuando el calendario juliano al año trópico. ¿Quizás aún contaríamos
los años según el juliano original, de modo que ahora estaríamos
aproximadamente en el 2770 ab Urbe condita? (a.U.c.), a menos
-claro está- que se hubiese estructurado un calendario a partir de otro evento
histórico. Tales son, en fin los hechos. ¿Cómo los ves?
-Complicados. Mejor dejar las cosas como están.
-Dices bien. Sin que hayamos podido elegir, hemos nacido en una
civilización llamada cristiana, aunque de ello solo tenga el nombre.
-Sí, pero mientras tanto, me hago, por entretenimiento, las siguientes
preguntas: si Dios es omnipotente, si le bastó su palabra para crear el
universo, ¿tenía necesidad de humanizar y sacrificar a su Hijo para redimirnos
de un supuesto pecado de
origen? ¿Necesitaba eludir la ley biológica de la generación? ¿Qué mal
habría en que Jesús naciera de hombre y de mujer, como nacen todos los hijos?
¿Sería una
perversión de la divinidad un Jesucristo-hombre hijo de José y María?
¿Por qué razón la Virgen María tuvo que “purificarse” después del parto? ¿A qué
viene el milenario horror a que la persona de Jesucristo procediera de un acto
carnal?
-Tu reflexión es muy razonable, y nadie te coacciona para que no sigas
razonando. Si el misterio te molesta, despreocúpate de él. Hay millones de
cristianos confesos que nunca se han planteado las razones de los dogmas.
-Es decir, tendré que estar dispuesto a creer en lo absurdo, o apelar al
sentimiento…
-No exactamente. Si logras situarte en la onda sobrenatural, el acto
volitivo de creer será racional, vaya o no acompañado de sentimiento, porque el
sentimiento del ser humano es inseparable de la razón consciente.
-¿Puede darse la fe en la Trascendencia sin ningún sentimiento?
-Por supuesto que sí. La mayoría de los creyentes no sienten lo que
creen –o lo que dicen creer. Nuestra epistemología, por mucho que la modelemos,
no dejará de resistirse a las razones de lo sobrenatural. Por eso siempre ha
habido mentes inquietas que no se resignan al absurdo y persisten en buscar
coherencias en los misterios revelados.
-Difícil tarea la de buscar razones donde no las hay. Muchos resuelven
la cuestión diciendo que para Dios no hay nada imposible.
-Eso no es resolver la cuestión sino suprimirla. Tenemos la razón para
usarla; y en nada mejor la podemos emplear que en las cosas referentes al Ser
que nos la dio. De este derecho al razonamiento nacieron las primeras herejías
cristológicas y trinitarias, que se debatieron desde el siglo III hasta más
allá del V.
-Hay quienes afirman que las herejías fueron un bien para la Iglesia.
¿Opinas tú lo mismo?
-No sé de ningún autor de peso que haya dicho algo semejante, pero creo
por mi cuenta que Pablo de Samosata, Arrio, Fotino, Nestorio y Teodoro de
Mopsuestia tienen el mérito de haber
despertado a los primeros cristianos del sueño dogmático en que los dejó San
Pablo. Las herejías hicieron que los creyentes ilustrados se vieran obligados a
aguzar su ingenio dialéctico para combatirlas. Surgieron así los primeros
apologistas, seguidos de la Patrística oriental y occidental, hasta estructurar
una enciclopedia teológica arquitectónicamente construida a similitud de las
catedrales góticas que contemporáneamente se iban edificando. Así luce, como
una especie de constructo arquitectónico, la Summa Theologica de Tomás de Aquino.
-Y la filosofía Escolástica…
-Naturalmente: de cualquier estilo de vida puede derivarse un sistema de
pensamiento. Además, quienes se defendían contra aquellas herejías, ya jugaban
con los conceptos filosóficos de sustancia, naturaleza, hipóstasis,
subsistencia, supósito y persona; conceptos que, aunque puestos en función de
la teología, se planteaban filosóficamente.
-Ahora bien, si los herejes que has mencionado tuvieron problemas con
los dogmas trinitarios y cristológicos, ¿no los tendrían también en cuanto a la
Trascendencia?
-Imposible. Nadie gastaría neuronas razonando sobre dogmas católicos sin
al menos creer en Dios. Incluso algunos herejes, como Arrio, eran ascetas. Sin
embargo, se sentían con derecho a disentir de algunos aspectos dogmáticos tal
como estaban “oficialmente” formulados. A este propósito hay que hacer una
observación: los dogmas a los que con mayor vehemencia se resiste la voluntad
son los que se oponen al principio de contradicción, físico o metafísico. Son
contradicciones físicas, por ejemplo, la concepción virginal, la
Transubstanciación y la resurrección de los muertos, así como es
metafísicamente contradictoria la unidad de un solo Dios en tres Personas
distintas e igualmente divinas. Concebir a Dios como persona es ya de sí una
analogía de atribución impropia, un antropomorfismo. En cambio la simple
existencia de Dios es fácilmente creíble porque no implica ninguna
contradicción. Si afirmas que la inmensidad y complejidad del universo mundo
solo puede ser obra de un Dios, algún científico te escuchará con media sonrisa,
pero nadie tildará tu opinión de disparatada.
-¿Qué valor tienen las pruebas de la existencia de Dios?
-De la existencia de Dios, no hay pruebas sino sólo demostraciones
probables. No pretendo enmendar la plana a los teólogos, incluido el mismo
Santo Tomas, sino corregir el secular error de tener como sinónimos la
demostración y la prueba. En el lenguaje corriente se acepta, pero no cuando es
necesaria la precisión de términos, como en nuestro caso. Me explico: los
hechos se prueban, las proposiciones se demuestran con argumentación cierta o
al menos probable. Ahora bien, el enunciado “Dios existe” no es un hecho sino
una proposición, para cuya demostración se han empleado dos métodos: a priori y
a posteriori.
-Supongo que te refieres al argumento Ontológico y al de las Cinco Vías.
San Anselmo y Santo Tomás.
-Precisamente.
-¿Cuál de los dos consideras más convincente?
-En principio ninguno, pero me obligas a un largo discurso, que no
quiero hacer. Te daré solo unas breves indicaciones, pero advirtiendo que la
mayor y mejor parte se quedará en el tintero. El argumento ontológico hay que
entenderlo partiendo de dos puntos de vista: de la concepción platónica del
mundo y de la idea que se suele tener de Dios. Bajo esta doble perspectiva, se
formula así: es imposible pensar una cosa que de algún modo no exista en la
realidad. Ahora bien, Dios es un ser tan plenamente perfecto, que no es posible
pensar otro igual. (Esta idea de Dios la tienen incluso los ateos). Por
consiguiente Dios tiene que existir no solo como idea sino también como
realidad, pues de otra manera ya no sería el ser más perfecto que cabe pensar.
Abreviando: desde la mira platónica de San Anselmo, la mente no puede pensar
nada que no exista. Mucho menos el ser más perfecto posible.
-Con todo el respeto hacia quien sea, niego la mayor. Yo puedo pensar un
sinfín de cosas inexistentes.
-Por ejemplo…
-Un caballo volando. ¡No me digas que si lo pienso tiene que existir!
– ¡Cuidado!, no hay que confundir pensar con fantasear. Puedes imaginar
un caballo volando porque antes has visto caballos y pájaros y con esas
imágenes haces una composición fantástica. Haz todo el esfuerzo que puedas con
tu imaginación y apuesto a que ninguna composición imaginaria podrás hacer sin
valerte de elementos percibidos por algún sentido.
-Ahora bien, si no me equivoco, San Anselmo debía pensar platónicamente,
es decir, que las ideas son seres realmente existentes en un superuniverso
invisible, y que todos los objetos del mundo físicamente perceptibles son
creaciones a imagen de aquellas ideas. ¿Es así?
-Aproximadamente.
-¿Y tú crees que de semejante superchería se pueda deducir la existencia
de Dios?
-Por supuesto que no, pero primero rectifiquemos. Ante todo, el
pensamiento platónico no es una superchería sino una hipótesis probable. Y
Platón iba todavía más allá: afirmaba que las ideas son anteriores a todos los
objetos visibles, y más reales y verdaderas que ellos. Porque las realidades
materiales nacen y mueren, se construyen y se destruyen, aparecen y
desaparecen, mientras que las ideas que de ellas tenemos permanecen para
siempre. Ahora, intenta pensar platónicamente: ¿qué crees más real, lo que
aparece y desaparece o lo que permanece para siempre? O bien, dale un vuelco a
la pregunta: ¿qué es lo primero que necesita un arquitecto para construir un
edificio?
-Obviamente, un proyecto.
-Es decir, una idea. Ahora bien, una vez construido el edificio puede
ser destruido por un terremoto o barrido por un tsunami. ¿Qué es lo que queda
de él?
-Los planos… el proyecto.
-Es decir, la idea. Entonces, ¿qué es más real y verdadero, el edificio
o la idea que queda de él?
-Veo la lógica de Platón y algo barrunto de la de San Anselmo, pero no
acabo de convencerme.
-¡Qué curioso! Te ocurre lo mismo que a Dalí cuando el periodista Manuel
Del Arco le preguntó si creía en Dios. El pintor respondió algo así: “Estoy
seguro de la existencia de Dios porque así me lo dicen la Física y la
Matemática, pero yo no me lo creo”.
–Lo comprendo: Dalí quiso decir que las ciencias solo le ofrecían la
probabilidad de Dios, pero no la evidencia.
-Yo creo que la naturaleza de Dios es tan misteriosa, que aun el
supuesto imposible de lo viéramos, no creeríamos en él.
-A este tal propósito, ¿qué piensas de las Cinco Vías?
-De ellas hemos hablado otras veces. A mi parecer, son argumentos muy
bien razonados, pero no prueban ni demuestran nada.
-¿Por qué hablan de “motor inmóvil”? Si es inmóvil, ¿cómo puede mover a
otros?
-Sin querer, le estás enmendando la plana a Santo Tomás y a una larga
tradición de filósofos y teólogos que cometieron la distracción de traducir la
expresión aristotélica
kinoûn
akíneton por “motor inmóvil”; habría sido mejor decir “motor no movido por otro”.
Por eso yo siempre he preferido interpretar akíneton
como “semovente”, palabra que se acomoda mejor al autokíneton, que también emplea Aristóteles.
-Bueno, démosle al menos a Santo Tomás el mérito de haber demostrado que
existe un primer motor no movido.
-Es que no demostró ni siquiera eso; porque dentro de un universo
infinito “ab aeterno e in aeternum es imposible encontrar un
móvil que sea el primero.
-Entonces, ¿dónde colocas al Dios Creador?
–Te remito a lo que te dije en otras conversaciones: que el acto de
crear es inseparable de la esencia divina, y que por tanto Dios es creador ab aeterno e in aeternum; continuamente crea y re-crea. Un Dios inactivo sería
la Nada. De la esencia divina dimanan la masa y energía de las partículas
atómicas y subatómicas que originaron el cosmos. Si yo fuera físico, llamaría a
Dios Protoenérgeia y trataría de explicar
la razón de este nombre. Si Tomás de
Aquino hubiese podido especular a partir de una física cuántica, habría
enfocado su argumentación de muy distinta forma. En cuanto a los teólogos
actuales, al menos deberían situarse –creo que lo hacen- en una concepción postnewtoniana del universo.
-Prefiero
no entrar eso. Dime más bien cuál de los dos argumentos te parece mejor, el
ontológico o el de las Cinco Vías.
-Ambos son aceptables, pero solo en cuanto que probables. Falta la
evidencia para que sean ciertos. De hecho Santo Tomás finaliza la exposición de
cada argumento con estas expresiones: " Esto es lo que todos entienden por
Dios"; "A lo cual todos llaman Dios"... No dice que el primer
motor ES Dios, ni que la primera causa ES Dios, etc., sino que da por supuesto
que no cabe más respuesta que la afirmativa.
-Supongo, entonces, que los filósofos los habrán tenido en poca estima,
tanto el argumento ontológico como los analógicos.
-No todos. Los más destacados, desde Descartes hasta Rosmini les han
dedicado cierta atención. En general, el argumento más afortunado ha sido el
ontológico. Descartes, Malebrance, Spinoza y Leibniz lo dan por válido. En
cambio, Gassendi, se inclina por el orden y la belleza. Kant y Hegel formulan
críticas sobre unos y otros, pero, manifiestan cierta preferencia por el
argumento ontológico y el orden del universo. Berkeley y Condillac se inclinan
por el de la causalidad. Voltaire y Rousseau ponderan el orden del universo, la
causalidad, la finalidad y el movimiento. Stuart Mill se inclina por la
finalidad de la creación, aunque no la considera obra de Dios sino de un
Demiurgo. Darwin y Newton optan por el movimiento y el orden del universo.
Einstein decía que si había algo en él de sentimiento religioso era la
“ilimitada” admiración por el orden y armonía del universo, si bien no se
refería expresamente a las Cinco Vías. Después de todo, aunque no haya habido
unanimidad en la selección de estos argumentos,
si una tradición de sabios aún no
extinguida los ha tenido en cuenta, y concedido beligerancia, habrá que creer
que algo tiene el agua cuando la bendicen.
-Dicen algunos que la ciencia nos
acerca a Dios. ¿Lo crees así?
-Misteriosamente, la ciencia hace a
unos creyentes y a otros apóstatas. Chesterton decía que su conversión al
catolicismo “fue una cuestión de profundidad”; a lo que respondió Bernard Shaw:
“mi apostasía también fue una cuestión de profundidad”. Paul Claudel se
convirtió por emoción estética, mientras escuchaba el “Magnificat” de Bach en
la catedral de Nôtre-Dame.
-Después de todo, ¿crees que aún tienen sentido las disputas entre
creyentes y ateos?
-Por supuesto que no. Hoy día hay muchos bautizados que son como decía
de sí misma Oriana Fallaci: “cristianos ateos”. Sin embargo no hay que creer en
la sinceridad de algunos que se confiesan ateos doctrinariamente convencidos.
Tal vez solo sean agnósticos. En cualquier caso está fuera de lugar la
discusión. Si alguien afirma expresamente, en disputa o fuera de ella, que Dios
no existe es porque en el fondo de la consciencia le incomoda la proposición
contraria. ¿Te molestarías tú en refutar a quien te asegurara la existencia del
Minotauro?
-Naturalmente que no; lo daría por loco.
-Pues así deberían proceder los ateos convencidos.
-¿Piensas, entonces, que es
absurda la proposición “Dios no existe”?
-No, porque quien niega existencia de algo que no es evidente, no peca
contra el principio de contradicción. La cuestión de fondo no está en la
existencia o inexistencia de Dios, sino en creer o no creer. Para quienes creen
todos los argumentos sobran; para los que no creen, todos faltan.
50
AMOR Y CONTRATO
De vuelta en mi tierra, residí durante cuatro inolvidables años en Palma
de Mallorca. El director del “Diario Mallorca” me pidió un artículo que hablara
sobre el amor, para publicarlo el día de San Valentín, fiesta de los
enamorados. Muchos años después, otro director me hizo una solicitud similar.
Dada la distancia de tiempo y lugar, le envié el mismo escrito con otro título
y algunos retoques. En esa ocasión se puso en marcha la malicia humana. Unas
amigas de mi mujer la llamaron por teléfono:
-¿Has visto lo que lo que ha escrito tu marido en la prensa? Poco
después sucedió lo que era de esperar:
-¿Cómo has podido escribir esa barbaridad? Entonces, ¿qué soy yo para
ti? ¿Solo un contrato?
-Primero, tranquilízate –respondí-. Estás dramatizando una nadería.
-Una nadería, ¡eh! –gritó matándome con los ojos-. Por mí, puedes irte a
la porra. Yo no tengo ningún contrato contigo.
Si aquella magnífica esposa, que en gloria esté, hubiese sido una mujer
más culta, el incidente no habría ocurrido. Con todo, comprendí sus razones:
ella habría esperado que yo hablara del amor derramando miel sobre hojuelas.
Tuve que soportar por varios días “la soledad de dos en compañía”, hasta que el
tiempo, médico común, borró las heridas. Explicaré el contenido de aquel
artículo con algunas ampliaciones.
Muchos son los sentidos de la palabra “amor”, por lo que también son
muchas las maneras de amar, cada una de las cuales pasa cíclicamente por
distintas fases.
Restringiéndome solo al amor entre hombre y mujer, encuentro dos clases
principales: amor de complacencia y amor de benevolencia. El primero es el que
gozan los enamorados en fase de estreno, cuando tu pensamiento está de continuo
fijo en el objeto amado deseando tenerlo lo más cerca posible. Se caracteriza
por su volubilidad, que tanto puede producirte inefables delicias como
depresiones de alta intensidad. Amor de benevolencia, en cambio es el que se
siente hacia personas amigas, conocidas o compañeras de trabajo y de una forma
especial entre esposos o amantes ocasionales. Es el que considero preferible
por su estabilidad y consistencia. De él se mantienen los matrimonios –los de
hecho y los de derecho-, con intermitentes períodos de complacencia.
En la Isla de la Calma trabé amistad con una familia de un pequeño
pueblo costero, cuyo centro de atención era la abuela de la casa: una ancianita
de noventa y cinco años admirablemente entera de mente y cuerpo. Alguien estaba
en trance de casarse y se hablaba de planes al respecto.
-Y tú, ¿cuándo piensas casarte? –me preguntó la abuelita.
-Bueno… algún día habrá que hacerlo –respondí indiferente.
-Cuando te decidas -insistió-, procura que sea con una que tenga unas
cuantas cuarteradas, porque de amor solo no vivirás.
El consejo utilitarista de aquella venerable planteaba el problema
inicial y más difícil de resolver para los casaderos. Elegir pareja implica un
sinfín de disyuntivas y no pocos dilemas según los casos. Y eso, suponiendo que
la capacidad de elegir pareja sea real, que no lo es del todo. Habrá unos pocos
excepcionalmente afortunados –si es que los hay- que lograron casarse con quien
querían, y solo con quien querían. Beati
loro! Pero la cruda y nuda realidad es que la mayoría de los que se casan
no lo hacen con quien quieren sino con quien pueden. (Hablo desde la parte
masculina; háganlo ellas desde la suya).
-Son ideas propias de tu edad –dijo mi interlocutor de marras-; nadie se
las tomará en serio.
-Te aseguro -repuse- que no expreso ninguna idea de viejo caduco, sino
la que he sostenido siempre desde los treinta años. La he expuesto muchas veces
públicamente con buen porcentaje de aceptación. Sin embargo comprendo a los que
disienten, pues no es fácil aceptar una opinión como esta, que puede herir a
quienes tengan buena dosis de autoestima. Les pido perdón, aunque bien
convencido de que eso no modifica la realidad. Sin embargo, ello no significa
que quienes no obtuvieron la pareja deseada convivan malamente con la que
tienen. (Yo quisiera haber nacido guapo, pero estoy conforme con la cara que
tengo). Millones de casados debe haber que dirán para sus adentros: “no tengo
la pareja que hubiese deseado, pero amo profundamente la que me ha tocado en
suerte”. Porque así suele ser con todo lo que nos pertenece: aunque no tengamos
lo que quisiéramos, amamos lo que tenemos.
-Te noto cierto empeño en suprimir el condimento romántico de la
relación amorosa.
-El romanticismo es solo una fase transitoria del amor. Aunque una
pareja se haya formado casualmente sin ninguna previa elección por una de las
partes, al consolidarse como pareja sobreviene inadvertidamente el amor de
complacencia, en el que tú puedes cargar toda la dosis de romanticismo que te plazca.
Un noviazgo ocurre sin que se sepa cómo, ni cuándo ni por qué, como la
primavera sentida por Antonio Machado.
-Igualmente me sigue pareciendo poco romántico.
-Si lo prefieres, aún puedo restringir más el romanticismo, diciendo que
toda relación amorosa es, además de amorosa, contractual. No pretendo
sostenerlo como tesis académica sino como una observación de evidencia
inmediata. Nadie ama gratis. La primera retribución que el amante espera es la
de ser correspondido. Con eso entramos en el “contrato del amor”. Si ambas
partes están interesadas en que el amor perdure, tratarán de mantenerlo con los
intercambios de los que depende dicha duración.
-¿A qué intercambios te refieres?
-Para no ser prolijo te los sintetizo enumerando las cuatro clásicas
figuras de la jurisprudencia romana:
intercambio de dones con dones (do
ut des –doy para que des);
intercambio de dones con actos (do
ut facias –doy para que hagas);
intercambio de actos con dones (facio ut des –hago para que des;
intercambio de actos con actos (facio
ut facias –hago para que hagas.
-En este cuadro, ¿dónde colocas la fidelidad?
-Está implícita en estas cuatro fórmulas.
-Y el pasado de tu pareja, ¿no cuenta para nada?
-Absolutamente. Lo importante en un contrato es el presente y el futuro.
-Pero hay conductas del pasado que no presagian nada bueno.
- Solo si se trata de malas acciones que crean hábito.
-Precisamente por eso: ten en cuenta, si vives en tu siglo, que los
noviazgos de hoy día son estados conyugales con separación de cuerpos. Tratándose
de tu futura mujer, ¿no te importa por cuántos novios haya pasado?
-No estarás poniendo la virginidad como condición sine qua non…
-Bueno, en tiempo pasados –quizá tú lo recuerdas- la virginidad era un
valor que se tenía muy en cuenta.
-La integridad de una mujer no depende de una frágil membrana que puede
rasgarse por cualquier incidente que no sea un coito. Si la mujer en cuestión
es positivamente valiosa, lo que importa no es ser el primero sino el último.
-Puesto que cada frase que sueltas es más anti-romántica, pienso que
tampoco crees en el coup de foudre.
-Es un hecho que también se da por azar. Desde muestra
adolescencia, hombres y mujeres nos habremos enamorado de muchas Sílfides y
Adonis, que nos enamoraban precisamente porque eran inasequibles. Para que no
me veas solo como anti-romántico, te daré una visión poética del tema a través
de Antonio Machado:
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
(ya conocéis mi torpe aliño indumentario);
mas recogí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Dicho prosaicamente: cada uno recoge la ración de amor que
el azar le ha puesto en el camino y acepta la parte de complacencia y
benevolencia a que haya lugar. Digo la parte, no el todo, porque es evidente que
las novias y esposas están en el género de las cosas que a veces gustan y a
veces no. (Hagan ellas su viceversa, que es igualmente válida). Si aún
persistes en buscar Sílfides, te deseo unas cuantas cosechas amargas para que
las expongas en la vitrina de tus escarmientos. Muy oportunamente me viene a la
memoria una frase de André Maurois: "la juventud es el más poderoso de los
filtros". En efecto, a través de los desengaños juveniles hemos aprendido-
a veces con muchas reincidencias- a discernir entre apariencias y realidades.
-Entonces, puestos en lo prosaico, vayamos al consejo que
te dio la abuelita mallorquina: "cuando decidas casarte, hazlo con una que
tenga unas cuantas cuarteradas porque de amor solo no vivirás". Obviamente
quiso decir que no debes casarte por amor sino por interés.
-No seas tan crudo. Yo cambiaría la palabra interés por la
de conveniencia.
-¿No es lo mismo?
-En absoluto. El puro interés excluye el amor, no así la
conveniencia.
-Luego, es mejor casarse por conveniencia que por amor...
-No concluyas con tanta prisa. Lo ideal -démoslo por
imposible- sería que coincidieran las dos cosas. Pero en su defecto, es
preferible que entre la mujer que te guste más pero te conviene menos, te
decidas por la que te guste menos, pero te conviene más.
-Es una
lástima tener que renunciar a la más bonita.
-Cierto,
pero ten en cuenta que a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. Lo más efímero
que tiene la mujer es la belleza corporal. Busca entre ellas a la que tenga
atributos que no se marchitan; allí está la mujer que te conviene más aunque te
guste menos. Nadie con buen sentido se casaría solo por amor de concupiscencia
con una mujer inconveniente, aunque fuese la mismísima Venus.
-Bien;
suponiendo que me casé con la mujer que amaba menos pero me convenía más;
suponiendo también que sienta hacia ella cierta dosis de complacencia, viene
luego la “tumba del amor”…, no sé si me explico.
-Perfectamente.
La pregunta es difícil, pero mirando el escenario desde la barrera, solo puedo
hacerte una reflexión: el amor en general es un bien que, como todos los
bienes, se conserva cuidándolo. El amor tiende a desfallecer por un factor
principal: la pereza, que a veces se junta con la falta de imaginación.
-Explícate mejor
-La relación conyugal no pierde
vigor por eventuales disputas ni por graves desacuerdos que te dejan mal sabor,
sino por pequeños descuidos debidos a la pereza. Somos perezosos descuidando
muchos detalles necesarios para mantener el tono sentimental de la convivencia.
Pereza en la palabra, en la mirada, en los brazos, en las manos; pereza en las
primeras palabras de la mañana, en el beso de partida y de regreso; pereza de
una frase cariñosa, de un pequeño obsequio, de un piropo oportuno, pereza, en
fin, de decir “gracias”, “por favor”, “disculpa”, “lo lamento”…
-Así y todo, la rutina es inevitable.
-Pero también necesaria para mantener una economía de orden y reserva
“energética. No resistiríamos viviendo con la continua preocupación de buscar
nuevos métodos.
-En cuanto a los detalles a que te has referido, les veo una importancia
más bien relativa.
-No lo creas. En la relación de pareja, sea cual fuere la intensidad del
amor, no hay ningún detalle insignificante. A propósito, me haces recordar una
milenaria sentencia del sabio Sirácides: “Quien descuida los detalles poco a
poco decaerá”. (Qui spernit modica
paulatim decidet).
– Sin embargo, la cantidad de divorcios que hoy día ocurren nos ponen la
institución matrimonial en tela de juicio.
-Lo estaba igualmente antes, cuando el divorcio era imposible;
innumerables son los matrimonios que vivieron en un “infierno familiar” por el
resto de sus vidas. Hay muchos casos en que el divorcio es una solución
humanitaria.
-Después de todo, lo más curioso que me ha quedado de esta conversación
son dos cosas: que no nos casamos con quien queremos sino con quien podemos; y
que entre la mujer que amo más y me conviene menos, debo elegir la que amo
menos y me conviene más. Pero resumiendo cuentas, muchas parejas llegadas a
cierta edad tras largos años de rutina con su amor de benevolencia, terminan no
sabiendo si todavía se aman. Yo pertenezco a ese gremio.
-Veo que confundes amar con estar enamorado; obviamente son dos
conceptos distintos. El enamoramiento, es decir el amor de complacencia, es
transitorio; viene y va por temporadas, pero cada vez viene menos, hasta que se
va para no volver. Te queda solo el amor de benevolencia, que en las parejas no
es una benevolencia cualquiera.
-Me desconciertas. En este momento ya no estoy seguro de si amo o no a
mi mujer.
-Para saberlo con bastante aproximación tienes dos pruebas: la del
retraso y la de la llave. Veamos la primera. Supongamos que estás solo en tu
casa esperando a que llegue tu mujer del trabajo o de alguna gestión. Si el
regreso se demora por más tiempo del acostumbrado, puedes tener dos reacciones:
una angustiosa impaciencia o una indiferencia absoluta. Si tu caso es el
primero, quieres a tu mujer con un amor de sólida benevolencia. Si es el
segundo, soportas malamente su compañía; tu solución está en el divorcio si tu
edad no es muy avanzada. La prueba de la llave consiste en lo siguiente. Hacia
la ocho de la noche estás sentado frente al televisor o tecleando en el
ordenador, esperando a tu esposa. Cuando escuches el roce metálico de la llave
que abre la puerta, puedes tener tres reacciones: una: saltas del asiento y
corres a recibirla con los brazos abiertos –“por fin llegaste, mi amor”. Otra
reacción: “Bueno… ya llegó ese pelmazo, se acabó la tranquilidad” –murmuras sin
moverte del sitio. Tercera: sin interrumpir tu ocupación, respondes a su
saludo: “hola mi amor, ¿estás bien?”. ¿Cuál de estas tres reacciones te parece
la mejor?
-Cualquiera diría que la primera.
-Falso; es la última. Si sientes que estás en ella, has consolidado una
convivencia con la mujer que más te convenía. Con ella harás el viaje sin
retorno, a moderada velocidad de crucero, con leves turbulencias y un mínimo
gasto de combustible.
51
REFUGIO EN LA MEMORIA
Cuando llegamos a una edad muy avanzada –llamémosla “cuarta edad”-, no
solo somos elementos extraños dentro de nuestra sociedad, sino que en cierta
manera vivimos ausentes de ella. No es tanto que quienes nos rodean sientan
poco agradable nuestra presencia, cuanto que suponen que ya no deberíamos estar
allí. Al cruzarnos en la calle con una persona anciana que no hemos visto desde
hace tiempo, solemos pensar: “¿pero este hombre todavía vive?” Pregunta que
implica la suposición de que ya no debería vivir. Sin embargo no se nos ocurre
imaginar que, reconociéndonos él también, diga para sus adentros: “¡cómo se ha
deteriorado ese hombre!”. Por eso, al observar yo mismo la ruina física de quienes
no he visto desde tiempo atrás, me convierto la oración en pasiva. Al principio
este pensamiento puede resultar algo perturbador, pero con la costumbre se nos
convierte en un sentimiento tranquilizante. La trayectoria de nuestra vida es
parabólica. En ella veo cuatro fases: un ascenso, una breve altiplanicie, un
descenso y una recta final imaginaria. En la fase ascendente el tiempo nos
parece largo porque esperamos vivir muchos años más de los que hemos vivido.
Los años de estudios primarios, de bachillerato y de universidad se nos hacen
interminables porque son años de espera impaciente, en los cuales se cumple el
dicho popular: “quien espera desespera”. Tan desesperante puede parecer la
espera por una emergencia odontológica como por una cita amorosa. Ejemplos de
esta clase solía utilizar Einstein para hacer comprender su teoría de la
relatividad. Decía: “Cuando un hombre se sienta con una chica bonita durante
una hora, le parece un minuto; pero si se sienta en una estufa caliente durante
un minuto, le parecerá más de una hora. Eso es relatividad”.
Con la relatividad del tiempo se relativiza también la distancia entre
las edades. A un muchacho de quince años, le parece vieja una señora de
treinta. Cuando yo era estudiante, veía viejos a todos los profesores,
incluidos los que tenían menos de cuarenta.
El más joven que tuve –no llegaba a los treinta y cinco- fue mi primer profesor
de Filosofía, Lidwinus Vollering, un holandés ya mencionado en una entrega anterior.
Teníamos como manual de apoyo el tratado Elementa Philosophiae Scholasticae, de Sebastian Reinstadler, en
dos respetables volúmenes; el mejor manual de filosofía sistemática de cuantos
he conocido. Conversando con él a la salida de la primera clase, le pregunté
ingenuamente:
-Profesor, ¿cómo es posible que un tratado elemental de Filosofía sea
tan extenso y en dos volúmenes?
-Porque es de un autor que agota los temas en extensión y profundidad.
Yo mismo estudié con este manual ¡cuando tenía tu edad! –añadió entusiasmado.
-¡Huy! -exclamé-, ¡pues sí que es antiguo el libro!
El profesor me clavó una mirada oblicua y me dejó plantado. Enseguida
comprendí mi imprudencia y quise correr tras él para pedirle disculpas, pero vi
que no tenía sentido.
Ahora, cuando ya he iniciado la imaginaria “recta final” de la parábola,
veo pasar volando el poco tiempo que me queda. No volaría tan veloz si me
abandonara la salud física y mental de que todavía gozo, gracias a Dios, en
este momento. Pero ¿hasta cuándo? Es un interrogante que me inquieta menos
ahora que durante los años del “descenso”, quizá porque nos vamos acostumbrando
a mirar cada vez más de cerca nuestra finitud. Dentro de las características
comunes a todos los viejos, hay diversas variedades entre ellos, debidas a las
circunstancias actuales y a las formas en que transcurrió su juventud y la
mejor parte de su madurez. Hay ancianos resignados, inquietos, refunfuñones,
quejumbrosos, nostálgicos. Incluso abundan los que rebuscan formas de vestir
impropias de su edad, o se afanan en procurarse terapias de rejuvenecimiento.
No son actitudes caprichosas, pues tienen sus razones: el natural aferramiento
a la vida, o tal vez la nostalgia de una juventud y madurez colmadas de lujos y
comodidades. Muchos dicen: “que me quiten lo bailado”, sin darse cuenta -pobre gente-
de que ya se lo han quitado.
Hay ancianos de diversos talantes: de semblante triste y cansado, de
tierna sonrisa desdentada, de mirada lúbrica y picaresca; los hay alegres y
dicharacheros, siempre con la anécdota oportuna. Abunda la figura del “viejo verde”,
condición que depende de cómo transcurrieron sus juventudes. Ateniéndonos al
refrán de “quien no corrió el caballo de joven lo corre de viejo”, algunos son
“verdes” por haber corrido mucho el caballo, otros por haberlo corrido poco. En
cualquiera de los casos, considero arbitrario -aparte prejuicios sociales-
llamar “verdes” a ciertos ancianos, porque si hay que decir “verdes”, todos los
hombres lo somos a partir de la adolescencia –algunos incluso antes.
El mundo de los viejos es el mundo de la memoria. Grande y de suma
importancia es esta potencia de la mente humana donde se “almacenan” las
especies sensibles e inteligibles, que a veces evocamos unas tras otras por
orden temporal. Es lo que llamamos reminiscencia o anámnesis. De estas materias primas guardadas en la memoria
proceden las artes y las ciencias, como la harina de los graneros. Por muy
avanzada que sea tu edad y muchos los impedimentos físicos que te castigan,
vale la pena que sigas viviendo si conservas la memoria. Pero si la pierdes, no
diré que serás un vegetal, sino algo peor, pues el vegetal tiene su puesto
natural en la taxonomía del reino viviente, mientras que tú te convertirás en
una máquina biológica mostrenca que no cumplirá ninguna función. Si ya pasaste,
como yo, la línea de los ochenta, la memoria de lo que fuiste es la razón de lo
que eres. Si la conservas, sigues siendo tú mismo. Pero dado que estamos
transitando la recta final, ya no podemos hacer proyectos ni siquiera a corto
plazo; pero eso no debe angustiarnos, pues sabemos que no es por incapacidad
sino por falta de tiempo. Por eso la actitud más prudente de quienes ya
rebasamos los ochenta, es la de no hacernos la cuenta ni tan solo del día
entero. Lo que no es mucho decir, pues no hay nadie que pueda hacérsela. No se trata
de pesimismo ni talante derrotista, sino de una realidad tangible que cada día
comprobamos al abrir la página de las noticias.
El anciano puede vivir contento en tanto no le abandonen los recuerdos.
Aunque no le estén permitidos grandes ni pequeños planes a futuro, tiene detrás
un largo sendero que desandar con la memoria. Los hechos y vivencias del
pasado, pueden tener efecto terapéutico para el anciano, si pone voluntad en
convencerse de que para él ya no es tiempo de proyectos, sino de evaluar, para
su gozo o arrepentimiento, los resultados de los que realizó. Viéndolo
serenamente, los recuerdos del pasado son el mejor diván en que el anciano
puede recostarse. Si logras conversar contigo mismo sobre lo bueno y malo que
te ha ocurrido a lo largo de tu vida, no echarás de menos la compañía que tal vez
desearías tener. Inmerso quizás en sus recuerdos, decía Antonio Machado:
“converso con el hombre que siempre va conmigo”.
Pero los recuerdos no acuden fácilmente a tu memoria si no pones de tu
parte un esfuerzo para suscitarlos. A menudo se nos hacen escurridizos,
creyendo falsamente que es debido a la pérdida de memoria. Confundimos la falta
de memoria con la pereza de recordar. Dice Norberto Bobbio que los recuerdos
hay que ir a buscarlos en los rincones más remotos de nuestra memoria. Cierto
es que hay momentos en que es fatigoso recordar, pero si sabes tomar el pasado
como parte inseparable de tu vida interior, entonces los recuerdos te sarán
saludables. Hay viejos entusiastas que dicen haber renunciado a sus recuerdos y
que se levantan cada mañana con la ilusión de ver y sentir algo nuevo. Un
ilustre anciano catalán me ha enviado un e-mail diciéndome que a sus casi
ochenta y ocho años, tiene la esperanza de ver una Cataluña libre,
independiente del Estado español. Creo muy poco en la sinceridad de esos
arrebatos esperanzados. Lo único nuevo que un viejo puede encontrar al día
siguiente es un pedazo de su pasado visto desde otra perspectiva; una nueva
visión de lo que hemos pensado, de lo que hemos hecho, de lo que hemos amado.
Aunque nuestra vejez no sea excesivamente larga, también nos afectan los
cambios de los tiempos, sobre todo los actuales en que, volviendo la vista con
plena consciencia diez años atrás, notamos una nueva curvatura en nuestra
cosmovisión. Somos testigos de curiosas tecnologías a las que no tenemos
acceso, porque en realidad ya no nos pertenecen. Sin embargo les damos nuevas
interpretaciones en parangón con los actos y vivencias del pasado. Hay ancianos
que, según van envejeciendo, se tornan más tolerantes, más afables, más
sociables. Otros involucionan en dirección contraria: se vuelven
intransigentes, huraños, misántropos; siempre dependiendo de cómo les afecten
los cambios del presente en parangón con el pasado.
Reconecto con lo dicho: el anciano, en su última etapa, es la síntesis
de todo lo que ha sido en el pasado. Unos pocos, dotados de excepcional
voluntad de vivir al son del último grito, tal vez logren materialmente
conectarse a plenitud con la postmodernidad, pero su espíritu no se
desconectará fácilmente de lo pretérito. Es imposible conducir una vejez con la
mente y el corazón a la velocidad del tiempo. Deja que este corra sin que te lleve el acervo que
tienes acumulado en tu espíritu. De él puedes vivir, pero no más que para ti
solo. Porque a partir de la tercera década del siglo XIX, la experiencia y la
prudencia del anciano dejaron de ser materia útil para las generaciones más
jóvenes. Siglos atrás, cuando las tradiciones eran valores protegidos, los
ancianos proyectaban sus recuerdos y vivencias más allá de ellos mismos. Se les
veneraba, se les consultaba. Pero hoy
día, con la ruptura epistemológica que han ocasionado la ciencia y la
tecnología, la aceleración de los acontecimientos no deja espacios intermedios
suficientemente largos para que arraigue ninguna tradición. Por eso los viejos
no tenemos nada que transmitir a las nuevas generaciones; razón por la cual la
sociedad de hoy ya no nos venera como veneraba a los ancianos de ayer. Todavía
hay quienes lamentan que nuestros jóvenes ya no escuchen al anciano cual
depositario de experiencia y sabiduría. No hay razón para ello, puesto que hoy
día, es más útil la experiencia de un hombre de treinta años que la de un
anciano de ochenta, debido a que se consideran mejores los proyectos que dinamizan la vida que las sentencias que
nos la estancan en la tradición. Puede ser éticamente discutible lo que digo,
pero es así como lo veo.
-Entonces, ¿la experiencia y la sabiduría de los viejos ya no valen
nada? –me replicarás.
-Hay que distinguir. Si se trata de experiencia y experimentación con
resultados que merecen ser continuados y perfeccionados, entonces el anciano
que trabaja sobre la experiencia de su saber es solo viejo en edad, pero no
según la dinámica del siglo. Si Galileo y Newton hubiesen prolongado su
ancianidad en pleno uso de sus facultades, habrían sido, cada uno en su tiempo,
ancianos de experiencia útil, como aún lo son algunos de hoy, tan
excepcionalmente como los mencionados. Pero fuera de esos casos rarísimos, la experiencia
de quienes ya no tenemos nada que dar, solo es válida para nosotros mismos. Por
eso el refugio en la memoria, “conversando con el hombre que siempre va
contigo”, será tu mejor diván para curar el tedio de tus horas bajas. Debemos
aferrarnos a nuestros recuerdos antes que ellos nos abandonen, o nosotros a
ellos. La parte de futuro que nos pertenece es tan poca y tan insegura, que no
vale la pena dedicarle un minuto de nuestro presente.
Quizá lo mejor de tu memoria sea la galería de amistades que por ella
desfilan. Primero, el grupito de amigos y amigas que hacíamos mesa
redonda en aquel bar del cabo de las Ramblas, sentados en torno a una jarra de
vino peleón, conversando de cine y de literatura y despotricando contra el
régimen franquista, con el que, a pesar de todo, vivíamos contentos. Después,
el amigo chistoso y ocurrente, al que aún recuerdo con una sonrisa nostálgica;
aquel con quien podías hablar de todo lo divino y lo humano, y hasta de lo
demasiado humano; la muchacha que te quería y se dejaba querer sin pedir nada a
cambio; la que te hablaba de una blusa que le gustaba y no le alcanzaba el
dinero para comprarla; el amigo amargado que en todo hallaba dificultades; el
pasota al que nada le afectaba; el engreído con su gesto siempre displicente;
el que acaparaba la palabra y te obligaba a ponerte al acecho para introducir
la tuya; el que te agobiaba contándote sus problemas y nunca quería saber de
los tuyos; el que jamás te daba la razón, o te la concedía con recortes; el que
no perdía ocasión de humillarte y hacerte sentir inferior; el tímido y apocado
que se fue a vivir a Noruega con una dama multimillonaria quince años mayor que
él; incluso aquel odioso con quien siempre te propusiste romper pero nunca lo
hiciste. Hace tiempo que perdí la pista de casi todos. De unos pocos he sabido
que aún viven agobiados de mil achaques. Pero todos ellos, vivos o muertos,
forman parte de mi vida, por lo que me sería imposible borrarlos de la memoria.
Sigo conversando con algunos, guardando a otros entre paréntesis. Hay unos
pocos, hombres y mujeres, muy particulares, cuya falta solo he sentido después
que murieron.
Se me fueron sin que pudiera, por dejación mía, decirles o preguntarles
tantas cosas… Hasta hace pocos años, un grupo de amigos formábamos cada semana
una divertida
tertulia sabatina. Todos, excepto dos, eran menores que yo. A cada uno
le fue llegando su hora, hasta que me quedé a solas con el más joven de todos.
Seguro que él pensaba lo mismo que yo: “¿Quién caerá primero?”. Era un
ingeniero químico ilustrado, de quien aprendí muchas curiosidades. Fumador
empedernido desde los quince años, ridiculizaba el consejo de su médico sobre
la urgencia de abandonar el cigarrillo. Comenzó a padecer obstrucciones
respiratorias. Tuvo una lenta agonía de más de un año por cáncer de pulmón. La
última vez que lo visité, salió a recibirme lento, disminuido, inflado de
corticosteroides, apoyado en un bastón y del brazo de su mujer.
Nos vamos quedando solos, no de golpe sino por partes. Dice Séneca que
la muerte de los amigos no nos debe doler más de la cuenta. ¿De qué cuenta se
trata? Homero concede el derecho de llorar a un amigo solo por un día. ¡Vaya!,
como si las lágrimas fuesen la medida del duelo. Por lo que a mí toca, ninguna
partida de amigo me ha hecho llorar, pero mientras yo viva en plena memoria,
ellos vivirán en mí.
-Pero aún te quedarán los amigos vivientes –me dirás
-Son tan pocos, que si los cuento con una sola mano, me sobran dedos.
Por supuesto que yo soy el más viejo de ellos. Sea por la distancia, o por
pereza, ni los visito ni me visitan. Muy de vez en cuando coincidimos en el
velorio de algún colega o personaje conocido. En tales ocasiones, aparte de
unas pocas mujeres que rezan el rosario, el resto de la concurrencia se reparte
en grupos de amigos y conocidos que formamos improvisadas tertulias, en total
desconexión del motivo luctuoso por el que estamos allí. En uno de esos
encuentros, un exalumno me hizo esta observación:
-¡Es curioso, profesor!; sabiendo con certeza que algún día el difunto
será uno de nosotros, ¿a qué se debe que los velorios se parezcan más a un
jolgorio que a una manifestación de duelo? ¿Por qué miramos con tanta
indiferencia la muerte de los demás teniendo la seguridad de que también ha de
llegar la nuestra?
-Por dos razones –le respondí-: una porque nada de lo que ocurre
usualmente causa perturbación. Como sabes, la realidad más común de todo el
reino animal es la muerte. En segundo lugar, porque la muerte siempre es algo
que ocurre a los demás, así como las fortunas y los infortunios, los
accidentes, las tragedias, los homenajes, etc. son sucesos que ocurren a los
demás y para los demás.
-¿Cómo es eso, profe?; si tengo un accidente, o me hacen un homenaje, o
cuando me muera, ¿no serán cosas que me ocurrirán a mí?
-Sí, pero para los espectadores tú serás de “los demás”
-Eso son juegos de palabras. Cuando me muera me moriré yo, no los demás.
– En el caso de tu muerte, con mayor razón serás de “los demás”, es
decir, de los que ya no están entre los vivos. Y he dicho “con mayor razón”
porque ni siquiera sabrás que te has muerto. Resumiendo: los muertos, los que
sufren un accidente, los que son homenajeados, son siempre los demás.
-Algo confuso me deja usted; pero yendo a lo más concreto: le confieso
que el mayor temor de mi vida es la muerte; aunque usted diga que seré de “los
otros”, el que se va a morir seré yo. Este pensamiento, aunque no sea continuo,
es el que más me agobia.
-A medida que te vayas haciendo viejo te agobiará menos, aunque sigas,
como casi todos los viejos, aferrado a la vida. Si llegas a viejo con buena
salud, te quejarás menos de la vejez que de lo poco que dura.
-Sinceramente: ¿usted no teme la muerte?
-Lo que me da miedo no es la muerte sino morir.
-Profe… usted siempre con sus sutilezas. ¿No le preocupa la entrada en
el más allá?
-Lo que me preocupa es la salida del más acá.
-¿Qué piensa, entonces, del estado post mortem?
-Que será lo que tenga que ser. Nada se puede decir de lo que no sabemos
con certeza.
-Pero usted tiene una carrera de Teología, según tengo entendido; algo
debería saber sobre un tema que ha angustiado a tanta gente.
-En Teología se aprende mucho, pero se aprende sobre todo a dudar. La
razón de esa duda reside en que toda la argumentación teológica está en el
género de la demostración probable. No en la demostración cierta, porque si las
demostraciones teológicas lo fueran, no habría necesidad de la fe. Creer sería
igual a saber. Pero no siendo así las cosas, en la Teología cabe la duda
trascendental. Aún diría más: toda la Teología es un proceso intelectual con la
finalidad de reducir al mínimo las dudas sobre las creencias reveladas, sin que
se pueda ir más allá de las demostraciones probables. Por eso yo creo que la
duda dogmática es sana si se conduce respetuosamente, y que es además perfectamente
compatible con la fe. Tú puedes ser creyente sincero aunque guardes la duda
entre paréntesis.
-Yo soy creyente, pero lo que me molesta son los dogmas.
-Libérate de los dogmas si los dogmas te molestan.
-¿Cómo?
-Dejando de pensar en ellos. O repite lo que decía Tertuliano: Prorsus est credibile, quia ineptum est.
-Tradúzcamelo.
-“Con razón es creíble, precisamente porque es inalcanzable”.
– Sí, pero mientras tanto, ¿cómo hace un hombre de poca fe para
liberarse de los temores del más allá?
-No tienes nada que temer. Haz el bien y evita el mal en cuanto puedas;
cumple los principios de la ley natural, compórtate como buen ciudadano, y
después de la muerte, que sea lo que Dios quiera. Pero en fin, dejemos las
especulaciones teológicas para una próxima ocasión.
No quiero terminar esta entrega sin referirme al aspecto pedagógico de
la memoria. El viejo encontrará buen refugio en la suya no solo según el número
de vivencias que haya tenido desde la infancia y juventud, sino sobre todo por
los estudios y lecturas de que se haya nutrido, al menos hasta los treinta y
cinco o cuarenta años. Después de esta edad, las aprehensiones de diversa
índole van sedimentando cada vez con menos consistencia. Tu memoria se hallará
bien amoblada en la medida en que hayas tenido vivencias más intensas y te
hayas entregado a lecturas de mayor consistencia. Los que mejor cultivan la
memoria son los lectores empedernidos, que siguen leyendo durante toda su vida
mientras la vista aguante. De muchas maneras podríamos clasificar a los
lectores. Los que más abundan son los de novelas. Pero este es el género
literario en que mayormente abunda el desperdicio. No vale la pena ir más allá
de las novelas clásicas universalmente reconocidas por su valor literario, de
fondo y de forma. No son muchas, pero tampoco tan escasas que te sobre vida
para leerlas todas. Aun así, yo prefiero seguir el consejo de Séneca: “Más te
vale entregarte a pocos autores que andar vagando entre muchos”. Es bastante
probable que las novelas que podríamos llamar “de alta gama” sean aquellas que
desearás releer cuando seas viejo, pues casi con la misma firmeza se fijan en
la memoria los personajes reales que los ficticios, como Lázaro de Tormes, Don Quijote, Hamlet, Fausto, Quasimodo, Don
Abbondio, Panayotaros, la puta Catherina, el pope Grigoris y tantos otros. La
memoria es, en fin, como he dicho antes, nuestro almacén de imágenes y
aprehensiones intelectivas. De lo bien provisto que lo tengamos depende la
mayor o menor frecuencia con que deseamos acudir a él.
Los pedagogos de la posmodernidad
suelen descuidar la facultad más fresca y esponjosa que tienen los niños, que
es la memoria. No discuto la eficiencia educativa de las técnicas pedagógicas
actuales, dirigidas principalmente a suscitar la cognición infantil. Entiendo
que técnicas tales como el constructivismo de Piaget inciden también en la
memoria, pero solo indirectamente por cuanto es inseparable del entendimiento
en los procesos de aprendizaje; pero no implican su ejercicio directo, que es
tan necesario como el de los sentidos externos. El método antiguo, el de los
maestros que nos hacían aprender de memoria las conjugaciones verbales,
los adverbios y las
preposiciones, además de la fatigosa lista de los reyes godos y visigodos, nos
proporcionaba un aprendizaje endeble por falta de estructuración, pero el esfuerzo mnemónico no era inútil, pues
ejercitaba directamente la facultad más receptiva de la mente infantil.
Finalmente, una sugerencia medio en serio medio en broma. Si alguna vez
ocurre la necesidad de castigar a un hijo díscolo, no sugiero violencias
físicas, ni gritos ni amonestaciones humillantes. Hay la posibilidad de
castigarlo haciéndole un favor: entregarle una cuartilla con un párrafo de
discreta extensión –un soneto, por ejemplo- y encerrarlo bajo llave hasta que
se lo haya aprendido de memoria.
52
BARTOLOME XIBERTA
-¿Quién era ese Bartolomé Xiberta, que varias veces has mencionado? -pregunta mi interlocutor-. He buscado referencias sobre él en diccionarios y en el ordenador y he encontrado muy pocas noticias.
–Xiberta no era un personaje noticioso, porque él mismo rehuía darse a conocer. Se sentía más cómodo trabajando hacia dentro que hacia fuera. Era un fraile carmelita humilde, no sólo en su aspecto externo donde no había nada relevante, sino sobre todo en su estilo de conversar. Era hombre más apto para el diálogo privado que para intervenciones públicas. Quienes se encontraban casualmente con él sin conocer su currículum, no se percataban de que estaban hablando con un sabio. Sólo mostraba serlo cuando era preguntado sobre algún tema de relevancia.
–¿Era teólogo o filósofo?
–Era teólogo, filósofo y humanista. Conocía muy bien las lenguas
clásicas y las principales modernas, de modo especial el alemán, de cuyos
teólogos de línea tradicional era especialmente admirador.
Daba gran importancia a la patrística griega. Según uno de sus biógrafos
-Miquel i Macaya-, se lamentaba de que se hubiese hecho “una teología poco
griega”.
–Por lo que se ve, no era la filosofía su campo favorito.
–Él era, por encima de todo, teólogo. Pero como el esqueleto dialéctico
de la teología es la filosofía, Xiberta tenía que ser filósofo por exigencias
del oficio.
–Me imagino que sería un escolástico-tomista, como suelen serlo los
teólogos tradicionalistas.
–Pero no era un tomista a machamartillo. Lo era en la medida en que el
pensamiento tomista cuadraba con la tesis teológica en que ocasionalmente
trabajaba. Si había que discrepar lo hacía sin reprimirse, y a veces
apasionadamente.
–¿Podía hacerlo en un tiempo en que Santo Tomás era intocable?
–Xiberta era un gran crítico a pesar de su línea moderadamente tomista.
Pero como filósofo se paseó por toda la historia del pensamiento.
–¿Era escritor o profesor?
–Ambas cosas. Sus inicios como profesor no fueron precisamente
teológicos, sino filosóficos. Fue por un tiempo profesor de filosofía en el
Colegio Internacional de San Alberto, de Roma. Sus primeras investigaciones
fueron también filosóficas. Gracias a su paciencia de “ratón de biblioteca”, en
algunas del centro de Europa encontró un numeroso elenco de filósofos cuyas
obras, algunas inéditas, yacían olvidadas. Gracias a este trabajo conocemos hoy el pensamiento de
Juan Baconthorp, Gerardo de Bolonia, Guido Terrena y muchos otros. Este casi
exhaustivo trabajo le valió elogiosos comentarios de medievalistas de la talla
de Grabmann, así como una referencia especial en el Diccionario Espasa, donde
se le señala entre los más notables medievalistas de la primera mitad del siglo XX.
–¿Y cómo, después de un trabajo filosófico tan arduo se dedicó a la
teología?
–Porque este era su verdadero interés. Pero fue gran teólogo
precisamente porque era un buen filósofo. La inmensa mayoría de tesis
teológicas van precedidas de nociones filosóficas que les sirven de soporte
racional y argumentativo. Además, hay que contar con la profunda huella que le
dejó su primer profesor de filosofía, que fue José Maria Llovera, quien se
gloriaba de haberle puesto “la levadura metafísica”.
–¿Tiene Bartolomé Xiberta un pensamiento filosófico propio?
–No. Sus escritos filosóficos aparecían ocasionalmente en vistas a
ilustrar diversos aspectos teológicos. Sin embargo tenía posiciones que eran
propiamente suyas, a pesar del carácter ecléctico que predomina en el conjunto
de sus artículos y escritos dispersos.
–¿Recuerdas algunos enfoques que sean propiamente suyos?
–Su punto de partida era que la filosofía tiene que ir directamente a
las cosas.
–Es el mismo lema de Husserl. ¿Coincidencia o conocimiento expreso?
–Probablemente coincidencia. Como sentía muy poco afecto por las
filosofías postkantianas, especialmente por la fenomenología y el
existencialismo, no puedo asegurar que conociera el pensamiento de Husserl.
Pero si hubiese leído las “Investigaciones Lógicas”, doy por seguro que hubiera
estado de acuerdo en muchos capítulos, especialmente en los primeros, dedicados
a fustigar el psicologismo, el escepticismo y en general todas las tendencias
subjetivistas.
–¿Qué idea tenía del método? Hago esta pregunta porque según oigo en el
Ateneo, el problema del método es la obsesión de la filosofía actual.
–Xiberta tenía el suyo, estricto y minucioso, que solo utilizaba en sus
libros, pero nunca le oí comentario alguno sobre la importancia del método. Una
vez le hice expresamente la pregunta, pero no me la respondió directamente;
solo se limitó a decir que el método viene impuesto por la naturaleza de la
cuestión a tratar, y que lo importante es que se tenga claramente determinado
el objeto con todos sus aspectos y partes. En resumen: cuando se tiene claro el
objeto de investigación, no hay para qué preocuparse del método.
–Eso significa que, para Xiberta, el problema del método no existe como
parte de la filosofía.
–En absoluto. Si surge este problema, hay que revisar cómo está
distribuido el objeto en el esquema
previo. Añadía que cualquier método, oficialmente aceptado o no, era bueno si
resultaba efectivo para el desarrollo del objeto a investigar. Las formalidades
metodológicas tenían para él un valor, cuando más, meramente pedagógico, pero
totalmente secundario. Lo que importa es llegar, con cualquier método, a las
pruebas o demostraciones que requiere la tesis en cuestión. De semejante
parecer era Urs von Balthasar, un teólogo al que doctrinalmente Xiberta se
oponía casi en diámetro.
–Siempre ha habido problemas de relación entre filosofía y teología.
¿Cómo los resolvía él?
–Que yo sepa, nunca se planteó este problema, ni por escrito ni de
palabra. Esta controversia no pasó mucho más allá del siglo XIII. A partir de
entonces los dos campos están muy bien delimitados.
–Como buen escolástico, ¿no concebía la filosofía como ancilla theologiae?
–No lo sé. Solo me consta, a deducir de
sus escritos y conversaciones habidas con él, que tenía su peculiar modo de
concebir el trabajo filosófico. Lo entendía bajo un doble fin: teórico y
práctico. Teórico, en sentido de aprehender la realidad objetiva y analizarla
hasta el límite de la capacidad intelectual humana. Un día me dijo usando una expresión familiar: “la filosofía no es
otra cosa más que llamar al pan, pan, y al vino, vino”. Imagino que tus amigos
ateneístas se reirían de buena gana si oyeran este modo tan sui géneris de
enfocar la filosofía.
–Te lo puedo asegurar. Sin embargo yo la entiendo, visto lo que hasta
ahora me has explicado. Y el aspecto práctico…
–Es consecuencia del anterior. Consiste en utilizar lo que aún se llama
“sana filosofía” en refuerzo de la argumentación teológica.
–¿Y cómo combinaba las razones filosóficas con las teológicas?
–Presentando los dogmas y toda la Revelación como datos positivos
establecidos a radice, a los que se llega mediante un proceso intelectual.
Frente a la antinomia agustiniana de “creer para entender, o entender para
creer”, parecía partidario de la segunda.
–Parecería, entonces, un teólogo racionalista.
–Más que racionalista, intelectualista. El racionalismo no tiene entrada
en la teología, cuya materia son las verdades de fe. Pero los dogmas de fe
pueden tomarse como especie de axiomas sobre los cuales cabe razonar hasta
donde sea posible.
–Ahora hagamos una suposición: ¿qué actitud tomaría Xiberta ante la
Teología de la Liberación?
–Afortunadamente no vivió lo suficiente para conocerla ni siquiera desde
su gestación próxima, porque en el 1964, en horas del mediodía, cuando salía de
la Biblioteca Vaticana, un ictus apoplético lo fulminó, quedando parapléjico y
totalmente anulado de cuerpo y de mente durante tres años, hasta que murió en
1967. Tenía 70 años. En cuanto a la Teología de la Liberación, doy por supuesto
que la rechazaría como una más entre modernas y modernizantes. No toleraba un
punto de disensión en cuestiones de ortodoxia.
–Pero, ¿qué era lo que le molestaba de esas teologías nuevas?
–En general el enfoque subjetivista, fenomenalista y alegórico con que
modernamente se parafrasean los misterios de la fe. Este fue el máximo tormento
que sufrió en sus últimos tres años de salud y actividad. Tal vez por eso dijo
que el Concilio Vaticano II, en el que actuó como asesor, lo iba a matar. Nada
cuesta imaginar el suplicio que tuvo que aguantar escuchando algunas
intervenciones de obispos norte y suramericanos en cuestiones como la autoridad
pontificia, la intervención de las mujeres en la Iglesia, las objeciones contra
el celibato clerical, la anticoncepción, la infalibilidad papal, la tradición,
etc.
–Pero volviendo a su doctrina filosófica, deduzco, según lo que me has
explicado, que el núcleo de su pensamiento era el realismo
aristotélico-tomista.
–Cierto que sí, pero no con la adhesión literal propia de quien ha
estudiado y entendido las doctrinas aristotélicas y escolásticas. Xiberta tenía
su propia visión de toda la filosofía sistemática, además de una extraña
capacidad de enuclear el pensamiento filosófico historiado.
–¿En qué sentido dices enuclear?
–No sé si he usado el término adecuado, pero es el que él solía emplear
cuando se
trataba de enfocar un tema filosófico desde una perspectiva histórica.
Es como una especie de reducción de un conjunto de cosmovisiones a una unidad
sistemática. La razón de ello está en que para nuestro autor, el mayor peligro
que se corre en un trabajo filosófico es la dispersión.
–¿Y cómo se logra esa enucleación?
–Con la capacidad, que él tenía en grado eminente, de hacer síntesis
históricas de un pensamiento, de tal modo que tú veías en un solo panorama, el
“núcleo” de una controversia filosófica. Si lo sabía hacer en una visión
panorámica, mejor aún le resultaba cuando se trataba de un solo autor que se
caracterizara por su pensamiento disperso y asistemático.
–Según veo, Xiberta debía tener una excelente arquitectura mental.
–Es cierto. Creo que esta cualidad le vino de la asidua lectura de Santo
Tomás, aunque Xiberta escribía en un latín mucho mejor elaborado.
–¿Xiberta escribía en Latín?
–Naturalmente; hasta el año 60 todos los tratados de teología y
filosofía escolástica se escribían en latín. En las carteleras de las
universidades pontificias, todos los avisos e informaciones figuraban en latín.
Las clases se daban en latín, excepto algunas materias opcionales, como
Sociología, Matemática, Ciencias Naturales, etc.
–Como medievalista que era, y en cuanto a lo que llamas arquitectura
mental, ¿cuál era el filósofo medieval que mejor apreciaba?
–Lo puedes muy bien suponer; era Tomás de Aquino, por la nitidez de su
lenguaje y la trabazón sistemática de toda su obra, especialmente de la Summa Theologica. En tal sentido a veces
se complacía en hacer comparaciones con otros autores, sobre todo con Escoto, a
quien diferenciaba de Santo Tomás tanto en el ordenamiento temático como en la
claridad de expresión.
–¿Y lo que menos estimaba?
–El nominalismo. Lo consideraba el peor desatino que se ha cometido en
filosofía. Conocía bien el tema a partir del “problema de los universales” que
se planteó en el siglo
XI. El hombre del que yo he escuchado la mejor explicación de esta
compleja controversia ha sido Xiberta; y eso debido a su capacidad de síntesis
de la que te he hablado. Creo que es la cuestión filosófica más difícil de
comprender para cualquier persona culturizada, incluidos los mismos filósofos.
–¿Dónde radica la dificultad de explicar el problema de los universales?
–Ante todo, en que no se suele tener ideas claras acerca del “universal”
dentro del contexto en que se suscitó la cuestión. Este es un claro ejemplo de
la capacidad que tenía Xiberta para “enuclear” panoramas filosóficos. Otro
aspecto de la dificultad está en que este problema abarca toda la historia de
la filosofía desde el binomio Heráclito- Parménides. Frase bastante repetida
por Xiberta: “no hay ciencia alguna que no sea del universal”.
–En pocas palabras, un hombre como Xiberta sería un buen historiador de
la filosofía y al mismo tiempo un excelente profesor de esta materia.
-Y lo era en verdad, y excelente en ambas cosas. Era mucho más claro
hablando que escribiendo, debido a su cuidado por la perfección del lenguaje.
–Pero has dicho que él
fue sobre todo profesor de teología.
–Sí, pero más de la mitad de cada lección teológica es en su fondo, y
muchas veces en su forma, una clase de filosofía, porque, como ya sabes, la
filosofía es el andamiaje racional en que están montadas casi todas las tesis
teológicas, al menos las tradicionales, o “preconciliares”. Por esta razón
exigía el mismo rigor para la teología que para la filosofía.
–Esas exigencias, ¿cuáles eran en particular para la filosofía?
–Era exigente en muchos detalles, pero en cuanto al valor científico del
trabajo filosófico, exigía tres condiciones: una, que toda proposición no
evidente en sí misma fuera debidamente demostrada; otra, que los postulados de
que haya que partir sean los menos posibles; por último, que el investigador
sea capaz de inducir o deducir proposiciones nuevas como resultado de su
investigación.
–En eso no se diferenciaba mucho de lo que nos han enseñado siempre.
Pero ¿de qué manera se incumplen, en filosofía, cada uno de estos requisitos?
–Generalmente, formulando teorías gratuitas, o demostrándolas con argumentos
incompletos.
–¿Algunos ejemplos?
–Me estás poniendo a prueba. Mi memoria no es mala habida cuenta de mi
edad, pero pronto me harás llegar al límite. Un ejemplo que recuerdo: las
invectivas que solía lanzar contra el empirismo inglés. Locke -autor contra el
que sentía especial aversión- empieza su refutación de la teoría cartesiana
sobre las ideas innatas, alegando el principio de Aristóteles: “nada hay en el
entendimiento que antes no haya pasado por los sentidos”. Pero –objeta
Xiberta-, en lugar de proseguir la argumentación aristotélica, establece la
conclusión de que no hay otra fuente de conocimiento fuera de los sentidos.
Para que la refutación de Locke fuese científicamente válida, hubiera tenido
que incoar un argumento en regla contra la teoría aristotélica de la
percepción, lo que el filósofo inglés ni siquiera insinúa. Más tarde
–prosigue-, Hume y Kant aceptarán acríticamente la argumentación de Locke como
si fuera la última palabra.
–Ahora, el segundo requisito ¿cómo se incumple?
— Multiplicando postulados que convierten la doctrina en un conjunto de
artículos dispersos. Es entonces cuando nos encontramos con el problema del
método, con lo que el trabajo filosófico pierde continuidad y termina en
conclusiones que deben remitirse a distintos postulados. Es lo que ocurre en
las especulaciones psicologistas a las que se refiere Husserl. Ante esta
dificultad, Xiberta propone el modelo de Aristóteles, quien plantea el problema
gnoseológico partiendo de un solo principio: “nada hay en el entendimiento que
antes no haya pasado por los sentidos”, obteniendo como resultado la
objetividad del conocimiento. Finalmente te menciono el tercer requisito, que
es el más difícil de alcanzar: llegar a conclusiones nuevas, que no sean
equivalentes a otras ya conocidas. Reconozco –decía- que es tarea difícil,
especialmente para principiantes. Por eso las tesis doctorales, en su mayoría,
son lo que son…
–A pesar de tus temores por la memoria, recuerdas muchas cosas.
–Entre mis papeluchos amarillentos tengo un montón de apuntes, donde
hallaríamos dichos y anécdotas que te instruirían y divertirían; todo fruto de
las conversaciones que tuve durante él en el Colegio de San Alberto de Roma y
en los períodos vacacionales, que él empleaba para recorrer España dando conferencias
y dirigiendo Ejercicios
Espirituales a grupos selectos. No se tomó jamás, que yo sepa, un día de
descanso. Cuando se lo recomendaban en bien de su salud, respondía: ”Ya
descasaré cuando me muera”.
-¿Y las vacaciones?
Las consideraba como una debilidad tolerada. Para él, las verdaderas
vacaciones deberían consistir en cambiar de trabajo durante un par de meses.
Era lo que él hacía.
–Todo un personaje –comenté mientras levantábamos la sesión.
–Ah! –repuso abruptamente-. Hay un punto que no quiero que te lo
pierdas. Ante las cuestiones de crítica gnoseológica o problemas de método,
recomendaba acudir a la syntéresis,
que consiste en ordenar el pensamiento a la luz de los principios universales.
Cuidado: no lo confundas con la sindéresis, que tiene un sentido más general,
referido a la prudencia, discreción o sentido común.
–Cualquiera lo confundiría…
–Perdona la pedantería –interrumpió-, pero hay que aclarar. La
sindéresis común es del verbo synteréuo,
que es observar, mientras que la syntéresis
de Xiberta viene
de syntíthemi que significa
comparar; en nuestro caso, cotejar tal o cual proposición dudosa con alguno de
los primeros principios.
-¡Gran personaje, Bartolomé Xiberta!
53
JUAN DAVID GARCÍA BACCA
Una luz amplía más o menos su radio según el lugar y la posición del
foco. Válgame esto como analogía para explicar el escaso conocimiento de la
obra de los filósofos exiliados tras la guerra civil española, tales como Juan
David García Bacca, José Gaos, Eugenio Ímaz, Manuel Granell, Joaquín Xirau y
varios más. Otra sería la divulgación que habrían tenido de no haber sido por
su condición de “transterrados”. Ya me lo dijo el profesor Juan Nuño en la
escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela: “Nuestras
publicaciones son prácticamente clandestinas”. Sin desmerecer el trabajo de
ninguno de estos profesores, me interesé particularmente por algunos. Pero
cuando me interné en la obra de Juan David García Bacca, quedé desconcertado
ante la inmensidad –justifico la hipérbole- de su ámbito filosófico-literario.
Es mucho más de lo que sobre él consigna José Luis Abellán.
Era en 1975. Tan pronto como supe la dirección de Don Juan David, le
telefoneé desde el hotel para concertar una entrevista. Como sabía que el
ilustre profesor era un torrente de palabras a velocidad de desbordamiento, me
proveí de una grabadora. Vivía en el ático de un magnífico edificio de la
Urbanización Cumbres de Curumo. Al llamar a su puerta, me abrió él mismo,
invitándome a tomar asiento en una terraza contigua a la entrada del
apartamento: un amplio espacio semicubierto donde tenía instalada una parte de
su estudio. A los pocos instantes volvió a salir llevando una bandeja con una CocaCola y un vaso. Era un anciano ágil y
espigado, con una espesa canicie cuidadosamente peinada. Me hizo evocar la
imagen del vecchio ben vissuto que
describe Manzoni.
Parecía tener buen sentido del humor.
-Vamos, -me dijo-, refrésquese, que debe tener mucho calor.
-Cierto, pero aquí arriba se siente menos.
– Este no es mi estudio permanente –me aclaró-, pero lo utilizo cuando
hace calor, porque aquí no tenemos invierno ni verano, pero sí días fríos y
calientes.
-Bien, profesor, espero no molestarlo; usted tendrá mucho que hacer.
-Es verdad, pero empiezo a sentirme cansado; ya voy para los setenta y
cinco. ¿Y quiere que le diga una cosa? Que ya tengo ganas de saber qué hay en
la otra orilla.
-¿Usted cree que hay algo?
-No lo sé. Si llego antes que usted ya le escribiré unas líneas.
Mientras tanto, estoy a su disposición.
Le expliqué que el objeto de mi visita era el plan de estudiar el
pensamiento de algunos filósofos españoles exiliados, y que la mejor manera de
empezar era conversar en vivo con ellos mismos.
-Bueno, aquí se hace lo que se puede, que es bien poco. El Centro
Universitario de Publicaciones tiene otras urgencias más interesantes que
nuestras especulaciones metafísicas.
-Con todo, usted cuenta con una larga lista de publicaciones. En algo
deberá sentirse correspondido… pienso yo.
-Si… con la humildad por delante, he conseguido divulgar algo de lo mío,
aunque quizá más por influencia que
por aprecio de mi obra. De todos modos, he intentado –el menos en este reducido
ámbito- dar la imagen del filósofo integral, es decir, no sólo filósofo sino
también humanista y científico.
-A propósito –interrumpí-, no sé si conocerá lo que dice de usted José
Gaos, citándolo como filósofo que va desde las lenguas clásicas, pasando por
las especulaciones filosóficas y teológicas, hasta las más recientes teorías físico-matemáticas.
Llega incluso a decir que usted corre el peligro de ser el filósofo español más
digno de este nombre desde Suárez.
-Siempre exageradamente amable mi buen amigo Gaos. ¡Cuántas horas
inolvidables en los pasillos y patios de la Nacional de México! Aprendí mucho
de él, porque no solo había gozado del magisterio de Ortega y Gasset, sino
también de su amistad. Confieso que recién llegado aquí, estuve largo tiempo
echándolo de menos. Pero olvidemos eso y vayamos a lo nuestro.
-Para empezar, he observado que su obra es casi tan extensa en
traducciones como en exposiciones de su pensamiento. Se lo digo recordando que
Ortega y Gasset muestra cierta compasión hacia los traductores, considerando la
humildad y obsecuencia que supone la labor de traducir. Califica de espurias la
mayoría de las traducciones, porque generalmente no hacen más que verter el
lenguaje del autor al del lector.
-Bueno… coincido con Ortega solo a medias. Según creo, lo que me ha
hecho filósofo son precisamente las traducciones de los griegos. En el
seminario claretiano de Cervera aprendí de mi colega Don Daniel Ruiz Bueno, a
enamorarme de Platón, que ha sido una de mis principales fuentes de nutrimiento
filosófico. Daniel y yo consumíamos horas aclarando puntos oscuros de Platón. A
él debo varias orientaciones que aún hoy día me sirven.
-A este propósito precisamente, hay quienes se extrañan de la
discrecionalidad con que usted traduce ciertas palabras griegas, especialmente lógos por cuenta-y-razón.
-No es usted el primero que me hace esta observación. Ocurre que según
ciertos contextos de Platón, o de cualquier otro autor, no siempre es
suficiente
traducir lógos por palabra,
porque hay algunos contextos en que este término implica simultáneamente algún
concepto concomitante, de cualidad, cantidad o cualquier otra circunstancia.
Fue una de las cosas que me hizo ver Daniel. Además, me instigó a aprender
alemán. El mismo me enseñó la estructura morfológica y sintáctica. A partir de
ahí, me fui perfeccionando por mi cuenta aprovechando los ratos perdidos.
-Tuvo usted suerte de poder aprender de un helenista de semejante talla.
¿Qué fue de su vida, que no se volvió a saber de él?
-Desde que me enviaron a estudiar los postgrados, lo perdí de vista.
Solo supe que abandonó la Congregación y se pasó al clero secular
adscribiéndose a la Archidiócesis de Madrid, porque no estaba de acuerdo con la
canonización del Padre Claret.
-¡Muy poco debía amar a su Padre Fundador!
-Daniel era un hombre de una personalidad muy suya. Había muchas reglas
del juego con las que no transigía.
-Me imagino que llevarían una vida muy austera.
-La propia de los seminarios de aquella época. La del padre Claret era
una Congregación muy estricta en disciplina religiosa y académica. Después del
bachillerato, tres años de filosofía y cuatro de teología. Todas las clases
eran en latín. Los ejercicios orales y escritos, las preguntas y respuestas…
todo en latín, obligatoriamente.
-Así ustedes llevaban a la práctica lo que solía repetir el humanista
Ferran i Mayoral: “Sin griego y latín, barbarie”.
-Y yo lo parafrasearía así: sin griego, latín y alemán, más Física y
Matemática, filósofos de segunda, o filósofos a medias, o como se dice en
criollo, “chucutos”. Si de mí dependiera, en las Escuelas de Filosofía de las
universidades habría un año propedéutico de Física y Matemática.
-Poco éxito tendría su propuesta, porque a los estudiantes no les gusta
que les alarguen la carrera.
-En este caso, peor para ellos, pues no saben los beneficios de que se
privan. Mire usted, humildemente le digo la verdad: sin mis años de estudio de
estas ciencias en París, Munich y Zurich, no habría podido forjarme lo poco o
mucho de mi propiedad intelectual como filósofo. Yo no sé si habré dejado
alguna huella en mis discípulos, aquí, en Venezuela, pero puedo gloriarme de
haber sido el primero en ponerlos al día en criticismo, fenomenología,
existencialismo, epistemología y lógica matemática. Y en cuanto a esta última,
no solo aquí fui fundador, sino que ya lo había sido en España, donde
ejerciendo de profesor auxiliar en la Universidad de Barcelona, escribí en 1934
el primer tratado de lógica matemática, ¡en catalán!: Introducció a la logística amb aplicacions a la filosofía i les
matemàtiques, y estuve a punto de continuarla en Galicia cuando gané la
cátedra de Introducción a la Filosofía en la Universidad de Santiago, que por
desgracia ni siquiera pude inaugurar. Y no crea que con esto pretendo
deshumanizar la filosofía. No. Doy por supuesto que quien quiere hacerse
filósofo ya tiene por delante un buen bagaje literario en los clásicos de la
literatura mundial, donde hay un subsuelo metafísico inagotable y casi
inexplorado. Pensemos no más en los nuestros de lengua castellana. Si leemos a
fondo el Mío Cid, el Arcipreste de Hita, el Lazarillo, Cervantes, Lope,
Calderón, Antonio Machado, etc., ¡cuántas cosas nos dan qué decir a los
filósofos!
-Por cierto –interrumpí- que me interesó mucho su libro sobre el
filosofar de la mano de Antonio Machado… Pero volvamos a su cátedra de
Santiago. ¿Qué pasó?
-Que el nombramiento fue en marzo del año 1936, pero preví que no podría
llegar a dar la primera clase en septiembre debido al ambiente prebélico que se
respiraba. Ante el peligro a todas luces previsto, decidí escapar a tiempo. De
no haberlo hecho, probablemente ahora estaría en la lista de los siete mil
clérigos fusilados entre julio y diciembre de aquel mismo año, donde figuraban
más de un centenar de claretianos. Ejercí la docencia en París durante casi
tres años, hasta que finalizó la guerra en 1939. No tardó en llegarme la
invitación a volver a mi cátedra de Santiago, pero la rechacé al ver que la
dictadura de Franco estaba definitivamente instalada. Además, dentro del mundo
académico yo ya estaba fichado como republicano, lo que para mí suponía un
futuro incierto. Así que decidí colgar la sotana y exiliarme primero a Ecuador,
luego a México y finalmente, en 1946, aquí en Venezuela.
-Se le partió la vida por la mitad.
-Sí, pero en los tres lugares de América seguí haciendo lo mismo que
habría hecho en España; es decir, sembrar un pensamiento filosófico seriamente
planificado. He de reconocer que fui bienvenido a Venezuela y que hasta me
permitieron fundar el Instituto de Filosofía de la Universidad Central. Los
comienzos fueron arduos, pero no estoy descontento de los resultados.
-Además, entre lo que elaboró en España y Francia y en sus años de
exilio entre Ecuador y México, usted ya traía un bagaje filosófico
sistematizado.
-Sin desdeñar su consideración, yo no creo que haya ningún conjunto de
escritos filosóficos que podamos llamar “sistema”. Los que
tradicionalmente se conocen como tales, por mejores que sean, son obras
incompletas. No hablemos de Platón, cuyo carácter asistemático es demasiado
evidente. Pensemos en Aristóteles, Tomás de Aquino, Spinoza, Kant, Hegel, etc.;
¡cuántas cosas dejaron de decir entre lo mucho que dijeron! La mejor prueba de
ello es la cantidad de comentarios, réplicas, interpretaciones y hasta remiendos que sobre estos autores
se han ido haciendo con el tiempo, y que aún se hacen.
-Pero ¿no le parece que su mérito consiste precisamente en eso: en que
nos dejaron mucho para seguir diciendo?
-Sí, y sobre todo porque nos enseñaron a filosofar. Es lo que yo he
hecho en mis enseñanzas de Historia de la Filosofía: tratar de que mis alumnos
aprendan a filosofar a través de los grandes autores, directamente sobre sus
obras, no a través de manuales.
-En estos últimos años se habla mucho de la crisis de la filosofía.
¿Estamos o no, los filósofos, en crisis?
– Usted lo ha insinuado bien. La crisis no está en la filosofía sino en
los filósofos, que han persistido en interpretar la naturaleza en lugar de
transformarla y transubstanciarla. Si solo nos atenemos a la interpretación de
la naturaleza, haremos tal vez una obra interesante, pero inútil para nuestro
tiempo.
-Lo más visible, Don Juan David, es la desvitalización de las Escuelas
de Filosofía.
-Es la consecuencia de haberse puesto los filósofos de espaldas a la
naturaleza, lo cual les ha obligado a
cuestionarse sobre el “objeto del conocimiento filosófico”, porque lo tienen
muy impreciso. En cambio la ciencia y la tecnología tienen sus objetos muy
fijos y precisos. Por eso han avanzado y producido, mientras la filosofía ha
continuado enjaulada en especulaciones y entelequias, dicho en el peor sentido
de estas palabras. Si la filosofía no va del brazo de la ciencia, andará
siempre rezagada.
-Si esta es la situación de la filosofía, ¿cuál será la de la teología,
puesto que usted también es teólogo?
-Obviamente mucho peor. Los sistemas teológicos, sí que son verdaderos
sistemas cerrados, porque no pueden salirse de su círculo dogmático so pena de
caer en heterodoxia. No sé cómo se enseña actualmente la teología en seminarios
y universidades, pero no quisiera estar bajo la piel de esos profesores. Los
mejores han sido anatematizados porque, si han querido ser fieles a la realidad
objetiva, no han tenido más opción que la de apartarse de la doctrina
tradicional. Con eso no quiero decir que los grandes tratados clásicos de
teología hayan perdido vigencia porque son malos, sino porque ya no consuenan
con la epistemología actual. Las carrozas en que se transportaba la nobleza del
siglo XVIII eran de una belleza espectacular, que aún nos gusta admirar en los
museos, pero a nadie se le ocurriría usarlas ahora para transitar por calles y
avenidas. La Summa de Santo Tomás es
una obra colosal, un modelo de rigor en contenido y método, pero salvando los
fragmentos filosóficos que en ella abundan, la materia restante ha perdido
interés, y es bastante improbable que ese interés renazca.
-¿Piensa que aún se puede cultivar la filosofía escolástica?
-Naturalmente. El pensar filosófico no se marchita nunca. Me encantan
los opúsculos filosóficos de Tomás de Aquino. Precisamente el año pasado
publiqué una traducción del De ente et
essentia. Se puede ser tomista, cartesiano, hegeliano, etc., mientras se
cultiven esas doctrinas con un mínimo de dignidad intelectual, sin
perífrasis ni obviedades, es decir, con espíritu de creatividad.
-A propósito de la creatividad, ¿qué pasos recomienda usted para sacar
la filosofía de su estancamiento?
-Repito: la filosofía tiene que ir del brazo de la ciencia, lo cual no
significa repetir sus contenidos sino recoger las consecuencias que de ellos
derivan. El filósofo debe ser un “científico ontólogo”. Para empezar, ello
significa reconstruir las nociones de ser y de ente. Estos conceptos no son
esencias sino estados de las cosas frente a la mente que las escruta. Las cosas
se nos presentan bajo dos aspectos: uno gnoseológico y otro ontológico. Ser es
simple capacidad receptiva universal, mientras que ente es un estado
“obstaculizante” entre una variedad de realidades que se nos presentan a la
mente, cada una con la pregunta ¿qué es tal o cual cosa? Un ejemplo físico:
espacio es una realidad en estado de ser, mientras que cuerpo lo es en estado
de ente. Por ejemplo, el universo es un conjunto de fenómenos que nos plantea
la pregunta ¿qué son tales o cuales fenómenos? En consecuencia, cada ente es un
“obstáculo” frente al estado de ser en que se halla el espacio. Es labor del
filósofo hacer que los “obstáculos” del
espacio se vuelvan transparentes, es decir que nos revelen lo que son. En toda
proposición verdadera se da a conocer el ser de un ente: lo que una cosa es.
-¡Qué casualidad! –exclamé-; esta explicación es casi la misma que daba
el Teólogo Bartolomé Xiberta: ente es el sujeto de una proposición y ser es el
predicado.
-Bartolome Xiberta… me suena el nombre, pero no como teólogo sino como
medievalista. Pero en sustancia es lo mismo que suelo decir a mis alumnos:
“Mundo es de estilo ser, y los n elementos de Mundo son de estilo ente. ¿Qué
tipo de teólogo era Bartolomé Xiberta, moderno o chapado a la antigua?
-Bastante chapado a la antigua.
-Entonces no podría coincidir conmigo en la conclusión que de este tema
saco: que ser y ente no son realidades definitivas sino estados que, como
tales, son pasajeros. Para no alargar demasiado esta conversación –que ya es
muy tarde-, yo baso mi ontología en el objetivismo fenomenológico. Entiendo por
eso un conjunto de realidades objetivas, en las cuales nos hallamos inmersos
sin que nos hayamos percatado de ello. Sin que nos hayamos percatado, nos
encontramos, en tres mundos ya constituidos: el natural, el artificial y el
artificioso. El mundo natural es una entidad indiferente y neutral con respecto
a las diferencias. Por ejemplo: la circunferencia es siempre circunferencia, ya
sea pintada en la pared o en forma de rueda mecánica. El artificial es la
materia prima del natural; consiste en un conjunto de artefactos fabricados por
el hombre para hacerse la vida más cómoda y llevadera. El mundo artificioso es
el mercado de valores intercambiables; un mundo que se basa en la capacidad de
trueque que hay entre las cosas más diversas. Pero no es lo mismo trocar en que
trocar por. Lo primero se distingue de lo segundo por su mayor restricción. De
hecho cualquier cosa puede ser intercambiable por otra, pero muy pocas son
transformables en otras. De lo cual se sigue que la máxima aspiración del
filósofo consiste en especular sobre las causas y efectos de las cosas
transformadas, transfiguradas y transubstanciadas. En todos estos estados del ente
nos hallamos inmersos, sin que previamente nos hayamos percatado ni de cómo ni
desde cuándo. La razón de ello está en que el universo del saber y del saber
hacer se va transformando, transfigurando y transubstanciando por transmisión
hereditaria. La ciencia y la técnica continúan perfeccionándose de generación
en generación, desde antes de Arquímedes hasta Einstein.
-Hay quienes aducen el progreso científico técnico como prueba de la
evolución del cerebro humano.
-Falso completamente. Hace varios miles de años que el cerebro humano es
de la misma constitución que el nuestro de hoy. No hay más que ver la historia
de las civilizaciones y ciertos hallazgos de algunas excavaciones.
-Entonces, ¿no le parece que Arquímedes pudiera haber llegado, él solo,
hasta la física postnewtoniana, si hubiese vivido dos mil quinientos años más?
-Muy probablemente. Por eso, por la cortedad de vida, es por lo que las
generaciones siguientes necesitan de las antecedentes para progresar científica
y técnicamente.
A pesar de que aún nos quedaban muchas cosas en el tintero, hubo que
terminar la entrevista porque ya era tarde. Pasados casi dos años, le envié un
ejemplar de mi trabajo ya publicado. Copio a continuación el siguiente extracto
de la carta con que me respondió:
Caracas,
10 de febrero de l977: Mi estimado colega y amigo: recibí hace días el ejemplar
que usted me envió a la Facultad. […] Le agradezco el trabajo que Ud. se ha
tomado en leer tantas obras mías, no de fácil lectura muchas de ellas. Y veo
que Ud. ha percibido aspectos que el autor, precisamente por ser autor, no
puede percibir. Me hago la ilusión de que Ud. habrá aprovechado para su
formación filosófica algo de lo mucho mío que Ud. ha tenido que leer y pensar.
Le repito mi agradecimiento y le recuerdo que será un placer para mí reunirnos,
como la vez pasada, una más en mi casa. Con
mis mejores recuerdos. […etc…].
Don Juan David, cuyo ideal político se paralizó a partir de 1939, se
negó a pisar tierra española mientras viviera Franco. Pero pudo volver a tiempo
de que le reconocieran la universalidad de su obra y le llenaran de homenajes,
premios y doctorados honoris causa. Después, a pesar de sus ganas de ver lo que
hay en la otra orilla, continuó trabajando hasta el día anterior a su
fallecimiento, a los noventa y un años. Vivía retirado en un delicioso paraje
de Ecuador, país donde se casó con Doña Fanny Palacios en 1941. ¡Cincuenta y un
años duró su matrimonio! Sin ser obispo, fue como San Pablo mandaba que fuese
un obispo: miâs gynaikós áner (“esposo
de una sola mujer”).
54
DON CÉSAR RIBAS ILLUECA
Quienes hemos rebasado en mucho la octava decena de nuestra vida con la
memoria emocional en buena forma, abundamos en multitud de episodios, algunos
coherentes, otros desligados. Los hay que destacan con grandes titulares y
pocos pormenores, otros, con pequeños titulares y muchos pormenores. Entre los
nombres que veo con letras mayúsculas está el de DON CÉSAR RIBAS ILLUECA. Pero,
debido a la distancia que nos separaba y a sus ocupaciones profesionales, mis
encuentros con él no fueron muchos ni frecuentes, aunque, eso sí, quedaron
indelebles en la memoria. Los hechos que narraré son estrictamente verídicos:
tal como fueron y tal como los recuerdo. Es importante acentuar esto: “tal como
los recuerdo”, porque si alguna vez llegara casualmente este escrito a su
esposa e hijos, podría resultarles decepcionante e inexacto, pues es imposible
aislar de nuestros recuerdos todos los elementos subjetivos e imprecisos.
La estampa de don César no pasaba desapercibida; estatura de 1:80, tal
vez más, facciones bien proporcionadas, contextura más bien atlética… en tres
palabras, un hombre guapo. Le acompañaba, además, una contagiosa ola de
sociabilidad. En el grupo donde él estuviese no había baches de silencio. Era
un técnico especialista en redes eléctricas a gran escala: conjuntos
residenciales, complejos deportivos, zonas recreativas, etc. Diseñaba y
realizaba sus proyectos en una fábrica que tenía en Paterna.
Vivía en un cómodo apartamento dúplex, sobriamente decorado, en la
Avenida Fernando el Católico de Valencia. Era padre de seis hijos, todos
varones, de edades proporcionalmente escalonadas. El mayor, César junior, era
el intelectual de la casa, en periódica disputa con su padre. Al parecer hacía
mejores migas con la madre, doña María Taléns Ródenas, quizá porque ambos eran
lectores asiduos, tanto de prosa como de poesía. Por aquellos años, el autor
preferido de doña María era Juan Gil Albert.
Don César y doña María, formaban una pareja no del todo pareja, pues
mientras él representaba la parte dionisíaca desinhibida, ella era la cortesía
apolínea; sus exquisitas maneras eran la justa medida del “savoir faire” para
que cualquiera se sintiera cómodo en aquella casa. Allí, don César era el motor
que roncaba y derrochaba energía, y doña María, la hélice y el timón.
Cuando él estaba de buenas –en mi presencia siempre lo estuvo-, su risa
y su voz creaban un ambiente de tono mayor; se le oía y se le escuchaba A pesar
de la media docena de criaturas en pleno desarrollo cinético, el hábitat lucía
bien ordenado. No recuerdo si doña María tenía servicio doméstico, pero aunque
lo tuviera, no hay orden en las casas sin el control permanente de la dueña.
Conocí a la familia Ribas-Taléns a través de mi primera esposa, que un
tiempo había sido vecina inmediata de la casa. Yo, recién salido de mis
estudios de postgrado en Roma, aún mantenía rezagos de timidez propia quien ha
vivido por años enclaustrado. Doña María, que lo intuyó a primera vista, me
advirtió:
-Siéntete uno de los nuestros como si esta casa fuese la tuya.
Pasadas las siete de aquel caluroso atardecer, apareció don César Ribas
como un torbellino. Al verme se lazó a mí con un abrazo que casi me levanta en
vilo.
-Hombre, conque con que tú eres el famoso Pompeyo de quien tanto nos
habla Maricarmen.
-Soy Pompeyo, pero Peyo para los amigos – aclaré-
-¡Mejor!, dos sílabas menos es un buen ahorro para tiempos de crisis.
Este es el hombre –continuó sacudiéndome por los hombros- con quien podré
hablar de todo lo divino y lo humano.
Habían transcurrido algo más de siete atardeceres en divertida
conversación y cenando diariamente con la familia. Me entró por ello cierto
escrúpulo y comencé a sentirme un poco abusador. Esta impresión se me acrecentó
debido al que al día siguiente, poco antes de las doce, llamé a la puerta para darle un recado doña María. Me abrió uno
de los pequeños, y al punto me preguntó:
-Peyo, ¿vienes a comer?
La pregunta me picó. “Ya estás clasificado de gorrista” –pensé para mí.
Hice a este respecto un velado comentario a don César sobre la conveniencia de
quedarme a cenar, que él debió interpretar más allá de mi intención, porque de
pronto y sin preámbulo me espetó esta directa:
-¿Qué coño te pasa, es que no te gusta nuestra comida?
-Claro que sí –respondí confundido-, pero hombre…, así… todas las
noches… qué quieres que te diga…
-Entonces ¡vete a hacer puñetas!
Quedé corrido, desconcertado, sin que se me ocurriera una réplica
oportuna, mientras él continuaba hablando como si nada. No supo ver en mi
actitud la timidez típica de un recién exclaustrado, pero quien sí la notó fue
doña María, que llamándome aparte me dijo:
-No tomes en serio el exabrupto de César; él es espontáneo y dice lo que
siente en el momento, pero se le olvida de inmediato. Él te aprecia de verdad;
si de entrada no le hubieses caído en gracia, te habría dicho: mucho gusto y
adiós.
Doña María tenía razón. Don César era hombre de exabruptos, debido tal
vez a que también era hombre de una sola pieza; no le gustaban comedimientos ni
medias tintas. Cuando ofrecía su amistad no ponía límites; así que volví al
grupo y continuamos la tertulia como si nada hubiese ocurrido. Aquella noche y
luego otras más, nos quedábamos viendo televisión hasta más allá de las diez.
Aunque había asientos de sobra, los chicos preferían tenderse en el suelo.
Don César era un técnico ilustrado y ecléctico; sobre cualquier tema
daba su opinión o exponía sus dudas. No solía entrar en disputas literarias; se
inclinaba a las cosas más que a las ideas, aunque en algunos asuntos teóricos
también echaba su cuarto a espadas. Solía ser competitivo en conocimientos y
habilidades. Una vez me retó a que dijera rápidamente estos trabalenguas: “plou
poc, però plou prou”. O bien: “Si en fallas no follas, en pascua no fallas”. Y
este otro: “Cómo me la maravillaría yo…cómo me la maravillaría yo”. De esta
tendencia competitiva venían probablemente las discusiones y malentendidos
entre él y César junior. Si ambos se hubiesen dedicado al juego, habrían sido
malos perdedores.
En aquel matrimonio había divergencias en cuanto a la educación de los
hijos. Él parecía partidario de una disciplina rigurosa, y sospecho que
consideraba demasiado indulgentes los métodos de la madre. Sin embargo, en el
supuesto rigor disciplinario de César había contradicciones. En cierta ocasión
fuimos a visitar un hotel de cinco estrellas recién inaugurado en la playa de
El Saler. El deslumbrante piso de mármol de la sala de recepción sedujo de
inmediato a los dos pequeños, que la convirtieron en pista de patinaje. Doña María
se alarmó:
-César, ¿tú crees que se puede permitir semejante abuso?
Pero él continuaba sus comentarios sobre las líneas arquitectónicas del
local.
-César, por favor, eso no se puede permitir.
-¡Pues no se lo permitas! -gritó irritado.
Cualquier ajeno que hubiese presenciado la escena habría supuesto que
don César se desentendía de la educación de sus hijos. No era cierto; me consta
por boca de ellos mismos que les inculcaba valores morales. Por otra parte,
aunque como paterfamilias mostraba cierto talante catoniano, en el fondo era un
sentimental. Pero al mismo tiempo parecía no tomarse muchas molestias en
atenciones hacia los más pequeños. De hecho, comentando sobre problemas
familiares, me dijo una vez doña María:
-Gracias a Dios tengo un excelente marido; pero solo le hago un reclamo:
que todas las incomodidades que causaban los hijos cuando eran pequeños, me las
tenía que cargar yo sola. Cuando de madrugada alguno lloraba, jamás se molestó
en levantarse para ver qué sucedía.
-¿Y tú no se lo reclamaste? Debiste hacerlo.
-Una vez se lo insinué y su respuesta clara y directa:
-Atender a los hijos es tarea natural de la madre; los hombres ya
hacemos mucho llevando el dinero a la casa e inculcando buenos principios.
Ni la escena que ocurrió en el hotel ni el comentario de doña María, son
datos suficientes para un juicio severo sobre la responsabilidad paterna de don
César. Pasados los años y después de la muerte del protagonista, los episodios
entran en un contexto desapasionado. Tenemos que morir para que se nos
justiprecie en lo que realmente valíamos. Tengo la seguridad de que aquellos
chicos que ahora son padres de familia, no solo habrán olvidado los exabruptos
del suyo, sino que estimarán sus virtudes, incluso tal vez exagerándolas.
Creo que don César era un hombre generoso; o al menos conmigo lo fue sin
límites. Cuando íbamos de bares, solos o con nuestras mujeres, jamás me
permitió pagar una consumición. Una tarde dominical me acompañó a un paseo
turístico por las calles de Valencia. Me mostró lugares históricos como la
catedral y las torres de Quart y de Serranos, de las que me hizo un resumen
histórico. Estando en la catedral me indico en el fondo de la nave una puerta
tras la cual estaban las escaleras para subir a lo alto del Micalet, diciéndome:
-Son 207 escalones, por si algún día te animas.
Efectivamente, en numerosas ocasiones los he subido para contemplar el
panorama de casi toda Valencia. Luego, mientras paseábamos alrededor de la
Plaza de la Virgen, me explicó la historia del “Tribunal de les Aigües”. Aunque
estábamos a fines de septiembre, la tarde era calurosa.
-Vamos a refrescarnos la garganta –dijo-, que después de las lecciones
que te he dado, bien me lo merezco. ¿Qué te parece un doble con una ración de
olivas chafadas?
-Vale –respondí.
En un momento en que lo vi distraído alargué al camarero un billete de
mil pesetas.
-Cóbrate –dije en voz muy baja. Pero César no estaba distraído.
-¡Eh, chaval!, muéstrame ese billete.
Lo frotó entre dedos, lo miró al trasluz y dijo:
-Este billete es falso. Toma este otro– y metió el mío en el bolsillo de
mi camisa.
Se puso a beber mientras me miraba de soslayo con la risa en los ojos,
queriendo decir: “cuando tú vas, yo ya he ido y vuelto siete veces”.
Pero el mayor regalo que me hizo fue cuando en unas vacaciones nos
invitó, a mí y a mi mujer, a pasar
una semana en la playa de El Perelló, donde había alquilado un apartamento
panorámico frente al mar. Fueron ocho días no solo de playa sino de muchos
movimientos y diversiones. Sin sometimiento a ningún horario, cada uno tomaba
su rumbo según las aficiones. Los que más solían “perderse de vista” eran los
dos hijos medianos. Una noche en que estábamos todos apunto de cenar, pregunté:
-¿Por dónde andarán Jóse y Javi?
-¡Échales un galgo! –respondió don César.
-Pero…
-¡É…chales un galgo! – repitió guiñándome un ojo.
César era hombre de frases clásicas. En cierta ocasión uno de sus hijos
le preguntó por unos cuadernos que había puesto en una mesilla de noche de la
habitación principal.
-Papá, los puse en un cajón del lado tuyo, y ahora los necesito.
-¿Y cuándo fue esto?
-Debe hacer unos cuatro o cinco meses.
-Huy…, pues ve a buscarlos allá… als collons de Montgó.
-¿Qué es eso dels collons de Montgó? –pregunté.
-Te lo explico gráficamente.
Puso las manos abiertas en paralelo y las iba separando mientras decía:
Lluny…, més lluny…, més lluny, y allà… al collons de Montgó.
Una mañana, entre las once y las doce, bajé a la playa. Doña María y los
dos “Césares” recorrían la orilla con extrema consternación en sus semblantes,
especialmente el de César-padre.
-¿Qué os ocurre? –pregunté.
-Él siguió sin responderme, paseando angustiosamente su mirada entre los
bañistas. No era para menos: uno de los pequeños, Luis, se les había perdido.
Ignoro cuánto tiempo duró la búsqueda; sólo recuerdo que me pareció
interminable, viendo al padre y a la madre ir y venir de cabo a cabo de la
larga orilla, ella llorando y él gritando desesperadamente:
-Luis, Luis, Luis…
César era la imagen viva de la desolación. Doña María me suplicó:
-Peyo, ¡ayúdanos a encontrarlo!
Yo, contagiado de la misma angustia, pero con mayor control emotivo,
logré finalmente distinguir al niño en un extremo de la playa jugando
tranquilamente entre una multitud de chavales. Lo cogí de la mano y lo llevé
casi arrastrando.
-Pero ¿qué pasa –protestaba-, adónde me llevas?
Topamos primero con César junior, que se adelantó corriendo alegre hacia
sus padres. No recuerdo si el encuentro fue dramático, alegre o tragicómico. La
madre reía y lloraba a la vez. Don César lo tenía agarrado por los brazos, no
sabiendo si comérselo a besos o molerle las nalgas a puntapiés.
-¿Dónde coño te metiste? Llevamos horas buscándote.
La madre lo apartó temiendo que la emoción de su marido se volviese
iracunda.
Traté, no sé si bien o mal, de desdramatizar la situación. Alcé al niño
en brazos, di un par de volteretas para tomar impulso y lo lancé al agua:
-¡Toma!, para que vuelvas a perderte.
Entonces, dirigiéndome a los tres, dije con pedantería:
-Todo está bien si acaba bien.
La frase no era mía, es de Shakespeare, ¡que tampoco es mal autor!; y
muy oportuno para el momento.
Durante aquella semana hubo sobrado tiempo para conversar de lo divino y
de lo humano, no solo con los dos “Césares”, sino también con doña María. Pero
él quiso ampliar aún más su generosidad, invitándome a una excusión hacia
cualquier lugar, el que yo prefiriese.
-Vamos –dijo como si se tratara de una urgencia-, haz ahora mismo una
proposición.
-Se trata –dije- de un paseíto corto: quisiera volver a ver Cueva Santa,
donde estuve hace años y quedé prendado de sus paisajes. Cuestión de unos
cincuenta y pocos kilómetros.
-Eso está hecho; si estáis listos, mañana mismo después de comer. ¿Qué
te parece, Maricarmen? –preguntó dirigiéndose a mi mujer.
-A mí, nada; yo no voy a ninguna parte -respondió bruscamente.
-Pues bueno…, tú te lo pierdes –dijo César disimulando su perplejidad.
Maricarmen, era una mujer cíclica que por temporadas tenía episodios de
severa depresión; y al parecer estaba comenzando un nuevo ciclo, agravado sin
duda por los celos que le daban las atenciones con que me distinguía la familia
Ribas-Taléns y la complacencia con que yo correspondía.
Llegado el momento de la partida, inesperadamente Maricarmen cambió de
opinión y decidió acompañarnos. El automóvil de César era un Seaat-1400. Él y
doña María se situaron en la parte delantera. Detrás, mi mujer y yo; ella,
pegada al extremo izquierdo del asiento, muda, cerrada, hostil. Saliendo de
Valencia enfilamos el camino vía Sagunto- Segorbe. El silencio de Maricarmen
creaba una atmósfera densa. A pesar de los esfuerzos que hacíamos por imponer
cierto tono de desenfado, había momentos en que aquel coche parecía una tumba
rodante. Pocas veces habré pasado por un trance tan incómodo. La vergüenza me
ponía la serotonina por los suelos.
A la entrada de Altura nos vimos rodeados por una multitud de gente que
acompañaba a una madre con un bebé en brazos.
-¿Qué significa ese jolgorio? –pregunté.
Don César, buen conocedor de las costumbres de aquellos pueblos, dijo
que se trataba de un bautizo. Enseguida sacó la cabeza y grito:
-Padrí…ro…nyós, padrí… ro…nyós!
Casi de inmediato entró un chorro de caramelos por la ventanilla.
-A nadie le amarga un dulce, sobre todo en ciertos momentos –comenté con
toda la intención de que mi mujer captara la onda.
En una retuerta de la carreterita, cerca ya de Cueva Santa, César detuvo
el coche casi en seco.
-¿Qué pasa?-pregunté.
-¿Qué harías tú, si pasando por una carretera vieses un letrero que
dijera: Fuente Pompeyo? ¿No te pararías a beber agua?
Efectivamente, en un rinconcito, semicubierta de yerbas, había una
inscripción blanca sobre azulejos rojos que decía: Fuente Ribas.
Poco después de reemprendida la marcha, César comenzó a revolverse en el
asiento expulsando estorbos.
-¿Qué te ocurre? -preguntó doña María.
-Que tengo caramelos hasta en los cojones –dijo arrugando el ceño y
tirándolos hacia atrás.
-Cariño, ¿qué dices?
Poco después sucedió lo que yo me temía: don César no aguantó más y
explotó:
-¡Maricarmen!, ¿nos quieres decir qué coño te pasa?
-¿A mí?, nada…, ¿qué me ha de pasar?
-Que no has dicho una sola palabra en todo el viaje. ¿De qué estás
molesta?
-¿Molesta yo…?
-Entonces ¿por qué no hablas?
-Porque no me da la gana.
No me pregunten con qué ánimo volví a disfrutar del ambiente de Cueva
Santa y de sus fantásticos alrededores. No me acuerdo ni quiero acordarme.
Comprendí que mi excelente esposa, que en gloria esté, había decidido aceptar
el viaje con la sola intención de amargárnoslo. ¡Y por Dios que lo logró!
Pero en fin, como decía mi amigo corso allá en Roma: tout passe, tout casse, tout lasse. Mis inolvidables días en El
Perelló pasaron más veloces de lo que hubiera deseado. Con mi anfitrión tuvimos
sobradas horas para hablar, como él quería, de todo lo divino y humano.
Nuestras conversaciones iban indistintamente de lo teórico a lo práctico y
viceversa. Para citar un solo ejemplo, se interesaba por la forma como yo
entendía ciertos fenómenos físicos bajo la perspectiva filosófica.
-La filosofía y la física han sido siempre muy buenas amigas –le dije.
-Pues no me lo pareció cuando vi filosofía en el bachillerato. Aquellas
cuestiones me parecían más literarias que científicas.
-En mi opinión, enseñar filosofía a muchachos entre quince y dieciséis
años es tiempo perdido. La filosofía requiere una madurez intelectual que a
duras penas se obtiene a los dieciocho años. Un filósofo enseñando filosofía en
bachillerato es semejante a lo que sería Einstein impartiendo matemática en una
escuela primaria. Por eso la enseñanza de esta materia en bachillerato fue
siempre fallida y seguirá siéndolo.
-Quieres decir que si dependiera de ti suprimirías la filosofía del
bachillerato.
-Totalmente. Porque más vale no enseñarla que enseñarla mal.
-¿Cómo te imaginas a un técnico como yo haciendo un cursillo de
filosofía?
- He tenido alumnos venidos de diversas profesiones, como médicos,
abogados, educadores y arquitectos. Paradójicamente, el mejor que tuve fue un
ingeniero. Y digo “paradójicamente” porque es difícil que un profesional
técnico se sienta cómodo en una escuela de filosofía. Entre los médicos los
únicos que perseveraron fueron los psiquiatras; los demás tuvieron que tirar la
toalla.
-¿Por qué?
-Porque los cultivadores de ciencias aplicadas tienen objetos de
conocimiento fijos y bien determinados, y sobre ellos trabajan; en cambio los
filósofos tenemos que trabajar con entelequias.
-¡Entelequias! Ante esta palabreja, yo no tendría que tirar la toalla
porque ni siquiera la cogería.
-Explicándolo más claro: en las ciencias aplicadas hay tesis que son
ciertas y otras probables, pero en filosofía, todas son probables, a excepción
de los primeros principios de la ciencia y algunos aspectos de la lógica.
-Entonces, ¿por qué dicen que la filosofía es una ciencia?
-Porque en el género de la ciencia no están solo los conocimientos
ciertos sino también los probables, que son la inmensa mayoría; las hipótesis
son mil veces más numerosas que las tesis ciertas y probadas.
-Bueno…, ahora, hablemos un poco sobre lo divino. Aparte de ser
filósofo, tienes también una carrera de teología; ¿dónde hay más certeza, en la
filosofía o en la teología?
-Ambas ciencias son igualmente probables.
-Entonces la existencia de Dios, ¿es solo probable? ¿No vale el
argumento de las Cinco Vías?
-Vale, pero solo como argumento probable, no cierto, porque si lo fuera
no necesitaríamos la fe para creer en Dios
-Pero al menos Santo Tomás demuestra que debe haber un primer motor y
una causa primera.
-No demuestra ni siquiera esto.
-¿Por qué?
-Porque demostrar un primer motor y una primera causa es físicamente
imposible, y teológicamente también, a menos que concibamos a Dios como
dependiente del tiempo, y que en un tiempo determinado empezó a crear. El acto
de crear es inseparable de la esencia divina; si por un momento Dios dejara de
crear, dejaría de ser Dios. Por tanto, así como Dios no tiene principio ni fin,
tampoco la creación.
-Pero la Biblia nos dice que Dios creó el mundo “en un principio”.
-Este y otros pasajes de la Biblia solo son inteligibles si los
interpretamos alegóricamente. Lo que el autor del Génesis quiso decir en
lenguaje inteligible para todos, es que las cosas del Universo solo son
explicables por un acto de creación divina. Una gran parte de los textos
bíblicos hay que interpretarlos en sentido alegórico, porque literalmente
suenan absurdos. Además, habría que conocer la epistemología y circunstancia
histórica de la Judea de hace cuatro mil años.
-¿Hay argumentos teológicos probables sobre la existencia de un cielo y
de un infierno?
-Suspendo el juicio.
-Entonces, ¿qué esperas para la otra vida?
-Que sea lo que tenga que ser. Es lo que pedimos a Dios rezando el
Padrenuestro: “hágase tu voluntad”; es decir, ayúdanos a aceptar lo que tenga
que suceder.
-Finalmente, solo una pregunta sobre moral que muchos creyentes se
hacen: la masturbación, ¿es pecado mortal o venial?
-Según la moral positiva católica, es pecado mortal; pero yo no lo creo.
-Si te oyera el obispo de Valencia te excomulgaría. Pero en fin, como
veo que sobre todo eso hay mucha tela que cortar, es mejor que volvamos a lo
humano. ¿Cómo entienden los filósofos la Teoría de la Relatividad? Porque
Einstein ha negado la existencia del espacio y tiempo absolutos.
-No la ha negado; solo ha demostrado la imposibilidad de medirlos, desde
un punto de referencia fijo. Y en realidad no lo hay teniendo solo en cuenta el
movimiento externo interplanetario. Pero dentro de nuestro planeta, que es la
nave en la que viajamos por el espacio infinito a velocidad supersónica, un
kilómetro será siempre un kilómetro, tanto de ida como de vuelta, y existen
además tantos puntos de referencia como queramos.
-¿A quién tienes por precursor de la física moderna, a Newton o a
Galileo?
-Ambos lo fueron, pero estos también tuvieron un precursor que muy pocos
recuerdan o casi nadie: Domingo de Soto, un fraile dominico filósofo, teólogo,
jurista y físico, primer descubridor de la aceleración de los cuerpos en caída
libre. De ahí viene el aforismo motus in
fine velocior.
-No me lo traduzcas, que aún me acuerdo del latín –se me adelantó el
competitivo César. En definitiva, la Relatividad, ¿la das por una tesis o por
una hipótesis?
-Yo daría por tesis la Relatividad Especial, y por hipótesis, la General.
Tuve la impresión de que el pícaro de César me estaba sometiendo a un
examen.
-Pero te añado algo más –continué-: Einstein desarrolló una teoría muy
bien razonada desde una experimentación rigurosa, pero su palabra aún no es la
última; varios de los físicos más conspicuos han dudado de ella. Paul Dirac,
una eminencia de su misma altura, comentó así sobre la fórmula E=mc2: “Yo no sé si es
verdadera o falsa, pero ¡es tan bonita!”.
De todo lo dicho y de muchas cosas más conversamos largamente, pero como
es de ley, las vacaciones se acaban y cada uno tiene que volver a su trabajo.
A los pocos meses del año siguiente recibí una carta de César junior. En
el primer párrafo se explayaba en divagaciones sobre la caducidad de las cosas,
la vulnerabilidad de las personas, lo imprevisible de los acontecimientos, etc.
En el segundo comenzaba así: “hoy hace una semana que falleció mi padre”. Tuve
que releer varias veces la frase para asegurarme de que aquello no era una
ficción. ¡Imposible!: aquel paterfamilias competidor, robusto y tan seguro de
sí mismo podía pasar por todos los trances menos el de caer abatido. Pero su
forma de morir tampoco podía ser cualquiera; debía ser la propia de un César
Ribas Illueca; una muerte sin preámbulos, directamente al grano,
¡fulminante!: un infarto agudo y masivo al miocardio.
Mis encuentros con la familia Ribas-Taléns se fueron distanciando.
Algunos años después, de paso por Valencia, llamé por teléfono a César junior.
Ya casado y con una
criatura de pocos meses, vino a visitarme al hotel donde me hospedaba.
Pasamos unas horas rememorando cosas y hablando de todo lo divino y humano,
como con su padre.
En una última visita a Valencia, esta vez acompañado de mi segunda
esposa, pasamos una tarde inolvidable con Doña María. Tras un almuerzo en un
restaurante selecto, nos llevó a visitar un jardín -no recuerdo el nombre-
espectacularmente repleto de ejemplares de rarísima belleza.
Pero el más inesperado encuentro lo tuve en Andorra con Ignacio Ribas
Taléns. Él es el último Ribas que he visto. Hoy día es un músico de renombre
internacional, organista y compositor que ha dado conciertos por Europa y parte
de América. Ha publicado varios CD, de los cuales me regaló uno: “Cinc segles
de Música Ibèrica”.
Puesto que Nacho me ha venido al recuerdo, tengo que retroceder a los
últimos años de la década de los 80s, cuando él cursaba la última etapa de su
carrera musical. Un día salí, solo y desprovisto de todo, con la única
intención de pasear por las calles de Valencia. De pronto, pasando por una
parada de autobús me salió al encuentro Nacho.
-¿A dónde vas? –preguntó.
-A ninguna parte; salí a dar una vuelta.
-Pues te invito a un concierto muy especial que va a empezar dentro de
poco en el Palacio de la Música. Anda, que el bus ya está aquí.
-Pero Nacho –dije avergonzado-, solo he salido a pasear; no llevo ni un
duro.
-No te preocupes –dijo casi empujándome a la subida del vehículo.
Fue un espectáculo verdaderamente especial: un concierto solo y
exclusivamente de instrumentos de percusión.
-¿Qué te ha parecido? –me preguntó a la salida.
-Francamente genial, espectacular –respondí mintiendo como un bellaco.
Mentí porque el concierto me pareció, más que aburrido, absurdo. Aquello
no entraba en mis conservadores esquemas musicales. Lo realmente sincero fue mi
gratitud hacia aquel noble jovencito, que no solo me pagó la entrada al
concierto, sino que me tuvo que pagar hasta los tikets del autobús, ida y vuelta.
55
RECUERDOS DE UN COLEGIO
Al regreso de mi posgrado en Roma, fui llamado a un colegio de Palma de
Mallorca como profesor de filosofía. Constituían la directiva del Centro un
Padre Rector, un Director del colegio y un Padre Espiritual. Aquellas
buenísimas autoridades cometieron el desatino de nombrarme Prefecto de
Disciplina, cargo que implicaba responsabilidad sobre los estudiantes internos.
Debieron opinar muy erradamente de mí, porque si existía el menos indicado para
aquel menester, ese era yo. Me resistí hasta donde pude, pero al fin tuve que aceptar
velis nolis.
-Tu primera actuación a partir de mañana -ordenó el Rector- será
despertar a los internos a las seis y conducirlos a la capilla para asistir a
la misa.
-La asistencia, ¿es obligatoria? –pregunté.
-¡Naturalmeeeeente! –acentuó respondiendo a una pregunta superflua.
Lo que acababa de escuchar era simplemente demencial, pero el tono de
aquella respuesta significaba que no había lugar a réplica. Volví a preguntar:
-¿Tengo facultad de dirigir el internado según mi parecer?
- La tienes mientras no impongas nada que trastorne la marcha normal del
colegio.
Nunca antes me había sentido en situación tan incómoda, pero abrigaba la
esperanza de que en pocas horas sería relevado del cargo.
Llegada la noche, antes que los internos se acostaran, los reuní en una
sala contigua a las habitaciones. Eran unos quince o veinte muchachos entre
doce y diecisiete años.
Debieron verme cara de pocos amigos, porque con la misma me observaban
ellos recelosamente.
-Como sabéis –dije-, soy el nuevo Prefecto de Disciplina y también
responsable de la vuestra. No tengáis miedo: no os voy a largar un discurso de
media hora –continué esforzándome por sonreír-; solo os quiero anunciar un
pequeño cambio que introduciré. Pero antes, respondedme a una pregunta: ¿hay
alguna obligación de este internado que os desagrade?
No adiviné ninguna reacción en sus rostros; solo me miraban inmóviles,
paralizados.
-Voy a ser más concreto –insistí-; ¿os gusta asistir a la misa todos los
días, obligatoriamente?
De repente mudaron semblante, se cruzaron miradas oblicuas tímidamente
risueñas, pero nadie respondió.
-Entonces voy al grano: a partir de mañana, asistir a la misa será un
acto voluntario. Irán solo los que quieran, espontánea y libremente.
Hubo un largo silencio de suspense. Unos pocos se atrevieron a
manifestar sensación de alivio, mientras los demás permanecían serios, tratando
en vano de reprimir la alegría que les retozaba en la mirada.
-Qué… –pregunté intrigado-, ¿no tenéis nada que replicar?
-Profesor –se atrevió uno-, ¿y los que no vayan a misa?
-Se presentarán a la hora del desayuno. ¿O es que queréis que os lo
lleven a la cama?
Entonces las risas sonaron libres y francas, aunque todavía con cierta
moderación. Por eso añadí:
-Ni se os ocurra sospechar que llevaré la cuenta de los que van y los
que se quedan. Tened la absoluta seguridad de que no habrá prejuicios ni mucho
menos represalias.
A las seis y media de la mañana siguiente, el Padre Espiritual, ya
revestido para iniciar la celebración, se halló con un panorama desolador: solo
media docena –tal vez menos- acudieron a la capilla. Lo que era de esperar
sucedió. Las tres autoridades se me acercaron con rostros alarmados.
-¡Pero, ¡por Dios santo! –exclamó airado el Padre Espiritual-, ¿qué has
hecho con los internos?
-Decirles que la asistencia a la misa no es obligatoria -respondí sin
inmutarme.
-Pero, ¡eso es un crimen! Estás dañando la fe de esos pobres muchachos.
-No se la daño, antes al contrario, les doy la libertad de profesarla.
El Padre Rector, especialista en Teología Moral y hombre de asentado
talante, me advirtió:
-Lo que acabas de decir es un descarado sofisma; esos chicos no están en
edad de cultivar libremente la fe; es preciso estimulársela con actos que se
conviertan en costumbre.
-¿Costumbre o rutina? O peor aún: obligación disciplinaria.
-No nos enredes -intervino el Director -con tus argucias de doctorcito
recién salido de la cáscara. Lo más prudente es que vuelvas a poner las cosas
como estaban.
-He actuado dentro de mis competencias. No pienso revocar mi decisión.
Ante mi actitud, el Rector perdió su característica calma y me conminó
con vehemencia:
-Corrige inmediatamente este disparate; mañana quiero verlos a todos en
la capilla.
-Vosotros me habéis impuesto el cargo contra mi voluntad; gustosamente
os lo devuelvo.
Me acribillaron con otras arremetidas, algunas abiertamente ofensivas,
pero no se dio el relevo que yo esperaba. Sospecho que al socaire de aquellos
escándalos farisaicos, cada uno pensaría para sí: ”a otro perro con ese hueso”.
A discreta distancia, acomodado en un sofá, escuchaba la disputa el
profesor Cilimingras con cara de reírse del muerto y de quien lo vela. Respiré
atmósfera densa por unas semanas, pero el tiempo, médico común, poco a poco lo
cura todo. Al fin nos convertimos en buenos amigos y cooperadores durante
cuatro años inolvidables. Solo con el Padre Espiritual quedaron algunas reticencias.
A pesar de mi manga ancha, ni la disciplina del colegio ni la del
internado se resintieron notoriamente, si bien ahora me arrepiento de algunos
exabruptos temperamentales. Muy pocos.
Entre los profesores tuve buenos amigos: el riguroso Don Miguel Mateu
Cerdá, excelente profesor de varias materias; Antonio Rodríguez Mazarro, de
química; Luis Perruca, de deportes; Pedro Balle, de ciencias naturales; Jaime
Miró Granada, de física. Y en medio de tantos señores, tres espléndidas
señoritas para diversidad académica y alegría de los ojos: María Antonia Pujol
Maura y otras dos de nombres inversos: una, María Ángeles y otra, Ángela María.
Pero por encima de todos, el inefable profesor de historia, Don Bartolomé
Cilimingras Calafat, hijo de padre griego y madre mallorquina; hombre de gustos
refinados, mujeriego donde los haya y trotacaminos por los locales nocturnos de
Palma. Era la nota dionisíaca del profesorado, contra la apolínea Don Miguel
Mateu.
Una tarde de primavera fuimos Cilimingras y yo, en sendas motos, hacia
Valldemossa, su aldea natal, de la que me contó muchas historias curiosas.
Después de refrigerarnos con unas tapas, ya casi anocheciendo, me invitó a
visitar el cementerio donde yace su padre.
-Paséate por ahí –dijo- mientras yo voy a lo mío.
Así lo hice, pero sin alejarme mucho de él. Se sentó sobre el mármol y
se puso a murmurar algo en tono audible pero no inteligible, como si conversara
con el difunto. Pasaron más de quince minutos hasta que me llamó para regresar.
-¿Pero cómo es eso…, es que hablas con tu padre?
-Sí, con mucha frecuencia; a veces hasta altas horas de la noche. Mi
padre es mi segundo dios.
Don Bartolomé no ocultaba su resentimiento hacia la madre, manifestando
su complejo de hijo malquerido. Obviamente, el preferido era el hermano menor.
-Ya lo ves… -decía amargado-: el hijito de mami, con su flamante
Gordini, y el hijo de puta con una Vespa.
¡Excelente Don Bartolomé! Cuando podía lo visitaba y de vez en cuando
contactábamos por teléfono. Me llamaba “hijo mío” siendo yo un año mayor que
él. Ya viejo, revivía con nostalgia sus aventuras juveniles y las más tardías
de dandi maduro. Y con esa añoranza murió. También murieron los profesores
mencionados, el Director y el Padre Espiritual. En cuanto al Padre Rector, lo
último que supe de él fue la celebración de su 95 cumpleaños.
Mientras tanto, yo estoy aquí con la barba en remojo. Cada día menos
celoso de mis cosas personales, voy desprendiéndome de ellas aligerando el
equipaje para embarcar en la nave que nunca ha de tornar.
“Vanidad de vanidades y todo vanidad”.
56
EL HOMBRE DE LAS CABRAS
Nuca supe su nombre ni cuidé de averiguarlo; así que siempre ha sido
para mí “El hombre de las cabras”.
Paseaba una tarde de otoño por uno frondoso sendero al pie de la montaña
de Sant Llorenç, a pocos kilómetros de Terrassa. En la última curva del camino
había una pequeña pradera donde un extraño personaje de provecta edad
pastoreaba media docena de cabras. Al instante, todas interrumpieron el pasto
mirando al intruso con obsesiva fijeza. He dicho “extraño personaje” porque el
hombre lo era en verdad. Su cabeza, desmesuradamente grande y totalmente pelada
a ras como bola de billar, contrastaba con una blanca barba recrecida de una
semana sin afeitar. Mi primera impresión fue el inquietante estrabismo de su
mirada, con un ojo entelado bajo una adherencia blancuzca, y el otro fijo en el
vacío.
-Buenas tardes –saludé. Son muy bonitas sus cabras.
¿Bonitas, dice usted? ¡Mucho más que eso!
Con un silbido llamó a una por su nombre, la tomó en brazos y empezó a
acariciarla pegándola a su cara. Yo reía complacido ante la ternura de la
escena.
-Fíjese en la nobleza de esta mirada; ahí puede usted ver la verdad de
que los ojos son el espejo del alma. Porque ¡no creerá usted que los animales
no tienen también un alma inmortal!
- Es muy probable.
-Soltó la cabra y quedó como en estado de éxtasis, en expresión cómica,
semiabierta la boca de la que asomaban algunos dientes dispersos, pero no me
reí porque no se sabía hacia dónde miraba. De pronto dijo apuntándome con el
índice:
-Usted debe ser muy buena persona.
-¿Por qué lo supone? –repliqué sorprendido
-Porque cuando se ríe, le ríen también los ojos.
(Ni hay que decir que en cuanto llegué a casa hice la prueba ante el
espejo, pero no percibí nada especial).
Improvisamente y con emocionada unción, el hombre se puso a recitar el Cántico Espiritual de San Juan de la
Cruz. Al instante, la comicidad se transfiguró en mística contemplación. (Mi Amado, las montañas,/ los valles
solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas […]. La noche sosegada, / en par de
los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora…). El poema
es largo y creo que lo recitó entero. ¡Qué sublime rapsoda! De aquella boca desdentada parecía salir viva
el alma de San Juan de la Cruz.
El hombre de las cabras vivía en una cabaña muy cerca del pastoreo.
Hasta allí caminé, con él y el rebaño. Me maravilló el contraste entre la
pobreza de la casa y la amplitud del interior, lleno de antigüedades. Me mostró
con orgullo un antiguo bastón de boj con dos borlas moradas bajo la empuñadura.
-Fíjese…¡perteneció nada menos que al obispo Morgades! Todo eso es mi
mundo – decía extendiendo los brazos-: mis cabras y mis antiguallas. A las
primeras les doy de comer, las segundas me lo dan a mí. ¿Qué edad tiene usted?
–preguntó de repente.
-Veintiocho.
-¿Tiene planes de casamiento?
-Ni siquiera me lo planteo.
-Si le vale mi consejo, cásese lo más tarde posible, porque el amor es
corto y la convivencia larga.
-¿Y usted? –pregunté tímidamente
-Hace tiempo que busco y rebusco, pero no encuentro a nadie. ¿Quién
habrá que le diga un “sí” a este pobre Caballero de la Triste Figura?
-Yo, en su caso, no perdería la esperanza. Una vez me dijo una amiga
inglesa: “Nunca se sabe lo que hay a la vuelta de la esquina”.
-No me consuela, pero bueno… ¿Le apetece un Penedès?
-Gracias, no tengo tiempo; pasado mañana tengo que volver a Roma
donde estoy haciendo un post-grado.
- ¡Qué suerte la suya! Yo, en cambio, ya lo ve… un pobre analfabeto.
-No lo diga. Un hombre que se deleita con la poesía de San Juan de la
Cruz no puede ser analfabeto.
Casi dos años después, al regreso de Aylesford, recalé en Terrassa.
Naturalmente no podía faltar la visita al “Hombre de las cabras”. Me dijeron
que se había casado con la tornera de un convento de monjas. Al verlo, me
asombró su acelerada decrepitud y gran obesidad. Nos dimos un abrazo mientras
le felicitaba por su reciente boda recordándole el dicho de la amiga inglesa.
Sin responderme, posó ambas manos sobre mis hombros con leves sacudimientos.
-Entonces, ¿qué…, qué título ha obtenido, licenciatura, doctorado?
-Los dos.
Sin quitarme las manos, cabeceó durante unos segundos y dijo:
-Ay, Senyor Déu meu…, ¡que n´és de
puta la vida! Vosté amb dos títols i jo sense titola.
Desconcertado, aunque sospechando por dónde iban los tiros, no hallaba
la palabra justa para el momento. Pero él salió al quite con una pregunta no
menos embarazosa:
¿Se imagina usted lo que significa estar uno recién casado y no poder
ejercer? Siguió un silencio inquietante. Al fin me atreví a
preguntar:
-¿Qué le ha pasado?
-El médico me dijo que tengo diabetes crónica tipo 2 y que eso, junto a
la obesidad y la hipertensión, es la causa de la impotencia.
Otra pausa ne menos incómoda.
-No se angustie, buen hombre, a todos nos llegará el día en que ya no
podamos ejercer y además…
-Pero ese médico –interrumpió-, no me convence, porque tengo dos amigos
que están en mi misma situación, y no obstante me dicen que lo hacen dos y
hasta tres veces por semana.
-¿Y usted les cree?
Hombre…, somos amigos de toda la vida, no hay razón para que me mientan;
me lo aseguran seriamente.
-Pues asegúrelo seriamente, también usted.
Logré arrancarle una sonrisa.
-Vamos a lo positivo –dijo sacando del armario un Penedès, que esta vez
acepté gustosamente.
El hombre llenó ambas copas y omitiendo brindis, se embauló la suya de
un solo tirón, sin resollar.
-Haaaa –suspiró-; aún nos quedan pequeños placeres que disfrutar.
Días después, le hice otra visita antes de marchar a Palma de Mallorca
para incorporarme a mi primer destino. Hablamos largamente de lo divino y de lo
humano. Me dio varias muestras de su humor estoico.
-Me he casado sin luna de miel, pero al menos encontré un alma buena que
recogerá mis huesos.
Al despedirnos, posó de nuevo las manos sobre mis hombros y me dijo
emocionado, con labios temblorosos:
-Gracias por haber escuchado mi desahogo con tanta generosidad.
-Pero, hombre…, si casi no he dicho nada; soy muy mal conversador.
-Se equivoca: el mejor conversador es el que sabe escuchar como usted.
A lo largo de mi memoria siempre hubo un rinconcito especial, y todavía
lo hay, para “El hombre de las cabras”: un alma platónica en cuerpo socrático.
57
SEDUCTORES Y SEDUCIDOS
Se llamaba Pere con sus dos apellidos en regla, que no menciono porque
sus hijos aún gozan de plena vida y salud.
-Pere Pita para los amigos
-dijo estrechándome la mano-; así me llaman desde mis 11 años, cuando estaba en
el seminario de la La Conrería. Vengo de Mataró, la tierra dels Capgrossos.
Estábamos en el colegio-santuario de Santa María del Collell, en plena
canícula de julio, celebrando la trobada de
fin de carrera de los seminaristas catalanes ordenandos in sacris.
Pere
Pita era una personalidad notoriamente singular; 1:95 de estatura y
extremadamente delgado. En el grupo donde Pere Pita estuviese, las carcajadas
eran continuas; a cada momento saltaba la ocurrencia, el chiste oportuno,
refranes irreverentes y algunos tacos, a veces de cierto grosor. Pero por
encima de todo destacaba una mente de fina elaboración, derrochadora de recursos
dialécticos. Ni hay que decir que de inmediato traté de ganar su amistad,
porque con él había siempre tanto que aprender cuanto de que reír. Fuimos
realmente amigos hasta el fin de las jornadas -casi dos meses.
La comidilla del momento era el interdicto contra el anciano director
espiritual del seminario de la diócesis de la Seu d´Ugell, quien afirmaba
públicamente que los pecados contra el sexto mandamiento solo eran tres:
violación, adulterio y estupro; que cualesquiera
otros actos sexuales, solitarios o con cómplice, no generaban culpa moral: eran
simple “liberación de pulsiones naturales” propias de la juventud. Pero lo más
grave fue una carta pública dirigida al obispo por dos señores cuarentones, que
denunciaban haber sido seducidos por aquel padre espiritual cuando tenían
dieciséis años, y que por eso eran ahora sexualmente “anormales”.
Hubo comentarios de variada índole, rigoristas y benévolos.
-Yo lo suspendería a divinis por
cinco años.
-Yo lo degradaría.
-Yo lo sometería a tratamiento psiquiátrico.
En tanto, Pere Pita escuchaba y callaba, hasta que casi todos a una le
obligaron a pronunciarse.
-No tengo inconveniente –dijo con flema irónica-. Ante todo, dejo las
opiniones de ese padre espiritual a vuestra libre discusión. En cuanto a los
seductores de menores hasta los 14 años, yo los entregaría a los tribunales
civiles, porque a los obispos no les preocupa tanto el acto delictivo en sí
cuanto el escándalo que provoca, problema que ellos resuelven con el traslado
del delincuente a otro lugar.
-Eso está muy bien, Pere, -intervino uno-; pero nada has dicho sobre la
gravedad de la seducción.
-Hablaré sin tapujos. ¿Creéis de buena fe que un muchacho entre 14 y 17
años, sano de cuerpo y mente puede ser fácilmente seducido? ¿Os acordáis, en
calase de Moral, de la diferencia entre seductio
y sollicitatio ad turpia?
-¿A qué viene ahora esta distinción escolástica?
-A que esos dos señores no fueron seducidos sino solicitados. No seáis ingenuos: salvo casos excepcionales de
mutación biológica, los maricones nacen, no se hacen. Esos cuarentones no son
homosexuales porque fueron seducidos sino que fueron seducidos porque ya eran homosexuales. Los seductores
suelen tener olfato de buen perdiguero; intuyen a primera vista quiénes pueden
ser sus “víctimas”. Así que ante un caso de seducción, la primera pregunta
debería ser: ¿quién sedujo a quién?
-¡Pere! -gritó uno, escandalizado-, ¿Tratas de excusar a los seductores?
-Claro que no, sé que el seductor de menores es siempre culpable ante la
ley, independientemente de la complicidad del seducido, e incluso en caso de
que el seducido fuese el mayor de edad. Pero en el fuero interno de la
conciencia no siempre es así. A partir de los catorce –incluso tal vez antes-
cualquier muchacho en buen uso de sus facultades es capaz de percibir
intenciones seductoras y oponerles resistencia. Pero desde el momento en que
acepta y consiente activamente, deja de ser “victima” del seductor para
convertirse en cooperador necesario del delito. Siempre en moral, pero no
siempre en derecho, yo aplico el aforismo romano: volenti non fit iniuria.
Entonces el escándalo se volvió clamoroso. Con gestos de horror, algunos
abandonaron la reunión. Otros, menos sensibles se mostraban reticentes:
-Són coses
d´en Pere Pita…
Hubo quien trató de amonestarle:
-No debes ver la cuestión desde un solo enfoque. Hay que comprender la
situación del seducido: sentimiento de coacción, miedo, timidez, falta de valor
para resistirse, y sobre todo lo peor: el temor a represalias en caso de
resistencia…
-Excusas irrelevantes –interrumpió Pere-: será precisamente el seductor
quien tratará de no incomodar al seducido; y en cuanto a represalias, se
guardará mucho de intentarlas, porque sabe que tiene las de perder.
Cuando tuve ocasión de hablar a solas con él, le dije que estaba de
acuerdo con su opinión, pero que a veces hay que guardarse de fariseísmos
todavía vigentes. Pere me miró sombríamente, no sé si angustiado, o
decepcionado, o escéptico…
-Lo que me ocurre es que a pesar de lo lenguaraz que soy, debo callar
sobre la “clave” de mi convicción.
-No te entiendo.
-No es fácil explicarlo…, pero que quede entre nos y confiando en tu
discreción: yo fui seducido.
-¿Tú?...
-Sí, aunque no fue como te imaginas. Te hago el resumen. Soy huérfano de
madre; la pobre murió en el parto. ¡Qué clase de bicho debo ser, que dándome a
luz a mí, ella perdió la suya! Mi padre era gerente de una gran industria
metalúrgica de Mataró, propiedad de tres hermanos, dos hombres y una mujer que
había cursado dos años de medicina y tuvo que interrumpir la carrera porque
quedó embarazada de un compañero de curso que se negó a reconocer la
paternidad. Desesperada, en estado de profunda depresión, decidió abortar
clandestinamente. Tras un período de reposo se incardinó al negocio de sus hermanos
en calidad de cogerente, lo que fue de gran beneficio para la empresa, pues la
señora acabó convirtiéndose en el principal motor de las negociaciones. Con todo, mi padre asumía el trabajo “duro” de la
gerencia, siendo a la vez el hombre de confianza, tanto en la fábrica como en
la mansión de los dueños. Con frecuencia, él y yo éramos invitados en ocasiones
especiales. Sin mérito alguno de mi parte me gané el afecto de la señora, que a
menudo me obsequiaba con pequeños caprichos gastronómicos. Un día me dijo: “Con
permiso de tu padre, tienes nuestra piscina a tu disposición”. Así que durante
las vacaciones de verano, eran más las horas que permanecía en aquella casa que
en la mía. Fue en una fiesta mayor de Mataró, un día 27 de julio de 1948
-¡imposible olvidar esta fecha!-, cuando nos disponíamos a disfrutar de un banquetazo que el mismísimo
Lúculo habría envidiado. La señora daba órdenes al servicio, iba y venía
avivando el tono mayor de la fiesta y cuidando de que a nadie le faltara
detalle. Alta y garbosa, de unos treinta y pocos años, llevaba una blusa blanca
muy holgada, con un escote discreto pero suficiente para que en ciertas vueltas
y revueltas quedaran visibles varios centímetros de escultura modulosamente
perfecta, adonde de continuo –imprudente de mí-, se me iban los ojos. Al fin lo
notó y se llevó la mano al cuello en ademán de recato. Quedé avergonzado y al
punto sentí que había perdido su estima. Tras una alborozada sobremesa, pasadas
las cuatro, dijo el mayor de los hermanos: ”Bueno, ya es hora de que vayamos a
ver la Toneta y el Maneló”. La señora dio permiso al
servicio para salir. “Ya lavaréis los platos por la noche, o mañana”. Todos
fueron saliendo bien vestidos excepto yo, que iba, como de costumbre,
zarrapastroso. De pronto la señora me llamó: “Pere, un momento”. Acudí temeroso con los ojos bajos, esperando el
rapapolvo. “¿A dónde pretendes ir con esa facha de perdulario, la camisa con
dos botones colgando? ¿No se da cuenta de eso el servicio tu casa?” Me tomó del
brazo llevándome a una habitación del piso superior. “Voy a coserte esos
botones; quítate la camisa y espera sentado donde quieras”. Me senté al borde
de la cama. No debía ser buena costurera porque tardó una eternidad en coser
dos botones. Cuando regresó adelanté la mano para coger la camisa, pero ella la
retuvo y la colocó en el respaldo de una silla. “No salgas ahora bajo ese sol
que derrite; tiéndete y descansa un rato”. ¡Bueno estaba yo para descansar!
Asustado y avergonzado a la vez, no osaba abrir los ojos. Tras una corta pausa,
se acercó diciendo en voz baja como quien comunica un secreto: “¿Sabes que te
has hecho muy grande y muy guapo?”. La señora mentía bellacamente, porque
aunque era cierto que últimamente había pegado un gran estirón, en lo demás yo
tenía de todo menos de guapo. Luego acercó la boca a mi oreja y susurró:
“¿Creías que no me daba cuenta, pillín?” A duras penas logré musitar: “Perdón,
señora”. “Perdonado; eso significa que ya eres un hombre”. Me besó tiernamente
al principio, pero cuando sentí que sus besos iban ganando terreno, me di
cuenta de que aquella mujer me estaba seduciendo. A pocos días de cumplir los
quince años, muy clara la mente y ágiles las extremidades, me sentía
perfectamente capaz de levantarme de un salto, coger la camisa y salir corriendo.
Ni empleando ella todas sus fuerzas habría podido retenerme. Pero en lugar de
esta decisión preferí, conscientemente, consentir el juego. Poco a poco, con
sutil habilidad, mano fina y toque delicado, la señora iba hilvanando
progresivamente cada momento de la secuencia. Solo me atreví a tomar parte
activa cuando tuve la seguridad de que la aventura ya no tenía marcha atrás. No
me preguntes cuánto tiempo pasó porque creo que me fui del tiempo. Lo último
que recuerdo son los momentos en que ella se ladeaba despacio, suavemente, para
desprenderse de mi peso pluma. Luego se
levantó, me cubrió con la sábana, me dio un beso y se fue. No volví a la
realidad hasta que unas sacudidas nerviosas me despertaron. “Vístete rápido que
la gente está al llegar”. Bajo el
chorro casi tibio de la ducha, me invadió una dulce sensación de bienestar. No
es cierto que omne animal post coitum
triste. Más bien me atengo a lo que posteriormente añadió algún medieval
cachondo: …praeter hominem et gallum.
Ya podía mirar de frente a la señora; ahora era ella quien debía bajar los
ojos. Lo que te he narrado, será lo que sea ante la moral, pero te confieso que
fue uno de los lances más bonitos que me han ocurrido en la vida. Además, me
enseñó que frente a un escándalo de seducción, la primera pregunta debe ser:
¿quién ha seducido a quién? ¿Habría ocurrido lo mismo si la señora no se
hubiese percatado de mis llambregades a
su escote? Piénsalo…
-¡Oportuna tu pregunta, Pere! –comenté-. Pero lo importante no es tu aventura –una más entre las centenares que de continuo
ocurren- sino la moraleja que de ella has sacado en cabeza propia. Lástima que
no la puedas revelar.
-Claro que sí, pero lo que entonces me preocupaba era cómo combinar
mentiras si mi padre me preguntase dónde había estado y de dónde venía.
58
DIÁLOGO APRESURADO
Atendí a mi interlocutor de marras sin detener la marcha.
-Tengo una curiosidad contigo -dijo.
-Te escucho
-Con las casi 9 décadas que llevas encima, ¿cuantos enemigos has tenido?
-Yo no tengo suficiente categoría para tener enemigos.
-Entonces, ¿nadie te ha hecho daño?
-Eso sí, muchos y muchas veces.
-Con lo buena persona que eres, supongo los habrás perdonado.
-No. Los hombres no podemos perdonar. Solo Dios puede.
-¿Cómo es eso?
-Te explico; "per-donare" en sentido estricto, significa
declarar que la ofensa no ha sido hecha, lo cual es físicamente imposible. Lo
hecho, hecho está; es imposible que no lo esté. Los tribunales civiles o
eclesiásticos, se limitan a absolver, "ab- solvere", esto es,
declarar que no hay nexo comprobado entre el imputado y lo que se le imputa.
-Me recuerdas algo de unos años atrás, cuando el Presidente Luis Herrera
mandó excarcelar a un presunto asesino, no recuerdo por qué. Un periodista le
preguntó las razones de tan extraña decisión. Luis Herrera respondió:
"Porque yo, entre la venganza y el perdón, prefiero el perdón".
-Don Luis ejerció el derecho de gracia presidencial, no sé por qué
razones; pero cometió dos errores de una sola vez: confundir perdón con absolución,
y justicia con venganza.
-Entonces, si no puedes perdonar a los que te han hecho daño, al menos
los absuelves...
-Tampoco, porque absolver es un acto judicial público, que no compete a
un particular.
-Luego, ¿cuál es tu reacción ante los daños que te han hecho?
-Lo único que puedo es no tenerlos en cuenta, que es precisamente lo que
hago.
-Sin embargo, siendo sincero contigo mismo... algún pequeño rencor te
habrá quedado contra tus ofensores.
-Ninguno. Ya se murieron todos.
59
LUZ AMARILLA
Tras las primeras frases de salutación, mi interlocutor se puso triste.
-Creo que se me ha encendido una luz amarilla: cada vez con más
frecuencia noto baches de memoria. En ocasiones se me olvidan los hechos
remotos y en otras los más recientes.
-No veo en eso ningún motivo de alarma: desde que tenía tu edad y ahora
mucho más, me ocurre algo semejante: cuando quiero acordarme no me acuerdo y a
veces me acuerdo sin querer.
-¿Crees, pues, que se trata de algo transitorio?
-Mientras nos vamos haciendo viejos, hay pequeños males que nos vienen y
se van solos.
-¿Cómo puedo notar que mi caso se está volviendo clínico?
-No lo notarás tú, sino tu mujer y tus hijos.
-¿Y por qué yo no?
-Porque no puedes saber qué suerte de juegos se traen entre sí tus
neuronas del hipocampo y de la corteza prefrontal.
-No entiendo nada.
-Yo tampoco. Los misterios remotos de la fisiología son inescrutables.
Pero de momento quizá te des cuenta de cómo se comportan en ti las dos clases
de memoria que tenemos: la sensitiva y la intelectiva.
-Explícamelas.
-Lo haré sin pretensiones académicas: de las personas que has conocido
en tu vida, te puedes llevar dos tipos de recuerdos: su estatura, su color, su
vestido, su gesticulación, etc., y una opinión positiva o negativa sobre las
cosas que dijo. Si recuerdas lo primero, es buena tu memoria sensitiva; si lo
segundo, lo es la intelectiva. Pero si conservas igualmente vivos el recuerdo
sensitivo y el intelectivo, ¡congratulaciones!; eres dueño de una mente
privilegiada.
-Mi luz amarilla me da un pronóstico más bien pesimista. ¿Cómo conservar
lo poco que me queda de memoria? O bien: ¿cómo retardar lo más posible la
aparición de la luz roja?
-Sobre ambas cosas hay tanta literatura que no vivirás lo suficiente
para leerla. De momento, puedes ejercitar ambas memorias mediante la atención.
Vivimos distraídos la mayor parte de nuestra vida; no miramos ni escuchamos
atentamente, y por eso olvidamos.
-¿Estás seguro de que todo es cuestión de atender?
-Claro que no. También cuentan mucho los sentimientos y las emociones.
Te acordarás más o menos de las personas y cosas según el sabor de boca que te
dejaron. La memoria emotiva es la que mayormente conservamos.
-En fin, trataré de ejercitar la memoria mejorando la atención, pero
mientras tanto nadie me quita la preocupación de mi luz en amarillo.
-Despreocúpate, yo la tengo en rojo desde hace 15 años y ya ves: aún
estoy aquí, esperando que se apague.
60
SANTA MARÍA DE FINESTRES
Las fotos
de castillos y fortalezas medievales que a menudo envía el profesor Paco Moro,
me hacen regresar a los tiempos de mi afición a curiosear casas abandonas,
templos románicos y castillos ruinosos que en su día fueron potentes fortalezas.
Dos veces
subí al Santuario de Santa María de Finestres. En la primera inicié la subida a
partir de Mieres. Fueron 4 horas de sudoroso ascenso hasta cima donde está la
capilla. En vano fue la fatiga: todo estaba cerrado. No me habían advertido de
que se requería el permiso y la llave del párroco de Santa Pau.
El segundo intento fue exitoso: el párroco
me dio la llave un poco a regañadientes, sospechosamente extrañado de mi rara
curiosidad. Partiendo de Santa Pau, enfilé la senda de Santa María dels Arcs
por caminos sin asfaltar, hasta llegar a una masía de campesinos casi en la
falda de la montaña. Allí dejé el coche e inicié la nueva aventura. Fueron más
de cuatro horas de cuesta empinadísima. Una flecha amarilla pintada en los
árboles señalaba la dirección. Ciertas pendientes había que remontarlas casi a
gatas. Semiexhausto, al fin divisé la ermita y lo que queda de la vieja abadía
(s. X). El espectáculo que desde la explanada se divisa, no es para describirlo
sino para verlo.
Pletórico de gozo, saqué la llave amb el cor a tres quarts de quize. Pero
¡por todos los santos del cielo!, la llave no tenía nada que ver con la
cerradura. Aquel buen cura, o se distrajo o quiso engañarme; me inclino por lo
segundo. Miré y remiré el ruinoso edificio por todos costados. Una ventanita en
lo alto tenía una hoja abierta. Observé un cable de cobre trenzado que subía
recto rozando el lado izquierdo de la ventana; era el del pararrayos,
obviamente. Tiré con fuerza de él para probar su consistencia. Esta vez no
estaba dispuesto a resignarme. Tenía 55 años y una salud de hierro. Agarrado
del cable y apoyando los pies en los
cantos salientes de la pared trepé hasta la ventana; di un manotazo a la parte
cerrada y me dejé caer dentro.
Lo
que de entrada vi no tenía nada de
surrealismo: aquello era la pura y nuda realidad del abandono y la destrucción.
Una cuarta parte del salón yacía semiderribada. Me senté en un gran pedrusco
que había en el centro y paseé la vista por todos los contornos, pensando en
todo sin pensar en nada. Pero de pronto, ¡oh sorpresa!; sobre una tosca repisa
de la pared vi dos lucientes manzanas y una media botella de un líquido
anaranjado. Algunos que usaron la llave adecuada debieron haber estado
recientemente allí. Destapé la botella y limpié el cuello con el borde de la
camisa. Era nada menos que un moscatel Málaga Cartojal.
Me puse a
curiosear por todos los rincones de la estancia, mientras iba comiendo
morosamente las manzanas, alternando mordiscos con besos al cuello de la
botella. Aquel vino era de un dulzor sublime, digno de dedicarle un fragmento
de la Traviata. Gustosamente me habría excedido, pero no lo hice pensando en
que debía descender por la misma vía del ascenso.
Aunque parezca impensable, hasta 1936 allí
había un párroco, y aquella miserable estancia era su vivienda. El último que
lo fue se llamaba Ramón Casas Pujadas. Debía pertenecer a un escalafón muy bajo
de la clerecía gironense para merecer un
destino tan vil. ¡Qué crueldad la del obispo Josep Cartañá Inglés! Mossèn Ramón
fue asesinado en Santa Pau por una cuadrilla de la CNT, partido cuyo jefe y al
mismo tiempo alcalde de la villa, era
Don Josep Pinsach i Solé. (¡Cuidado!, no estoy
acusando a nadie, solo menciono la coincidencia).
El descenso de aquella lobreguez fue tan
fácil como la subida. Hubiese querido llegar hasta el castillo, a pocos minutos
arriba del santuario, pero calculé que solo me quedaban 2 horas de luz diurna
para rodar montaña abajo. Casi anocheciendo, llegué a Santa Pau hasta Santa
Pau; y de allí, al hotel Borrell de Olot, donde cené y dormí dando gracias a
Dios por haber salido ileso de una locura más.
COMENTARIOS Y ADICIONES
8 h ·
LO COMPARTÍ EN EL WHATSAPP DE LA
REVISTA ACTUAL. Buenas tardes. No me gusta, como lo he dicho en ocasiones
anteriores, compartir cosas que no sean relativas a la Revista por acá, pero he
sido víctima de un profundo impulso en dos oportunidades, una por el alma
siempre bella de Armando Rojas Guardia, que dejó de existir para entrar al
estado absoluto de ser, y en esta oportunidad, lo hago por alguien que es y
existe, y cuyas palabras emanan cada día más impregnadas de una esencia sabia,
milenaria, delicada, profunda... elegante. Tanto que aprender de él, y no tengo
un automóvil para buscarlo en su casa y pasar todo un día a su lado
escuchándolo, con una cremosa sopa de auyama,que le encantan, y una buena taza
de café con ponquesito de chocolate. Es una ganancia eterna y sin retorno
consentir a seres como POMPEYO RAMIS conllevan a una retroalimentación
recurrente, el poder, ... el sabio poder de hablar casi de cualquier cosa con
la misma sabiduría, con ese ritmo pausado pero teñido frágilmente con un
sentido del humor único, refrescan el espíritu que se agarra del logos para
llevarlo de paseo por su universo pleno de anécdotas y por su exquisita
narrativa sabia. Gracias a uno de mis Maestros por Ser, existir y escribir.
Dianayra. Acá les dejo de regalo uno de sus más hermosos textos. SENTIDO DE LA
VIDA:
Justamente hoy se cumplen veinticuatro
años de la muerte de mi mejor amiga. No volveré a conocer otra alma tan
delicada y discreta como la suya. En mis horas bajas, ella era mi diván, y
todavía lo es. Solo Dios sabe cuántas cosas dejé de decirle y preguntarle, por
desidia. Hay quien opina que es casi imposible una amistad entre hombre y mujer
sin que haya sexo. Si eso fuera verdad, en aquel caso fui la excepción. Ante su
presencia, el sexo era lo último en que yo podía pensar. Además, si lo hubiese
habido, no me sería tan sedante su recuerdo. Así se lo contaba a Don Victoriano
cuando de pronto me interrumpió:
–Te recomiendo la que hagas
tanatoterpia.
-¿Cómo?
-Verás: ¿a qué edad murió tu amiga?
–Tenía treinta y siete años. Ocho más que yo.
–Como veo que aún te duele su muerte, te aconsejo este
pensamiento: lo que vale de una vida no es la duración sino la plenitud. Por
otra parte, no importa cuán pronto nos vayamos de este mundo, de donde
seguramente nos tenemos que ir.
–No es gran consuelo el que me das.
–¿Es que
prefieres una vida larga antes que plena?
–Yo preferiría ambas cosas, pero comprendo que no somos los
rectores de nuestra vida. A ella le tocó una leucemia y tuvo que irse antes.
–Pero vivió treinta y siete años y según veo, aún está
contigo. Yo tuve amigas que sobrepasaron los ochenta, pero ya eran difuntas
antes de morir. Una de ellas me preguntó pocos días antes de irse: “¿Te
acuerdas de lo felices que éramos?”. Y Yo le pregunté: “¿Te has olvidado de lo
infelices que somos?”.
Don Victoriano cabeceaba con sonrisa de
resignación.
–Reniego de mi estupidez -dije enojado
contra mí- por no haberme aprovechado más de su
sabiduría, pudiendo hacerlo.
–También es posible que te haya sido arrebatada a tiempo de que aprendas
cuánto hay que estimar una vida más llena de sentido que de años.
–Fue una mujer sabia, pero también fuerte porque tuvo que superar muchos
embates.
–Más a mi favor y
al tuyo; porque si esa mujer murió a los treinta y siete llena de sabiduría y
fuerza, su vida no fue larga, pero fue grande para ti. Así que tienes que dar
gracias a Dios por haberte regalado una amistad de breve duración pero larga y
gratificante de por vida tuya.
–Y tú, ¿no habrás tenido algún amigo o amiga cuyo tránsito te haya dolido
como a mí?
–Casi todas mis amistades se murieron.
El último, a quien yo más quería porque
era el más infeliz, me dejó un recuerdo inquietante. Los dos teníamos la edad
que tienes tú ahora. A su mujer se la llevó un cáncer de páncreas. Era una
esposa dulce y fuerte como la que describe Gabriel y Galán. El hombre cayó en
profunda depresión, repitiendo siempre el mismo sonsonete: "Mi vida ya no tiene
sentido, mi vida ya no tiene sentido". Tanto así que terminó haciéndose
pesado y sus amigos le fueron espaciando las visitas. Yo fui el único
perseverante. Como vivía en un bloque de apartamentos a las afueras de la
ciudad, le aconsejé que saliera a pasear y tratara de distraerse, pero fue un
mal consejo. Un domingo por la noche no se presentó a cenar. Dos horas después
sus hijos encontraron jirones de ropa y fragmentos de miembros sanguinolentos a
lo largo de cien metros de la ferrovía cercana a su casa.
–Debió ser terrible. ¿No te quedó sentimiento de culpa?
–Ninguno. Con mi consejo o sin él, había hecho lo mismo. El momento del
suicida es imprevisible pero inminente; nadie llega a tiempo de evitarlo.
–Ahora bien, tu amigo se suicidó porque su vida no tenía sentido. A este
respecto tengo dos preguntas: ¿en qué consiste el sentido de la vida? Y otra:
¿es necesario que la vida tenga un sentido?
-El sentido de la vida es un problema
que se han inventado los existencialistas. No es necesario que la vida tenga un
sentido en sí misma; solo tiene el que tú le quieras dar.
-¿Niegas que las cosas, el universo si
quieres, tengan una finalidad?
-De las cuatro causas aristotélicas, la
más misteriosa es la final. Conocemos las finalidades funcionales de muchas
cosas, pero desconocemos la finalidad de las cosas mismas; sabemos de varias
cosas que sirven para vivir, pero no sabemos para qué sirve vivir.
-Parece que te refieras a la angustia
existencial.
-Eso es otro invento de los
existencialistas. No es la existencia lo que crea angustia sino la
subsistencia, es decir, aquello que nos amarga la existencia.
-¿Te tomaste alguna vez en serio las
fabulaciones de los existencialistas?
-No. Yo me siento muy cómodo con mi
finitud.
–Eres demasiado expeditivo. Se conoce
que has llevado una vida tranquila y sin preocupaciones
— Algunas he tenido, pero ninguna tan
grave que solo la muerte pudiera resolver.
–Ahora, para ser más exactos, ¿qué significa perder el sentido de
la vida?
–Te digo mi opinión prescindiendo de otras más complicadas: la
vida pierde sentido cuando todos tus caminos conducen a un dilema en el que
ambos términos son fatales.
–En tales extremos, ¿justificas el suicidio?
–A justificarlo, no me atrevo; lo único que puedo es comprenderlo.
–¿Qué opinas de
los existencialistas que se muestran partidarios del suicidio?
–No conozco a ninguno que proponga esta
salida como solución. El que está
más cerca de cierto “panegírico suicida” es Camus.
–¿Le crees
convencido de su panegírico?
–Me acuerdo del bum-bum periodístico en ocasión del accidente en que murió.
No pocos creyeron que había querido predicar con el ejemplo, pero lo que
técnicamente se demostró fue la muerte por accidente. De hecho, siendo un
escritor joven, premio Nobel y en la plenitud de su fama, dudo mucho que se
suicidara por motivos filosóficos.
–Sin embargo su "panegírico" queda en la historia del
pensamiento.
–Camus dijo muchas frases buenas, pero
también algunas vacías, con la sola
finalidad de "épater le bourgeois".
–En definitiva, ¿cuál es para ti el filósofo que mejor ha
hablado sobre el suicidio?
— El único que habló claramente y sin ambigüedades fue Séneca.
–Precisamente el que predicó con el ejemplo.
–Exacto.
–Eso significa que Séneca recomendaría el suicidio en casos
extremos, prescindiendo del estado mental del suicida.
–No solo lo recomienda ante la
adversidad presente e invencible, sino también frente a la simple sospecha de fatalidad.
–Pero sus reflexiones resultaron proféticas para él. Yo veo su suicidio como un acto
de valentía, aunque debe ser más fácil tomar esta decisión a una edad avanzada
como la suya.
– Puesto que todos tenemos que hacer la
misma travesía, carece de importancia el hecho de
llegar a término antes o después.
–No me convence el argumento.
–Naturalmente que no –te respondería el filósofo-, mientras tu salud sea buena y
disfrutes de una vida digna.
- ¿Qué significa para ti vivir dignamente?
-Vivir la vida tuya, no la que te
indiquen los demás.
-¿Y si la vida de los demás depende de
la mía?
-Si esos "demás" no son los
tuyos, lo siento por ellos.
-¿Entonces, ¿en qué consiste, para ti,
la solidaridad?
-En enseñar a pescar.
" La Historia
cuenta mentiras del pasado; el periodismo, las del presente;
la economía, las del futuro."
ESCRIURE EN CATALÀ (Con traducción al pie).
Veig que hi ha catalans que escriuen amb una ortografia per
anar al foc. S´en disculpen dient que tingueren tota llur formació en castellà.
Jo també la vaig tenir, i en condicions encara més severes, car no vaig poder
anar a l´escola fins el setembre de 1939, quan estava penat amb multa parlar i
escriure en català en actes i escritures públiques. Tant mateix en vaig aprendre tot llegint i fixant-me bé
en l´escritura. Us asseguro que això és possible sense escarrassars´hi massa. Si
jo vaig poder, per qué vosaltres no? Per l´amor de Déu, que ja fa 45 anys que
en Franco és mort! Heu tingut tot
el temps per aprendre´n. Fins i tot teniu prempsa en català; llegiu
fixant-vos-hi bé!
Us ho diu un català de Girona que és lluny de Catalunya des
de 1967. Sols he pogut parlar la meva llengua una vegada cada dos anys, quan
encara ens eran possibles els viatjes transatlàntics. Però, des de 2009 el
maleït comunisme ens ha fotut els diners i ens ha prohibit la telefonía
internacional. Sols ens resta l´internet, molt empipador per manca de voltatje
i amb la dificultad afegida de què només tenim entre 7 i 8 hores diàries
d´electricitat, les quals, essent rotatives segons els sectors de la ciutat,
pot escaure que ens tornin la llum d´avançada nit, quan ja és hora de dormir.
(La meva lectura preferida és les "Memòries" de
Josep Mª de Sagarra. (La primera part és una mica llauna, peró tot el demés és
apassionant).
TRADUCCIÓN: Veo en estas páginas unos escritos en catalán
con una ortografía que es para echar a la hoguera. Se disculpan de ello por
haber tenido toda su formación en castellano. Yo también la tuve, pero en
condiciones peores, pues no pude ir a la escuela hasta septiembre de 1939,
cuando estaba penado con multa hablar y escribir en catalán en actos y
documentos públicos. No obstante, aprendí a escribir en catalán leyendo con
mucha fijación en la escritura. Os aseguro que eso es posible sin mucho
trabajo. Si yo lo conseguí, ¿por qué vosotros no? Por el amor de Dios, ¡que
Franco ya murió hace 45 años! Habéis tenido todo el tiempo para aprender a
escribir vuestra hermosa lengua. Incluso tenéis prensa en catalán. Leed, pues,
y fijaos bien en la escritura. Os lo dice un catalán de Girona que desde 1967
vive lejos de Catalunya. Solo he podido hablar mi lengua una vez cada dos años,
cuando aún nos eran posibles los viajes transatlánticos. Pero desde 2009 el
maldito comunismo nos quitó el dinero e incluso la telefonía internacional.
Solo nos queda internet, muy lento por bajo voltaje, con la dificultad añadida
de que solo tenemos entre 7 y 8 horas diarias de electricidad, las cuales, siendo rotativas según las zonas
de la ciudad, bien puede ocurrir que nos devuelvan la luz avanzada la noche,
cuando hay que ir a dormir.
(Mi lectura catalana preferida es las "Memòries"
de Josop Mª de Sagarra. La primera parte
es bastante latosa, pero el resto es apasionante).
7Edgar Alvarez, Araceli Redondo y 5 personas
más
RESPUESTA A UNA PREGUNTA.
Alguien pregunta en esta página: "Si Dios existe, ¿por
qué permite el mal en el mundo?" Hace aproximadamente 1.800 años, hicieron
esta pregunta los primeros cristianos ilustrados. Todas las respuestas que se
dieron desde entonces son inválidas, porque es imposible entender los planes de
Dios. Por tanto no me aventuro a dar una respuesta más, pero sí una explicación
indirecta:
En el universo de la causalidad física no existe ni el bien
ni el mal en sí mismos; solo percibimos lo que nos agrada y lo que nos
desagrada, lo que nos conviene y lo que no nos conviene, lo que nos favorece y
lo que nos perjudica, etc. porque si el bien y el mal existiesen realmente,
llegaríamos a esta triste conclusión: que Dios estaría pecando continuadamente
de omisión y de dejación.
P.D. ¿Le preocupa a Dios lo que nos agrada o desagrada, lo
que nos conviene o no nos conviene, lo que nos favorece o nos perjudica? Yo
creo que no.
17Paco Moro, Angel JM Prada y 15 personas más
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MALAVENTURANZAS
Si este mundo fuera un poco más equitativo, las
Bienaventuranzas evangélicas deberían tener un correlato a contrario sensu, es
decir, unas Malaventuranzas, cuya primera fuese
esta:
"Malaventurados los políticos que ahora residen en
mansiones de lujo y tienen yate privado, porque más tarde vivirán en una choza
y tendrán una patineta".
24Angel JM Prada, Oscar Rivalamus y 22
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Son más estables los malos gobiernos que los
buenos.
30Carlos Marquez Pineda, Angel JM Prada y 28
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UNA ANÈCDOTA PELS CATALANS:
És del canonge Jaume Collell i Bancells,
figura molt rellevant de la Renaixença catalana. Un dia va arribar a Vic un
famós diputat de Madrid -si no m´erro Vázquez de Mella-, per veure el
desenvolupament de les pintures de Sert a la catedral. Va sortir a rebre´l el
canonge Collell. Passeijant els dos per la nau central, parlaven d´art i
literatura catalana. Tot d´un cop digué el diputat:
-¡Qué lástima, Don Jaime, que teniendo
Cataluña un abolengo literario tan rico, el catalán sea una lengua tan poco
sonora.
-¿Qué quiere decir su señoría -preguntà el
Canonge- con eso de tan poco sonora?
-Que el catalán no tiene la sonoridad del
castellano. Figúrese, Don Jaime solo en esta palabra:
Guadalajaaara...,Guadalajaaara... Dese cuenta, Don Jaime, qué sonoridd:
Guadalajaaara... ; eso no lo tiene el catalán.
Al canonge Collel, que era una mica
trabucaire, li pujà la mosca al nas i repongué:
-No crea, su señoría; también en catalán
tenemos palabras sonoras; por ejemplo esta: Cagaraaada..., Cagaraaada...
9Bernardo Moncada Cárdenas, Araceli Redondo y
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Cásate lo más tarde posible, porque el amor es
corto y la convivencia larga.
16ud
ntSdphmsdoent sasorefbumdmril ·
UFF...QUE BUENO QUE REAPARESISTE POMPEYO.. y
que solo hayas sido un victima más del " oscurantismo " en Merida.
Pues Te estabamos extrañando. No es saludable perdersele a los amigos ; mucho
más en estos tiempos de pandemia , en los que más vale estar pendientes entre
nosotros, cuidarnos y estarnos CONTANDO, asi notamos las ausencias para seguir
CONTANDO contigo y continúes CONTANDO más fascinantes historias. Abrazos de
Bienvenida.
45Ricardo Jauregui, Angel JM Prada y 43
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amg2ttg4mSu
gldhmeS julpoio ae dnsnlasusomtrseg h2od2f:17 ·
(español y venezolano) es filósofo, latinista,
escritor, académico, profesor, y autor de grandes obras literarias de filosofía
en Venezuela.
A sus 89 años de vida comparte narrativas y
fragmentos de su vida a través de su Facebook (a manera de diario personal). En
él recrea conversaciones antiguas sostenidas con los personajes de su vida y
profundiza filosóficamente sobre ellas. En esta narrativa exquisita, habla sobre
el sentido de la vida, los existencialistas, Camus y Séneca.
Tuve la dicha de conocerle cuando apenas era
una niña de 8 años, y mi mamá una de sus tesistas de la Maestría en Filosofía.
Gracias profesor Pompeyo por compartirnos sus
remembranzas, es un lujo leer a uno de los ilustres de la Universidad de Los
Andes.
Mujer lo es cualquiera que
lo sea, pero señora, no.
8Gaston Gutierrez Villalobos, Araceli Redondo
y 6 personas más
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Hombre lo es cualquiera que lo sea, pero señor, no.
6Araceli Redondo, Jim Morantes y 4 personas
más
Definitivamente, casi nueve décadas vivídas a
plenitud, aprendiendo y lo que es más importante: enseñando!
Sus relatos son simplemente
"exquisitos"; como el plato de comida que más nos gusta, saciarnos es
posible, pero dejar de comerlo, se aleja demasiado de
3
La belleza solo existe en tus ojos, aunque tus ojos sean
feos.
27Paco Moro, Angel JM Prada y 25 personas más
5 comentarios
La peor consecuencia de un ACV no es morirse
sino quedar vivo.
2tSra3nSi
adged psmtsoainsoryedo · Compartido con:
Público
Si odias la matemática, estudia música y serás
matemático sin querer.
Angel JM Prada Excelente prosa! Exquisito lenguaje!
Inigualable, estimado Profesor!
1Pompeyo Ramis Muscato dl2tSp5g
togldnse oabrroSmgiealdi · Compartido con: Público
Al comunismo no le conviene que los ricos desaparezcan,
porque si esto sucediera, desaparecería también la clase obrera. Ergo, los
gobernantes comunistas no podrían
comprarse yates ni mansiones de superlujo.
16Carlos Marquez Pineda, Angel JM Prada y 14
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3d0hit uSsdlpehon Ssmaolylrieod
·
Los españoles han cometido la torpeza de dejar entrar en su
gobierno a un personaje de intenciones destructivas, sabiendo que su partido ha
recibido pingüe subvención de un estado comunista para interrumpir la paz de
los ciudadanos probos. Solo los que vivimos en comunismo sabemos lo que
significa pasar del bienestar a la pobreza, a la tristeza, a la angustia, a la
neurosis, a la depresión, al caos.
16Paco Moro, Angel JM Prada y 14 personas más
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RESPUESTA A UNA PREGUNTA.
Alguien pregunta en esta página: "Si Dios
existe, ¿por qué permite el mal en el mundo?" Hace aproximadamente 1.800
años, hicieron esta pregunta los primeros cristianos ilustrados. Todas las
respuestas que se dieron desde entonces son inválidas, porque es imposible
entender los planes de Dios. Por tanto no me aventuro a dar una respuesta más,
pero sí una explicación indirecta:
En el universo de la causalidad física no
existe ni el bien ni el mal en sí mismos; solo percibimos lo que nos agrada y
lo que nos desagrada, lo que nos conviene y lo que no nos conviene, lo que nos
favorece y lo que nos perjudica, etc.
Porque si el bien y el mal existiesen realmente,
llegaríamos a esta triste conclusión: que Dios estaría pecando continuadamente
de omisión y de dejación.
P.D. ¿Le preocupa a Dios lo que nos agrada o
desagrada, lo que nos conviene o no nos conviene, lo que nos favorece o nos
perjudica? Yo creo que no.
Fui mal estudiante; ahora me "dicen"
que fui excelente profesor. No entiendo nada.
No lo dude!
Creo que no existe un exalumno suyo que no se
exprese en excelentes términos de usted! Eso habla muy bien de su calidad como
Profesor!
1f6
tfdShepteoafmn saorbeirialicud ·
UFF...QUE BUENO QUE REAPARESISTE POMPEYO.. y
que solo hayas sido un victima más del " oscurantismo " en Merida.
Pues Te estabamos extrañando. No es saludable perdersele a los amigos ; mucho
más en estos tiempos de pandemia , en los que más vale estar pendientes entre
nosotros, cuidarnos y estarnos CONTANDO, asi notamos las ausencias para seguir
CONTANDO contigo y continúes CONTANDO más fascinantes historias. Abrazos de
Bienvenida.
Su sabiduría, adquirida en el aula o fuera de
ella, ES EVIDENTE, su eterna inquietud y curiosidad, su capacidad asombrosa de
comunicar lo que sabe, su adaptabilidad, el saber escuchar, además de
transmitir, su "elegancia", su transparencia, su CLARIDAD, su
envidiable inteligencia, SU TOLERANCIA... seguiría... LO HACEN UNO DE LOS
MEJORES PROFESORES QUE TENGO !!! ¿Lo duda????????????? GRACIAS por seguir
siéndolo !!!
Usted fue una voz distinta dentro de todas las
carreras que han crecido pasando en su aula. Una perspectiva pragmática y
concienzuda de la pedagogía, que busca ser efectiva en preceptos y aplicaciones
en el terreno de lo real. Aún después de 20 años de cursar lamentablemente
apenas una materia con usted, su influencia en mi razonamiento en temas de
dialéctica, oratoria, filosofía, argumentación y la formación de un criterio
coherente son valores que aprecio y agradezco bastante haberlos obtenido de su
experiencia y cátedra. Gracias Doctor, gracias maestro.
Señor Pompeyo, Albert Einstein fue mal
estudiante, y mire cómo lo querían lo alumnos, además, su inteligencia era deslumbrante,
usted si es un buen profesor!
Nunca fuimos suficiente, pero no hay que
desoír ese tipo de encuesta, aunque la modestia sea sincera
Saludos, todo es relativo. Fuiste excelente,
constante y a lo mejor excelente alumno. El profesor y su calificación depende
de la calidad y dedicación de los alumnos y su amor al estudio.
Excelente profesor. Filosofía del derecho.
De los mejores profesores que he tenido.
Mi querido Amigo, su humildad sabia lo hace
acreedor de mi más rendida admiración y respeto intelectual. Gran abrazo
fraterno.
Dr. Pompeyo que maravilla leerlo. Fue fácil
acompañarlo en ese periplo académico en Palma de Mallorca. Un abrazo desde
" la mitad del mundo"
Profesor de filosofía y por añadidura,
excelente escritor. ¡Salve
! ¡Mis respetos!!!
:
"Eres luz y sigues brillando, no te
pueden apagar... Eres fuego y sigues ardiendo, no te pueden apagar... No se
tapa el Sol con un dedo, no te pueden apagar... Por más que intenten, no te
pueden apagar..."
Recuerdo que me pidió
responder las preguntas del examen a viva voz, luego de haberlo respondido por
escrito; y le sorprendió mi retentiva, pues "declamé" las respuestas
como si me hubiese bebido el libro. Veinte años después, le confieso que más
que demostrar buena memoria o buscar esos inusuales 20 puntos en su clase, hice
un esfuerzo por honrar la excelencia de sus discursos. Tuvo Usted, mi querido
profesor, la facultad de iluminar las mentes de sus estudiantes, desarrollando
la crítica y la reflexión profunda sobre los temas de la vida humana. En otras
palabras, no nos enseñó Derecho ni Filosofía, nos enseñó un modo diferente de
pensar. Eso basta para afirmar que fue un excelente profesor. Fue un honor para
nosotros haber recibido parte de su invaluable tesoro. Gracias siempre,
sobretodo por seguir compartiéndolo, y que Dios le bendiga! Un fuerte abrazo,
Pompeyo!
Fuí su alumno y fue un
excelente profesor, Filosofía del Derecho
Salve amigo Pompeyo. Grato volver a leer otro
más, de tus lúcidos prelúdicos diálogos filosóficos. Pregunto: en la física
cuántica actual - según dicen sus expositores pareciera ser que es el Sujeto el
que determina " creando " la realidad y no la realidad
"determinando" al sujeto cognoscente. Entonces ¿cuáles serían las
categorías "kantianas equivalentes"?
HOMENAJE Al ‘DR. POMPEYO’:
EL Dr. Pompeyo es inquieto pensador y escritor que sabe
hilvanar muy bien en sus escritos, que son cuantiosos, ricos y variados en sus
contenidos, lo pasado y lo presente, al tiempo que, como buen filósofo, se
proyecta a lo más allá de los sentidos, y extrae majestuosamente, cual poeta,
musas del devenir como si estuviera adivinando el acontecer de la nueva
Humanidad. A mí en particular me encanta su estilo, siempre revestido de lo
humano en lo personal y social. A veces en sus cuestionamientos pareciera
reflejar amargura en sus entrañas ante el vacío de valores de tantas mentes
inescrupulosas y sin conciencia como rigen el destino de los pueblos. Su mente
sagaz avizora lo que para otros pasa desapercibido por más títulos honoríficos
que posean. No más alguien, que lo desee, puede asomarse a la ventana que él
deja abierta siempre en sus páginas de internet y se convencerá de lo que aquí
digo. Y tengo la satisfacción y el inmenso orgullo de tenerlo como tal amigo,
porque quizás en momentos de mi soledad él fue como el ángel que Dios puso en
mi camino para que, acercándose a mí, me brindara confianza y apoyo hasta el
día de hoy. Y de esto han transcurrido ya 40 años. Recuerdo que fue en la
esquina de ‘la
Torre’, arriba de la Catedral de Mérida, cuando llamándome a
atención se acercó a mí y tuvimos el primer encuentro, que ha perdurado, en
gracias del Dios Bendito, hasta estos momentos de pronunciarme públicamente
para testimoniar de nuestra amistad. Cuando conversamos sabemos unificar criterios,
aun en medio de las diferencias lógicas que podamos tener, y me siento
reforzado y afianzado en mis pronunciamientos cósmicos que él saber transmutar
en su aval filosófico y teológico… De tales conversaciones la Metafísica se nos
abre en nuevas perspectivas y búsqueda siempre de ese ‘ente’ que se oculta a
tantos ‘sabihondos’ como salpican de pasatiempo y nada más sus discursos de
oratoria o del conocido ‘tálamo’, que hoy suele ser digital. Y he presentado
también a mi amigo Dr. Pompeyo como ‘teósofo’, porque él bucea por el mar de
las relaciones cuánticas en busca de la armonía que se cierne en el ‘Gran Todo
Coexistencial’, que representa lo de
‘arriba’ y lo y de ‘abajo’ en interacción de las ‘Fuerzas’
del ‘Poder Oculto’ que todo lo rige y sustenta. ‘Poder’ que en el Mensaje
‘Clave 9’, Palabra 80, se dice:” Y Dios es el Poder y en la armonía de sus
fuerzas están los terrícolas con predilección… “. Y mi amigo el Dr. Pompeyo,
como buen filósofo rasgas las carnes del ‘ser’ en busca del alma que lo anima y
se encuentra cara a cara con la ‘Gran Causa’ de las interrelaciones cósmicas de
toda
existencia… ‘Gran Causa’ que es el mismo ‘Poder Oculto’ que
los hombres de verdadero criterio científico reconocen como tal, pues no
aceptarlo sería caer en el absurdo de los absurdos, algo así como negarse a sí
mismo teniendo conciencia de lo que somos.
Así dejo este pequeño ‘homenaje’ a mi ‘buen amigo Dr.
Pompeyo Ramis Muscato’, y que el Todopoderoso le siga iluminando para que
continúe dando frutos de sabiduría a esta Humanidad que está sumida, como suelo
decir, en la ‘caverna de su psiquismo inferior’ y obra sin conciencia y a mer-
ced de impulsos, intereses y no menos de maldades… Abrazos, amigo Dr. Pompeyo.
Manuel, Profeta de ‘Clave 9’. Con mi slogan de siempre: El hombre es lo que lleva en su mente. Tú vales y mereces mucho
más. ¡Pies en tierra!
¡Libertad, Justicia y Amor! Y no quiero pasar por alto lo
que un día me dijeras:”Manuel, eso de ‘¡pies en tierra!’ es de alta significa-
ción para mí”. Por supuesto que para un filósofo de trascendencia como el Dr.
Pompeyo, lo de ‘abajo’ halla resonancia de armonía
con lo de ‘arriba’. Y es por ello también que me dijeras:”Cada día Dios se me
hace más grande y omnipotente y más maravillosa, única e imponderable y
perfecta su obra”.
Manuel.
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